Querida Eloísa

Te escribo mientras casi duermes tomando la tita de mamá. No he logrado detenerme en esta casita como he querido durante meses. Mi dedicación absoluta a tus cuidados no me han dejado hacerlo. Pero no me arrepiento, chiquita. Al contrario. Es lo que más deseo: estar contigo, cuidarte, alimentarte, mimarte, y volver a hacer (¡y disfrutar!) todas las anteriores cuando Irene regresa a casa del colegio y estudia a nuestro lado contándonos historias, leyendo y preguntando. También es lo que más quiero hacer cuando papá regresa del trabajo y nos ayuda a prepararnos para dormir. O cuando nos despertamos en la mañana y él e Irene nos acompañan al desayuno o durante el baño, cuando nos despedimos porque van juntos al colegio, o cuando papá regresa a casa al mediodía para comer a nuestro lado. Estar contigo y contemplarte es lo que más quiero en esos y en otros momentos. Por eso, aunque tus historias para el blog se multiplican en mi cabeza, no logro sacar el rato para pasarme por acá.

Ahora, sin embargo, con el computador sobre mis rodillas recostado casi en tu espalda, me he propuesto explicarte (así sea someramente) que no me faltan temas, ni ganas. Que eres y serás siempre tan importante como lo fue Irene. Que tu embarazo y tus primeros meses (¡hace dos días cumpliste dos!) han sido un sueño del que no quiero nunca despertar. Y que todo ha sido a un mismo tiempo parecido y diferente al embarazo y esos primeros meses de tu adorada hermana: semejante en la emoción y la ilusión que nos acompañan, en las imágenes que en estos días con cierta ansia he vuelto a ver en la pantalla (que me revelan el increíble parecido que hay entre ustedes dos), y diferentes en que marcas tus tiempos, tus ritmos, tus necesidades y hasta tus temores de un modo único que siempre se conjugará en tiempo presente y que ameritaría tantas palabras como las que logré consignar hace ocho años con tu hermanita en las entradas que abren mundos en esta casa. Me perdonarás si no logro consignarlas. ¡Me tienes ensimismada! (Y me encanta.)

Pero resumo, así sea a vuelo de pájaro, hoy: cada día estás más despierta, más grande, más activa y más fuerte. Sonríes intencionadamente, nos miras y duermes en paz. Esos primeros días de largas noches en vela intentando sacarte gases, buscando maneras para evitar que devolvieras leche o que sufrieras de agruras y malestar parecen estar atrás. A veces regresan por ratos, pero tu sueño y mi sueño mejoran (otro motivo, sin duda, para que hoy escriba acá).

Cada día invento nuevas hipótesis y métodos para mejorar nuestros días y, sobre todo, nuestras noches. ¿El más efectivo? Observarte. Estar conectada contigo y conmigo, intentar atender todas tus necesidades, disfrutar (incluso en medio del cansancio) cada uno de estos momentos, y leer en tus emociones y en tu semblante qué necesitas, y qué te ayuda a estar mejor. ¿El resultado? Más paz, más felicidad (si es posible).

Aún me angustio un poco -confieso- cuando siento que salivas en la noche, cuando toses o te quejas entre sueños. Aún me despierto cuando te mueves en la cuna y también, claro, cuando algún gasecito de tu pancita hace que te retuerzas para ayudarlo a salir. Pero te observo y ajusto nuestra vida a lo que nos vayas pidiendo. No pudimos, por ejemplo, mantener el colecho. El reflujo nos obligó en menos de una semana a inclinarte un poco el colchón y, por ende, ponerte en tu propia cama. Ahora estás a menos de 50 centímetros, al lado de una mesilla con una lámpara tenue que enciendo no sé cuántas veces en la noche para asegurarme de que duermes bien. Esta última semana, para el caso, he concluido que pasas mejores noches si te alimento hasta que llevas unos 25-35 minutos pegada al pecho y no hasta que te sueltes espontáneamente (que no lo haces sino pasada una hora o así). A diferencia de Irene, que se dormía al pecho pasado este tiempo y dejaba de succionar aunque tuviera su boquita pegada a mí, tú sigues comiendo, no sé si despierta o entre sueños. Y te llenas y el exceso de leche te molesta, te produce gases y no te deja dormir. Ahora que te suelto, cuando te llevo a la cuna tus ojitos se mantienen cerrados, casi siempre guardando tu sueño, no debo sacar gasecitos (muchos salen mientras tomas el pecho) y duermes (y duermo) mejor. Puede que medio protestes un poco o que te muevas, pero estás dormida y pasados cinco minutos (que era la norma de máximo sueño cuando quedabas muy llena) no te despiertas.

