Posts tagged ‘Embarazo’

Después del embarazo, ¿se van los kilos de más?

Quizás por el tiempo en el que vivimos y por la absurda presión (publicitaria, mediática, farandulera) que ronda el cuerpo femenino, una de las entradas con más visitas en la historia de este blog es “Cuestión de peso: ¿durante el embarazo cuánto se debe aumentar?”, un texto sincero que redacté con Irene en mi interior, justo cuando oía miles de versiones sobre ello. Recuerdo que terminé escribiéndolo tras una cita de control (de las de mi seguridad social) en la que la médica -que apenas me conocía- casi me saca los ojos por el aumento de peso que había tenido en el sexto mes de gestación. Hoy –cuando siento realmente que se ha cerrado el ciclo- quiero darle continuidad al tema, mostrando mi otro lado de la moneda.

Naujagimio akimis

Imagen de c r z.

Anticipo que parto de la base de que cada cuerpo es distinto y de que el ritmo de vida que llevamos puede tener mucho que ver con la evolución del peso durante y después del embarazo. Del mismo modo, creo -como lo señalé también en esa entrada precedente- que es fundamental cuidar nuestra nutrición y salud y que la mejor manera de hacerlo es consultando a un especialista que pueda darnos las recomendaciones apropiadas para nuestra rutina y nuestro cuerpo. Obviamente, eso no exime el sentido común: lo diga un nutricionista o no, nadie pensará que hacer una dieta restrictiva durante la lactancia o que sentarse -como lo recomendaban las abuelas- los cuarenta días de la dieta postparto a comerse una gallina por día sea bueno para la salud y el peso de una mamá.

¿Sólo números?

Durante el embarazo de Irene aumenté en total 17 kilos: 3.320 gramos eran del cuerpecito de nuestra hija, el resto eran placenta, líquido amníotico, grasa de reserva, leche y cuerpo -de 1.70 mts- de mamá. Tanto a lo largo del embarazo como durante los meses posteriores (unos 12 más o menos) hice un seguimiento de mi peso con una nutricionista que, sin cambiarme sustancialmente mi rutina -en casita somos bastante ordenados y sanos con nuestras comidas-, me indicó cuáles alimentos eran prioritarios en esos momentos.

Quince días después del parto había reducido buena parte de la coqueta barriguita materna y me lancé a la compra de una faja postparto (que no había podido ni cerrarme una semana antes). ¿Funciona o no? No puedo asegurarlo. Nosotros la compramos tras la recomendación de la médica de nuestros controles postpartos, pues según ella en esas primeras semanas los músculos y la grasa están más flojos y la faja ayuda a devolver todo al orden anterior. Conozco la versión contraria que señala que si la usamos el cuerpo no desarrolla el tono requerido, pues se apoya en el envoltorio (bastante incómodo, por cierto) en lugar de en sí mismo. En mi caso, cuando menos me ayudó a verme un poco menos redonda, pero hoy, con las evidencias posteriores, creo que la dejaría guardada en un cajón. Dejé de usarla tras algunas semanas porque sentí que mi cuerpo seguiría su proceso solito… y la verdad es que así, lentamente, pasó.

Amamantar y criar

Una de las cosas más importantes del peso ganado tras el parto es que constituye -como me lo decía mi nutricionista- una reserva para los meses de crianza y amamantamiento del bebé. Claro, eso se cumple si pensamos en los ciclos normales de la naturaleza, que no piensa en retorno al mundo laboral a los tres meses ni en dietas restrictivas “para recuperar la línea” antes de seis meses postalumbramiento. En nuestro caso, esas montañitas que se instalaron en mi cintura sirvieron sin duda para la lechita que por dos años y ocho meses (recién hemos parado) acompañó la vida de Irene y fueron reduciéndose naturalmente, sin dietas ni ejercicio aeróbico, hasta desaparecer pasados 24 meses.

Mi cuerpo, no obstante, no es el mismo. Y aunque también hay un proceso de reconocimiento que toma su tiempo, debo decir que me siento orgullosa de lo vivido. Me salieron estrias las últimas semanas del embarazo, con lo que mi vientre alrededor de mi ombligo quedó flojito, y mi barriga, antes plana y firme, ahora tiene una pequeña hendidura (con una mini protuberancia en la parte baja) que, dicen, se debe a los cambios internos de mi útero. Mi pecho ha vuelto a su tamaño original, con un sutil cambio en sus formas que lo hace ver ahora un poco más caído (nada sustancial para unos pechos breves). Mis organos reproductivos ahora son (o parecen) más amplios y profundos y creo que mi cadera es un poco más ancha. Finito.

