Archive for junio, 2011

La diferencia entre ser tía y ser mamá

Soy tía desde hace casi la mitad de mi vida, pero hace apenas 22 meses soy mamá. Las diferencias de criterio, de sensaciones y de consciencia entre una y otra son abismales… tanto que ahora mismo me arrepiento y sorprendo de algunas de las cosas que “creía” antes: sobre la crianza, sobre la disciplina, sobre las comidas, sobre el colegio… La lista es tan larga que es de nunca acabar.

Pero me iré con una versión corta de la misma para dejar constancia de que las cosas se ven muy distintas desde el escenario (y tras bambalinas)… tanto que si lo hubiera sabido antes, me habría abstenido de hablar en las butacas. 😉 Aquí va:

1. La escolarización (y lo menciono porque hace un par de noches en los brazos de Morfeo me encontré con la escuela de mis sueños -que no sabía que tenía, por demás). Cuando Irene no había nacido pensaba que todos los colegios eran más o menos buenos: con que enseñaran las competencias básicas y tuvieran y promovieran un modelo de vida similar al de los papás (que garantizara amiguitos con valores semejantes), bastaba. A fin de cuentas -me decía- si todos enseñan lo mismo y eso a la vuelta de la esquina, en los años mozos, casi seguro se olvidará (a mí que no me pregunten nada ni de cálculo, ni de química, ni de física, ni de trigonometría… no sigo para evitarme más vergüenzas)…

Hoy estoy a años luz de ese criterio: me niego a tener a mi hija en un colegio religioso, para empezar (eso de “consejos doy que para mí no tengo”… ¡Buff!); no quiero modelos clásicos de enseñanza que la vean como un saco de conocimientos -no de pensamientos- para llenar, quiero un colegio que no parezca colegio (en el sentido clásico)… algo que estimule su pensamiento y su creatividad desde a cotidianidad, que fluya más al ritmo de su vida que al ritmo de los libros de textos, un espacio donde se formen seres humanos no genios (casi ninguno hace lo segundo, pero persisten en que sí y fallecen -y aniquilan una buena parte de la vida y la alegría de los peques- en el intento), un colegio que le permita desarrollar competencias básicas -sí- que despierten su curiosidad por todo y la motiven a indagar más, un colegio en el que leer no sea un deber sino un gusto y en el que jugar sea tan importante como discutir y charlar. No veía problema con que llevaran uniformes, hoy valoro que les permitan tener su identidad…

Y así con otro par de cosas. No sé si ese espacio existe, pero sí sé que ahora que veo a mis sobrinos salir con maletas llenas de libros -textos que se quedan a menos de medio camino (total bolsillo) al final del curso, además- para pasar un par de horas diarias montados en un bus que los lleve a su destino (casa-colegio-casa), sin respetar ritmos de comidas, espacios de familia, bla, bla, bla; ahora que los veo volver a casa llenos de deberes sin tiempo para hacer alguna cosa más… Me lo pienso. Y sé que dicen que su colegio es bueno, que tienen amigos que quieren, que salen bien en las pruebas de conocimiento y unas cuantas cosas más, pero cada vez me parece más que no los miran individualmente, que los tratan como masa y que no estimulan criterios o pensamientos.

Ni qué decir de las guarderías. Lo resumo citándome a mi misma: antes pensaba que era normal escolarizar a un pequeño de un año o un año y medio; hoy pienso que las guarderías no son obligatorias, que siempre será mejor si un pequeño puede estar en casa con mamá y/o papá y que si puede ir directamente de su casa al colegio (a sus cuatro o cinco años), sería maravilloso. Y ya. Ah, partiendo, sí, de que en casa tenga atención personalizada y amorosa todo el tiempo, para aprender a amar, respetar y estar con los demás.

En resumen, cada vez mi escuelita de los sueños se parece más a una no escuelita. Unschoolling-homeschooling, ¿quizás?

