Posts tagged ‘Minimalist Life’

Menos cosas, más felicidad: Simplificar la paternidad

Hace algunas semanas, Adriana, una mamá también bloggera, me recomendó la lectura de Simplicity Parenting, un libro que propone criar niños más tranquilos, felices y seguros usando la lógica de menos es más. Me atrevo a escribir al respecto a partir de nuestra corta pero extraordinaria experiencia, pues los cambios que he visto hasta ahora (sólo con su prólogo) en Irene y nosotros mismos son significativos. Tengo pendiente la tarea de leer el libro, pero creo que es válido plantear algunas reflexiones sobre cómo concentrarnos más en ser que en hacer, y lograr, a partir de ello, menos tensiones y estrés alrededor de los niños y sus papás.

La lógica es simple: todo lo que necesita un niño es la atención y el amor de sus papás. Las posesiones (juguetes, ropa, gadgets,…) y la variedad de actividades que lo rodeen son apenas parte de la escenografía. La historia -es decir, los personajes- son lo único realmente importante. Así, ser se antepone a hacer y experimentar gobierna sobre acumular. Mientras más simplifiquemos las rutinas de nuestros pequeños y disminuyamos los objetos disponibles para ellos, más paz y menos ansiedad traeremos a nuestra casa y, con ello, disfrutaremos más de nuestra mater-paternidad.

Kim John Payne and Lisa M. Ross, autores de Simplicity Parenting, dicen que tener momentos de calma (creativa y relajada) es una forma de profundizar en nuestra sustancia como seres humanos. Esto es válido para todas las edades, pues permite la construcción de emociones y relaciones con nosotros mismos y con los demás. Las pausas de “ser” por encima de los bloques de “hacer” nutren el espíritu, brindando confianza y tranquilidad.

¿Y cómo se logra eso con los chiquitos? Del mismo modo que logramos relajarnos cuando nos sentamos a “hacer nada” con un buen amigo: una taza de café (el contenido es lo de menos) acompañada de una buena charla que no siente pasar el tiempo equivale a estar una tarde con el pequeño, ambos tirados en la cama o en el suelo, haciéndose cosquillas, jugando con una pierna al caballito, o a sentarse en una hamaca a mirar el paisaje y dejar que el chiquitín juegue con la tapa de una botella quitándola y poniéndola sin importar cuánto tiempo pase y qué haga o qué aprenda mientras tanto. Ser por encima de hacer e incluso, en muchos casos, de estar (sin confundir ese ser con un convertirse en un “papá helicóptero“, permisivo y desconfiado de sí mismo y de sus hijos):

This book should give you many ideas on how to reclaim such intervals, how to establish for your children islands of “being” in the torrent of constant doing. […] that simplification is often about “doing” less, and trusting more. Trusting that—if they have the time and security— children will explore their worlds in the way, and at the pace, that works best for them.

Quizás si tratamos de recordar nuestras vivencias más gratas, notaremos que tienen en común la evocación de una emoción más que de un objeto y, muy probablemente, la compañía de -y el sentimiento inherente a- alguien más. Confiar y dejar hacer son parte de las fórmulas propuestas. Tal vez, incluso, no hace falta leer un texto o un blog para entenderlo: basta con dejar fluir el tiempo, pensar menos en un “deber ser” (tan occidental) y más en un “querer estar”.

Cierro, para no hacer largo el cuento, con la referencia a un texto simple y grato de Claire K. Niala, una osteópata africana, mamá educada en Inglaterra con una valiosa experiencia multicultural. En él intenta explicar por qué los niños africanos no lloran, mientras los occidentales parecen llegar al mundo con un sino lacrimoso y fatal. Dice que el secreto es “una simbiosis constituida para satisfacer las necesidades” del pequeño, que en castellano simple plantea la predisposición natural de los padres a adaptarse a las necesidades del niño y a “una total suspensión de la idea de lo que debería haber sido”. En su lugar, se acepta, “sin condiciones”, lo que está sucediendo: se es y se está. No más.

Podría escribir mucho más a este respecto, pero creo que cada experiencia es válida. Por mi parte, confirmo que desde que intento relajarme y permitirme estar más a la altura de Irene (disponible para ella sin leer, pensar o hacer “mis cosas” al tiempo. Ahora reservo un espacio solito para mí para ello), mi chiquita ha estado tranquilísima y feliz de que estar con mamá y papá. Y no soy la única a la que le pasa: les recomiendo, si quieren ver más, una visita a otras experiencias, en las casitas de Nature Moms, Maxylola y Noble Mother.

(Ah, y son bienvenidas otras ideas y experiencias.)

😉

PD: Repito foto. Ya no sé de cuándo. Hoy Irene cumple 18 meses. El tiempo vuela y mi chiquita cada día está más sonriente y conversadora. ¿Se puede amar más? Sí, siempre. ¡Feliz año y medio de vida, princesa!

9 febrero 2011 at 09:41 15 comentarios

Menos cosas, más felicidad (9): Cómo ahorrar dinero

Retomo nuestra serie de Simple Living para hablar sobre el dinero y sobre algunas claves para ahorrarlo… algo muy difícil de hacer  si no se planea y se ejecuta con rigor y voluntad. La propuesta surge de nuestra propia preocupación, pues aunque tenemos unas finanzas domésticas sanas (con ingresos fijos, sin deudas y sin tarjetas de crédito), la pespectiva a futuro resulta siempre incierta y exige -a mi juicio- aprender a vivir con menos de lo que se gana para poder ahorrar.

Foto de alancleaver_2000

No sé cuál sea la situación en otros países (aunque sospecho que debe ser similar), pero en Colombia, por ejemplo, cualquier plan pensional supone una mesada inferior al sueldo que se percibía antes… eso sin mencionar que las perspectivas que tenemos actualmente dejan muy en entredicho las posibilidades de retiro para las generaciones trabajadoras de hoy. Si a eso le agregamos que a pesar de nuestras “buenas prácticas”, la sensación creciente es que el dinero que percibimos siempre nos queda justo, creo que es tiempo de empezar a buscar alternativas para ahorrar. Otra opción sería intentar crecer nuestros ingresos, pero sospecho que si eso no se hace de la mano de un plan de ahorro, la tendencia puede ser a que también crezcan los gastos… y no nos interesa. Además, preferimos pasar más tiempo en familia que cargarnos de más trabajo o responsabilidades que nos limiten esa posibilidad. Así que al grano…

Cómo ahorrar

Obviaré todas las estrategias de ahorro en consumo de bienes y servicios, pues aunque creo que son importantes, las expuse en los artículos precedentes de esta serie sobre Simple Living y creo que ya están en marcha en nuestra casa. Es posible que podamos mejorar algunos aspectos, pero eso lo haríamos sobre la base de lo ya expuesto y sobre las premisas básicas y muy efectivas de reducir, reciclar y reutilizar (y reparar). Si a ustedes les interesa conocer esas opciones, les recomiendo que después de leer este texto, se den una pasadita por acá.

Superada esa etapa, me concentro en las estrategias que hemos utilizado en otras épocas y que ahora debemos retomar para que los imprevistos (que llegan TODOS los meses: reparación del coche, mantenimiento de bienes, pago de impuestos -crecientes, grgrr-, entre otros) no nos sigan dejando en ceros. Y lo hago a manera de lista:

1. Tomar nota de TODOS los gastos del mes. Y eso incluye las compras más nimias. No les recomiendo que lo dejen para el último día, pues normalmente hay gastos que no se tienen presentes y que, al sumarlos, descuadran cuentas. Poner los gastos sobre el papel a medida que ocurren, permite tomar conciencia de en qué se va el dinero y qué se puede recortar para tener al final del período saldos a favor.

2. Una vez se tengan claros cuáles son los gastos fijos y necesarios, se dede programar un presupuesto. Esto es un cálculo del dinero que ingresa y del dinero que sale (especificando cuáles son las fuentes y las destinaciones que se harán). Para que esta herramienta funcione, es fundamental hacerlo claramente y con honestidad, incluyendo TODOS los gastos que se hagan. Y cumpliendo los ajustes necesarios para que al final los números que aparecen en la columna de los ingresos sean iguales o mayores a los de la columna de las salidas o egresos. Puede que no case al principio, pero la idea es que a medida que se concientice el plan y se ejecute con juicio, la tendencia sea que sí ocurra.

3. Es fundamental incluir dentro de ese presupuesto un monto para imprevistos (sugieren que sea un 10% de los ingresos) y otro para ahorro (ése sí depende de cada cual. Lo ideal es pensarlo como un gasto fijo y fundamental, para que no se convierta en el desvare mensual -como nos ocurre ahora a nosotros-). Éste es quizás el punto más difícil de todos porque supone suprimir consumos -no básicos sino “suntuosos”- y un cambio de mentalidad sobre el ahorro. Muchas veces pensamos que ahorrar es tener un dinero libre para ciertos lujos… y puede ser cierto, desde algunas perspectivas, pero no lo es cuando decidimos ahorrar con una proyección a mediano o largo plazo y terminamos gastándonos esa reserva antes de tiempo y en algo distinto a lo proyectado. Adicionalmente ocurre con frecuencia que muchas personas no sean capaces de no disponer de esos montos, pues ven ciertos gastos como básicos aunque -en un plan de ahorro- pueden no serlo: zapatos (que son básicos cuando no se tienen, pero pueden ser una compra innecesaria o aplazable cuando responden más a una moda, un impulso o un antojo), un servicio de internet en casa cuando nos pasamos todo el día en el trabajo y tenemos conexión allá o cuando tenemos conexión en nuestra cuenta de teléfono móvil y otros por el estilo. Por eso, quizás al llegar a este punto, resulte necesario revisar nuevamente los puntos 1 y 2… Y la recomendación: si a pesar de proponérselo y programarlo le cuesta mucho ahorrar, hágalo de un modo impuesto: por deducción automática a otra cuenta o a un depósito fijo, por conversión a moneda extranjera o por lo que sea que no le permita gastar el dinero tan fácilmente como cuando lo tiene en su cuenta. Cuando gastar supone un esfuerzo extra, casi siempre el impulso del gasto se aminora e incluso, sorpresa, no se llega a concretar.

4. No te endeudes. Esto puede sonar drástico, pero es algo que vale la pena considerar. No es lo mismo, sin duda, endeudarse para comprar una casa que hacerlo para comprar ropa, ni es igual endeudarse cuando se tiene un trabajo e ingresos fijos o se vive en un país con créditos blandos, que hacerlo cuando se tiene un empleo independiente o temporal y se vive en economías emergentes con intereses de créditos altísimos. Por eso es bueno pensarse dos veces (con cabeza fría y con plazos de tiempo superiores a treinta días) cualquier deuda antes de asumirla. Si tiene tarjeta de crédito, una buena táctica puede ser no andar con ella… así el impulso, al menos, no se podrá concretar. Vale el consejo también para las tarjetas de débito. Es mejor andar con cierta cantidad de efectivo encima: supone limitar a un monto concreto cualquier gasto que vayas a realizar (pero este vale como una herramienta en sí misma, así que la paso al 5).

5. No lleve tarjetas en su cartera y ande con montos concretos de dinero en ella. Por supuesto, esto exige presuponer qué cantidad se va a necesitar. No se puede salir de casa sin el dinero necesario para el transporte, por ejemplo… sobre todo si vamos al trabajo y no podemos llegar andando. Tampoco se puede ir a hacer la compra sin una lista y un cálculo de lo que necesitamos y mucho menos sin el dinero calculado para hacerla. Pero sí sirve llevar lo justo -bueno, con un tris más por si sucede algún imprevisto… un 10% para ser exactos-. A mí al menos me funciona. Cuesta acostumbrarse, pero una vez lo pones en práctica notas que sí te ayuda a ahorrar.