¿Secuelas negativas? Una pequeña molestia en mi espalda baja… que se solucionó casi totalmente tras mis clases de danza. Nunca consideré hacer la clásica rutina asociada al ejercicio (no me veía saltando o alzando peso en un gimnasio), pero sí sentí que necesitaba recuperar movilidad y la sensación de que estaba otra vez de vuelta en mis huesos y mis músculos. Busqué, por tanto, mi danza… ¡y cómo lamento no haberla encontrado antes! Hoy, si tuviera otro hijo, no quisiera abandonarla ni un segundo (He llegado a entender y hasta a envidiar el sentido que tiene la danza en otras culturas, como la árabe, en las que las mujeres se juntan para conectarse con su cuepo y bailar).

El no peso de la felicidad

Ése es quizás mi gran aprendizaje después de todo este proceso (y lo que dará respuesta a la pregunta del título). Mi peso ha vuelto al punto de partida antes de alojar a Irene, meses después de que sus formas se asemejaran a mi cuerpo pre-mamá. Había 5 kilos rezagados tras el parto que no sé cuándo desaparecieron totalmente; creo que al menos tres se fueron antes de que dejara entrar la música en mi cuerpo, el resto se esfumó como por arte de magia cuando reconocí otra vez cadencias y movimientos. Pero más que volver a mi peso, recuperar el otro lado de mi ser femenino (coqueto, sexual, desenfrenado) -oculto tras ese otro devoto-sensual-maravilloso también femenino pero materno- ha sido el cierre más satisfactorio de este tiempo. Hacerlo, además, con una chiquita que disfruta  su vez de un baile elemental y hermoso no tiene precio.

Los kilos de más se van, sobretodo si logramos mantenernos conectados con nuestro cuerpo (eso incluye el amantamiento como un método efectivísimo para volver a nuestras formas y perder peso). La naturaleza hace lo propio; nosotros sólo debemos alimentar el espíritu sana y responsablemente, con amor, delicias y sentido, tanto como nuestro organismo. Bailar, saltar, jugar, disfrutar de la vida en movimiento es una buena manera de hacerlo… Al menos en esta casa: la danza nos ha devuelto a un mismo tiempo la conexión con la tierra y el cielo. ¡Seguimos bailando!

[Hemos tardado en volver, pero aquí estamos -y otra vez con aliento largo- de nuevo. Un beso]

10 mayo 2012 at 11:25 10 comentarios

Nuestro parto (3): parto y alumbramiento en la clínica

Tras dar cuenta del preparto y el trabajo de parto en las entradas 1 y 2, creo que culmino hoy la historia de nuestro parto. Tal como decía antes, las cosas no fueron exactamente como me las imaginé, no al menos en sus pequeños detalles; pero el resultado fue plenamente satisfactorio, no sólo porque finalmente tuvimos a nuestra chiquita con nosotros, sino también porque nuestro preparto y trabajo de parto se desataron solitos, porque Irene y su mamita hicieron el trabajo juntas y porque mantuvimos la serenidad que queríamos, obteniendo como resultado -creo- una bebé tranquila y feliz de llegar al mundo. Los otros detalles, las conclusiones los dirán.

Como decía en el post anterior, el obstetra decidió, a pesar de mi dilatación casi completa (de 9.8 según el último tacto), romper membranas y ponerme pitosín. Yo, con toda la calma posible, traté de oponerme a ambas decisiones, pero lamentablemente no logré mis resultados. Según él, era mejor romper las membranas artificialmente (algo así como “para qué esperamos si a fin de cuentas se van a romper”) y debía ponerme la oxitocina química porque “la epidural ralentiza el parto”… y, claro, según sus ojos, supongo, con ello tendría un parto más controlado. Sus palabras fueron: “usted es MI responsabilidad”. Dejé ver mi cara de “no le creo” (sobre todo, la validez en ese instante de sus argumentos) y un puchero de decepción en mis labios. De nada valieron los 9.8 cms. de dilatación, ni la actividad uterina que se detectaba en el monitoreo, ni mi tranquilidad, ni mi solicitud, ni nada. Me pusieron la vaina ésa y en cuestión de minutos ya tenía mi sensación de pujo y pasé a la camilla de la sala de partos.

La sensación, como dije en un comentario del post anterior, fue desagradable, pues me era como si la droga me sacara un poco de mí. Debo decir que hasta ese punto (y hasta ahora, en cierta forma) no me arrepentí de haber aceptado la epidural, pues no perdí sensibilidad en mis piernas para pujar o tener conciencia de mis contracciones, pero si haberla aceptado significaba a los ojos del médico la obligatoriedad de meterme el pitosín… habría soportado los dolores (bueno, eso digo yo que al final no los sentí). No tenía ningún control o conciencia natural de lo que ocurría en mi cuerpo, pues me sentía desconectada del flujo de contracciones que tenía. Todo resultaba tan artificial, tan una cosa encima de la otra, que pujar era una obligación insoportable… algo así como “sáquenme eso ya”. Algo muy lejano de lo que había pensado.

