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Eloísa

Fuente de la imagen: Plano Informativo

Hemos llegado a las 26 semanas de nuestro embarazo, una espera, dulce y feliz como la de Irene, llena de sorpresas que confirman que cada chiquito es un mundo y que nosotros mismos, con el paso del tiempo, nos convertimos en seres distintos. Hoy, después de un gran silencio, reaparezco con noticias que hagan aunque sea un poco de justicia a lo que hemos vivido durante este tiempo. 😉

Para empezar, debo decir que ha sido un embarazo diferente, supongo que tanto por nuestra chiquita (que se llama Eloísa, por cierto) como por mí misma: los cambios de mi cuerpo, la edad, el clima, las secuelas que dejó en mi cuerpo la gestación de Irene… todo hace que me sienta como si fuera a ser madre por primera vez.

Muuuuuchos más síntomas

No sé si fue que olvidé detalles de nuestra experiencia anterior (tendré que leer mi propio blog, jjejjeje) o si realmente todo es distinto, lo cierto es que los primeros meses de este embarazo revolcaron mucho más mis hormonas que el anterior. Nada fue intolerable ni incapacitante, pero sí tuve mucha más sensibilidad a alimentos, a temperaturas e incluso al peso. Con respecto a los primeros, a estas alturas están superados. Con respecto a lo segundo, vamos de mal en peor. Aunque hasta aquí he subido un poco menos de peso que con Irene, mi espalda parece tener una memoria muy clara del desbalance producido al cargar en el vientre un chiquito. En consecuencia, me siento muchísimo más lenta a mis 26 semanas con Eloísa de lo que recuerdo haberme sentido con Irene. Y he recurrido desde hace ya un par de meses a un maravilloso cinturón de soporte que me ayuda a centrar mi columna con respecto a la gravedad. Es un recomendado fijo tanto para madres primerizas como para madres experimentadas. ¡Con decirles que ni me lo quito para dormir!

Con respecto a cuidados, también hay hábitos diferentes en nuestro día a día que, sospecho, han tenido incidencia en este embarazo incluso antes de la concepción. Abro capítulo aparte para profundizar un poco al respecto.

Primer gran cambio: Nuestra alimentación

No recuerdo si en el breve anuncio que hicimos de esta noticia hace unas semanas, mencioné que buscamos durante mucho tiempo la llegada de Eloísa: sin presiones, sin angustias, pero sí con una expectativa que se fue reduciendo con el paso de los años y que finalmente terminó en una aceptación en paz con la naturaleza. Llegamos a estar convencidos de que seríamos una familia de tres. Las estadísticas y la propia experiencia apuntaban a ello. No quisimos someternos a ningún tratamiento excepcional (que celebro que existan como alternativa para muchos padres que han recurrido a ello), quizás en parte porque ya teníamos a Irene y porque no quisimos imponerle nada a la vida. Sin ser deterministas confiamos en la sabiduría de la naturaleza. Si no llegaba otro chiquito podía ser porque ni mi cuerpo ni mi espíritu estaban en sintonía para recibirlo.

Para no hacer más larga la historia, a comienzos de este año, como mujer mayor de cuarenta que empezaba a sentir molestias en la agilidad de sus músculos, decidí tomarme en serio una práctica deportiva diaria y ajustar mi dieta, no para bajar de peso, porque realmente no lo necesitaba, sino para mejorar mi digestión. Ya desde el embarazo de Irene habíamos hecho cambios sustanciales como la eliminación del azúcar adicionado a zumos y jugos y otras bebidas, la incorporación de alternativas a los dulces refinados y procesados (básicamente por panela y miel en algunos casos), la introducción de alimentos fermentados caseros (chucrut, kéfir y kombucha) y la eliminación casi total de alimentos procesados: salsas, mermeladas, caldos de base y un largo etcétera dejaron de estar en la lista de la compra para ingresar a la lista de alimentos preparados en casa. Esto nos permitió una reducción significativa en la ingesta de preservantes y químicos y un renacer del gusto por la cocina, que siempre ha sido una de mis pasiones secretas, ahora en plena ebullición. Asimismo cambiamos los insumos de grandes mercados por alimentos locales y orgánicos, con lo que, según yo, ya habíamos llegado al tope de medidas para mejorar la alimentación.

