Archive for febrero, 2012

¿Cómo estimular el aprendizaje de un niño entre 2 y 4 años de edad?

Quizás también podría incluir los 5 años, o simplemente decir “un niño en edad preescolar”… pero como lo que me inquieta es cómo estimular ese aprendizaje en casita, con una chiquita que no está escolarizada (además), me inclino por esbozarlo de este modo. En cualquier caso, quiero compartir algunos apuntes sobre juegos, rutinas y proyectos para potenciar el aprendizaje de los pequeños. No sé cómo funcionen en la práctica, entre otras cosas porque nuestras ideas sirven más de marco general, pero confío en que dejarlos esbozados sirva de invitación a nuevas ideas (propias o ajenas) y nos ponga en el mood propuesto para mis deseos de este año.

Decía en enero, en nuestra lista de proyectos:

Quiero adentrarme más en la educación en casa, potenciar los aprendizajes de nuestra chiquita (no con tareas o ideas impuestas sino aprovechando las inquietudes que ella misma nos plantea) y darle más ritmo a nuestra rutina. Básicamente porque siento que ella cada vez quiere aprender y entender más y porque los días se nos pasan tan rápido -y a veces con una sensación grande de vacío- que quiero disfrutarlo más (con menos pantalla, menos internet y más parque, más baile y más amigos).”

… por lo que me puse en la tarea ya no sólo de leer información sino de pensar. Todo lo que encontré sobre homeschooling, creatividad y desarrollo de niños en edad preescolar me ayudó, de un modo u otro, a concluir que el aprendizaje en estas edades llega a través del juego y de la experiencia sensorial. En consecuencia, la idea de buscar una rutina que potenciara ese aprendizaje terminó por asentarse en la configuración de unos módulos generales que nos sirvan de marco para acompañar el desarrollo de Irene.

Sé que el tema, así planteado, puede parecer complicado, pero la idea es que con estos puntos de partida en mente y con las mismas inquietudes que plantee nuestra hija, las maneras de ponerlos en práctica fluirán más ordenadamente, de una manera más o menos natural. Intento, en cualquier caso, mantener unas premisas que considero relevantes para nuestra chiquita: la primera, que el juego libre es fundamental; la segunda, que no debo incluir límites de tiempo para ningún proceso (Irene misma da la pauta para cambiar de actividad mostrando su interés en algo nuevo); la tercera, que pensar en rutina implica, sobre todo, fijar un espacio de disponibilidad total de mamá.

Planteadas estas bases (que seguramente se ajustarán en el tiempo), presento esos módulos generales que, creo, nos ayudarán a potenciar el aprendizaje de nuestra pequeña en esta edad. Aclaro, no obstante, que no soy pedagoga infantil ni nada por el estilo y que aunque nuestra chiquita no ha pasado nunca por una guardería, sospecho que no estamos descubriendo nada nuevo y que muchos de nuestros planteamientos se ajustarán de un modo u otro a lo que hacen los centros educativos de los pequeños. ¿Cuál puede ser la diferencia? Que nuestro aprendizaje estará completamente integrado a nuestra vida cotidiana y familiar y que la atención será personalizada, sin excluir actividades fuera de casa, con otros niños, orientada -al igual que las cosas que hagamos dentro- por las inquietudes de nuestra chiquita. La propuesta al publicarlos acá es retroalimentar otras experiencias y usar este espacio como libreta de apuntes para el futuro.

“Mueve los hombritos…”

El primer módulo lo he denominado plástico. Incluiría actividades motoras como moldear y pintar. Estaría estrechamente relacionado con el siguiente, denominado corporal, porque su ejercicio implica también una estimulación de los sentidos y el cuerpo… que se asocia, inevitablemente, con ejercicios como bailar, tocar, oler, mirar y degustar.

Decía hace algunos días que Irene ha empezado unas clases de danza creativa, básicamente porque nos decía con palabras y con todo su cuerpo que quería bailar. Esta actividad entraría dentro de un marco que he denominado corporal -que sería el segundo módulo (entiéndase, por cierto, este término como punto de partida y referencia, no como bloque de actividades o algo por el estilo que implique cero flexibilidad). En él se incluirían, además del baile, quehaceres cotidianos que comprometan experiencias con el cuerpo y que pueden ir desde ir al parque y jugar, hasta desgranar vainas de guisantes, fríjoles y otras verduras. Cocinar (oler, sentir, oír, mirar, probar) entraría también perfectamente en este grupo.

