Archive for abril, 2011

Si yo estoy bien, tú estás bien

Parece título para un libro de superación personal, pero es una verdad sin discusión en casa: si nosotros estamos bien, nuestra pequeña hija también. Y eso vale no sólo para lo básico de los libros contables (comida, alimento, vestuario,…), sino -y sobre todo- para lo emocional. He dicho en otras ocasiones que un niño sólo necesita a sus papás. Ahora añado que sería bueno que tuviera unos papás amorosos, contentos, tranquilos, pacientes, relajados. La suma, sin duda, da un niño amoroso, contento, tranquilo, paciente -puede que no de inmediato, pero seguramente en un término más corto que el de un chiquitín con un papá estresado. No es que sea fácil, pero si lo tenemos en mente es muy probable que empecemos a experimentarlo.

Imagen tomada de El rincón favorito de mi escuela.

Y añado que es un tema comprobado en situaciones extremas, como 12 horas de viaje en coche (grgr), la espera en medio de un calor sofocante (o de un frío espacial y temporal poco amigable, como el de la sala de espera de unas urgencias pedriátricas), bla, bla, bla. Podría pensarse incluso que desde la perspectiva de los padres el binomio sería contrario (así como aquello de que “el orden de los factores no altera el resultado”: si tú estás bien, yo estoy bien), pero esa es una verdad a medias porque creo que el adulto de la fórmula es el que está en capacidad emocional de guiar sus emociones y lograr encontrar un equilibrio en ellas. ¿Si le dejamos esa tarea a los chiquitos, sin un modelo fiable, creen que “naturalmente” lo logrará? Lo dudo.

Así que sin alargar historias concluyo una verdad de perogrullo en casa: si nos permitimos disfrutar feliz y amorosamente de y con Irene (con paciencia, comprensión, felicidad, tranquilidad, amor –inserte aquí todas las emociones que considere que le ayuden a mantener su bienestar-), Irene disfrutará feliz y amorosamente de y con nosotros. “Si yo estoy bien, tú estás bien”.

Sé que suena más simple de lo que es en la realidad, pero los resultados valen el esfuerzo. (A fin de cuentas, no es gratuito eso de que digan que padres e hijos están conectados, ¿verdad?)

😉

[Por cierto, dejo una entrada de Armando, de Bebés y más, a la que llegué por azar buscando una imagen para esta entrada. Habla de la empatía que existe naturalmente entre un hijo y sus papás. ¿Casualidad?]

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27 abril 2011 at 09:07 8 comentarios

Encamados: 40 días para ir más lento, vivir, pensar y disfrutar

Y ojalá fueran más de 40… toda la vida debería vivirse a un ritmo lento, natural. Algunos dirán que los días también tienen allegros y movimientos rápidos y no lo niego, pero sí creo que aceleramos nuestra vida más de la cuenta. Por eso me he sentido encantada (y encamada) con la propuesta de esta pareja madrileñaencamada por un mundo slow. Vivir la vida a otro ritmo es posible, ¿no?

Camy e Iván se han tirado 40 días en su cama para disfrutar y reivindicar el derecho a vivir una vida pausada. Cada día, con el auspicio de una marca de colchones -qué más da- que ya había hecho un video precioso sobre el parto en casa), tienen invitados en su casa (bueno, en su cama), con los que comparten experiencias y maneras que apunten a ese ritmo slow. Tienen un blog (interesantísimo) sobre sus viviencias, un portal precioso donde pueden encontrar los videos (también pueden verse en Youtube) sobre todos los encuentros que han tenido hasta el momento y una invitación abierta (y siempre válida) para andar más despacio y disfrutar un poco más de nuestras vidas. Queda una semana para echarnos a la cama para charlar con ellos. Por lo pronto, dejo una de esas conversadas, deliciosas, sobre el parto respetado y la maternidad.
(Ah, y el link sorpresa (porque ha sido todo un regalo) me lo encontré en Bebés y más.)

26 abril 2011 at 07:11 4 comentarios

Hogar, dulce hogar

Hemos vuelto después de una semana en familia, fuera de casa, y tras un recorrido -desastroso- por las “carreteras” de nuestro país. Confirmo que prefiero los viajes en avión para grandes distancias… mucho más después de pasar casi el triple de tiempo esperado en la vía, con una chiquita a bordo, paciente y amorosa, pero cansada -AGOTADA-, sudorosa y con ganas de comida de verdad. Es cierto que la ola invernal que golpea por estos días a Colombia ayuda con derrumbes e inundaciones, pero también es un hecho que somos un país terriblemente administrado, rico en recursos naturales y humanos (bueno, algunos -dejen por fuera los politiqueros, los ladrones y los corruptos-), pero pobrísimo en desarrollo y conciencia social.