Algo similar ocurrió con el baño, que también terminamos ajustando: intentamos hacerlo en las noches en tu bañera, pero descubrimos que era más placentero y tranquilo en la mañana en la ducha, juntas, cantando y mirándonos a la cara. ¿Y lo demás? Ajustándose igual: hemos estado muy resguardadas en casa, pero hemos salido al parque, al médico y a comer fuera los fines de semana; te hemos cubierto con mamelucos más gruesos que te protejan del ambiente frío y húmedo de estos meses; te hemos visto cambiar de colores en tu cuerpo y tu cara después de la bilirrubina que se te subió más de la cuenta cuando apenas tenías 4 días de nacida: empezando en el rosado, luego en el amarillo, el naranja, el moreno (hasta el punto que pensé que ibas a ser la morenaza de la casa), haz llegado a un color de piel luminoso parecido al de Irene. Tus ojos, como los suyos y los de buena parte de los recién nacidos que llegan al mundo, son de un azul grisáceo que empieza a pintarse con nubecitas de un gris un poco más oscuro (hazel dirían los anglófonos) alrededor de la pupila. Tus cejas, que eran casi transparentes, empiezan a verse un poco más castaño-rojizas. Tus uñas crecen a una velocidad que enloquece (cada semana debo cortarlas para evitar que me arañes o te arañes la cara). Tu cabecita, con algunos huesitos aún encaramados sobre otros después de tu paso por mi canal de parto, poco a poco va adquiriendo una forma más redondeada. Tu torso, antes delgado y frágil, empieza a verse más gordito y fuerte. En definitiva, tú, toda tú, vas empezando a encontrar tu forma de ser y estar fuera de mamá: esas primeras respiraciones irregulares al oído y hasta medio saltadas que te acompañaron un par de días tras nacer (que me asustaron como a una madre primeriza) ahora son acompasadas; tu cuellito un poco débil que hacía que parecieras una tortuguita en mis brazos empieza a hacerse fuerte y a permitirte mirar atentamente lo que tienes a tu lado; tus ojos cerrados la mayor parte del tiempo después del parto ahora miran intensamente mi rostro, el rostro de papá y el de Irene, y los árboles y cuadros coloridos que tenemos a nuestro lado. Y tu llanto ahora menos recurrente da paso a sonrisas y gorgoritos que responden nuestros comentarios (con un “erre” casi francés que hace que Irene ría a carcajadas)… Tú, toda tú, llenas nuestros días porque, como dijo Irene, “te esperamos toda la vida”.

Este texto quizás resuelte aburrido y hasta incoherente, pero es una recopilación de estos primeros 61 días contigo en nuestra casa. Te siento calientita sobre mi pecho y añoro que cuando llegues al final de estas líneas puedas leer este amor condensado que nos entregas y que recibimos, en silencio la mayor parte de las veces, regocijados. Te amamos, tortuguita, vida entera, milagrito y regalo de la vida. Te amamos y te amaremos infinitamente, querida Eloísa. Este fin de semana haremos ese rito precioso con el que celebramos tu nombre y te damos la bienvenida a la familia con otros miembros de ella a nuestro lado. No sé si podamos escribir algo al respecto en esta casa, pero si no lo hacemos recuerda que no lo hicimos porque estábamos disfrutándote y compartiendo la vida contigo, chiquita adorada.

oxoxoxox

12 abril 2018 at 10:56 1 comentario

Eloísa y nuestro parto más que soñado (2)

Rodeada de felicidad y amor, Eloísa asomó su cabecita al mundo el sábado 10 de febrero a las 5:20 de la mañana. A su lado estaban papá y mamá y desde casa la esperaba una ansiosa hermanita (que llevaba casi 7 meses reclamando verla) acompañada de una de sus amorosas tías. El alumbramiento, la recuperación tras el parto y las veinticuatro horas de rigor internadas en la clínica fueron el preámbulo de su llegada definitiva a nuestras vidas. Tiempo de contemplación, caricias, cansancio y muuuucho amor.

Pies bebé

Northfoto

Una vez nace el bebé, por indicaciones de  la Organización Mundial de la Salud, a la mamá se le aplica oxitocina química para evitar una hemorragia postparto (según entiendo, mortal para la mamá. Este medicamento no es indispensable, pero era un protocolo ineludible en la clínica donde nació Eloísa). Luego se corta el cordón umbilical, se revisa el bebé (con un test llamado Apgar, que determina su capacidad de vivir autónomamente -es decir, de moverse y respirar-, además de verificar su frecuencia cardíaca, el color de su piel y su tono muscular) y ocurre el alumbramiento (es decir, la salida de la placenta) y el primer acercamiento entre bebé y mamá. Los puntos que se le hagan a la madre por desgarros o episotomía son la coda final del parto, seguidos del descanso y la observación final de ese pequeño milagro de vida y su mamá.

En el caso de Eloísa, todos estos pasos ocurrieron más o menos en la siguiente hora tras su nacimiento, en medio de la emoción que supuso la llegada de la chiquita. El cordón lo cortó papá (luego de que este dejó de latir, según recomiendan en el parto humanizado) y la placenta salió con la ayuda de la obstetra y de la oxitocina después de un masaje que resulta un poco molesto en medio del cansancio que supone para el útero la maratón del parto. El consuelo, sin duda, es el contacto piel con piel con el bebé y la cara de felicidad del padre de la criatura (en la versión suya aquí se debe insertar algo como “la cara de felicidad de la mamá”…). Posteriormente, se pasan a una sala de observación tanto la mamá como el recién nacido y finalmente, una vez se determina que no hay complicaciones, los “maratonistas” van a una habitación.