El tercer módulo sería el musical, que lo considero separadamente del anterior a pesar de que bien podría ser un derivado de éste. Dentro del él cabrían actividades relacionadas con tocar (y experimentar) instrumentos musicales (principalmente de percusión por la edad de nuestra pequeña), además de cantar. El baile se integraría también a esta conjunto de experiencias, aunque el objetivo al señalar el módulo aisladamente responde a la relevancia que considero que tienen la música y los sonidos en esta etapa de desarrollo.

Finalmente, consideraría un módulo que he denominado de abstracción y pensamiento, que se orienta al desarrollo de actividades más racionales, como la comprensión de textos y narraciones (inventadas, leídas, oídas), la comprensión espacial (con juegos como rompecabezas, rayuela y la danza misma) y un primer acercamiento a la lectoescritura (no con pretensión de aprendizaje de las letras, sino más bien -desde la perspectiva del método global– como aproximación a objetos representados, ya sea por íconos o símbolos que luego puedan servir de referencia para expresar ideas. Las caricaturas, las loterías y representaciones similares entrarían como actividades posibles dentro de este último propósito. Ah, y el juego simbólico (ahora el “soy doctor, te reviso, eres doctora, me revisas) es otra manera más de abordar la lógica de pensamiento propuesta en este módulo.

Siendo honestos, éste es apenas un primer acercamiento. No incluye actividades relacionadas con el lenguaje (en desarrollo en esta edad) porque lo considero un módulo transversal (bueno, casi todos terminan siéndolo) y creo que debe potenciarse, especialmente, desde la cotidianidad -todo se habla, todo se explica y el resultado final es una pequeña lorita. 😉 Espero tener buenas noticias en el futuro. Todas las recomendaciones y consejos son bienvenidos.

Por lo pronto, además de este texto, les dejo un par de blogs recomendados (B aprende en casa y Aprendiendo sin escuela), con niños en edades similares, que además de inspirarme, me han llenado de ideas. También dejo dos portales (Aprende con alas y Educarpetas) de comunidades de padres y niños que practican la escuela en casa: buena parte de los temas planteados y de las actividades abiertas a los participantes han sido un buen punto de partida para este propósito. Eso sí, las unidades de estudio, los workboxes y los lapbooking quedan para edades futuras. Si tienen niños de más de 6 años, no duden en buscar información sobre ellos para estimular su aprendizaje en casa o en el colegio.

PD. El subtítulo de “con los hombritos” está inspirado en la canción que repite constantemente nuestra chiquita tras sus primeras clases de baile: “con los hombritos, con la cadera, con la cintura…” ¿Alguien sabe cómo se llama la cancioncita? Me encantaría tenerla en nuestro hogar. 😉

Imágenes tomadas de la GuíaInfantil.com y El blog de Mar.

17 febrero 2012 at 16:38 5 comentarios

¿Por qué es importante intentar comer “Real Food” y comida tradicional?

Uno de los proyectos que me planteé y fijé para nuestra familia este año es continuar mejorando la alimentación de mi familia, bajo el precepto de comida orgánica, sana y natural. Lo que no sabía entonces -al menos con tanto detalle- es que la recomendación de no comer comida procesada está basada en datos alarmantes sobre lo que comemos y su relación con la salud. No voy a extenderme en detalles al respecto, pero sí recomiendo un texto titulado “Secretos de los alimentos” que me ha dejado de hielo. Aquí, en su lugar, hablaré de la importancia que creo que tiene la “comida real” y el volver a las recetas tradicionales, sobre la base de lo allí expuesto y algunos datos más. Creo que con ello, a parte de compartir información que considero relevante, podré recopilar un poco más ordenadamente lo que he ido encontrando al respecto. Así que comienzo.

Imagen tomada de Healing Our Children, extraída a su vez del libro Nutrición y degeneración física de W. A. Price.

El primer apunte es de agradecimiento y se lo debo en buena parte a Mónica Salazar, de Familia Libre, y a Elisa Berry, del Hogar sencillo: ambas han hecho recopilaciones invaluables sobre el tema, que han abierto buena parte del debate en español. Gracias a ellas, por ejemplo, conocí el texto de Weston A. Price titulado Nutrición y degeneración física (Nutrition and Physical Degeneration), así como Nourishing Traditions, de Sally Fallon, un libro de recetas maravilloso que parte de las investigaciones realizadas por Price. Lamentablemente los libros sólo se encuentra en inglés (por ahora), pero muchas de las cuestiones que plantean ya están también -y nunca mejor dicho- sobre nuestra mesa.

