Posts tagged ‘adquisición del lenguaje’

A mordiscos

No sé por qué últimamente me cuesta más pasar por acá. Quizás una chiquita más demandante pegada a mis piernas y diciendo “auda” /ayuda/ para que la levante y la deje ver este patoaparato tengan parte en el asunto. El otro resto se lo dejo a las mil y una cosas que hacemos las mamás. En fin, hoy trato de ponerme al día con un resumen rápido que incluye dientes e historias varias de la protagonista de la casita de Irene. 😉

Y empiezo por lo primero: las últimas muelas de nuestra chiquita en su mandíbula inferior. Hace algunos días dije que había empezado a asomarse la del lado derecho (que aquí se ve justo en el izquierdo). Pues bien, hace unos pocos días descubrí que también lo hacía su vecino de enfrente. Lo cierto es que la persistencia de Irene en meterse el dedo índice a la boca para rascarse (yo no tenía muy claro para qué era, pero en cuanto descubrí los trocitos blancos entendí el por qué) fueron la clave. Lo sorprendente es que después de ya no sé cuántos dientes (hago la cuenta: 8 arriba y 8 abajo + 2 nuevos = 18), aún con la salida de estos últimos me sorprendo.

A diferencia de sus primeras muelas -que asomaron sus montecitos muy sútilmente (la foto anterior fue publicada hace casi un año, el pasado 4 de noviembre)-, las muelas de ahora se me aparecieron casi completas (eso sin mencionar que la foto la tomé con pose… ¡qué diferencia!). La razón para topármelas así no sé si se sea que su salida haya sido más expedita o que yo me demoré más en descubrir lo que se estaba gestando en la boca de nuestra pequeña. Lo cierto es que las encontré abriéndose camino como si salir fuera un asunto de “levantar capitas” (nótese en la foto cómo la piel empieza a verse como una cobija sobre el diente).

En cualquier caso, volver a presenciar la salida de dientes me ha hecho recordar las sorpresas constantes que nos regala un chiquito al crecer. Si bien, durante los primeros meses las novedades casi siempre están relacionadas con avances físicos, después del primer año (pasó casi un año entre las muelas de la segunda foto y estas de ahora) el lenguaje y la capacidad de abstracción y razonamiento de un chiquito, entre otras cosas, acaparan toda la atención.

En estos días, por ejemplo, Irene nos sorprende con la claridad y precisión con la que adquiere el lenguaje. Para el caso, ayer nada menos, mientras tomábamos una merienda juntos decía -en medio de una conversación-: “yo voy contigo”. ¡Contigo! ¡Yo! Tiene veinteseis meses y ya sabe que ella es un ser independiente de otros, utiliza apropiadamente el “tú” y el “yo” y además puede relacionarlos en un “contigo”. ¿Alucinante, no?

Y aclaro que mi alucine no es porque sea ella: es por lo que revela. Esas mentecitas que antes eran subvaloradas (“habla tranquila que ella no entiende” o “no le digas nada porque es un bebé” o “es que a los niños hay que explicarles todo con cuentos -léase mentiras-“) son infinitamente sabias. De aquí que -pienso- el desarrollo de sus capacidades dependa muchísimo de la manera como nosotros, sus padres, nos relacionamos con ellos… y del potencial que les reconozcamos o no.

Historias como ésta tendría miles, pero para no perdérmelas me abstengo un poco de estar más tiempo pegada al computador. Cierro diciendo que a sus veintiseís meses nuestra chiquita interviene en todas las conversaciones, opina, propone, decide y sugiere. Y, sí, también manda, regaña, protesta y se rebela. Me temo que es algo inherente a su edad (ya queda poco de “los terribles dos no han pasado por acá“), pero también sospecho que nuestra paciencia y amor son una buena guía para superar los malos ratos. Hasta ahora, hablar claramente, explicarle todo (y si es antes de que ocurra, mejor) y ser consecuentes nos ha ayudado muchísimo. Es más, si no fuera porque sus muelitas no son mías y porque no quiero volverme canibal, me la comía a besos con su misma boquita. 🙂

(Y para alimentar la nostalgia, un par de imágenes más:

Una foto de las primeras señas de dientes (los primerísimos), publicada el 8 de marzo de 2010, un día antes de que Irene cumpliera siete meses

Y otra del 10 de mayo de ese año, cuando empezaba a abrirse camino su tercer dientecito

Ya sólo faltan dos… de leche.)

