Posts filed under ‘Alimentación complementaria’

Pautas para mejorar el apetito de los niños

Desde hace un par de semanas no paro de pensar qué ha cambiado en nuestra vida para que Irene, casi de la noche a la mañana, empiece a comer mejor: en cantidad, en autonomía y en tranquilidad. Las respuestas se resumen en pequeños cambios en nuestras rutinas  que, viéndolo bien, no se alejan mucho de las recomendaciones de Carlos González en su libro Mi niño no me come. Comparto nuestra experiencia aquí, no con pretensión erudita (para la que no tengo competencia ni intención), sino con amor. Espero que estas pautas le sirvan a alguien… y si no, pues que les dé la certeza de que los chiquitos SÍ comen (y que administran mejor que nadie su pancita y su digestión).

Imagen tomada de Nutrición.pro.

Y comienzo diciendo que siempre he pensado -y confiado en- que Irene come bien. No montañas de comida ni las mismas cantidades todos los días, pero sí lo que su cuerpo necesita: es una chiquita saludable que se mueve y crece a un ritmo apropiado (y arrebatador). El problema es que su padre-mi amorcito no siempre piensa lo mismo: a veces dice que no come verduras (sí lo hace, no en ensalada, en sopas), que no come frutas (sí, pero entre comidas), que no toma agua (poca, pero prefiero que los líquidos que tome sean nutritivos), que hay días en que no termina lo que se le sirve (casi siempre por malestar, calor, paseo o aburrición). Y aunque casi siempre es muy comprensivo, veo en su cara gestos de preocupación.

Consecuencias: leí(mos) el libro de Carlos González, visitamos al pediatra para que nos diera su opinión, hablamos con otras madres y nos propusimos bajarle a la sobreprotección: Irene reclamaba su espacio y autonomía, se los dimos…. ¡y esa última fue la primera solución!

En resumen, las pautas:

  1. Darle a nuestra pequeña un asiento particular (tan espacioso como el nuestro) en la mesa. Nada de tronas aisladas ni de rinconcitos al lado de papá y mamá. La primera nunca la tuvimos, porque desde que Irene se sentó con nosotros en la mesa la pusimos en la silla de la trona sin el comedorcito extra que trae para los niños (la altura, por fortuna, coincidió). Su plato se pone en la misma mesa que los nuestros, pero ahora no “entre” nosotros sino “enfrente” nuestro (a una distancia que refuerza la idea de “eres más independiente y autónoma, te haces mayor”).
  2. Ponerle un plato más grande (nuevo y colorido) y dejarla usar solita cuchara y tenedor.
  3. Comer todos al mismo tiempo y al mismo ritmo. Evitamos pasar al segundo plato (usualmente con carne y arroz -entre otros-) antes que ella, de modo que Irene tiene menos distracciones mientras come y se concentra en el primer plato lo suficiente para comerlo -si dice que no lo quiere, pasamos al segundo sin dolor.
  4. Hablar con ella mientras comemos: sobre lo rica que está la comida, sobre lo bien que come, sobre sus avances con los cubiertos… Creo que con ello se siente estimulada y parte del cuento. (Y come feliz y parejo.) 😉
  5. No darle nosotros la comida: sólo si ella lo pide, intervenimos. Y le alcahueteamos comer de nuestros platos, aunque tengan lo mismo que el suyo. Casi siempre termina comiendo de todos (confirmando que comemos lo mismo, pero comiendo con más satisfacción).
  6. Pasar definitivamente de angustias por regueros. Si ella pide babero se lo ponemos, si no, no. Dejamos que se ensucie sin aspavientos. Lo bueno es que con la práctica cada vez riega menos y maneja mejor sus cubiertos.

Y  ya. Sospecho que todo gira en torno a “dejarla estar”. Pienso que para ella es claro que comer es un hecho cotidiano y familiar, al tiempo que siento que ahora que tiene más libertad de movimientos y de espacio, está más tranquila y come más. No es igual todos los días y sigue habiendo instantes en los que no le apatece comer, sin más, pero usualmente esa “falta” la compensa a lo largo del día, con comida o con lechita de mamá. Ah, y no comemos casi ninguna golosina: sólo algunos helados (que adora), dulces caseros y frutas (entre comidas). En total, unas 5 comidas diarias.

No sé si estas pautas funcionen con todos los niños, pero creo que esto de comer mejor ahora es un comportamiento asociado con la edad (22 meses: sólo le faltan cuatro muelas, para empezar, y su motricidad fina mejora con los días… por no decir que habla como una loquita y le entendemos qué, cómo y cuándo quiere algo). ¿Algún consejo extra?