No sé si me equivoque al adjudicárselo al químico, pero esos momentos no fueron agradables sino hasta que la chiquita asomó narices y dejó saber con su llanto que se iba a quedar. En ese instante, todas las sensaciones se concentraron en ella, en el calor que sentí al tener sobre mi vientre su cuerpecito (es increíble cómo nacen de calientitos), en la canción que le cantaba (“corazón de melón, corazón, corazón de melón”) para que me reconociera y supiera que era yo quien estaba allá con ella, en la bienvenida que quería que sintiera desde ese instante. Y, claro, en mi paz: esa misma que ella me había dado a lo largo de esas 4o semanas y que ahora yo quería darle a ella hasta la eternidad. Ahí no valieron ni las luces, ni los químicos, ni nada. Otra vez el mundo era sólamente nuestro. Por eso siento, al menos, que valió la apuesta que hice y que mi voto de confianza irrevocable por nosotras nunca nos iba a fallar. Sólo faltaba poder cogerla con mis brazos, recostarla sobre mi pecho y entregársela a su papito. Las dos primeras cosas pude hacerlas pronto. La tercera sólo pude hacerla un par de horas luego, tras el alumbramiento de mi placenta (hermosa, viva, roja-roja-roja), tras la sutura de un pequeño desgarro, tras esperar a que pasaran un poco los efectos de la epidural (intensificada luego del nacimiento de Irene para poner los puntos), tras la puesta en orden de todos los protocolos requeridos por las enfermeras (medida, peso, huellas de los píes, vitamina K para la pequeña, vestidito y demás), tras tener a Irene a mi lado y darle pecho por primera vez, tras vivir en un par de horas una eternidad… Sólo entonces, a eso de las 12:30, salimos al gran encuentro con mi amorcito y la futura madrina de la chiquita. No hay palabras para describir nuestra felicidad.

En resumen: así fue nuestro parto. Me hubiera gustado intentar tener un parto en casa, pero creo que en mi país las condiciones, aún, no están dadas. De todas formas, me siento satisfecha por cómo culminaron las cosas, pues en cualquier caso logramos tener un parto espontáneo y vaginal (no diré natural por aquello de los químicos… pero casi casi). De otro lado, concluyo:

* El parto es una cajita de sorpresas y nosotros, como madres, estamos dentro de ella. Podemos optar por hacer de ese instante una fiesta (al menos dentro de nosotras mismas, llenándonos de confianza, paz y tranquilidad) o un encierro.

* Hay una conexión con nuestros chiquitos que se da desde el vientre mismo y que puede verificarse, confirmarse, fortalecerse, respaldarse en el momento del nacimiento y en los momentos posteriores de reencuentro. Yo, al menos, así lo sentí: desde  mis tres meses de gestación (o incluso antes, quizás) le canté a Irene la misma canción, todos los días, al ducharme. Al nacer, lo primero que hice fue cantarla de nuevo y vi cuáles fueron sus efectos, pues mi pequeña inmediatamente dejó de llorar para concentrarse en ella. Creo que gracias a esa canción supo que ése era su lugar. Sospecho, entonces, que todo lo que le hablé, todo lo que sentí, todo lo que la amé y la pensé durante las 40 semanas se mi embarazo valieron la pena y construyeron esa relación que hoy fortalecemos. Igual, pienso, ocurre con los papás, porque ella busca al suyo cuando lo oye hablar, porque le sonríe y lo mira como si siempre hubiera estado al lado suyo (lo estuvo, de hecho. Y ella, sin duda, lo sabrá).

* La naturaleza es sabia y organiza en un orden perfecto e incomprensible sus cosas. La medicina, por el contrario, parte de la incertidumbre y la incredulidad. Es una pena que no seamos lo suficientemente sensibles para reconocer ese hecho y permitirle a la vida tomar su curso. Por nuestra parte, como pacientes, lo mejor que podemos hacer es ser conscientes de ellos y dar al menos nuestra cuota de tranquilidad. Ah, en el caso de un parto podemos hacer algo extra: esperar prudentemente a que llegue el momento, preparar con ejercicio nuestro cuerpo y darle fundamentos a nuestra mente (informativos, sobre todo) para saber cómo puede ocurrir todo. No sobreinformarnos, pero sí aprender lo que sea necesario. Ojalá, por esa vía, nos acerquemos cada vez más a partos humanizados, respetados y no medicalizados. Sería un triunfo para todos: madres, bebés, papás y sociedad.