Nos cansamos de ver escenas desoladas de grandes extensiones de tierra llenas de agua, de casas tapadas hasta los techos y -sobre todo- de gente sentada en el piso mirando a la nada, sabiendo, sí, que lloverá y les robarán más. Quisiera estar de ánimo para hablar sobre cómo sobrellevar los contratiempos en la carretera dignamente, pero confieso que no los tengo por físico cansancio y por pereza. Habrá sitios a los que no podamos llegar con alas, pero aquellos a los que sí, lo haremos gustosos (al menos mientras estemos en Colombia… porque, siento decirlo, nuestras vías terrestres sólo sirven para la inmovilidad). Por lo pronto, mi única recomendación es llenarse de paciencia, de agradecimiento por las seguridades con las que contamos (hogar, DULCE hogar), de amor y de solidaridad.

¡Uff!

(Anoto que las imágenes adjuntas son las pocas que pudimos tomar. El río que se ve en ellas está cansado de que le roben tierras, de que se asienten en sus riberas, de que le talen los árboles que deberían proteger su cauce y de que le habrán compuertas a las represas sólo cuando estas ya no dan más -en plena época de lluvias, por supuesto-. La naturaleza siempre reclama sus caminos, ¿es algo tan difícil de entender y respetar?).

25 abril 2011 at 14:42 3 comentarios

Aprender a tejer: los avances de nuestra cubierta de lana para el pañal

Continúo con el segundo proyecto prometido en nuestra entrada anterior. Hace un par de meses compartía en esta casita la invitación de aprender a tejer juntos de Nahuátl Vargas. Pues bien, aunque dije en ese entonces que no quería embarcarme en más proyectos porque tenía varios a cuestas (hacer pan -un fracaso-, sembrar la huerta -;)- y aprender a coser en la máquina de mamá), terminé comprando mi ovillo de lana y un par de agujas. Los resultados son maravillosos, no sólo por la cubierta (que ya está casi terminada), sino por el gusto que me dio sentarme cada tanto a ver crecer cositas de lana en mis manos.

Las indicaciones (paso a paso) para hacer la cubierta de lana siguen estando disponibles en el blog de Nahuátl (y en un grupo creado especialmente para ello en Ravelry, una red de tejidos maravillosa y gratuita en la que cualquiera puede participar). Y agrego que no tejimos con prisas en lo absoluto, que algunos no sabíamos nada de teijdo, que cada punto fue placentero y que todas las dudas fueron resueltas estupendamente por nuestra maestra. Ah, y sin importar si Irene llegue a usar o no la cubierta, me encantó hacer este proyecto (también viable para madres zurdas como la propia Nahuátl). Seguiré los próximos que se propongan en el grupo. ¿Se apuntan?

PD: Dejo el link de esta misma aventura, emprendida y contada -preciosamente- por Yarim.

PD2: Perdón por las fotos malas y aburridas. Mi cámara pide jubilación ya -y hay que agradecerle cuando quiere trabajar… claro que últimamente me pregunto si es ella o si son las pilas. Unas nuevas lo aclararán. 😉

20 abril 2011 at 05:26 7 comentarios

Leche de almendras y galletitas caseras de banano

Esta semana estaremos un poco desconectados, disfrutando de un pequeño break del trabajo de papá. Aprovecharemos el tiempo, no obstante, para compartir en esta casita un par de actividades maravillosas. La primera son un par de recetas deliciosas, nutritivas y facílísimas de preparar. Llegaron a nuestra lista de “queremos hacerlo” gracias a las recomendaciones de Adri y Nahuátl. No necesitan grandes ingredientes ni más de 8 minutos de preparación cada una. Ah, y ya las probamos con la peque y el resultado fue un rotundo “más”. 😉

Leche de almendras. Es absolutamente deliciosa. Hace ya más de un año -a propósito de un smoothie de frutos rojos que había hecho con un éxito rotundo Fran- me había dado la receta Adri en nuestra  red (que me hace tanta falta) de Mamás Bloggeras. No la probé entonces, pero hace una semana, después de leer la fórmula publicada por Nahuátl, me eché al agua para prepararla. Creo que además de la leche misma, me daban muchísimas ganas de preparar galletas con la harina de almendras que queda después de hacer la leche… (y adelanto que esa idea -que es la segunda de esta entrada- también ya la puse en práctica y que el resultado nos hizo chuparnos los dedos a todos en el hogar.) Aquí van los ingredientes:

  • Una taza de almendras -puede mezclarse con coco o con otros frutos secos. Nosotros lo hicimos sólo con almendras -con cáscara y sin sal-.
  • 4 tazas de agua (Nahuátl hablaba de cinco, pero cuando intenté ponerlo todo junto en mi licuadora me di cuenta de que no me cabía, así que reduje la cantidad de agua con un resultado igualmente delicioso. Si prefieren seguir la receta de Nahuátl pueden disminuir la cantidad de almendras).
  • Un poco de miel (opcional).