2. La crianza. Había oído de lejos hablar de la crianza con apego, pero no entendía de qué se trataba hasta que vi la carita de mi pequeña y sentí que no podía enseñarle con golpes, con amenazas, con miedo. Yo crecí en un mundo en el que los adultos eran los que hablaban y decidían. Los niños, por su parte, debían adaptarse a ellos. Ahora pienso que la disciplina es posible, pero desde el amor; creo que de nada sirve “enseñar” con golpes… y que aunque parezca más difícil (y que hay edades que complicarán el cuento) los niños son siempre interlocutores y maestros: si nos permitimos estar con empatía y con respeto con ellos es mucho lo que aprendemos. Los no y los “lo digo yo” ya no los entiendo (me dan miedo).

3. Las comidas y el sueño. Tantos años de vivir en una sociedad que ignora en buena parte las necesidades de sus chiquitos para imponerle lo que la ciencia dice que debe hacerse con ellos -tantos años de vivir de espaldas a la naturaleza, con necesidades creadas por el mercado y no por ella- me hicieron “apagar cerebro” y no pensar. Creía, así, que lo natural (y lo mejor, sin duda) era la leche artificial, que a los niños había que enseñarles a dormir (aunque fuera con lágrimas), que los niños debían comer en cualquier caso y bla, bla, bla. Y no es que pensara en todo ello a rajatabla, sino que me parecía normal.

Nació Irene y me di cuenta de que lo natural era la leche materna, a demanda y por todo el tiempo que ella quisiera (cuando me hablaron de lactancia exclusiva por seis meses llegué a pensar -despistada- que a los seis meses el bebé empezaba a comer de todo y se acaba lo demás), que dormir era un acto natural, un proceso (con sus propios ritmos en un pequeño) y que si un niño lloraba era porque quería ser atendido. También entendí que nadie come a la fuerza y que si un chiquito no quiere más, NO quiere más. Su estómago no es tan grande como el nuestro y su cerebro no tiene vicios que nosotros sí tenemos (que nos dicen, por ejemplo, que las harinas engordan o que las calorías bla, bla, bla).

Podría seguir con más cosas, pero esto ya se hizo largo. Concluí, en cualquier caso, que no es lo mismo ser tía que ser mamá y que lo segundo es muchísimo más divertido (al menos en términos del tiempo que pasas y aprendes con los chiquitos). Sé que ni todos los tíos ni todos los mamás y papás somos iguales, pero sé también que no es lo mismo vivir que oír contar. Le doy gracias nuestra chiquita por todo lo que nos ha enseñado y le pido a mis sobris que me perdonen tanta bestialidad mental. [Gracias también a todos nuestros tíos y tías. Con todo y su mirada periférica, es grato que alguien nos mire desde afuera. Y nos apapache y ]alcahuete. 😉

24 junio 2011 at 05:49 9 comentarios

Pautas para mejorar el apetito de los niños

Desde hace un par de semanas no paro de pensar qué ha cambiado en nuestra vida para que Irene, casi de la noche a la mañana, empiece a comer mejor: en cantidad, en autonomía y en tranquilidad. Las respuestas se resumen en pequeños cambios en nuestras rutinas  que, viéndolo bien, no se alejan mucho de las recomendaciones de Carlos González en su libro Mi niño no me come. Comparto nuestra experiencia aquí, no con pretensión erudita (para la que no tengo competencia ni intención), sino con amor. Espero que estas pautas le sirvan a alguien… y si no, pues que les dé la certeza de que los chiquitos SÍ comen (y que administran mejor que nadie su pancita y su digestión).

Imagen tomada de Nutrición.pro.