12 octubre 2011 at 08:32 5 comentarios

Ni palabras necias, ni oídos sordos

Siempre he estado convencida de que los chiquitos entienden todo lo que oyen. Y desde antes de nacer. Puede que no interpreten perfectamente y que confundan un sonido con otro, pero en su corazón tienen claro si el ruido que perciben es motivo de alarma, de tranquilidad o de dolor (la lista de emociones probables es larga, pero cierro aquí a manera de ejemplo). Pues bien, debo añadir ahora que a esa inteligencia emocional que les permite sobrevivir en y al mundo, debe añadírsele una capacidad comprensiva de las palabras y toda su carga emotiva a partir del momento en que ese chiquito empieza a hablar.

Foto tomada de Comunicología.

Es posible que se dé antes (más que posible es seguro, sin duda), pero para nosotros el hecho sólo es tangible ahora que obtenemos respuestas moduladas y sonoras en español. Puede parecer un chiste, pero cuando descubres que puedes quedarte una hora más en cama en las mañanas después de “conversar” con tu pequeñita en la noche y pedirle que no te despierte tan temprano lo confirmas. 😉 Puede que ni siquiera durmamos esa hora de más (mamá, al menos, se despierta a la hora habitual con orejitas alerta), pero sentimos una especie de saltito en el corazón al experimentar -a lo largo de una semana y cada uno de sus días- que Irene no sólo oye nuestras palabras: escucha.

Y así, después de despertarse unos días y hablar con los muñequitos que hay pintados y bordados en su cama, ahora opta por echarse un sueñito más largo, silenciosa y tranquila. Los días de “me despierto a las 6 a.m., me paro en la cama y llamo inmediatamente a mi madre” parecen hacer parte del pasado. Ahora “da oídos, atiende a un aviso, consejo o sugerencia” -así define el verbo el DRAE– y, sin sobresaltos ni inquietudes, duerme.

La otra cara de hablar

Y aunque a algunos el hecho les pase de largo, a mí me ha puesto a pensar seriamente que esas conversaciones sin réplicas -pero atentas- que siempre he tenido con Irene (explicándole que íbamos donde el médico o de paseo o que debía darle una medicina, ponerle el saco, esperar a papá que salía al trabajo para volver más tarde, salir de viaje, preparar la cena, bla, bla, bla), nunca fueron palabras necias.

Jamás lo creí así, por cierto, pero ahora que hay réplicas en mi lengua (el irinense disminuye) y que veo claras consecuencias, esos diálogos se resaltan con marcadores iridiscentes en mi cabeza. Todo lo que le digamos a nuestros pequeños -o lo que hablemos cerca de ellos- no cae en oídos sordos. Los bebés entienden… (lo que no tengo claro es si los entendemos nosotros).

En casa, siempre nos ha emocionado hablar con nuestra hija todo el tiempo, explicarle -o intentarlo al menos- cómo es y qué pasa en el mundo que nos movemos. También enunciar lo que sentimos… Libera, acerca, encuentra.

[Y cierro añadiendo que ese “todo lo repito” -antecedido de un “todo lo oigo, todo lo entiendo” que nace con ellos- es el que también ayuda a darnos cuenta de ese chiquito que es personita que ama, que siente y que vibra desde su primer segundo de vida. Ya decía: si yo estoy, tú estás bien. Ahora añado, “si me lo dices, también te entiendo”.]

20 mayo 2011 at 07:24 3 comentarios

Más que bla, bla, bla

Irene no para de hablar (bueno, un poco cuando está fuera de casa). Y nosotros no dejamos de sorprendernos con todo lo que dice y con la manera como repite y repite y repite ya no palabras sueltas sino oraciones completas. Pasamos de los “a papá” y todos los sustantivos precedidos del “a”, a oraciones simples pero llenas de sentido, dichas lentamente y con sonrisas en los ojos y la boca. Nos derrite y nos encanta tener una interlocutora tan chiquita en el hogar porque saber lo que piensan o quieren facilita las cosas. ¿Y el irinense? Todavía existe, sobre todo cuando coge libros y nos “lee”. Pero lo celebramos igual.

Y pienso que no hay un antes o un después que deba preocupar a los papás cuando un niño empieza a hablar. Primero, porque estoy convencida de que serán más los casos en los que los niños hablen que los que no, y, segundo, porque creo que aunque no lo hagan a los dos sino a los tres o cuatro años, lo harán el resto de sus vidas… así que ¿para qué prisas?

