Posts tagged ‘los terribles dos’

“Yo no quiero que trabajes, mami”

¿Así o más claro? Con esa oración simple (expresada por Irene otras veces, en medio de llantos y discusiones, pero ante oídos ocupados y medio sordos de mamá) mi chiquita y la vida han resuelto el enigma de las crisis de mis anteriores entradas. El origen del demonio de Tazmania, en resumen, soy yo misma… bueno, yo o la atención perdida de mi hija -ahora que me parecía más independiente y más autónoma, menos demandante y más tranquila…

Ni los terribles dos ni los terribles tres ni la edad ni caprichos ni incomprensiones ni irracionalidad son adjudicables realmente a mi niña. Son inventos, quizás. O mejor: nuestra forma torpe y desconectada de entender una necesidad elemental y básica. Lo único que un niño necesita (yo misma lo he escrito en esta casita) es a sus papás. Y yo, que siempre he defendido esa crianza cercana, sin escuela ni nada que marque distancias, he caído en la falacia de ver en mi chiquita -que ahora camina sola, come sola, juega sola, habla como cotorra- a una personita independiente. Me necesita, apesar de todos esos logros. Porque es una niña y los niños necesitan a sus papás. Pretendo que entienda “mis necesidades” de tener otra vez una vida paralela (que es normal, que es humana, que a veces, no sé si psicológicamente, materialmente, profesionalmente, económicamente parece necesaria -insertar bendiciones a Simple Living como una forma d vida válida y necesaria aquí) a la de ser mamá. Pero no, estar disponible no basta. Al menos no solamente. Libros, trabajos, escrituras, pantallas y todo aquello que disperse la atención de mamá por periodos prolongados desata una crisis ya descrita que simplemente dice: “estoy aquí, te necesito, acompáñame” (es decir, “atiéndeme, juega conmigo, abrázame”).

Escribo esto y el corazón se me hace una uva pasa. No pretendo solidaridad ni látigo, simplemente quiero compartir esa respuesta directa y sencillísima -dicha ahora en nuestra cama, hace como una semana, al despertar y jugar con papá y mamá saludando, sonriendo, en medio de una felicidad y una tranquilidad total- que aclara definitivamente el panorama.

Y doy detalles de nuestra vida: Irene nunca está sola, siempre tiene un adulto disponible para ella. Si mamá trabaja en casa (ayudando a papá, casi siempre, o escribiendo -por ejemplo este blog, ahora a las 2 y 30 de la mañana-) no lo hace porque sea asalariada. Puedo dejarlo y ya está. Pero, claro, ese “trabajar” -que es lo que le he dicho a mi hija que hago, lo mismo que ella ha repetido que va a hacer, trayendo su computador de juguete para sentarse a mi lado, pidiéndome que ponga su mesita y su sillita al lado de la mía con un “mamá, yo también quiero trabajar” o cualquier variable similar- afecta mi disponibilidad: menos parque, menos juegos, menos conversaciones, menos estar juntas con los cinco sentidos puestos. Y la vida da razones que no vemos, así sea expresadas en gritos, reclamos o cambios de opinión repentinos, contradictorios e incomprensibles.

Hemos tenido días mejores, definitivamente. ¡Mejorsísimos! La solución, más allá de la disciplina positiva (que existe y creo que siempre ha primado en esta casa y que puede ayudar, sin duda, a enfrentar momentos de crisis demoníacas), ha sido dedicarle más tiempo y más atención a nuestra chiquita.

Así que no hay terribles dos, ni terribles tres (¡faltan un día para el cumpleaños de nuestra chiquita!), ni terribles nada. No es capricho, no es irracionalidad. Es necesidad de mamá (con todas sus letras, irremplazable por otro adulto disponible). Y eso, sin duda, es vital. No será fácil mantener la disponibilidad al tope, pero al menos ya tengo claridad sobre el enigma. ¿Vale la pena? Seguro. No sólo por estos mejores días, tranquilos, sosegados, felices, sino porque creo que las faltas o no de afecto (que estar disponible también es darlo sin condiciones) marcan el resto de la vida de un pequeño. Ya habrá tiempo para otras cosas, otros libros, otros oficios alternos (así sea en la madrugada, cuando un poquito de insominio nos hace levantar).