Pues bien: no. Dos cambios aparentemente simples nos sorprendieron con resultados inesperados (el embarazo entre ellos): la eliminación definitiva del azúcar refinada (que consumíamos de vez en cuando en postres o dulces callejeros) y la eliminación del trigo y las harinas refinadas (que solíamos comer al desayuno). Yo, adicionalmente, eliminé por casi 4 meses la ingesta de granos (fríjoles, lentejas, maíz, garbanzos, arroz) y reduje algunos carbohidratos altos en su índice glucémico (patatas, principalmente). Estos alimentos los reemplazamos por repostería casera ( en la que incursioné por primera vez en mi vida con resultados gratos) endulzada con miel, panela, dátiles y banano y preparada con harinas alternativas de almendras, coco y yuca, y por intentos no del todo exitosos de panes sin gluten. Como resultado, las comidas y cenas se mantuvieron más o menos como antes, excepto por los cambios en guarniciones, ahora con más verduras y montones de aguacate. El desayuno, por su parte, sí sufrío un giro sustancial: el pan lo reemplazamos por crepes de banano y avena (con un poco de leche) y muy de vez en cuando por arepas de maíz caseras o de yuca, acompañadas de mermeladas caseras (hechas con panela), muchos huevos, bacon y algunas verduras.

¿El resultado? Incremento de energía y agilidad física, reducción casi total de los antojos entre comidas (por una mayor sensación de saciedad), baja de peso, mejores digestiones y, supongo, una desinflamación significativa de órganos internos, incluidos, sin duda, mi útero y sus trompas, que en algún examen diagnóstico aparecieron bloqueada totalmente una y la otra casi en su misma situación, pues apenas mostraba alguna permeabilidad. Esto último no puedo comprobarlo más que con mi embarazo, pero, visto los otros efectos y consultada la opinión de varios ginecólogos, creo que no es una idea traída de los cabellos.

Estos cambios, aclaro, pueden no tener los mismos efectos en todos los organismos. En mi caso, supusieron ajustes mínimos con respecto a los hábitos que habían llegado con Irene y estuvieron acompañados de buenas horas de sueño, una vida tranquila y un definitivo placer por la cocina. También, debo decirlo, de lecturas progresivas sobre la dieta paleo y primal (que son más o menos lo mencionado, diferenciándose en que la segunda incluye lácteos -que como sin problemas-) y de autores clásicos defensores de la comida tradicional como Chris Kresser, Edurne Ubani, Weston A. Price y Sally Fallon. Hay montones de recetas inspiradoras en la web sobre esta dieta y cantidades increíbles de bloggers y personas de a pie en Instagram y Facebook compartiéndolas. Si les interesa, les recomiendo, entre otros, a @thecastawaykitchen, @evamuerdelamanzana, @againstallgrain, @noncrumbsleft, @primal_gourmet, @whole30recipes, @keto.connetc, @iheartumami, @nomnompaleo, @physicalkitchenss, @therealfoodrds, @thewholesmiths y @paleorunningmomma. Y ya.

Lo segundo: deporte, reconexión conmigo misma, liberación de prejuicios (¿he dicho que los 40 te quitan un montón de peso con respecto al qué dirán?) y tranquilidad

Adicional a ello, como dije antes, introduje el hábito del deporte, con treinta a cuarenta y cinco minutos diarios de “cardio” (realizados en una elíptica), así como el contacto conmigo misma y una serie de pasiones postergadas por un “deber ser” profesional: llegados los 40 me he dado el gusto de hacer montones de cosas que me fascinan, las mismas que antes siempre quedaban pospuestas por una inquietud más intelectual. De ahí mi reencuentro con la cocina, con el dibujo, con la acuarela, con el grabado, con el deporte, con la costura y con la cerámica. Sigo leyendo (y editando a mi muy amado), pero no como mi actividad principal. Y escribo, pero menos, como se evidencia en esta casita. Y soy una administradora sin título, porque, por supuesto, en medio de todo esto, sigo en frente de toda la infraestructura práctica de este hogar.

Así, en definitiva, llega Eloísa a una familia más sosegada y en paz, y no porque antes no lo fuéramos, sino porque siento que todos estos cambios y estas reconexiones nos han liberado de un montón de cargas emocionales que cargamos a veces sin darnos cuenta. Siempre creí que era una mujer tranquila. Ahora pienso que estos últimos dos años me han dado muchísima más paz conmigo misma y con la vida que tengo (de la que estoy agradecidísima) y que todo eso, sumado a unos buenos hábitos alimenticios y de sueño, han marcado la pauta para la armonía que Eloísa necesitaba para arribar.