¿Qué dicen Price y Fallon sobre nutrición?

El entretítulo es más ambicioso que real porque resulta muy difícil simplificar la totalidad de sus planteamientos (sobre todo con el volumen de información adjunta en cada uno de los libros) en pocas palabras. Pero aún así asumo el riesgo:  ambos autores coinciden en afirmar que la modernización de los alimentos (que ha ido de la mano del procesamiento de los mismos en fábricas y de un abandono acelerado de la comida tradicional -esa que se planeaba con anticipación, que se proveía de alimentos extraídos muchas veces de la misma casa -su huerta, su granja- y que incluía una serie de procesamiento de las comidas sin aditivos químicos, totalmente hecha en el hogar) afecta sustancialmente la salud de nuestros cuerpos. Entre otros, la eliminación de grasas saturadas, la supresión de proteínas animales, el reemplazo de compuestos naturales por saborizantes artificiales, la pausterización de la leche, los jugos y un largo etcétera, así como procedimientos usados en la fabricación de alimentos procesados (además de sus ingredientes) han degradado nuestro bienestar, pues suponen un desequilibrio de orden natural que afecta la manera como funciona nuestro organismo. Dice la Fundación Weston A. Price (llena de recursos interesantísimos):

“Cuando el Dr. Price analizó los alimentos usados por estos grupos aislados -viajó alrededor del mundo para estudiar grupos étnicos que no habían estado expuestos a la alimentación moderna- encontró que, en comparación con la dieta americana de su época, estos contenían al menos cuatro veces más vitaminas hidrosolubles, calcio y otros minerales; y, al menos, DIEZ veces más vitaminas liposolubles de origen animal, las que se encuentran en productos como mantequilla, huevos, mariscos, carne de órganos y grasa animal – hoy en día, estos mismos alimentos son considerados por el público norteamericano como alimentos ricos en colesterol y peligrosos para la salud. Estas personas tradicionales que gozaban de buena salud sabían instintivamente lo que los científicos contemporáneos del Dr. Price acababan de descubrir – que estas vitaminas liposolubles, vitaminas A y D, eran vitales para la salud, pues actúan como catalizadoras en la absorción de minerales y la utilización de proteínas por el cuerpo. Sin estas vitaminas nuestro cuerpo no puede absorber minerales, independientemente de que estos se encuentren en cantidades abundantes en los alimentos que ingerimos. También descubrió un nutriente liposoluble al que llamó el Activador X, presente en pescados, mariscos, órganos y mantequilla de vacas que se alimentaron de pastos que crecieron activamente durante la primavera y el otoño. Todos los grupos primitivos incluían en sus dietas algún alimento que contenía este Activador X.”

El resultado -y ésta es quizás la parte más sorprendente del libro de Price- es una transformación física que evidencia el deterioro generado por el cambio de alimentación. Como odontólogo, Price concentró buena parte de sus estudios en la salud dental (de hecho tiene un libro, Cure Tooth Decay, interesantísimo sobre cómo prevenir y ¡curar! la caries a partir de una adecuada alimentación), encontrando que aquellas comunidades expuestas a la industria alimentaria sufrían muchísimo más de caries y de deformaciones en su arco dental. Ejemplos contrastantes como los de estas fotos -extraídas también de su libro- acompañan sus palabras: a la izquierda se ven personas sanas, con alimentación fundamentada en una dieta casera, tradicional; a la derecha, personas que ingieren alimentos de la industria alimentaria (¡y el libro es de 1939! Aghh).

Por oposición, aquellas comunidades que comían alimentos naturales, no pausterizados, libres de pesticidas y aditamentos, procesados de manera tradicional en los propios hogares y sin limitaciones “light”, “fat free” y demás, eran muchísimo más saludables y contaban con dentaduras sanas, sin caries ni apiñamiento de dientes. En resumen: modelos para la ortodoncia actual.

Fallon, por su parte, se puso en la tarea de recopilar, a partir de las investigaciones de Price, más de 700 recetas de comidas tradicionales, resaltando los beneficios de sus ingredientes, además de rescatar muchas de las costumbres culinarias que empezaban a perderse por lo que hoy bien podría equivalerse a menús pre-hechos (de esos que sólo necesitan de 15 minutos en el microondas para estar listos). Hay, por cierto, un blog muy divertido, The Nourishing Cook, (al estilo Julie & Julia -de quien también dejo el blog original) que intenta hacer cada una de las recetas del libro de Fallon (una buena manera de empezar). Lo dejo como recomendado.

