Posts tagged ‘Crianza’

“Truth About Mom”: verdades de mamá

Esta semana, encontré un artículo precioso y revelador sobre (¿crianza?, ¿educación?) las verdades de las madres, que me ha puesto a pensar en qué cosas me gustan o me interesan a MÍ realmente, como un camino para encontrar nuestra manera de ser papás. Sé que he hablado de muchas de ellas en esta casita, pero al leer otro texto -sobre Homeschooling, maravilloso, que me llevó al que mencionaba originalmente- me di cuenta de que, en general, muchas de las cosas que pensamos ideales para la crianza de nuestros hijos pueden no ser realistas con nuestra vida, nuestros gustos, nuestras circunstancias o nuestras metas. Decidí entonces “decirme” la verdad y tratar de encontrar esas particularidades que hacen que yo sea el tipo de mamá que puedo ser y no otra distinta, con la certeza de que -como lo dice Sarah, la autora de los dos textos reseñados- esta reflexión me ayudará a ser una mamá tranquila y feliz (y por lo tanto, nuestra chiquita será una niña tranquila y feliz, sin importar las cosas que hagamos o el lugar en donde estemos). ¿Cambiará la lista con el tiempo? Es apenas natural… así que será un tema en el que tenga que volver cada tanto. ¿Se animan?

La propuesta es relativamente simple: debo pensar primero en mis puntos fuertes, en segundo lugar en las necesidades de mi familia como un todo y en tercer lugar en las necesidades individuales de cada niño (en este caso, de Irene), teniendo en cuenta sus fortalezas. El reto original (es decir, el que dio lugar al que yo encontré) surge de un texto de una mamá que se puso en la tarea de pensar sobre los principios de mamás felices que educaban en el hogar. Parecería que me estoy volviendo monotemática con el asunto, pero lo cierto es que pienso que aunque el origen de todo esta historia es la reflexión sobre la educación en casa, el resultado bien puede funcionar para la crianza de los chiquitos y, por qué no, para lograr una vida más tranquila y feliz en cualquier hogar.

A veces pienso que cuando somos padres tendemos a desconectarnos de nuestro instinto para seguir consejos o modelos que quizás no se adapten a nuestras vidas. Caemos fácilmente, en consecuencia, en una trama de inseguridades, insatisfacciones, temores e infelicidad que podríamos evitarnos si nos permitiéramos escucharnos más a nosotros mismos y a nuestra realidad.

Así que sin afán de consejo, pero sí como ejercicio personal que quiero dejar por escrito (siempre pienso que Irene podrá encontrar en algún sitio esta historia de nuestra experiencia y que estas palabras le ayudarán, aunque yo no esté presente, si algún día ella misma llega a ser mamá) y que quizás pueda inspirar a alguien más, empiezo mi lista de verdades. Espero que nos sean de muchísima utilidad.

  • Adoro escribir y leer. Creo que no sería feliz si no tengo un libro para hojear en las noches: me encanta quedarme dormida con una historia entre los dedos y adoro hacer un cuento de todo, con palabras más que con imágenes (lo segundo no se me da, pero no me quita las ganas de narrar).
  • Soy metódica, aunque a veces me cuesta terminar todo lo que empiezo. Me gusta encontrar una manera de simplificar procesos y odio perder tiempo tratando de hacer cosas que se pueden sistematizar (y no hablo sólo de procesos tecnológicos…).
  • Me gusta hablar. Mucho. En mi intimidad. Con Irene me he dado cuenta que tiendo a verbalizar todo (bueno, no tanto: soy medio cohibida para expresar ante extraños lo que pienso). Y pregunto razones o detalles de todo. Soy inquieta y me gusta dialogar.
  • Soy muy racional. Este punto a veces juega en mi contra, pues tiendo a explicar todo, a veces desconociendo que hay cosas que no caben en las palabras (o a sabiendas de que es así, pero olvidando que puede ser bueno simplemente sentir y callar).
  • Con lo único que soy minuciosa y perfeccionista es con lo abstracto (lo que escribo, lo que leo, lo que pienso). Tiendo a hacer muchas cosas prácticas al cálculo (recetas, proyectos de costura), ignorando a veces instrucciones. La buena noticia: no me frustro fácilmente con los resultados; si no sale lo que planeé soy buena para buscar alternativas o para dar por cerrado el intento sin que me quedé un sinsabor fatal.
  • No soy buena para trasnochar, no al menos haciendo cosas que impliquen pensamiento: si debo pensar, la mañana es una mejor hora.
  • Soy paciente.
  • Soy prudente.
  • Soy tranquila. El problema: no me gusta que se me altere mi espacio de paz. Y soy mala para oir ruidos todo el tiempo (odio, por ejemplo, las emisoras con conversaciones todo el día. O estoy oyéndolas atenta o debo apagarlas. No me gusta el ruido de voces al fondo… y eso a veces hace que no me dé cuenta de que estoy rodeada de mucho silencio… yolvide que a mi amorcito y a Irene les gusta un poco de “música” y actividad).
  • Suelo hacer varios proyectos al mismo tiempo… pero si algo no “me atrapa”, lo dejo con facilidad.
  • Intento ser más manitas, pero se me da mejor lo de pensar.
  • Me gusta muchísimo estar al aire libre.
  • Me gusta viajar.
  • Me distraigo fácilmente con las pantallas (es una ventaja no tener televisión en nuestra casa).
  • Tiendo a poner los deseos de otros por encima de los míos. Puede ser generoso, pero a veces restringue claridad.
  • Me gusta que tengamos tiempo libre en familia, sin actividades fijas. En esos ratos, por ejemplo, me encanta salir a caminar.

Creo que tendré que hacer una lista con las fortalezas de Irene y otra con nuestras necesidades de familia… Viéndolo bien, no era tan sencillo. Queda en “continuará”. 😉

Imagen tomada de Short-Story-time.com

8 febrero 2012 at 09:42 5 comentarios

¿Nos cambia la vida ser papás?