Se sugiere, para quienes quieran, agregar vainilla, pero confieso que no sé por qué no he descubierto mi pasión por ella así que yo pasé de agregarla. Ahora, en cuanto a la preparación…

  • Se ponen en remojo las almendras (parece que el tiempo es el que cada uno quiera, puede ser entre quince minutos o un día; yo lo hice por una hora y media más o menos. Si quieren eliminar las cáscaras de la receta, déjenlo por más tiempo. Y si tienen muchas ganas de probarla la leche, háganlo saltándose este paso. 😉 La recomendación de remojarlas, al parecer, se hace para que la leche sea más digestiva -eso dice Rachel, en su blog Clean, la fuente inspiradora en este tema de Nahuátl-). Ah, el agua en la que se remojan, se descarta para la preparación de la receta -puede servir para regar alguna planta. 😉
  • En el vaso de la licuadora, se ponen las almendras con el agua y la miel (nosotros usamos una natural. Creo que también pueden endulzar con panela, azúcar de caña o, si prefieren, edulzantes naturales como la stevia). Se licúa por un par de minutos (les recomiendo que lo hagan en dos tandas de tiempo para evitar recalentar su electrodoméstico), se pasa luego la leche por un cedazo y ya está.

Nosotros la envasamos en un recipiente de vidrio que luego almacenamos en la derecha… y en menos de dos días dimos cuenta de su contenido. Irene al principio hizo cara de ¡qué es esto!, aparentemente no muy convencida de su contenido, pero en cuanto nos vio tomarlo a nosotros pidió su porción y se la tomó con gusto. La usamos, además, como base para algunos batidos y jugos, con un resultado maravilloso. Ah, y no boten por nada del mundo el ripio de las almendras que quede en su cedazo… es uno de los ingredientes de las galletas caseras con banano y sin harina de trigo que paso a reseñar. Para almacenarlo, sólo deben guardarlo en el refrigerador.

Galletas caseras de banano con harina de almendras. Otro gran descubrimiento (de Adri, con una pequeña variación nuestra). No requiere grandes conocimientos ni procesadores de cocina: sólo un recipiente para mezclar los ingredientes y un pequeño horno (nosotros usamos -con mucho éxito- uno pequeño que sirve para calentar alimentos y tostar el pan).

Los ingredientes:

  • Un banano.
  • Dos cucharadas de avena en hojuelas (la receta original de Adri tenía seis, pero como nosotros queríamos usar la harina de las almendras, la redujimos a dos).
  • Cuatro cucharadas de harina de almendras (sí, la que quedó en el cedazo de la leche que acabamos de preparar).
  • Una cucharada de miel derretida
  • Dos cucharadas de mantequilla derretida (nosotros usamos Ghee y creo que por ser más concentrado se puede disminuir un poco más la cantidad).

La preparación:

  • Con un tenedor se estripa el banano.
  • Se le agregan la avena y la harina de almendras.
  • Se derriten por separado la mantequilla y la miel en una cacerola -a fuego lento, sin que se quemen- y se le adicionan también a la mezcla.
  • Se revuelve todo con una cuchara.
  • Se cubre el molde que se vaya a usar para el horno con papel parafinado.
  • Se van poniendo sobre el papel varias cucharadas de la mezcla (no tienen que luchar con “armar” las galletas, con que le pasen la cuchara un poco por encima al poco que viertan sobre el papel basta para que quede con una forma apropiada para la cocción).
  • Se llevan al horno (precalentado) por 10-12 minutos (nosotros lo pusimos a 220 grados centígrados, pero creo que 175 grados centígrados sería mejor) y ya. Se dejan enfriar y se comen (casi seguro de una sentada. Jajjaja).

Lo mejor de esta receta (a parte de su sabor y de lo fácil que es hacerla) es que no se hacen grandes cantidades de galletas (a nosotros, por ejemplo, nos salieron sólo 9), con lo que la porción es más que suficiente para una familia de 3 o 4 personas. Si quieren prepararlas para una fiesta o una reunión familiar, les sugiero duplicar los ingredientes y ya.

Personalmente, lo que más me sorprendió de todo este ejercicio culinario fue que las galletas no demandaran ninguna preparación especial y, mucho más, que no necesitarán de harina de trigo. Esto, a mis ojos, resultó interesantísimo porque justamente el trigo es uno de los productos que más se cuestiona por sus cultivos (usualmente hechos en grandes extensiones norteamericanas con semillas genéticamente modificadas. Es decir, de orgánico, poco). Además, si se tiene en cuenta que es tóxico para los celíacos (por ello recomiendan no darle trigo al bebé antes de los seis meses), su interés se intensifica.