[Cierro diciendo que nuestra tranquilidad se traduce, sin duda, en su tranquilidad y que ahora papá se preocupa menos y disfruta más. ;)]

Anuncios

16 junio 2011 at 21:29 3 comentarios

Destete: ¿espontáneo o inducido?

Suena a vaca -definitivamente nuestra condición de mamíferos termina estando más asociada a la leche de vaca que a la leche materna, ¡qué horror!-, pero justamente no es esa leche la que está en cuestión. Más bien es mi tita o, mejor, la tita de Irene. Casi sin darme cuenta, terminé dejándome taladrar el cerebro con la idea de que quizás iba siendo tiempo de que Irene tomara menos pecho… y por poco echo al traste ese universo maravilloso de complicidad, tranquilidad, comodidad y felicidad que nos ha dado la lechita de mamá.

Foto tomada de Las confesiones de Sofía.

Fueron un par de días de dudas, y de “control” y reducción medio forzada de lactancia -con niña mimosa, llorosa y descuadrada-, pero pasaron rápidamente cuando en mi cerebro y en mi corazón se encendieron los instintos de mamá. Volvimos al “Irene tomará leche materna hasta cuando ella quiera” y desde entonces otra vez nuestra casa y nuestra vida fluyen felices y en paz.

Así que no recomiendo ni cortes abruptos ni dudas. Cada niño es un mundo, pero Irene me demostró en esos dos días -que ocurrieron hace un par de semanas- que incluso al guerrero más decidido le pueden hacer mella los comentarios entrelíneas y su inseguridad (grrrr). Pero por fortuna a ese soldado le sobraban ojitos amorosos y precisos que lo miraran y lo reconectaran. 😉 Los “quizás no come otras cosas porque está tomando mucha leche materna” o “esta niña está muy grande para andar tomando tanto pecho” o “tú y ella necesitan desligarse un poco” o “es que a la que le da más duro dejarlo es a ti”, etcétera, etcétera, etcétera, pasaron cuentas.

Cómo ocurrió

Resumo al máximo: mamá entró en dudas, intentó hablar con la pequeña (oraciones del tipo “ya estás muy grande, mi corazón. ¿No quieres mejor un banano [o un jugo, o leche -de vaca o de cabra- o whatever]? o “ya tomaste ahorita, mamá va a descansar” o “corazón, ya eres una niña grande, tita es sólo para dormir”) y lo único que consiguió fue desatar comportamientos totalmente extraños en su hija, plagados de llantos (que decían “¿por qué haces esto, mamá?”, con un “no entiendo” clarísimo -y justificadísimo- entre líneas y gestos), tristezas e ires y venires a la teta.

Lo que antes eran unas 4 o 5 tomas diarias (al levantarse, para hacer la siesta, después de comer y para dormir en la noche) se conviertieron en 10 o más discutidas, cortas, sufridas. Una calamidad. Terminamos con un ya no me dés en la noche que me duermo sola (no dicho pero hecho efectivo, con corazón arrugado por parte y parte) que logró ponerme en sintonía con las dos. Pensé, mientras lo oía dormirse, sentada a su lado, que todo ese comportamiento extraño era por la tita. O mejor, por la alteración totalmente absurda de nuestro orden. La tomé en brazos, la abracé, la pegué a mi pecho y la dejé comer en paz (que era lo único que quería). Y le pedí perdón, le expliqué qué había pasado y la besé. Fin de llantos y de comportamientos extraños (por ambos lados).

Mi conclusión

Creo que cada chiquito y cada familia tienen sus ritmos. Irene no come menos porque tome leche de mamá. Es cierto que algunas veces, si mamá no le ofrece algo para comer -a pesar de conocer sus horarios habituales de comida- o si estamos fuera de casita, la pequeña pide tita. Puedo saber por la hora si lo que tiene es hambre o sueño a secas. O si lo que quiere, realmente, es la tita de mamá. Pregunto y ofrezco (primero comida diferente. Si la respuesta es negativa, su querida tita) y según las circunstancias, procedo. No considero que esté apegada a su tita en particular. Le gusta, claro, pero si mamá no está come otra cosa (en caso de hambre) y ya. Sí le hace falta para dormir, definitivamente, pero yo no tengo problema en que se la tome. Llegará el día en que se duerma solita por físico cansancio y ya. Y eso que puede dormirse sola (no es que se quede dormida pegada a mí), pero le hace falta su traguito de buenas noches y la compañía de mamá.

Así que como estoy disponible para ella todo el tiempo y como siento que la tita no entorpece en lo absoluto su desarrollo (por el contrario, siento que lo fortalece: los dos días extraños justamente se caracterizaron por una niña fuera de sí, insegura y dependiente de mamá -lo que NUNCA con tita se da-), dejaré que sea ella quien decida espontáneamente -y sin trastornos- cuándo dejarla. Para quienes estén en otras situaciones (o en la misma y sin respuesta) dejo algunos links de Armando, de Bebés y más, sobre el tema, y otro sobre relactancia -porque siempre se puede volver al pecho… al menos algunos días después de dejar de mamar-.