Más de uno dirá que la respuesta es obvia. Sin embargo, los detalles que expliquen cómo puede cambiarnos la vida y la percepción que tenemos de ella la llegada de un bebé son los que merece la pena pensar. Hace unas semanas tuvimos el gusto de encontrarnos con un par de padres recientes, amigos de buena parte de nuestras vidas y -aunque los cambios saltan a la vista- no parábamos de hablar sobre cómo felizmente se cambia al ser papás. Doy puntadas a algunas reflexiones, segura de que si estos son los cambios que experimentamos con 20 meses de paternidad, la nuestra será una historia interminable -tan fantástica como la de Ende ;).

Y sé que no soy la única que piensa de este modo. Es más, hace un par de meses circularon en más de 60 blogs respuestas a la iniciativa “10 cosas que he aprendido de mi hijo” de la web Amor maternal. Nosotros no participamos entonces (en parte, porque cada una de las respuestas que leí me parecían válidas. ¡Es difícil reducir a 10 los aprendizajes recibidos de Irene! Si empiezo a enumerarlos creo no podría acabar).

Hoy no voy a hacer un listado (con la mala reputación que tengo por entradas kilométricas, más de uno no sabrá si suspirar de alivio o temblar. Jajjaja). En su lugar quiero compartir una reflexión que incluí hace algunos días en un comentario de Bebés y más, a propósito de los pañales de tela. Y quiero traerlo acá porque sólo entonces verbalicé una transformación en nosotros (como individuos, pero también como familia) que ha surgido casi espontánea y naturalmente, y que nos obliga a dejar de pensar de manera individual para comenzar a pensar -ahora sí no sólo en el discurso sino también en la práctica- en los demás. Decía mi comentario:

“Nuestra experiencia con los pañales de tela ha sido fundamental, pues no sólo ha sido gratificante en términos de salud, economía y comodidad […]. Usar pañales de tela ha cambiado radicalmente nuestros hábitos (especialmente los de consumo), haciéndonos más conscientes de la basura que generamos, de la importancia de reutilizar (no sólo los pañales), de evitar el contacto con químicos (hasta huerta orgánica hemos sembrado) y de vivir con menos cosas y con más felicidad (así llamamos una serie en nuestro blog donde compartimos experiencias relacionadas con esos hábitos).”

“Sin duda la sola experiencia de ser papás nos ha “tocado”, pero también estoy segura de que el habernos permitido pensar un par de veces en los productos que consumiríamos para la crianza de nuestra hija (no usamos shampoo sino miel, con maravillosos resultados; no limpiamos la casa con detergentes sino con vinagre, para decir más, evitamos comprar alimentos procesados, la mayor parte de nuestras compras son de productos orgánicos, etc, etc, etc.) nos ha enriquecido literalmente mucho más: la vida, la alimentación, el bolsillo… Quizás por ello no es gratuito que la entrada en la que compartimos la llegada de los pañales de tela a casa sea una de la que más visitas tiene de nuestro blog. Creo que muchos papás empiezan a considerar otras opciones. Y me encanta. Sin duda diría que es una opción en la que vale la pena -y mucho- pensar. ;)”

Sé que estas palabras leídas aisladamente hablan sólo de hábitos de consumo, pero mientras las escribía me daba cuenta de que revelan una realidad exterior e interior que va mucho más allá. Siempre me he visto a mí misma como una mujer sensible pero eminentemente práctica (de esas que necesitan concretar ideas y emociones en su cotidianidad… convertir lo abstracto en algo tangible, por decirlo de alguna manera. No siempre lo logro, pero se intenta :S). Quizás por ello, la existencia de Irene significa desde el comienzo un renacer constante que nos exigue reinventarnos por dentro y por fuera, con acciones como las que ya conocen (sí, esas prácticas que hablan de huerta, no plástico, pañales de tela, no químicos y otras cosas) y con reflexiones como las que escribo cada tanto bajo la categoría de Maternidad (que somos más vulnerables, que nacemos y crecemos con los hijos cuando somos papás, que cada día es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos inagotables, que no se necesitan muchas cosas para criar a un niñoun niño, de hecho, sólo necesita a sus papás-, que no hay amor más puro que el que se siente por un hijo, que la maternidad nos hace más sensibles y otra lista larga que no menciono para acortar.

No sé si a todo mundo le pase, pero la llegada de Irene en nuestras vidas nos hizo darnos cuenta de que apenas comenzaba nuestra vida. Y creo que sin importar qué tanto hayas hecho ni cuántas personas o lugares hayas conocido, cuando te conviertes en papá la vida no te regala un hijo: te regala una nueva vida (la tuya, en principio) para ser feliz y aprender -mucho más en serio- a amar. 😉

[Y esto es sólo el comienzo. Los dejo con Atreyu -y esa canción inolvidable… Ahhh.]

15 abril 2011 at 03:18 9 comentarios

¿Cómo lavarle -felizmente- los dientes a un bebé? (HELP!) UPDATED

Y aplica otra vez lo de que bebé ya no es tanto, pero la pregunta es válida para antes de los 20 meses y -por ahora- para después. Lo cierto es que la lavada de dientes de Irene no va por buen camino. Y nuestras ideas para que la ruta cambie empiezan a agotarse. ¿Sugerencias, ideas…? O_O

Hemos intentado casi todo: canciones, juegos, videos (de otros niños lavándose los dientes felizmente), demostraciones in situ (con los padres como protagonistas), lavado autónomo, ayudado, con crema de dientes sin flour, sólo con agüita… pero en ninguno de los casos hemos logrado un cepillado confiable y, menos (snif), que los llantos dejen de participar. A veces logramos menos protestas, a veces nos damos por vencidos y damos por caduco el asunto y no a veces sino casi siempre nos sentimos vencidos. Todas las recomendaciones y estrategias son bienvenidas… así como todas las experiencias vividas. El tema se ha vuelto tan complejo que he llegado incluso a preguntarme si los dientes de leche están diseñados justamente para aprender a lavarlos sin “consecuencias” definitivas. Honestamente, no pensé que la parte difícil de irse a la cama fuera la sesión de muelas limpias. :S