6. Prioriza gastos. No importa si son a mediano o corto plazo. Lo más probable es que ahorres para poder adquirir ciertas cosas (una casa, un coche, un viaje de vacaciones, un regalo, etc.), aunque también puede ser útil hacerlo simplemente para el futuro… es decir, para cuando no se tenga un trabajo, para una enfermedad o para invertir en algo rentable más adelante, cuando el monto ahorrado lo permita.

Y así llega el último consejo de ahorro:

7. Invierta el dinero ahorrado (después de un buen tiempo) en bienes que puedan reportarle alguna utilidad. Éste es el sueño dorado… porque permite resolver la inquietud inicial del artículo: cómo ahorrar o cómo incrementar los montos que percibimos. Vuelvo a repetir la recomendación incial: es mejor reducir los gastos. Y agrego que esto es bueno hacerlo incluso cuando se puede incrementar un poco más el ingreso. Y aclaro que no sugiero limitaciones de goce ni de bienestar (¡no hay que vivir con goteras en el techo por ahorrar dinero!), si no vivir con la premisa de Simple Living: vivir con menos cosas y más felicidad. Seguramente cuando hayamos ahorrado un poco y tengamos un dinerito extra para viajar o comprar una casa o adquirir algo para rentar, habrá sonrisas en nuestras caras.

Pero falta resolver la pregunta del millón: ¿Y en qué se invierte para recibir utilidades? Eso da para otro post y varía, sin duda, dependiendo del lugar en el que se viva. En nuestro caso, las opciones son las mismas de los viejitos: en propiedades porque los bancos cobran tarifas de intermediación altísimas y porque el dinero tiene devaluaciones intempestivas. La propiedad difícilmente se desvaloriza y es un bien que perdura en el tiempo. Quizás no sea fácil juntar el dinero para lograrlo, pero, como decía antes, las opciones de inversión dependen de cada familia… y proponerse un objetivo o priorizar los gastos no significa no poder hacer ajustes en el camino. Quizás lo que deseamos a los 20 no sea lo que queramos a los 40… Lo importante, en cualquier caso es ahorrar y descubrir que, incluso en los peores casos, se puede ser feliz con menos cosas y siempre se vivirá más tranquilo sin deudas y con algún dinero extra para el futuro.

[A ver si retomando estas pautas, mejora la economía de nuestro hogar. Son bienvenidas, por supuesto, sus propias sugerencias. Así que, ¡a comentar! ;)]

PD: Acabo de leer un post en el blog de Nuria, pidiéndonos que oremos por Gammal, el pequeñito de Johana Beato que nació el último día de noviembre. Su corazoncito tiene problemas. Desde aquí oramos con todo el amor para que ese chiquito y Johana, Ivana y su papá se llenen de amor, salud y bienestar… Ayúdennos a orar.

3 diciembre 2010 at 08:42 5 comentarios

Menos cosas, más felicidad (8): lo que me gustaría lograr

Terminamos nuestra serie de Simple Living con este texto dedicado a alternativas que me gustaría experimentar, pero que no estoy segura de poder poner en práctica por limitaciones reales de nuestra vida o por falta de voluntad. Aclaro que esto último no significa que no esté convencida de sus beneficios; en su lugar, hace referencia a opciones que me parecen válidas, pero que no resultan del todo viables en nuestra vida cotidiana. Las expongo porque creo que pueden complementar las propuestas que incluímos en las entradas anteriores… y porque creo que al enunciarlas se difunde un estilo de vida maravilloso que ojalá todos, a nuestro modo, podamos apreciar.

Foto de Huertas, jardín y patios.

Para empezar, confieso que mientras escribo y reviso material sobre este tema me motivo más a hacer cambios en nuestra vida. Suena contradictorio con la introducción que acabo de escribir y con el espíritu original de esta entrada, pero es verdad. A medida que avanzo en mis pesquisas sobre permacultura -el diseño de hábitats humanos sostenibles (aquí encontrarán información práctica sobre ello)- y Simple Living, me entusiasma más la idea de implementar prácticas que antes me parecían casi imposibles.

¿Vivir en una casa ecológica? Sí… puede que no sea bioclimática -ni ecológica, como las de bahareque o tapia– al 100%, pero la que tengo, de construcción tradicional, puede adaptarse a alternativas autosostenibles en el futuro. ¿Hacer una huerta en piso a pesar de que vivo en altura? Sí… al menos puedo intentar convencer a mis vecinos de destinar para ello una parte de nuestro jardín ya cercada -que hace años se usaba para una antena parabólica ahora inexistente-, además de proponer hacer una composta comunitaria con todos los desechos orgánicos que producimos en la cocina -se supone que ya los separamos, pero el camión se los lleva todos al vertedero municipal. Seguramente de allí, además de tener el gusto de ver crecer una huerta en el suelo, encontraría conocimientos y motivación para hacer una huerta pequeña en nuestro hogar.

Así que no doy más largas con las opciones pendientes que -aunque cuesten un poco más de esfuerzo- me gustaría lograr:

  • Vivir en una casa autosuficiente. Siempre la he soñado en el campo, además. No sé si logre esto último, pero me encantaría vivir en una casa que aprovechara mejor sus recursos. No necesito estar a kilómetros de la ciudad (hay cosas de la vida urbana que me gustan) para tener paneles solares o para recuperar aguas residuales (aunque sea para el riego de jardines… ¡o de una huerta!). Si no lo logro, al menos puedo implementar opciones que me ayuden a mejorar la sostenibilidad actual de nuestra casa, en la cocina, en el baño, en la ducha, en la lavadora…
  • Tener mi propia huerta. Supongo que no alcanzará para suplir todos los alimentos de mi hogar, pero no importa. La idea de hacerla me entusiasma porque me permitiría estar en contacto directo y diario con la naturaleza, al tiempo que le daría una vía útil, saludable y sostenible a los residuos orgánicos de nuestro hogar (Añado un link sobre cómo hacer tu propia huerta en casa, otro con un manual -muy interesante y claro- sobre los pasos que se deben seguir para hacer una huerta orgánica de cultivo intensivo y el link de un documento sobre composta -que puede ser de dos tipos: caliente o lombricomposta-, el abono orgánico para los alimentos que se produce con desechos). Como ven, lo que antes eran sueños casi irrealizables se ha convertido en alternativas posibles… (todo esto debí incluirlo en la entrada anterior. :s). ¡Ah!, y orgánicas sin un costo inalcanzable… miren los links y sabrán a qué me refiero.
  • Reciclar yo misma mis residuos orgánicos haciendo composta (¡¡¡abono orgánico para la huerta que quiero tener!!!) en mi hogar. La forma de hacerlo ya está inventada (con variantes incluso). Hoy separo basuras, pero pongo todos los desechos en bolsas de plástico (¡qué mal!)… Una opción para evitarlo es empezar a reciclar yo misma los productos orgánicos, con una pequeña caja de compost (no sé si con lombrices) en mi hogar [adjunto dos videos de cómo puede hacerse -creo que hasta en el patio de ropa de la casa se puede: el primero, más técnico, sugiere licuar los desechos antes de ponerlos en la composta; el segundo, más casero, da cuenta de una composta sencilla en casa. Si les interesa el tema, miren el documento del ítem anterior sobre composta y vayan al enlace directo de Youtube del primer video (dando dos veces clic sobre el recuadro del video). Los comentarios publicados seguramente les ayudarán a precisar más el procedimiento]:
  • Vivir en comunidad. ¿En una ecoaldea? Quizás no, pero sí más en contacto con mis vecinos (la huerta comunitaria sería una muy buena manera de hacerlo realidad). Creo que entre sus ventajas estaría el interés conjunto de vivir de un modo respetuoso con la naturaleza y la búsqueda de opciones autosostenibles… Además de esto las ecoaldeas suelen poner en práctica alternativas ecológicas como el paisajismo comestible (aquí, el proyecto de un jardín comestible), el tratamiento y recuperación de aguas residuales (dejo al final un video muy interesante sobre esto, que ojalá en el futuro sea una realidad general y popular) y el desarrollo de granjas orgánicas. Ahora, la vuelta de tuerca: si no se puede vivir en una ecoaldea diseñada para ello, se puede adaptar nuestro entorno a opciones sostenibles (links recomendados: Fundación de Vida Sostenible y Ecovilla, criterios básicos para hacer un asentamiento ecológico).
  • Usar bolsas de tela para la compra, en lugar de bolsas plásticas. No me alargo en explicaciones porque otros lo han hecho mejor que yo. El plástico contamina. Incluso si es biodegradable (que ya es un avance), pues usualmente tiene un uso limitado y consume, además, productos que nos hubieran podido alimentar. Les recomiendo que se pasen por el Centro de Desarrollo La Milpa (que tiene, por cierto, una rifa esta semana de una bolsa Chicobag, para usar en lugar de las bolsas plásticas): encontrarán buenas razones para llevar nuestras propias bolsas (ojalá de tela) a la hora de comprar.

La lista podría ser más larga (me encantaría tener mi propia granja, producir mis huevos, mi leche, mis gallinas -aunque se me pararían los pelos con la idea de matarlas-), pero no sigo porque creo que las opciones incluídas ya son válidas. Como decía, lo que antes sonaba imposible deja de serlo una vez que empiezas a darte el chance de ensayar (me pasó con los pañales de tela, con la copa menstrual, con la leche de magnesia en lugar del desodorante, con el agua de yerbabuena en lugar del jabón para niños, con el bicarbonato de sodio en lugar del shampoo -también puede reemplazar la crema dental- y ahora con la ecobola en lugar del detergente -gracias Ana por el consejo, la conseguí más fácil de lo que pensaba y ya la empecé a usar).

Así me pasa ahora más o menos con todo. Antes pensaba que era difícil llevar a la práctica las ideas que consigna esta entrada, pero hoy me doy cuenta de que en muchos casos basta darle un poco la vuelta a la propuesta original para encontrar la manera de hacer las cosas (incluyendo a otras personas que nos rodean). Creo que en eso consiste el estilo de vida que propone Simple Living: en simplificar nuestra vida para simplificar y hacer sostenible también la de nuestra comunidad.

He repetido muchas veces que vale la pena hacerlo, que no es difícil en lo absoluto y  que -contrario a lo que casi siempre se piensa- implementar este tipo de alternativas casi nunca resta (al contrario, casi siempre suma) comodidad. Si bien las opciones de esta serie están planteadas en términos individuales, la mayoría de ellas pueden desarrollarse en comunidad. Que pasen del sueño a la realidad depende de nosotros.

Foto tomada del blog Natura-medio ambiental: beneficios de tener una huerta en casa.

Finalmente, estoy segura de que si hiciéramos el ejercicio de buscar otras fuentes informativas -en nuestro país, en una biblioteca, entre nuestros amigos, en la red, etcétera- encontraríamos otras opciones útiles. Con esto, dejo la puerta abierta para que cada quien haga su propia búsqueda y encuentre su manera de vivir en armonía con su entorno… ojalá con menos cosas y más felicidad. Gracias a todos por sus comentarios, por sus ideas y por el interés que han mostrado en esta serie. Creo que ha sido una buena muestra de que se puede construir en conjunto… No se imaginan cuánto nos han ayudado sus experiencias y consejos. Ojalá suceda lo mismo con ustedes. 😉

Un abrazo.

PD: Adjunto el video prometido sobre tratamiento y recuperación de aguas residuales. Hay opciones caseras. Ésta es industrial pero 100% natural.

12 octubre 2010 at 16:05 3 comentarios

Menos cosas, más felicidad (7): lo que nos falta

Pensaba que éste sería el último post de esta serie (al menos en una primera entrega -quizás en el futuro vengan más-), pero no. He decidido dividir el contenido de esta entrada en dos: un post sobre los hábitos y las acciones que considero que nos falta poner en práctica (y que espero adelantar dentro de poco) para simplificar más nuestra vida y un texto final sobre alternativas de Simple Living que me gustaría experimentar, pero que no estoy segura de hacer, ya sea por limitaciones reales de nuestra vida o por falta de voluntad.