Estoy tranquila y feliz. Y, sí, no es un reto fácil, pero me gustan los “premios” (y esta solución final). Seguiré “transmitiendo”. 😉

Un abrazo y un gracias a todas por sus palabras.

PD: Ilustro esta nota con una imagen emblemática, del 22 de septiembre de 2010: la de la eurodiputada conservadora italiana Licia Ronzulli, quien llevó a su bebé a trabajar “para que pensemos en todas las mujeres que no pueden conciliar su vida profesional con su vida familiar”. No estoy en contra del trabajo, lo admiro y lo respeto, pero no puedo dejar de desconocer una cosa natural. Nos falta tribu y nos jode (perdón) el sistema en el que vivimos. Los niños, que no entienden ni de capitalismos ni de facturas por pagar, lo tienen claro: ellos sólo necesitan a sus papás. Cierro, para ¿dar esperanza? ¿acabarla? con una foto actual de esta misma diputada (y su hija) en la Eurocámara (si meten su nombre en Google y seleccionan imágenes, verán un montón de sesiones con chiquita a bordo más… ¿conciliación laboral?).

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8 agosto 2012 at 03:04 6 comentarios

El reto diario

Luego de la katarsis verbal de mi entrada anterior e inspirada en parte por un texto que encontré en mi búsqueda de reseñas sobre la recomendación de Náhuatl (estoy en la tarea de buscar el libro, ¡¡gracias!!), voy a intentar hacer justicia con mi chiquita señalando que aunque el reto es diario y fácilmente lo que funcione hoy mañana sea totalmente obsoleto, la situación se puede sobrellevar (bueno, puede intentarse salir a flote con ella ;)). La idea de hacer un pequeño resumen de esos comportamientos explosivos junto con las posibles soluciones que he encontrado me parece una buena manera de darle la vuelta al panorama y de ofrecer, además de quejidos, esperanza a este corazón a veces desbordado y al de otras mamás con demonios adorables en su hogar.

La idea, como decía antes, no es original: vilmente la copio (bueno, me inspiro para hacer mi propia lista) de un ejercicio semejante encontrado en una web llamada Planning with Kids. Su metodología es sencilla: describo alguno de los comportamientos límites de Irene y a renglón seguido intento esbozar la solución posible que nos ha funcionado (aunque sea sólo algunas veces) para “conciliar”. Espero que a mí misma me ayude este ejercicio (y dejo el drama: nuestra chiquita, aún con estas explosiones esporádicas tan propias de su edad, es un sol acariciador en nuestra vida. Sin duda, necesita pasar por todo esto -como nosotros- para crecer, entender, socializar, conocerse y madurar). Aquí va:

  1. Indecisa. Supongo que cambiar de opinión es válido, pero en estos últimos días Irene lo hace sistemáticamente (bueno, no siempre, pero cuando está en sus “minutos” -no diré días-…): quiere que la acompañe y luego me pide que me vaya (para gritarme al segundo siguiente que quiere estar conmigo), le ofrezco algo de comer, me dice que no lo quiere y en cuanto se lo doy a alguien o yo misma me lo como me dice (ejm, grita) que sí lo quiere, que se lo dé, que por qué me lo comí si ella quería, etcétera.
    Alternativa: No consultar todo, dar órdenes amorosas y sencillas. Voy un poco más allá de la recomendación de la mamá que escribía el artículo-musa de esta diatriba: no sólo reduzco las opciones para que escoja, sino que intento reducir las posibilidades de conflicto decidiendo mentalmente (frente a cosas menores) yo misma. Justamente recordaba al leer en los comentarios pasados a Nuria: dar órdenes simples (oraciones sencillas, directas, amorosas, pero precisas. La vi hacerlo con sus pequeños y pensé: ¡mira!). El único problema: muchas veces se me olvida. 😦
  2. Contradictoria. Se amarra un poco a la anterior. Un segundo es blanco y al segundo siguiente es negro. Creo que ella es quien peor lleva esto. Yo intento señalar que hay una contradicción en sus comportamientos (aquello de intentar que nuestra chiquita sea razonable y lógica), pero realmente, una vez ella ha entrado en “crisis”…
    Alternativa: Intento dejar que ella misma se calme, después de señalarle que está siendo confusa y que si no se expresa claramente es muy difícil que logre lo que quiere. Este es un punto en el que todavía necesito trabajar porque nos desborda fácilmente. Por lo pronto, mientras lo resolvemos, aplico un poco la alternitiva del punto uno y ante el olvido o el fracaso la alternativa que acabo de enunciar acá.
  3. Mandona. No sé si sea un asunto de signo zodiacal, pero nuestra chiquita adora mandar. Haz esto, haz, aquello, dame esto, dame lo otro, tráeme, etcétera. A su favor debo decir que realmente ha aprendido a decir “por favor”, con voz amorosa y dulce, pero también que cuando está, digamos, irritable, lo olvida fácilmente.
    Alternativa: recordarle que las cosas deben pedirse con respeto y con amor, o que ella misma puede hacerlas (sobre todo cuando son tareas ya asignadas: guardar sus zapatos en el clóset, recoger juguetes…). Casi siempre funciona (termina diciendo “por favor”). Cuando no, si es algo menor, la ayudo (con aquella idea de evitar un gran conflicto, sobre todo si lo que “ordena” lo hace un poco por reflejo, sin ser consciente ella misma de lo mandona que está siendo), si no, dejo que le pase un poco la cólera: lo pides bien, con amor, o no puedo atenderte. Dar y recibir (si das amor, recibes amor).
  4. Impaciente. Es la reina de esto. Sus cosas las quiere ya. Sin espera: que la acompañe, que la atienda, que le dé algo…
    Alternativa: tratar de indicarle que debe aprender a tener paciencia. No es fácil y casi nunca funciona (sobre todo porque si ya perdió la calma, no oye, no entiende, no nada). Mi arma final siempre termina siendo hacerme a un lado y evitar caer en el marasmo de su furia diciéndole que cuando se calme hablamos (condicionado). Ah, y señalar (gracias, Nuria) que todo tiene una consecuencia: si está tranquila, las cosas fluyen tranquilamente, si está molesta, casi siempre las cosas se alteran y no fluyen en paz.
  5. Irritable. Este quizás no es un comportamientos sino un estado… más común de lo que quisiera. Explota fácilmente con todo, cuando está en sus minutos (hay días que se pasan plácidamente, casi como si fuera con nuestra chiquita amorosa de siempre).
    Alternativa: tener paciencia, abrazar, tratar de ayudarle a expresar sus sentimientos y respirar profundo y esperar. Creo que la solución va también más por el lado de una actitud receptiva, paciente y amorosa, que por una acción concreta. Pero no es fácil, confieso… Pero también es la única alternativa que a largo plazo, para todos, puede funcionar. Tengo claro que si caigo o caemos en el caos de su irritación y desespero las cosas tienden a empeorar (para todos, por cierto).
  6. Hiperactiva. La palabra no es precisa, quizás (no pretendo etiquetar como anormal algo que es propio de su edad), pero la uso porque creo que da una idea rápida de lo que pasa: tiene momentos en que no para, literalmente: brinca de un lado para otro, corre, grita, se cae, se golpea, juega brusco…
    Alternativa: recordar amorosamente las “reglas” de nuestra casa (no gritar porque me asustas y asustas a los vecinos, no correr porque te puedes lastimar -si no hace caso, casi siempre ella misma lo recuerda con una caída-,…) o darle un tiempo límite al juego, bueno, más que un tiempo es una indicación límite (es la última vuelta que le das corriendo a la mesa, vamos a comer luego). No funciona siempre, pero anticipar ayuda algunas veces a calmar (o al menos a que dure menos su molestia por la detención abrupta de su acelere).