Obviamente esta secuencia puede tener múltiples variaciones, según el lugar donde ocurra el parto y según las condiciones del bebé y su mamá. En nuestro caso, más o menos a las 7 de la mañana desayunábamos plácidamente (yo, lo que me dieron en la clínica, Eloísa, la tita –es decir, la teta- de mamá) en el que fue nuestro espacio por las próximas 36 horas, acompañadas de papá.

No hay palabras que expresen lo que se llega a sentir al acariciar por fin con tus manos la delicada piel de tu bebé. Debe ser algo similar a lo que sentirías si lograrás entrar a un universo soñado y mágico (Hogwarts, en el caso de Irene; Rayuela -o mejor, una charla cara a cara con Cortázar, a la sombra de un árbol- en el de la mamá). Lo cierto es que mientras tomaba conciencia de mi cuerpo y de lo que acaba de pasar, no logré retirar mis ojos del rostro de Eloísa: sus ojitos cerrados, sus cachetes redondos, su naricita… A un mismo tiempo me llenaba de ella y recordaba lo que había sentido ocho años y medio atrás cuando tenía en mis brazos a Irene y me estrenaba como mamá. Recorrí con mis manos los deditos estirados, acaricié sus mejillas, susurré y canté mi “corazón de melón” para calmarla y la acerqué a mi pecho con la ilusión de que al oír mi corazón sabría que estaba en terreno seguro aunque hubiera cruzado al otro lado). Con toda mi alma quieres tranquilizarla, darle la bienvenida, hacerla sentirse amada.

En este punto, ya poco importa el dolor del parto o del pecho cuando ese chiquito que apenas se mueve se agarra por fin a ti para alimentarse, poco importan las semanas pasadas con el centro de gravedad alterado, las estrías, el dolor de espalda, las piernas hinchadas, los antojos, los mareos y el largo etcétera que supone ese acto supremo y casi mágico de “dar a luz”. Ahora, en cambio, empieza una nueva etapa, igual de imponente, animal e instintiva: ya no solo contemplamos y admiramos los avances de Eloísa, sino que existimos casi exclusivamente para alimentarla, protegerla y cobijarla con nuestro amor. Da igual si recuerdas o no lo demandante que resulta este tiempo: tienes a tu chiquito al lado y frente a cualquier duda racional se imponen la vida, el instinto y el amor.

Así que más que los detalles definitivos de nuestra experiencia final del parto, el alumbramiento y el postparto (que a un mes y unos cuantos días de haberlos vivido casi se empiezan a borrar), hemos iniciado de nuevo la gran aventura de la maternidad. En el camino hemos confirmado que cada niño es un universo y que eso que parecía definitivo (y que habíamos consignado en esta casita hace ocho años atrás) es variable e incierto: este primer mes de vida de Eloísa ha supuesto retos y sorpresas que consignaremos poco a poco acá. El más difícil (que da tela para la próxima entrada): la subida de la bilirrubina, una sustancia que normalmente sintetiza el hígado, pero que en los recién nacidos puede alcanzar niveles peligrosos para su desarrollo debido a la inmadurez que presentan aún algunos de sus órganos. Por hoy cerramos con la felicidad de haber superado incluso eso y de saber que esos gorgoritos que oímos mientras presionamos las teclas que materializan este historia son de esa chiquita que hasta le ha cambiado el nombre a esta casita y que nos cambia la vida a todos los demás. Irene, protagonista original, mantiene una sonrisa transparente y viva llena de amor por Eloísa. Nos pasa igual a sus papás. 😉

13 marzo 2018 at 12:37 Deja un comentario

Eloísa y nuestro parto más que soñado (1)

Mas no sin dolor. La llegada de Eloísa al mundo el pasado 10 de febrero fue como quise que fuera y como hubiera querido que fuera la de Irene… No porque me sienta insatisfecha con el parto que tuve con su hermanita (de hecho, con el paso de los años me siento cada vez más agradecida), sino porque esta vez logramos que nuestra bebé llegará al mundo sin anestesia ni oxitocina, con mi amor infinito a mi lado en la sala de partos, cuidada no solo por una ginecóloga amorosa y respetuosa, sino también por una doula asertiva, oportuna y generosa que nos rodeó de fuerzas y aliento en el momento en que más lo necesitamos.

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 Grabado en linóleo hecho por Irene para Eloísa (prueba de autor).

La historia comienza un poco más de ocho años atrás, en mi primer embarazo, cuando la falta de una tribu cerquita a quien preguntarle todos las dudas de una mamá primeriza me llevó a indagar en cuanto libro, página, video y foro me encontraba sobre maternidad.

En ese entonces entendí (y sentí, sobre todo) que un parto menos medicalizado era ideal: no solo para mi cuerpo y su recuperación, sino -y sobre todo- para el bebé que llegaba al mundo. No desconocía el valor de una cesárea (cuando era realmente necesaria) o de los conocimientos médicos y científicos que apoyan los partos, pero tenía una gran confianza en la naturaleza y su modo ancestral y seguro de actuar. No quería, en definitiva, recurrir a ayudas ni por facilismo ni por afán occidental de controlar el cosmos. Quería, en resumen, un parto que pudiera desarrollarse al máximo en casa y que no echara mano de intervenciones ni medicamentos innecesarios. Lamentablemente (para mi espíritu, sobre todo), aunque en el parto de Irene sí logré lo primero y llegué con 8 centímetros de dilatación a la clínica, terminé con epidural y oxitocina y sin esposo amado acompañándome al final del parto. Recibí feliz a nuestra Irene, pero sentí engañadas y frustradas mis expectativas y padecí, de su mano sin duda, un brote horroroso en mi cuerpo que me duró (y molestó y picó) por más o menos 10 días. En resumen: tuve un parto feliz, pero teñido de frustraciones que molestaron los primeros días de Irene en nuestra casita.