Imagen tomada de Jordi Ori

UPDATED: Gracias a todos por sus consejos. Las cosas han mejorado, por fin (ojalá nos duren). Bastó con escribir este post y pensar que debíamos relajarnos con el tema, para que en la siguiente lavada, casi espontáneamente, Irene pidiera además de su cepillo el mío (que estaba a la vista) y quisiera hacer parte del paseo “lavándole” los dientes a mamá. Creo que por reflejo, empezó a abrir su boquita mucho más tranquila y a dejar que le laváramos su molamenta al tiempo que ella me cepillaba la mía. Por intervalos, también, la pequeña hacía lo propio con mi cepillo en sus dientes, así que todo indica que comienza a integrarse más en el rito. Es más, llevámos ya dos noches tranquilas, de cepilladas sin protestas ni gritos. Lo más lindo es que al final se siente orgullosísima de la labor y sonríe mostrando el resultado de su trabajo. Veremos cómo nos sigue funcionando el tema. Por lo pronto, seguiré teniendo presentes sus consejos porque -como ya sabemos- los temas con los pequeños son de nunca acabar.

😉

Un beso.

1 abril 2011 at 05:02 10 comentarios

¿Sirve de algo golpear a los chiquitos?

Siempre he pensado que, aunque nos equivoquemos, todas las mamás hacemos por principio lo que creemos mejor para nuestros hijos. Ayer, sin embargo, tuve una experiencia impactante y dolorosa que me hizo dudar al respecto: a la salida de la consulta del pediatra una madre -que después descubrí que era abuela- golpeó a un pequeño que lloraba en la consulta del médico. El niño tendría unos quince meses y se quejaba (cómo no) porque estaba asustado de que le hubieran quitado la ropa y lo hubieran examinado. La señora, por lo visto, no entendía eso: sólo pensaba que el chiquito se portaba mal y era ruidoso. No dije nada (aunque quise), pero me pregunto lo que dice el título y un para qué y por qué hacerlo. Dejo mis pensamientos.

Foto tomada de Bebés y más.

La imagen me impactó tanto como si hubiese presenciado un accidente en una vía pública o hubiera visto venir de la nada, en mi contra, a un agresor. La señora salió de la consulta con el niño lloroso, lo sentó en una silla para ponerle los zapatos y -supongo que porque el niño aún lloraba- le pegó de la nada dos palmadas. Como es de suponer, también le habló bruscamente, lo zarandeó, le hizo gestos toscos para que se callara… y el niño no dejó de llorar sino que, todo lo contrario, gritó más. No sigo dando detalles porque fue doloroso y porque en ese momento yo entré en una especie de shock.

Hacía tanto que no veía un episodio de esos… Y no me había tocado nunca después de ser mamá. Me pareció salido de contexto, anacrónico, irracional. No dije nada por lo que mencioné al comienzo de este texto, pero sentí dolor por el chiquito. Estaba nervioso. Y la abuela, en una actitud contradictoria, lo confundía más: lo golpeó y después lo abrazó para que se calmara… y luego volvió a pegarle porque el niño no se relajaba pronto. En fin. Una espiral absurda. Al final, la madre (jovencísima) salió de consulta y se fueron… No sin que antes el niño me respondiera una sonrisa (que intentaba consolarlo y acariciarlo un poco) con otra. Pensé que no era un niño imposible sino asustado, agredido y cansado. Y lamenté que ni su abuela ni su madre se dieran cuenta de ello.

¿Cuesta tanto ponerse en lugar de los pequeños? Sé que a veces nos sentimos desbordados porque no razonan igual que nosotros (aunque yo creo que sí que razonan, quizás más sensatamente -más espontáneamente- que los adultos, pues no tienen prejuicios ni condicionamientos sociales que presionen su manera de pensar), pero también creo que si somos capaces de controlar nuestra impaciencia (nosotros sí que sabemos cómo hacerlo) nos daremos cuenta de que su malestar es normal y pasajero. Es más, si nosotros estamos tranquilos y, además, nos mostramos comprensivos y amorosos los llantos, las frustraciones, los miedos, los dolores, las impaciencias pasan más pronto. Y no dejan secuelas. Mi espíritu, al menos, se siente más armónico.

No me alargaré en este texto. Creo, como he dicho en otras ocasiones, en alternativas diferentes, que no son ni permisivas ni desatentas de los pequeños. Creo en la disciplina con amor: aquella en la que orientamos sin golpes pero con palabras claras y precisas (sin gritos) que permiten el diálogo y las preguntas. Dejo links relacionados con la crianza sin golpes y con las consecuencias que pueden generar los azotes en un pequeño. Ojalá que a alguien le sirvan. Quizás (lo pensaba ayer) algunos padres y abuelos golpean porque con ellos lo hicieron y nunca han pensado que es posible enseñarle a un niño algo de otro modo. Aquí, cuando menos, nos sentimos felices sin azotes. Y no tenemos una chiquita malcriada ni perdida en sus antojos por eso.

[PD1: Si quieren leer más textos al respecto, pueden darle clic a “Bebés y más“. Ahí dejo los artículos relacionados en su portal con “azotes” como término de búsqueda. 😦

PD2: Ya no recuerdo si contesté o no explícitamente a la pregunta del título. Lo hago: creo que no sirve de nada golpear a los niños… o al menos no sirve para lo que creen la mayoría de los papás: para educar, enseñar, calmar. No. Sirve para lo contrario: para confundir, para alterar y para dañar. Y sí, aunque suene horrible, creo que hace daño (seguramente físico y moral). No creo que sirva para nada bueno golpear.]

