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Eloísa y nuestro parto más que soñado (2)

Rodeada de felicidad y amor, Eloísa asomó su cabecita al mundo el sábado 10 de febrero a las 5:20 de la mañana. A su lado estaban papá y mamá y desde casa la esperaba una ansiosa hermanita (que llevaba casi 7 meses reclamando verla) acompañada de una de sus amorosas tías. El alumbramiento, la recuperación tras el parto y las veinticuatro horas de rigor internadas en la clínica fueron el preámbulo de su llegada definitiva a nuestras vidas. Tiempo de contemplación, caricias, cansancio y muuuucho amor.

Pies bebé

Northfoto

Una vez nace el bebé, por indicaciones de  la Organización Mundial de la Salud, a la mamá se le aplica oxitocina química para evitar una hemorragia postparto (según entiendo, mortal para la mamá. Este medicamento no es indispensable, pero era un protocolo ineludible en la clínica donde nació Eloísa). Luego se corta el cordón umbilical, se revisa el bebé (con un test llamado Apgar, que determina su capacidad de vivir autónomamente -es decir, de moverse y respirar-, además de verificar su frecuencia cardíaca, el color de su piel y su tono muscular) y ocurre el alumbramiento (es decir, la salida de la placenta) y el primer acercamiento entre bebé y mamá. Los puntos que se le hagan a la madre por desgarros o episotomía son la coda final del parto, seguidos del descanso y la observación final de ese pequeño milagro de vida y su mamá.

En el caso de Eloísa, todos estos pasos ocurrieron más o menos en la siguiente hora tras su nacimiento, en medio de la emoción que supuso la llegada de la chiquita. El cordón lo cortó papá (luego de que este dejó de latir, según recomiendan en el parto humanizado) y la placenta salió con la ayuda de la obstetra y de la oxitocina después de un masaje que resulta un poco molesto en medio del cansancio que supone para el útero la maratón del parto. El consuelo, sin duda, es el contacto piel con piel con el bebé y la cara de felicidad del padre de la criatura (en la versión suya aquí se debe insertar algo como “la cara de felicidad de la mamá”…). Posteriormente, se pasan a una sala de observación tanto la mamá como el recién nacido y finalmente, una vez se determina que no hay complicaciones, los “maratonistas” van a una habitación.

Obviamente esta secuencia puede tener múltiples variaciones, según el lugar donde ocurra el parto y según las condiciones del bebé y su mamá. En nuestro caso, más o menos a las 7 de la mañana desayunábamos plácidamente (yo, lo que me dieron en la clínica, Eloísa, la tita –es decir, la teta- de mamá) en el que fue nuestro espacio por las próximas 36 horas, acompañadas de papá.

No hay palabras que expresen lo que se llega a sentir al acariciar por fin con tus manos la delicada piel de tu bebé. Debe ser algo similar a lo que sentirías si lograrás entrar a un universo soñado y mágico (Hogwarts, en el caso de Irene; Rayuela -o mejor, una charla cara a cara con Cortázar, a la sombra de un árbol- en el de la mamá). Lo cierto es que mientras tomaba conciencia de mi cuerpo y de lo que acaba de pasar, no logré retirar mis ojos del rostro de Eloísa: sus ojitos cerrados, sus cachetes redondos, su naricita… A un mismo tiempo me llenaba de ella y recordaba lo que había sentido ocho años y medio atrás cuando tenía en mis brazos a Irene y me estrenaba como mamá. Recorrí con mis manos los deditos estirados, acaricié sus mejillas, susurré y canté mi “corazón de melón” para calmarla y la acerqué a mi pecho con la ilusión de que al oír mi corazón sabría que estaba en terreno seguro aunque hubiera cruzado al otro lado). Con toda mi alma quieres tranquilizarla, darle la bienvenida, hacerla sentirse amada.

En este punto, ya poco importa el dolor del parto o del pecho cuando ese chiquito que apenas se mueve se agarra por fin a ti para alimentarse, poco importan las semanas pasadas con el centro de gravedad alterado, las estrías, el dolor de espalda, las piernas hinchadas, los antojos, los mareos y el largo etcétera que supone ese acto supremo y casi mágico de “dar a luz”. Ahora, en cambio, empieza una nueva etapa, igual de imponente, animal e instintiva: ya no solo contemplamos y admiramos los avances de Eloísa, sino que existimos casi exclusivamente para alimentarla, protegerla y cobijarla con nuestro amor. Da igual si recuerdas o no lo demandante que resulta este tiempo: tienes a tu chiquito al lado y frente a cualquier duda racional se imponen la vida, el instinto y el amor.