  7. Rebelde. Algunas veces parece que su único objetivo es llevarnos la contraria. Quizás es su manera de probar hasta dónde llega su dominio o de ver qué tanta incidencia tiene en lo que puede pasar.
    Alternativa: No perder los estribos ni caer en la trampa; en su lugar señalar su comportamiento y anticipar lo que puede pasar. Como todo, a veces funciona, a veces no, pero creo que siempre deja claro que su comportamiento no nos es desconocido y creo que a la larga eso sirve para que ella entienda que es algo que no está bien ni es divertido.
  8. Dramática. Odiaba cuando oía decir esto antes, pero ahora verifico en la práctica que a esta edad los niños aprenden a dramatizar: fingen llorar y sobreactúan sus penas. No creo que no las sientan, que sin duda hay un sentimiento de frustracción y desconocimiento del mundo que los afecta, pero sí creo que las exageran con el propósito (debe ser lo que piensan) de impactar. A nosotros eso termina por “sacarnos” un poco de casillas, sobre todo porque no queremos ni desconocer su dolor ni caer en la trampa de “está bien que lo hagas” corriendo a atender caprichos (que muchas veces son el origen del drama en cuestión).
    Alternativa: verbalizar el asunto; hacerle notar a Irene que esa sobreactuación no nos llevara a ningún sitio. Luego, sí, abrazar, escuchar, ayudarle a expresar eso que no la deja sentir paz. Es difícil, tedioso, agotador, a veces desbordante, pero es parte de la naturaleza de ese pequeño ser que también es capaz de hacernos ver la inmensidad del universo con sus sonrisas. ¿Qué hacemos? Intentar que ella recuerde que es más rico estar feliz que triste y que casi siempre ella es la fuente inagotable de su propio bienestar (y si no lo conseguimos, recordar que nosotros somos la del nuestro. Ommmm).
  9. Terca. Y aqui cabe caprichosa. Hay cosas que cuando se le meten en la cabeza, no hay quien se las saque, sobre todo si implican una buena dosis de imposibilidad: “quiero ir a ballet hoy”, “no podemos, hoy no es tu clase”; “yo no quiero que el sol se acueste, quiero que no sea de noche”,…
    Alternativa: intentar voltear la situación positivamente: “hoy no es tu clase, pero podemos hacer una clase en casa, con tu música: la ponemos y tu bailas” o “no puedo hacer que salga el sol, pero como es de noche podemos leer un cuento…” No siempre funciona, no siempre los motivos dan lugar a soluciones, pero casi siempre es bonito encontrar que ella misma puede ver que hay alternativas más allá de esa “única” posibilidad que se le había ocurrido. La mayoría de las veces, por el esfuerzo que implica pensar positivamente en una salida, nos enseña también a nosotros a ver desde una perspectiva más amorosa el mundo. ¡Esa dificultad se convierte en una gran alternativa para cambiar nuestro propio espíritu!
  10. Protagonista. Quiere estar en todo, ser la primera en todo, ser el centro de todo. No puede oir hablar a otro porque necesita llamar la atención de la persona con quien está hablando e interrumpirlo, quiere vestirse sola, comer sola, caminar sola, hacer sola…
    Alternativa: recordar “reglas” de casa (amorosamente) cuando agrede o irrespeta con su comportamiento a otros o, cuando el caso es señalar de independencia, dejarla intentar. No es fácil mantenerse sereno frente a ciertos caprichos (ella misma pierde fácilmente el control de ellos), pero darle espacio para sus propios intentos y, si es el caso, para que experimente sus propias frustraciones, es una manera de que aprenda a valorar la ayuda que le puedes brindar. Obviamente, casos como cruzar la calle sola o cosas por el estilo se ajustan a la primera parte de esta alternativa: nada que signifique risego entra dentro del rango de “lo puedes intentar”.
  11. Insegura y/dominante. Si se lee en conjunto con el anterior punto, se puede ver nuevamente el talante de la contradicción que acompaña a veces a nuestra chiquita. A veces quiere hacer todo sola y otras no quieres que te muevas del espacio que tiene ella a un metro a la redonda. No sé si la causa sea, como lo enuncia, una sensación de inseguridad (que a veces parece) o si es un intento de controlarlo todo (como que no soporta que me quede en silencio algunas veces o que no corra a contestarle todo su listado de por qués -interminables- cuando le da por preguntar).
    Alternativa: Darle un poco de tranquilidad acompañándola y, cuando se vuelve extremo, hablar sobre por qué no es necesario que estemos a su lado o cuáles son las ventajas de que ella pueda estar solita más allá de un metro. Este punto a veces se complica por todos los puntos anteriores, pero es parte de paseo. La mejor manera de resolver es considerar la situación, ser comprensiva con su momento de desarollo y recordar quién es el adulto, capaz de controlar más fácilmente sus emociones y situaciones, y actuar en consecuencia. No es fácil… pero casi siempre ayuda a evitar una tormenta (si no es un tema de capricho cerrado, by the way).