En cualquier caso, para mayores detalles los remito, además de los textos (en los links de arriba pueden ojearlos), a las revisiones de ambos libros hechos por Mónica Salazar aquí y acá. Con respecto a las recomendaciones básicas, también me remito a alguien más, pues Elisa Berry en su blog hace una valiosa recopilación de sus planteamientos básicos. Los links que adjunta van, asimismo, en consonancia con los planteamientos de Price y Fallon.

¿No es real lo que estamos comiendo?

Quizás una de las cosas más aterradoras del texto “Secretos de los alimentos” es que cuando comemos alimentos procesados por la industria alimentaria casi nunca estamos comiendo lo que creemos. Un ejemplo: los cubos de caldos de carne no tienen carne sino un compuesto de químicos que parece carne. Dejamos a un lado los nutritivos caldos caseros hechos con huesos por un combinado de “glutamato monosódico (MSG),  agua, espesantes, emulsionantes y algún colorante de caramelo”. Y podríamos seguir igual con una lista infinita de compuestos (que incluyen la leche en polvo y los preparados infantiles de leches, compotas, potitos y snacks).

Según Fallon y Price la eliminación de grasas saturadas en nuestras dietas (mantequilla, huevos de campo, mariscos, vísceras, entre otros) y su reemplazo por aceites vegetales (hidrogeneizados, aclarados, etc, etc, etc), margarinas y huevos de galpones y cuido para gallinas nos han cambiado hasta las caras, introduciendo modelos de belleza que ya no apuntan a caras redondeadas sino a facciones afiladas.

El tema, como verán, da para mucho más. Lo concluyo con un par de recomendaciones básicas: evitar la comida procesada y volver a lo natural y tradicional. Bienvenidas entonces las mantequillas, el aceite de oliva, la leche entera (los lácteos descremados y desnatados, entre otras cosas, engordan más) y ojalá cruda, los alimentos fermentados, los panes de masa agria (pendiente, pero ya tengo receta para probar), los caldos caseros de hueso para sazonar las comidas, las carnes y los huevos de animales pastoreados (entre otras cosas, tampoco recomiendan la vida vegetariana y vegana), los azúcares naturales (de caña, miel o stevia), los granos germinados (no la soya o soja), entre otros. Y dejo un listado de recursos que les pueden interesar (aparte de los ya incluidos):

A mí, cuando menos, me parece que vale la pena. Por eso es un proyecto que considero permanente y vital. ¡A cocinar!

PD: esta semana ha estado muy prolífica en esta casita. :S

9 febrero 2012 at 07:30 7 comentarios

“Truth About Mom”: verdades de mamá

Esta semana, encontré un artículo precioso y revelador sobre (¿crianza?, ¿educación?) las verdades de las madres, que me ha puesto a pensar en qué cosas me gustan o me interesan a MÍ realmente, como un camino para encontrar nuestra manera de ser papás. Sé que he hablado de muchas de ellas en esta casita, pero al leer otro texto -sobre Homeschooling, maravilloso, que me llevó al que mencionaba originalmente- me di cuenta de que, en general, muchas de las cosas que pensamos ideales para la crianza de nuestros hijos pueden no ser realistas con nuestra vida, nuestros gustos, nuestras circunstancias o nuestras metas. Decidí entonces “decirme” la verdad y tratar de encontrar esas particularidades que hacen que yo sea el tipo de mamá que puedo ser y no otra distinta, con la certeza de que -como lo dice Sarah, la autora de los dos textos reseñados- esta reflexión me ayudará a ser una mamá tranquila y feliz (y por lo tanto, nuestra chiquita será una niña tranquila y feliz, sin importar las cosas que hagamos o el lugar en donde estemos). ¿Cambiará la lista con el tiempo? Es apenas natural… así que será un tema en el que tenga que volver cada tanto. ¿Se animan?

