Archive for enero, 2011

“¿Cómo será tu bebé?”

Hoy he encontrado un precioso texto (muy significativo, además) sobre cómo será la vida del bebé al llegar a casa. Aunque no es de mi autoría (el autor es Armando Bastida, de Bebés y más) y ya pocas veces incluyo textos de otros, lo adjunto porque creo que plantea un punto de vista muy valioso: que las demandas de amor y cuidados de un recién nacido son naturales, pues -además de buscar los medios para su supervivencia- confirman ese fuerte vínculo que hay entre papás e hijos

“Suele suceder que cuando una mujer echa la vista a la prueba de embarazo y observa que es positiva su mente se vuelve un torbellino de dudas ante la incertidumbre. Primero sobre qué pasará estando embarazada, cómo lo vivirá y cómo será el parto, segundo sobre cómo serán la vida y las costumbres una vez el bebé llegue, tercero sobre cómo adecuar la casa al bebé, cuarto sobre cómo responderá el papá a la llegada del bebé, quinto…

Y cuando la mayoría de las dudas se van difuminando a medida que pasa el tiempo la mayoría de las mamás empiezan a disfrutar del embarazo, de los cambios, de las pataditas y movimientos y empiezan a preguntarse cómo será su bebé.

No hace falta explicar demasiado cómo será a nivel físico, pues todo el mundo sabe cómo son los bebés: pequeños, con la piel suave, ligeros, tanto que es un placer cogerlos en brazos y sentir que no es necesario hacer demasiado esfuerzo para sostenerlos y rodearlos.

Lo que muchas madres desconocen es cómo será la vida con su bebé y esto es lo que trataré de explicar hoy.

Tu bebé nacerá un buen día y te darás cuenta de que todo aquello que hacía dentro de la barriga lo hace también fuera. Las patadas que antes recibías serán al aire y el rato que descansaba dentro lo hará también en el exterior, sobretodo si sigue cerca tuyo.

Los primeros días ya lo querrás con locura, porque llevarás con él más de 9 meses. Papá, sin embargo, tendrá que hacer las presentaciones pertinentes y el roce, inevitable y deseado, hará que el amor surja igualmente.

Dicen que los bebés comen y duermen, comen y duermen. Es posible que así sea, pero también es muy posible que los primeros días haya que añadir un “lloran”, porque aunque parezca mentira tienen sus propias necesidades y ellos no son capaces de satisfacerlas. Además, si tu familia es muy de coger a los bebés, el llanto estará casi asegurado, pues no llevan demasiado bien eso de cambiar de brazos y olores demasiadas veces.

Es posible que los primeros días e incluso las primeras semanas, acepte dormir en un moisés a tu lado, sin embargo es probable que en algún momento empiece a quejarse porque ahí se sienta aislado, solo y desprotegido. Pensarás que no es posible, que estás a solo medio metro de él, sin embargo él magnificará ese espacio por mil, porque todo lo que no sea tocar y oler el cuerpo de mamá es, para un bebé, soledad.

De igual modo los primeros días y semanas aceptará ir en el cochecito e incluso en la sillita del coche, pero poco a poco empezará a comportarse de la misma manera, solicitando tu calor incluso en esos momentos.

Esto, que parece un paso atrás en su independencia o la muestra de que has cometido algún error es realmente un paso necesario hacia su autonomía y responde a un proceso normal, que llega después de una tregua muy necesaria a los papás. Los niños, realmente, necesitan los brazos de sus padres, el cariño, el afecto, el calor y un pecho que lo amamante casi a todas horas. Los primeros meses, sin embargo, tienden a conformarse con un poco menos (excepto en el alimento, para el que no pueden ceder), para que el choque de rutinas y horarios de la madre no sea demasiado fuerte.

Imagina que tú, una mujer independiente, adulta y con total libertad para hacer lo que quieres y cuando quieres te toparas de golpe con un bebé que necesita contacto contigo las 24 horas del día. El cambio sería tan evidente, tan desestructurante, que el bebé correría el riesgo de no ser amado con total dedicación. Por eso empiezan pidiendo alimento a menudo, pero durmiendo unas cuantas horas, muchas de ellas en una cuna o en un cochecito. Por eso cuando son bebés permiten en ciertos momentos ser cogidos por otras personas, pese a no ser mamá. Poco a poco, a medida que van creciendo, van mostrándote cuál es su verdadera necesidad: vivir contigo y a través de ti, con el amor como gasolina.