Irene, como hermanita mayor, no cabe en la ropa. Y creo que el recibir a esta chiquita a sus ocho años y medio supondrá también un nuevo universo en su vida cotidiana y emocional.

Seguiré dando reporte, aunque no sea con la misma frecuencia de Irene. Y prontamente, creo, rebautizaré esta casita en toda regla porque ya no es solo de nuestra luz y vida, Irene, sino también de este nuevo sol, esta nueva vida que es Eloísa.

Saludos y mucha felicidad. 😉

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21 noviembre 2017 at 11:58 1 comentario

13 semanas + 5 días

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No nos lo esperábamos, no por falta de deseos sino por lo que nos decían la medicina, el paso del tiempo y la edad. Sin embargo, a comienzos del verano, en medio de la tristeza profundísima que nos produjo la enfermedad inclemente de quien siempre será nuestra hermana, madrina, abuela y hasta mamá, descubrimos que un chiquito había llegado a nuestras vidas. Un último regalo suyo antes de marcharse físicamente, tal vez… El mejor regalo que nos ha podido llegar.

Han pasado un poco más de 8 años desde que empezamos este camino. Hoy lo retomamos casi con la misma ingenuidad de entonces, y con la más grande de las ilusiones. No nos alargamos ahora, pero prometemos compartir más detalles en el futuro. Por ahora, anunciamos que ha llegado otra chiquita (así, en femenino), y que de su mano llegan la esperanza y la felicidad.

24 agosto 2017 at 16:29 3 comentarios

La vista atrás

Han pasado ya varios años desde la última vez que escribí en esta casita. Y han pasado varios más desde que lo hacía de manera habitual. Los ritmos cambian (como lo he dicho ya en otras ocasiones) y también las formas de comunicarnos, de estar. No obstante, hay cosas que permanecen incluso cuando ya no las usas del mismo modo. Los blogs, por ejemplo, creo que siguen siendo espacios de encuentro y de aprendizaje. También pueden ser incluso formas de viaje en el tiempo y en la memoria. O diarios (journals, dirían en otros contextos), cada vez más personales (en apariencia) por los comentarios que ya casi no están. La casita de Irene ha sido todo eso y quizás más. Por ello, tal vez, hoy revivo este trayecto, con ganas de remirar, crecer y evaluar.

La vista atrás

Comenzaré por decir que el tono inicial de este blog, que se decantaba más por lo personal, a modo de diario, justamente, cambió pronto a un tono inquieto e investigativo, que se compaginaba perfectamente con el mar de preguntas que suelen acompañar los primeros meses del embarazo y los primeros meses y años posteriores a la llegada de un bebé. En ese sentido, estudié y compartí mucha información sobre embarazo, parto y lactancia, matizados con nuestra propia experiencia como prímaros de la ma-paternidad. Luego, en la misma medida en que Irene fue creciendo (y se abrió con ella, frente a nosotros, ese increíble anhelo por coger todo, probar todo y aprender a comer, caminar, hablar y bla bla bla), empezamos a compartir artículos sobre alimentación complementaria, las primeras palabras, la socialización de los niños, su educación, los primeros dientes, los primeros pasos, las primeras palabras y una cantidad de primeras veces más. Y con ello, nuestras reflexiones sobre el tipo de vida que queríamos y los cambios que generan en la rutina el saber que tienes a tu lado a un ser que te necesita todo el tiempo y por el que estás dispuesto a cambiar el mundo, si es necesario y te lo exige su bienestar. Con el paso de los meses, posteriormente, nos vimos enfrentados (en el buen sentido del término) a una chiquita que hablaba más, preguntaba más, se movía más, quería más, etcétera, etcétera, etcétera, que nos puso de vuelta al mundo de carne y hueso y nos mantuvo al margen, de manera creciente, de esta esfera digital. Así, de escribir dos y a veces hasta tres entradas semanales, pasamos a escribir solo una, y luego solo una quincenal, o mensual… Y llegamos hasta una eventual. Y así también, fuimos llegando a un tono final, mucho más práctico e íntimo que informativo, con el que hace un par de años casi definitivamente nos despedimos.

