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Eloísa y nuestro parto más que soñado (2)

Rodeada de felicidad y amor, Eloísa asomó su cabecita al mundo el sábado 10 de febrero a las 5:20 de la mañana. A su lado estaban papá y mamá y desde casa la esperaba una ansiosa hermanita (que llevaba casi 7 meses reclamando verla) acompañada de una de sus amorosas tías. El alumbramiento, la recuperación tras el parto y las veinticuatro horas de rigor internadas en la clínica fueron el preámbulo de su llegada definitiva a nuestras vidas. Tiempo de contemplación, caricias, cansancio y muuuucho amor.

Pies bebé

Northfoto

Una vez nace el bebé, por indicaciones de  la Organización Mundial de la Salud, a la mamá se le aplica oxitocina química para evitar una hemorragia postparto (según entiendo, mortal para la mamá. Este medicamento no es indispensable, pero era un protocolo ineludible en la clínica donde nació Eloísa). Luego se corta el cordón umbilical, se revisa el bebé (con un test llamado Apgar, que determina su capacidad de vivir autónomamente -es decir, de moverse y respirar-, además de verificar su frecuencia cardíaca, el color de su piel y su tono muscular) y ocurre el alumbramiento (es decir, la salida de la placenta) y el primer acercamiento entre bebé y mamá. Los puntos que se le hagan a la madre por desgarros o episotomía son la coda final del parto, seguidos del descanso y la observación final de ese pequeño milagro de vida y su mamá.

En el caso de Eloísa, todos estos pasos ocurrieron más o menos en la siguiente hora tras su nacimiento, en medio de la emoción que supuso la llegada de la chiquita. El cordón lo cortó papá (luego de que este dejó de latir, según recomiendan en el parto humanizado) y la placenta salió con la ayuda de la obstetra y de la oxitocina después de un masaje que resulta un poco molesto en medio del cansancio que supone para el útero la maratón del parto. El consuelo, sin duda, es el contacto piel con piel con el bebé y la cara de felicidad del padre de la criatura (en la versión suya aquí se debe insertar algo como “la cara de felicidad de la mamá”…). Posteriormente, se pasan a una sala de observación tanto la mamá como el recién nacido y finalmente, una vez se determina que no hay complicaciones, los “maratonistas” van a una habitación.

Obviamente esta secuencia puede tener múltiples variaciones, según el lugar donde ocurra el parto y según las condiciones del bebé y su mamá. En nuestro caso, más o menos a las 7 de la mañana desayunábamos plácidamente (yo, lo que me dieron en la clínica, Eloísa, la tita –es decir, la teta- de mamá) en el que fue nuestro espacio por las próximas 36 horas, acompañadas de papá.

No hay palabras que expresen lo que se llega a sentir al acariciar por fin con tus manos la delicada piel de tu bebé. Debe ser algo similar a lo que sentirías si lograrás entrar a un universo soñado y mágico (Hogwarts, en el caso de Irene; Rayuela -o mejor, una charla cara a cara con Cortázar, a la sombra de un árbol- en el de la mamá). Lo cierto es que mientras tomaba conciencia de mi cuerpo y de lo que acaba de pasar, no logré retirar mis ojos del rostro de Eloísa: sus ojitos cerrados, sus cachetes redondos, su naricita… A un mismo tiempo me llenaba de ella y recordaba lo que había sentido ocho años y medio atrás cuando tenía en mis brazos a Irene y me estrenaba como mamá. Recorrí con mis manos los deditos estirados, acaricié sus mejillas, susurré y canté mi “corazón de melón” para calmarla y la acerqué a mi pecho con la ilusión de que al oír mi corazón sabría que estaba en terreno seguro aunque hubiera cruzado al otro lado). Con toda mi alma quieres tranquilizarla, darle la bienvenida, hacerla sentirse amada.

En este punto, ya poco importa el dolor del parto o del pecho cuando ese chiquito que apenas se mueve se agarra por fin a ti para alimentarse, poco importan las semanas pasadas con el centro de gravedad alterado, las estrías, el dolor de espalda, las piernas hinchadas, los antojos, los mareos y el largo etcétera que supone ese acto supremo y casi mágico de “dar a luz”. Ahora, en cambio, empieza una nueva etapa, igual de imponente, animal e instintiva: ya no solo contemplamos y admiramos los avances de Eloísa, sino que existimos casi exclusivamente para alimentarla, protegerla y cobijarla con nuestro amor. Da igual si recuerdas o no lo demandante que resulta este tiempo: tienes a tu chiquito al lado y frente a cualquier duda racional se imponen la vida, el instinto y el amor.