* Habrá otros dos post “familiares” de éste: uno de postparto y otro de lactancia. Ya llegarán, creo, la próxima semana. Por ahora, cierro con una sonrisa en la cara y con mi pajarita (que también parece un gato porque no deja de ronronear) en su cunita, esperando a su mamá. Gracias a todos por sus comentarios. Creo que esta historia, cuando menos, le quedará a la pequeña para la posteridad.

😉

Un abrazo.

3 septiembre 2009 at 14:56 4 comentarios

Nuestro parto (1): preparto y trabajo de parto en casa

Después de leer, pensar, preguntar e, incluso, planear (aunque fuera a solas) nuestro parto, debo decir que tuvimos uno  satisfactorio: no sólo por nuestra Irene, que es un regalo precioso, sino también porque fue un parto tranquilo y rápido, aunque un tanto distinto a lo imaginado. En todo caso, debo darle casi todos los créditos a la peque, pues sin duda, ella hizo casi todo el trabajo.

Esta historia empieza con una “amenaza” (está bien, pronóstico) médica del miércoles 5 de agosto, que rezaba: “si el lunes 10 no ha nacido tu bebé, tendrás que ir a la Clínica…” Por supuesto, el entrelíneas, que me confirmaron luego, es que la poca actividad de mi útero les sugería que podríamos tener un parto inducido. Obvio, nosotros no lo queríamos ni cinco. Estaba segura de que Irene sabía claramente cuándo sería el momento preciso para su nacimiento. Ahora sólo esperaba que ese momento coincidiera con el de los médicos. En fin…

Después de 40 semanas de gestación y un par de días, la madrugada del 9 de agosto me saludó con la expulsión de tapón mucoso: una sustancia parecida a una clara de huevo que salía, por fin, del caminito que la chiquita debía recorrer para salir. Tenía algunas pintitas de sangre, que ya me habían anticipado, así que al verlo sonreí. Podíamos ganarle la batalla al pitosín: mi útero e Irene estaban haciendo la tarea. Se lo celebré a la pequeña y le aseguré, como lo había hecho todos esos días, que no iba a estar solita, que ese trayecto íbamos a recorrerlo juntas, que iba a ayudarla a salir y que cuando estuviera en este otro lado del mundo, podríamos vernos, tocarnos, movernos juntitas… Y que el papá podría tomarla en sus brazos, por fin.

Si bien en las últimas semanas había estado sintiendo unas contracciones flojitas, que endurecían buena parte de mi panza, en la madrugada de ese día comencé a sentir además de ello dolores similares a cólicos en la parte inferior de mi vientre. Volví a la cama (me había levantado al baño) con una sonrisa. En la mañana, tras darle la noticia a mi amorcito, tomé una ducha y le pedí que camináramos. Estuvimos fuera cerca de una hora y las contracciones seguían. Regresamos a casa, yo revisé que nada nos faltara mientras él preparaba el almuerzo, hablé con mi gran hermana del alma (médica por demás) para reportarme y recibir instrucciones y en lugar de comer sentada almorcé con el plato en mis manos caminando por toda la casa… no fue propiamente la instrucción de mi médica, pero la verdad es que así sentía que las contracciones se pasaban mejor y no paraban. Tomamos papelito, lápiz y reloj y empezamos a consignar cada cuánto tiempo llegaban. La verdad es que esa fue una gran herramienta, pues aunque antes estábamos mirando el reloj, siempre terminábamos por olvidar la frecuencia de los intervalos. La indicación era: después de 3 horas de tener 3 contracciones cada diez minutos, vas a la clínica. Pasaron dos horas en esas circunstancias, pero en la tercera, un poco cansada, el tiempo entre una y otra se amplió justo cuando decidí sentarme o acostarme. Le achaqué el asunto al cambio de posición.