Ah, y confieso que al empezar nuestra vida con la leche materna no sabía que iba más allá de los seis meses (a pesar de las charlas, los documentos, etcétera). En mi cabeza, absurdamente, creía que cuando empezaba la alimentación complementaria los niños dejaban el pecho sin más. Creo que la confusión se debía a que muchas veces se relaciona destete con introducción de otros alimentos. Por fortuna, entendí que comer otras cositas no implicaba -a secas- dejar de tomar lechita de mamá. 😉

[Y termino confesando menos tiempo en estos días para escribir en este hogar. Nuestra chiquita cada día está más activa. Y mamá no quiere perderse tanta vida revoloteando fuera y dentro de ella.]

Links relacionados:
El destete (I): aclarando el concepto
El destete (II): cuando es el hijo quien decide
El destete (III): cuando es la madre quien decide
El destete (IV): cómo hacerlo
Relactancia, volver a amamantar tras el destete

26 mayo 2011 at 09:20 9 comentarios

¿Cuánto debe comer un bebé?

También podría titular “¿cuánto debe comer un niño?” porque creo que el tema es válido para grandes y chiquitos. Supongo, en cualquier caso, que a más de uno se le ha pasado esta inquietud por la cabeza y me imagino también que -como yo- han tenido sus dudas por la infinitud de opiniones contrarias que hay al respecto. En esta entrada no daré respuestas definitivas, pero sí comentaré apartes del libro (que entra a nuestros recomendados) Mi niño no me come, del pediatra Carlos González: después de leerlo las comidas en casa han sido más tranquilas y -no sé si es idea mía o es verdad- casi pienso que Irene come más.

Bueno, esto de poner “bebé” en el título con una chiquita que ya no camina sino que corre, habla (aunque algunas veces sea en irinense), manda (¡mamá, ven!), coge solita la cuchara (no siempre, pero ni modo), tiene un colmillo -el inferior derecho- que ya asoma narices (y otros tres que ya vemos perfectamente en la sala de espera) y un montón de “adulteces” más parece un chiste, pero como la pregunta es válida a lo largo de toda la primera infancia (supongo) dejo “bebé” (saben que se puede cambiar por niño pequeño, si prefieren). En fin…

Ya entrando en materia, aclaro que en general nunca he pensado que Irene tenga problemas con la comida. Por el contrario, creo que es una niña que come bien, pues en general come de todo un poco (frutas, verduras, cereales, pescado, carne…) y no exige preparaciones distintas a las nuestras. Por supuesto, muchas veces debemos ampliar la oferta (en los desayunos y las cenas especialmente), pero eso no representa ningún problema. Creo que es normal que quiera probar otras cosas. En resumen, asumimos que está bien que un día prefiera arroz y carne en lugar de sopa y si el plato de la última se queda servido, no se nos viene el mundo encima: es natural.

Sin embargo, la pasada gripe trajo consigo una buena dosis de inapetencia que hizo más difíciles las comidas y preocupó muy especialmente al papá. Llantos, discusiones, angustias, lamentos y algunos malos tragos se hicieron presentes en la mesa, con lo que decidí incarle diente al libro que tenía en lista de espera tras los comentarios que había hecho de él Fran: Mi niño no me come, de Carlos González. Una bendición aclaradora para mamás y papás.

Lo que dice el libro
Creo que puede resumirse en tres ideas básicas:

  • La “inapetencia” es un problema de equilibrio entre lo que un niño come y lo que su familia espera que coma.
  • Los niños comen menos que los adultos porque son más pequeños. Su estómago es pequeño, por eso más que grandes cantidades de comida, necesita comidas concentradas, con muchas calorías por volumen (la leche, la carne, el arroz son algunos ejemplos de ello).
  • Ningún niño debe obligarse a comer. NUNCA. Debemos entender que comen a su ritmo, en porciones variables e impredecibles que dependen más de la energía que consuma (está creciendo) y de las necesidades nutricionales de su organismo. Obviamente, esto no significa que debemos olvidarnos como padres del asunto: creo que más bien indica que debemos confiar en nuestros chiquitos, acompañarlos, brindarles alimento SANO (no vale llenarlo de chucherías) y permitir que coman por sí mismos. La leche (rica en calorías y proteínas) es una buena fuente de alimento. Quizás por ello la lactancia (a demanda) es una bendición para los pequeños: les permite acceder a todos los nutrientes que requiere su organismo, como, cuando y en la cantidad que ellos requieran. No debe reemplazarse por agua (menos cuando son pequeños), debe ser exclusiva durante los primeros 6 meses y debe ser complementaria a otros alimentos después de esa edad. Pero, ojo: cada niño tiene su ritmo. Seis meses de vida no significan obligatoriamente boca y apetitos abiertos a todos los demás alimentos. Hay recomendaciones generales para saber cómo se van introduciendo estos que indican, además, que algunos niños pueden pedirlos antes o después de este tiempo. Nuevamente, el niño será quien dé la pauta de cómo se debe alimentar.