Así que más que los detalles definitivos de nuestra experiencia final del parto, el alumbramiento y el postparto (que a un mes y unos cuantos días de haberlos vivido casi se empiezan a borrar), hemos iniciado de nuevo la gran aventura de la maternidad. En el camino hemos confirmado que cada niño es un universo y que eso que parecía definitivo (y que habíamos consignado en esta casita hace ocho años atrás) es variable e incierto: este primer mes de vida de Eloísa ha supuesto retos y sorpresas que consignaremos poco a poco acá. El más difícil (que da tela para la próxima entrada): la subida de la bilirrubina, una sustancia que normalmente sintetiza el hígado, pero que en los recién nacidos puede alcanzar niveles peligrosos para su desarrollo debido a la inmadurez que presentan aún algunos de sus órganos. Por hoy cerramos con la felicidad de haber superado incluso eso y de saber que esos gorgoritos que oímos mientras presionamos las teclas que materializan este historia son de esa chiquita que hasta le ha cambiado el nombre a esta casita y que nos cambia la vida a todos los demás. Irene, protagonista original, mantiene una sonrisa transparente y viva llena de amor por Eloísa. Nos pasa igual a sus papás. 😉

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13 marzo 2018 at 12:37 Deja un comentario

Eloísa y nuestro parto más que soñado (1)

Mas no sin dolor. La llegada de Eloísa al mundo el pasado 10 de febrero fue como quise que fuera y como hubiera querido que fuera la de Irene… No porque me sienta insatisfecha con el parto que tuve con su hermanita (de hecho, con el paso de los años me siento cada vez más agradecida), sino porque esta vez logramos que nuestra bebé llegará al mundo sin anestesia ni oxitocina, con mi amor infinito a mi lado en la sala de partos, cuidada no solo por una ginecóloga amorosa y respetuosa, sino también por una doula asertiva, oportuna y generosa que nos rodeó de fuerzas y aliento en el momento en que más lo necesitamos.

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 Grabado en linóleo hecho por Irene para Eloísa (prueba de autor).

La historia comienza un poco más de ocho años atrás, en mi primer embarazo, cuando la falta de una tribu cerquita a quien preguntarle todos las dudas de una mamá primeriza me llevó a indagar en cuanto libro, página, video y foro me encontraba sobre maternidad.

En ese entonces entendí (y sentí, sobre todo) que un parto menos medicalizado era ideal: no solo para mi cuerpo y su recuperación, sino -y sobre todo- para el bebé que llegaba al mundo. No desconocía el valor de una cesárea (cuando era realmente necesaria) o de los conocimientos médicos y científicos que apoyan los partos, pero tenía una gran confianza en la naturaleza y su modo ancestral y seguro de actuar. No quería, en definitiva, recurrir a ayudas ni por facilismo ni por afán occidental de controlar el cosmos. Quería, en resumen, un parto que pudiera desarrollarse al máximo en casa y que no echara mano de intervenciones ni medicamentos innecesarios. Lamentablemente (para mi espíritu, sobre todo), aunque en el parto de Irene sí logré lo primero y llegué con 8 centímetros de dilatación a la clínica, terminé con epidural y oxitocina y sin esposo amado acompañándome al final del parto. Recibí feliz a nuestra Irene, pero sentí engañadas y frustradas mis expectativas y padecí, de su mano sin duda, un brote horroroso en mi cuerpo que me duró (y molestó y picó) por más o menos 10 días. En resumen: tuve un parto feliz, pero teñido de frustraciones que molestaron los primeros días de Irene en nuestra casita.

Hoy creo que mi brote pudo ser no solo una alergia desatada por un medicamento sino también una expresión física del rechazo que sentí por la medicalización que me fue impuesta. También entiendo que mi parto fue “placentero” (si cabe decirlo), es decir, menos doloroso, gracias a la epidural. Y entiendo (y esto es quizás lo más importante) que debí ser menos soberbia y más agradecida por el parto que tuve con nuestra chiquita.

No pienso que las mujeres no tengamos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos ni mucho menos sobre el parto que queremos, pero siento que ninguna de esas metas debe ir en contra del flujo amoroso y vital que implica arrojar (en el sentido de parir y entregar) una nueva vida al universo. Estar en contradicción en un momento de tal trascendencia vital afecta en sí mismo el parto y le quita peso (y magia, incluso) a lo más importante en definitiva del mismo: la llegada del bebé. Y si voy más allá, debo agregar que si algo caracterizó tanto el embarazo como el preparto y el parto de Eloísa fue un aprendizaje de sensibilidad y humanidad: siento que con ella ha nacido una mamá más sensible y menos racional.

El preparto

La fecha probable de parto de Eloísa era el 23 de febrero. No obstante, desde el embarazo mismo sentí en muchas ocasiones que no llegaríamos hasta ese momento. Es más, tuve miedo, literal, de que ni siquiera pudiéramos llegar a un feliz término (tema del que hablaré en otro momento. Adelanto: no porque haya sido un embarazo con riesgos, sino porque todo a mi alrededor me confirmaba su excepcionalidad, y porque Eloísa, bebé arcoirís que llegó después de una pérdida de la que nunca he hablado realmente acá, llegó con un poder sanador poderoso pero no automático: mamá y papá aprendieron a la par de su crecimiento que las estadísticas son solo estadísticas y que la vida se impone cuando está destinada -aún tiemblo con la palabra- a perdurar).