Así que más que los detalles definitivos de nuestra experiencia final del parto, el alumbramiento y el postparto (que a un mes y unos cuantos días de haberlos vivido casi se empiezan a borrar), hemos iniciado de nuevo la gran aventura de la maternidad. En el camino hemos confirmado que cada niño es un universo y que eso que parecía definitivo (y que habíamos consignado en esta casita hace ocho años atrás) es variable e incierto: este primer mes de vida de Eloísa ha supuesto retos y sorpresas que consignaremos poco a poco acá. El más difícil (que da tela para la próxima entrada): la subida de la bilirrubina, una sustancia que normalmente sintetiza el hígado, pero que en los recién nacidos puede alcanzar niveles peligrosos para su desarrollo debido a la inmadurez que presentan aún algunos de sus órganos. Por hoy cerramos con la felicidad de haber superado incluso eso y de saber que esos gorgoritos que oímos mientras presionamos las teclas que materializan este historia son de esa chiquita que hasta le ha cambiado el nombre a esta casita y que nos cambia la vida a todos los demás. Irene, protagonista original, mantiene una sonrisa transparente y viva llena de amor por Eloísa. Nos pasa igual a sus papás. 😉

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13 marzo 2018 at 12:37 Deja un comentario

Eloísa y nuestro parto más que soñado (1)

Mas no sin dolor. La llegada de Eloísa al mundo el pasado 10 de febrero fue como quise que fuera y como hubiera querido que fuera la de Irene… No porque me sienta insatisfecha con el parto que tuve con su hermanita (de hecho, con el paso de los años me siento cada vez más agradecida), sino porque esta vez logramos que nuestra bebé llegará al mundo sin anestesia ni oxitocina, con mi amor infinito a mi lado en la sala de partos, cuidada no solo por una ginecóloga amorosa y respetuosa, sino también por una doula asertiva, oportuna y generosa que nos rodeó de fuerzas y aliento en el momento en que más lo necesitamos.

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 Grabado en linóleo hecho por Irene para Eloísa (prueba de autor).

La historia comienza un poco más de ocho años atrás, en mi primer embarazo, cuando la falta de una tribu cerquita a quien preguntarle todos las dudas de una mamá primeriza me llevó a indagar en cuanto libro, página, video y foro me encontraba sobre maternidad.

En ese entonces entendí (y sentí, sobre todo) que un parto menos medicalizado era ideal: no solo para mi cuerpo y su recuperación, sino -y sobre todo- para el bebé que llegaba al mundo. No desconocía el valor de una cesárea (cuando era realmente necesaria) o de los conocimientos médicos y científicos que apoyan los partos, pero tenía una gran confianza en la naturaleza y su modo ancestral y seguro de actuar. No quería, en definitiva, recurrir a ayudas ni por facilismo ni por afán occidental de controlar el cosmos. Quería, en resumen, un parto que pudiera desarrollarse al máximo en casa y que no echara mano de intervenciones ni medicamentos innecesarios. Lamentablemente (para mi espíritu, sobre todo), aunque en el parto de Irene sí logré lo primero y llegué con 8 centímetros de dilatación a la clínica, terminé con epidural y oxitocina y sin esposo amado acompañándome al final del parto. Recibí feliz a nuestra Irene, pero sentí engañadas y frustradas mis expectativas y padecí, de su mano sin duda, un brote horroroso en mi cuerpo que me duró (y molestó y picó) por más o menos 10 días. En resumen: tuve un parto feliz, pero teñido de frustraciones que molestaron los primeros días de Irene en nuestra casita.

Hoy creo que mi brote pudo ser no solo una alergia desatada por un medicamento sino también una expresión física del rechazo que sentí por la medicalización que me fue impuesta. También entiendo que mi parto fue “placentero” (si cabe decirlo), es decir, menos doloroso, gracias a la epidural. Y entiendo (y esto es quizás lo más importante) que debí ser menos soberbia y más agradecida por el parto que tuve con nuestra chiquita.

No pienso que las mujeres no tengamos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos ni mucho menos sobre el parto que queremos, pero siento que ninguna de esas metas debe ir en contra del flujo amoroso y vital que implica arrojar (en el sentido de parir y entregar) una nueva vida al universo. Estar en contradicción en un momento de tal trascendencia vital afecta en sí mismo el parto y le quita peso (y magia, incluso) a lo más importante en definitiva del mismo: la llegada del bebé. Y si voy más allá, debo agregar que si algo caracterizó tanto el embarazo como el preparto y el parto de Eloísa fue un aprendizaje de sensibilidad y humanidad: siento que con ella ha nacido una mamá más sensible y menos racional.

El preparto

La fecha probable de parto de Eloísa era el 23 de febrero. No obstante, desde el embarazo mismo sentí en muchas ocasiones que no llegaríamos hasta ese momento. Es más, tuve miedo, literal, de que ni siquiera pudiéramos llegar a un feliz término (tema del que hablaré en otro momento. Adelanto: no porque haya sido un embarazo con riesgos, sino porque todo a mi alrededor me confirmaba su excepcionalidad, y porque Eloísa, bebé arcoirís que llegó después de una pérdida de la que nunca he hablado realmente acá, llegó con un poder sanador poderoso pero no automático: mamá y papá aprendieron a la par de su crecimiento que las estadísticas son solo estadísticas y que la vida se impone cuando está destinada -aún tiemblo con la palabra- a perdurar).

