Posts filed under ‘Maternidad’

¡¡Cuatro!!

Hoy hace cuatro años mamá se levantó con una pancita estirándose. Te estabas abriendo camino desde adentro y yo decidí ayudarte haciendo lo mismo afuera: caminar, caminar, caminar. ¡Si hasta el almuerzo me lo comí andando! 😊
Tengo tantos recuerdos maravillosos de ese día y de los siguientes que si quisiera enumerarlos no podría acabar. Necesito otros cuatro multiplicados por miles para acercarme apenas un poquito a la felicidad que nos has traído, chiquita.
Crezco contigo, crecemos… Y aunque ya casi no pasemos por esta casita (se ha impuesto la vida), aquí también celebramos tu amor infinito. Y damos gracias.
¡Feliz cumpleaños, corazón de nuestra vida!
Te amamos.

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9 agosto 2013 at 12:31 2 comentarios

“Calm Down”

Parece un chiste pero es verdad. Hace meses que no escribo ni en serio ni en charla. Hace tiempo que dejé a Irene congelada en los tres años o incluso en un poco menos. Hace rato que llegamos a los 3 y medio y, con ellos, a un espíritu más rebelde o determinado o reclamante de libertad o inmaduro pero ansioso de madurez… Hace días que nuestra hija dice que quiere tener cinco años (de una manera insistente), creo que como una forma de concretar en palabras que ella misma quiere estar más allá de esas limitaciones que parecieran colmar hoy nuestros días. En fin, que hace mucho que quiero venir a esta casita, servir un té y juntarme con mis amigas para hablar, pero no para responder a nada -aunque esté llena de preguntas-: sólo para hablar como solemos hacerlo nosotras, para desahogarme y ponerme al día. Así que aviso: puede ser largo y puede ser inútil, pero aquí va un intento de ponernos al día y de calmar nuestras propias aguas. 🙂

Empiezo diciendo que nuevamente estamos en una etapa de tire y afloje: Irene sabe qué quiere, pero sus deseos no siempre coinciden con los nuestros y eso da como resultado un crash, pum, traca, plash semejante al de los cómics. Aquí, sin embargo no hay happy endings ni endings en lo absoluto porque la vida no tiene finales sino nuevos comienzos. En fin. Que “vamos tirando”, como dicen los españoles. Aunque a veces pareciera que tiraran de nosotros, pero no voy a filosofar. El hecho es que con nuestra chiquita, como le pasará a la mayoría de los padres, las fórmulas ni existen ni pueden ser escritas. Ahora mismo está tranquila secándose tras su baño, pero es posible que en cinco minutos algo la altere (traducción: que algo fluya en un sentido contrario a sus deseos y no salga como quiere) y como resultado tengamos gritos, protestas, llantos. Es la reina del drama (nunca pensé que diría esto, pero puedo jurar que sabe interpretar el grito herido a voluntad, desde afuera, y, claro, también desde adentro). Y si, aunque me desespere y sienta que soy la única a la que le pasa, sé que es normal. Intento dejar que pase la tormenta. Ahora lo único que a veces me funciona es decirle calmadamente que merezco respeto y que me hablen con amor, que no entiendo gritos ni malos tratos y que cuando me grite simplemente no la oigo (como si pasará la brisa). Y ya. Lo aplico y ella entiende y se calma. Algunas veces. En fin. Esto empieza a ser una diatriba. Punto y aparte y cambio de tema. Ommmmmm.