Lecturas relacionadas (todas de Bebés y más):
Las consecuencias de los azotes
Es posible criar sin azotes
Los azotes no sirven para nada (I) y (II)
Criar sin azotes: Disciplina con amor
Criar sin azotes: herramientas prácticas
Criar sin azotes: recursos naturales para prevenir
Criar sin azotes: recursos de la red (II)
Criar sin azotes: Comunicación en positivo (I)
Criar sin azotes: Comunicación en positivo (II)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (III)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (IV)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (V)
Criar sin azotes: los especialistas en internet
Criar sin azotes: portales y foros en español
Criar sin azotes: páginas de todo el mundo

23 marzo 2011 at 09:51 11 comentarios

¿Innato o aprendido?

Siempre se ha dicho que los bebés son grandes imitadores, del mismo modo que se ha afirmado que gracias a ello son rápidos para aprender. Por ello y por la diligencia con que veo que Irene perfecciona sus habilidades repetitivas, hoy quiero hacer un listado de gestos que podrían parecer aprendidos pero que -creo- son innatos… esos que vemos hacer de la nada a un chiquito, incluso sin dejar de preguntarnos cuándo aprendió a hacerlos.

Ecografía del 22 de mayo del 2009. La manito, por supuesto, es de Irene. 😉

[Y me voy con una entrada poco científica. Aludo, simplemente, a la condición de diario de esta casita… porque al paso que va esta pequeña con sus innovaciones, se nos va a olvidar muy pronto qué gestos hizo por sí misma. Si quieren leer un poco más sobre las características que dicen que son innatas al bebé -sobre todo cuando está recién nacido: cuáles y por qué- les recomiendo este texto.]

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “innato, ta. (Del lat. innātus, part. pas. de innasci, nacer en, producirse). 1. adj. Connatural y como nacido con la misma persona.” Y en eso en Irene, significa:

  • Restregarse los ojitos con el puño.
  • Jalarse el pelo al lado de la oreja o tirar de ella cuando tiene sueño.
  • Hacer un circulito con su boca y fruncir el ceño cuando se concentra en algo (un gesto, creo, particular. Ya hablaba de él cuando contaba que daba pataditas… Ahora no está el video donde se veía, pero ponía la boquita y el ceño del mismo modo que lo hace ahora cuando pinta, cuando juega… Una preciosidad).
  • Apretar sus manitos metiendo el pulgar entre los demás dedos (casi mandando todo a la mismísima conchinchina -que existe, a pesar de que siempre creí que era un lugar más allá de la nada -una crónica entretenida sobre un viaje a ella acá ;))… un gesto que ahora le veo menos, pero que se hizo evidente hasta en las ecografías (para risa del médico radiólogo que lo vio y lo archivó. El testimonio gráfico ilustra esta entrada -no sea que después me digan que exagero y que la chiquita no debía hacer naturalmente así con sus dedos).
  • Dar un salto repentino cuando se está quedando dormida y su cabecita pierde el “equilibrio” (¿no les pasa que sienten como si a veces se fueran a a caer a un hoyo cuando están cayendo en brazos de Morfeo en un lugar que no es cómodo? En el documental Babies -que mencionaba Anita en un comentario anterior- se ve clarito este reflejo).
  • Tirarse al piso, casi desmayada, agitando las piernas y moviendo la cabeza de un lado a otro (eso que se llama comúnmente “pataleta”) cuando algo no es como ella quiere. La vi hacerlo y me quedé perpleja (haciéndome la consabida pregunta de “¿y esto cuándo lo aprendió?). Hoy tengo la respuesta: le llegó por genética de especie (no tiene niños al lado que le enseñen, ni papá ni mamá que suelan tirarse al piso cuando algo va mal. También en el documental Babies el gesto se revela natural).
  • Limpiarse la nariz con el torso de la mano (ahora que ha estado con gripa, el gesto iba y venía sin parar. Fue todo un ejercicio enseñarle que podíamos usar un pañuelo. Ahora dice “opitos” /moquitos/ para que le ayudemos (gesto aprendido. Ahh).
  • Hacer pinza con los dedos para coger el lapiz: es un gesto tan inmediato y natural que aún dudo si no nos miró a hurtadillas para aprenderlo. Lo dejo con asterisco de “quizás”.

¿Me ayudan a completar la lista?

[El debate, por lo visto, es científico y data del siglo XIX, después de que al británico Francis Galton, primo de Darwin, se le ocurrió discutir con su primo sobre El origen de las especies. El Emilio, o De la educación, de Rousseau, podría haber sido un preámbulo del tema en el XVIII, pero me parece que el pensador suizo se concentró más en escribir sobre su idílico Emilio que en los inocentes gestos innatos de un bebé (vale la pena mencionar que el pobre Emilio de Jean-Jacques cae después en desgracia en Emilio y Sofía, O los solitarios, un texto posterior en el que Rousseau cuestiona -sin lograr resolverlo- las bondades de vivir al margen de la sociedad -ya no sé si entonces persistiría en su pregunta de “¿el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe?”… El pobre Rousseau nunca logró terminar el libro, no se sabe si por incapacidad o cambio de opinión. Esa discusión solita da para un libro nuevo -no digo otro post-. Yo creo que todos los niños son buenos… los adultos, lamentablemente, no.)]

14 marzo 2011 at 08:20 4 comentarios

“Este niño está muy consentido”

No sé si esta frase lapidaria sea igual en todos lados. Debe tener variantes del tipo “ese niño es muy mimado”,  “es un niño caprichoso” o cosas por el estilo. Es más, si somos puristas y nos vamos al Diccionario de la Academia, sería más correcto (en el sentido lingüístico solamente -del vivencial discutimos en un rato-) decir lo segundo porque consentido, según el DRAE, es el marido que “sufre la infidelidad de su mujer”.  Pero se diga una cosa u otra, el sentido con el que se suele pensar o decir la sentencia ésta apunta casi siempre a un reproche o duda sobre el exceso de cuidados, contemplaciones o mimos que se le dan a un niño. Y suele asociarse con malcrianza. ¿Qué hay de cierto y cómo saber cuándo hay exceso? Aventuro una opinión.