Foto tomada de Oposiciones.

Simplificar implica tomar ciertas decisiones que permitan hacer más fácil nuestra vida, no sólo por la comodidad que brinden, si no por la naturalidad y correspondencia que nos puedan dar. Así, lo que puede ser alternativa para unos, puede no serlo para otros, o -incluso- decisiones que hoy no nos parecen correctas o sencillas, pueden ser las que en definitiva nos permitan vivir más plenamente en el futuro.

Quizás por ello, por ejemplo, no opte nunca por educar en casa exclusivamente a Irene (aunque racional y emocionalmente me parezca un reto y una experiencia maravillosos); puede que no termine viviendo en una ecoaldea (aunque al leer sobre ellas piense que son admirables y que sería realmente enriquecedor hacerlo); creo que no llegará el día en que compre todos los productos que consumimos en tiendas orgánicas (que sí, que cuando menos hasta hoy son muchísimo más caras)…

Pero ninguno de esos “no” supone una limitación definitiva, porque puedo darles la vuelta y en su lugar, por ejemplo, llevar a mi chiquita a un colegio y seguir de cerca su proceso de aprendizaje, enseñándole en casa muchas de las cosas que no verá en el aula o complementando su educación con experiencias cotidianas (ir a una granja, leer, cocinar…) de pedagogías de escuela en casa que, sin duda, ampliarán su espectro y la acercarán al tipo de enseñanzas que también quiero. Puede que no termine en una ecoaldea, pero sí puedo intentar hacer un huerto en casa, en maceta, aunque sólo sea para ciertas yerbas aromáticas. Y, también, puedo no ir de compras a tiendas orgánicas, pero sí intentar comer una dieta más sana, con frutas y verduras frescas y con productos naturales adquiridos, todo lo que pueda, directamente con su productor (también puedo utilizar –como decía en la entrada anterior– productos corrientes, como el vinagre o el bicarbonato de soda, para nuestro aseo y el del hogar, en lugar de adquirir alternativas naturales un poco más costosas fabricadas por otros). O puedo considerar hacer mi propia huerta (urbana, por ejemplo, de esas que se hacen en macetas -no importa si es sólo una- al lado de una ventana o en una terraza o balcón). Como ven, pienso que siempre hay una opción (y creo que la creatividad se potencia más en escenarios como estos en los que nos preguntamos cómo podemos hacer algo… sin darnos por servidos con la primera respuesta que tengamos a manos).

Por eso, aparte de presentar en las entradas anteriores mis intentos actuales por vivir con menos y mejor (dejando por fuera, por despiste, opciones que considero también válidas, como cocinar con gas en lugar de energía eléctrica y separar los desechos orgánicos -aún debo depurar más el bote del material no biodegradable para separar realmente lo reciclable), hoy incluyo el listado de algunas acciones concretas que espero poner en marcha pronto. Nuevamente, espero ideas extras:

  • Cambiar todos los bombillos tradicionales de luz (incandescentes) por bombillos ahorradores (de luz fluorescente). Ejecutado en un 80%. Lo que me falta no lo he hecho por despiste o porque debo cambiar lámparas (no todas son compatibles con este tipo de bombillos, que requieren circulación de aire) o interruptores (los que tienen una luz piloto para ver el interruptor en la oscuridad no funcionan bien con la luz fluorescente: hacen que el bombillo quede titilando al apagar).
  • Ahorrar el consumo de agua (y ojalá reutilizar aguas residuales “limpias”). Lo aplico pero sólo parcialmente. Alternativas: usar vaso para lavarnos los dientes (en lugar de dejar el grifo abierto), reutilizar el agua del baño de Irene en el riego de las plantas, cerrar la llave mientras se lavan los platos y ser valiente y bañarme en cuanto abro la ducha en lugar de esperar a que se caliente el agua. :S
  • No comprar agua embotellada. Sale más cara que el combustible (que aqui, aunque seamos productores, tiene precio internacional). Vivimos en una ciudad con agua potable por lo que podemos tomar agua del grifo, sin más. Comprar agua embotellada implica enriquecer a grandes multinacionales, pagar más por el agua que yo misma puedo tener en casa (casi toda el agua embotellada proviene del grifo), contaminar con la botella que queda después de usarla (que nunca es retornable) y correr el riesgo de consumir tóxicos provenientes del plástico de la botella. No sé cómo sabiendo todo esto sigo comprándola algunas veces. ¿Alternativa? Usar una botellita (no sé de qué material) que pueda llevar conmigo a todas partes… después de llenarla en casa. Si voy a sitios que no tienen agua potable, llevar agua de mi hogar. (Dejo por cierto el video que hizo Annie Leonard al respecto. Vale la pena mirarlo. Son sólo 8 minutos más)
  • Desconectar aparatos eléctricos que no están en uso. Dicen que consumen energía de este modo… ¡Y son muchos! El cargador del móvil cuando no está cargando, el radio, el computador…
  • Reducir mi tiempo frente al ordenador. Dije que quería hacerlo sólo tres veces por semana, pero no lo cumplo. Es absurdo el número de veces que reviso mi correo (¡y no trabajo!). Creo que internet es una herramienta útil, sin duda, pero que puede engolosinar más de la cuenta y robar tanto tiempo como el televisor… Me propongo optimizar el tiempo que le invierto y no pasar tantas horas frente (o de lado, mientras Irene camina cerca o juega) en el computador. Este blog se alimenta casi siempre dos veces por semana: anuncio que seguirá haciéndolo sólo entre lunes y viernes (a lo mejor así me relajo un poco otros días y comienzo a poner en marcha esta decisión).
  • Deshacerme de toda las cosas que no uso (reducir, reciclar, regalar). Me da pena decirlo, pero es una tarea que tengo pendiente desde hace mucho: papeles, ropa, zapatos… creo que no crecen porque no compro casi cosas nuevas, pero acumulan espacio innecesario (y congestionan mi vida y mi energía). Ahora, digo, espero a que crezca un poco Irene para poder hacerlo calmadamente (esta chiquita no pierde apertura del armario para iniciar la tarea ella sola, cogiendo todo lo que tiene a mano y tirándolo fuera). Públicamente afirmo que espero hacerlo a más tardar en las vacaciones de fin de año… Y con ese compromiso aviso reporte de cuando lo haga. Aghhh…
  • Limpiar mis cuentas de correo electrónico (que deberían ser una sola… ¡qué vergüenza!). Tengo cientos de correos acumulados, que ya no leí (y aún aparecen como nuevos) o que ya miré y no debería guardar más. En teoría no me afecta directamente porque están en un servidor gratuito, pero deben estar molestando a alguien, pues ocupan un espacio innecesario. Al igual que sucede con cientos de papeles que sigo guardando de manera absurda (a pesar de muchos no los miro desde hace más de diez años), debería seleccionar todo y decir delete. Estoy segura de que cuando lo haga, circulará un aire fresco dentro de mi cuerpo.
  • Reducir libros de nuestra biblioteca. Hay muchos (muchísimos) que sobran, que deberían circular. No los usamos, los tenemos repetidos o no nos interesan. ¿Para qué seguir acumulándolos entonces? La tarea aquí es convencer al esposito… que no sé por qué se niega. Estoy segura de que si lo hiciera no se daría ni cuenta. 😦
  • Organizar fotos viejas. No las boto porque son recuerdos agradables… pero reconozco que no les he dado el trato que se merecen y que por tenerlas simplemente amontonadas se empiezan a deteriorar.

Creo que hay muchas más tareas pendientes, pero no las recuerdo ahora mismo. En resumen, creo que con los principios básicos de Simple Living (bueno, en nuestro caso, al menos, las premisas sugeridas por Tammy Strobler -de Rowdy Kittens-, de reducir, donar, compartir, darse un lapso de 30 días antes de las compras (evitar las compras impulsivas), organizar los objetos que nos rodean, asumir el reto de 100 Thing Challenge y tener paciencia) y una mirada, juiciosa y honesta, de nuestros hábitos y rutinas habría muchas cosas que podríamos hacer por nuestro bien y el de quienes nos rodean. Seguiré pensando en alternativas extras para nosotros… y les contaré cómo nos va con estas (y no escribo más en este post porque la idea no es que se cansen sino que nos lean… y que comenten y pongan algo similar en práctica. ¿Se arriesgan? ;))

[Y añado links de apoyo: una página simple y concreta sobre las características básicas -y prácticas- de una ecoaldea, una serie interesantísima de artículos de permacultura (que es el diseño de hábitats humanos sostenibles y sistemas agriculturales que imitan las relaciones de la naturaleza), un artículo con los principios básicos de una huerta urbana, información sobre los recipientes que deben usarse para este tipo de huertas (entre otras cosas… puede buscarse más en ese mismo sitio y encontrar información práctica para continuar), un manual de huerto en casa (de Hortubà), un blog (conlinks de otros similares) sobre la experiencia de hacer un huerto en un balcón en Barcelona, otro blog similar, un blog-diario sobre la construcción de un jardín-huerta en Colombia, a 2700 metros sobre el nivel del mar (éste me encanta particularmente porque está lleno de información práctica y sencilla sobre alternativas interesantes como la lombricultura y el compost), un abc de las hortalizas familiares que puede servir de guía rápida para hacer una huerta en un solar pequeño (un sueño)… Hay montones de información disponible. No sigo porque no acabo. Con una sola de estas alternativas que se pongan en práctica, la vida tiene que fluir. ;)]

8 octubre 2010 at 08:01 2 comentarios

Menos cosas, más felicidad (6): alternativas en transporte, comunicación, seguridad y salud

Aquí van nuestras opciones en estos ítems. En algunos casos pareceremos imprudentes y en otros extremos, pero nos funcionan bien. Nuestra meta sigue siendo vivir con menos y mejor (claro, y más felices), por lo que seguramente muchas de estas opciones pueden enriquecerse. Hasta aquí lo logramos, pero siguen siendo bienvenidas otras fórmulas para perfeccionar hábitos. 😉

Y comienzo haciendo alusión a uno de los primeros comentarios que recibimos en esta serie, de Adriana, cuando decía que unos de los cambios que habían hecho en su hogar era prescindir de una serie de servicios extras (con costos extras, también, por supuesto) de las cuentas de banco, servicios públicos, mercado y demás. Creo que el espíritu de esta entrada se alimenta un poco de ello, pues nuestras opciones en transporte, comunicación, seguridad y salud buscan responder, principalmente, a necesidades reales y no a los supuestos que nos impone el comercio. Aún tendremos que mejorar en muchas cosas, pero estos son algunos de nuestros hábitos actuales (además de las razones que tenemos para optar por ellos. Cada familia dirá qué es lo que mejor le va):