La realidad es que desde mediados de la semana 36 empecé a sentir contracciones aisladas y no dolorosas de preparación que confirmaron como tales tanto mi obstetra como mi doula. Llegada la semana 37 las contracciones se mantenían (con un patrón que fluctuaba más o menos entre persistentes al mediodía, irregulares en duración y desaparecidas una vez me iba a la camita. Una semana antes de la que fue la fecha de parto pensé que Eloísa llegaría definitivamente en un par de días (ya tenía 4 centímetros de dilatación), pero la pequeña me enseñó (otra vez) que cada proceso toma su tiempo y que el cuándo, el cómo y el dónde no lo definía yo. Humildad, agradecimiento y confianza empezaron a erigirse como sus enseñanzas. Humildad frente al conocimiento (no me lo sé todo y está bien no saber ni controlar), agradecimiento frente a mi cuerpo y mi espíritu (que se preparaban para ese instante fundamental) y confianza en que cuando llegara el momento todo fluiría en sincronía (Eloísa nacería cuando su cuerpo estuviera preparado para vivir fuera del mío y cuando el mío estuviera listo para ayudarla a arribar). Pasó otra semana y el viernes 9, al igual que los días anteriores, las contracciones de preparación llegaron, un tris más fuertes, pero con el mismo patrón irregular.

Ese día me fui a dormir como a eso de las 10 de la noche, con la novedad de que apenas logré dormitar una media hora porque las contracciones se mantenían, incrementando su intensidad. Me levanté, abrí la aplicación con la que les hacía seguimiento y me cercioré de la frecuencia y la intensidad con que pasaban. A medianoche llamé a mi doula, que llegó a casa poco después y a las 2 de la mañana, tras un tacto que confirmó que ya estaba en 6 de dilatación, desperté a mi amorcito para salir a la clínica.

El parto

Como había salido positiva en mi prueba de Streptoccocus agalactiae, tenía la indicación de llegar allí con máximo 6 centímetros de dilatación. La idea era que pudieran aplicarme con cuatro horas de antelación al parto el antibiótico que protegería de una infección a Eloísa. Calculábamos que así no correría riesgo de que intentaran inducirme el parto (los centímetros anteriores se dilatan en preparto, es decir, puede detenerse -y es normal que pase- en cualquier momento la dilatación). Lo que no calculamos (ni yo, ni los médicos) es que podían pasar menos de cuatro horas en el resto de dilatación.

Entre que mi esposo despertaba y se arreglaba, salíamos para la clínica, me hacían el triage en urgencias y me revisaba el médico de turno para confirmar mi dilatación pasó un poco más de una hora. ¿Momentos curiosos? Que la enfermera no me creyó cuando en el triage le dije que tenía contracciones (no dolían, ergo no gritaba ni me quejaba), que la doctora de turno no me creyó cuando le dije que tenía 6 centímetros de dilatación (¿conocen la mirada de “no tienes ni idea de lo que estás hablando”?) y que cuando ella misma me hizo el tacto y me encontró de 7 centímetros hizo cara de “mier%&%” y me mandó volando a observación.

Lo cierto es que entre tanto tacto y mi no grito tardaron otra hora larga en hacerme la prueba de alergia al antibiótico y subirme a la habitación para hacer allí mi trabajo de parto. Mientras tanto, empecé a sentir dolor (progresivo), llamé a mi obstetra y llegué a la habitación. Más o menos a las 4:30 a.m. llegó mi médica. Me saludó emocionada, me revisó y fue a verificar con las enfermeras por qué aún no me habían puesto el antibiótico. Llegaron pronto, me lo pusieron y yo opté por tomar una ducha de agua calienta para intentar bajar el dolor de las contracciones, que había aumentado en regularidad e intensidad. La medida fue exitosa, pero cuando salí de la ducha, unos veinte minutos después, tuve un sangrado sorpresa. Caras de angustia y preocupación circularon en todos, hasta que un nuevo tacto confirmó que las membranas estaban íntegras y que un pólipo que tenía (y habíamos olvidado entonces) en el canal del parto  se había rasgado por la presión del bebé. Para estar más tranquilos, mi obstetra decidió romper fuente para ver cómo estaba el líquido amniótico. Lo hizo y tras confirmar que estaba transparente, la montaña rusa empezó. En cuestión de segundos sentí que mi voluntad final de que “a lo mejor sí voy a querer que me pongas una epidural” se iba para el trasto. Eloísa quería salir y mi cuerpo sentía la necesidad de pujar para ayudarle.