La realidad es que desde mediados de la semana 36 empecé a sentir contracciones aisladas y no dolorosas de preparación que confirmaron como tales tanto mi obstetra como mi doula. Llegada la semana 37 las contracciones se mantenían (con un patrón que fluctuaba más o menos entre persistentes al mediodía, irregulares en duración y desaparecidas una vez me iba a la camita. Una semana antes de la que fue la fecha de parto pensé que Eloísa llegaría definitivamente en un par de días (ya tenía 4 centímetros de dilatación), pero la pequeña me enseñó (otra vez) que cada proceso toma su tiempo y que el cuándo, el cómo y el dónde no lo definía yo. Humildad, agradecimiento y confianza empezaron a erigirse como sus enseñanzas. Humildad frente al conocimiento (no me lo sé todo y está bien no saber ni controlar), agradecimiento frente a mi cuerpo y mi espíritu (que se preparaban para ese instante fundamental) y confianza en que cuando llegara el momento todo fluiría en sincronía (Eloísa nacería cuando su cuerpo estuviera preparado para vivir fuera del mío y cuando el mío estuviera listo para ayudarla a arribar). Pasó otra semana y el viernes 9, al igual que los días anteriores, las contracciones de preparación llegaron, un tris más fuertes, pero con el mismo patrón irregular.

Ese día me fui a dormir como a eso de las 10 de la noche, con la novedad de que apenas logré dormitar una media hora porque las contracciones se mantenían, incrementando su intensidad. Me levanté, abrí la aplicación con la que les hacía seguimiento y me cercioré de la frecuencia y la intensidad con que pasaban. A medianoche llamé a mi doula, que llegó a casa poco después y a las 2 de la mañana, tras un tacto que confirmó que ya estaba en 6 de dilatación, desperté a mi amorcito para salir a la clínica.

El parto

Como había salido positiva en mi prueba de Streptoccocus agalactiae, tenía la indicación de llegar allí con máximo 6 centímetros de dilatación. La idea era que pudieran aplicarme con cuatro horas de antelación al parto el antibiótico que protegería de una infección a Eloísa. Calculábamos que así no correría riesgo de que intentaran inducirme el parto (los centímetros anteriores se dilatan en preparto, es decir, puede detenerse -y es normal que pase- en cualquier momento la dilatación). Lo que no calculamos (ni yo, ni los médicos) es que podían pasar menos de cuatro horas en el resto de dilatación.

Entre que mi esposo despertaba y se arreglaba, salíamos para la clínica, me hacían el triage en urgencias y me revisaba el médico de turno para confirmar mi dilatación pasó un poco más de una hora. ¿Momentos curiosos? Que la enfermera no me creyó cuando en el triage le dije que tenía contracciones (no dolían, ergo no gritaba ni me quejaba), que la doctora de turno no me creyó cuando le dije que tenía 6 centímetros de dilatación (¿conocen la mirada de “no tienes ni idea de lo que estás hablando”?) y que cuando ella misma me hizo el tacto y me encontró de 7 centímetros hizo cara de “mier%&%” y me mandó volando a observación.

Lo cierto es que entre tanto tacto y mi no grito tardaron otra hora larga en hacerme la prueba de alergia al antibiótico y subirme a la habitación para hacer allí mi trabajo de parto. Mientras tanto, empecé a sentir dolor (progresivo), llamé a mi obstetra y llegué a la habitación. Más o menos a las 4:30 a.m. llegó mi médica. Me saludó emocionada, me revisó y fue a verificar con las enfermeras por qué aún no me habían puesto el antibiótico. Llegaron pronto, me lo pusieron y yo opté por tomar una ducha de agua calienta para intentar bajar el dolor de las contracciones, que había aumentado en regularidad e intensidad. La medida fue exitosa, pero cuando salí de la ducha, unos veinte minutos después, tuve un sangrado sorpresa. Caras de angustia y preocupación circularon en todos, hasta que un nuevo tacto confirmó que las membranas estaban íntegras y que un pólipo que tenía (y habíamos olvidado entonces) en el canal del parto  se había rasgado por la presión del bebé. Para estar más tranquilos, mi obstetra decidió romper fuente para ver cómo estaba el líquido amniótico. Lo hizo y tras confirmar que estaba transparente, la montaña rusa empezó. En cuestión de segundos sentí que mi voluntad final de que “a lo mejor sí voy a querer que me pongas una epidural” se iba para el trasto. Eloísa quería salir y mi cuerpo sentía la necesidad de pujar para ayudarle.

Confieso que de aquí en adelante las cosas ocurrieron a toda. Yo, por mi parte, estaba medio en trance, en un estado casi animal. Trajeron volando una camilla, me pidieron que me pasara a ella (yo a duras penas podía conectar solicitudes con acción) y me llevaron corriendo a la sala de partos. Detrás mío, supongo, salían mis dos médicas (la obstetra y la doula) y mi amor. Ellos debían ingresar por un ascensor distinto, luego de cambiarse la ropa por la de cirugía. No tengo ni idea de cómo llegaron. Pensé sinceramente que Eloísa nacería o en el pasillo o en el ascensor. Llegamos, sin embargo, a la sala, me pidieron nuevamente que me pasara (ahora al potro ese de partos), entraron mis tres valientes, se me pusieron al lado, me ayudaron y tras la orden de puja ya, en tres empujones veloces mi chiquita sacó cabecita, torso y piernas y llegó para quedarse definitivamente con nosotros, como vaticinó el primer ginecólogo, delicado, profesional y amoroso, que al principio del embarazo la revisó.