Él será un apéndice tuyo, un satélite en tu órbita a todas horas que te demostrará que sin ti no es nadie. Tú serás sus ojos hasta que él pueda ver y pueda decirte qué quiere ver. Serás sus oídos hasta que él sea capaz de decidir qué escuchar. Tú serás sus piernas hasta que él sea capaz de usar las suyas. Serás su traductora hasta que él sea capaz de hablar directamente con los demás. Serás su alimento hasta que sea capaz de comer por sí mismo y serás el calor y el amor que necesita hasta que él… bueno, lo serás siempre, incluso cuando crezca y forme un hogar.

Dicen que los bebés no traen manual de instrucciones. Es mentira. Ellos son el manual de instrucciones. El problema es que los adultos nos empeñamos en evitar creer que ellos son capaces de mostrarnos cómo debemos criarlos. Sin embargo lo son, son capaces, pues desde que nacen nos empiezan a decir qué necesitan y cómo lo necesitan.

Hay una cuestión, sólo una, en la que los bebés han conseguido total independencia: el alimento cuando es leche materna. Todo el mundo sabe ya que en cuestión de amamantamiento los bebés saben gestionarse perfectamente. Piden cuando necesitan y no lo hacen cuando no. Maman cuando tienen hambre o sed y dejan de hacerlo cuando están satisfechos. Nadie pone horarios ni marca esperas absurdas y sin embargo los niños crecen y se desarrollan perfectamente. La cosa cambia si el niño toma biberón. No porque los niños no sepan controlar su alimentación de ese modo, que saben, sino porque en ese momento, cuando los padres son capaces de cuantificar lo que entra, deciden tomar el mando (con la recomendación habitual de profesionales de la salud de limitar la ingesta con horarios y cantidades exactas).

Entonces, si los bebés son capaces de autogestionarse a la hora de recibir alimento, ¿por qué no iban a ser capaces de gestionar el amor que necesitan?

“Creo que ya ha aprendido lo que son los brazos, porque cada vez me los pide más”, me dijo una madre una vez. “Es normal, yo cuando conocí a mi mujer apenas la tocaba. Poco a poco llegaron las manitas, los roces, los abrazos, las caricias y los besos y, cuánto más tenía, más quería… a eso se le llama amor”, le respondí.

Fotos | vividexpressionsphotography, Jon Ovington en Flickr”

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27 enero 2011 at 07:59 5 comentarios

Aprender a hablar

Irene está comenzando a hablar: Lento, pero seguro, ha pasado de palabras simples y cotidianas como mamá, papá, gata, tita, más y agua (casi dominadas) a algunas un poco más complejas como zapatos (dicho más o menos /apatgm/ -con un sonido gutural sordo al final que no sé cómo se representa :S-), Amaranta (/tanta/), Irene (/ene/), Leche (/ech/), jamón (/ámon/), niña (/niña/), árbol (/ábol/), gracias (/acias/), y otras más. El camino es largo pero fascinante, pues supone una aventura que revela algunos misterios sobre el funcionamiento de nuestro cerebro al tiempo que tiende puentes más firmes en nuestra comprensión de sus deseos. Doy aquí cuenta de nuestra experiencia y de algunos links útiles sobre el camino que nos falta por recorrer.

La adquisición del lenguaje es, quizás, una de las competencias más importantes en el desarrollo de un bebé. Ésta, sin embargo, se da en varias etapas, que van desde el aprendizaje de sílabas (que en Irene pasa por experimentos fonéticos que hacen -por ejemplo- que la s suene como una f o que la t se convierta en un ruidito gutural sordo) hasta la capacidad de conjugar verbos adecuadamente, construir oraciones lógicas y sostener conversaciones con sentido recíproco (que es mi manera ramplona de decir que algún día nuestra pequeña querrá ampliar sus conocimientos y tendrá la preguntadera y la razonadera a mil).