Y comienzo diciendo que siempre he pensado -y confiado en- que Irene come bien. No montañas de comida ni las mismas cantidades todos los días, pero sí lo que su cuerpo necesita: es una chiquita saludable que se mueve y crece a un ritmo apropiado (y arrebatador). El problema es que su padre-mi amorcito no siempre piensa lo mismo: a veces dice que no come verduras (sí lo hace, no en ensalada, en sopas), que no come frutas (sí, pero entre comidas), que no toma agua (poca, pero prefiero que los líquidos que tome sean nutritivos), que hay días en que no termina lo que se le sirve (casi siempre por malestar, calor, paseo o aburrición). Y aunque casi siempre es muy comprensivo, veo en su cara gestos de preocupación.

Consecuencias: leí(mos) el libro de Carlos González, visitamos al pediatra para que nos diera su opinión, hablamos con otras madres y nos propusimos bajarle a la sobreprotección: Irene reclamaba su espacio y autonomía, se los dimos…. ¡y esa última fue la primera solución!

En resumen, las pautas:

  1. Darle a nuestra pequeña un asiento particular (tan espacioso como el nuestro) en la mesa. Nada de tronas aisladas ni de rinconcitos al lado de papá y mamá. La primera nunca la tuvimos, porque desde que Irene se sentó con nosotros en la mesa la pusimos en la silla de la trona sin el comedorcito extra que trae para los niños (la altura, por fortuna, coincidió). Su plato se pone en la misma mesa que los nuestros, pero ahora no “entre” nosotros sino “enfrente” nuestro (a una distancia que refuerza la idea de “eres más independiente y autónoma, te haces mayor”).
  2. Ponerle un plato más grande (nuevo y colorido) y dejarla usar solita cuchara y tenedor.
  3. Comer todos al mismo tiempo y al mismo ritmo. Evitamos pasar al segundo plato (usualmente con carne y arroz -entre otros-) antes que ella, de modo que Irene tiene menos distracciones mientras come y se concentra en el primer plato lo suficiente para comerlo -si dice que no lo quiere, pasamos al segundo sin dolor.
  4. Hablar con ella mientras comemos: sobre lo rica que está la comida, sobre lo bien que come, sobre sus avances con los cubiertos… Creo que con ello se siente estimulada y parte del cuento. (Y come feliz y parejo.) 😉
  5. No darle nosotros la comida: sólo si ella lo pide, intervenimos. Y le alcahueteamos comer de nuestros platos, aunque tengan lo mismo que el suyo. Casi siempre termina comiendo de todos (confirmando que comemos lo mismo, pero comiendo con más satisfacción).
  6. Pasar definitivamente de angustias por regueros. Si ella pide babero se lo ponemos, si no, no. Dejamos que se ensucie sin aspavientos. Lo bueno es que con la práctica cada vez riega menos y maneja mejor sus cubiertos.

Y  ya. Sospecho que todo gira en torno a “dejarla estar”. Pienso que para ella es claro que comer es un hecho cotidiano y familiar, al tiempo que siento que ahora que tiene más libertad de movimientos y de espacio, está más tranquila y come más. No es igual todos los días y sigue habiendo instantes en los que no le apatece comer, sin más, pero usualmente esa “falta” la compensa a lo largo del día, con comida o con lechita de mamá. Ah, y no comemos casi ninguna golosina: sólo algunos helados (que adora), dulces caseros y frutas (entre comidas). En total, unas 5 comidas diarias.

No sé si estas pautas funcionen con todos los niños, pero creo que esto de comer mejor ahora es un comportamiento asociado con la edad (22 meses: sólo le faltan cuatro muelas, para empezar, y su motricidad fina mejora con los días… por no decir que habla como una loquita y le entendemos qué, cómo y cuándo quiere algo). ¿Algún consejo extra?

[Cierro diciendo que nuestra tranquilidad se traduce, sin duda, en su tranquilidad y que ahora papá se preocupa menos y disfruta más. ;)]

16 junio 2011 at 21:29 3 comentarios

¿Entiende pero no comprende?