Seguí caminando entonces y tomando nota de cuándo llegaban. Estaba muy tranquila, mientras que la vida seguía más o menos normal en mi casa. A eso de las seis revisé con más detalle cómo seguían los intervalos… encontrando con sorpresa que los últimos eran cada vez más largos. Teníamos la duda de si eso significaba que el trabajo de parto aún no era tan bueno, así que llamé otra vez a mi amiga: me dijo que podían ser contracciones de dilatación, sobre todo si eran más dolorosas, que al final las contracciones pueden estar más espaciadas unas de otras, pero que hay más intensidad en el dolor. La verdad es que sí me había dolido más, pero otra vez le achacaba el asunto al cambio de posición. Esperé un rato y finalmente llamé a mi muacho (que estaba con mi cuñada, la madrina de Irene, que estuvo con nosotros todo el tiempo, desde nuestras 38 semanas) y le dije que las últimas contracciones eran más dolorosas, que creía que era mejor que nos fuéramos al hospital. Él me miró con cara de “¿estás segura?”, pero me dijo que los espacios entre una y otra eran más largos, que recordara que le había pedido que esperáramos en casa al máximo. En esas llegó una contracción muy fuerte, así que le dije (con lágrimas en los ojos, producto del desespero y el dolor): “esque ya duelen mucho, vamos para que nos revisen”. No lo dudó un segundo: tomó la maleta y salimos.

En el carro, otra vez pasaban más minutos entre contracción y contracción. Llegamos en unos 15 minutos a la clínica, parqueamos, nos bajamos y yo sentía que volvía una y otra contracción. El tiempo: ahora parecía que entre una y otra pasaban dos minutos. Yo mientras tanto me balanceaba a los lados, sintiendo por no sé qué motivo que ya no era tan fuerte el dolor. ¿Me habría apresurado mucho?

(Y como esta historia se fue larga y tengo una pequeña en casa -al menos ya saben cómo termina la historia-, dejo aquí este primer capítulo. En el próximo les contaré cómo nos fue en la clínica, cómo fue el trabajo final de parto, cómo nos fue en el expulsivo y cómo arribó la pequeña a nuestro mundo. Todo, hoy, parece una ilusión. Continuará…)

28 agosto 2009 at 08:18 2 comentarios

¡¡¡Llegó Irene!!!

Este domingo 9 de agosto a las 10:24 de la noche (colombiana) asomó sus narices al mundo nuestra pequeña Irene.

Pesó 3320 gramos y midió 51 centímetros. Tal como lo presentíamos, es un derroche de serenidad, amor y paz. Ha llenado nuestros segundos de la felicidad más infinita, demostrándonos el milagro de la vida y la posibilidad de que el infinito y la eternidad tienen lugar también en este lado del cosmos.

Como supondrán, estamos dedicados (feliz y plenamente) a cuidarnos, a contamplarnos, a reconocernos (porque te conocemos de hace tiempo) y a amar. Desde este espacio caserito los tendremos presentes a todos, sintiendo su compañía constante y su cariño. Una vez pasemos la “dieta” de rigor -una cucharadita de paciencia y mucho amor ;), claro que siendo honestos, la paciencia aquí ni hace falta porque está en nuestra Irene encarnada- volveremos a estas tierras para contarles cómo ha salido todo. En un resumen rápido diremos que, a pesar de que algunas circunstancias difirieron de nuestro plan de “parto no medicalizado”, tuvimos un parto maravilloso, natural, rápido y feliz: llegamos a la clínica con 8 centímetros de dilatación (para nuestra propia sorpresa) y con una chiquita vital y deseosa de abrir sus ojitos al mundo. 😉

Aquí quedan unas imágenes de nuestra pequeñita, la concreción perfecta de nuestra felicidad actual. Quedan en su casa… con su anfitriona a bordo.
Un abrazo,
A.

13 agosto 2009 at 05:07 19 comentarios

Cómo se desata un parto

Aclaro, antes que nada, que a pesar del título ni pienso ni puedo sentar cátedra: sólo quiero compartir con ustedes la pregunta que sobrevuela el ambiente ahora que estamos cada vez más cerca de la llegada de Irene, y referenciar algunas pautas generales que me han dado los médicos y que se confirman en este universo paralelo de internet.

Me he sentido perfectamente y hasta ahora mis únicos síntomas son la presión de esta chiquita en la parte baja (bajísima) del vientre, la sensación de que sus movimientos se desarrollan en un espacio cada vez má estrecho, y la conciencia de reiterados estirones en el canal del parto, lleno de músculos y no sé qué más cosas que de otro modo, seguro, no sentiría tan bien.

Siento que una puertecita comienza a abrirse en mi cuepo y que Irene la va recorriendo. Sé que el trayecto puede tomarse horas, días o  semanas, pues la peque todavía -de acuerdo con su fecha probable de parto- otras dos  para llegar al final del túnel dentro del término médico. Cuánto se demore es una pregunta que, confieso, por ahora ni me planteo. Trato de gozarme el rollo, reconociendo mi cuerpo y repitiéndole a ella que se tome su tiempo. Sé que el día llegará en cualquier caso y que esta maquinaria estupenda que se llama cuerpo podrá todas sus piezas a marchar.