No recuerdo detalles. Solo sé que sentí el aro de fuego del que hablan al describir los partos sin epidural cuando salía su cabeza. No vi nada porque fui incapaz de abrir los ojos durante los pujos, pero sentí cómo su llegada abría el mundo, nos liberaba. Apreté la mano de mi doula y (creo) la de mi amorcito, que estaba a mi derecha, con todas mis fuerzas, y lo oí decirme emocionado, casi llorando, que la niña estaba bien, hermosa. Abrí los ojos y vi a mi doctora cargando a nuestra chiquita con sus manos. La puso en mi vientre, calientita y gritando, y el cosmos se completó definitivamente para nosotros en ese instante. Como dijo Irene, llegó esa chiquita que siempre habíamos estado esperando, cerrando un ciclo y abriendo una eternidad frente a nosotros.

(Y con suspiro y el corazón hecho una gelatina, paro hoy este relato. Esta semana retomaré historias para hablar del alumbramiento, la llegada a casa y la vuelta a la clínica por la bilirrubina.)

Gracias por llegar, por estar, por quedarte, amada Eloísa.

4 marzo 2018 at 11:21 Deja un comentario

35 semanas y 3 días

Ahora sí estamos en la recta final. Eloísa sigue creciendo y haciéndonos sentir su presencia no solo con sus movimientos (que son muchísimos) sino con la felicidad que su llegada nos da. Sé que he dado poca cuenta de su tiempo en mi pancita (y que seguramente lo lamentaré cuando pasen los días), pero siento que este tiempo ha sido más de estar conectada desde adentro que de hablar de ello. Chiquita, si algún día lees esto ten la certeza de que tu espera fue tan dulce y amada como la de Irene y que la ausencia de palabras al respecto es solo una muestra más de cómo cambiamos al ser mamás. Nuestro tiempo juntas compartiendo cuerpo, aire, vida ha sido íntimo, intenso y menos racional, pero maravilloso y nuevo como fue el de esa hermana que te besa en las noches, te acaricia y disfruta añorando el tiempo que vendrá cuando estés fuera de mamá. Hoy intentaré resumir cómo ha sido este último trimestre mientras ansío el día en que podamos tocarte y verte. ❤️

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Para empezar, debo decir que al igual que en los dos trimestres anteriores este embarazo ha sido en muchas cosas diferente al de Irene. Me siento más panzona, más habitada (¡te mueves una barbaridad!), más temerosa y más especial. Sigo estando lenta, distraída y, aunque suene contradictorio, serena. He tenido muchas menos preguntas prácticas que las que tuve en la gestación de Irene y, sobre todo, menos ganas de indagar.

¿Las diferencias físicas? Pues aparte de los dolores de espalda, que creo que he mencionado antes, y de sentir casi con certeza meridiana en qué posición está siempre Eloísa (acabamos de pasar un par de semanas tipo molino en las que de estar de cabezas pasó a estar atravesada, luego de nalgas y ahora otra vez en la añorada posición cefálica), se me han hinchado un poco las manos y los pies y en más de una ocasión he tenido que bajar el ritmo al caminar por sentir en lo más profundo de mi cuello del útero sus “cosquillas”. También he sentido acidez en la boca del estómago, pero casi pasó por completo el mismo día en que ella volvió a ponerse de cabecita.

Datos para anotar: que aunque alcancé a preocuparme cuando se giró y la ginecóloga me dijo que confiaba en que volviera a ponerse de cabezas para lograr nuestro parto natural, no hice nada extraordinario para que lo hiciera. De algún modo sabía que podía girarse si tenía en cuenta que nunca ha parado de moverse a lo largo de todo este tiempo, además de que quedaba tiempo por delante y usualmente la naturaleza sigue su ciclo natural. Me recomendaron yoga prenatal, sentarme en una mecedora, masajearme los dedos pequeños de los pies y caminar, pero de ello solo hice lo que podía hacer parte de mi cotidianidad sin agredir el ritmo lento que ha caracterizado este último trimestre juntas.

Los reportes médicos, por su parte, son maravillosos. Ni preclamsia, ni diabetes, ni nada que indique alarma o prematuridad. Hubo un momento en que todas las anteriores estuvieron en juego por mi edad, pero las pruebas diagnósticas han sido positivas y a la fecha esperamos un parto a término (lo más natural posible, además). Hoy nos hicieron nuestra última ecografía. Según ella, esta chiquita ya casi pesa 2900 gramos (¡gordita!), está llena de vitalidad, tiene sus órganos funcionando a las mil maravillas y se tapa la cara con las manitas para no dañar la sorpresa que en unas semanas le dará a Irene, su papá y su mamá.