Confieso que de aquí en adelante las cosas ocurrieron a toda. Yo, por mi parte, estaba medio en trance, en un estado casi animal. Trajeron volando una camilla, me pidieron que me pasara a ella (yo a duras penas podía conectar solicitudes con acción) y me llevaron corriendo a la sala de partos. Detrás mío, supongo, salían mis dos médicas (la obstetra y la doula) y mi amor. Ellos debían ingresar por un ascensor distinto, luego de cambiarse la ropa por la de cirugía. No tengo ni idea de cómo llegaron. Pensé sinceramente que Eloísa nacería o en el pasillo o en el ascensor. Llegamos, sin embargo, a la sala, me pidieron nuevamente que me pasara (ahora al potro ese de partos), entraron mis tres valientes, se me pusieron al lado, me ayudaron y tras la orden de puja ya, en tres empujones veloces mi chiquita sacó cabecita, torso y piernas y llegó para quedarse definitivamente con nosotros, como vaticinó el primer ginecólogo, delicado, profesional y amoroso, que al principio del embarazo la revisó.

No recuerdo detalles. Solo sé que sentí el aro de fuego del que hablan al describir los partos sin epidural cuando salía su cabeza. No vi nada porque fui incapaz de abrir los ojos durante los pujos, pero sentí cómo su llegada abría el mundo, nos liberaba. Apreté la mano de mi doula y (creo) la de mi amorcito, que estaba a mi derecha, con todas mis fuerzas, y lo oí decirme emocionado, casi llorando, que la niña estaba bien, hermosa. Abrí los ojos y vi a mi doctora cargando a nuestra chiquita con sus manos. La puso en mi vientre, calientita y gritando, y el cosmos se completó definitivamente para nosotros en ese instante. Como dijo Irene, llegó esa chiquita que siempre habíamos estado esperando, cerrando un ciclo y abriendo una eternidad frente a nosotros.

(Y con suspiro y el corazón hecho una gelatina, paro hoy este relato. Esta semana retomaré historias para hablar del alumbramiento, la llegada a casa y la vuelta a la clínica por la bilirrubina.)

Gracias por llegar, por estar, por quedarte, amada Eloísa.

4 marzo 2018 at 11:21 Deja un comentario

¡¡¡Nació Eloísa!!!

Y su llegada no pudo haber sido más feliz. A las 5:20 de la mañana del sábado 10 de febrero asomó su cabecita al mundo nuestra amada Eloísa.

Irene y Eloísa 2

El parto fue como lo soñamos: sin medicamentos, sin complicaciones y rápido. Tanto que por poco ni nosotros ni papá alcanzamos a llegar a la sala de partos. 😉 Será una historia, sin duda, para recordar (que luego contaremos en este espacio), con todo y sus dolores, trances y novedades.

Con Eloísa y sus 3120 gramos de peso y 50 centímetros de talla llegaron esperanzas, ilusiones y sueños. Y una felicidad inconmensurable que seguimos respirando cada día, a la par que la vemos crecer y que parpadeamos para asegurarnos de que este sueño que vivimos es real. A sus 38 semanas (y hoy a sus 17 días de nacida) esta chiquita nos completa (individual y familiarmente), nos llena de agradecimiento y nos ilumina. Irene, como atestigua la foto, no cabe en su felicidad. 😍

¡Bienvenida a nuestro mundo y a nuestra vida, chiquita! ❤️❤️❤️❤️

27 febrero 2018 at 12:53 1 comentario

Nuestro parto (3): parto y alumbramiento en la clínica

Tras dar cuenta del preparto y el trabajo de parto en las entradas 1 y 2, creo que culmino hoy la historia de nuestro parto. Tal como decía antes, las cosas no fueron exactamente como me las imaginé, no al menos en sus pequeños detalles; pero el resultado fue plenamente satisfactorio, no sólo porque finalmente tuvimos a nuestra chiquita con nosotros, sino también porque nuestro preparto y trabajo de parto se desataron solitos, porque Irene y su mamita hicieron el trabajo juntas y porque mantuvimos la serenidad que queríamos, obteniendo como resultado -creo- una bebé tranquila y feliz de llegar al mundo. Los otros detalles, las conclusiones los dirán.

Como decía en el post anterior, el obstetra decidió, a pesar de mi dilatación casi completa (de 9.8 según el último tacto), romper membranas y ponerme pitosín. Yo, con toda la calma posible, traté de oponerme a ambas decisiones, pero lamentablemente no logré mis resultados. Según él, era mejor romper las membranas artificialmente (algo así como “para qué esperamos si a fin de cuentas se van a romper”) y debía ponerme la oxitocina química porque “la epidural ralentiza el parto”… y, claro, según sus ojos, supongo, con ello tendría un parto más controlado. Sus palabras fueron: “usted es MI responsabilidad”. Dejé ver mi cara de “no le creo” (sobre todo, la validez en ese instante de sus argumentos) y un puchero de decepción en mis labios. De nada valieron los 9.8 cms. de dilatación, ni la actividad uterina que se detectaba en el monitoreo, ni mi tranquilidad, ni mi solicitud, ni nada. Me pusieron la vaina ésa y en cuestión de minutos ya tenía mi sensación de pujo y pasé a la camilla de la sala de partos.