Nuestro comienzo se dio con las clásicas palabras de papá y mamá (en ese orden, pero con un proceso de perfeccionamiento que aún hoy da mezclas como “mapa” o “mamapa”) y con miradas de la pequeña clavadas en nuestros labios (¿su cabecita intentado aprender los movimientos de la boca?). Pasó luego a la expresión de ruiditos imitadores de sonidos (que se repetían invariable y acertadamente ante preguntas del tipo cómo hace el perro, cómo hace la vaca y otras así) y en los últimos días ha ascendido a un nuevo nivel que convierte sus onomatopeyas en sílabas (ya Irene no ladra sino que dice “a guau” cuando quiere decir “hay un perro”, por ejemplo) y que introduce expresiones incomprensibles, producto de un intento constante por verbalizar lo que su dedito señala  y que da como resultado la aparicipón del irinense, un lenguaje muy propio que hasta ahora sólo ella entiende.

De la mano de estos cambios, ha llegado la ampliación de su vocabulario con palabras como “bu” (bus), “niña”, “nana” (Mariana), “tía”, “tío”, “ena” (Elena), “ámof” (vamos) y otras así. Nosotros, por supuesto, hemos seguido la clásica rutina de repetirle lentamente algunas palabras cotidianas, con la ilusión de verla pronunciarlas haciendo esfuerzos para aprender a decirlas bien. Cuenta a favor, creo, que siempre le hemos hablado correctamente (no como hacían nuestros abuelos que, en cuanto veían un bebé, empezaban a decir “agugú”). Quisimos hablarle en otros lenguas, con el propósito de que se familiarizara con ellas y, quizás, poco a poco las aprendiera, pero tras su llegada salieron a flote nuestras emociones (y con ella nuestra lengua materna), por lo que el proyecto quedó pospuesto para etapa más racional en nuestra familia (supongo que justamente el caso será otro en los hogares donde los padres tienen distintas lenguas de origen. Ya nos dirán cómo les va).

Me ha sorprendido, sí, descubrir que el castellano es una lengua compleja, por lo que he terminado por darle la razón a un compañero que dice que es muchísimo más fácil aprender a hablar en otras lenguas como el inglés o el francés, plagadas de palabras más cortas: los niños aprenden a decir primero sílabas sueltas y, con el tiempo, van soltando construcciones más complejas, de dos y tres sílabas. Conclusión: ha de ser más fácil decir cat que gato y más difícil decir amigo que ami.

En cualquier caso, los resultados y la rapidez con la que se dan los cambios son sorprendentes, por lo que posiblemente este tema dé lugar a más entradas y comentarios. Para no alargarme hoy, dejo un conjunto de links interesantes al respecto que plantean, entre otras cosas, cuáles son las diferentes etapas que se presentan cuando un niño aprende hablar (complementado aquí), cuáles suelen ser las primeras palabras que se aprenden (en la mayoría de los idiomas, además), cuáles pueden ser algunas señales de posibles trastornos del lenguaje, cómo los padres podemos acompañar de una manera eficiente el proceso de adquisición del lenguaje (con pautas como hablar correctamente y usar también el lenguaje del cuerpo), cómo podemos comunicarnos con el bebé incluso cuando éste es muy pequeño para hablar y las ventajas que pueden tener los niños bilingues para aprender (idiomas y otras cosas).

Y cierro aclarando que aunque el video inserto no tiene como protagonista a Irene, es muy ilustrativo de esas primeras palabras (bueno, el peque está un poco más grande y dice algunas más elaboradas que nuestra pequeña)… así que aunque sea un niño, se le llega a parecer. 😉

PD: Acabo de intentar ver el video en esta casita y me salió un letrero que dice que tiene algunas restricciones. No se asusten, denle clic al texto que dice: “Ver en Youtube” para visualizarlo. A pesar de ello lo dejo pegado porque, repito, es lindo y muy representativo de esta etapa del bebé.
PD2: Si les interesa “ver” cómo se producen los sonidos en nuestra lengua (además de conocer las clasificaciones del mismos) les recomiendo este espacio. Quizás así justifico (junto con el “no soy lingüista” -afortunadamente-) mi animalada en la transcripción de la fonética de nuestra hija. Jjaja

26 enero 2011 at 09:18 5 comentarios

Las rabietas: ¿naturales o aprendidas? (y algunas herramientas para saber qué hacer)