Obra de Javier Soto.

Comienzo por decir que hasta aquí nadie distinto a mi amorcito me lo ha dicho. Y aclaro que cuando el padre de la criatura lo ha enunciado ha sido más en tono de inquietud, justo después de un episodio de llanto o de “rabieta” (léase frustración porque considero que Irene es una niña paciente en general) de la pequeña.

Las dudas, por supuesto, han llegado porque somos hijos de una generación a la que se le negó en parte el afecto y a la que se le sugirió (por no sé qué circunstancias absurdas de la vida) que era mejor pecar por omisión que por exceso. Eso, desde una perspectiva económica deprimida que nació después de dos guerras mundiales podría hasta tener sentido, pero no desde una mirada emocional. Lo triste (y horroroso) es que sí se inventaron teorías de este tipo que sugirieron que los afectos debían medirse para evitar en casa a un “tirano” chiquito. Ejemplos lamentables son la famosísima Supernanny (o Nanny 911), don Estivill y el método de un supuesto médico de principios del siglo XX llamado Truby King, una especie de tortura emocional para recién nacidos comentada en Bebés y más (con réplicas posteriores que la tildan de máquina de la infelicidad, aquí y acá).

El caso es que creo que todos los padres nos hemos preguntado más de una vez si estamos malcriando a nuestro chiquito, sin tener clara la diferencia entre mimo y disciplina y pensando (muchas veces por comentarios precedidos de la frase lapidaria del título o sus similares) que quizás deberíamos ser menos afectuosos, condescendientes y más estrictos. La respuesta definitiva no la tengo, para lamento de quien quiera encontrar fórmulas mágicas en este texto, pero sí cuento con una corta experiencia que ha sido feliz tanto para Irene como para nosotros. La adobo con una recomendación inconclusa de un texto que encontré por casualidad en la última Feria del Libro de mi ciudad, titulado Disciplina con amor (no es éste -que está digitalizado en parte, por eso lo incluyo- pero va en la misma línea. Para quienes quieran saber un poco más del tema, recomiendo también el artículo incluido acá). Y preciso dos cosas: que digo inconclusa porque no he terminado de leerlo, pero hasta donde voy me parece que tiene puntos valiosos que pueden ayudar a aclarar esta discusión; y que no doy toda la referencia porque no lo tengo a mano, pues se lo presté a una madre amiga con una chiquita un poco mayor. [Update: dedicándole unos minutos más a la búsqueda, dejo ahora sí la referencia del libro que tengo en parte leído: Disciplina con amor. Cómo pueden los niños adquirir control, autoestima y habilidades para solucionar problemas, de Jane Nelsen, publicado por Planeta. También ha sido publicado como Disciplina positiva (un poco más acorde con su título original) y puede encontrarse digitalizado en buena parte acá.]

Empatía y respeto

Las fórmulas centrales del asunto son esas dos: la “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro” -DRAE- (para el caso, el niño) y el respeto elemental que merece cualquier ser humano, tenga un mes de vida, tres años, treinta o setenta y cinco. Su aplicación supone, por supuesto, la conciencia de que existen límites y de que entenderlos y asumirlos no tiene porque traducirse en golpes, gritos, comparaciones, subestimaciones o desconocimiento de un posible error.

En casa esto ha supuesto un aprendizaje y un ejercicio continuo de paciencia y conciencia: comprender que a una chiquita que apenas se estrena en el mundo le cuesta más entender -la autora del libro dice también que interpretar- que hay ciertas cosas que no se pueden hacer (como balancearse de pie en una silla o tirarse de cabeza por una escalera) y asumir que se pueden explicar razones y consecuencias con amor. Los “no porque lo digo yo” o cosas por el estilo deben remplazarse por oraciones un poco más extensas y cargadas de sentido, que a lo mejor no tienen porque estar plenas de lógica y argumentos (que cuando puedan darse no vienen mal), pero que sí pueden, al menos, dejar un sabor más grato en la boca de quien los dice y quien los recibe. Un “puede ser peligroso para ti aunque ahora no lo entiendas” o un “confía en mí” dichos con amor pueden ser más relajantes que un grito (que puede ser producto de la angustia… no creo que ningún papá quiera ni malatratar ni hacer daño a su hijo).

No puede ser malo amar

Con esto, resumo, pretendo decir que nunca nos sentimos seguros de estar haciendo o no lo correcto con nuestros hijos, que son posibles muchas críticas, que en más de una ocasión podemos pensar (por mitos absurdos heredados del pasado) que apapachamos, acariciamos y llevamos en brazos más de lo debido. Y, también, que personalmente creo que mimar a un pequeño no tiene porque significar ni malcriarlo ni amarlo en exceso. De hecho, creo que es imposible lo segundo. En su lugar, apunto que el “no dejarle llorar” me parecía mucho más fácil de ejecutar al principio, cuando Irene era una chiquita que necesitaba fundamentalmente suplir necesidades básicas (alimento, temperatura, seguridad, sueño, tranquilidad, entre otros), pero que ahora entiendo que hay ocasiones en las que esto significa más bien no provocar llantos innecesarios y entender que todos necesitamos en ocasiones expresar nuestra inconformidad o incomprensión ante ciertas cosas, con lo que llorar puede ser una manera de desahogarnos antes de reestablecer nuestro mundo.