La sensación, como dije en un comentario del post anterior, fue desagradable, pues me era como si la droga me sacara un poco de mí. Debo decir que hasta ese punto (y hasta ahora, en cierta forma) no me arrepentí de haber aceptado la epidural, pues no perdí sensibilidad en mis piernas para pujar o tener conciencia de mis contracciones, pero si haberla aceptado significaba a los ojos del médico la obligatoriedad de meterme el pitosín… habría soportado los dolores (bueno, eso digo yo que al final no los sentí). No tenía ningún control o conciencia natural de lo que ocurría en mi cuerpo, pues me sentía desconectada del flujo de contracciones que tenía. Todo resultaba tan artificial, tan una cosa encima de la otra, que pujar era una obligación insoportable… algo así como “sáquenme eso ya”. Algo muy lejano de lo que había pensado.

No sé si me equivoque al adjudicárselo al químico, pero esos momentos no fueron agradables sino hasta que la chiquita asomó narices y dejó saber con su llanto que se iba a quedar. En ese instante, todas las sensaciones se concentraron en ella, en el calor que sentí al tener sobre mi vientre su cuerpecito (es increíble cómo nacen de calientitos), en la canción que le cantaba (“corazón de melón, corazón, corazón de melón”) para que me reconociera y supiera que era yo quien estaba allá con ella, en la bienvenida que quería que sintiera desde ese instante. Y, claro, en mi paz: esa misma que ella me había dado a lo largo de esas 4o semanas y que ahora yo quería darle a ella hasta la eternidad. Ahí no valieron ni las luces, ni los químicos, ni nada. Otra vez el mundo era sólamente nuestro. Por eso siento, al menos, que valió la apuesta que hice y que mi voto de confianza irrevocable por nosotras nunca nos iba a fallar. Sólo faltaba poder cogerla con mis brazos, recostarla sobre mi pecho y entregársela a su papito. Las dos primeras cosas pude hacerlas pronto. La tercera sólo pude hacerla un par de horas luego, tras el alumbramiento de mi placenta (hermosa, viva, roja-roja-roja), tras la sutura de un pequeño desgarro, tras esperar a que pasaran un poco los efectos de la epidural (intensificada luego del nacimiento de Irene para poner los puntos), tras la puesta en orden de todos los protocolos requeridos por las enfermeras (medida, peso, huellas de los píes, vitamina K para la pequeña, vestidito y demás), tras tener a Irene a mi lado y darle pecho por primera vez, tras vivir en un par de horas una eternidad… Sólo entonces, a eso de las 12:30, salimos al gran encuentro con mi amorcito y la futura madrina de la chiquita. No hay palabras para describir nuestra felicidad.

En resumen: así fue nuestro parto. Me hubiera gustado intentar tener un parto en casa, pero creo que en mi país las condiciones, aún, no están dadas. De todas formas, me siento satisfecha por cómo culminaron las cosas, pues en cualquier caso logramos tener un parto espontáneo y vaginal (no diré natural por aquello de los químicos… pero casi casi). De otro lado, concluyo:

* El parto es una cajita de sorpresas y nosotros, como madres, estamos dentro de ella. Podemos optar por hacer de ese instante una fiesta (al menos dentro de nosotras mismas, llenándonos de confianza, paz y tranquilidad) o un encierro.

* Hay una conexión con nuestros chiquitos que se da desde el vientre mismo y que puede verificarse, confirmarse, fortalecerse, respaldarse en el momento del nacimiento y en los momentos posteriores de reencuentro. Yo, al menos, así lo sentí: desde  mis tres meses de gestación (o incluso antes, quizás) le canté a Irene la misma canción, todos los días, al ducharme. Al nacer, lo primero que hice fue cantarla de nuevo y vi cuáles fueron sus efectos, pues mi pequeña inmediatamente dejó de llorar para concentrarse en ella. Creo que gracias a esa canción supo que ése era su lugar. Sospecho, entonces, que todo lo que le hablé, todo lo que sentí, todo lo que la amé y la pensé durante las 40 semanas se mi embarazo valieron la pena y construyeron esa relación que hoy fortalecemos. Igual, pienso, ocurre con los papás, porque ella busca al suyo cuando lo oye hablar, porque le sonríe y lo mira como si siempre hubiera estado al lado suyo (lo estuvo, de hecho. Y ella, sin duda, lo sabrá).

* La naturaleza es sabia y organiza en un orden perfecto e incomprensible sus cosas. La medicina, por el contrario, parte de la incertidumbre y la incredulidad. Es una pena que no seamos lo suficientemente sensibles para reconocer ese hecho y permitirle a la vida tomar su curso. Por nuestra parte, como pacientes, lo mejor que podemos hacer es ser conscientes de ellos y dar al menos nuestra cuota de tranquilidad. Ah, en el caso de un parto podemos hacer algo extra: esperar prudentemente a que llegue el momento, preparar con ejercicio nuestro cuerpo y darle fundamentos a nuestra mente (informativos, sobre todo) para saber cómo puede ocurrir todo. No sobreinformarnos, pero sí aprender lo que sea necesario. Ojalá, por esa vía, nos acerquemos cada vez más a partos humanizados, respetados y no medicalizados. Sería un triunfo para todos: madres, bebés, papás y sociedad.