Anticipo que en este texto no hay respuestas definitivas para la pregunta de nuestro título, pero sí algo de sentido común y experiencia que pueden ayudar. Desde hace un par de meses, Irene empezó a incrementar llantos y gritos y, aunque cada vez siento que es menos angustiante “lidiar” con ellos, los mismos han ido evolucionando a caídas repentinas en el piso, primero sentada y después acostada, algunas veces -incluso- con pataleo al final. Esas pequeñas rabietas, por supuesto, suelen ser consecuencia del cansancio o la frustración y pasan velozmente con la aplicación de algunas estrategias simples que se fundamentan -sobre todo- en la comprensión. Es posible que en el futuro se haga más difícil hacerles frente, pero mientras eso llega, aquí van nuestras reflexiones y algunas herramientas para sobrevivir a ellas.

Y empiezo por un intento de respuesta al título: creo que las rabietas son la forma que tienen los chiquitos (sobre todo cuando no hablan) de expresar su incomodidad. Esto supone, por supuesto, que son naturales (Irene, por ejemplo, no ha visto a nadie hacerlas, pero ya va desmadejándose en el piso cuando siente alguna contrariedad). Es posible que puedan volverse recurrentes si nos cogen por sorpresa o no logramos lidiar con ellas, pues las molestias del chiquitín persistirán y es posible, incluso, que lleguen a ser aprendidas cuando el chiquito las encuentra como un recurso rápido para obtener atención y cambios. La diferencia, creo, puede estar en la manera como reaccionemos.

Nuestras rabietas

Duran por mucho 30 segundos (la casi indiferencia de los padres suele ser una buena aliada, más cuando va acompañada de palabras -pocas- amorosas que dicen, de un modo u otro, “desahógate tranquila”). Los psicólogos denominan esta técnica como “extinción” (retirar la atención usual que recibe el niño cuando tiene una rabieta) y recomiendan seguirla, una vez se supera el episodio de enfado, con una reafirmación de la atención. Eso, en castellano, significa que no debes reforzar la rabieta con atención (o con una rabieta adulta: gritos, golpes, etcétera) y que una vez ésta pasa, podemos hablar con el niño sobre ella, diciéndole que sabemos que se siente molesto por algo (o que está cansado o lo que corresponda), pero que no entendemos lo que quiere ni podemos ayudarlo cuando está así.

Ahora, continuando con las nuestras, no son constantes pero sí se presentan matemáticamente cuando Irene no ha hecho su siesta, cuando se ha pasado la hora de irse a la cama, cuando ha tenido un día de más actividad y está cansada, cuando le limitamos algo que quiera hacer, cuando no hacemos algo que quiere y otras circunstancias que cada mamá y papá, sin duda, se imaginará. Según la documentación que he revisado, las rabietas son comportamientos normales, propios de un pequeñito inmaduro que no sabe cómo manejar sus enfados (apenas comienza a tenerlos, pues sólo después del año se entiende como un ser independiente de su madre) ni sabe cómo expresar lo que siente (en el caso de los niños pequeños, porque aún no tienen un dominio del lenguaje para hacerlo).

¿Qué hacer?

Según los especialistas, es muy importante aprender a reaccionar adecuadamente, pues si no lo hacemos podemos reforzar (en lugar de erradicar) el comportamiento. Personalmente pienso que aún en los casos en los que la primera rabieta (no me gusta la palabra, pero la uso para facilitar la explicación del tema) nos haya cogido por sorpresa y nos haya hecho perder la paciencia, la capacidad de comprensión, aprendizaje y amor de los niños es tan grande que podrán readaptarse. Lo importante, en cualquier caso, es ser capaces de entender las particularidades de nuestro pequeño y de actuar en consecuencia, con amor, comprensión y paciencia.