En cualquier caso, como se supone que una madre responsable debe estar alerta al avance del proceso para ayudar a que fluya como debe o, al menos, para reaccionar en el momento en que deba hacerlo, dejo unos cuantos links sobre el parto, que pueden ser de utilidad: por un lado, encontré éste, manualito, sobre la preparación, el proceso y las etapas del parto; y por otro, éste sobre las señales que indican que el mismo va a empezar. Hay muchas más opciones disponibles en la red que complementan lo que indica la lógica en estos momentos y lo que han sentido a lo largo de la historia tantas mamás. La experiencia es hermosa y, sin duda, es un privilegio inmenso que se puede disfrutar a cada segundo.

Pienso, en resumen, que dentro o fuera de la cancha, el embarazo y el nacimiento son la concreción de la vida misma… una expresión casi poética, resumida, de eternidad. A lo largo de estos nueve meses, Irene su padre y yo hemos formado un equipo que ahora se encuentra ad portas de jugar una importante final. Mientras eso sucede, pueden estar tranquilos: todo marcha como debe y nosotros seguimos inundados de expectativas, felicidad y paz. 😉

Ah, dejo dos videos cortos de elembarazo.net sobre el parto:

Uno, con la explicación médica sobre cómo se desata el parto y cuáles son sus síntomas (con un error vergonzoso en el texto, que escribe tapón bucoso en lugar de tapón mucoso… en fin):

y otro con algunos consejos para el parto, que hace las veces de resumen de otras recomendaciones desarrolladas en video en ese mismo portal:

Espero que les gusten. Y para quienes estén interesados, la imagen la encontré en bebesymas.com

29 julio 2009 at 07:19 Deja un comentario

¡¡¡Nuestra última ecografía!!!

Aquí tenemos nuevamente a la pequeña: su carita, sus piernitas, su espalda, sus nalguitas… Cumplimos 36 semanas y, de acuerdo con el médico, ya todo está listo para nacer.Es una cosita hermosa que dan ganas de comerse a picos… Y ya falta poco para poder hacerlo. 😉 Te esperamos felices, Irene, para que nos ilumines con tu sonrisa también.

La ecografía la hicimos hoy, miércoles 15 de julio. Ya tenemos 36 semanas de gestación… es decir, que ella pueda nacer, de aquí en adelante, cuando quiera. Noticias: que Irene anda súper bien, que está de cabecitas, como Dios manda para esta época, que está dentro de los parámetros establecidos para su desarrollo y que su corazoncito y su cuerpecito lucen maravillosamente. Está pesando, según los cálculos, 2.785 gramos y su fecha prevista de parto sigue siendo entre el 7 y el 10 de agosto. Chiuckkk

15 julio 2009 at 15:34 16 comentarios

El privilegio de ser mamá

En estas últimas semanas todo ha marchado de maravilla: la peque sigue creciendo y moviéndose permanentemente, los controles médicos indican un desarrollo apropiado de ella y del cuerpo de su madre -incluído mi peso ;)- y los dolores y las molestias que sentía en mi cadera y mis rodillas han desaparecido por completo. Creo que la gimnasia prenatal tiene buena cuenta en ese logro, así como el espacio de tranquilidad en el que me muevo. Sólo hay una diferencia con respecto a los meses anteriores: ahora pienso y me siento más consciente del privilegio que significa ser mamá.


Y no sólo en eso. Llevar a Irene en la pancita ha cambiado sustancialmente mi manera de ver, leer y sentir la vida. Creo que sólo cuando se experimenta un embarazo se alcanza a dimensionar lo importante que es ser madre. Cuando apenas se es hijo, el asunto se entiende racionalmente, pero se reduce por lo general (¡y aclaro que eso no es poco, ni mucho menos!) a la experiencia que transcurre a partir del nacimiento.

A lo largo de estos siete meses, sin embargo, he sentido cómo mi cuerpo y mi vida giran fundamentalmente en torno a Irene: como, respiro, me muevo y vivo para ella. Compartimos el espacio, el tiempo, los gestos. Lo que me pasa a mí le pasa, a través mío, a ella: mi alegría, mis miedos, mis tristezas, mis dudas. Los sonidos, los sabores, los olores, cada una de las experiencias que antes hacían parte exclusiva de mi vida inundan ahora ese pequeño mundo que para ella empieza. Y concluyo, entonces, que es increíble que esto ocurra y que me faltó tiempo para agradacerle infinitamente a mi madre por llevarme dentro y cuidarme. No puedo hablar de lo que signifique este tiempo para un padre. Sin duda será una experiencia también diferente y maravillosa.