Uff, creo que ya.

Finalmente, con respecto al artículo-musa de todo este reguero de opciones debo señalar que no estoy de acuerdo con su planteamiento de ciclos de bienestar y caos en los pequeños: no sé si porque yo misma no los he percibido o porque no creo que sea tan fácil estandarizar. Sí pienso que estos comportamientos hacen parte de una etapa de desarrollo emocional de los pequeños, quie seguramente se sobrellevará mejor con el paso del tiempo y que menguará cuando el niño en cuestión llegue a los 6 o 7 años de edad (y tenga, como dicen, formado su carácter y temperamento). Ah, y sí estoy de acuerdo con su final (que no expongo con más detalle para no alargar): esta edad también está acompañada de un cierto despliegue de humor del chiquito, de mucho más sentido de su ser social, de expresiones de afecto más conscientes y de una cierta racionalidad que permite entablar charlas, verbalizar conjuntamente y razonar (no siempre, pero sí más que antes de manera conjunta). Y también creo que es el momento de establecer límites o “reglas”, amorosa y claramente. No creo (no sé si me equivoque) que pueda haber un niño amoroso sin disciplina, pero sí creo que puede haber una disciplina positiva (así a veces cueste tanto recordarlo).

Dejo pendientes otras reflexiones… pero habrá tiempo para ellas. Abrazos y gracias por sus palabras y paciencia,

A.

27 julio 2012 at 06:55 8 comentarios

Del demonio de Tasmania o las discusiones varias de una niña que ronda los tres años

… O los dos o los cuatro.

Siguen pasando las semanas y no logro escribir palabras en esta casa, en parte por lo que anuncia el título de esta entrada (y en parte porque he vuelto a rutinas olvidadas antes y porque me he inventado nuevas, apenas descubiertas). Así que no voy a escribir un tratado: haré un ensayo. La razón: porque básicamente creo que éste no es un tema finito y que lo único que puede hacerse al respecto es sobrellevarlo divangando. Obviamente, aclaro, no creo que escribiera tratados antes, ni mucho menos, pero sí reconozco -como develó Nuria recientemente, en su hogar- que tengo un vicio aprendido y de oficio a perfeccionar, documentar, apoyar, confrontar… sobre todo lo escrito. Si hasta he despotricado de ese género que pretende sentar bases de verdad sin consultar, apropiándose lo que otros dicen,bla,bla. Pero he de asumir ahora un poco de realidad: nuestra chiquita entró en un período que no da tiempo para exposiciones doctas; en su lugar, por mucho, puedo divagar. Así que empiezo. Son bienvenidos (reclamados a gritos, casi) los consejos.