En resumen, se debe:

  • Evitar reaccionar del  mismo modo: no golpes, no gritos, no “rabietas” de mayor.
  • Mantenerse calmado y alejarse (no del niño) de la situación: leer una revista, arreglar una planta, sentarse a mirar el paisaje. La idea no es ignorar al niño (en el sentido literal del término) sino permitirle expresar sus emociones y darle a entender que de ese modo no comprendemos qué es lo que quiere en particular. Al no involucrarnos como actores de la rabieta, obligamos -dicen los expertos- al niño a salir de ella.
  • Cambiar el tema o el foco de atención del pequeño, superando de este modo lo que le molesta. Yo suelo preguntar, por ejemplo, con voz de sorpresa, dónde están los gatos, qué pasó con algo que dejamos en otro sitio, proponer un cambio de actividades (de manera sugestiva) o algo por el estilo.
  • Ser sensibles con su molestia, sin intensificarla: cantarles (consejo de Karina ;))  resulta efectivísimo, hacer caras chistosas, imitar sonidos de animales, hacerles cosquillas o reacciones similares y desprevenidas (e inesperadas para el peque) le ayudan al niño a relajarse y ver que no estamos molestos con ellos y que podemos cambiar con sonrisas un mal momento.
  • Ser consistente: reaccionar siempre del mismo modo, sin importar la razón de la rabieta. Una vez se supera, le podemos ayudar al niño en lo que necesita: si está cansado podemos ayudarlo a dormir, si está aburrido podemos cambiar de actividad (incluso de espacio: a nosotros nos encanta salir con ella fuera a caminar y jugar), si está molesto o confundido podemos hablar con él para ayudarlo a entender -de acuerdo con su edad- lo que sucede, si está triste lo podemos consentir…
  • No debemos sentirnos avergonzados por las rabietas de nuestros chiquitos: son comportamientos naturales y necesarios para su crecimiento que todos los niños, en un momento u otro, aprenden a experimentar. Agrego, además, que con esas herramientas las rabietas suelen durar muy poco. Y si no es así, igual en cualquier momento terminarán.

Recomendados

En la red hay varios recursos sobre el tema que pueden ser de gran utilidad. Recomiendo particularmente algunos que adjunto en este mensaje que explican de un modo simple y práctico qué son los rabietas y cómo las podemos enfrentar. Ojalá nos sirvan los consejos… y no tengamos muchas más. 😉

PD: No sé a ustedes pero a mí me angustiaba pensar que el angelito que había tenido durante varios meses se había convertido en un diablito de carácter incontrolable. Ahora creo que no es cierto, que todos los niños pasan por ello y que el carácter de los chiquitos se ve desde muy temprano… apesar de que siga definiéndose más claramente en el camino. 😉

21 enero 2011 at 08:53 10 comentarios

Cuando nace un hijo también nace un papá: más reflexiones sobre la maternidad

Estos últimos días han sido intensos en cuestionamientos. Y aunque quisiera escribir una entrada de cada uno de ellos, siento que si no escribo pronto al respecto corro el riesgo de que se enfríen nuestras emociones en la cotidianidad. Así que, con el perdón de todos, me atrevo a hacer una mezcla de todo que da cuenta de lo que muchos ya saben: cuando nace un hijo nace un papá. Y nosotros tampoco dejamos de crecer en este arte de la maternidad.

Y enumero para facilitar lectura y avance:
1. El domingo, en paseo de campo, recordamos de una manera dolorosa lo frágil que es la vida y lo absurdo que es -a veces- su final. Luego de almorzar, caminamos al borde de una carretera hacia una venta de dulces. Nos reíamos con la pequeña y veíamos a lo lejos un perrito pequeño que nos había visitado alegre y saltarín durante el almuerzo. Irene, por supuesto, había celebrado su aparición recurrente con sonrisas, ladridos, señitas del dedo… Ya se imaginarán lo que pasó: un coche, a una velocidad mínima, lo atropelló con una de sus llantas traseras. Papá y mamá lo vieron todo. La pequeña, en brazos, no se dio cuenta de nada. Se nos rompió el alma. Yo le entregué a Irene al padre, angustiada, para correr al lado del caniche y decirle al conductor -igualmene acongojado- dónde había una veterinaria cerca. No hubo tiempo de nada: al llegar, el hombre acariciaba con dolor la frente del perrito mientras éste movía agitadamente una de sus manitas delanteras. Apenas alcancé a decir que lo llevará, por favor, a una veterinaria: el peludito detuvo su movimiento con los ojos abiertos. “Ya no hay tiempo”. Me devolví inmediatamente con el corazón destrozado. Mantuve la calma, pero tomé a Irene en mis brazos recordando con la escena que el tiempo que tenemos es prestado (y no me alargo porque me duele recordar. Espero que haya un cielo también para ellos. Descansa, feliz, perrito hermoso).