Hoy Irene es una niña maravillosa, exigente, enérgica e inquieta de casi 8 años. Ha pasado (y nosotros con ella) por experiencias maravillosas como su entrada al colegio (a los 4 y 5 meses, sin ninguna escolarizacón previa y mucho éxito a pesar de las expectativas que algunos cercanos tenían al respecto), su descubrimiento de la danza (que sigue siendo una de sus grandes pasiones), la ejecución de proyectos académicos, su introducción al mundo de Harry Potter (que adora), la enfermedad de un ser querido y el sufrimiento que la ausencia (aunque no siempre sea manifiesta) encierra, el enfrentarse a otras culturas y otros idiomas, la pérdida de una de sus mascotas, el poder empezar por sí misma a leer y escribir palabras y el anhelo de tener un hermanito sin que ese, por mucho que quisiera, pudiera llegar. La vida está hecha de eso, de momentos de vida y casi siempre de cambios y nuevas formas de estar, ser o pensar.

Volvemos a esta espacio, entonces, para remirar el camino recorrido (que aunque parezca mentira, ahora parece tan lejano) y quizás abrir un nuevo capítulo, no sé si aquí o en otro sitio, pero ya el tiempo lo dirá. Dejo, para aquellos que llegan por primera vez a esta página (que han de ser varios porque nuestras visitas aún crecen -¡GRACIAS!) un recuento de nuestras entradas más visitadas (en los últimos meses). Habrá temas pendientes, que quizás lleguen, relativos a la escolarización de los niños, la búsqueda de otro hijo, la educación de un hijo único, actividades en casa para hacer con los niños, las etapas del desarrollo psicológico y emocional de un pequeño y el embarazo después de los 40 años. Todo ello hace parte de este mundo inagotable de la maternidad y la crianza de los hijos, que en esta casita, como en otras tantas maravillosas, intentamos abordar.

Gracias por pasar por acá. 😉

Entradas más vistas en los últimos meses:

25 junio 2017 at 08:46 Deja un comentario

Seguimos vivos

Y felices. La vida ha dado mil saltos (y nosotros con ella, por supuesto) y con cada uno de ellos Irene ha ido creciendo. Nosotros, como papás y como seres humanos, también.

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Lo cierto es que este espacio se ha convertido en un recuerdo grato. Y debo decir que dejarlo un poco en el pasado (sin actualizarlo por ya casi dos años) significa paz. Me gustaría escribir, me encantaría compartir sucesos, experiencias, dudas y un montón de cosas, pero lo cierto es que entramos en otro ciclo de vida en el que empezamos a mirar un poco más adentro y a vivir también más libres de pantallas y búsquedas desenfrenadas en internet. Ya no siento la necesidad acuciante y quizás primeriza de saberlo todo e incluso expresarlo todo. Siento simplemente la necesidad de estar.

Pero a lo mejor porque los ciclos también tienen sus quiebres o porque en muchos momentos extraño este espacio en el que encontraba a muchas de esas mamás amigas que pasaban por lo mismo que yo, hoy vuelvo, volvemos Y no para reanudar una escritura frenética, sino para saludar y contarles que seguimos vivos, felices y sanos.

Irene es ya una niña de casi seis años. Va al colegio, sigue disfrutando de sus clases de ballet como el primer día, canta, oye cuentos por horas continuas en el radio, pinta muchísimo y disfruta de cada minuto que pasamos juntos. Es expresiva, imponente, amorosa y verbal. No sé si sea la edad o el resultado de esa convicción mía de que como podía entenderlo todo no paré de hablarle y explicarle hasta el zumbido de una mosca desde que estaba en mi vientre, pero Irene es una chiquita súper sociable y hablantinosa (y aclaro que esto último supone un esfuerzo a veces supremo, pues ese hablar y opinar sobre todo lo que oye a veces implica que papá y mamá no puedan hablar).

Y sigue siendo una hija única a pesar de quisimos tener otro hijo. Pero la vida impone sus ritmos y tal como pinta todo, creo que seguiremos siendo una familia de tres. Felices sí, y tranquilos. Incluso, me atrevo a decirlo, conscientes del gran regalo que supone en la vida tener un bebé.