  • Transporte. Lo he mencionado antes: caminamos mucho y vivimos cerca a vías rápidas (y a sus consecuentes alternativas de transporte público). Aunque en nuestra ciudad aún no hay un sistema integrado de transporte público, sí existe la idea de implementarlo, por lo que una de nuestras principales prerrogativas a la hora de encontrar casita fue justamente estar cerca al metro, el aglutinador de las opciones integradas que vendrán. Usamos coche, también, pero casi siempre para desplazamientos “completos” (papá, mamá e hija). Mi esposo lo usa solo con más frecuencia que yo, pero sus desplazamientos son cortos (unos 4 kms. diarios para ir al trabajo, que no se pueden hacer andando por ser vías de alto tráfico). ¿El punto negativo? Un motor grande… que quizás no deberíamos usar en la ciudad, pero que nos viene muy bien en nuestras escapadas al campo (la topografía andina a veces es empinada y cenagosa). 😉
  • Comunicación. Para la comunicación móvil no tenemos teléfonos inteligentes ni nada por el estilo, pues realmente sólo los usamos para voz (además, escribo posts tan largos que no me imagino escribiéndolos ni loca en un iPhone… jjajaja). En casa tenemos, aún, teléfono fijo, con llamada en espera y otros extras, pero usamos la tarifa de menor consumo (aquí venden paquetes de minutos)… Hemos pensado en eliminarlo (cada vez lo usamos menos), pero aún no tomamos la decisión. Con respecto a internet, usamos banda ancha, a un precio que creo razonable porque se justifica con su uso. No usamos ni pagamos televisión por cable (ni satelital) ni empaquetamientos extra. Ah, para nuestra comunicación móvil tenemos unos de los planes más económicos del mercado, que nos permiten hablar con ciertos números (escogidos previamente) sin costo. No es el plan de mis sueños, pero es lo que más se ajusta a nuestros usos. Nos viene muy bien para hablar entre nosotros y con personas que no están en nuestra ciudad. Ahorramos, por tanto, en llamadas nacionales y al exterior (para lo que usamos llamadas de pc a pc de Skype). UPDATE: Nuestros planes de telefonía móvil son cerrados, es decir, tienen un límite de saldo… que si se acaba te exige comprar una tarjeta de dinero para hablar más. Casi nunca nos pasa, pero lo preferimos así porque nos permite controlar los gastos e ir a la fija, pues cada mes sabemos cuánto hay que pagar. Antes tuvimos un plan abierto y SIEMPRE hablábamos más de lo que debíamos… y pagábamos una barbaridad.
  • Seguridad. Creo que es un ítem en el que es muy difícil estar de acuerdo porque depende de una percepción subjetiva y real. Me podría pasar horas hablando de las consecuencias nefastas que el concepto de “seguridad democrática” trajo a mi país durante los últimos ocho años (como unos 2000 falsos -léase jóvenes civiles asesinados para presentarlos como guerrilleros muertos en combate- positivos del Ejército, por ejemplo), pero no viene al caso. Pienso, como Adriana, que no vale la pena gastar dinero en un sinfín de seguros (de vida, casa, carro, educación y un largo etcétera), llenos de letra menuda y de excepciones que casi siempre son, si se aplican, la regla general. Me parece increíble, además, que ahora ofrezcan seguros en todos lados (cuando pagas el mercado, cuando abres una cuenta bancaria, cuando pagas los servicios públicos…), de los que nadie se entera y que, aunque parezcan irrisorios, terminan en los bolsillos de las aseguradoras porque no me imagino a nadie llegando de hacer la compra y diciéndole al marido: “guarda la tirilla y si me muero, vas a cobrar”.  En conclusión, creo que tenemos lo justo: el seguro contra accidentes (obligatorio) de los coches, la vigilancia privada (que debería cumplir el Estado, pero ya sabemos que no funciona como debe, a pesar de que se lleven casi todo el presupuesto nacional) del barrio, un seguro exequial (todos nos moriremos algún día) y creo que ya. El resto de posibles siniestros (que espero que no ocurran) los cubriríamos con las inversiones que hacemos de ahorro… que sí se hacen, “por seguridad” futura. 😉
  • Salud. Debí incluir algo de esto en el ítem anterior, pero no quise mezclarlo. Creo que es una opción que depende mucho del país en el que se viva. En el nuestro hay un sistema de salud obligatoria (pagado en parte por el empleado y el empleador -si existe en la letra porque buena parte de los contratos laborales son encubiertos, lo que obliga a asumir todo el costo al trabajador), acompañado de una oferta de salud prepagada y de seguros de salud. Actualmente (y esto ha de ser escandaloso para muchos) nos quedamos con la primera solamente, pues la segunda y la tercera nos parecen innecesarias y abusivas (estoy cansada de oír historias tipo: “nos tocó pagarlo porque no nos lo cubría el seguro” o “puedo ver el médico que quiera, pero pago un vale de tanto aparte de la mensualidad fija que nos cobran”). Buena parte de esa decisión se debe, y hay que decirlo, a que por el trabajo de mi esposo podemos acceder a un régimen especial, sin pagos extras ni para exámenes ni citas y con un programa complementario, muy económico, que se comporta como una prepagada (en el servicio, no en el cobro): tiene una amplia lista de médicos especialistas que nos atienden con sólo reservar la cita. No pagamos ningún vale extra ni nada más. Y sí, Irene nació con un médico que no conocía, pero en una clínica que contaba con todas las garantías (UCI para neonatos, pediatría 24 horas y un largo etcétera) y sin pagar un solo peso. A lo mejor me habría gustado optar por alternativas más naturales como un parto en cuchillas  o en el agua, pero atenernos a las alternativas (seguras, repito) que teníamos nos daba también sostenibilidad. Y fue un buen parto, aclaro. La ventaja extra es que al no pagar una mensualidad de una prepagada o de un seguro horroroso permanentemente, cada tanto visitamos médicos de confianza (de medicinas alternativas) o especialistas (de osteopatía, nutrición y dietética, por ejemplo) por nuestra cuenta. Si nos recomiendan exámenes o demás, visitamos con su diagnóstico a los de nuestro plan.

También podría hablar de otros consumos, como los de vestuario y educación, pero no los menciono porque se rigen por los principios generales de los que ya he hablado (de calidad y sostenibilidad).

Cada vez me inclino más por opciones hechas en casa (y eso incluye, además de la ropa -que no hago yo pero que intento conseguir directamente con proveedores, sean estos un sastre o un punto de venta de fábrica-, la admiración que siento cada vez más por la escuela en casa), pero es posible que no me decante siempre por ellas.  Confío, sí, en el valor de las cosas sencillas y en el peso que cobran en la educación de los niños, con el paso del tiempo, los hábitos que se fomenten en el hogar. Obviamente, nosotros apenas estamos empezando, pero creo que no es descabezado afirmarlo porque yo misma fui pequeña y porque tengo chiquitos alrededor para mirar.

Nuestra meta en educación, por ejemplo, depende en buena parte del tiempo que queremos que Irene pase con nosotros. No queremos una chiquita que dedique dos horas al día en desplazarse del colegio a la casa cuando sabemos que hay opciones (buenas aunque no sean las “mejores” -otra apreciación subjetiva-) a tres cuadras. Queremos, además, poder mantener vigentes espacios importantes para todos, como el compartir juntos nuestras comidas… así sea una hora más tarde de lo habitual.

Dudo mucho de opciones educativas que se ofrecen como las mejores pero que por sus precios resultan excluyentes (entiendo, sí, que no todas las familias tienen que ir a los mismos sitios) y aspiro ver crecer a una chiquita que se sienta más orgullosa por lo que es que por lo que tiene. Envidio, de hecho, las opciones que tienen en otros países (en estos días leía, por ejemplo, que en Bélgica las escuelas tienen textos escolares propios, que rotan cada año entre los alumnos -manteniéndolos en el colegio-, evitando así la larga lista de compra que tienen a principio de curso otros papás), pero -también como dice Adri- en el peor de los casos, siempre existirá la posibilidad de irse para otro lado.

No vivimos una vida perfecta (no creo que exista), pero tratamos de ajustarnos a las alternativas que nos rodean… Hasta ahora nos funciona y nos da felicidad. Si en el futuro debemos (y podemos) hacer cambios, serán bienvenidos. Lo importante, como dice Kafavis en Ítaca, no es el destino sino el recorrido. 😉 Dejo pendiente la última entrada de esta serie (hasta ahora, al menos), para hablar sobre lo que nos falta (que es muchísimo) y lo que nos gustaría lograr para vivir con menos cosas y más felicidad.

PD: No se pierdan el video de Baloo, del Libro de la selva. ¡Les encantará! (Y dejo un aparte de lo que dice…)

“Busca lo más vital no más, lo que es necesidad no más y olvídate de la preocupación. Tan sólo lo muy esencial para vivir sin batallar y la naturaleza te lo da. Doquiera que vaya, doquiera que estoy soy oso dichoso, oso feliz… Lo más vital para existir nos llegará. … Si buscas lo más esencial sin nada más ambicionar, mamá naturaleza te lo da.”

6 octubre 2010 at 07:58 11 comentarios

Menos cosas, más felicidad (5): los productos con los que limpiamos

Esta serie se está haciendo larga. Hoy hablaré de productos que usamos en nuestra higiene y en el aseo del hogar, además de otros que esperamos usar pronto para lo mismo. Confieso que algunas de estas opciones pueden parecer excesivas, pero les garantizo -al menos por las que he puesto en la práctica- que los resultados son tan gratificantes que casi siempre termino por preguntarme cómo no había conocido y usado estas alternativas antes. Ah, y puedo decir con gusto que casi todas las opciones que incluye esta entrada son más económicas -si no al comienzo, sí a la larga- que los productos equivalentes más difundidos, más tóxicos en la mayoría de los casos, por demás.

Imagen tomada de Psicólogos Perú

No sé si les pase a ustedes, pero cuando hago compras y debo incluir productos de aseo (personal o del hogar) quedo casi siempre con la sensación de que son el rubro más caro del mercado… bueno, eran. Con las alternativas que enuncio en esta entrada eso ha cambiado un poco (y aspiro a que cambie más). 🙂

Creo que una vez que se inicia la búsqueda de alternativas menos contaminantes para el planeta y, por ende, nocivas para la familia, se encuentran opciones que en principio parecen extremas, pero que una vez se ponen en marcha brindan menos complicaciones y más comodidad. Es posible que ésa sea la sensación que tengan con algunas de las alternativas que presento en este post, pero la experiencia me indica que casi siempre los resultados son satisfactorios. Así que sin más vueltas, inicio nuestro listado de productos naturales, ecológicos y económicos para nuestra higiene y para la limpieza del hogar:

Jabón biodegradable para la limpieza de pisos y baños (que aspiro cambiar por vinagre y bicarbonato de soda próximamente). Huele rico, es repelente y no contamina el medio ambiente. Contiene aceites naturales (de pino y eucalipto) y anuncia que es biodegradable. A primera vista, es un poco  más caro que los productos corrientes, pero una vez lo usas te das cuenta de que cuando dice “concentrado” lo dice en serio, pues sólo necesita usarse una tapa en cinco litros de agua (yo uso menos, pues limpio el piso sólo con agua y para los baños no gasto un valde entero). Mi nariz sensible -la misma que me alejó corriendo de los productos corrientes-, sin embargo, comienza a pensar que puedo disminuir la dosis mucho más o que puedo pasarme, definitivamente, al vinagre. Creo que haré lo último, pues sospecho que es una opción que no me defraudará.

Shampoo naturista (estoy en la tarea de aprender a hacer y ensayar un shampoo casero). Hay opciones para niños y para adultos. La nuestra, hasta ahora, no es definitiva, pues alguna vez me recomendaron no usar por mucho tiempo el mismo shampoo. Así que no me alargaré en describir este producto… añadiré, sólo, que lo consigo en tiendas naturistas o especializadas en productos de peluquería (ambas, mucho más económicas que el supermercado aquí). Ah, y preciso que sólo lo usamos los adultos, pues con Irene empezamos a usar un shampoo de manzanilla para niños cuando estaba recién nacida, pero luego atendimos la recomendación de un familiar de no usar ningún producto. En su lugar la bañamos con agua tibia de yerbabuena (conseguimos las yerbas naturales). El resultado ha sido estupendo: siempre huele rico y no tiene ningún químico en su cuerpo. Seguramente en el futuro optemos por una alternativa distinta, cuando sude más, por ejemplo, pero para entonces espero haber probado bien la miel de abejas, el bicarbonato de soda -mezclado con agua- o el vinagre en nosotros… y entrar de lleno, tras un período de transición necesario, en la alternativa conocida como “no poo” (miren el link, se sorprenderán). ¿Alguna recomendación más?