En resumen, la consciencia y la vivencia de estos nueve meses (bueno, van siete), me han cambiado el espíritu y me han puesto a pensar ya no solamente en el milagro de la vida si no también en el privilegio de ser mamá. Sé que sueno reiterativa, que es probable que las palabras que intentan resumir y explicar ese cúmulo de sensaciones resultan limitadas y casi inexpresivas, pero quiero dejar constancia de ello, para nosotros como padres y para Irene como hija y como mujer. En el futuro, sin duda, el ver crecer autónomamente a la pequeña nos hará olvidar en parte esto que ahora es un todo, que se resume en esas pataditas constantes que cambian la forma de mi cuerpo y que dan cuenta de que alguien “me invade” y puja, de algún modo, por hacerse un espacio propio. Prometo hacer reportes pronto sobre temas que se quedan entre el tintero y que tampoco quisiera perder.
😉
Saludos para todos.

8 junio 2009 at 12:17 6 comentarios

¡Por fin, la carita de Irene!

Irene. 22 de mayo de 2009
Aquí esta, en foto, nuestra peque, nuestra pajarita, Irene. Ya tenemos 29 semanas de embarazo… y ella, 27 de estar creciendo maravillosamente. Muestra su cabeza, luego su espaldita, sus piecitos, sus manitas (con gesto de dedos incluido… jajja) y su carita acostadita.
😉

22 mayo 2009 at 16:40 1 comentario

Cuestión de peso: ¿durante el embarazo cuánto se debe aumentar?

Ayer tuve cita de control prenatal y, aunque todo anda al pelo (la altura del útero se corresponde perfectamente con las semanas de gestación que llevamos, el corazón de Irene indica plena vitalidad, mis exámenes clínicos descartan diabetes gestacional y dan índices de buenos de nutrientes, cero infecciones y demás), la médica abrió los ojos porque he subido, según su pesa, 6 kilos en dos meses. Según ella, no debo subir más de kilo y medio mensual, pero según le entendí a mi nutricionista (que veo mensualmente), esa referencia es relativa, pues cambia inevitablemente de mamá a mamá. ¿Será que me debo preocupar?

La verdad es que creo que no, al menos mientras tenga una nueva cita con mi nutricionista. Pero debo confesar que salí medio jarta de la cita, pues quedé con una duda grande. Resultado: pensar, pensar, pensar. Y aquí están mis conclusiones. Ya les contaré posteriormente qué pasa cuando me evalúe de nuevo la especialista en el tema, para ver si lo que voy a escribir aquí tiene más de ilusión que de verdad.

En principio, puse en duda la postura de la médica que me vio ayer porque, aunque ella hace seguimiento general de las embarazadas en el programa prenatal en el que me encuentro, su trabajo no se concentra exclusivamente en la nutrición y el peso de las gestantes. Ella se ocupa más del estado clínico (exámenes, etc.) de los pacientes que llegan.

No quiero decir con ello que echo en saco roto su comentario, pero considerando que sigo un control regular con una nutricionista, que me ve cada mes una hora, me pesa en una báscula especializada, me mide pliegues de grasa y hace tablas comparativas de los avances de diferentes partes de mi cuerpo con el objeto de evaluar el desarrollo que tengo y mis índices de masa corporal, debo confiar en primera instancia en su criterio. Adicionalmente, ella hace un seguimiento puntual del plan de alimentos, que revisa cada mes minuciosamente porque es ella misma quien lo diseña y ajusta, de acuerdo con las necesidades nutricionales que prevea o pueda detectar. Los controles prenatales, en cambio, son genéricos en esos aspectos: no usan básculas electrónicas, no hacen plan de alimentación ni miden pliegues de grasa ni nada.

Es cierto que me siento pesada, pero nada indica que esté con sobrepeso: el tamizaje (o curva de glicemia) que me hicieron hace 2 semanas salió normal y físicamente mi cuerpo mantiene, dentro de lo que cabe, su figura habitual. Tengo una panza que siento enorme (¡¡nunca había estado embarazada!!), pero mi cara, mis brazos y mis piernas mantienen su proporción usual. Aclaro, en cualquier caso, que no pretendo que todo se mantenga así, pues sé que los depósitos de grasa deben ir aumentando (deben haberlo hecho un poco hasta el momento) para tener reservas a la hora de lactar.