En cuanto a todo lo relacionado en términos prácticos con los preparativos para recibirla… pues igual que con lo demás. Siento que la ansiedad es distinta y que el afán por tener todo en cintura (cuna, ropa, coche y demás) se ha disminuido una cantidad. Hemos organizado y conseguido lo que consideramos que podría hacernos falta (por internet, además), teniendo como resultado que más que pasar horas recorriendo tiendas hemos pasado una temporada en familia, disfrutando muchísimo las vacaciones de Irene y preparando nuestros corazones para que sean el nido en el que Eloísa de ahora en adelante se resguardará.

Adicional a ello, tomamos la decisión de acompañarnos de una doula, con la idea de pasar el mayor tiempo posible de nuestro parto en casa (como lo hicimos con Irene, pero siendo conscientes que cada que al ser este mi segundo el proceso podría ser más rápido), además de prepararnos emocional y físicamente en familia. He consultado la opinión de nuestra ginecóloga al respecto y, siguiendo su recomendación, hemos contactado a Daniela, una médica además de doula, concreta, experimentada y amorosa. Apenas iniciaremos nuestro proceso de conocernos, pero me siento tranquila al pensar que estará a nuestro lado, no solo porque confío en que con ella lograremos un parto más humanizado, sino también porque sé que su presencia le dará seguridad a papá, que en esta ocasión, si todo sale como lo pensamos, estará presente en el parto. Descartamos la idea de un parto en casa por seguridad. 😉

Finalmente, dejo para acompañar este texto dos imágenes de la carita de Eloísa a sus 27 semanas y tres días… No sé qué piensen ustedes, pero a mí se me parece a Irene… ¿Será?

22 enero 2018 at 17:07 Deja un comentario

Eloísa

Fuente de la imagen: Plano Informativo

Hemos llegado a las 26 semanas de nuestro embarazo, una espera, dulce y feliz como la de Irene, llena de sorpresas que confirman que cada chiquito es un mundo y que nosotros mismos, con el paso del tiempo, nos convertimos en seres distintos. Hoy, después de un gran silencio, reaparezco con noticias que hagan aunque sea un poco de justicia a lo que hemos vivido durante este tiempo. 😉

Para empezar, debo decir que ha sido un embarazo diferente, supongo que tanto por nuestra chiquita (que se llama Eloísa, por cierto) como por mí misma: los cambios de mi cuerpo, la edad, el clima, las secuelas que dejó en mi cuerpo la gestación de Irene… todo hace que me sienta como si fuera a ser madre por primera vez.

Muuuuuchos más síntomas

No sé si fue que olvidé detalles de nuestra experiencia anterior (tendré que leer mi propio blog, jjejjeje) o si realmente todo es distinto, lo cierto es que los primeros meses de este embarazo revolcaron mucho más mis hormonas que el anterior. Nada fue intolerable ni incapacitante, pero sí tuve mucha más sensibilidad a alimentos, a temperaturas e incluso al peso. Con respecto a los primeros, a estas alturas están superados. Con respecto a lo segundo, vamos de mal en peor. Aunque hasta aquí he subido un poco menos de peso que con Irene, mi espalda parece tener una memoria muy clara del desbalance producido al cargar en el vientre un chiquito. En consecuencia, me siento muchísimo más lenta a mis 26 semanas con Eloísa de lo que recuerdo haberme sentido con Irene. Y he recurrido desde hace ya un par de meses a un maravilloso cinturón de soporte que me ayuda a centrar mi columna con respecto a la gravedad. Es un recomendado fijo tanto para madres primerizas como para madres experimentadas. ¡Con decirles que ni me lo quito para dormir!

Con respecto a cuidados, también hay hábitos diferentes en nuestro día a día que, sospecho, han tenido incidencia en este embarazo incluso antes de la concepción. Abro capítulo aparte para profundizar un poco al respecto.

Primer gran cambio: Nuestra alimentación

No recuerdo si en el breve anuncio que hicimos de esta noticia hace unas semanas, mencioné que buscamos durante mucho tiempo la llegada de Eloísa: sin presiones, sin angustias, pero sí con una expectativa que se fue reduciendo con el paso de los años y que finalmente terminó en una aceptación en paz con la naturaleza. Llegamos a estar convencidos de que seríamos una familia de tres. Las estadísticas y la propia experiencia apuntaban a ello. No quisimos someternos a ningún tratamiento excepcional (que celebro que existan como alternativa para muchos padres que han recurrido a ello), quizás en parte porque ya teníamos a Irene y porque no quisimos imponerle nada a la vida. Sin ser deterministas confiamos en la sabiduría de la naturaleza. Si no llegaba otro chiquito podía ser porque ni mi cuerpo ni mi espíritu estaban en sintonía para recibirlo.