Hoy creo que mi brote pudo ser no solo una alergia desatada por un medicamento sino también una expresión física del rechazo que sentí por la medicalización que me fue impuesta. También entiendo que mi parto fue “placentero” (si cabe decirlo), es decir, menos doloroso, gracias a la epidural. Y entiendo (y esto es quizás lo más importante) que debí ser menos soberbia y más agradecida por el parto que tuve con nuestra chiquita.

No pienso que las mujeres no tengamos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos ni mucho menos sobre el parto que queremos, pero siento que ninguna de esas metas debe ir en contra del flujo amoroso y vital que implica arrojar (en el sentido de parir y entregar) una nueva vida al universo. Estar en contradicción en un momento de tal trascendencia vital afecta en sí mismo el parto y le quita peso (y magia, incluso) a lo más importante en definitiva del mismo: la llegada del bebé. Y si voy más allá, debo agregar que si algo caracterizó tanto el embarazo como el preparto y el parto de Eloísa fue un aprendizaje de sensibilidad y humanidad: siento que con ella ha nacido una mamá más sensible y menos racional.

El preparto

La fecha probable de parto de Eloísa era el 23 de febrero. No obstante, desde el embarazo mismo sentí en muchas ocasiones que no llegaríamos hasta ese momento. Es más, tuve miedo, literal, de que ni siquiera pudiéramos llegar a un feliz término (tema del que hablaré en otro momento. Adelanto: no porque haya sido un embarazo con riesgos, sino porque todo a mi alrededor me confirmaba su excepcionalidad, y porque Eloísa, bebé arcoirís que llegó después de una pérdida de la que nunca he hablado realmente acá, llegó con un poder sanador poderoso pero no automático: mamá y papá aprendieron a la par de su crecimiento que las estadísticas son solo estadísticas y que la vida se impone cuando está destinada -aún tiemblo con la palabra- a perdurar).

La realidad es que desde mediados de la semana 36 empecé a sentir contracciones aisladas y no dolorosas de preparación que confirmaron como tales tanto mi obstetra como mi doula. Llegada la semana 37 las contracciones se mantenían (con un patrón que fluctuaba más o menos entre persistentes al mediodía, irregulares en duración y desaparecidas una vez me iba a la camita. Una semana antes de la que fue la fecha de parto pensé que Eloísa llegaría definitivamente en un par de días (ya tenía 4 centímetros de dilatación), pero la pequeña me enseñó (otra vez) que cada proceso toma su tiempo y que el cuándo, el cómo y el dónde no lo definía yo. Humildad, agradecimiento y confianza empezaron a erigirse como sus enseñanzas. Humildad frente al conocimiento (no me lo sé todo y está bien no saber ni controlar), agradecimiento frente a mi cuerpo y mi espíritu (que se preparaban para ese instante fundamental) y confianza en que cuando llegara el momento todo fluiría en sincronía (Eloísa nacería cuando su cuerpo estuviera preparado para vivir fuera del mío y cuando el mío estuviera listo para ayudarla a arribar). Pasó otra semana y el viernes 9, al igual que los días anteriores, las contracciones de preparación llegaron, un tris más fuertes, pero con el mismo patrón irregular.

Ese día me fui a dormir como a eso de las 10 de la noche, con la novedad de que apenas logré dormitar una media hora porque las contracciones se mantenían, incrementando su intensidad. Me levanté, abrí la aplicación con la que les hacía seguimiento y me cercioré de la frecuencia y la intensidad con que pasaban. A medianoche llamé a mi doula, que llegó a casa poco después y a las 2 de la mañana, tras un tacto que confirmó que ya estaba en 6 de dilatación, desperté a mi amorcito para salir a la clínica.

El parto

Como había salido positiva en mi prueba de Streptoccocus agalactiae, tenía la indicación de llegar allí con máximo 6 centímetros de dilatación. La idea era que pudieran aplicarme con cuatro horas de antelación al parto el antibiótico que protegería de una infección a Eloísa. Calculábamos que así no correría riesgo de que intentaran inducirme el parto (los centímetros anteriores se dilatan en preparto, es decir, puede detenerse -y es normal que pase- en cualquier momento la dilatación). Lo que no calculamos (ni yo, ni los médicos) es que podían pasar menos de cuatro horas en el resto de dilatación.

Entre que mi esposo despertaba y se arreglaba, salíamos para la clínica, me hacían el triage en urgencias y me revisaba el médico de turno para confirmar mi dilatación pasó un poco más de una hora. ¿Momentos curiosos? Que la enfermera no me creyó cuando en el triage le dije que tenía contracciones (no dolían, ergo no gritaba ni me quejaba), que la doctora de turno no me creyó cuando le dije que tenía 6 centímetros de dilatación (¿conocen la mirada de “no tienes ni idea de lo que estás hablando”?) y que cuando ella misma me hizo el tacto y me encontró de 7 centímetros hizo cara de “mier%&%” y me mandó volando a observación.