La propuesta es relativamente simple: debo pensar primero en mis puntos fuertes, en segundo lugar en las necesidades de mi familia como un todo y en tercer lugar en las necesidades individuales de cada niño (en este caso, de Irene), teniendo en cuenta sus fortalezas. El reto original (es decir, el que dio lugar al que yo encontré) surge de un texto de una mamá que se puso en la tarea de pensar sobre los principios de mamás felices que educaban en el hogar. Parecería que me estoy volviendo monotemática con el asunto, pero lo cierto es que pienso que aunque el origen de todo esta historia es la reflexión sobre la educación en casa, el resultado bien puede funcionar para la crianza de los chiquitos y, por qué no, para lograr una vida más tranquila y feliz en cualquier hogar.

A veces pienso que cuando somos padres tendemos a desconectarnos de nuestro instinto para seguir consejos o modelos que quizás no se adapten a nuestras vidas. Caemos fácilmente, en consecuencia, en una trama de inseguridades, insatisfacciones, temores e infelicidad que podríamos evitarnos si nos permitiéramos escucharnos más a nosotros mismos y a nuestra realidad.

Así que sin afán de consejo, pero sí como ejercicio personal que quiero dejar por escrito (siempre pienso que Irene podrá encontrar en algún sitio esta historia de nuestra experiencia y que estas palabras le ayudarán, aunque yo no esté presente, si algún día ella misma llega a ser mamá) y que quizás pueda inspirar a alguien más, empiezo mi lista de verdades. Espero que nos sean de muchísima utilidad.

  • Adoro escribir y leer. Creo que no sería feliz si no tengo un libro para hojear en las noches: me encanta quedarme dormida con una historia entre los dedos y adoro hacer un cuento de todo, con palabras más que con imágenes (lo segundo no se me da, pero no me quita las ganas de narrar).
  • Soy metódica, aunque a veces me cuesta terminar todo lo que empiezo. Me gusta encontrar una manera de simplificar procesos y odio perder tiempo tratando de hacer cosas que se pueden sistematizar (y no hablo sólo de procesos tecnológicos…).
  • Me gusta hablar. Mucho. En mi intimidad. Con Irene me he dado cuenta que tiendo a verbalizar todo (bueno, no tanto: soy medio cohibida para expresar ante extraños lo que pienso). Y pregunto razones o detalles de todo. Soy inquieta y me gusta dialogar.
  • Soy muy racional. Este punto a veces juega en mi contra, pues tiendo a explicar todo, a veces desconociendo que hay cosas que no caben en las palabras (o a sabiendas de que es así, pero olvidando que puede ser bueno simplemente sentir y callar).
  • Con lo único que soy minuciosa y perfeccionista es con lo abstracto (lo que escribo, lo que leo, lo que pienso). Tiendo a hacer muchas cosas prácticas al cálculo (recetas, proyectos de costura), ignorando a veces instrucciones. La buena noticia: no me frustro fácilmente con los resultados; si no sale lo que planeé soy buena para buscar alternativas o para dar por cerrado el intento sin que me quedé un sinsabor fatal.
  • No soy buena para trasnochar, no al menos haciendo cosas que impliquen pensamiento: si debo pensar, la mañana es una mejor hora.
  • Soy paciente.
  • Soy prudente.
  • Soy tranquila. El problema: no me gusta que se me altere mi espacio de paz. Y soy mala para oir ruidos todo el tiempo (odio, por ejemplo, las emisoras con conversaciones todo el día. O estoy oyéndolas atenta o debo apagarlas. No me gusta el ruido de voces al fondo… y eso a veces hace que no me dé cuenta de que estoy rodeada de mucho silencio… yolvide que a mi amorcito y a Irene les gusta un poco de “música” y actividad).
  • Suelo hacer varios proyectos al mismo tiempo… pero si algo no “me atrapa”, lo dejo con facilidad.
  • Intento ser más manitas, pero se me da mejor lo de pensar.
  • Me gusta muchísimo estar al aire libre.
  • Me gusta viajar.
  • Me distraigo fácilmente con las pantallas (es una ventaja no tener televisión en nuestra casa).
  • Tiendo a poner los deseos de otros por encima de los míos. Puede ser generoso, pero a veces restringue claridad.
  • Me gusta que tengamos tiempo libre en familia, sin actividades fijas. En esos ratos, por ejemplo, me encanta salir a caminar.

Creo que tendré que hacer una lista con las fortalezas de Irene y otra con nuestras necesidades de familia… Viéndolo bien, no era tan sencillo. Queda en “continuará”. 😉

Imagen tomada de Short-Story-time.com

8 febrero 2012 at 09:42 5 comentarios

Socializar: ¿qué pasa cuando los niños no van a la guardería o al colegio?