2. El lunes en la noche, mi amorcito y yo vimos una película en casa que nos conmovió mucho. Su título: Contracorriente, una cinta (ganadora, por cierto, del premio del público en el Sundance Film Festival del 2010) que cuenta la historia de un amor profundísimo y escandaloso para algunos porque traspasa las fronteras del género. Sentí -a pesar de las limitaciones de la historia- que es absurdo pensar en condicionantes sociales, de esos que dicen, por ejemplo, que un hombre sólo puede amar a una mujer y viceversa. Y cuando digo amar me refiero a AMAR, con el espíritu y con el cuerpo, no con uno de los dos solamente; amar de manera íntegra, siendo capaz, incluso, de despojarse del otro y de uno mismo un poco y de aceptarse y aceptarnos (sobretodo). No sé si puedan encontrarla fácil, pero es una película que recomiendo (y dejo el trailer a manera de abrebocas y la canción final, también conmovedora).

3. Parte de nuestras vacaciones las pasamos en un típico paraje colombiano, más caserío que cualquier cosa: sin autoridades, sin transporte público, sin recursos (de inversión, el paraje, por supuesto, es de una riqueza natural exuberante). Teníamos apenas lo básico, que era mucho más de lo que tenían los lugareños. Y pensé mucho en lo absurdo que resulta -de verdad- hablar de vida sencilla entre nosotros. Y aclaro que con ello no echo al traste todo lo comentado en este espacio; por el contrario sigo considerando que es valioso tratar de minimizar nuestros consumos e intentar hacer sostenible nuestro paso por este cosmos, pero la experiencia sí me sirvió para pensar que eso que para nosotros es optativo y sigue estando plagado de comodidades, es en otros una realidad incuestionable. Una parte de mí quisiera aprender a vivir así, mientras otra piensa que debo agradecer todos los días las condiciones que tenemos de vida (en lo material, en lo espiritual), disfrutándolas y proyectándolas respetuosamente entre quienes nos rodean. Este solo tema da para hablar mucho más, pero no lo hago para no copar el espacio. Lo quedo debiendo. Debo aprender a vivir de un modo más sencillo, realmente, o, mejor, quiero aprender a disfrutar más la vida aunque los recursos que nos rodeen sean pocos. Hacerlo es más coherente con la realidad que nos circunda. Propósito para el 2011 y los siguientes. :S

4. En el mismo contexto del punto anterior estuve leyendo No hay silencio que no termine, el libro en el que Íngrid Betancourt relata su secuestro. Hablar de él es complejo porque es un personaje político de talla internacional muy cuestionado en mi país e incluso en Francia. Yo misma, que viví buena parte de su secuestro en el extranjero, me harté un poco de ella. Hoy me arrepiento, no por leer su libro sino por reconocer con el paso del tiempo que gracias a ella se hicieron visibles muchas otras víctimas -menores para gobiernos anteriores de nuestro país- condenadas al olvido. Sobre Íngrid tendría mucho que decir (como que fue criticada absurdamente en Colombia tras presentar una demanda contra el Estado por su secuestro. Sé que es un tema candente, pero me parece válido que lo haya hecho porque entiendo en ese gesto no un intento de obtener dinero -como se hizo pensar- sino un señalamiento real que no entiende la mayor parte de los colombianos: que el Estado está constitucionalmente obligado a proteger a sus ciudadanos, incluso aunque estos no lo deseen. Pero, por supuesto, cuando la mayor parte de lugares de este país se encuentra -como nuestro paraje vacacional- si acaso al amparo de un Dios supremo, sin ley ni Estado real, es difícil que exista conciencia de esa obligación estatal. Por el contrario, se considera “traidora” a quien lo señala -por efectos de una campaña mediática que hubiera sido muy distinta si Íngrid al salir de su cautiverio no hubiera salido inmediatamente a Francia y se hubiera quedado en cambio en este país dando declaraciones obnubiladas a favor del Gobierno de turno, sirviendo todos los días de trofeo, como si no fuera obligación del Ejército y sus mandatarios trabajar por su seguridad, pues para algo debe servir ese 17% del presupuesto nacional que se les entrega en detrimento de la inversión social). En fin. Pienso que su libro es una radiografía de humanidad que trasciende el relato; siento que sus palabras hacen manifiesta una realidad (no sólo de la guerrilla colombiana y de sus secuestrados) que con frecuencia olvidamos: que lo importante en la vida no son el dinero, el trabajo o los reconocimientos públicos, que lo que le da sentido a la existencia son las personas y nuestro acercamiento a ellas, la familia, los hijos, la humanidad… No he terminado el texto, pero estas reflexiones las agradezco ya.