[Insértese aquí un suspiro] Irene no para de mandar. Y tampoco para de cambiar de opinión a cada segundo. Pasó de ser la chiquita conciliadora la mayor parte del tiempo a ser la niña contradictoria que no sabe qué quiere, qué busca ni a dónde va. [Insertar otro suspiro] Está a menos de dos semanas de cumplir los tres años y esta mamá (y este papá que habla también a través mío) se formula miles de preguntas por segundo, intentando explicar las causas de estos repentinos ataques de inconformidad de la chiquita. La única respuesta que más o menos me convence (pero que realmente no minimiza los episodios demoníacos en casa) es que es un asunto de edad.

Sin embargo, después de ese desahogo, debo hacer justicia: no pasa todos los días ni a toda hora; los “no me entiendo, no sé qué quiero, no me pregunten, no te quedes en silencio ni te vayas de mi lado” vienen y van. Eso sí, he comprobado que se incrementan una vez aparece el primero, que no es fácil lidiar con ellos, que colman la paciencia, que estresan, que si te descuidas sacan a su vez el demonio que llevas dentro y que casi siempre, si no les paras muchas bolas o simplemente dejas que la frustración aflore libremente, terminan por pasar. Quien peor lleva el cuento es la misma chiquita, que entiende menos que nosotros, seguro. ¿Pero… cómo le explico, cómo la consuelo, cómo la controlo sin controlar? Con razón no vienen con manual de instrucciones: creo que ni el más sabio de los sabios es capaz de sacar un ABC para padres que se pueda estandarizar.

Hablar de conclusiones, en cualquier caso, es prematuro. Pero es inevitable tener una sarta de pensamientos al respecto. Para empezar, puedo decir que esto debe ser lo que llaman los terribles dos, los terribles tres, los terribles cuatro y los terribles cinco. Para seguir, puedo agregar que aunque no soy psicóloga algún leve impulso en mi cerebro me dice (no sé si sea un arquetipo de esos que hablaba Jung o el vago recuerdo de algo leído quién sabe dónde, cuándo y cómo) que este proceso debe hacer parte de eso que llaman formación del carácter y la personalidad (que nunca he logrado entender la diferencia entre ambos. Si alguien la sabe, que, por favor, nos ilustre al resto de los mortales). Y para terminar, puedo señalar que -al igual que ocurre con los tales demonios de Tasmania [Sarcophilus harrisii, para que si hay algún biólogo por acá tenga chance de ir más allá del Taz de los muñequitos]- sospecho que este comportamiento puede empeorar en grupo y aunque he llegado incluso a pensar que sería bueno considerar que Irene fuera por fin al “colegio” (léase guardería por su edad), rápidamente he soportado la tentación a sucumbir al camino simple concluyendo que si esto hace parte de su desarrollo quizás es más sensato acompañarla a sobrellevarlo en casa, con adultos que sí podemos pensar y controlar sus impulsos. Seguramente llegará el día de enfrentarse a ellos en sociedad, pero seguimos convencidos de que lo natural es que su formación escolar llegue por allá a los cinco o seis años, como sugieren varios estudios mencionados antes acá.

Resumen: hemos sobrevivido, pero estos últimos meses han sido un verdadero aprendizaje para todos. No menospreciaré, ni mucho menos, lo que hemos crecido en los primeros años de ser padres, pero aseguro que la experiencia actual (que incluye en Irene independencia, juegos solitos e imaginarios, palabras que pueden explicar o al menos intentar expresar emociones, sentimientos y situaciones) sobrepasa en exigencia y reto cualquier etapa anterior de ma-paternidad. Nuestra hija es un cielo inmenso, adorable, amorosa, comprensiva, inteligente, dulce… pero tiene explosiones repentinas, emocionales, pero finitas (por cierto, asociadas con una falta de concentración total en sus comidas y, ahora, la introducción de un “pollo” del que hablaré otro día, visitante que ha logrado reenfocar, espontáneamente, algunas de esas circunstancias que antes nos daban discusiones, gruñidos y mal resto de días).