Irene crece a pasos agigantados. O eso me parece a mí: cada día amanece siendo más ella, más clara, más autónoma, más niña y menos bebé. Lo que dice, lo que hace, la manera como expresa lo que siente y piensa, sus deducciones (que las hay), sus anhelos, sus juegos… Todo en ella es para nosotros una sorpresa y un descubrimiento. Ene veces he escrito que es imposible dimensionar lo rápido que crece un chiquito, pero cada día compruebo que incluso esa aseveración se queda corta. Estos últimos días las sorpresas han ido de la mano de su capacidad (o limitación, si puede decírsele así) de socializar: si bien a veces muestra reservas, poco a poco se va soltando más en sus relaciones con los otros. Por eso intuyo que abrirnos a nuevos espacios con pequeños va a enriquecer su desarrollo muchísimo más.

Imagen tomada de Skamasle Imágenes.

Desde sus primeros meses de vida tuve la impresión de que Irene era una niña sociable: sonreía, se mostraba tranquila ante extraños, se sentía cómoda fuera de su casita… Por supuesto había épocas en que también contaban las excepciones, pero incluso con ellas sentía -y cada día más- que nuestra hija no era tímida.

Pues bien: de un tiempo para acá frente a ciertas personas (que la saludan en la calle, que se acercan a hablarnos, que le acarician el pelo con palabras melosas, que la invitan a jugar con otros niños en el parque…) Irene intenta aislarse poniendo sus manos en su carita. Los dedos quedan un poco entreabiertos por momentos (para ver a hurtadillas), pero en otros además de la manita ella aprieta sus ojos. El mensaje es claro y mamá, aunque a veces le dice “saluda, mi corazón, a la vecina”, se queda tranquila.

Momentos después, cuando el “peligro” intimidante se aleja, la chiquita hace comentarios del estilo de: “yo no quería saludar a esa señora” o “mamá, esa vecina no me gusta” o (también, con tristeza) “yo sí quería hablar con ella”. También me ha dicho: “me asusté” o “¿dónde está el señor?”, etcétera, etcétera.

Paralelamente, además de la historia del lobo (y ahora del “pollo”, haciendo referencia a un muñeco gigante, con personaje disfrazado adentro, que camina en los centros comerciales promocionando una cadena de comidas rápidas), nuestra pequeña desde hace algunos días anda diciendo “mamá, a mí no me gustan los payasos” (y tuvo unos en casa en su cumpleaños) y otras tantas cosas más que evidentemente la asustan o por su tamaño o por sus gestos. Dice cosas como “el pollo es malito” (luego, tras una explicación de mamá y papá concluye que no es malo, “es amigo, pero a mí no me gusta”). Es decir: los veo, pero de lejitos.

Y entonces, por supuesto, recuerdo todo aquello que he leído y visto sobre la socialización de los niños: que sólo a partir de los tres años pueden interrelacionarse -compartiendo, negociando, interactuando- con otros niños, que los temores y los miedos son etapas de su desarrollo (naturales, por demás), que de manera innata, desde que son bebés, los niños tienen periodos de apego a sus papás y un montón de cosas semejantes. Pero a veces me rondan preguntas…

¿Nuestra pequeña debe socializar más?

En general no me ha preocupado sobremanera el tema, quizás porque realmente el temperamento de Irene es el de una niña simpática y tranquila que es recelosa ante desconocidos (con unos menos, con otros más), como nosotros mismos, pero con todas las ideas de escuela en casa rondando mi cabeza no está de más indagar.

Nuestra experiencia este fin de semana en su primera clase de baile (en la que, por cierto, continuará) fue reveladora en ciertos aspectos: Irene estuvo un tanto reservada al comienzo y, aunque le encanta moverse y bailar, no siguió fácilmente el ritmo de sus compañeras (niñas un poco mayores que ellas, de 3 años en adelante), tal vez porque ha estado menos expuesta a actividades de grupo y porque -juzgo yo- no ha tenido una profesora enfrente antes, indicándole que haga esto o aquello.

¿Y qué concluyo?