Con sus clases de ballet sigue tan entusiasmada como siempre (¿cuántas veces es normal tener que pedirle a tu pequeña algo? Es que repito y repito y de verdad que lo que yo o mi amado le pidamos parece que sólo lo oye cuando está relacionado con sus propios intereses. Las instrucciones son claras: “ponte la ropa que está sobre la cama. No te quedes sin vestirte mucho rato que estás agripada”… Y como brisa. Ommmmmm. Paciencia. Ha empezado a vestirse como después de la cuarta vez de recordárselo. Al menos lo superamos sin gritos. Vuelvo a la danza). Hemos cambiado los ritmos cotidianos. Ahora mamá va a más clases, trabaja un poco más desde casa y ella hace más cosas sola. No siempre salimos todo lo que me gusta al parque, pero hemos incrementado también sus propias actividades por fuera: una clase más de ballet y una de idiomas. Ambas las ama. Le gusta estar con otros niños y tiene muchísima ilusión por empezar el colegio. Ya hemos hecho casi todos los trámites para ingresarla en el que queríamos, a tres cuadras de casa, y ella está encantada. Sólo empieza hasta el año entrante, pero sabe que encontrará allí a varios de sus amigos y vecinos. La ilusiona. En una semana tiene una pequeña jornada de adaptación. Ya fue aceptada Veremos qué tal marcha.

(Y empieza la crisis porque le dije que no podría ir a ballet hoy -se supone que como consecuencia de una actitud egoísta de su parte. No sé cómo más lograr establecer un punto. He intentado varias cosas. Al final, seguro hablaremos y terminaré llevándola. Pero el proceso nos cansa. La clase es en la tarde. ¿Alguna sugerencia para lograrlo que me ahorre el malestar y la protesta? Nuevamente punto y aparte. Y Ommmmmmm.)

Papá ha cumplido uno de sus sueños (uno de los grandes), pero cumplirlo ha sido sólo el comienzo. Tenemos proyectos conjuntos y a futuro veremos qué tanto logramos avanzar con ellos. Crucen deditos porque son bellos.

Mamá, por su parte, también anda con nuevas propuestas. Activas, pero lentas. No sé qué tal resulten, pero prometo dar noticias cuando se concreten un poco. Adelanto, sí, que he aprendido montones de cosas en el camino y que al igual que este blog y otros trabajos-pasiones del pasado, mis nuevos proyectos se centran en el desarrollo de contenidos (escribir, escribir, escribir. Qué bueno).

¿Qué más? Que he caído en nuevos usos móviles y eso ha cambiado sustancialmente mi acercamiento a estos medios. Ahora leo más, escribo menos, pero bueno. En este instante intento escribir con un teclado mini. Creo que el relato fluye distinto. Es increíble cómo una cosa aparentemente vacua puede cambiar todo.

En fin. Intento encontrar nuevamente raíces, superarme a mí misma y a todas las taras de mujer dócil y “respetuosa” que traigo por herencia. Intento rescatar mi instinto, pero a veces siento que mis deberes y compromisos como mamá (especialmente) me obligan a pensar en las necesidades de otros. Pienso en lo importante que es ahora un par-hermano-amigo para nuestra pequeña. Y comparto preguntas e inquietudes con mi otra mitad, con mi amado y admirado. Y ahí vamos.

Si llegaron a este punto son admirables. Cierro mi retahíla. Tengo historias prácticas para contar sobre cómo evitar la tos nocturna de grandes y pequeños durmiendo con una bufanda o con un cuellito cerrado (para los peques sobretodo). Quisiera contar que el “pedo, caca y pis” que inunda el vocabulario de los niños a estas edades (recuerdo a la mamá de Leo y Luca hablando de ello) también llegó a esta casa de manera espontánea, y que los progresos en los garabatos infantiles siguen relevando un desarrollo natural que no se diferencia en casi nada del que evidencian los niños escolarizados desde pequeños. Nuestra chiquita sigue siendo un reto. Y de su mano vienen pegadas preguntas (ya saben), cansancios y sueños. Ah, a lo mejor en un mes saltamos el charco de trabajo y de paseo. Pero esa es otra historia que quedo debiendo.
Un abrazo a todas. Sigo visitándolas en sus casitas aunque guarde silencio.
Besos.