¿Cuánto debo pesar?
La pregunta, entonces, es ¿cuántos kilos deben subirse durante el embarazo? Creo que la respuesta debe darla un experto que tenga en cuenta hábitos (antes y durante la gestación) y datos del proceso de transformación del cuerpo de la futura mamá. Mientras más precisos y detallados sean estos, más confiable será su criterio. Sospecho que si no estuviera siguiendo controles de nutrición desde el comienzo estaría ahora tomándome los pelos y pensando que de verdad la médica ayer tenía razón al alarmarse… pero como no es el caso, voy a esperar. Yo misma, un poco perdida con los datos que se encuentran en la web y que hablan de 1 a 2 kilos de aumento por mes, le pregunté en mi última cita a mi nutricionista si me debía preocupar y su respuesta fue clara: no se puede generalizar el promedio de peso. Los datos varían de mamá a mamá. Un kilo, dijo, está bien para una madre pequeña, pero no para una alta que comienza el embarazo con bajos índices de masa corporal.

Hay madres, incluso, que al comienzo de la gestación pierden peso (por molestias comunes como el vómito, rechazo a los alimentos -hay olores que de verdad son incómodos-, o porque no están ingiriendo los nutrientes que requiere el bebé y éste debe tomarlos “prestados” de las reservas de su mamá). Del mismo modo, hay meses en los que se aumenta más de peso, pues una vez termina la formación de los órganos del chiquito, su cuerpo se va haciendo más grueso y crece en proporción a su edad. Así, mientras un embrión a los tres meses puede medir 4 centímetros o un poco más (como fue el caso de Irene), a los seis meses, medirá, sin duda, casi 30 (de la cabeza a la colita; el dato es muy distinto si se incluyen las piernas), y obviamente el incremento se debe notar en el peso final de la gestante.

En resumen: me relajo y espero el “veredicto” final. Me siento bien alimentada y bien asesorada. Si han de jalarme las orejas o hacer algún ajuste en mi dieta, que lo haga la nutricionista. Por lo pronto, sigo gozando con la Irene en la pancita, que no deja de brincar: queda claro que ésta chiquita es vital. 😉
Ah, y si alguien quiere investigar un poco más sobre el asunto (sin dejar, por favor, de considerar que su mundo es uno solo y que para emitir juicios sobre el mismo lo mejor es recurrir a alguien que lo mire y estudie con criterio, de verdad), dejo un artículo sobre el peso durante el embarazo. Encontrarán montones si se ponen a buscar.

14 mayo 2009 at 13:06 15 comentarios

¿Pánico escénico?

Sí, aunque odie decirlo. Yo, que me sentía de lo más tranquila con la Irene creciendo en la pancita, fui víctima anoche de un inesperado temor: cada vez faltan menos semanas para el parto. ¿Qué voy a hacer entonces?

La escena (porque fue cinematográfica y todo) llegó en mitad de la noche, en un estado que mediaba entre la consciencia y el sueño. Tuvo fondo musical (en mi cabeza), que se oyó tal cual como suena un tocadiscos que está funcionando perfectamente (la tonada era dulcísima y relajada) y de pronto sufre una abrupta interrupción. En ese instante, acariciaba desprevenidamente mi pancita, como suelo hacerlo a lo largo de la noche, y en un fogonazo de consciencia (ahí fue que la musiquita se interrumpió) me dije a mí misma: “está grande”, y el cerebro acucioso inició su labor: “esta semana cumplo 27 semanas, la próxima son 28, los meses tienen cuatro semanas, o sea que me aproximo a los siete meses, siento a la niña grande, podría ser prematura… pero no, aún nos faltan… (las sumas empezaron a bailar al ritmo de mi angustia) ¡¡¡12 semanas!!! O menos, si, como dicen, debo empezar una cuenta regresiva en la semana 36”. ¡Aghhhh!

Hasta ahí llegó el plácido sueño porque a pesar de que he leído, visto, hablado, preguntado y demás sobre el parto (hasta el punto de que afirmo claramente que quiero uno en lo posible vertical y no medicalizado), no me había hecho hasta entonces a la idea del momento de gestación en el que estoy. Me explico: tener a la peque en la pancita se ha vuelto tan cómodo (a pesar del peso y los dolores que produce) que desconecté totalmente de mi cabeza el final de ese proceso. Y empiezan las mil y una dudas y con ellas la falta de sueño.

No me alargaré mucho más en la historia porque supongo que es un temor normal. Dejo, eso sí, constancia del mismo. No sea que después se me olvide. Se acerca el día de la madre en Colombia y creo que es justo reconocer que todas las madrecitas son admirables y que enfrentar el inicio de esa etapa en la vida no es ni más ni menos simple con manual. Les quedo debiendo el rollo de cómo quisiera que llegara Irene al mundo, entre otras cosas porque sé que por mucho que piense o escriba, la última palabra sólo será pronunciada ese día… y si debo escoger algo sólo pido una cosa: que esta pajarita llegue sana y llena de felicidad.

Saluditos para todos.

8 mayo 2009 at 10:46 1 comentario

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