Para no hacer más larga la historia, a comienzos de este año, como mujer mayor de cuarenta que empezaba a sentir molestias en la agilidad de sus músculos, decidí tomarme en serio una práctica deportiva diaria y ajustar mi dieta, no para bajar de peso, porque realmente no lo necesitaba, sino para mejorar mi digestión. Ya desde el embarazo de Irene habíamos hecho cambios sustanciales como la eliminación del azúcar adicionado a zumos y jugos y otras bebidas, la incorporación de alternativas a los dulces refinados y procesados (básicamente por panela y miel en algunos casos), la introducción de alimentos fermentados caseros (chucrut, kéfir y kombucha) y la eliminación casi total de alimentos procesados: salsas, mermeladas, caldos de base y un largo etcétera dejaron de estar en la lista de la compra para ingresar a la lista de alimentos preparados en casa. Esto nos permitió una reducción significativa en la ingesta de preservantes y químicos y un renacer del gusto por la cocina, que siempre ha sido una de mis pasiones secretas, ahora en plena ebullición. Asimismo cambiamos los insumos de grandes mercados por alimentos locales y orgánicos, con lo que, según yo, ya habíamos llegado al tope de medidas para mejorar la alimentación.

Pues bien: no. Dos cambios aparentemente simples nos sorprendieron con resultados inesperados (el embarazo entre ellos): la eliminación definitiva del azúcar refinada (que consumíamos de vez en cuando en postres o dulces callejeros) y la eliminación del trigo y las harinas refinadas (que solíamos comer al desayuno). Yo, adicionalmente, eliminé por casi 4 meses la ingesta de granos (fríjoles, lentejas, maíz, garbanzos, arroz) y reduje algunos carbohidratos altos en su índice glucémico (patatas, principalmente). Estos alimentos los reemplazamos por repostería casera ( en la que incursioné por primera vez en mi vida con resultados gratos) endulzada con miel, panela, dátiles y banano y preparada con harinas alternativas de almendras, coco y yuca, y por intentos no del todo exitosos de panes sin gluten. Como resultado, las comidas y cenas se mantuvieron más o menos como antes, excepto por los cambios en guarniciones, ahora con más verduras y montones de aguacate. El desayuno, por su parte, sí sufrío un giro sustancial: el pan lo reemplazamos por crepes de banano y avena (con un poco de leche) y muy de vez en cuando por arepas de maíz caseras o de yuca, acompañadas de mermeladas caseras (hechas con panela), muchos huevos, bacon y algunas verduras.

¿El resultado? Incremento de energía y agilidad física, reducción casi total de los antojos entre comidas (por una mayor sensación de saciedad), baja de peso, mejores digestiones y, supongo, una desinflamación significativa de órganos internos, incluidos, sin duda, mi útero y sus trompas, que en algún examen diagnóstico aparecieron bloqueada totalmente una y la otra casi en su misma situación, pues apenas mostraba alguna permeabilidad. Esto último no puedo comprobarlo más que con mi embarazo, pero, visto los otros efectos y consultada la opinión de varios ginecólogos, creo que no es una idea traída de los cabellos.

Estos cambios, aclaro, pueden no tener los mismos efectos en todos los organismos. En mi caso, supusieron ajustes mínimos con respecto a los hábitos que habían llegado con Irene y estuvieron acompañados de buenas horas de sueño, una vida tranquila y un definitivo placer por la cocina. También, debo decirlo, de lecturas progresivas sobre la dieta paleo y primal (que son más o menos lo mencionado, diferenciándose en que la segunda incluye lácteos -que como sin problemas-) y de autores clásicos defensores de la comida tradicional como Chris Kresser, Edurne Ubani, Weston A. Price y Sally Fallon. Hay montones de recetas inspiradoras en la web sobre esta dieta y cantidades increíbles de bloggers y personas de a pie en Instagram y Facebook compartiéndolas. Si les interesa, les recomiendo, entre otros, a @thecastawaykitchen, @evamuerdelamanzana, @againstallgrain, @noncrumbsleft, @primal_gourmet, @whole30recipes, @keto.connetc, @iheartumami, @nomnompaleo, @physicalkitchenss, @therealfoodrds, @thewholesmiths y @paleorunningmomma. Y ya.

Lo segundo: deporte, reconexión conmigo misma, liberación de prejuicios (¿he dicho que los 40 te quitan un montón de peso con respecto al qué dirán?) y tranquilidad

Adicional a ello, como dije antes, introduje el hábito del deporte, con treinta a cuarenta y cinco minutos diarios de “cardio” (realizados en una elíptica), así como el contacto conmigo misma y una serie de pasiones postergadas por un “deber ser” profesional: llegados los 40 me he dado el gusto de hacer montones de cosas que me fascinan, las mismas que antes siempre quedaban pospuestas por una inquietud más intelectual. De ahí mi reencuentro con la cocina, con el dibujo, con la acuarela, con el grabado, con el deporte, con la costura y con la cerámica. Sigo leyendo (y editando a mi muy amado), pero no como mi actividad principal. Y escribo, pero menos, como se evidencia en esta casita. Y soy una administradora sin título, porque, por supuesto, en medio de todo esto, sigo en frente de toda la infraestructura práctica de este hogar.

Así, en definitiva, llega Eloísa a una familia más sosegada y en paz, y no porque antes no lo fuéramos, sino porque siento que todos estos cambios y estas reconexiones nos han liberado de un montón de cargas emocionales que cargamos a veces sin darnos cuenta. Siempre creí que era una mujer tranquila. Ahora pienso que estos últimos dos años me han dado muchísima más paz conmigo misma y con la vida que tengo (de la que estoy agradecidísima) y que todo eso, sumado a unos buenos hábitos alimenticios y de sueño, han marcado la pauta para la armonía que Eloísa necesitaba para arribar.