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7 mayo 2013 at 10:23 Deja un comentario

De vuelta

O al menos en la ruta de regreso. Aunque si lo pienso bien, nunca hemos estado ausentes, sólo silenciosos. En cualquier caso, vuelvo: con historias rápidas y con pretendidos resúmenes de nuestros últimos meses que se quedarán -aviso de antemano- cortos. Vuelvo con el corazón lleno y aún un poco disperso. Creo también que regreso con otro tono porque ahora andamos a otro ritmo. La vida cambia, qué le hacemos. Pero no hay de qué preocuparse: espero que los cambios puedan enriquecernos.

la foto

Y empiezo por la protagonista y musa de esta casita: nuestra chiquita, que ya cumplió tres años y medio. Habla todo el tiempo, pregunta todo (por qué, por qué, por qué. Descubrí de su mano que cuando los papás dicen que los por qués son incansables, no es cuento), juega solita, argumenta, discute, reclama y exige; es amorosa, mandona, inquieta. Irene es un torbellino de vida entre nosotros. Y ahora no sólo lo siente, lo sabe y nos absorbe e inunda con su energía a conciencia.

The Determined Child

Una de las entradas que tenía entre mis borradores, que ya no sé si escriba por aquello del nuevo tono que siento que empezará a sentirse en estos textos, hablaba sobre las características y la personalidad de nuestra pequeña. Estuve leyendo un poco más sobre algo que ya había hablado antes en esta casita y llegué a la conclusión (bueno, le puse nombre a lo que sabía) de que nuestra chiquita encajaba bastante en el tipo que Carol Tutle, en The Child Whisperer, llama el niño determinado o “type 3, the determined child” (y pego parte del documento para no alargar):

    • Adventurous
    • Assertive
    • Busy
    • Busy body
    • Competitive
    • Determined
    • Down to Earth
    • Energetic
    • Enterprising
    • Entrepreneurial
    • Feisty
    • Independent
    • Industrious
    • Into everything
    • Little tiger
    • Loud

Un tipo que también se describe con frecuencia como (vuelvo a citar a Tutle):

  • Aggressive
  • Demanding
  • Hot-tempered
  • Mind of their own
  • Mischievous
  • No nonsense
  • Outgoing
  • Passionate
  • Persistent
  • Practical
  • Quick
  • Rambunctious
  • Resourceful
  • Restless
  • Risk taker
  • Rowdy
  • Strong-willed
  • Swift
  • Take charge
  • Over-reactive
  • Pushy
  • Wild

En fin. No pretendo recomendar a la señora Tutle, que por lo visto en algunas cosas deja mucho que desear (baste mirar los comentarios que hay en Amazon de su libro). Sólo quiero comentar que de alguna manera he tenido una especie de revelación extra con respecto a nuestra chiquita y que gracias a ella he concluido que eso que antes me parecía rebeldía (en el sentido clásico: ¿recuerdan nuestras entradas sobre la velocidad de los niños, y sobre el demonio de Tasmania que podía llegar a ser una (NUESTRA) niña de tres años y el reto diario que implicaba estar convivir con el monstruito en cuestión?) no es más que una manera de ser y por tanto un modo particular de relacionarse con el mundo y empatizar que nosotros como padres debemos aprender a reconocer y desarrollar. Suena a cosas que he dicho antes, pero hubo un clic después de que leí esas  pocas líneas que parecían describir a Irene. Dejo un video (hay uno para cada tipo: son 4 y están resumidos en la ilustración de la entrada original que escribí sobre el asunto) que quizás ilustre las cosas un poco más (y con esto, casi que escribí la entrada que tenía en borrador. Aghhh):

Quizás ahora va a quedar un poco traído de los cabellos contar otras tantas cosas. Por lo visto, dejar el tono típico ilustrativo que me caracteriza no es fácil. 😉 Dejaré las historias resumen de esta casa para otra entrada. Acorto diciendo que nuestra chiquita está que pide colegio, que he concluido que los niños ilustran solitos su realidad (Irene ahora ha perfeccionado, sin instrucción, por imitación si acaso o por simple desarrollo, sus dibujos. Prometo foto en la entrada correspondiente, dejo una básica acá) y que por mucho que pretendamos educar “a nuestro modo” -entiéndase el mejor modo que creemos posible- hacemos parte de una cultura y eso que a veces pretendemos evitar porque nos parece “amañado”, termina por llegar a nuestros chiquitos casi por ósmosis del ambiente. Conclusión veloz: más que imprimir un modo de vida, los niños necesitan herramientas para evaluar y, si es el caso, cuestionar y argumentar en torno a lo que los rodea. Una perogrullada más.