Lo cierto es que entre tanto tacto y mi no grito tardaron otra hora larga en hacerme la prueba de alergia al antibiótico y subirme a la habitación para hacer allí mi trabajo de parto. Mientras tanto, empecé a sentir dolor (progresivo), llamé a mi obstetra y llegué a la habitación. Más o menos a las 4:30 a.m. llegó mi médica. Me saludó emocionada, me revisó y fue a verificar con las enfermeras por qué aún no me habían puesto el antibiótico. Llegaron pronto, me lo pusieron y yo opté por tomar una ducha de agua calienta para intentar bajar el dolor de las contracciones, que había aumentado en regularidad e intensidad. La medida fue exitosa, pero cuando salí de la ducha, unos veinte minutos después, tuve un sangrado sorpresa. Caras de angustia y preocupación circularon en todos, hasta que un nuevo tacto confirmó que las membranas estaban íntegras y que un pólipo que tenía (y habíamos olvidado entonces) en el canal del parto  se había rasgado por la presión del bebé. Para estar más tranquilos, mi obstetra decidió romper fuente para ver cómo estaba el líquido amniótico. Lo hizo y tras confirmar que estaba transparente, la montaña rusa empezó. En cuestión de segundos sentí que mi voluntad final de que “a lo mejor sí voy a querer que me pongas una epidural” se iba para el trasto. Eloísa quería salir y mi cuerpo sentía la necesidad de pujar para ayudarle.

Confieso que de aquí en adelante las cosas ocurrieron a toda. Yo, por mi parte, estaba medio en trance, en un estado casi animal. Trajeron volando una camilla, me pidieron que me pasara a ella (yo a duras penas podía conectar solicitudes con acción) y me llevaron corriendo a la sala de partos. Detrás mío, supongo, salían mis dos médicas (la obstetra y la doula) y mi amor. Ellos debían ingresar por un ascensor distinto, luego de cambiarse la ropa por la de cirugía. No tengo ni idea de cómo llegaron. Pensé sinceramente que Eloísa nacería o en el pasillo o en el ascensor. Llegamos, sin embargo, a la sala, me pidieron nuevamente que me pasara (ahora al potro ese de partos), entraron mis tres valientes, se me pusieron al lado, me ayudaron y tras la orden de puja ya, en tres empujones veloces mi chiquita sacó cabecita, torso y piernas y llegó para quedarse definitivamente con nosotros, como vaticinó el primer ginecólogo, delicado, profesional y amoroso, que al principio del embarazo la revisó.

No recuerdo detalles. Solo sé que sentí el aro de fuego del que hablan al describir los partos sin epidural cuando salía su cabeza. No vi nada porque fui incapaz de abrir los ojos durante los pujos, pero sentí cómo su llegada abría el mundo, nos liberaba. Apreté la mano de mi doula y (creo) la de mi amorcito, que estaba a mi derecha, con todas mis fuerzas, y lo oí decirme emocionado, casi llorando, que la niña estaba bien, hermosa. Abrí los ojos y vi a mi doctora cargando a nuestra chiquita con sus manos. La puso en mi vientre, calientita y gritando, y el cosmos se completó definitivamente para nosotros en ese instante. Como dijo Irene, llegó esa chiquita que siempre habíamos estado esperando, cerrando un ciclo y abriendo una eternidad frente a nosotros.

(Y con suspiro y el corazón hecho una gelatina, paro hoy este relato. Esta semana retomaré historias para hablar del alumbramiento, la llegada a casa y la vuelta a la clínica por la bilirrubina.)

Gracias por llegar, por estar, por quedarte, amada Eloísa.

4 marzo 2018 at 11:21 Deja un comentario

¡¡¡Nació Eloísa!!!

Y su llegada no pudo haber sido más feliz. A las 5:20 de la mañana del sábado 10 de febrero asomó su cabecita al mundo nuestra amada Eloísa.

Irene y Eloísa 2

El parto fue como lo soñamos: sin medicamentos, sin complicaciones y rápido. Tanto que por poco ni nosotros ni papá alcanzamos a llegar a la sala de partos. 😉 Será una historia, sin duda, para recordar (que luego contaremos en este espacio), con todo y sus dolores, trances y novedades.