Nuestros ritmos siguen teniendo casi los mismos parámetros de los primeros años: intentamos ajustarnos a los tiempos de ella, pasamos el mayor tiempo posible juntos y fijamos normas sobre la lógica de la consistencia y el “podemos hablar”. Hemos tenido etapas difíciles (los terribles dos y medio, los terribles tres y medio y ahora los “déjenme en paz” que saltan cada cierto tiempo en el corazón y la cabeza de esa niña libre que soñamos, pero que cuesta tanto entender como papás), pero han sido muchísimas más las felices. Y hemos aprendido a adaptarnos, aunque cada nueva situación suponga un esfuerzo extra y desconocido en este universo de la ma-paternidad.

No sé si volvamos pronto o no por estos lados, pero confío -como he hecho siempre- en que esta casita siga cumpliendo con su propósito: ser un espacio en el que esa tribu de mamás que pueden estar pasando por nuestras mismas situaciones encuentren la información y las palabras que nosotros, sin abuela ni tías ni mamás con experiencia a nuestro alrededor, logramos descubrir por experiencia y por pesquisa angustiante en san Google. Seguimos añorando y cada vez más a las abuelas, pero la vida nos puso estas condiciones y tratamos de llenar un poco esos huequitos con gratos recuerdos presentes. Irene, que es la que ahora más padece esa ausencia, intenta suplirla con un par de fotos al lado de su cama y con esfuerzos supremos de “magia”. Espero que si en el futuro no me tiene a su lado para preguntarme cómo empezó a caminar o cuál fue la primera palabra que dijo, pueda encontrar sus respuestas aún acá.

13 mayo 2015 at 10:23 5 comentarios

Y empezó noviembre…

Y yo no estoy participando en el NaNoWriMo como me lo había propuesto. Alcanzo a sentir algo de decepción, pero esta se aminora cuando recuerdo mi plena conciencia del asunto y las razones para no andar con metas semanales de escritura en este momento.

Intento seguir ritmos y dejar que la vida me indique sus tiempos. Y, bueno, después de 5 libros revisados y corregidos a lo largo de este año, no es tan grave que el que será hijo de este espacio tarde un poco más en salir. Ando intentando aquietar la mente (eso dicen que debe hacerse los que meditan) para disfrutar el ahora. Y, sí, proyecto, a veces más de lo que quiero, y recuerdo estos silencios cibernéticos. Así que espero tener libro en algún momento del 2013 y escribir más continuamente en esta casita (que historias sobran). Tengo varias en el tintero, pero el “no quiero que trabajes, mami” sigue imponiéndose. 😉

Besos.

14 noviembre 2012 at 08:05 3 comentarios

La velocidad de los niños

O el tiempo. No sé. Lo cierto es que hasta hace muy poco he logrado concretar algo que puede ser obvio para muchos: que los tiempos y la velocidad de papá y mamá son muy distintos a los de los niños y que cuando nosotros decimos rápido, el chiquito entiende algo distinto. No es tozudez, no es rebeldía, no son ganas de jorobar la vida. Es un asunto semántico y vital. Nada más. Así que la próxima vez que sienta que empieza a perder la paciencia porque su chiquito no reacciona al ritmo que usted espera, respire profundo y recuerde que él tardó40 semanas en formarse en su pancita… y luego más de un año en empezar a caminar y unos seis meses o más en probar alimentos “sólidos”. ¿Sigo con la lista? 😉

De hecho, esta “revelación” sobre la velocidad de los niños me ha dado espacio para darme cuenta también de por qué a nosotros nos cambia tanto la vida ser papás: llevó más de una semana con ella en la cabeza, pero eso que yo llamo modorra cibernética y que bien podría entenderse como una niña de tres años que quiere-estar-con-mamá-todo-el-tiempo-a-su-lado sin darle tiempo para respirar y mucho menos para sentarse a escribir entradas en su blog, se ha impuesto hasta hoy.