Estoy completamente convencida de que Irene, a sus 22 meses -y desde siempre-, entiende todo: lo que le decimos, lo que oye, lo que siente. Este fin de semana, sin embargo, su obstinación por hacer algunas cosas (subir escaleras sola, en particular) me hizo dudar. Sé que con su edad, su deseo de autonomía crece, sé que es posible que entienda todo lo que le decimos sin lograr dimensionar las motivaciones o las consecuencias probables de ciertas cosas, pero cuando lo digo: confía en mamá y en papá, ¿nos comprende?

Imagen tomada de Limoblog.

Aclaro, antes de empezar, que esa fijación de ideas en su cabeza se hace cada vez más frecuente, pero también que no es difícil “lidiar” con ellas en nuestra cotidianidad. La rutina de nuestra vida (me levanto, desayuno, me baño, me visto, voy al parque, juego, duermo la siesta, bla, bla, bla) nos ayuda a que esos pequeños momentos de protesta se negocien más fácilmente. Y no sé si eso pasa porque ya ella sabe qué puede esperar y acepta de un modo menos dramático nuestras decisiones o porque nosotros cedemos parcialmente a algunos de sus deseos, sobre la base de que ya tenemos medidos sus riesgos.

Con las escaleras, no obstante las cosas son distintas (y son sólo un ejemplo): no las tenemos en casa y no hacen parte de nuestra cotidianidad. Quizás por eso para Irene siempre han significado un juego: las ve y sólo quiere subir y bajar. Y ya se ha caído en ellas (por fortuna sin mayores consecuencias) por lo que pensaba que la lógica de causa-efecto podía entrar a operar. Pero no: ella insiste después de un traspiés en subir y bajar (y me gusta pensar que no le coge miedo a las cosas) y cada vez insiste más en hacerlo sola atentando, de alguna manera, contra su seguridad.

Hemos intentado que comprenda que hay un riesgo, que subir y bajar escaleras no es un juego, que ellas cumplen una función puntual (nos llevan de A a B y las tomamos cuando necesitamos trasladarnos) y que cuando le decimos que no lo haga sola o que cambiemos de actividad, lo hacemos porque no queremos que se haga daño y porque queremos hacer algo más. Pero ella persiste, teniendo como consecuencia o el consabido traspiés o la molestia y el cansancio de sus papás.

¿Qué hacer?

Hasta ahora hemos hecho algo que aunque ha funcionado no termina de gustarme: cuando se pone en riesgo a pesar de nuestras advertencias la llevamos a su cuna y aplicamos una especie de tiempo fuera. Ella, por supuesto, protesta, protesta y protesta y pide que la limitación se acabe ya. Lo hacemos tras algunos minutos, sin mucho éxito en el ejercicio de “explicar”. Recuerdo entonces, y mucho, la explicación y defensa que hacía sobre los tiempos fuera Náhuatl y recuerdo mi simpatía con su argumentación sobre ellos, pero me siento “autoritaria” cuando no logro que Irene entienda por qué lo estamos haciendo (y cuando persisto en hacerlo, y la “amenazo” con un “no subas las escaleras sola, es peligroso. (Y tras unos minutos de “te ignoro” de su parte). Si insistes, te llevo a la cuna (mi lógica final ante ella es: la cuna está arriba, si lo que quieres es subir, te llevo allá)”.

¿Resultado? Después de la repetición del asunto, es el único modo en que conseguimos que entienda que hay una restricción con las escaleras y que se abstenga (ante la amenaza -que odio. Grgr-) de ir allá. Quiero y creo en la disciplina con amor, pero con una chiquita tan pequeña, no sé cómo ponerla en práctica en este caso. ¿Alguien tiene algún consejo o experiencia que pueda ayudar? Tomar distacia del “empeño” (alejarnos de las escaleras) o proponer cambios de actividad funciona sólo algunas veces en este caso (sí que funciona en otros), ceder en subir y bajar algunas veces relaja el asunto pero se acerca -y mucho- a la permisividad (más cuando no hay cantidad de subidas y bajadas que satisfagan a esta pequeña) y terminar en la cuna se acerca al autoritarismo (aunque siento que sí es necesaria una figura de autoridad, más desde la confianza y el deber… no sé si me explico adecuadamente). ¿Qué alternativa queda?