Con Eloísa y sus 3120 gramos de peso y 50 centímetros de talla llegaron esperanzas, ilusiones y sueños. Y una felicidad inconmensurable que seguimos respirando cada día, a la par que la vemos crecer y que parpadeamos para asegurarnos de que este sueño que vivimos es real. A sus 38 semanas (y hoy a sus 17 días de nacida) esta chiquita nos completa (individual y familiarmente), nos llena de agradecimiento y nos ilumina. Irene, como atestigua la foto, no cabe en su felicidad. 😍

¡Bienvenida a nuestro mundo y a nuestra vida, chiquita! ❤️❤️❤️❤️

27 febrero 2018 at 12:53 1 comentario

35 semanas y 3 días

Ahora sí estamos en la recta final. Eloísa sigue creciendo y haciéndonos sentir su presencia no solo con sus movimientos (que son muchísimos) sino con la felicidad que su llegada nos da. Sé que he dado poca cuenta de su tiempo en mi pancita (y que seguramente lo lamentaré cuando pasen los días), pero siento que este tiempo ha sido más de estar conectada desde adentro que de hablar de ello. Chiquita, si algún día lees esto ten la certeza de que tu espera fue tan dulce y amada como la de Irene y que la ausencia de palabras al respecto es solo una muestra más de cómo cambiamos al ser mamás. Nuestro tiempo juntas compartiendo cuerpo, aire, vida ha sido íntimo, intenso y menos racional, pero maravilloso y nuevo como fue el de esa hermana que te besa en las noches, te acaricia y disfruta añorando el tiempo que vendrá cuando estés fuera de mamá. Hoy intentaré resumir cómo ha sido este último trimestre mientras ansío el día en que podamos tocarte y verte. ❤️

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Para empezar, debo decir que al igual que en los dos trimestres anteriores este embarazo ha sido en muchas cosas diferente al de Irene. Me siento más panzona, más habitada (¡te mueves una barbaridad!), más temerosa y más especial. Sigo estando lenta, distraída y, aunque suene contradictorio, serena. He tenido muchas menos preguntas prácticas que las que tuve en la gestación de Irene y, sobre todo, menos ganas de indagar.

¿Las diferencias físicas? Pues aparte de los dolores de espalda, que creo que he mencionado antes, y de sentir casi con certeza meridiana en qué posición está siempre Eloísa (acabamos de pasar un par de semanas tipo molino en las que de estar de cabezas pasó a estar atravesada, luego de nalgas y ahora otra vez en la añorada posición cefálica), se me han hinchado un poco las manos y los pies y en más de una ocasión he tenido que bajar el ritmo al caminar por sentir en lo más profundo de mi cuello del útero sus “cosquillas”. También he sentido acidez en la boca del estómago, pero casi pasó por completo el mismo día en que ella volvió a ponerse de cabecita.

Datos para anotar: que aunque alcancé a preocuparme cuando se giró y la ginecóloga me dijo que confiaba en que volviera a ponerse de cabezas para lograr nuestro parto natural, no hice nada extraordinario para que lo hiciera. De algún modo sabía que podía girarse si tenía en cuenta que nunca ha parado de moverse a lo largo de todo este tiempo, además de que quedaba tiempo por delante y usualmente la naturaleza sigue su ciclo natural. Me recomendaron yoga prenatal, sentarme en una mecedora, masajearme los dedos pequeños de los pies y caminar, pero de ello solo hice lo que podía hacer parte de mi cotidianidad sin agredir el ritmo lento que ha caracterizado este último trimestre juntas.

Los reportes médicos, por su parte, son maravillosos. Ni preclamsia, ni diabetes, ni nada que indique alarma o prematuridad. Hubo un momento en que todas las anteriores estuvieron en juego por mi edad, pero las pruebas diagnósticas han sido positivas y a la fecha esperamos un parto a término (lo más natural posible, además). Hoy nos hicieron nuestra última ecografía. Según ella, esta chiquita ya casi pesa 2900 gramos (¡gordita!), está llena de vitalidad, tiene sus órganos funcionando a las mil maravillas y se tapa la cara con las manitas para no dañar la sorpresa que en unas semanas le dará a Irene, su papá y su mamá.

En cuanto a todo lo relacionado en términos prácticos con los preparativos para recibirla… pues igual que con lo demás. Siento que la ansiedad es distinta y que el afán por tener todo en cintura (cuna, ropa, coche y demás) se ha disminuido una cantidad. Hemos organizado y conseguido lo que consideramos que podría hacernos falta (por internet, además), teniendo como resultado que más que pasar horas recorriendo tiendas hemos pasado una temporada en familia, disfrutando muchísimo las vacaciones de Irene y preparando nuestros corazones para que sean el nido en el que Eloísa de ahora en adelante se resguardará.

Adicional a ello, tomamos la decisión de acompañarnos de una doula, con la idea de pasar el mayor tiempo posible de nuestro parto en casa (como lo hicimos con Irene, pero siendo conscientes que cada que al ser este mi segundo el proceso podría ser más rápido), además de prepararnos emocional y físicamente en familia. He consultado la opinión de nuestra ginecóloga al respecto y, siguiendo su recomendación, hemos contactado a Daniela, una médica además de doula, concreta, experimentada y amorosa. Apenas iniciaremos nuestro proceso de conocernos, pero me siento tranquila al pensar que estará a nuestro lado, no solo porque confío en que con ella lograremos un parto más humanizado, sino también porque sé que su presencia le dará seguridad a papá, que en esta ocasión, si todo sale como lo pensamos, estará presente en el parto. Descartamos la idea de un parto en casa por seguridad. 😉

Finalmente, dejo para acompañar este texto dos imágenes de la carita de Eloísa a sus 27 semanas y tres días… No sé qué piensen ustedes, pero a mí se me parece a Irene… ¿Será?