Irene, como hermanita mayor, no cabe en la ropa. Y creo que el recibir a esta chiquita a sus ocho años y medio supondrá también un nuevo universo en su vida cotidiana y emocional.

Seguiré dando reporte, aunque no sea con la misma frecuencia de Irene. Y prontamente, creo, rebautizaré esta casita en toda regla porque ya no es solo de nuestra luz y vida, Irene, sino también de este nuevo sol, esta nueva vida que es Eloísa.

Saludos y mucha felicidad. 😉

21 noviembre 2017 at 11:58 1 comentario

13 semanas + 5 días

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No nos lo esperábamos, no por falta de deseos sino por lo que nos decían la medicina, el paso del tiempo y la edad. Sin embargo, a comienzos del verano, en medio de la tristeza profundísima que nos produjo la enfermedad inclemente de quien siempre será nuestra hermana, madrina, abuela y hasta mamá, descubrimos que un chiquito había llegado a nuestras vidas. Un último regalo suyo antes de marcharse físicamente, tal vez… El mejor regalo que nos ha podido llegar.

Han pasado un poco más de 8 años desde que empezamos este camino. Hoy lo retomamos casi con la misma ingenuidad de entonces, y con la más grande de las ilusiones. No nos alargamos ahora, pero prometemos compartir más detalles en el futuro. Por ahora, anunciamos que ha llegado otra chiquita (así, en femenino), y que de su mano llegan la esperanza y la felicidad.

24 agosto 2017 at 16:29 3 comentarios

La vista atrás

Han pasado ya varios años desde la última vez que escribí en esta casita. Y han pasado varios más desde que lo hacía de manera habitual. Los ritmos cambian (como lo he dicho ya en otras ocasiones) y también las formas de comunicarnos, de estar. No obstante, hay cosas que permanecen incluso cuando ya no las usas del mismo modo. Los blogs, por ejemplo, creo que siguen siendo espacios de encuentro y de aprendizaje. También pueden ser incluso formas de viaje en el tiempo y en la memoria. O diarios (journals, dirían en otros contextos), cada vez más personales (en apariencia) por los comentarios que ya casi no están. La casita de Irene ha sido todo eso y quizás más. Por ello, tal vez, hoy revivo este trayecto, con ganas de remirar, crecer y evaluar.

La vista atrás

Comenzaré por decir que el tono inicial de este blog, que se decantaba más por lo personal, a modo de diario, justamente, cambió pronto a un tono inquieto e investigativo, que se compaginaba perfectamente con el mar de preguntas que suelen acompañar los primeros meses del embarazo y los primeros meses y años posteriores a la llegada de un bebé. En ese sentido, estudié y compartí mucha información sobre embarazo, parto y lactancia, matizados con nuestra propia experiencia como prímaros de la ma-paternidad. Luego, en la misma medida en que Irene fue creciendo (y se abrió con ella, frente a nosotros, ese increíble anhelo por coger todo, probar todo y aprender a comer, caminar, hablar y bla bla bla), empezamos a compartir artículos sobre alimentación complementaria, las primeras palabras, la socialización de los niños, su educación, los primeros dientes, los primeros pasos, las primeras palabras y una cantidad de primeras veces más. Y con ello, nuestras reflexiones sobre el tipo de vida que queríamos y los cambios que generan en la rutina el saber que tienes a tu lado a un ser que te necesita todo el tiempo y por el que estás dispuesto a cambiar el mundo, si es necesario y te lo exige su bienestar. Con el paso de los meses, posteriormente, nos vimos enfrentados (en el buen sentido del término) a una chiquita que hablaba más, preguntaba más, se movía más, quería más, etcétera, etcétera, etcétera, que nos puso de vuelta al mundo de carne y hueso y nos mantuvo al margen, de manera creciente, de esta esfera digital. Así, de escribir dos y a veces hasta tres entradas semanales, pasamos a escribir solo una, y luego solo una quincenal, o mensual… Y llegamos hasta una eventual. Y así también, fuimos llegando a un tono final, mucho más práctico e íntimo que informativo, con el que hace un par de años casi definitivamente nos despedimos.

Hoy Irene es una niña maravillosa, exigente, enérgica e inquieta de casi 8 años. Ha pasado (y nosotros con ella) por experiencias maravillosas como su entrada al colegio (a los 4 y 5 meses, sin ninguna escolarizacón previa y mucho éxito a pesar de las expectativas que algunos cercanos tenían al respecto), su descubrimiento de la danza (que sigue siendo una de sus grandes pasiones), la ejecución de proyectos académicos, su introducción al mundo de Harry Potter (que adora), la enfermedad de un ser querido y el sufrimiento que la ausencia (aunque no siempre sea manifiesta) encierra, el enfrentarse a otras culturas y otros idiomas, la pérdida de una de sus mascotas, el poder empezar por sí misma a leer y escribir palabras y el anhelo de tener un hermanito sin que ese, por mucho que quisiera, pudiera llegar. La vida está hecha de eso, de momentos de vida y casi siempre de cambios y nuevas formas de estar, ser o pensar.