Irene grita y llora a veces, pero siento que ya sé cuándo su llanto es por calor, hambre o sueño y cuándo es por un “quiero que me dejes hacer esto”. En los primeros casos, vale un abrazo y una atención de inmediato; en los segundos vale la disciplina con amor, es decir, la empatía y el respeto: un mirar con detenimiento las cosas y actuar en consecuencia. ¿Quiere jugar con un libro? Y, digo, si no es un incunable, ¿por qué no? Muchas de las cosas que pensamos que no pueden hacer los niños, sólo requieren de dirección (buenas enseñanzas he tenido de parte de ella con el comer solita, caminar, pasar páginas delicadamente, encender el radio y un largo etcétera. Claro que se corre el riesgo de que algo se dañe o se ensucie, pero si va a experimentar con nosotros a nuestro lado, explicándole cómo hacerlo, el riesgo, sin duda, es menor -y el aprendizaje y la autonomía y la seguridad y confianza que ganen, quizás, sea mucho mayor). Otras, como querer lanzarse de cabeza por la escalera, sólo requieren de cuidados y explicación. Creo que en eso se fundamenta la disciplina con amor (y que ningún niño criado de este modo será el mimado o consentido o caprichoso que sugiere la introducción).

😉

Por cierto, en los casos en los que el llanto se debe a aburrimiento o frustación me funciona, y mucho, dejar que mi chiquita exprese su enojo y sentarme en frente suyo para tomar un poco de aire cuando siento que yo misma necesito un poquito de paz interior. La efervescencia de los llantos o las pérdidas de paciencia (como le decía a otra madre hace poco) casi desaparecieron desde entonces. Karina decía que les cantaba mientras tanto… ¿alguna otra recomendación?

(Dejo, además, un video casi cómico e ilustrativo de lo que a veces ocurre con los chiquitos. En ocasiones, el tema es sólo de atención:

Lo encontré en esta página sobre Disciplina con amor)

[Y a propósito: sobre la imagen que ilustra esta entrada, tomada de Contraindicaciones, una web sobre “Política, arte contemporáneo, amarillismo, proselitismo, demagogia”, se dice lo siguiente:

“Niño Mimado”

El radical crítico cultural Anton LaVey, en su escrito ” La Guerra Invisible ” hablaba de una guerra en marcha, no solo de fusiles y bombas “ahí afuera” (o “aquí al lado” podríamos añadir), sino también, y no menos importante, en la mentes: “Las refriegas tiene lugar en nuestra propia mente. Cuanto menos consciente es uno de la guerra invisible, más receptivo es al continuo proceso de desmoralización, pues el humano insensible es vulnerable, débil y está maduro para el control (…) Las vías de infección están en todas partes. Las “bombas” están cayendo a nuestra puerta todos los días. Los periódicos, la radio, la televisión… todos son catecismos de la desmoralización””. Lucy Lippard propondría a LaVey una fórmula de resistencia volviendo a clamar, cincuenta años después de que lo hiciera Rivera, por la rehabilitación de la propaganda: “la buena propaganda” es lo que debería ser el arte; una provocación, un nuevo modo de ver y pensar sobre lo que pasa a nuestro alrededor.

¿Interesante, no?]

Cómo Pueden Los Niños Adquirir Control, Autoestima Y Habilidades Para Solucionar Problemas

15 diciembre 2010 at 08:16 15 comentarios

Colmillo nuevo y “iauuu”

Se aproxima el fin de semana sin que las noticias pasen reporte por esta casita… Así que encendemos luces con novedades, antes de un cierre vacacional.

Foto: Mundomascota.net

Desde antier Irene amplió su repertorio onomatopéyico y responde a la pregunta de “¿y cómo hacen los gatitos?” con un “iauuu” (abriendo mucho la boca graaaande, simulando el gesto felino y buscando con sus ojos a los gatitos) y desde hoy su encía superior tiene una nueva mella: el colmillo derecho. El izquierdo se apresura a alcanzarle la partida, además de unos bultitos siguientes, morales, que empiezan a ganar terreno hacia la salida. Casi siento a una pequeña dientona y sonriente… pero sé que falta tiempo. Y veloz, la última noticia: el blog se va de vacaciones para regresar, casi, casi, al primer cumpleaños de su inspiración. Preparen motores para el 9 de agosto próximo (aunque espero aparecer antes para darle toques fiesteros a esta casita y traer las últimas buenas nuevas pre-birthday). Un abrazo para todos.

22 julio 2010 at 20:35 6 comentarios

Los mejores besos

Sin duda, la mejor y mayor concreción del amor son los hijos. Sólo cuando se tienen se siente (no digo se entiende porque expresarlo con palabras -es decir, racionalmente- cuesta muchísimo) lo grande y pequeño que es al mismo tiempo el mundo y lo infinito que es el amor. Irene nos besa desde hace algunas semanas. Y no lo hace como solemos hacerlo los adultos, con un eco sonoro aprendido… No. Lo hace espontáneamente, acercando su carita a la nuestra, con su boquita abierta.

Nadie le enseñó nadie le dijo; aprendió solita de vernos a nosotros. Al principio, pensaba que estaba jugando con sus dientes, que quería ensayarlos con nosotros. Pero no. Su carita se acerca delicadamente, posa su boquita abierta en nosotros (de la cara pasa al cuello, al hombro, al pelo) y se detiene, como un rito. Son besos de amor. Y siento otra vez el infinito. Una y otra vez.

(Y es el principio)

Gracias, mi corazón.

😉

17 junio 2010 at 11:02 11 comentarios

La vida sin televisión (Update)

Hace casi cinco años erradicamos de nuestra vida la televisión. Y aunque nunca fuimos adictos a ella, sólo hasta ese momento nos dimos cuenta de la cantidad de vida que perdíamos en frente suyo y de la calidad de vida que ganábamos sin verla. Hoy, después de muchas caras asombradas, protestas y hasta miradas maliciosas de vecinos, mantenemos felices nuestra decisión, con la conciencia de que aquello de que “es necesario verla” (para estar informado, dicen, para relajarse, para no vivir en otro planeta y un largo etcétera) es falso. Con el nacimiento de Irene, los comentarios regresan (“para que sepa de qué va el mundo, para que no se sienta una extraña con otros niños”, bla, bla…), pero sabemos el espacio ganado y creemos que es mucho más lo que le aporta a su vida y a la nuestra vivir sin esa caja de pocas sorpresas. No quiero sonar drástica, pero creo que el mundo sería otro si más personas prescindieran de la televisión.