* Habrá otros dos post “familiares” de éste: uno de postparto y otro de lactancia. Ya llegarán, creo, la próxima semana. Por ahora, cierro con una sonrisa en la cara y con mi pajarita (que también parece un gato porque no deja de ronronear) en su cunita, esperando a su mamá. Gracias a todos por sus comentarios. Creo que esta historia, cuando menos, le quedará a la pequeña para la posteridad.

😉

Un abrazo.

3 septiembre 2009 at 14:56 4 comentarios

Nuestro parto (2): trabajo de parto en la clínica

Continúo con la historia de nuestro parto. Aunque no todo salió como lo planeamos y en la clínica nos encontramos con algunas recomendaciones médicas que al final no resultaron tan agradables como decían, debo dar las gracias porque todo salió bien, porque no hubo sufrimiento (al menos que yo sepa) para la pequeña y porque la recuperación después del parto (de la que hablaremos en otro post) fue cómoda. Habrá sin duda detalles que olvide o que nunca sepa, pero el día a día con Irene nos da la idea, al menos, de que fuimos afortunados y que incluso este pedacito del camino fue maravilloso aunque no haya sido como lo esperábamos.

Una vez entramos a la clínica e hicimos nuestro ingreso oficial como pacientes, pasamos a las urgencias gineco-obstétricas del centro médico (una de las razones que nos hizo optar por ellos, pues a diferencia de la mayor parte de hospitales de nuestra ciudad, en éste el ingreso se hacía por unas urgencias particulares para maternidad). Allí, nos recibió una enfermera que revisó con un doppler (creo que se llama así) los latidos de Irene. Para mi sorpresa, tuvo que poner muy abajo, más allá de mi vientre, la terminal que detectaba el corazón de la chiquita. Pensé entonces: las cosas han avanzado. ¡Y sí qué lo habían hecho!

Pasé a revisión con el obstetra, con la sentencia de “hay muy buena actividad uterina” de la enfermera. Él, como era de esperarse, tomó los datos de rigor y me pidió que me acostara en una camilla. Me revisó presión, respiración y etcétera y finalizó con un tacto. Su sentencia: “estás como avanzadita. Tienes 8 centímetros de dilatación. Esta noche tienes a tu hija”. En mi rostro debió dibujarse una sonrisa. Llamamos a mi amorcito para darle la buena nueva y entregarle mis cositas. En cuanto llegó, nos miramos con cara de que habíamos conseguido nuestro propósito: llegar con un trabajo de parto avanzado a la clínica. Eran las 8 pasadas… faltaban apenas 2 horitas para la llegada de la pequeña.

La enfermera me dijo que el médico había ordenado la epidural. Él mismo ya me lo había dicho, pero yo, muy valiente, le dije que no la creía necesaria, pues si entendía bien, ya había pasado buena parte de “lo peor”. La verdad es que me sentía muy tranquila y las contracciones me parecían perfectamente soportables. Me llené la boca diciendo que no quería la anestesia. La enfermera, amorosísima, me dijo que era mi decisión.

Me despedí de mi muacho con un beso, una sonrisa y la promesa de que insistiría para que permitieran su ingreso (no lo permiten en la clínica) y pasé a la sala de trabajo de parto. Para mi fortuna, no había casi nadie ya. Creo que sólo estaba ingresada otra materna que no estaba en trabajo de parto sino que estaba siendo atendida por una preclamsia. En fin, todo era paz.

Charlé con las enfermeras, mientras me pescaban una vena (tuvieron que intentarlo tres veces) y me instalaban las “correas” para hacer un monitoreo fetal externo. Mi Irene, decían los aparatos y sentía en mi corazón, andaba perfectamente. Mi útero, igual. Me revisó el gineco-obstetra y me dio sus razones (sobre todo suyas) para que aceptara la anestesia. Me di cuenta que él la necesitaba más que yo: para revisar y limpiar el útero después del parto, para suturarme si había episotomía o desgarro y un etcétera que no conozco pero que percibí en su discurso y su tono. Seguí firme en mi conclusión sin alterarme ni molestar a nadie. Tenía claro que estaba tranquila y feliz y me gustaba mantener las cosas así.