Espero tener en el futuro más paciencia y mejores noticias. Abrazos para todos desde la que parece Australia,

A. [Insértese suspiro final de esta madrecita]

25 julio 2012 at 10:38 8 comentarios

¿Los terribles dos?

Contrario a lo que vaticina la mala fama de los dos años, Irene nos sorprende cada día con muestras de comprensión, madurez y autonomía. No sé si sean producto de su cartácter, de nuestros ritmos, de la atención que recibe, de la disciplina (sin golpes) que impartimos, o si sean llanamente un asunto de la edad. Lo cierto es que las rabietas o pataletas y los “yo quiero o no quiero” pronunciados con rebeldía van dando paso a oraciones quizás igualmente autónomas, pero cada vez más dulces y conciliadoras. ¿Será que los terribles dos no son tan temibles o que aún están por llegar?

Nuestra chiquita apenas cumplió sus dos años hace una semana, pero las típicas caracterizaciones de independencia, autonomía, frustracción y “pataletas” (con tirada al piso y todo, momentánea) aparecieron desde los dieciocho meses más o menos… para dar paso a una chiquita más tranquila, más madura, más comprensiva y más conciliadora a estas fechas. Y aclaro que eso no significa que Irene sea una niña dócil y calladita -lejos está: significa que ese temperamento autónomo y determinado que la caracteriza se explaya también en comprensión, dulzura y tranquilidad. Es más, quizás las palabras no sean precisas, pero lo que sí puedo asegurar es que nuestra hija parece adaptarse cada día, más feliz y más tranquila, a los ritmos de este hogar.

Los cambios

Las sentadas a comer, por ejemplo, ahora son menos dramáticas (pasábamos desde hace algunos meses por períodos de “corro alrededor de la mesa porque no me quiero sentar”. Ahora casi siempre Irene nos acompaña en su silla tranquila, después de un “no quiero” juguetón que se transforma en un “con el papá y con la mamá” amoroso que accede a comer con nosotros). Del mismo modo, hay menos protestas y gritos foribundos cuando oye un “no” como respuesta (igual, por supuesto, hay cosas que no le gustan, pero concilia más rápidamente… y, sobre todo, ahora atiende más razones, sin tirarse al piso “desmayada” como ocurría hasta hace apenas un par de semanas). También hay menos drama a la hora de salir del agua (que le encanta) cuando termina el baño y mucho menos al volver a casa después de jugar.

Es cierto que nuestra chiquita nunca ha sido dramática, pero también lo es que en los meses previos a que cumpliera los dos años, empezábamos a ver muestras de “no comprendo” o “entiendo pero prefiero esto”. Del mismo modo, tuvimos algunos baches de inapetencia, acompañados incluso de un amplio menú puesto sobre la mesa para ver qué quería  comer. Pasamos por dudas con respecto a la manera de aplicar la disciplina con amor y sin golpes (con intentos de “tiempos fuera”) y por sospechas -positivas- sobre la ayuda que podía brindarnos simplificar la vida (y especialmente la paternidad  -vuelvo a recomendar el libro de Simplicity Parenting… y si no, el club de lectura de Rachel sobre el libro (¡con resúmenes por capítulo), que pueden encontrar acá).

¿Qué puede ayudarnos a que no sean terribles los dos o los tres años?

No cantamos victoria -en cualquier caso entendemos que esa “rebeldía” de los dos y los tres años hacen parte de un proceso de maduración natural-, pero sí creemos que hay comportamientos y costumbres que pueden ayudar a que ese descubrimiento del yo y sus limitaciones sea menos complejo en los pequeños (y más amable para los papás).