Aserrín. Para la caja de mis gatos (en lugar de la “arena” que venden fabricada para ello). Es más económica y biodegradable. La cambio diariamente, por un costo mensual de $1000 pesos colombianos (50 céntimos de dólar). A ellos, les gusta. Y a mí más. 😉

Leche de magnesia en lugar de desodorantes. Lo he ensayado por tiempos y me parece que funciona muy bien. En varias ocasiones he leído informes sobre estudios horrorosos que dicen que los desodorantes antitranspirantes (que son todos) bloquean un proceso natural del cuerpo, propiciando la formación de nódulos cancerígenos en la axila y las mamas. No sé si es cierto, pero sí creo que debe haber alternativas naturales al respecto. Aún no encuentro la manera de envasar la leche de magnesia para que la aplicación en la axila sea más cómoda, pero estoy en el intento. Si quieren tener más información sobre su uso, les recomiendo que lean esta entrada de Mónica Salázar, en Familia Libre… Es una receta que siempre le oí a las abuelas (por algo sería).

Yerbabuena para el baño de Irene. Ya les conté nuestra experiencia. Recurrimos a ella después de un pequeño sarpullido de nuestra chiquita al usar bloqueador solar. Es económica, saludable y deliciosa. No irrita los ojos y la deja perfectamente limpia. Garantizo, además, que no tengo ningún problema con la limpieza de su cabello sin usar shampoo… creo que eso demuestra que es verdad que el cuerpo regula su propia grasa para hidratarse.

Copa menstrual. La adoro. Implica un gasto inicial más grande que el de una toalla higiénica, pero una vez que la usas no te explicas cómo no se difunde más. Sé que cuando se lee la manera de utilizarla suena un poco “sangriento”, pero es un proceso perfectamente natural que requiere muchos menos cambios que una toalla higiénica o compresa, además de que no se siente en lo absoluto (bueno, si la sientes es porque está mal puesta) y no acumula ningún mal olor. Para más detalles, recomiendo nuevamente -como hice en nuestra segunda entrada sobre Menos cosas, más felicidadesta entrada reciente de Nebetawy en su blog.

Pañales desechables. He hablado muchísimo de ellos: son ecológicos, económicos (a la larga, es cierto que la primera compra cuesta un poco más) y saludables. Es una compra de la que nunca me arrepiento y que todos los días me gusta más. Ah, y son muy fáciles de lavar. Mi pendiente (no sé si ya definitivo) son las toallitas húmedas que utilizo para limpiar la cola de mi chiquita entre cambio y cambio… me consuela, al menos, que con los pañales de tela estos son muy poco frecuentes, por lo que no uso muchas. Sé que para ellas también hay alternativas caseras de tela, pero no llegue a ellas. Ah, tampoco uso crema antipañalitis (si acaso, para emergencias, que casi nunca se presentan)… Otro producto más que no entra en nuestra canasta familiar.

Jabón de avena. Líquido. Lo compro en tarros grandes que utilizo para recargar los potes de toda la casa. Es un jabón muy suave que resulta también más económico comprado en grandes cantidades. La marca que uso me permite, además, sobrevivir a la dermatitis alérgica que visitaba esta casita… o sea que algún químico menos debe tener. Cualquier otra sugerencia, es bienvenida.

Depilador eléctrico. Comencé a usarlo hace unos diez años y tengo el mismo desde entonces. Me permite tener una depilación más duradera y me libra de usar cualquier producto extra (cremas, lociones para depilar, etcétera). Es cómodo y fácil de limpiar y guardar. Ah, y no ocupa mucho espacio por lo que puede llevarse en viajes (aunque casi nunca lo hago porque la depilada dura cerca de 10 días). Creo que es una compra que a la larga he recuperado muchas veces con su uso.

Henna (en polvo). Me salen canas… snif. Pero uso henna para cubrirlas, logrando destellos luminosos en mi cabecita. Es económica y fácil de usar. Y no contiene químicos adicionales, pues la henna está hecha con yerbitas de la naturaleza y uno que otro aceite natural. Para prepararla uso té o jugo de remolacha, tibios. Quedo destiniéndome en el baño una semana más, pero el color me dura todo el tiempo que tarde en crecer otra vez mi cabello. También la recomiendo.

Y hasta aquí llego. Sé que faltan muchísimas alternativas, pero éste es más o menos el listado de los productos que consumimos en nuestra casa. No menciono los cosméticos, pues no uso mucho maquillaje. Sí tengo, de una marca convencional que me produce cierta irritación y alergia en mis párpados. He probado otros supuestamente antialérgicos sin muchos resultados. ¿Consecuencias? He optado por maquillarme poco, en ocasiones especiales o en momentos de femme fatale ;). Por las mismas razones, utilizo el menor número de cremas posible. Por supuesto, a veces me siento paliducha, ojerosa y vieja, pero me consuela sentirme menos tóxica. Les recomiendo, entre otras cosas, que consulten vean el video que adjunto sobre  cosméticos. Hay también un link con una base de datos que evalúa el riesgo de ciertos productos que usamos, de acuerdo con los químicos que hay en ellos. Consúltenlo. Se sorprenderán.

[Aunque ya dejé un link muy interesante sobre el vinagre y el bicarbonato de sodio (baking soda) como alternativas económicas, ecológicas, no tóxicas y naturales para la limpieza natural, añado algunos links del blog Familia Libre sobre usos posibles del mismo, ya sea como alternativa al shampoo, como desinfectante, como limpiavidrios, como suavizante para la ropa y como acondicionador.  Puede parecer extremo en muchos casos (los del cabello, por ejemplo), pero estoy[ segura de que es una buena opción para ensayar. Otro links interesantes: casa limpia pero no tóxica.]

4 octubre 2010 at 08:09 10 comentarios

Menos cosas, más felicidad (4): los productos que consumimos para alimentarnos

Sigo con la serie (dejo pendientes historias con novedades de la peque: lleva una semana y media hablando y hablando y hablando en Irenense… y entró en la etapa de “grito cuando no me atiendes”… horror O-O). Hoy voy a hablar sobre algunos productos que consumimos para nuestra alimentación diaria, que nos simplifican la vida y nos ayudan a vivir más felices. No todos responden a las premisas de sostenibilidad, respeto a la naturaleza, uso de materiales naturales, manufactura artesanal y comercio justo, pero la meta es que algún día todas nuestras compras puedan hacerlo. Además de ello, dejo algunas reflexiones para futuras entradas y una confesión compleja sobre Simple Living como opción burguesa (no como necesidad).

Foto de Andy Armstrong.

Y empiezo por lo último, pues me remuerde en parte la conciencia: todas estas alternativas son voluntarias en nosotros. Adoptamos un estilo de vida que, comparado con las opciones que hay en el mercado y con las prioridades que social y comercialmente se espera que tengamos, resulta sencillo. Pero si soy honesta y miro las comodidades y seguridades económicas que tenemos (que no es que sean extremas, pero sí superan la media nacional), si considero lo que hay todos los días en nuestros platos, nuestra casa, nuestros muebles, nuestro ocio…, todo da cuenta de una posición privilegiada, nada simple ni sencilla a los ojos de muchos.

Me siento culpable en parte. Y reconozco que hablar de todo esto no me hace menos burguesa. Pero sueño con un mundo más equitativo, sin clasificaciones de marcas y clase. Si nosotros, que podríamos ceder al consumo de ciertas cosas, nos abstemos de hacerlo y optamos por alternativas como algunas de las que expongo en esta serie, quizás otros, con más o menos capacidades que nosotros, también empiecen hacerlo. Con ello, espero, podremos cambiar la lógica consumista y clasista que hoy nos rige y construir un mejor futuro para nuestros hijos, más justo y equitativo. Si no lo logramos, espero haber sembrado al menos un estilo de vida distinto en mi familia que, a lo mejor, sea la constante que rodee a nuestros nietos. Puede que llegue tarde el cambio para todos, pero vale la pena intentarlo.

Nuestra despensa

Comienzo con lo prometido. El ánimo no es pontificar. De hecho, sólo ahora soy consciente de muchos de los principios de Simple Living. Había oído hablar de muchos de manera aislada, pero ahora, reunidos, cobran más sentido como una alternativa concreta y viable de vida familiar. Nuestras opciones intentan acercarnos a lo natural, más ahora que tenemos a una chiquita en casa, al tiempo que pueden ayudarnos a concentrarnos en calidad (de experiencias, sobretodo) más que en cantidad.

Los productos que mencionaré aquí están relacionados con la alimentación, pero eso no significa que no pueda aplicarse una lógica similar a consumos de higiene, vivienda, vestuario, seguridad, comunicación y salud, entre otros. Mi idea es escribir algunos posts futuros al respecto. Por lo pronto, haré el intento de abarcar nuestros consumos básicos, con la esperanza de que al repensar en el tema y leer sus comentarios pueda encontrar otras vías sencillas y cómodas de consumo que ayuden a nuestra sostenibilidad.

Aclaro, adicionalmente, que en Colombia aún no contamos -que yo sepa- con una legislación clara sobre el mercadeo de productos orgánicos… por lo que no hago mención particular a este tipo de productos, deseables de acuerdo con las premisas de Simple Living. Tengo la ilusión -vana, quizás- de que nuestros productores no son grandes empresas de transgénicos y de que al comprar mis frutas y verduras directamente en una plaza de mercado, me libro de algunos embellecedores extras de alimento. Como verán, estoy cruda en el tema, pero aquí van las alternativas que consumimos:

  • Frutas. Esta opción llegó casi de manera natural. Vivimos en un país sin estaciones, con una riqueza natural maravillosa y con oferta permanente de frutas y hortalizas. La consumimos enteras (como postre o tentempíe) o en bebidas. ¿La razón? Nos cansamos de tomar bebidas procesadas y empezamos, casi sin darnos cuenta, a optar por bebidas naturales, hechas en casa justo antes de tomarlas. Ahora de ninguna manera nos cruza por la cabeza cambiar de opción, ni siquiera cuando estamos de viaje o cuando salimos a comer fuera. En el peor de los casos, cuando no hay otra alternativa, nos decantamos por agua pura. A veces pagamos un poco más de lo que pagaríamos por una Coca-Cola, pero nos gustan mucho más los sabores de la naturaleza. Creo que si nos lo permitimos, es una opción que gana sola su espacio. Además, he descubierto que no es tan difícil ponerla en práctica: la variedad de mezclas que puede lograrse con ellas es una delicia para el paladar (de hecho, en más de un sitio hemos encontrado mezclas ingeniosas y agradables). Espero (de corazón) que Irene aprenda estas costumbres y que no sea difícil mantener lejos dulces y bebidas procesadas. :S Creo que su cuerpo y el nuestro lo agradecerán en el futuro
  • Azúcar morena. Aunque casi nunca la usamos (no endulzamos nuestras bebidas), optamos por ella en lugar de edulcorantes sintéticos o azúcar refinada. De los primeros, tengo entendido que no se han realizado aún estudios que den cuenta de su fiabilidad para el organismo, de la segunda asumo que debe tener más intervención (¿química?) por su color. Además, he leído que hay más minerales y nutrientes en el azúcar morena… así que, aunque no lo usemos mucho, es el que entra en nuestra compra. En ocasiones, por cierto, nos decantamos por la miel o la panela… ¿alguna sugerencia extra?
  • Conservas hechas en casa. No usamos muchas, pero cada tanto preparamos algunas de berenjenas (con vinagre, ajo y aceite de oliva), garbanzos (el humus maravilloso de los árabes) y pepinos. También, con brevas y otras frutas crudas hacemos uno que otro postrecito. Mi meta es incrementar su uso y superar, por fin, la pasta de tomate que compro enlatada (en lugar de salsa de tomate o ketchup).
  • Aceite de oliva virgen. Lo usamos casi siempre para cocinar. Me abstengo sólo de él para freír (que no es que nos encante, pero lo hacemos de vez en cuando). En ese caso usamos aceite de soya o de canola, igualmente saludable y un poco más económico.
  • Margarina de canola (prefería la mantequilla, pero mi nutricionista me la quitó por aquello de las llantitas post-parto).
  • Hierbas frescas. Yerbabuena, albahaca, romero, orégano… Casi todas las consigo en la Plaza de Mercado. Las que no, muy pocas, las compro deshidratadas. Son una opción maravillosa para cocinar.
  • Pan de molde casero. Lo compro recíen salido del horno en una panadería que hay cerca de casa: es más rico y más saludable, y su precio es mucho más razonable. Evito rotundamente los panes -especialmente los de molde- de supermercado por los conservantes y preservativos sintéticos que suelen traen (por cierto, hay un post -de miedo- relacionado con el uso de los conservantes en ciertas comidas rápidas. M.a.c.o se refiere a él acá).
  • Arepas caseras. De maíz puro. Es una comida típica de mi tierra. No las compro en supermercado (donde, además de ser más procesadas, son mucho más costosas), si no en la tienda del barrio o, cuando puedo, directamente al proveedor. Parece ser, además, un alimento que tiene menos carbohidratos y calorías que el pan, por lo que es una opción más dietética (mamás embarazadas o en postparto sabrán de qué hablo) para acompañar los platos.
  • Avena. La usamos para las coladas de Irene (y a veces para comer nosotros mismos). No compramos ningún cereal o preparado especial para bebés, pues tememos químicos y aditamentos no deseados. La verdad, además, es que no se me ha ocurrido tampoco hacerlo, quizás porque no usamos leche de tarro. Sea por una cosa u otro, confieso que me encanta preparar la comidad de mi bebé. Es una opción saludable, económica y rápida: con un poco de agua y leche, ázucar y canela, tengo en menos de 5 minutos listo un cereal que le encanta comer.
  • Hortalizas varias para preparar nuestros alimentos. Pensé que quizás debía empezar a hacer un listado de lo que no consumo para explicar que no compramos compotas de verduras o frutas preparadas, ni lácteos “para bebés” o cosas de esas. Nuestra chiquita come casi lo mismo que nosotros, con placer, seguridad y comodidad. Antes de que cumpliera un año, preparábamos comida especial para ella (sin azúcar y sal, entre otras cosas), pero desde hace un par de meses compartimos olla. 😉 Las hortalizas, como he dicho antes, las compramos semanalmente en la Plaza de Mercado, y las usamos en todas nuestras comidas (me siento rarísima si no veo algo verde en el plato).
  • Arroz parbolizado (parboiled rice). Nos encanta porque trae un sabor natural delicioso, tanto así que no le adicionamos sal. Se caracteriza por ser un arroz marrón, seco. Requiere una medida más de agua, pero conquista una vez está en la mesa (por cierto, la palabra no existe en el DRAE, pero se utiliza en la industria arrocera. El link explica en detalle cuál es la diferencia entre este arroz y el arroz blanco e, incluso, el integral. Quizás sería más apropiado hablar de un arroz vaporizado… pero como no es exactamente el proceso que le aplican mantengo el término que usa su productor).
  • Café en grano (creo que orgánico). Lo consigo en una finca cafetero y nos gusta por su calidad y frescura. Al conseguirlo en grano, tenemos claridad del café que nos vamos a tomar.

En resumen, nuestra comida es bastante natural. Comemos en casa el 95% del tiempo y creo que lo máximo que compramos preparado son las pastas pre-cocidas para lasaña (bueno, las pastas en general. No las hacemos en casa ;)), la pasta de tomate de la que hablaba, algunos mariscos enlatados (mejillones, pulpo, anchoas), aceitunas… y los derivados lácteos.

Con respecto a las carnes, consumimos mucha res, evitamos en parte el pollo -porque casi siempre es de animales cebados en galpones gigantescos-, compramos algo de cerdo y un poco de pescado (róbalo, salmón, trucha). De este último nos gustaría comer más, pero por alguna razón que desconozco a pesar de contar con dos océanos en mi país no hay un comercio extendido ni variado de productos de mar. Eso sí, cada vez que viajamos y estamos cerca a una playa, nos desquitamos [Yummy].

Finalmente, he descubierto escribiendo esto que nuestros mayores consumos son de alimentos frescos (verduras, frutas, carnes, lácteos y pescados). Tenemos pocas cosas en la despensa, por lo que quizás nuestra comida sea un poco más natural que otras. Quedo debiendo para futuras entradas, nuestros consumos en higiene, comunicación, transporte, salud y seguridad, así como un texto sobre lo que nos falta para acercarnos más al Simple Living (que incluye lo que sueño poder alcanzar).

Espero no aburrirlos con textos tan largos. 😦

Para compensar, cierro con una cita interesante de Guruhabits sobre este estilo de vida, que va más allá de consumir y comprar:

“This lifestyle is not just about simplifying your life. It’s also about being more efficient and productive. By being more efficient, you decrease your stress and increase your productivity, which will reward you with more time and energy to focus on things of importance to you”.

30 septiembre 2010 at 17:06 16 comentarios

Menos cosas, más felicidad (3): alternativas de ocio

Continúo nuestra serie de Simple Living, hablando sobre nuestras alternativas de ocio. Si bien, estas han variado un poco a partir del nacimiento de nuestra hija, considero que hablar de ellas puede ser relevante, pues con frecuencia buena parte de los gastos de una familia se asocian a este rubro. Cuando no es el caso (que viene siendo lo mismo, pero del otro lado), éste es casi siempre el aspecto “sacrificado” en los hogares a la hora de ahorrar. Nuestras opciones responden -otra vez- a nuestros gustos y a las altenativas que nos circundan. Quizás no se apliquen en todos los casos, pero son importantes porque demuestran que vivir de un modo sencillo no significa privarse de placeres: al contrario, supone un reencuentro con estos, no por la vía del consumo per se, si no por la de una cotidianidad placentera y gratificante que no atente la sostenibilidad del hogar.

Imagen tomada de: Foro Opinion @sacapartido.com

Como escribía en nuestro anterior post, el reto es llenarnos más de experiencias que de objetos y buscar más comodidad que cantidad. No es lo mismo salir de viaje en Colombia que hacerlo desde un país europeo, del mismo modo que no es igual disfrutar del aire libre en el trópico que en un país con estaciones.

En nuestra cultura,  se asocia -en muchísimos casos- ocio con “gasto”. Nuestra propuesta es empezar a enterlo como derecho y necesidad del ser humano, sin caer en modelos -y esteoreotipos- impuestos y disfrutando de lo simple y natural. Cada familia tendrá su propia manera de divertirse y disfrutar del tiempo libre… Ésta es la nuestra. Ojalá les dé ideas para recrearse sin sacrificar la sostenibilidad (económica, física y emocional) de su hogar. Son bienvenidas desde ya otras ideas para nuestro ocio familiar. 😉

  • Salir al campo. Vivimos en un país tropical, con una gran variedad topográfica. Esto nos permite encontrar, incluso después de sólo 30 minutos de viaje en coche, lindos parajes naturales, económicos y con temperaturas y entornos diferentes a las de nuestra ciudad. Buena parte de nuestros fines de semana salimos “de campo” en las mañanas, para regresar al caer la tarde llenos de verde en el espíritu y de aire puro en los pulmones. ¿El costo? Usualmente el equivalente a 30-50 kilómetros de combustible (que incluyen ida y vuelta), además de unos 20 dólares para la alimentación de todos.
  • Disfrutar el verde de la ciudad. Casi diariamente hacemos escapadas a parques cercanos (tenemos uno al lado de casa), llenos de pájaros y mascotas (que para Irene son la mayor felicidad). También visitamos, cada tanto, nuestro jardín botánico u otros jardines municipales para disfrutar, además de un café o un helado al aire libre, de senderos peatonales, fuentes de agua y actividades culturales gratuitas. La inversión de tiempo suele ser de una tarde los fines de semana o de una hora diaria en tiempo laboral. De este modo, por menos de 8 dólares (incluído, si es necesario, el aparcamiento. En muchos casos gastamos menos) tenemos espacios cómodos y abiertos, además de nuevos aires, sol y un buen cambio de actividad.
  • Comer en restaurantes familiares. Ya hablé en parte de esto al comentar en la entrada anterior de Simple Living que usualmente comemos en casa y que más o menos una vez a la semana lo hacemos fuera. Cuando optamos por ello, solemos visitar restaurantes familiares o pequeños, con una carta no muy abundante pero con una cocina que nos gusta. No sé si sea manía nuestra o una realidad en nuestro entorno, pero no hemos encontrado muchos sitios que ofrezcan una mesa que nos desvele… ¿Consecuencia? Casi siempre comemos en los mismos sitios (pequeños, particulares), no -excepto por necesidad- en restaurantes de cadena o en plazas de comidas de centros comerciales. Eso nos garantiza calidad, productos más escogidos y, por lo general, un precio razonable a la hora de pagar. Ah, por cierto: un amigo alguna vez me dijo (y me parecieron unas palabras sabias) que cuando un restaurante tenía una GRAN carta, generalmente su comida no era tan maravillosa. Él mismo también aseguró que si el vino de la casa era bueno, el restaurante también lo era… pero ésa es otra historia que tiene mucho sentido en países con tradición vinícola, pero no en Colombia. Un tema, por demás, para mencionar en una futura entrada sobre los productos que consumimos (que variarán, sin duda, de acuerdo con el lugar). Con respecto a los restaurantes de las plazas de comidas, suelen ser encerrados, costosos (sobre todo para el tipo de comida que ofrecen), con productos un tanto mediocres y con materia prima de regular calidad.
  • Tomar un buen vino en casa y charlar. Tenemos nuestra tienda de vino de confianza (que escoge las variedades de acuerdo con nuestro presupuesto y nos las envía a casa con sólo llamar) y muchos temas para conversar. No ver televisión (y no estar, por lo tanto, enganchados con la serie o la telenovela de turno (en Colombia casi siempre esas son las opciones del prime time) ayuda muchísimo. Antes solíamos reunirnos con amigos, pero ahora con la pequeña dormida andamos en período de poco ruido y más intimidad. 😉
  • Ver películas en casa. Nos encanta ir a cine, pero Irene es aún muy pequeña para permitirnos hacerlo (con o sin ella). En su lugar, disfrutamos de los beneficios de internet (sí, lo confieso: hay un montón de páginas con clásicos y estrenos online). Luego, cuando esté más grandecita, retornaremos a nuestra sala de cine favorita (donde sabemos que proyectan películas que casi siempre nos gustan, sin riesgos a defraudarnos con un cine más comercial). ¿Frecuencia de visita a una sala externa antes de Irene?: una vez cada quince días. ¿Frecuencia actual?: cero visitas, pero, según la época, una película por semana (no es mucho. Se nota que leemos y paseamos más).
  • Leer (libros de la biblioteca pública, casi siempre). Ya lo comentaba en nuestra entrada anterior. Es económico y evita el gasto y la acumulación. Al igual que el punto anterior, se fundamenta en reusar y compartir, principios maravillosos de Simple Living. Y permite estar al tanto de nuevos títulos… o acceder a joyas que muchas veces no se consiguen en el mercado. Si el libro no nos gusta (como con las películas) se cierra sin complejos ni culpas de dinero tirado y se devuelve a su lugar.
  • Viajar. Tratamos -cuando podemos- de hacer un viaje “importante” cada año, usualmente al extranjero. En Colombia hay muy poca infraestructura hotelera (cómoda y confiable) y los costos (cuando la hay) o son absurdos o son equiparables a una escapada por fuera de nuestras fronteras. Eso nos “obliga” (y nos permite) conocer otras culturas, otros espacios, otras mesas (las vacaciones del paladar de las que hablaba antes), además de proporcionarnos descanso y variedad. Cuando lo hacemos, buscamos destinos con una oferta cultural interesante (museos, parques,…) y con hoteles y restaurantes cómodos y confiables, que no exijan 5 estrellas (y una larga cuenta final) para ofrecer calidad (lo que no pulula en Colombia). Viajamos con los gastos básicos pagados casi siempre (hotel, tiquetes aéreos, seguro de viaje y seguro médico) y sin tarjetas de crédito (que además no tenemos) que tienten el bolsillo. Más que pasar el tiempo en el hotel, nos encanta recorrer la ciudad (y sus recovecos). Para periodos más cortos, de puentes festivos, por ejemplo, solemos escaparnos a parajes intermedios en nuestro país (ubicados a 3 o 4 horas de viaje en coche) de familiares o amigos. Tenemos como política no hacer recorridos en coche que impliquen más de 5 horas de viaje, por cansancio y -es terrible decirlo- por la calidad de las carreteras: preferimos, en su lugar, tomar una tarifa de turista en un vuelo aéreo (el costo suele ser equivalente cuando se suman combustible y peajes. Si no es así, el tiempo y la tranquilidad compensan el sobrecosto).
  • Disfrutar de la oferta cultural de nuestro municipio. En esto aún nos falta muchísimo… por tiempo (las noches, definitivamente, aún no son una alternativa) y por falta de información. Nuestra ciudad ha mejorado su oferta cultural de una manera considerable en los últimos años, hasta el punto de que contamos -según me informaba un concejal- con un presupuesto mayor al de la capital del país y al del Ministerio de Cultural nacional, incluso. Todas las semanas hay conciertos, teatro, danza y exposiciones artísticas. También se organizan ferias y festivales barriales, con mercados campesinos o artesanales. Aspiro a conectarme más en el futuro con estas opciones, pero las incluyo como alternativas de ocio porque de vez en cuando las disfrutamos y porque estoy segura de que tendrán sus semejantes en cualquier lugar.
  • Caminar por la ciudad. Al aire libre, no dentro de un centro comercial. Sirve como ejercicio para el cuerpo y para el alma y ofrece una pausa en las rutinas diarias. Sé que para muchos ésta no es una opción de ocio, pero creo que si asumimos que podemos hacerlo con ojos desprevenidos (no con la mirada acelerada de “tengo que llegar a tal sitio en tanto tiempo”) encontraremos que es una manera deliciosa de reconocer nuestro entorno y de descansar.
  • Utilizar los espacios deportivos municipales gratuitos. Ésta es una opción de ocio que en la práctica utiliza más mi marido. Contamos con muy buenas instalaciones deportivas que o son gratis o tienen un costo mínimo de uso para su manutención. Adicionalmente, están ubicadas muy cerca de nuestra casa, por lo que podemos -si queremos- disfrutar de ellas (ejercitando el cuerpo) varias veces a la semana.
  • Otros pequeños placeres. Un café en casa, orgánico y colombiano (que conseguimos, por intermedio de un primo, en una finca cafetera, en grano y con calidad de exportación), un helado en un restaurante precioso, cercano; reuniones con amigos, escapadas a tomar fotos, caminar, caminar y caminar… Y otras tantas que no practicamos de continuo y que por ello no tengo presentes. 😛