Vino luego la anestesista: una médica joven, seria, tranquila. Me preguntó porque había rechazado la epidural. Le conté que sentía que el trabajo de parto iba muy bien y que ya faltando tan poco no veía la necesidad de aplicarla. Me explicó que aún faltaba un período difìcil y que si luego pedía la anestesia ya no habría tiempo para aplicarla. Me dio cinco minutos para pensarlo. Así lo hice. Finalmente, me dije, “les doy un voto de confianza. Acepto la anestesia y con ello pido que dejen entrar a mi muacho”. Una especie de “mano a mano” en el que, pensaba, mi tranquilidad garantizada (ya me sentía tranquila, pero el médico tendría sus dudas, quizás) sería un punto a favor para un ambiente de paz en la sala de partos. Me pusieron la anestesia y, nuevamente, llegó el gineco-obstetra. Le propuse mi plan, pero el resultado no fue el esperado. No permitió la entrada de mi muacho. A cambio, Carlos, el internista (que se portó, realmente, a las mil maravillas), me propuso que entráramos una cámara para tomar fotos y grabar. Me pareció un detalle amoroso y justo… al menos de su parte. El otro médico se mantenía recio. No era lo que esperaba, pero no quería enfurecer mi espíritu. Acepté la propuesta. Hora: más o menos las 9:30 p.m.

La verdad es que hasta ese punto no me arrepentí de lo decidido. El equipo médico, en general, me pareció respetuoso y responsable. No estaba muy a gusto con la seriedad y el casi hermetismo del obstetra, pero ni modo.

El tiempo pasó volando y entre una revisión y otra, entre los sonidos del monitor de la chiquita, entre las contracciones, las preguntas para llenar algún formato y etcétera, dieron las 10 de la noche. Carlos, el internista, me revisó nuevamente, atendiendo la recomendación del obstetra de que me hiciera un tacto para ver cómo avanzaba mi dilatación. La epidural, hasta entonces, me permitía -como me habían dicho- sentir mis piernas. Con el tacto comprobé que no había ningún dolor. La sentencia del médico fue alentadora: “ella es despistadora porque se ve muy tranquila, pero está prácticamente lista. Diría que tiene 9.8 centímetros de dilatación. Podemos pasar a la sala de partos cuando usted diga” (dirigiéndose al obstetra). Yo, felicísima… hasta que vino el otro médico, me hizo a su vez un tacto y sentenció: “póngale oxitocina”. Abrí los ojos y le dije: “¿Oxitocina con casi el 100% de dilatación?”.

Pues sí, un argumento y mil (otra vez más relacionados con sus necesidades que las mías) salieron a flote. Decidí que no iba a perder mi calma así que no discutí nada: sólo argumenté lo que pensaba y me “eché” a las manos del destino. Me pusieron el consabido pitosín y en cuestión de minutos sentí una sensación de pujo incontrolable que, lamentablemente, me sacaba de mí. Me pasaron a la sala de partos y allá, sin dolor pero casi sin consciencia de lo que estaba pasando, por el maremoto que generaba en mi cuerpo la oxitocina sintética, entré en el proceso de parto.

(Y dejo pendiente para un último post cómo fue nuestro parto… Una historia larga por más que intente resumirla. En fin).

1 septiembre 2009 at 09:29 9 comentarios

Nuestro parto (1): preparto y trabajo de parto en casa

Después de leer, pensar, preguntar e, incluso, planear (aunque fuera a solas) nuestro parto, debo decir que tuvimos uno  satisfactorio: no sólo por nuestra Irene, que es un regalo precioso, sino también porque fue un parto tranquilo y rápido, aunque un tanto distinto a lo imaginado. En todo caso, debo darle casi todos los créditos a la peque, pues sin duda, ella hizo casi todo el trabajo.

Esta historia empieza con una “amenaza” (está bien, pronóstico) médica del miércoles 5 de agosto, que rezaba: “si el lunes 10 no ha nacido tu bebé, tendrás que ir a la Clínica…” Por supuesto, el entrelíneas, que me confirmaron luego, es que la poca actividad de mi útero les sugería que podríamos tener un parto inducido. Obvio, nosotros no lo queríamos ni cinco. Estaba segura de que Irene sabía claramente cuándo sería el momento preciso para su nacimiento. Ahora sólo esperaba que ese momento coincidiera con el de los médicos. En fin…

Después de 40 semanas de gestación y un par de días, la madrugada del 9 de agosto me saludó con la expulsión de tapón mucoso: una sustancia parecida a una clara de huevo que salía, por fin, del caminito que la chiquita debía recorrer para salir. Tenía algunas pintitas de sangre, que ya me habían anticipado, así que al verlo sonreí. Podíamos ganarle la batalla al pitosín: mi útero e Irene estaban haciendo la tarea. Se lo celebré a la pequeña y le aseguré, como lo había hecho todos esos días, que no iba a estar solita, que ese trayecto íbamos a recorrerlo juntas, que iba a ayudarla a salir y que cuando estuviera en este otro lado del mundo, podríamos vernos, tocarnos, movernos juntitas… Y que el papá podría tomarla en sus brazos, por fin.