En nuestro caso, creo que ha sido relevante el desarrollo del lenguaje de Irene. Sé que todos los niños lo llevan de manera diferente, pero siento que a estas alturas nuestra hija se expresa con bastante claridad, lo que facilita la expresión de sus emociones, de sus deseos y de sus “no estoy de acuerdo” (a veces se equivoca en las conjuugaciones, sigue hablando con mucha frecuencia en tercera persona cuando se refiere a ella y aún complementa muchas de sus oraciones con gestos -como muñeca, mano, para decir: “dame esa muñeca, papá”-, pero avanza y se expresa e insiste cuando ve que no le entendemos. Ahora, siento, es una niña que habla y quiere se le entienda. Y nosotros unos papás derretidos que queremos “charlar” con ella más y más).

También considero importante el eterno hablar y explicar. En casa le hemos hablado a Irene desde que estaba en la pancita (una razón, quizás, para que ella no pare de hablar y de verbalizar todo lo que hace -“me siento”, “casi me cae”, “la niña no quiere”, “vamos a la calle”, “quiero ir al parque”, “me voy a bañar”, “hace popo”, “se salió el chichí”, “los muñecos ya comieron”, “susto no” (ahora intenta, claramente, superar sus miedos solita, dándose tranquilidad) y un largo etcétera-) y eso se mantiene, con explicaciones que a más de uno le pueden parecer excesivas. Hubo un tiempo, no muy largo, en que parecía que le hablábamos a las paredes porque Irene en medio de sus llantos de protesta no lograba ni quería oír explicaciones. Hoy eso pasa algunas veces, pero cada vez menos. La explicación sumada a una clara (ahora más férrea) figura de autoridad en el papá y la mamá ayuda a que ella esté dispuesta a entender lo que tratamos de explicar.

Y ahí viene el otro punto que considero relevante: la disciplina de papá y mamá. No ha sido fácil encontrar el punto de equilibrio, pero siento que nos estamos acercando. Seguimos claros y firmes en que no se aprende con golpes, pero también nos inclinamos cada vez más a reconocer que tampoco se puede caer en la permisividad. Un tono de voz quizás más serio y definitivo (no gritos) y una reducción de alternativas nos han ayudado a ello. Y también los tiempos fuera: esos que aplicamos muy pocas veces (incluso con dudas), pero que han resultado definitivos para que Irene entienda ciertas limitaciones. Ahora, la claridad, las explicaciones y el amor nos ayudan un poco más en la “negociación” que implica educar y aprender por partida doble.

Recomiendo, en definitiva, la búsqueda de ritmos y de lenguajes conjuntos que extiendan puentes entre papás e hijos.  Las palabras nunca sobran, más si están llenas de amor y buena voluntad. También la búsqueda de lecturas diferentes sobre muchos de los dramas posibles entre chicos y adultos (sigo recordando con admiración y gusto esta historia de Armando y las piedritas atrapadas en las zapatillas de su pequeño). Ah, y los tiempos compartidos (esos en los que nos relajamos grandes y pequeños) son utilísimos. Finalmente, creo que ese cambio mágico que llega de la mano con la ma-paternidad es sólo el comienzo de un sin fin de años maravillosos… con todo y contrariedad. 😉

PD: Dejo como ilustración de este video la recreación de los “terribles dos” que hicieron, en su momento, los productores de una serie infantil de dinosaurios. Sé que puede recordarle más de un dolor de cabeza a algunos padres, pero también termina siendo relajante saber que hasta en los “muñecos” -como les dice Irene- se da esa transición (más terrible que en la realidad, sin duda. Jjajaj). La fuente, otra vez, es Bebés y más.

PD: Queda pendiente nuestro resumen de la celebración de los dos de la pequeña… que aún no se materializa: será este fin de semana en nuestro hogar. Por lo pronto, sí, hubo torta y canción y velita en casita con papá y mamá. 🙂

15 agosto 2011 at 08:38 6 comentarios


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