Mis conclusiones sobre el texto
Son varias. La primera, que cada niño es un universo y que al igual que todos los adultos somos distintos (y tenemos tallas distintas, además), los niños son diferentes y pensar que los percentiles, el peso y la altura tienen que ser unos y no otros es absurdo. De acuerdo con Carlos González, el peso es un parámetro de evaluación del niño que puede indicar, cuando hay una caída o un incremento abrupto en el mismo, que el niño puede requerir que se le explore -con exámenes, por ejemplo- un poco más. No es la medida de una competencia ni algo que evolucione proporcionalmente todo el tiempo: la edad y la alimentación de los niños (leche materna/leche artificial) incide mucho en su progreso.

Además de esto, concluí también -adobada por la experiencia de esa semana griposa en nuestra pequeña- que la alimentación es muy importante en los chiquitos, pero no por ello deja de hacer parte de su cotidianidad. Con esto quiero decir que nuestras expectativas deben de andar en consonancia con nuestro hijo y no con el del vecino, ni con el médico, ni con el libro. Hay factores externos que se relacionan sin duda con las ganas o no de comer que tenga un chiquito (una enfermedad, un rito familiar que permita ver al niño en las comidas un hecho natural,…) y nuestro papel -quizás- es ser sensibles a ellas y propiciar un ambiente tranquilo a la hora de comer. Esos llantos y quejas de Irene durante esa semana “inapetente” cambiaron de manera rotunda cuando dejamos de angustiarnos por que no quería comer. Dejamos que ella misma marcara su ritmo y, para nuestra sorpresa, cuando lo hicimos fue ella quien pidió sentarse con nosotros en la mesa (y quien cogió la cuchara para comer ella misma o para entregársela a mamá o a papá para ayudarle a comer).

Y el colofón
En cualquier caso, creo que al final del libro encontré un pensamiento que para mí resultó revelador. Según González, la percepción del apetito de los niños cambió radicalmente cuando la leche artificial llegó al mundo. Y no lo digo para satanizarla ni mucho menos, sino para enfatizar lo que me parece apenas natural: que cuando pudimos cuantificar la cantidad de comida que le dábamos a los pequeños, terminamos por pensar que podíamos inscribir su crianza en un cuadro simétrico en el que tendrían que caber todos. Y la naturaleza no funciona así. [No está de más mencionar que la afirmación revela también la dinámica del mundo capitalista -que ayuda todos los días a abrir más y más las brechas de inequidad y desigualdad entre los individuos-: ésa que exige que consumamos -comamos- en cantidades absurdas, para inflar mercados, para mantener activos los balances de multinacionales –como Nestlé (a la que hace un tiempo boicoteamos)– y para hacernos pensar que necesitamos más de lo que es realmente necesario. Los indicaciones detrás de los tarros de leche -que serán iguales a las que vienen detrás de los cereales, las papillas preparadas, etcétera- siempre tasan los promedios por encima de la media… ¡para vender más! Y más de un papá y una mamá pensará que su hijo come menos… o no come de plano porque no responde a esos parámetros. Aghh.]

Por ello, cuando buscamos una respuesta fiable a la pregunta que le da título a este texto, terminamos por encontrar mil verdades certificadas (¿cuántos menús, cuántas indicaciones, cuántas tablas con porciones de alimentos, cuántos cuadros de percentiles y demás cosas similares no se encuentran en las consultas de los pediatras, en los libros o en otros recursos?) que lo único que dejan claro es que ninguna es LA verdad (o mejor dicho, que no hay una respuesta única posible y que cada niño y cada familia encontrarán la suya). Por eso, cierro el texto con las palabras de Carlos González al respecto y con un listado de recursos relacionados (que incluyen una reseña no del todo a favor del libro, de la pediatra Amalia Arce) para que vean si les interesa. En nuestra casa, por lo pronto, decidimos disfrutar la hora de la comida y dejar que nuestra chiquita decida si quiere o no más. 😉

Sería absurdo pensar, sin embargo, que la alimentación de los niños cambiaba, simplemente, por modas. Estamos hablando de auténticos expertos en nutrición, que estaban al día de los avances científicos de su tiempo. Tal vez se equivocaron (y, desde luego, cuesta creer que todos tengan razón, cuando dijeron cosas tan opuestas); pero, sin duda, había un motivo para cambios tan radicales.