Foto: snostein/Flickr

Un poco de azar y un poco de decisión sacaron de nuestra vida la televisión. En una mudanza anterior, al llegar a la casa que ocuparíamos descubrimos que la única conexión de cable para el patoaparato estaba dentro del cuarto. Siempre me negué a tener una televisión dentro de la habitación (cualquiera) por considerarla un interruptor definitivo de la comunicación. La decisión, por tanto, fue simple: el fin de la televisión. Sin alternativas de un “pidamos conexión para otro lado” ni nada por el estilo, porque nuestro paso por ese espacio era transitorio y porque no sentíamos la necesidad apremiante de tener el aparato encendido. Cual mueble más de la casa, el televisor pasó a ser casi decorativo, excepto algunas ocasiones en las que lo usábamos para ver una que otra película (afición poco común entre mi niño y yo). Con el paso del tiempo y de la tecnología, hoy usamos más el computador para esto último y relagamos a un “ningún lugar” de la casa el televisor.

Lo sorprendente fue que al mismo tiempo que abandonamos la programación televisiva empezamos a descubrir espacios en nuestra vida que mejoraron sustancialmente nuestra cotidianidad y nuestra comunicación (y debo decir que no era para nada mala, de antemano): comenzamos a salir a pasear con más frecuencia (casi diariamente), a leer muchísimo más que antes (rotando libros que siempre habían estado esperando que los miráramos después de comprarlos), cocinamos juntos tomando un vino y charlando; pasamos más tiempo fuera de casa que dentro, hacemos deporte (yo a veces, mi amorcito siempre), tomamos fotos, viajamos… Y ahora con la peque, disfrutamos del clima tropical y del parque a diario, jugamos muchísimo en casa, leemos cuentos, caminamos, cantamos, hablamos… En resumen, saboreamos profundamente la vida y estrechamos inmensamente nuestros lazos.

Y aclaro que no creo que éste sea el único camino para hacerlo, pero sí que pienso que cuando se tiene un televisor encendido en casa este tipo de escenarios comunes comienzan a diluirse por el poder increíble de absorción que tiene el televisor. No sé si han hecho el ejercicio, pero nosotros sí: basta con tener encendido en frente de alguien la televisión para ver cómo (a nosotros mismos nos pasa) resulta inevitable clavar la mirada en ella y, por tanto, termina siendo imposible sostener ninguna conversación (fluída y atenta, al menos). Si a eso se le suma que la programación disponible es poco menos que mala y que fácilmente se pasan horas y horas y horas esperando a que empiece el programa que me gusta (que, claro, entretiene, pero difícilmente suele cambiarle a uno la vida), pues la conclusión es sencilla: es mejor prescindir de la televisión.

Añado, además, que no es gratuita la tendencia que hay de pasar un poco del televisor para clavarse en el ordenador (próxima meta: quiero dejar de usarlo al menos cuatro días a la semana. Es que creo que es mejor la vida real que la vida en pantalla), o la de una televisión “a la carta”, como sucede ahora en buena parte de EEUU, en la que la programación la establece el espectador. Ambas indican que los tiempos en los que otro decidía qué veíamos (en qué orden, a qué horas, etcétera) empiezan a verse relegados. Aún en esos casos, insisto, me gusta más vivir sin televisión.

¿Y eso afecta en algo a la chiquita?

Creo que sí, pero no sé si la afectación sea tangible ahora… lo que sí sé es que será muchísimo más palpable en el futuro, que es cuando los niños suelen engancharse más a la televisión. Hasta aquí, Irene es (no sé si sólo por falta de pantallas o por temperamento) una niña sociable, tranquila, amable. Y muy activa: he hecho el ejercicio un par de veces de sentarla frente al computador y ponerle un video o una película… y me he dado cuenta de que se anestesia igual que todos. Por ello, comparto feliz y firme nuestra experiencia. Prefiero ver las películas en cine (aunque ahora debamos verlas en casa porque no podemos salir dejando a la pequeña). Y me encantan (pero las buenas). Cuando hay un documental o un video que me interesa, casi siempre lo encuentro disponible en Google Video, Youtube, Dailymotion, Megavideo, Vimeo o cualquiera de ese tipo de servicios de video online), así que eso tampoco es una pérdida… es más, termina también siendo ganancia porque puedo verlo sin cortes de comerciales, deteniéndolo cuando quiera y compartiéndolo, incluso, si quiero, en espacios como éste). En fin. Prefiero la vida en tres y más dimensiones. Y lo recomiendo a ojo cerrado. Se puede y es maravilloso vivir sin televisión. 😉 El mundo sigue siendo el mejor ocio.

(Y no somos los únicos: Maxylola, RinzeWind, Guachapeli, Juan Antonio González Fuentes y muchos más que no sigo buscando porque ya es suficiente. Lo curioso (y común) es que casi todos terminaron viviendo sin ella un poco por azar, como nosotros. Creo que estamos tan acostumbrados y familiarizados -¡¡¡algunos incluso la tienen en el cuarto!!!- que se nos olvida que puede no estar. 😉 Ah, y creo, seriamente, que se está mejor informado cuando se lee prensa o se oye radio. La televisión suele dar las noticias tan superficialmente… En fin.)

UPDATE: Se me había olvidado pegar una tira cómica de Magola, publicada hace como 2 semanas en El Espectador, justo cuando andaba con este tema en la cabeza. La sacaron muy a propósito de las Elecciones Presidenciales en Colombia. Se vale por sí misma, ¿no?

Autor: Nani

11 junio 2010 at 20:54 16 comentarios

¿Cómo cambian la digestión y la caca del bebé durante su primer año de vida? (3)

Después de haber escrito dos entradas sobre el tema (una sobre la digestión durante los primeros 6 meses de vida y otra sobre los cambios que se presentan una vez se inicia la alimentación complementaria), pensé que ya había hablado todo lo que podía esperarse en el primer año de vida las cacas del bebé. Pues bien: me equivoqué. Retomo el hilo con una nueva entrada que demostrará con nuestra propia experiencia cómo (el por qué, si lo descubro, lo explicaré luego) la alimentación y la digestión están relacionados con la salud, el sueño y hasta el estado de ánimo del bebé.