Me despido: las y los extraño. Pero los leo. Hemos caído víctimas de los dispositivos móviles de lectura (y conexión a la red) y escribir ahí es más difícil de lo que parece. Intentaré volver a este patoaparato (léase ordenador de mesa) con más frecuencia. Un abrazo para todos desde acá.

30 marzo 2013 at 10:59 4 comentarios

La velocidad de los niños 2

Me siento escribiendo una saga, pero para tranquilidad de todos (incluida yo misma) espero que no llegue a ser nunca el caso. Lo cierto es que debo hacer justicia y hoy, un poco más de un mes después de la primera entrada relacionada con la velocidad de los niños (inspirada en buena parte por las dificultades que teníamos con Irene al comer), quiero compartir lo que parece haber sido una especie de fórmula mágica en nuestra casita, no infalible, por supuesto, pero sí acertada. Creo que gracias a ella Irene parece empezar a entender un poco más el tiempo… y los ritmos. 😉

La persistencia de la memoria” (o los relojes blandos), de Salvador Dalí (1931).

Y aunque suene a chiste, empiezo veloz (no sea que la pequeña se levante antes y yo tenga que dejar esto en puntos suspensivos).

Recapitulo rápidamente -jejjeje, me siento la antítesis de Despacio, la Fundación amiga de la que hablé en la entrada anterior-: Irene anda a otro ritmo, más libre de horarios y de limitaciones semejantes a las que relataba Cortázar en las instrucciones (y su preámbulo) para dar cuerda al reloj -que se encuentra, por cierto, en su Historias de cronopios y de famas.

Y aunque eso suene ideal racionalmente emocionalmente y yo misma extrañe, anhele y hasta intente vivir así, nuestro mundo occidental no se inventó el reloj de la nada y los horarios existen cuando menos para ir a una cita médica o una clase de ballet o bla, bla, bla. En mi corazón sigo abogando por intentar inscribirnos en los ritmos de los chiquitos, pero sentarse a diario 2 horas (tres veces al día) con tu pequeña en la mesa mientras esperas a que termine su comida puede resultar frustrante. Así que como lo habrán hecho en otros momentos algunos padres, busqué posibles armonías (no gratuitamente, un término musical) y, voilà, encontré una que parece funcionar en nuestro hogar.

Una amiga me dijo que una psicóloga le había recomendado explicarle a su hija (de ahora casi 5 años) con toda la naturalidad del mundo que cada cosa tiene su tiempo. En la práctica esto se concreta al decirle al chiquito al llegar a la mesa: “corazón, tienes 20 -cada uno calculará lo propio- minutos para comer. Si no terminas en ese tiempo, levantaré el plato de la mesa”. El tono, por supuesto, no es ni de amenaza ni de estrés ni de regaño, ni de nada. Es simplemente la afirmación de que hay un espacio y un tiempo para comer y que una vez pase habrá un espacio y un tiempo para algo más. La primera vez, por supuesto, Irene padeció no poder terminar su media-mañana (onces para los bogotanos, merienda para los demás) y me pidió que se la dejara (llantos) y etcétera. Era casi la hora del almuerzo así que le dije con besos y abrazos que ya había pasado el tiempo y que justamente por eso no se lo podía volver a dar; que pronto nos sentaríamos a almorzar, que sabía que ella me entendía y que yo me había equivocado antes al no saberle explicar a qué me refería cuando le decía que debía comer más pronto su comida. No dramaticé el asunto y lo reduje (o intenté hacerlo) a la instancia de un hecho: intenté explicarle en la práctica qué son los horarios y por qué tantas mañanas antes de salir a su clase de ballet terminábamos diciendo que íbamos a llegar tarde. Que no quería que eso volviera a ocurrirnos y que para ello había decidido avisarle cuánto tiempo teníamos para cada una de nuestras comidas, que de algún modo me había equivocado al no haberlo hecho antes. Quería que disfrutara su comida pero también todo lo demás.