Hemos estado en otros países y hemos disfrutado de experiencias similares en todos ellos. En México, por ejemplo, los institutos de Bellas Artes ofrecen capacitación gratuita, para adultos y niños, en pintura, escultura, danza, teatro, literatura… una delicia que envidio; en España, Argentina, Chile y Portugal, cualquier taberna o restaurante de barrio ofrece una carta deliciosa con muy buenos precios; en Francia y casi toda Europa, los museos, los parques públicos y los festivales al aire libre (sí, en el verano), también son opciones económicas y agradables, y en los países europeos (y en algunos latinoamericanos, con autovías y autopistas cómodas) es posible viajar por tierra o,incluso, en avión a precios razonables. Además de ello, en muchos de estos países pueden encontrarse hostales o casas rurales con excelentes precios y muy buen servicio. Dar el salto a maravillas africanas y orientales es una alternativa que puede resultar económica dependiendo de lugar desde donde se viaje… sin importar que no sean los destinos típicos de catálogo de viaje. A nosotros todas esas alternativas nos han sorprendido gratamente, por lo que no las dejo de recomendar.

En resumen, salirse de la casilla de película hollywoodense que plantea como alternativa de ocio ir de compras y gastar (desaforadamente, casi siempre, y regresando a casa cargados de bolsas y de cosas innecesarias) puede ser más divertido de lo que parece. Y muchas de esas opciones, incluso, pueden darse sin tener que escapar de la rutina y, por lo general, sin sacrificar ni el ocio ni el presupuesto familiar.

Estoy segura de que existen otras muy buenas alternativas (asociadas a los hobbies de cada uno)… del mismo modo que creo que no está mal invertir de vez en cuando en actividades extraordinarias (un concierto o un espectáculo especialísimo, una cena de lujo, un viaje a un paraje lejano y desconocido,…), siempre y cuando no implique quedarse en saldos rojos o negativos… Cada quién sumará y sabrá. Creo que la clave está en organizarse un poco y en hacer consciente cada gasto. La proporción será seguramente positiva. Ahora, para enriquecer estas opciones, ¿cuáles son sus maneras de relajarse y disfrutar?

[Por cierto, he creado una categoría, denominada Simple Living, para albergar esta serie… y otros artículos relacionados con sus principios. ¡Me encanta que varias de ustedes anden en los mismos pasos! Espero, ansiosa, sus experiencias. Estoy segura de que habrá buenas ideas para poner en práctica. ;)]

28 septiembre 2010 at 10:15 5 comentarios

Menos cosas, más felicidad (2): nuestros inicios

Hace unas semanas escribí un post sobre Simple Living -una forma minimalista de vida- titulado “Menos cosas, más felicidad”. Hoy quiero iniciar una serie de textos sobre nuestra experiencia, fijando como meta consumir menos y, en lo posible, sólo aquello que sea realmente necesario. Mi idea central es simplificar nuestra cotidianidad, llenándonos más de experiencias que de objetos y buscando comodidad más que cantidad. Muchos de nosotros podemos vivir sin darnos cuenta sobre algunos de estos preceptos, pero hacerlos conscientes y difundirlos entre quienes nos rodean puede ayudarnos a mejorar el futuro de nuestros hijos, además de permitirnos vivir de un modo más sencillo (no simplista) y a lo mejor más feliz ya.

[ … anticipo que el texto se hizo largo :s ]

Algunos dirán que para vivir es necesario una casa de 500 metros cuadrados o vestidos de diseñador o un carro último modelo. Pero el tipo de vida al que nos referimos aquí no es ése: propone, en su lugar, una vida feliz y cómoda que pueda distanciarse de la fiebre consumista de “lo compro, lo tengo” para acercarse al placer de lo simple y práctico.

Confieso, sin embargo, que esto no me exime de admirar ciertas cosas (una obra de arte, un libro, un paisaje) e, incluso, pensar que sería agradable tenerlas en mi entorno, pero entre el pensar y el comprar hay un camino largo que se acorta, maravillosamente, en espacios comunes como un parque, un viaje, una biblioteca o un museo. En un intento de resumen, comparto nuestros inicios espontáneos de Simple Living. Espero que detrás de ellos lleguen otras opciones que nos ayuden a reducir, compartir y reusar… saludable, respetuosa, natural y responsablemente. El tiempo y esta serie de textos lo dirán. 😉

¿Qué simplifica hoy nuestra vida?

Muchas de las alternativas por las que optamos han llegado a nuestra vida como resultado de la búsqueda de simpleza y comodidad. Reconozco que buena parte de ello se debe a mi muy afincado sentido práctico; otras, en cambio, aparecieron como consecuencia de nuestros propios gustos. Entrar en contacto con otras culturas y permitirnos descubrir la forma como otros resuelven su cotidianidad nos ha brindado muchísimas enseñanzas. Falta camino, pero -en parte- tenemos un destino. ¿Nuestros hábitos recomendables? Aquí van:

  • Hacer listas de mercado. Tengo una fija con los productos semanales básicos. Así, cada cierto tiempo, reviso la despensa, veo que hace falta y lo consigo… casi siempre por teléfono, además. Se reducen las distracciones, las compras innecesarias y se ahorra tiempo (algo que viene muy bien con un chiquito en casa).
  • Comprar en tiendas de barrio (¡me encantan!). Lo hacemos casi siempre. Suelen ser más rápidas, más económicas y más personalizadas. En la mayoría de los casos nos permiten hacer las compras telefónicamente con un pago contra entrega y un servicio a domicilio amable y eficaz. ¿Otras ventajas? Personales: ahorro de tiempo, de gastos de desplazamiento, de dinero (no hay antojos posibles, pues siempre compro sólo lo que necesito). Sociales: establezco relaciones más cercanas con nuestros proveedores y apoyo con mi compra directamente al sustento de pequeños grupos (no a una cadena que se lleva buena parte de las ganancias al extranjero al tiempo que “subcontrata” (en mi país) su personal). De este modo, nuestras frutas y hortalizas las compramos en la Plaza de Mercado (no en un almacén de cadena), nuestras carnes y pescados los adquirimos directamente en la carnicería; nuestro pan, en la panadería; nuestra ropa (una compra menos frecuente), casi siempre en almacenes de fábrica o directamente; los lácteos, los huevos, las arepas, en una tienda particular de productos lácteos y así con todo lo demás.
  • Recortar la cadena de intermediación entre el productor y el comprador. Este punto se relaciona un poco con el anterior, pero lo enfatizo porque cuando optamos por comprar en tiendas pequeñas nos acercamos, casi siempre, al productor. Los supermercados (que pertenecen cada vez más a cadenas multinacionales) seducen con la idea de que ofrecen rebajas permanentes, además de concentrar todo en un mismo sitio. A la larga pienso que en la práctica no se aplica ninguna de estas “maravillosas” opciones: por un lado porque las rebajas son relativas, pues al ser mayoristas (y muchas veces pertenecer a monopolios) los precios de muchos productos son fijados a su antojo. En otras ocasiones incluso, la rebaja la asume no la cadena de mercados sino el productor, limitando la capacidad de maniobra de pequeñas empresas y favoreciendo la predominancia de las grandes. Por otro lado, el supuesto ahorro de tiempo en desplazamientos y la concentración de productos les garantizan fácilmente a los supermercados que los compradores pasen horas y horas entre sus paredes (¿cuánta energía gastaremos en recorrerlos?), comprando al precio que ellos fijen y adquiriendo más productos de los que comprarían en un almacén con una oferta más concreta y reducida. Como colofón, en Colombia algunos productos básicos tienen un impuesto extra en las grandes cadenas; en las tiendas pequeñas, no. [Me encantaría hablar, además, del comercio justo -propio de las pequeñas tiendas-, pero no quiero alargar este punto mucho más. Si les interesa, sigan el enlace: no tiene pérdida.]
  • Comprar de contado, no a crédito. Nunca hemos tenido una tarjeta o una cuenta de crédito. Si no podemos pagarlo no debemos tenerlo. Es una lógica simple y sana para las finanzas de un hogar. Obviamente en muchos aspectos podemos darnos ese lujo porque tenemos condiciones de privilegio (un trabajo estable, una base económica sólida), pero sé de muchas personas que en las mismas circunstancias tienen una larga cuenta pendiente… y una vida que -más allá de algunas opciones de ocio o marcas- no se diferencia mucho de la nuestra. ¿Ventajas? En épocas de crisis perdemos mucho menos. Y en época de bonanza podemos disfrutar.
  • Usar lo menos posible los bancos (en Colombia es absurdo el costo que pagamos por su intermediación: según las estadísticas, les dejan ganancias superiores a los $2 billones de pesos). Se relaciona (y mucho) con el punto anterior. No es fácil y no lo logramos al 100%, pero hacemos el intento y creo que lo logramos con cierta dignidad. Nuestros ahorros tratamos de convertirlos en inversiones para el futuro que, eventualmente, puedan dar algunos rendimientos, si no económicos emocionales (un viaje, un coche, mejoras en el hogar…). Con respecto al porqué evitamos los bancos, leía hace un par de semanas en un artículo de prensa de mi país (“Debate a cobro de bancos a usuarios”, El Espectador, 16 de septiembre de 2010) que el saldo mínimo mensual que debe tener una cuenta de ahorros en Colombia para no disminuir el capital (ojo: no para dar rendimientos ni mucho menos) es de $19 millones de pesos… algo así como 10.500 dólares o 7.785 euros. Si se tiene en cuenta de que nuestro salario mínimo mensual alcanza apenas los 250 dólares, la cifra es alucinante… ¿verdad?
  • Vivir en un lugar céntrico (cercano a los lugares que frecuentamos, por trabajo, estudio o demás). Nos ahorra dinero, dolores de cabeza y tiempo. Lo hemos hecho en todas las ciudades en las que hemos vivido (tres, al menos) y nos funciona maravillosamente. La mayor parte de nuestros desplazamientos los hacemos andando y los que requieren de coche no suponen más de 15 minutos a bordo. No siempre es fácil encontrar un sitio que reúna todas nuestras condiciones (verde cerca, vías de tránsito amplias y alternativas de transporte público; dentro de casa, además, nos gusta tener amplitud y luminosidad), pero con calma se encuentra. Y, por supuesto, las ganancias y la calidad de vida que se ganan compensan cualquier inversión de dinero y tiempo.
  • Comer y cocinar en casa. No vivimos en un país que se caracterice por una buena mesa y cuando ésta se encuentra no suele tener un precio regular. En su defecto, tratamos de adquirir productos de la mejor calidad, que garanticen una comida casera saludable. La sazón, por fortuna, va por cuenta de una buena maga en la cocina. ¿Otros pros? Menos procesados, menos exposición a patógenos, economía y comodidad. Salimos a comer fuera una vez a la semana, casi siempre a los mismos lugares. Eso sí, viajamos cada tanto para darle “vacaciones al paladar”. 😉
  • Salir al campo en lugar de a un centro comercial o mall. Vivimos en el trópico y eso permite tener buen tiempo fuera casi siempre, por ello, en buena parte, optar por el campo es una alternativa natural. Particularmente, nos encanta la vida al aire libre:  está cerca, es cómoda y desintoxica el alma y el cuerpo. Adicionalmente (y esto no cuenta menos), sus opciones de ocio suelen ser sencillas y serenas, en parte -quizás- por la poca presión social y comercial que la circunda (tan propia de los malls). Pajaritos, verde y flores son bienvenidos en este hogar.
  • No ver televisión. Ya hablaba de esto hace algún tiempo. Nos libera de estereotipos y modas. Y nos deja un montón de tiempo libre para disfrutar (Otra ventaja: como no veo, no pago cable… ni necesito comprar la última tecnología en aparatos de este tipo).
  • Heredar y reusar. No lo aplicamos con todo, pero iniciamos el camino con la llegada de la pequeña, un poco por conciencia y otro tanto por cariño: la ropa de Irene y todos los accesorios del bebé son heredados. Y una vez ella los usa, siguen rotando a nuevas familias y nuevos chiquitos que puedan necesitarlos.
  • Prestar libros en la biblioteca en lugar de comprarlos. Amamos la biblioteca (tenemos una a tres cuadras) y la visitamos con frecuencia. No compramos libros casi nunca, pero leemos todo el tiempo. ¿Nuestra solución a un mal catálogo? Una afiliación anual a la mejor biblioteca de nuestro país, con servicio de envío de libros a nuestra ciudad.
  • Arreglar las cosas que se dañan. O al menos intentarlo. Sé que esto no es válido en todos los casos, pero sé por experiencia que hay cosas que sí se pueden recuperar (incluso para otros si ya no las necesitamos). En nuestro país, al menos, hay personas que viven de eso. Si se daña la cremallera de un pantalón o de un maletín, puedo llevarla a un sastre para que me haga el trabajo; si se cae un botón yo misma lo pego… y así. Nada se pierde con intentarlo. Con decirles que en mi intentos reparadores puse en funcionamiento una cámara de fotos que se había roto… 😉 Obviamente no fue ningún arreglo electrónico, pero sí un reajustar con pegante la pestaña que cerraba el compartimento de las pilas. Después de hacerlo, la lleve a una clínica de cámaras… y me dijeron que la cámara no estaba mala. Ah, y si no puede arreglarse, casi siempre desecho lo dañado… guardar cosas que no sirven también es una forma de acumular. No lo cumplo al 100%, por lo que es una de mis metas futuras en esta tarea… pero lo intento.
  • No comprar elementos decorativos. Mi casa no es minimalista, pero a ratos me gustaría. Me he enamorado en otras épocas de objetos que he terminado por comprar. Ahora los admiro cuando los veo pero no los compro, pues he concluído que terminan siendo más “atrapa-polvos” en casa, cuando no es que terminan en la fila de los acumulados. Quizás no hay que llevarlo a extremos, pero si cuando nos gusta algo lo pensamos dos veces y nos preguntamos “¿lo necesito realmente?” probablemente no caeremos en la tentación de comprar, comprar y comprar.
  • No llenarnos de juguetes para Irene. Casi todos los que tiene son regalados y cumplen plenamente su cometido. No ocupan más de un canasto de plástico de 20 litros… y aún así no alcanza a usarlos todos. Casi siempre termina jugando con un libro, con el móvil, con los gatos o con objetos cotidianos. Estoy segura de que con el paso del tiempo encontrará también diversión en sus juguetes, pero si soy consciente de lo transitorios que resultan no caigo en la trampa de comprar montones para apilar.
  • Usar pañales de tela. Ya he hablado de sus ventajas (confirmadas reiteradamente con el paso del tiempo). Es una alternativa ecológica, económica y saludable, que nos gusta cada vez más.
  • Usar una copa menstrual (en lugar de compresas o toallas higiénicas desechables). No he escrito al respecto, pero creo que es el mejor invento de la humanidad después de la lavadora (es una exageración, ya sé, pero con seguridad absoluta sí es uno de los inventos más prácticos y útiles ;)). Realmente es cómoda (comodísima porque no se siente), efectiva y ecológica. Mi única pregunta es cómo no se ha difundido más. [Para más detalle sobre sus ventajas, les recomiendo esta entrada reciente de Nebetawy en su blog]
  • Amamantar. Le damos la mejor alimentación a la chiquita (para su cuerpo, para su mente y para su espíritu) y nos ahorramos muchísimo dinero en medicinas, hospitales, leches artificiales y teteros. ¿Ventajas? Innumerables, pero mencionadas con mucha frecuencia en esta casita. Basta sólo con escribir “lactancia” o leche materna en el buscador que tenemos arriba para precisar.

Viviendo con menos nos damos cuenta de que muchas de las cosas que antes creíamos indispensables son en realidad necesidades creadas por la sociedad. Quizás tenemos otros hábitos cercanos a Simple Living… del mismo modo que tendremos otros que se alejan de sus principios básicos. No vivimos como los Amish ni pretendemos hacerlo, pero sí queremos acercarnos a un modelo de vida más consciente de su entorno y menos dependiente de los dictados de turno de la sociedad de consumo. ¿Nuestro paso siguiente? Encontrar vías para reducir las cosas que ya tenemos, aprender a vivir con menos y disfrutar más de nuestro espacio y nuestro tiempo. 😉 Ya les diré cómo nos va.

[Algunas páginas recomendadas sobre Simple Living: simpleliving.net, Manifiesto de Simple Living: 72 ideas para simplificar su vida (en inglés), Zenhabits (el blog en el que se incluía el manifiesto anterior: interesante para mirar), Rowdy Kittens (blog de Tammy Strobel) y vidasencilla.es.]

25 septiembre 2010 at 22:19 9 comentarios

Menos cosas, más felicidad

Desde hace muchísimos meses he querido escribir un post sobre el tener y el comprar y sobre cómo el ritmo capitalista de nuestra sociedad crea, a la par de nuevas comodidades, un sinfín de necesidades falsas para bebés y papás. Hoy, después de leer un interesante post sobre el dinero y la decisión de tener hijos (escrito por Stella), quiero dejar algunos apuntes sobre el tema que considero valiosos e interesantes. Como verán, más que un texto nuestro es una recopilación de fuentes inspiradoras sobre el tema, que muestran con claridad que sí es posible vivir con menos cosas y que, incluso, buena parte de la felicidad de nuestro presente y futuro puede estar relacionada con la capacidad que desarrollemos de disfrutar de las cosas simples. Para nosotros es un reto, espero que para Irene sea su realidad.

La primera fuente es un video muy interesante llamado “La historia de las cosas” (“The story of Stuff”, de Annie Leonard), compartido creo que hace más de un año, en su blog, por Francoise [la autora, por cierto, tiene una página web muy interesante en donde ahora, además, tiene la historia de los cosméticos, la historia del agua envasada, entre otras … para pensar).

En él se hace un cuestionamiento, asentado en datos sorprendentes, de la costumbre que tenemos de comprar, comprar y comprar y de la consecuencia, inevitable y también habitual, de acumular y tirar. Esta tendencia, creada conscientemente después de la recesión de los 30´s en Estados Unidos y, especialmente, después de la Segunda Guerra Mundial, tiene unos efectos nocivos (¡nocivísimos!) para el planeta, que van desde la contaminación del mismo con basura hasta las pésimas condiciones de empleo que el afán consumista y productivo genera en países tercermundistas -como el mío. 😦

La segunda fuente es un artículo publicado hace poco por el New York Times, titulado en español del mismo modo que este post (“Menos cosas, más felicidad. Nuevos hábitos de gasto tras la crisis promueven mayor satisfacción”) y, en inglés, But Will It Make You Happy?. No logré encontrarlo disponible en español (si alguien lo hace, el link es bienvenido en los comentarios. Salió publicado en varios periódicos latinoamericanos la semana del 16 de agosto), pero vale la pena leerlo (quienes no puedan hacerlo en su versión original pueden aprovechar el traductor de Google para hacerlo o una herramienta similar). En resumen, plantea cómo la crisis económica de hace un par de años replanteó en muchas familias norteamericanas esos hábitos de consumo cuestionados justamente en el video anterior. Los resultados han sido para ellos una reducción intencionada de cosas (y compras) y la recuperación de espacios gratificantes ya no basados en el tener sino en el compartir y disfrutar.

Y de ahí viene la tercera fuente: una serie de blogs y libros que comparten experiencias en esta línea y que dan pautas de cómo iniciar, a partir de hábitos sencillos, una transformación personal y mundial. Mi puerto de entrada a este mundo es el blog de Tammy Strobel, una de las protagonistas del artículo del NY Times, llamado Rowdy Kittens. En él pueden encontrarse interesantes artículos sobre el tema, además de referencias de libros y sitios en internet relacionados con experiencias exitosas de este tipo. Me encantaría ahondar en el tema, pero lo dejaré para una entrada futura. Por lo pronto, les recomiendo que lo visiten y que lean algunas de sus propuestas. Un buen resumen de las mismas lo pueden encontrar en el blog de Victoria Vargas, otra promotora y practicante de Simple Living. La consigna: reducir, donar, compartir, darse un lapso de 30 días antes de las compras (evitar las compras impulsivas), organizar los objetos que nos rodean, asumir el reto de 100 Thing Challenge (del que hablaremos después) y tener paciencia. Suena difícil, pero creo que pensar en el tema y empezar a ser conscientes de nuestros hábitos de consumo y vida pueden ser una buena manera de empezar. Nosotros lo hemos hecho pero no de un modo organizado y sistemático… con estas propuestas nos organizaremos mejor y más.

😉

28 agosto 2010 at 10:55 12 comentarios


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