Dejo aquí aunque todavía no acabo con nuestras mil y una emociones intensas (he dicho que ser madre dispara la sensibilidad). Ya se ha hecho largo. En resumen, cada día confirmo más que al lado de un hijo nacemos y crecemos nosotros, más atentos, más humanos, más frágiles y más conscientes del peso que tiene nuestra existencia. Todos lo vivimos de un modo distinto (algunos, a lo mejor, casi ni se dan cuenta), pero cada caso es válido. Hoy le doy gracias a nuestra hija por permitirme recordar que soy un ser inacabado, sensible e imperfecto, y por darme razones para no quedarme ni un segundo estático. Y le doy gracias a mi sol compañero, luz en las vidas de Irene y mía. Que sigan llegando los cuestionamientos. Me gusta sentirme humano.

19 enero 2011 at 09:20 8 comentarios

“No, no, no”: ¿se debe insistir (o no) en los “no”?

Irene ha entrado en una etapa en la responde a todas las preguntas con tres “no” (culpa nuestra, un poco en chiste decimos con frecuencia “no, no, no”… he ahí el resultado). El asunto nos ha llamado la atención, no por la cantidad de “no” que usa para una negativa (ya sabemos a qué se deben) sino porque nuestra chiquita ha empezado a negar todo, incluso en aquellos casos en los que sus ojitos brillan con una afirmación. Por qué lo hace, hay fundamentos en las recomendaciones que dan sobre no insistir en las negativas, es posible pensar en una disciplina positiva y qué tan negativos somos con el lenguaje son algunas de las inquietudes que nos asaltan y que traslado a este espacio de discusión.

Fuente de la imagen: Facultad mental

Y empiezo por decir que el carácter negativo del título busca en realidad ser una afirmación. Alguna vez oí decir  que dos “no” eran un “sí”… así que haciendo sumas hipotéticas, nuestro bocado de entrada queda 2-0, ganando el sí. 😉 Ahora, al grano: más de una vez he leído (lamento no tener las fuentes, pero es un tema en el que se habla con frecuencia en textos sobre crianza con apego y disciplina con amor) que no es recomendable usar la palabra “no” con los pequeños. Los motivos, si bien recuerdo, van desde el buscar crear ambientes positivos que propicien el desarrollo de los niños hasta evitar alimentar rabietas y frustracciones (no con permisividad sino con giros del lenguaje que permitan decir “no” sin hacerlo realmente: un reto interesante que bien vale la pena aplicar).

Por supuesto, cuando Irene entró en esta etapa de negación intensa intenté evaluar nuestro comportamiento, preguntándome si insistíamos más de la cuenta en el “no”. La conclusión es sorprendente: sí lo hacemos pero de una manera inconsciente. Creemos en el poder de la disciplina positiva por lo que más que negativas simples (“no porque yo lo digo” o cosas así) tratamos de usar fórmulas explicativas (“no podemos salir ahora al parque porque tenemos que bañarnos primero”, por ejemplo) y amorosas. En resumen, sin darnos cuenta usamos más el “no” que el “sí”. Y no sólo en nuestras conversaciones con Irene: ¿han notado que muchas veces se terminan las preguntas con un “¿no?” o se abusa de un “no sé” o se usa culturalmente un “noooo” largo para expresar sorpresa y un sinfín de fórmulas así? Pues nosotros lo hemos notado y ahora andamos en un ejercicio profundo (y difícil) de utilizar más el sí.