No suena ideal, pero funcionó a rajatabla. Bueno, lo de rajatabla es relativo, por supuesto, porque nunca estoy mirando el reloj en realidad ni estoy pretendiendo que ella coma al mismo ritmo de nosotros, pero sí es un hecho que ese anuncio de tiempo hace que ella tome conciencia de que hay un ritmo particular que debemos seguir y que el anuncio, seguido de oraciones como “voy a comer como Angelina” (su bailarina ideal, que come cucharadas grandes y continuas para mantenerse fuerte), ha armonizado en todos los sentidos nuestras comidas: Irene come de un modo más consciente y nosotros podemos disfrutar de nuestros platos sin los consabidos “apúrate” de antes. Todos estamos más tranquilos y ella nunca más ha visto que su plato se aleje con comida de la mesa (excepto porque ella pida que así sea. Ya decía Carlos González que no hay que pelear con los niños por la comida -ni por nada ;)). Parece competitivo (inevitablemente más de una vez alguien le ha dicho “te voy a ganar”), pero creo que a la larga ha sido una manera amorosa -radical, en principio- de intentar enseñarle que el tiempo existe. Luego veremos cómo logramos que no se esclavice a su idea y que mantenga, junto a sus ritmos, libertad.

Yo siempre he pensado -y cierro con este inciso- que la inteligencia emocional ideal debe incluir un apartado que nos permita vivir en el mundo en relativa paz aunque a veces pensemos de un modo que parece estar en contravía de los demás (bueno, de la mayoría). Ser consciente del tiempo no implica ser su esclavo, sino saber que está allá y que será necesario recordarlo para algunas cosas de modo que sea posible, justamente, pararse enfrente suyo y vivir sin la idea de que se va a acabar. Pausarlo… aunque sea “imaginariamente” (Otra de las ventajas de no tener a Irene aún en escolarizada y de no tener de salir corriendo a trabajar).

Sé que ese mundo ideal no lo puede vivir casi nadie, pero ya es mucho cuento que pensemos o intemos acercanos a él, ¿verdad?

Y aunque parezca contradictorio, dejo aquí a mi gurú primero:

PD. No estaba perdida ni me había ido de parranda, anque sí debo historias de la bailarina de la casa. A ver si esta modorra cibernética se acaba. 😉

12 diciembre 2012 at 08:13 1 comentario

¿Carácter, temperamento o personalidad? “Cómo educar a un niño feliz, exitoso y cooperativo” O-O

Dejo a los psicólogos las diferencias, aunque parece haber consenso en cuanto a que el primero es aprendido, el segundo es fisiológico y el tercero es la suma total de lo que somos (cultural y físicamente). Pero… ¿han pensado cómo pueden influir las particularidades de un chiquito en su comportamiento y -por supuesto- en el acercamiento que debemos tener a ellos como papás?

No daré respuestas porque no las tengo, pero sí quiero compartir una sarta caótica de pensamientos que parecieran apaciguarse un poco en la imagen que acompaña este texto. Tanto mi amorcito como yo hemos concluido que en casa tenemos a una chiquita con temple y decisión para todo, que no se amedranta fácilmente, que sienta posiciones, que opina y revela con cada uno de sus comentarios un carácter y un temperamento firmes que van más allá de la edad (no sé si más lo primero que lo segundo… o lo segundo que lo primero, ¡¡??). También debo agregar que es “una cajita de música”, amorosa, sociable, dulce. A veces pareciera que razonara como un adulto y otras saca a relucir esa inocencia soberana que derrite argumentos sin chistar. Sin duda, muchas cosas cambiarán con los años, pero creo que Irene nos obligará a ampliarnos el panorama, a cambiar el orden de muchas cosas y a discutir sobre nuestras propias concepciones del mundo y sus limitaciones (¿serán las mismas entonces?). En cualquier caso, digo, ¿si ya hace todas las anteriores a los tres años, a los quince qué nos esperará? 😉