O-O

Ah, por cierto, lo de ponerle barreras a las escaleras funciona, sí, pero ¿y si los peldaños -como en este caso- no son nuestros todos los días -ergo, no podemos ponerle barreras por un día o dos, quizás-? Como verán, sigo sin resolver del todo el asunto. Thanks for any help (in advance).

13 junio 2011 at 08:24 14 comentarios

Tejiendo juntos: una cobija de la abuela

En algunos sitios le dicen ganchillo en otros le dicen crochet. Lo cierto es que Náhuatl ya tiene en marcha el segundo proyecto de tejiendo juntos -y doy fe de que en el primeroaprendimos… incluso los que no sabían nada, nada de tejer. La invitación es a hacer una cobija con “granny squares”. Náhuatl hizo una de un solo cuadro (de 1 metro por un metro), pero yo he decidido inclinarme por la clásica de varios (con muchos colores, por cierto). Ya tengo los hilos y toda la disposición. Y también algunos links que he estado mirando para adelantar. 😉

Éste es mi primer cuadrito. Y los colores son…

estos que la peque y el gato tocan y huelen con pasión. Las instrucciones iniciales para hacer la cobija (y algunas fotos de la preciosidad con colores muy mexicanos que hizo Náhuatl) las pueden encontrar aquí. Y todas las indicaciones siguientes para continuar aparecerán también en ese mismo blog o en el grupo de Raverly de Náhuatl.

Para hacerla, dice Náhuatl, “utilicé 10 madejas (cada una tenía 109m), de grosor medio (4), es decir más de 500 gramos.”. Yo, que tengo grandes pretensiones -no sé si tiempo y capacidad- compré 250 gramos de cada uno de los colores, para un total de 1750 gramos. Suena a muchísimo (y quizás lo es), pero preferí hacerlo para luego no tener problemas con cambios de colores, pues según los expertos es difícil que entre un lote y otro de teñido de los hilos no varíe un poco el color. Ah, según Náhuatl, “entre más delgado sea el estambre y más grande sea el gancho, más rendirá” el tejido. Mi cuadro de muestra (el de la primera foto) lo hice con una agua 0/6 (que no sé qué signifique pero que es mucho más gruesa que otras). Usé un hilo que en la tienda llamaban “macramé”: es grueso, firme y tiene un pequeño brillo. Quisiera pensar que es algodón 100%, pero no lo sé. Ah, por cierto, como soy primeriza en el asunto, decidí no mezclar colores en un mismo cuadro. Espero que mi resultado se parezca un poco a esto.

Imagen de My Lovely Corner.

¿Será?

Finalmente, y para que terminen de antojarse, dejo mis links de referencia y adelanto (el primero, por cierto, lo proporciona la misma Náhuatl).

Estoy segura de que si sacan un ratito para verlos y hacen el intento, no se arrepentirán. Ah, y no garantizo mostrar resultados muy pronto porque parece que es un proyecto largo. Además, confieso, me lo tomaré con calma. 🙂

7 junio 2011 at 07:52 10 comentarios

Menos cosas, más felicidad: ¿Plástico biodegradable?

En nuestra búsqueda desesperada por encontrar alternativas para sacar nuestra basura a los contenedores terminamos por encontrar que hay varios tipos de plástico y que entre ellos hay uno -usado en bolsas- que se degrada en un periodo no mayor a 24 meses. ¿Será verdad?


Pues parece que sí, que existe una manera de utilizar bolsas plásticas que se descomponen en la tierra… no sé si dejando residuos tóxicos -espero que no, sinceramente-, pero al menos no encapsulando desechos por cientos de años (y representando un riesgo importantísimo para el equilibrio de la naturaleza –casi ni quiero recordar imágenes como la de los albatroces bebés muertos con sus estómagos llenos de plástico en lugar de comida 😦.