Creo que dicho motivo fue la lactancia artificial. En 1906, prácticamente todos los niños tomaban el pecho, de su madre o de una nodriza (el doctor Ulecia ofrecía reconocimientos de nodrizas por 15 pesetas). Algunos niños tomaban ya lactancia artificial, a base de leche de vaca con azúcar, con los desastrosos resultados que pueden imaginar. La capacidad de los lactantes pequeños para digerir y metabolizar el exceso de proteínas y de sales minerales en la leche de vaca es limitada, y era fundamental limitar estrictamente la dosis. De aquí la gran preocupación por la sobrealimentación, y los rígidos horarios de las tomas.

Por desgracia, los expertos creyeron que los horarios, que tal vez eran necesarios para los niños que tomaban leche de vaca, convenían también a los que tomaban el pecho. Incluso cuando el porcentaje de niños que tomaban biberón era muy bajo, los pediatras tenían más experiencia con niños de biberón que con niños de pecho, sencillamente porque estaban mucho más enfermos y acudían más a sus consultas. En aquellos tiempos, los pobres no iban al pediatra, y mucho menos si estaban sanos (llevar a un niño al pediatra para «revisión» era algo impensable). Es difícil hacerse cargo hoy en día (a no ser que se conozca bien el Tercer Mundo, donde la situación sigue siendo la misma) de la tremenda mortalidad que acarreaba la lactancia artificial en aquellos tiempos. El doctor Ulecia cita al respecto a otro experto, el doctor Variot, de Francia: “Las madres que niegan el pecho a sus hijos, sobre todo en los dos primeros meses de la vida, y los someten desde el nacimiento a la lactancia artificial exclusiva, los exponen a mayores riesgos de morir que los que corre un soldado en los campos de batalla”.

Los bebés que tomaban pecho hasta el año se criaban sin problemas, pues la leche materna lleva todas las vitaminas y nutrientes necesarios; y entre los pocos que tomaban leche de vaca entera, la consigna era no sobrecargar aún más el sistema digestivo. Pero la situación se deterioró rápidamente. Veinte años después, el doctor Roig se queja de que cada vez es más difícil encontrar una buena nodriza, y sus libros están llenos de anuncios de leches artificiales.

En los años treinta, los bebés tomaban leche preparada industrialmente, en la que se habían reducido las proteínas, pero también se habían destruido las vitaminas en el proceso de esterilización. Ahora necesitaban otros alimentos, sobre todo frutas, verduras e hígado, para evitar el escorbuto y otras deficiencias vitamínicas; y cereales y otros alimentos caseros para reducir rápidamente la dosis de la costosa leche artificial (o las madres más pobres volverían a pasarse a la leche de vaca entera, probablemente sin esterilizar, indigesta y a veces transmisora de la tuberculosis).

Un exceso de entusiasmo llevó a recomendar unas cantidades que los niños difícilmente conseguían tomar, y mucho menos los de pecho, que no necesitaban papilla para nada.

Por desgracia, todos los expertos parecen haber cometido el mismo error: dar a los niños de pecho las mismas papillas que a los que toman el biberón.

En los años setenta, la fabricación de leches artificiales había mejorado lo suficiente como para que los niños que tomaban el biberón no sufrieran escorbuto, raquitismo o anemia. Ya no era necesario el zumo de naranja para evitar el escorbuto, y se empezaron a apreciar, en cambio, los posibles peligros, más sutiles, de las papillas demasiado precoces: las alergias e intolerancias, la celiaquía. Progresivamente, las papillas se volvieron a retrasar: a los tres meses, a los cuatro, ahora a los seis. Personalmente, no creo que el proceso haya terminado; y será interesante ver qué nos depara el futuro…

Links relacionados:
“Mi niño no me come” (reseña de Amalia Arce en su blog “Diario de una mamá pediatra”)
“Mi niño no come” (otra vez Amalia Arce, con una experiencia)
¡Con plastilina, mamá? (la historia de Fran)
Y un video (en varias partes) con una conferencia de Carlos González, sobre las gráficas de peso (los famosos percentiles de los que hablan los pediatras):

Y pido disculpas: otra vez esto se fue largo. :S

28 marzo 2011 at 12:07 7 comentarios

Dientes, dientes, dientes…

De una salida progresiva y gradual de incisivos, pasamos a un ataque frontal de salidas de muelas. La buena nueva (aunque esa noticia también es grata para los avances de la chiquita) es que a diferencia del malestar y la irritabilidad que acompañó la asomada de narices de la primera de ellas, la llegada de dos nuevas muelitas simultáneas no han afectado en lo absoluto el ánimo de nuestra pequeña. Ni su apetito ni su sueño…