Creo que, desde el punto de vista de la socialización es importante encontrar espacios de interacción para los pequeños alrededor de los 2 años y medio -ya cada quien decidirá si deben ser de escolarización. Yo pienso que si se puede estar con ellos en casa, mejor no– porque ellos mismos, si no lo han tenido, los irán pidiendo. Siento que si viviéramos más en tribu (como dice Laura Gutman) no sería necesario recurrir a espacios externos, porque la misma familia proporcionaría esa socialización básica, pero como no es nuestro caso ni hay hermanitos ni primitos alrededor… la clase de danza, la visita a la biblioteca y el juego en el parque con los vecinos puede funcionar genial.

Confieso que me preocupé un poco al principio de la clase de este sábado porque pensé que nuestra chiquita se estaba perdiendo de algo, pero la vida se impusó y me desmostró, cinco o diez minutos después, que los niños tienen una maravillosa capacidad de adaptación y que aunque Irene no siguiera  a rajatabla (y sobre todo de inmediato) todas las indicaciones (algo que celebro en cierta forma, además) sí logró integrarse a la dinámica de grupo, manteniendo su atención (sorprendentemente), disfrutando de la música y el baile, e interactuando en la medida que se lo pedía la situación. No se aisló ni un solo segundo del grupo, no lloró, no se molestó. Simplemente tardó un poco más en entender la dinámica de “yo te indico y tú me sigues”.

En resumen, empezamos una socialización “formal” en la vida de nuestra chiquita que nos irá dando la pauta para otras formas de hacerlo. Y no ir al colegio (o a la guardería, para el caso), no limita el aprender a estar con otros. Como colofón, dejo un par de artículos (además de los links de Homeschooling que aparecen en la columna derecha de este blog) al respecto:

7 febrero 2012 at 08:15 4 comentarios

¡A bailar!

Después de muchos “ponme las zapatillas, mamá, que quiero bailar” y un sinfín de variantes -que incluían moverse cada vez que oía una tonada y rogar con su más dulce tono que la llevara a mis clases de baile-, Irene tendrá este sábado su primera clase de danza.

En realidad no sabemos si podrá quedarse en el curso, pues es para niñas de 3 años en adelante, pero con las ganas que tiene esta chiquita de bailar, bailar, bailar, creo que no es difícil que siga juiciosa todas las indicaciones y tenga el visto bueno para continuar.

La clase se llama “Danza creativa” y es, según entiendo, una especie de pre-ballet. Desde hace tiempo queríamos encontrar una alternativa semejante para Irene, pero no lograba dar con ninguna academia que tuviera clases para niñas menores de 4 años. Al parecer (y no me extraña) es difícil que se concentren en una clase cuando están tan pequeñas, pero supongo que el curso se tendrá que adaptar un poco a ellas. Lo cierto, es que iniciar un proceso formativo, artístico, con algo que le guste y que pueda disfrutar -y que además le permita interactuar más- con otros niños es algo que queríamos hacer. Entre otras cosas, creo que hay ventajas interesantes al iniciar con la danza y la música. Veremos cómo nos va “a la hora del té”.

En cualquier caso, mamá se puso en la tarea de tejer unas calentadoras pequeñas. No usé un patrón particular, aunque encontré algunos aquí y acá, pero sí busqué una aguja circular. Al final, no logré hacer un tejido cerrado, sin costuras, básicamente porque el diámetro de la aguja resultó ser muy grande para nuestro proyecto -¡sólo monté 48 puntos! Jjeje-, pero terminé descubriendo que tejer con esas agujas es un placer: no pesa el tejido y las manos tienen muchísima más libertad de movimiento (a fin de cuentas, son unas agujas menos tiesas), no hay riesgo de que se pierda la aguja “desocupada” tras una vuelta y el tejido queda bien resguardado en la misma aguja cuando se deja de tejer.

En fin, que para Irene fijamos el día de la clase cuando mamá termine de tejer las calentadoras. 😉 Me di cuenta con ello de que es bonito empezar a darle a nuestra pequeña referencias de tiempo. “Ahora”, “ahorita” y “antes” son sus mayores referentes de pasado y “ahora”, “ahorita”,”más tarde” y “después” los de futuro. ¿Será tiempo de hacernos un calendario con dibujitos que le ayude a entender -entre otras cosas- el mañana y el ayer? (Cómo me gustaría ser capaz de hacer uno como ése que incluyo ahí… aunque también podré encargarlo. Jijiji). Seguimos con nuestro proyecto de estructurar un poco más nuestra rutina (de cara a un eventual homeschooling) y con unas ganas enormes de seguir cumpliendo proyectos. Crucemos dedos.

1 febrero 2012 at 12:12 4 comentarios


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