Sea cual sea la respuesta, tengo claro que justamente esa manera tan particular de ser y estar de los pequeños es el punto de partida obligado de acercamiento a ellos que tenemos sus papás. No habrá “manual de instucciones”, pero sí una sensibilidad potencial para intentar entender que cada niño requiere un tratamiento distinto y que cada adulto, niño también en algún momento, tendrá cuando menos un tris de ventaja (léase al menos autocontrol y razón desarrolladas) para “encauzar” ese carácter y temperamento particular… No serán susurros (la imagen es The Child Whisperer) lo que oigamos siempre, pero sí un corazón palpitante -bueno, dos: uno en el pecho, otro un poquito más lejos- que puede enseñarnos a amar. Así que si todavía andan buscando pistas para entender a un chiquito, miren la imagen que acompaña este texto y si aún así se sienten perdidos, les recomiendo que vuelvan al punto de partida, cierren los ojos, cierren razones y cierren egos: escuchen simplemente su corazón y el de sus pequeños (suena abstracto, pero es cierto). 😉

Abrazos,

A.

23 noviembre 2012 at 08:13 2 comentarios

Menos cosas, más felicidad: ¿Cómo evitar el consumismo y educar en la simplicidad?

Últimamente nuestra chiquita ha empezado a expresar su deseo de tener (o retener) ciertas cosas. No nos preocupa mucho en este momento porque a fin de cuentas quienes deciden o no comprar ahora somos nosotros (otro tema es el de regalar-heredar), pero sí nos ha puesto a pensar sobre qué podemos hacer para sobrellevar nuestro mundo de consumo (y toda su avalancha de mensajes)… que si en el 2012 es complejo… ¿cómo será en diez años más? ¿Han pensado en formas de evitar el consumismo en un chiquito? Aquí van nuestras ideas -me encantaría conocer algunas más. 😉

Imagen tomada de Simple Mom.

No sé cuántas veces he hablado en esta casita sobre menos cosas y más felicidad. Sigo estando convencida de ello, pero Irene nos ha sorprendido con comentarios del tipo “a mí me encantan los regalos” o “Pepita me trae muchos regalos cuando viene”, producto, sin duda, de la generosidad de sus tías. Mamá y papá insisten en que son más importantes las personas y las experiencias (y las emociones), que las cosas materiales van y vienen y simplemente nos dan comodidad. Nos esforzamos en precisar el concepto de “necesidad”, pero tenemos una chiquita inquieta y argumentativa. Nos hemos dado cuenta, en resumen, que por más que nosotros intentemos mantenernos un poco al margen, vivimos en un mundo de consumo que -si no se asume de un modo consciente- puede generar muchísimas insatisfacciones (ni hablar de la posibilidad de desviar la atención hacia lo inmediato, lo efímero, lo material).

Así que ¿cómo podemos vivir con menos cosas y más felicidad y, por supuesto, cómo podemos criar y educar a una chiquita que aprenda de ello y logre sobreponerse a la presión de consumo-moda-dinero que nos rodea? No pretendemos que viva ajena al mundo sino que aprenda a tomar decisiones que no la esclavicen ni desde el deseo ni desde el tener. Aquí hay algunas conclusiones. Me voy con lista para simplificar nuestra manera de educar en el no consumismo. ¿Se podrá?