Pero a pesar de ello, confieso que me sorprende tener en casa a una chiquita de un poco más de 80 centímetros de altura contestanto, opinando y decidiendo. Es cierto que no da grandes discursos ni expresa ideas revolucionarias (a pesar de que pedir avena cuando tiene servido un plato de sopa y carne puede alterar un poco la logística del hogar), pero habla y le entendemos. (Quise, por cierto, incluir su voz parlanchina en esta entrada, pero el descubrimiento de una grabadora cerca hace que enmudezca persiguiendo el aparato. Ni modo).

Dice: “la niña tiene… [aquí se puede insertar cualquier sustantivo cotidiano como aretes, camisa, vestido, juguetes, etc]”, “el bebé (ahora anda con sus muñecos para todos lados) tiene [inserte acciones cotidianas como sueño, hambre, frío, calor, etcétera]” y los clásicos “vamos al parque” o “vamos a la calle” y -el ahora afamado y recurrente- “quiere helado”. Eso, sumado a sus repeticiones inacabables (que hacen que mamá y papá se rían y hasta se vuelvan cuidadosos al hablar para no alborotar solicitudes no muy viables -como salir a la calle en la noche o hablar con el abuelo que duerme-), hacen de este período un goce constante. Lo más lindo quizás, después del hecho de que hable, es oírla decir todo lentamente, como traduciendo ese ejercicio mental que debe significar armar oraciones en su cabeza. Es fascinante ver su carita de satisfacción al respondernos y, mucho más, sentir su alegría constante porque le entendemos. ¡Si hasta le hemos oído hablando sola en las mañanas, al despertar, enumerando todos los dibujos que tiene en su sábana… y creo que hasta armando historias con ellos!

Quedo debiendo un soundtrack del suceso (bueno, una pequeña grabación de su vocecita… que al menos en nuestra casita será todo un éxito). Y mientras eso sucede, me disculpo por ausencias en esta tierra y me doy permiso para hablar con mi lorito bello.

😉

Besos.

PD: Dejo links relacionados. Todos de Bebés y más (que justo en estos días anda escribiendo especiales sobre la estimulación del lenguaje. ¿Nuestra fórmula? Hablar y hablar con Irene -desde que estaba en la pancita- y explicarle cada cosa que pasaba o veía.
Cómo pueden ayudar los padres a estimular el lenguaje del niño
Cuándo pueden los padres ayudar a desarrollar el lenguaje infantil
Qué pueden hacer los padres para ayudar a estimular el lenguaje (I)
Qué pueden hacer los padres para ayudar a estimular el lenguaje (II)
Qué pueden hacer los padres para ayudar a estimular el lenguaje (III)
Qué deben evitar hacer los padres para ayudar a estimular el lenguaje
Trastornos del habla:dislalia (I)
Trastornos del habla: dislalia (II)

(Imagen tomada de Barullo.)

18 mayo 2011 at 10:04 3 comentarios

Aprender a hablar

Irene está comenzando a hablar: Lento, pero seguro, ha pasado de palabras simples y cotidianas como mamá, papá, gata, tita, más y agua (casi dominadas) a algunas un poco más complejas como zapatos (dicho más o menos /apatgm/ -con un sonido gutural sordo al final que no sé cómo se representa :S-), Amaranta (/tanta/), Irene (/ene/), Leche (/ech/), jamón (/ámon/), niña (/niña/), árbol (/ábol/), gracias (/acias/), y otras más. El camino es largo pero fascinante, pues supone una aventura que revela algunos misterios sobre el funcionamiento de nuestro cerebro al tiempo que tiende puentes más firmes en nuestra comprensión de sus deseos. Doy aquí cuenta de nuestra experiencia y de algunos links útiles sobre el camino que nos falta por recorrer.

La adquisición del lenguaje es, quizás, una de las competencias más importantes en el desarrollo de un bebé. Ésta, sin embargo, se da en varias etapas, que van desde el aprendizaje de sílabas (que en Irene pasa por experimentos fonéticos que hacen -por ejemplo- que la s suene como una f o que la t se convierta en un ruidito gutural sordo) hasta la capacidad de conjugar verbos adecuadamente, construir oraciones lógicas y sostener conversaciones con sentido recíproco (que es mi manera ramplona de decir que algún día nuestra pequeña querrá ampliar sus conocimientos y tendrá la preguntadera y la razonadera a mil).