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=WY8jr_qdQLs]
La mala nueva es que esos dientes traseros no se dejan “retratar”. No sé si sea un asunto de fotógrafa, de cámara -me falla la nuestra. Snif- o de modelo. Lo cierto es que puedo dar fe de que hay dos señoras blancas y grandes saliendo de las encias de nuestra hija, que se suman a su segundo incisivo inferior izquierdo. Ah, las señoritas nuevas, por cierto, vienen acompasadas a ese mismo lado, arriba y abajo. 😉 Y amenazan en convertir a nuestra chiquita en una nueva versión de Cookie Monster. Jajjaja

PD: Dos detalles más. Sobre aprender a dormir tengo una nueva hipótesis (que voy confirmando lentamente): Irene duerme más horas seguidas cuando se duerme por sí misma. Si se queda dormida en su última toma de pecho y yo la pongo en la cama, suele despertarse a medianoche (después de 4 o cinco horas de sueño). La madre regresa, la acompaña pero no la saca y la chiquita vuelve a caer en brazos de Morfeo. Pero si su sueño llega después de comer e ir consciente a la cama y caer profunda después de revisar ene veces que la mamá sí la acompaña, puede dormir hasta 10 y 11 horas de un tirón. ¡Y sin lágrimas! [Ha de tener que ver algo con que ya tiene casi dieciséis meses, ¿verdad?. Recuerdo las palabras de Karina así que borro la anterior afirmación para evitar que se rompa el hechizo. Por cierto, dejo otro video (entrevista preciosa) del Cookie Monster original. Me hace recordar mis épocas de infancia. [♥ Suspirito, suspirito, suspirito ♥].

Y uno de los clásicos: 😉

Por cierto, a la fecha completamos once dientecitos en la boca de Irene. ¿Un montón, no? Espero que eso la convierta en Food Master. Jjejej.

26 noviembre 2010 at 06:38 3 comentarios

El dominio de la cuchara

A los quince meses (y antes), con compañía, con algo de ayuda y con mucho amor los niños pueden coger la cuchara por sí mismos y comer. No sé si pueden hacerlo desde los 3 meses, los 9 o los 10. Sé sí que Irene ya no quiere que nadie le ayude y que, para lograrlo, toma en sus manitos su cuchara (que le damos desde pequeña cuando nos sentamos a comer) y la de los papás (con la que furtivamente íbamos tomando bocaditos para darle mientras ella hacía sus ensayos). A veces la suelta, a veces no y a veces coge las dos. 😉 Se ensucia hasta el pelo, pero efectivamente come algo por sí misma. Así que ¿si experimentar sirve para aprender, por qué no dejar que se ensucien y aprendan a comer?

PD: y a propósito de las herramientas para comer, ya salió del todo la muela (la primera)… y empezó a abrirse camino -desde hace una semana- el segundo incisivo inferior izquierdo. ¡Esta sonrisa cada vez se ve más completa! Y los dientes salen a granel. 😉

PD. 2: No se pierdan la primera parte que publicó Victoria sobre la Guía de la buena esposa. ¡¡¡Tiene foto que comprueba la existencia del manual!!! Y muuucha tela para cortar (además de que está en su costurero). Un abrazo a todos.

19 noviembre 2010 at 08:33 7 comentarios

¿Cambia la lactancia después del primer año de edad? [2]

Continuamos nuestra entrada de ayer con la segunda parte prometida. Llegamos a los doce meses… y a un total de seis dientes. Cumplido el año los ensayos (ahora picarones) de mordiscos regresaron y, con ellos, los cambios adoptados para mantener la lactancia, sus beneficios y nuestra tranquilidad.

Foto: Bebés y más

El balance de nuestros cambios para mantener viva nuestra lactancia es bueno: ya no hay dientecitos afilados clavándose en mi pecho, el apetito de Irene por los alimentos complementarios crece considerablemente y las noches (que antes tenían unos 3, 4 o 5 despertares, cada tres horas) han mejorado muchísimo: ahora tenemos una chiquita que se despierta menos (una o dos veces en la noche, con lapsos de 6 horas o más) y que sólo toma teta a oscuras antes de caer en los brazos de Morfeo. En el día, sí, tenemos unas seis tomas de leche, antes de las siestas y de las comidas, además de unas cinco comidas cada vez más parecidas a las de papá y mamá. ¿Qué cambiamos y cómo lo hicimos? Empiezo a contar.

Mordiscos

Se presentaron inicialmente después de que asomaron narices los primeros dientes de la peque, creo que de una manera involuntaria y casi refleja, pues ella misma no era del todo consciente de qué función tenían los amigos del Ratón Pérez. Un no serio y explicado (estoy convencida de que los niños sí entienden lo que les dicen, sin importar su edad), seguido de un llantito asustado, fue suficiente para evitar dolores y continuar tranquilos nuestra lactancia. Alrededor del primer año, sin embargo, los dientecitos ya estaban bien identificados en su cabeza y se multiplicaban gradualmente en su boca: nuevos mordiscos picarones y poca atención al no adolorido de mamá volvieron a llegar.