Lo cierto es que aún no resolvemos satisfactoriamente el tema: claramente no estamos recibiendo bolsas plásticas en nuestra compra (usamos bolsas de tela reutilizables que nosotros mismos llevamos), pero a la hora de sacar nuestra basura las necesitamos. Parece un ciclo absurdo -y de hecho lo es-, pero necesita una solución práctica y lógica. La primera -aún no puesta en marcha al 100% en nuestra casa (se aceptan tirones de orejas)- es la del compost para los desechos orgánicos. La segunda es la bolsas hechas con papel periódico para otro tipo de desechos (como los de los baños o, incluso, los materiales reciclables -y los no… como las bolsas plásticas en las que viene la leche, los empaques de jamones, quesos y demás. Intento, intento, intento, pero no entiendo por qué cada vez se usan más), pero debo confesar que no ha resultado muy práctico: en cuanto tienen algo de humedad se rompen y coserlas o pegarlas no es confiable del todo.

¿Resultado? Decidí ensayar las bolsas plásticas que prometen degradarse en máximo 24 meses. Sigue siendo un lapso de tiempo enorme (sobre todo porque, dicen, puede generar gases de efecto invernadero), pero suena menos horripilante que el período incalculable de otro tipo de polímeros.

Por cierto, esto del plástico es todo un universo y descubrí que hay que leer con ojos escrutadores su clasificación porque muchos se autodenominan ecológicos porque están hechos con plásticos reutilizados (que bien puede ser un avance, pero no resuelve el problema de su descomposición) y otros son biodegradables pero están hechos igualmente con derivados del petróleo.

Imagen tomada de “Cómo evitar tóxicos en las botellas de plástico”, de Eco13.

Ahora, se supone, investigan la posibilidad de hacer algunos con celulosa -plantas- y otros materiales realmente biodegradables, pero mientras aprendo (y se lo inventan) no he encontrado una mejor solución para el almacenamiento y vertimiento de nuestros desechos. ¿Alguien tiene otra alternativa más amable y repetuosa? Oímos propuestas (¡¡Por favor!!).

PD: Sigo pensando que lo mejor es poder eliminar el plástico totalmente de nuestras vidas (pero no es fácil. ¡Uff!). Al menos el usar bolsas de tela en la nevera, llevar siempre consigo bolsas reutilizables como el ChicoBag o la Ecobag Checa para cargar las compras y reducir el uso de químicos -para el aseo de la casa y el aseo personal– y el incremento de alimentos naturales en lugar de procesados, así como usar pañales de tela en lugar de desechables ayuda muchísimo. Ahora otro reto es no comprar juguetes plásticos -cada vez entiendo más la filosofía Waldorf de tela, madera y algodón para los peques. A ver si nos acercamos un poco más a nuestro sueño.

PD2: Sigo medio aperezada y desconectada del mundo virtual… así que mi propósito de escribir dos entradas semanales -al menos- empieza a tener baches. Intentaré retomar el ritmo, si no lo logro, ya saben, seguimos -aunque no nos veamos virtualmente- acá. Nuestra pequeña está cada día más despierta y habladora… y esos maravillosos sueños alargados durante sus siesta empiezan a menguar. Ah, una buena nueva: tenemos nuevas vecinas y amigas. 😉 Y eso ayuda a que hablemos menos aquí.

3 junio 2011 at 09:03 6 comentarios


De sol a sol

junio 2011
L M X J V S D
« May   Jul »
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  

Contenido protegido

NO SE PERMITE USAR NI LAS FOTOS NI LOS VIDEOS DEL BLOG La casita de Irene a no ser con consentimiento expreso y por escrito. Todo el contenido de esta web se encuentra protegido (a no ser que se especifique lo contrario) por una licencia Creative Commons tipo Reconocimiento-No Comercial-Sin Obras Derivadas.

Categorías