22 enero 2018 at 17:07 Deja un comentario

Eloísa

Fuente de la imagen: Plano Informativo

Hemos llegado a las 26 semanas de nuestro embarazo, una espera, dulce y feliz como la de Irene, llena de sorpresas que confirman que cada chiquito es un mundo y que nosotros mismos, con el paso del tiempo, nos convertimos en seres distintos. Hoy, después de un gran silencio, reaparezco con noticias que hagan aunque sea un poco de justicia a lo que hemos vivido durante este tiempo. 😉

Para empezar, debo decir que ha sido un embarazo diferente, supongo que tanto por nuestra chiquita (que se llama Eloísa, por cierto) como por mí misma: los cambios de mi cuerpo, la edad, el clima, las secuelas que dejó en mi cuerpo la gestación de Irene… todo hace que me sienta como si fuera a ser madre por primera vez.

Muuuuuchos más síntomas

No sé si fue que olvidé detalles de nuestra experiencia anterior (tendré que leer mi propio blog, jjejjeje) o si realmente todo es distinto, lo cierto es que los primeros meses de este embarazo revolcaron mucho más mis hormonas que el anterior. Nada fue intolerable ni incapacitante, pero sí tuve mucha más sensibilidad a alimentos, a temperaturas e incluso al peso. Con respecto a los primeros, a estas alturas están superados. Con respecto a lo segundo, vamos de mal en peor. Aunque hasta aquí he subido un poco menos de peso que con Irene, mi espalda parece tener una memoria muy clara del desbalance producido al cargar en el vientre un chiquito. En consecuencia, me siento muchísimo más lenta a mis 26 semanas con Eloísa de lo que recuerdo haberme sentido con Irene. Y he recurrido desde hace ya un par de meses a un maravilloso cinturón de soporte que me ayuda a centrar mi columna con respecto a la gravedad. Es un recomendado fijo tanto para madres primerizas como para madres experimentadas. ¡Con decirles que ni me lo quito para dormir!

Con respecto a cuidados, también hay hábitos diferentes en nuestro día a día que, sospecho, han tenido incidencia en este embarazo incluso antes de la concepción. Abro capítulo aparte para profundizar un poco al respecto.

Primer gran cambio: Nuestra alimentación

No recuerdo si en el breve anuncio que hicimos de esta noticia hace unas semanas, mencioné que buscamos durante mucho tiempo la llegada de Eloísa: sin presiones, sin angustias, pero sí con una expectativa que se fue reduciendo con el paso de los años y que finalmente terminó en una aceptación en paz con la naturaleza. Llegamos a estar convencidos de que seríamos una familia de tres. Las estadísticas y la propia experiencia apuntaban a ello. No quisimos someternos a ningún tratamiento excepcional (que celebro que existan como alternativa para muchos padres que han recurrido a ello), quizás en parte porque ya teníamos a Irene y porque no quisimos imponerle nada a la vida. Sin ser deterministas confiamos en la sabiduría de la naturaleza. Si no llegaba otro chiquito podía ser porque ni mi cuerpo ni mi espíritu estaban en sintonía para recibirlo.

Para no hacer más larga la historia, a comienzos de este año, como mujer mayor de cuarenta que empezaba a sentir molestias en la agilidad de sus músculos, decidí tomarme en serio una práctica deportiva diaria y ajustar mi dieta, no para bajar de peso, porque realmente no lo necesitaba, sino para mejorar mi digestión. Ya desde el embarazo de Irene habíamos hecho cambios sustanciales como la eliminación del azúcar adicionado a zumos y jugos y otras bebidas, la incorporación de alternativas a los dulces refinados y procesados (básicamente por panela y miel en algunos casos), la introducción de alimentos fermentados caseros (chucrut, kéfir y kombucha) y la eliminación casi total de alimentos procesados: salsas, mermeladas, caldos de base y un largo etcétera dejaron de estar en la lista de la compra para ingresar a la lista de alimentos preparados en casa. Esto nos permitió una reducción significativa en la ingesta de preservantes y químicos y un renacer del gusto por la cocina, que siempre ha sido una de mis pasiones secretas, ahora en plena ebullición. Asimismo cambiamos los insumos de grandes mercados por alimentos locales y orgánicos, con lo que, según yo, ya habíamos llegado al tope de medidas para mejorar la alimentación.

Pues bien: no. Dos cambios aparentemente simples nos sorprendieron con resultados inesperados (el embarazo entre ellos): la eliminación definitiva del azúcar refinada (que consumíamos de vez en cuando en postres o dulces callejeros) y la eliminación del trigo y las harinas refinadas (que solíamos comer al desayuno). Yo, adicionalmente, eliminé por casi 4 meses la ingesta de granos (fríjoles, lentejas, maíz, garbanzos, arroz) y reduje algunos carbohidratos altos en su índice glucémico (patatas, principalmente). Estos alimentos los reemplazamos por repostería casera ( en la que incursioné por primera vez en mi vida con resultados gratos) endulzada con miel, panela, dátiles y banano y preparada con harinas alternativas de almendras, coco y yuca, y por intentos no del todo exitosos de panes sin gluten. Como resultado, las comidas y cenas se mantuvieron más o menos como antes, excepto por los cambios en guarniciones, ahora con más verduras y montones de aguacate. El desayuno, por su parte, sí sufrío un giro sustancial: el pan lo reemplazamos por crepes de banano y avena (con un poco de leche) y muy de vez en cuando por arepas de maíz caseras o de yuca, acompañadas de mermeladas caseras (hechas con panela), muchos huevos, bacon y algunas verduras.