Medidas

Concluimos que más que rechazo al pecho sus mordiscos eran una manera de distraerse y jugar. Decidimos entonces  no darle teta cuando ello ocurriera, manteniendo nuestro deseo de que Irene siga tomando lechita el tiempo que quiera (ojalá hasta los dos años) y protegiendo al mismo tiempo a mamá.

Aclaro, sin embargo, que interrumpir la toma de leche tras el mordisco nunca fue una manera de castigo (nuevamente le hablábamos sobre lo que ocurría y sobre el por qué lo hacíamos); era más bien una interpretación que creímos lógica de lo sucedido: si muerdes no tienes hambre, si juegas (ojitos picarones antes y después del mordisco -lento, medido- mirando a mamá), quieres jugar.

La consecuencia final fue que condensamos las tomas de leche de nuestra pequeña, omitiendo algunos aperitivos (no aquellos que calman caídas, por ejemplo, que más que aperitivos son protección, amor y consuelo) y dejando espacios más amplios para jugar. Irene, por supuesto, puede estar jugando horas eternas sin hacer ningún gesto de hambre (bueno, a veces viene gateando hasta mí y me coge el pecho, con una tosecita particular que significa en irinense “quiero lechita de mamá”). Cuando eso ocurre y veo que han pasado unas tres horas sin leche, le pregunto si quiere lechita. La respuesta suele ser el gesto que acabo de describir entre paréntesis, con o sin gateada, y, siempre, la tosecita característica. Le damos leche sin mordiscos. 😉 [Felicidad.]

¿Se pueden evitar los mordiscos sin dejar la teta?

Foto: Madres en la red

En nuestro caso fue posible, creo que por la dinámica bastante recurrente que tenemos. Nuestra vida tiene cada vez rutinas más establecidas, que se han ido creando a la par de la pequeña, siguiendo más sus necesidades que la nuestra. Obviamente esto no significa que hayamos esperado a que ella las definiera -creo que no hubiera sido posible, sobre todo cuando era pequeña-. Más bien significa que continuamos nuestra vida en casa más o menos como venía (con rutinas comunes, como dormir en la noche y hacer seis comidas en el día: desayuno, merienda, almuerzo, merienda y cena), haciendo cambios y ajustándola cada vez que sentíamos que ella lo necesitaba o pedía.

Por ejemplo, siempre nos hemos sentado juntos a la mesa (c0n ella en su cochecito, acompañándonos, cuando era muy pequeña), lo que creo que ha sido definitivo para que Irene se sienta atraída por los alimentos y para que participe activamente (pidiendo, cogiendo, explorando, probando y comiendo) en las comidas. Es más, cada vez me inclino más por la hipótesis de que si un niño ve a sus padres comer (y más si él mismo hace parte del suceso), querrá hacer lo mismo, al mismo tiempo. No gratuitamente se dice que muchas de las cosas que hacen los niños las aprenden por imitación. Irene, al menos, además de comer y pedir de todo lo que ve en la mesa, quiere peinarse sola, caminar a nuestro lado, salir a la calle y lavarse los dientes.

Distracciones y juegos

No me alargaré mucho en este apartado porque creo que ya quedó un poco resuelto con lo que escribí hace un rato. Sólo quiero agregar que a medida que Irene crece se hace más necesario mantener un espacio especial para la lactancia, alejado de ruidos y juegos. En nuestro caso, además, contamos con “herramientas” especiales para la tarea (un cojín de lactancia, una mecedora), que aunque no usamos siempre -no dejamos de darle lechita cuando estamos fuera de casa 😉 – nos ayudan a “ambientar” más el momento y a contextualizar. Una vez ella está satisfecha, se suelta e intenta bajarse solita de la mecedora. El mensaje, sin duda, es: “cambio de actividad”.

Cambio en las rutinas de sueño

Foto del Concurso de Fotografía del Grupo Nodrissa. 2003. Premi Coselleria de Sanitat: Millor Foto. Mónica Reneses. Albacete.

En nuestro caso, el cambio más significativo, quizás, son las rutinas de sueño de Irene. Hasta hace unas tres semanas, nuestra pequeña se dormía siempre pegada al pecho. Desde hace unos dos meses, sin embargo, durante sus despertares Irene tardaba muy poco en volverse a dormir, con lo que sus tomas nocturnas eran casi nulas. Había leído con frecuencia que intentar dormirla de otro modo (meciéndola, cantándole, etcétera) podía ayudar a que durmiera por lapsos más largos, pero los intentos habían sido efectivos sólo en algunas ocasiones. Decidí volver a intentar, con la premisa de que si veía que ella no estaba cómoda con ello y pedía pecho, volveríamos a tomarlo.