Volvemos a esta espacio, entonces, para remirar el camino recorrido (que aunque parezca mentira, ahora parece tan lejano) y quizás abrir un nuevo capítulo, no sé si aquí o en otro sitio, pero ya el tiempo lo dirá. Dejo, para aquellos que llegan por primera vez a esta página (que han de ser varios porque nuestras visitas aún crecen -¡GRACIAS!) un recuento de nuestras entradas más visitadas (en los últimos meses). Habrá temas pendientes, que quizás lleguen, relativos a la escolarización de los niños, la búsqueda de otro hijo, la educación de un hijo único, actividades en casa para hacer con los niños, las etapas del desarrollo psicológico y emocional de un pequeño y el embarazo después de los 40 años. Todo ello hace parte de este mundo inagotable de la maternidad y la crianza de los hijos, que en esta casita, como en otras tantas maravillosas, intentamos abordar.

Gracias por pasar por acá. 😉

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25 junio 2017 at 08:46 Deja un comentario

Seguimos vivos

Y felices. La vida ha dado mil saltos (y nosotros con ella, por supuesto) y con cada uno de ellos Irene ha ido creciendo. Nosotros, como papás y como seres humanos, también.

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Lo cierto es que este espacio se ha convertido en un recuerdo grato. Y debo decir que dejarlo un poco en el pasado (sin actualizarlo por ya casi dos años) significa paz. Me gustaría escribir, me encantaría compartir sucesos, experiencias, dudas y un montón de cosas, pero lo cierto es que entramos en otro ciclo de vida en el que empezamos a mirar un poco más adentro y a vivir también más libres de pantallas y búsquedas desenfrenadas en internet. Ya no siento la necesidad acuciante y quizás primeriza de saberlo todo e incluso expresarlo todo. Siento simplemente la necesidad de estar.

Pero a lo mejor porque los ciclos también tienen sus quiebres o porque en muchos momentos extraño este espacio en el que encontraba a muchas de esas mamás amigas que pasaban por lo mismo que yo, hoy vuelvo, volvemos Y no para reanudar una escritura frenética, sino para saludar y contarles que seguimos vivos, felices y sanos.

Irene es ya una niña de casi seis años. Va al colegio, sigue disfrutando de sus clases de ballet como el primer día, canta, oye cuentos por horas continuas en el radio, pinta muchísimo y disfruta de cada minuto que pasamos juntos. Es expresiva, imponente, amorosa y verbal. No sé si sea la edad o el resultado de esa convicción mía de que como podía entenderlo todo no paré de hablarle y explicarle hasta el zumbido de una mosca desde que estaba en mi vientre, pero Irene es una chiquita súper sociable y hablantinosa (y aclaro que esto último supone un esfuerzo a veces supremo, pues ese hablar y opinar sobre todo lo que oye a veces implica que papá y mamá no puedan hablar).

Y sigue siendo una hija única a pesar de quisimos tener otro hijo. Pero la vida impone sus ritmos y tal como pinta todo, creo que seguiremos siendo una familia de tres. Felices sí, y tranquilos. Incluso, me atrevo a decirlo, conscientes del gran regalo que supone en la vida tener un bebé.

Nuestros ritmos siguen teniendo casi los mismos parámetros de los primeros años: intentamos ajustarnos a los tiempos de ella, pasamos el mayor tiempo posible juntos y fijamos normas sobre la lógica de la consistencia y el “podemos hablar”. Hemos tenido etapas difíciles (los terribles dos y medio, los terribles tres y medio y ahora los “déjenme en paz” que saltan cada cierto tiempo en el corazón y la cabeza de esa niña libre que soñamos, pero que cuesta tanto entender como papás), pero han sido muchísimas más las felices. Y hemos aprendido a adaptarnos, aunque cada nueva situación suponga un esfuerzo extra y desconocido en este universo de la ma-paternidad.

No sé si volvamos pronto o no por estos lados, pero confío -como he hecho siempre- en que esta casita siga cumpliendo con su propósito: ser un espacio en el que esa tribu de mamás que pueden estar pasando por nuestras mismas situaciones encuentren la información y las palabras que nosotros, sin abuela ni tías ni mamás con experiencia a nuestro alrededor, logramos descubrir por experiencia y por pesquisa angustiante en san Google. Seguimos añorando y cada vez más a las abuelas, pero la vida nos puso estas condiciones y tratamos de llenar un poco esos huequitos con gratos recuerdos presentes. Irene, que es la que ahora más padece esa ausencia, intenta suplirla con un par de fotos al lado de su cama y con esfuerzos supremos de “magia”. Espero que si en el futuro no me tiene a su lado para preguntarme cómo empezó a caminar o cuál fue la primera palabra que dijo, pueda encontrar sus respuestas aún acá.

13 mayo 2015 at 10:23 5 comentarios

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