Desde hace un par de semanas el sueño nocturno de Irene había incrementado considerablemente sus despertares, sin que tuviéramos muy clara la razón. Inicialmente pensamos que se debía al cúmulo de novedades y a esa energía incansable que llena al bebé a sus 8 meses de vida. Luego creímos que se debía a la introducción de nuevos alimentos en su dieta, que parecía -a un mismo tiempo- restarle interés a sus tomas de leche materna.

Pero no. Justo cuando empecé a escribir las dos entradas anteriores sobre la digestión y la cacá del bebé durante el primer año de vida, comencé a pensar en una nueva opción, que si bien no excluye totalmente las alternativas anteriores, sí precisa mucho más los recientes cambios en el sueño de nuestra hija. ¿La razón? La chiquita estaba viviendo un cambio fundamental en su digestión.

Los antecedentes

Hace casi dos semanas, Irene comió una papilla de verduras con pollo y sin leche materna por primera vez. Yo había estado un tanto reacia a brindarle alimentos triturados (había decidido usar la técnica de Baby-Led Weaning), pero entre un malestar médico de su padre que nos retuvo fuera un poco más de lo esperado en una visita médica y las inquietudes recurrentes que tenía sobre las cantidades de alimentación complementaria que ingería nuestra hija, terminamos brindándole a la chiquita una sopa casera que para nuestra sorpresa le encantó.

En los días siguientes seguimos dándole sopas a Irene, junto con trozos de frutas y verduras suministrados a lo largo del día. Sus deposiciones empezaron a ser más consistentes y su interés por la leche varió: hacía muchísimas menos tomas diurnas y siempre que se prendía perdía rápidamente el interés, protestando para que la sentáramos e hiciéramos cosas distintas. En las noches se incrementaron sus demandas de leche: se despertaba cada dos o tres horas en promedio, lactaba y pasados unos 15 minutos se dormía.

Honestamente, creí que los cambios se debían a su creciente actividad y a la quietud que se asociaba con la toma de leche, pero casualmente pasaron dos días sin que le diéramos su sopita (sí las frutas y verduras) y sus tomas y su sueño se regularizaron nuevamente: de un día a otro pasamos de tener despertares cada dos o tres horas, a dormir otra vez por lapsos de 5 horas seguidas. En el día, Irene volvió a hacer sus tomas regulares de leche, sin distracciones ni protestas mientras comía.

¿Qué cambió?

La digestión de nuestra niña: al amanecer mismo del pasado viernes (después de que la chiquita volviera a dormir por lapsos más extensos en la noche), encontramos al cambiar el pañal de Irene unas heces más consistentes. Empezamos a atar cabos y a manera de ensayo decidimos no darle sopitas por un par de días, confirmando con el paso del tiempo su regularización con el sueño y la leche. Creí que también cambiarían de nuevo sus caquitas (por unas un poco más líquidas), pero no: cada vez son más sequitas (pastosas, no estreñidas), más olorosas y más continuas. Esta noche, por ejemplo, he tenido que cambiarla dos veces, cuando antes -después de cumplir tres meses- nunca hacía deposiciones nocturnas.

Nuestras hipótesis

No sé si nuestras conclusiones son acertadas o no, pero la hipótesis hasta el momento es que las papillas dieron el punto final en la digestión de nuestra hija. Al ser trituradas (algo que aún no podría hacer ella por sí misma en esa medida por su incipiente dentición), recortaron el proceso de digestivo, generando heces más espesas. La reducción en sus tomas de leche quizás se debían a una sensación de llenura y al esfuerzo extra que seguramente hacían sus intestinos para desplazar los desechos hasta su salida.

El incremento en sus despertares debieron, en definitiva, ser una consecuencia natural a sus necesidades de leche y a las molestias que probablemente sentía por su novedosa y creciente actividad digestiva. La tranquilidad habitual de Irene no se vio alterada por ataques de llanto ni nada por el estilo ( sigue siendo una niña que llora pocas veces), pero sí por incrementos de actividad y de irritabilidad.

Me sentí culpable, creí que pasados un par de días volvería a ver deposiciones más ligeras y “sencillas”, pero las cacas -después de tres días de no sopitas y tomas de leche continuas- son cada vez más consistentes. Concluí que quizás no hicimos nada malo (los ingredientes de las sopitas de la niña fueron siempre verduras y carnes que ella ya comía) y que sólo estamos presenciando un ciclo natural de la vida (seguramente acelerado por suministrarle a su organismo un alimento ya triturado). Veremos qué nos dicen sus nuevas caquitas.

Pienso, además, que la leche materna cumplió su papel laxante (¡¡¡de ahí la importancia de manterla más allá de los seis meses!!!) y que los intestinos de mi hija aprendieron, seguro, a moverse más fuertemente para evacuar este nuevo tipo de heces. Por nuestra parte, seguimos revisando atentamente los pañales de Irene y cuidamos la piel de su colita, pues al entrar en contacto más directo con las cacas -al ser más consistentes se quedan pegadas en su rayita- pueden irritarla con mayor facilidad. Seguiremos con la misma rutina de estos días (mucha leche, no sopitas, sí trozos de verduras, frutas, cereales y carne) y veremos qué novedades surgen. Nada está escrito definitivamente… así que quizás antes de que cumpla el año de edad, veremos -tipo Rambo– versiones posteriores de “¿Cómo cambian la digestión y la caca del bebé durante su primer año de vida?”

¿Sugerencias, recomendaciones o historias? Todas, por supuesto, siguen siendo bienvenidas. 😉

18 abril 2010 at 05:27 1 comentario

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