Vino la sorpresa: la primera vez, mi niña estaba descuadrada, intentaba pasar de una posición vertical a una horizontal (habitual en su toma). Protestaba un poco, sin llorar. Pasado un par de minutos, como si fuera lo más lógico, se recostó en mi hombro. Cinco minutos más tarde dormía plácidamente. Cinco minutos más, la acostábamos en su cunita sin riesgo de que abriera los ojos. Los lapsos de sueño, inmediatamente, empezaron a cambiar: de tres horas pasó a dormir en un solo tiro unas 5, 6 y hasta 7 horas. El resultado, por supuesto, fueron menos despertares.

Las circunstancias se mantienen iguales hasta ahora. La única diferencia, paradójicamente, es que yo me siento más cansada cuando se despierta y, aunque tarda lo mismo que con el pecho para dormirse (entre 5 y 10 minutos), mi cuerpo se queja más. Creo que los paseos por el cuarto, cargándola mientras se relaja, sumados a sus 9 kilos de peso, maltratan un poco mis rodillas. Pero no importa. Ella está tranquila. Y yo, ahora, duermo un poco más.

Nuestras recomendaciones

  • Dejar que el bebé marque los ritmos, aprendiendo a leer sus señales y a seguir, también, el instinto de mamá.
  • No dar nada por hecho ni definitivo: el ser humano es cambiante.
  • Permitir que el bebé, aunque adaptable, encuentre su manera de hacer las cosas (que seguramente no será la única y, como todo, variará, variará y variará ;)).
  • Mantener espacios que propicien silencio y tranquilidad a la hora de amamantar.
  • Establecer rutinas para las comidas (y si se puede, para dormir, pasear, jugar) que se ajusten al bebé y al hogar.
  • Compartir tiempo en familia: creo que los chiquitos quieren hacer las mismas cosas que queires los rodean. Por eso, sin duda, siempre querrán jugar con ustedes… y dormir y comer y explorar.

[Quedo debiendo (y lo enuncio para que no se me olvide) un par de textos sobre nuestras metas futuras y logros actuales de “Menos cosas, más felicidad”, además de otro sobre la introducción de derivados de la leche -exitosa y paulatina- y de otros alimentos como el pescado, los cítricos y el huevo, que recomiendan darle al bebé después del primer año. Ah, y un feliz trecemeses el jueves próximo. Crecen rápido, ¿ahh! Gracias a todos por sus comentarios. Y por seguir visitando esta casita. Un abrazo y un beso fuertes.]

4 septiembre 2010 at 11:40 3 comentarios

¡Dientona!

Tenía la firme intención de publicar hoy una entrada que tengo pendiente sobre nuestra vida (felicísima) sin el televisor, pero decidí posponerla nuevamente ante la inminencia de los hechos: mi pequeña me recordó que aún no hemos dado cuenta del nuevo miembro de su sonrisa, que mostró narices desde el pasado sábado 29 y que hoy, presuroso, se puso casi a la altura de su compañero de encia (a pesar de las casi 3 semanas de diferencia que hay entre uno y otro). 😉

Así lucía el sábado (nótese que a diferencia de su compinche, este pequeño salió rompiendo toda la encia a lo largo… creo que llevaba días y días rajando, pero sólo hasta el sábado consiguió abrirse un espacio).

Gracias al arribo de este dechado de calcio, mejoraron ostensiblemente los mordiscos de mi hija (mi cuello puede dar fiel testimonio de ello), sus comidas y, por supuesto, su sonrisa. ¿O no creen que se luce con sus 4 serruchitos cuando se carcajea tanto como hoy?:

(Y aseguro que la vista completa es aún más encantadora. Sonrisas para todos. Y esperanza, esperanza, esperanza. Si cada voto verde consigue un nuevo voto más, duplicaremos nuestras posibilidades de elección el próximo 20. Así que a las urnas, y a los amigos, a la familia, a los lectores… por un país que lo necesita de verdad.)

2 junio 2010 at 10:24 12 comentarios

Entradas antiguas


De sol a sol

octubre 2017
L M X J V S D
« Ago    
 1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031  

Contenido protegido

NO SE PERMITE USAR NI LAS FOTOS NI LOS VIDEOS DEL BLOG La casita de Irene a no ser con consentimiento expreso y por escrito. Todo el contenido de esta web se encuentra protegido (a no ser que se especifique lo contrario) por una licencia Creative Commons tipo Reconocimiento-No Comercial-Sin Obras Derivadas.

Categorías