Si bien en las últimas semanas había estado sintiendo unas contracciones flojitas, que endurecían buena parte de mi panza, en la madrugada de ese día comencé a sentir además de ello dolores similares a cólicos en la parte inferior de mi vientre. Volví a la cama (me había levantado al baño) con una sonrisa. En la mañana, tras darle la noticia a mi amorcito, tomé una ducha y le pedí que camináramos. Estuvimos fuera cerca de una hora y las contracciones seguían. Regresamos a casa, yo revisé que nada nos faltara mientras él preparaba el almuerzo, hablé con mi gran hermana del alma (médica por demás) para reportarme y recibir instrucciones y en lugar de comer sentada almorcé con el plato en mis manos caminando por toda la casa… no fue propiamente la instrucción de mi médica, pero la verdad es que así sentía que las contracciones se pasaban mejor y no paraban. Tomamos papelito, lápiz y reloj y empezamos a consignar cada cuánto tiempo llegaban. La verdad es que esa fue una gran herramienta, pues aunque antes estábamos mirando el reloj, siempre terminábamos por olvidar la frecuencia de los intervalos. La indicación era: después de 3 horas de tener 3 contracciones cada diez minutos, vas a la clínica. Pasaron dos horas en esas circunstancias, pero en la tercera, un poco cansada, el tiempo entre una y otra se amplió justo cuando decidí sentarme o acostarme. Le achaqué el asunto al cambio de posición.

Seguí caminando entonces y tomando nota de cuándo llegaban. Estaba muy tranquila, mientras que la vida seguía más o menos normal en mi casa. A eso de las seis revisé con más detalle cómo seguían los intervalos… encontrando con sorpresa que los últimos eran cada vez más largos. Teníamos la duda de si eso significaba que el trabajo de parto aún no era tan bueno, así que llamé otra vez a mi amiga: me dijo que podían ser contracciones de dilatación, sobre todo si eran más dolorosas, que al final las contracciones pueden estar más espaciadas unas de otras, pero que hay más intensidad en el dolor. La verdad es que sí me había dolido más, pero otra vez le achacaba el asunto al cambio de posición. Esperé un rato y finalmente llamé a mi muacho (que estaba con mi cuñada, la madrina de Irene, que estuvo con nosotros todo el tiempo, desde nuestras 38 semanas) y le dije que las últimas contracciones eran más dolorosas, que creía que era mejor que nos fuéramos al hospital. Él me miró con cara de “¿estás segura?”, pero me dijo que los espacios entre una y otra eran más largos, que recordara que le había pedido que esperáramos en casa al máximo. En esas llegó una contracción muy fuerte, así que le dije (con lágrimas en los ojos, producto del desespero y el dolor): “esque ya duelen mucho, vamos para que nos revisen”. No lo dudó un segundo: tomó la maleta y salimos.

En el carro, otra vez pasaban más minutos entre contracción y contracción. Llegamos en unos 15 minutos a la clínica, parqueamos, nos bajamos y yo sentía que volvía una y otra contracción. El tiempo: ahora parecía que entre una y otra pasaban dos minutos. Yo mientras tanto me balanceaba a los lados, sintiendo por no sé qué motivo que ya no era tan fuerte el dolor. ¿Me habría apresurado mucho?

(Y como esta historia se fue larga y tengo una pequeña en casa -al menos ya saben cómo termina la historia-, dejo aquí este primer capítulo. En el próximo les contaré cómo nos fue en la clínica, cómo fue el trabajo final de parto, cómo nos fue en el expulsivo y cómo arribó la pequeña a nuestro mundo. Todo, hoy, parece una ilusión. Continuará…)

28 agosto 2009 at 08:18 2 comentarios

¡¡¡Llegó Irene!!!

Este domingo 9 de agosto a las 10:24 de la noche (colombiana) asomó sus narices al mundo nuestra pequeña Irene.

Pesó 3320 gramos y midió 51 centímetros. Tal como lo presentíamos, es un derroche de serenidad, amor y paz. Ha llenado nuestros segundos de la felicidad más infinita, demostrándonos el milagro de la vida y la posibilidad de que el infinito y la eternidad tienen lugar también en este lado del cosmos.

Como supondrán, estamos dedicados (feliz y plenamente) a cuidarnos, a contamplarnos, a reconocernos (porque te conocemos de hace tiempo) y a amar. Desde este espacio caserito los tendremos presentes a todos, sintiendo su compañía constante y su cariño. Una vez pasemos la “dieta” de rigor -una cucharadita de paciencia y mucho amor ;), claro que siendo honestos, la paciencia aquí ni hace falta porque está en nuestra Irene encarnada- volveremos a estas tierras para contarles cómo ha salido todo. En un resumen rápido diremos que, a pesar de que algunas circunstancias difirieron de nuestro plan de “parto no medicalizado”, tuvimos un parto maravilloso, natural, rápido y feliz: llegamos a la clínica con 8 centímetros de dilatación (para nuestra propia sorpresa) y con una chiquita vital y deseosa de abrir sus ojitos al mundo. 😉

Aquí quedan unas imágenes de nuestra pequeñita, la concreción perfecta de nuestra felicidad actual. Quedan en su casa… con su anfitriona a bordo.
Un abrazo,
A.

13 agosto 2009 at 05:07 19 comentarios

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