La pretensión final no es eliminar el “no” de nuestras vidas (algunas veces es necesario), sino (wow! ¡un no pegado a un sí para dar ejemplo!) ser conscientes del poder que las palabras tienen en nuestras vidas. Dicen que los niños alrededor de los años entran en una etapa normal de negación, pues

“a través de la negación [el pequeño] da el primer paso hacia la identificación de sí mismo, dándose cuenta de que puede intervenir sobre los acontecimientos, simplemente diciendo no. Además, a través de los continuos “no”, pone a prueba su poder y hasta donde puede llegar, descubriendo los límites de los padres”

Si queremos incentivar actitudes positivas en nuestras vidas, incrementar los “sí” o -al menos- tratar de evitar los “no” es un ejercicio necesario. A la larga, incluso, podemos crecer más como padres y evitar algunas rabietas de los pequeños (producto no de un carácter tirano como algunos creen, si no de un sentimiento de “no entiendo” apenas comprensible en ellos). Así dejo consignado uno de nuestros propósitos para este nuevo año. Dejo algunos ejemplos de un artículo de Bebés y más citado al comienzo de este texto:

Ejemplo 1

Es la hora de comer y Pablito quiere salir a dar un paseo en bicicleta justo cuando está la comida lista y la mesa puesta.

– Mamá, ¿puedo ir a dar un paseo en bicicleta?

– Claro, Pablito, podrás ir en cuanto termines de comer.

En lugar de decir “ahora no, ¿no ves que estamos a punto de comer?”, ofrecemos una solución positiva.

Ejemplo 2

Pablito va felizmente en bici por una calle por la que circulan muchos coches. (Los niños pequeños no son tan conscientes del peligro como los adultos).

En lugar de decir “Pablito, no vayas por la calle porque es peligroso”, podemos optar por “Pablito, es mejor que subas a la acera. En la calle hay muchos coches”.

Así eliminamos el “no” de la frase y ofrecemos una alternativa más segura para el pequeño.

Ejemplo 3

La mamá de Pablito está súper ocupada con las tareas de la casa y Pablito quiere que su madre arme con él su puzzle favorito. En es preciso momento en el que Pablito lo reclama, su madre no puede jugar con él.

– Mamá, me ayudas a armar un puzzle.
– ¡Buena idea, Pablito! Puedes ayudarme tú primero a hacer la colada y cuando hayamos terminado armamos el puzzle que tanto te gusta.

En lugar de decirle “ahora no, estoy muy ocupada”, respuesta que seguramente causaría una reacción negativa en el niño, planteamos una nueva situación a la vez que fomentamos que el pequeño colabore en las tareas del hogar.

¿Algunas ideas más? Coméntenlas. Son bienvenidas, por favor.

😉

14 enero 2011 at 12:53 7 comentarios

Apenas de regreso

Y casi triste de que hayan pasado tantos días sin abrir las ventanitas de este hogar… porque la puerta sí que seguía abierta para las entradas de sus visitantes. Faltan nuestras noticias recientes, pero ya aparecerán. Por lo pronto, podemos contarles que pasamos un fin y comienzo de año muy familiares, que no nos cansamos de darle gracias a la vida y a todos los que nos rodean por el amor y la felicidad que nos han acompañado durante estos años y que nuestra lista de balance y de propósitos para el 2011 sigue -como nosotros- en construcción.

Esperamos fraguar proyectos que nos ayuden a crecer más como familia y como seres humanos y, si es posible, enriquecer la vida de quienes están a nuestro lado. No sé si todos nuestros propósitos lleguen a puerto en estos trescientos y tantos días que quedan del 2011, pero confío en que cada uno de esos amaneceres futuros nos dé la oportunidad de amar y ser amados. En fin, que comenzamos con ilusión y esperanza el nuevo año y que esperamos seguir acompañándolos con experiencias y anhelos. Con respecto a esta casita tenemos dos propósitos: el primero, seguir escribiendo entradas al menos dos veces por semana; el segundo, llenarlas de contenido que sintamos útil. Ahora, ¿lo mejor del 2010? Irene (repetimos favorito del 2009) 😉 ¿Y lo que queremos para el 2011? Tiempo y vida para compartir y crecer más.

¡Feliz 2011 para todos!

12 enero 2011 at 12:29 7 comentarios


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