¿El resultado? Incremento de energía y agilidad física, reducción casi total de los antojos entre comidas (por una mayor sensación de saciedad), baja de peso, mejores digestiones y, supongo, una desinflamación significativa de órganos internos, incluidos, sin duda, mi útero y sus trompas, que en algún examen diagnóstico aparecieron bloqueada totalmente una y la otra casi en su misma situación, pues apenas mostraba alguna permeabilidad. Esto último no puedo comprobarlo más que con mi embarazo, pero, visto los otros efectos y consultada la opinión de varios ginecólogos, creo que no es una idea traída de los cabellos.

Estos cambios, aclaro, pueden no tener los mismos efectos en todos los organismos. En mi caso, supusieron ajustes mínimos con respecto a los hábitos que habían llegado con Irene y estuvieron acompañados de buenas horas de sueño, una vida tranquila y un definitivo placer por la cocina. También, debo decirlo, de lecturas progresivas sobre la dieta paleo y primal (que son más o menos lo mencionado, diferenciándose en que la segunda incluye lácteos -que como sin problemas-) y de autores clásicos defensores de la comida tradicional como Chris Kresser, Edurne Ubani, Weston A. Price y Sally Fallon. Hay montones de recetas inspiradoras en la web sobre esta dieta y cantidades increíbles de bloggers y personas de a pie en Instagram y Facebook compartiéndolas. Si les interesa, les recomiendo, entre otros, a @thecastawaykitchen, @evamuerdelamanzana, @againstallgrain, @noncrumbsleft, @primal_gourmet, @whole30recipes, @keto.connetc, @iheartumami, @nomnompaleo, @physicalkitchenss, @therealfoodrds, @thewholesmiths y @paleorunningmomma. Y ya.

Lo segundo: deporte, reconexión conmigo misma, liberación de prejuicios (¿he dicho que los 40 te quitan un montón de peso con respecto al qué dirán?) y tranquilidad

Adicional a ello, como dije antes, introduje el hábito del deporte, con treinta a cuarenta y cinco minutos diarios de “cardio” (realizados en una elíptica), así como el contacto conmigo misma y una serie de pasiones postergadas por un “deber ser” profesional: llegados los 40 me he dado el gusto de hacer montones de cosas que me fascinan, las mismas que antes siempre quedaban pospuestas por una inquietud más intelectual. De ahí mi reencuentro con la cocina, con el dibujo, con la acuarela, con el grabado, con el deporte, con la costura y con la cerámica. Sigo leyendo (y editando a mi muy amado), pero no como mi actividad principal. Y escribo, pero menos, como se evidencia en esta casita. Y soy una administradora sin título, porque, por supuesto, en medio de todo esto, sigo en frente de toda la infraestructura práctica de este hogar.

Así, en definitiva, llega Eloísa a una familia más sosegada y en paz, y no porque antes no lo fuéramos, sino porque siento que todos estos cambios y estas reconexiones nos han liberado de un montón de cargas emocionales que cargamos a veces sin darnos cuenta. Siempre creí que era una mujer tranquila. Ahora pienso que estos últimos dos años me han dado muchísima más paz conmigo misma y con la vida que tengo (de la que estoy agradecidísima) y que todo eso, sumado a unos buenos hábitos alimenticios y de sueño, han marcado la pauta para la armonía que Eloísa necesitaba para arribar.

Irene, como hermanita mayor, no cabe en la ropa. Y creo que el recibir a esta chiquita a sus ocho años y medio supondrá también un nuevo universo en su vida cotidiana y emocional.

Seguiré dando reporte, aunque no sea con la misma frecuencia de Irene. Y prontamente, creo, rebautizaré esta casita en toda regla porque ya no es solo de nuestra luz y vida, Irene, sino también de este nuevo sol, esta nueva vida que es Eloísa.

Saludos y mucha felicidad. 😉

21 noviembre 2017 at 11:58 1 comentario

13 semanas + 5 días

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No nos lo esperábamos, no por falta de deseos sino por lo que nos decían la medicina, el paso del tiempo y la edad. Sin embargo, a comienzos del verano, en medio de la tristeza profundísima que nos produjo la enfermedad inclemente de quien siempre será nuestra hermana, madrina, abuela y hasta mamá, descubrimos que un chiquito había llegado a nuestras vidas. Un último regalo suyo antes de marcharse físicamente, tal vez… El mejor regalo que nos ha podido llegar.

Han pasado un poco más de 8 años desde que empezamos este camino. Hoy lo retomamos casi con la misma ingenuidad de entonces, y con la más grande de las ilusiones. No nos alargamos ahora, pero prometemos compartir más detalles en el futuro. Por ahora, anunciamos que ha llegado otra chiquita (así, en femenino), y que de su mano llegan la esperanza y la felicidad.

24 agosto 2017 at 16:29 3 comentarios

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