Nuestro comienzo se dio con las clásicas palabras de papá y mamá (en ese orden, pero con un proceso de perfeccionamiento que aún hoy da mezclas como “mapa” o “mamapa”) y con miradas de la pequeña clavadas en nuestros labios (¿su cabecita intentado aprender los movimientos de la boca?). Pasó luego a la expresión de ruiditos imitadores de sonidos (que se repetían invariable y acertadamente ante preguntas del tipo cómo hace el perro, cómo hace la vaca y otras así) y en los últimos días ha ascendido a un nuevo nivel que convierte sus onomatopeyas en sílabas (ya Irene no ladra sino que dice “a guau” cuando quiere decir “hay un perro”, por ejemplo) y que introduce expresiones incomprensibles, producto de un intento constante por verbalizar lo que su dedito señala  y que da como resultado la aparicipón del irinense, un lenguaje muy propio que hasta ahora sólo ella entiende.

De la mano de estos cambios, ha llegado la ampliación de su vocabulario con palabras como “bu” (bus), “niña”, “nana” (Mariana), “tía”, “tío”, “ena” (Elena), “ámof” (vamos) y otras así. Nosotros, por supuesto, hemos seguido la clásica rutina de repetirle lentamente algunas palabras cotidianas, con la ilusión de verla pronunciarlas haciendo esfuerzos para aprender a decirlas bien. Cuenta a favor, creo, que siempre le hemos hablado correctamente (no como hacían nuestros abuelos que, en cuanto veían un bebé, empezaban a decir “agugú”). Quisimos hablarle en otros lenguas, con el propósito de que se familiarizara con ellas y, quizás, poco a poco las aprendiera, pero tras su llegada salieron a flote nuestras emociones (y con ella nuestra lengua materna), por lo que el proyecto quedó pospuesto para etapa más racional en nuestra familia (supongo que justamente el caso será otro en los hogares donde los padres tienen distintas lenguas de origen. Ya nos dirán cómo les va).

Me ha sorprendido, sí, descubrir que el castellano es una lengua compleja, por lo que he terminado por darle la razón a un compañero que dice que es muchísimo más fácil aprender a hablar en otras lenguas como el inglés o el francés, plagadas de palabras más cortas: los niños aprenden a decir primero sílabas sueltas y, con el tiempo, van soltando construcciones más complejas, de dos y tres sílabas. Conclusión: ha de ser más fácil decir cat que gato y más difícil decir amigo que ami.

En cualquier caso, los resultados y la rapidez con la que se dan los cambios son sorprendentes, por lo que posiblemente este tema dé lugar a más entradas y comentarios. Para no alargarme hoy, dejo un conjunto de links interesantes al respecto que plantean, entre otras cosas, cuáles son las diferentes etapas que se presentan cuando un niño aprende hablar (complementado aquí), cuáles suelen ser las primeras palabras que se aprenden (en la mayoría de los idiomas, además), cuáles pueden ser algunas señales de posibles trastornos del lenguaje, cómo los padres podemos acompañar de una manera eficiente el proceso de adquisición del lenguaje (con pautas como hablar correctamente y usar también el lenguaje del cuerpo), cómo podemos comunicarnos con el bebé incluso cuando éste es muy pequeño para hablar y las ventajas que pueden tener los niños bilingues para aprender (idiomas y otras cosas).

Y cierro aclarando que aunque el video inserto no tiene como protagonista a Irene, es muy ilustrativo de esas primeras palabras (bueno, el peque está un poco más grande y dice algunas más elaboradas que nuestra pequeña)… así que aunque sea un niño, se le llega a parecer. 😉

PD: Acabo de intentar ver el video en esta casita y me salió un letrero que dice que tiene algunas restricciones. No se asusten, denle clic al texto que dice: “Ver en Youtube” para visualizarlo. A pesar de ello lo dejo pegado porque, repito, es lindo y muy representativo de esta etapa del bebé.
PD2: Si les interesa “ver” cómo se producen los sonidos en nuestra lengua (además de conocer las clasificaciones del mismos) les recomiendo este espacio. Quizás así justifico (junto con el “no soy lingüista” -afortunadamente-) mi animalada en la transcripción de la fonética de nuestra hija. Jjaja

26 enero 2011 at 09:18 5 comentarios


De sol a sol

agosto 2017
L M X J V S D
« Jun    
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031  

Contenido protegido

NO SE PERMITE USAR NI LAS FOTOS NI LOS VIDEOS DEL BLOG La casita de Irene a no ser con consentimiento expreso y por escrito. Todo el contenido de esta web se encuentra protegido (a no ser que se especifique lo contrario) por una licencia Creative Commons tipo Reconocimiento-No Comercial-Sin Obras Derivadas.

Categorías