  • El ejemplo: si nosotros nos pasamos la vida acumulando objetos (comprando, heredando, guardando, etcétera), sin duda nuestro chiquito también lo hará. Si, por el contrario, logramos controlar nuestros propios impulsos y somos capaces de apuntar a una vida más simple en todos los sentidos (con menos visitas al supermercado, por ejemplo, con revisión de armarios cada cierto tiempo -aghhh, ¡me falta!-, con menos visitas a los centros comerciales y menos afanes tecnológicos -que invitan a cambiar de computador-teléfono-tablet-tv y un largo etcétera cada cierto tiempo-) seguramente nuestro chiquito también lo hará.
  • Minimizar la avalancha de anuncios (no ver televisión ayuda mucho. ¿Han visto qué tan larga es la franja publicitaria en el horario infantil y cómo se incrementa -por ejemplo- en Navidad?). En casa, los regalos son sorpresa y evitamos toda suerte de revistas, folletos y catálogos que cumplan su propósito de antojar.
  • Sirve y mucho controlar las compras (y los antojos, incluso cuando son de los chiquitos). Aunque se tengan los medios, decir “no” es una buena manera de educar al margen del consumo. Puede gustarte, puedes quererlo, pero no lo necesitás (casi nada se necesita, realmente). Nuestras palabras mágicas son: “llévemoslo dentro de la tienda un ratito para que nos acompañe y luego lo dejamos nuevamente con sus amigos”. Ella se siente feliz por pasear con el objeto de su deseo (casi siempre un muñeco) por un rato y luego, con sus mismas manitas, lo lleva a su sitio y se despide con tranquilidad. Ha funcionado hasta aquí y espero que siga funcionando a pesar de los recientes: “es que yo lo quiero comprar para llevarlo a la casa, yo lo necesito”, bla, bla. (Cuenta también la rotación de nuestros propios productos, decirnos “no” a nosotros y evitar andar siempre lleno de bolsas. Un niño, creo, puede entender rutinas -de mercado, por ejemplo-, pero quizás no tenga las herramientas para diferenciar entre esas compras necesarias -de comida- con las innecesarias de lujos -y ahí cada quién juzgará.)
  • Reducir los regalos que se reciben. Este tema es complejo y definitivamente supone un poco más que nuestra propia voluntad (implica, cuando menos, la capacidad de convencer a todos los tíos, abuelos y demás amigos generosos que nos quieren llenar las manos con regalos de que es más importante su compañía y amor que un objeto), pero creo que se hace necesario… sobre todo cuando el chiquito en cuestión empieza a asociar las visitas con regalo y antes de decir “hola”  pregunta “¿me trajiste algo?”.
  • Regalar, reciclar, botar. Nosotros apenas empezaremos con este tema, pero el creciente volumen de juguetes exige que tomemos medidas en el asunto. Queremos que Irene participe en el ejercicio. Espero que sea fácil; si no, nuestro propio desprendimiento será fundamental (y de paso la revisión de nuestros propios armarios primero, con el pequeño a bordo, ayudando, puede ser una manera de motivarlo).
  • Disfrutar de los viejos juegos (sin aparatos y artefactos de por medio, con manos, rondas, cantos y un buen amigo, además) y del aire libre. En nuestro caso esto último es fácil por aquello de que tenemos verano todo el tiempo. Creo que es más sencillo estar con menos cuando tienes a tu alrededor un universo abierto para disfrutar.
  • Buscar un colegio y unos amigos que apunten a lo mismo. La educación prohibida habla justamente de un modelo de educación imperante que les enseña a los niños a producir para consumir (retos, premios, competencias, castigos). No ha de ser una tarea fácil mantenerse al margen, pero sin duda se simplificará más si los mensajes son más o menos parecidos. Las recomendaciones de Simplicity Parenting pueden servir una cantidad.

Podría seguir con algunos, pero los dejaré para una entrada futura porque una pequeña duendecita acaba de despertarse. Nuestra vida, en cualquier caso, sigue fluyendo cada vez más tranquilamente. Y nuestra Irene sigue iluminando con sonrisas (a veces con protestas, cada vez más pocas). ¿Su vida cómo va? 😉 [Por cierto, un buen detonante de estos pensamientos fue el capítulo de esta semana -el 7- de Según Roxi. Menos, menos, menos. Aghhh]

22 septiembre 2012 at 15:47 5 comentarios

¿Y para qué juguetes?

Este video lo compartió Nuria en Facebook. No resisto la tentación de pegarlo acá. Creo que va muy en la línea de lo que estuve escribiendo en mis últimas entradas. ¡Gracias, Nuria, por regalárnoslo! La conclusión: los niños son unos genios, sólo nos necesitan a nosotros, no más.

7 septiembre 2012 at 07:16 1 comentario

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