Y, por supuesto, como suele ocurrir cuando se tiene una idea dando vueltas en la cabeza, llegaron un par de pensamientos más que se unieron a ella y que ampliaron su forma. Las anexo para que cada quien se haga su propia idea:

  • La primera es una columna muy interesante y recomendada sobre la paradoja de la velocidad, escrita por el esposo de otro mamá bloguera (a quien extrañamos infinitamente, por cierto). Él dirige una organización llamada Despacio que intenta concretar en la vida cotidiana muchas de las ideas de lo que se ha denominado el movimiento Slow. Del tema ya hemos hablado acá, pero de las conclusiones actuales quizás no. Para simplificar voy a decir que la columna plantea desde una perspectiva un poco más relacionada con la movilidad el abismo semántico que hay entre la velocidad de los niños y la velocidad de los papás. Así diría (pegándome a la misma fábula usada en su texto por el señor Pardo) que mientras los niños son la tortuga, nosotros somos la liebre que intenta cocinar, comer, arreglar la casa, trabajar, pensar, comprar mercado, producir grandes ideas, hacer estupendos proyectos (un disfraz, un menú nuevo, un libro, etc, etc, etc)… todo mientras la feliz tortuga avanza sonriente por la vida disfrutando el camino (y sus días, por supuesto). ¿Quién, carajos, se inventó los horarios? Realmente tardarse una hora en comer la cena no debería ser problemático, sobre todo si lo que implica es un tiempo en familia, conversado (evítese el “come rápido que debo ___”) y gozado hasta (literalmente) la saciedad.
  • La segunda, una oración que encontré casualmente hoy en Familia Libre, sin otra referencia que la de su autora, pero que bien entra dentro de esta sarta de cosas que hoy incluyo acá. Dice: “El embarazo es básicamente un tiempo de espera. Mientras el niño activamente crece, necesita que la madre tranquilamente se detenga” (Laura Gutman).

En síntesis, quería compartir una obviedad que suele pasarnos de largo y que, cuando aparece, solemos reducir a una idea de “lentitud” asociada a los niños, satanizada y padecida diariamente por sus papás. Yo, particularmente, estoy harta de pasarme los minutos de mis comidas diciéndole a Irene que si no termina pronto se va a quedar solita (recordé que había vivido la misma escena millones de veces en sentido opuesto cuando estaba pequeña y era yo quien se tardaba horas enteras en la mesa). He decidido, en su lugar, intentar adaptarme al ritmo de la pequeña o encontrar no sé qué alternativas de “movilidad” que nos ayuden a conciliar un poco las diferencias. Es increíble cómo algo tan simple puede terminar -si lo dejamos- por arruinarnos un poco el rato… y mucho más si pensamos que al final del cuento la liebre es la que pierde la carrera…

(…) Se entretiene con cualquier cosa,
menos con la apuesta. Al final, cuando ve
que la otra tocaba casi la meta,
parte como una flecha; pero los impulsos hechos
fueron vanos: la tortuga llegó de primera.

¿Alguna idea, algún consejo? Creo que todos deberíamos vivir en el tiempo de los niños, o en su velocidad. Ojalá logré superarme a mí misma para hacerlo 😉

Un abrazo.

8 noviembre 2012 at 05:33 7 comentarios

Cambiar paradigmas: ¿matan las escuelas la creatividad?


Sigo fascinada con mis búsquedas (y sobre todo con mis hallazgos) sobre la educación. Hoy quiero compartir dos conferencias de Sir Ken Robinson, un investigador británico (elevado al título de Sir por sus aportes en el campo educativo) famoso por su visión sobre la educación y la creatividad y por la crítica que hace al modelo educativo actual (que heredamos de una época muy distinta, como se ilustra -literalmente- en el maravilloso primer video que anexo.

Hace quizás ya más de un año, cuando indagaba sobre la crianza de los niños en general, había visto una conferencia suya que hablaba sobre las escuelas y la creatividad. En ese entonces mis ideas sobre el homeschooling eran mucho más étereas, pues pensaba que era una tarea para valientes que quizás no podría asumir. Ahora, apesar de que no sé en la práctica qué signifique llevarla a cabo, me parece una alternativa más cercana y, sobre todo, válida.

Adjunto también un video con esa charla porque considero que plantea una crítica válida, ya no sólo al sistema educativo sino a nuestra sociedad, que ha desplazado buena parte del pensamiento creador e innovador por la comodidad: el juego libre (justo ahora que acabo de encontrar este maravilloso sitio para “jugar i jugar“) y espontáneo por programas de videojuegos, la vida simple por una larga lista de necesidades de confort.

Finalmente, recomiendo y mucho otras conferencias de Sir Ken Robinson que hay en la red, así como su sitio web. En casa, entretanto, seguimos disfrutando, aprendiendo, jugando. Gracias por todos sus comentarios. 😉

9 noviembre 2011 at 08:19 8 comentarios

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