Así que… ensayen las dos recetas. Les aseguro que tanto la leche como las galletas le encantarán. 😉

PD: Perdón por la calidad de las fotos… las galletas las hicimos casi en la noche, con casi nada de luz natural.

18 abril 2011 at 04:47 11 comentarios

¿Nos cambia la vida ser papás?

Más de uno dirá que la respuesta es obvia. Sin embargo, los detalles que expliquen cómo puede cambiarnos la vida y la percepción que tenemos de ella la llegada de un bebé son los que merece la pena pensar. Hace unas semanas tuvimos el gusto de encontrarnos con un par de padres recientes, amigos de buena parte de nuestras vidas y -aunque los cambios saltan a la vista- no parábamos de hablar sobre cómo felizmente se cambia al ser papás. Doy puntadas a algunas reflexiones, segura de que si estos son los cambios que experimentamos con 20 meses de paternidad, la nuestra será una historia interminable -tan fantástica como la de Ende ;).

Y sé que no soy la única que piensa de este modo. Es más, hace un par de meses circularon en más de 60 blogs respuestas a la iniciativa “10 cosas que he aprendido de mi hijo” de la web Amor maternal. Nosotros no participamos entonces (en parte, porque cada una de las respuestas que leí me parecían válidas. ¡Es difícil reducir a 10 los aprendizajes recibidos de Irene! Si empiezo a enumerarlos creo no podría acabar).

Hoy no voy a hacer un listado (con la mala reputación que tengo por entradas kilométricas, más de uno no sabrá si suspirar de alivio o temblar. Jajjaja). En su lugar quiero compartir una reflexión que incluí hace algunos días en un comentario de Bebés y más, a propósito de los pañales de tela. Y quiero traerlo acá porque sólo entonces verbalicé una transformación en nosotros (como individuos, pero también como familia) que ha surgido casi espontánea y naturalmente, y que nos obliga a dejar de pensar de manera individual para comenzar a pensar -ahora sí no sólo en el discurso sino también en la práctica- en los demás. Decía mi comentario:

“Nuestra experiencia con los pañales de tela ha sido fundamental, pues no sólo ha sido gratificante en términos de salud, economía y comodidad […]. Usar pañales de tela ha cambiado radicalmente nuestros hábitos (especialmente los de consumo), haciéndonos más conscientes de la basura que generamos, de la importancia de reutilizar (no sólo los pañales), de evitar el contacto con químicos (hasta huerta orgánica hemos sembrado) y de vivir con menos cosas y con más felicidad (así llamamos una serie en nuestro blog donde compartimos experiencias relacionadas con esos hábitos).”

“Sin duda la sola experiencia de ser papás nos ha “tocado”, pero también estoy segura de que el habernos permitido pensar un par de veces en los productos que consumiríamos para la crianza de nuestra hija (no usamos shampoo sino miel, con maravillosos resultados; no limpiamos la casa con detergentes sino con vinagre, para decir más, evitamos comprar alimentos procesados, la mayor parte de nuestras compras son de productos orgánicos, etc, etc, etc.) nos ha enriquecido literalmente mucho más: la vida, la alimentación, el bolsillo… Quizás por ello no es gratuito que la entrada en la que compartimos la llegada de los pañales de tela a casa sea una de la que más visitas tiene de nuestro blog. Creo que muchos papás empiezan a considerar otras opciones. Y me encanta. Sin duda diría que es una opción en la que vale la pena -y mucho- pensar. ;)”

Sé que estas palabras leídas aisladamente hablan sólo de hábitos de consumo, pero mientras las escribía me daba cuenta de que revelan una realidad exterior e interior que va mucho más allá. Siempre me he visto a mí misma como una mujer sensible pero eminentemente práctica (de esas que necesitan concretar ideas y emociones en su cotidianidad… convertir lo abstracto en algo tangible, por decirlo de alguna manera. No siempre lo logro, pero se intenta :S). Quizás por ello, la existencia de Irene significa desde el comienzo un renacer constante que nos exigue reinventarnos por dentro y por fuera, con acciones como las que ya conocen (sí, esas prácticas que hablan de huerta, no plástico, pañales de tela, no químicos y otras cosas) y con reflexiones como las que escribo cada tanto bajo la categoría de Maternidad (que somos más vulnerables, que nacemos y crecemos con los hijos cuando somos papás, que cada día es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos inagotables, que no se necesitan muchas cosas para criar a un niñoun niño, de hecho, sólo necesita a sus papás-, que no hay amor más puro que el que se siente por un hijo, que la maternidad nos hace más sensibles y otra lista larga que no menciono para acortar.

No sé si a todo mundo le pase, pero la llegada de Irene en nuestras vidas nos hizo darnos cuenta de que apenas comenzaba nuestra vida. Y creo que sin importar qué tanto hayas hecho ni cuántas personas o lugares hayas conocido, cuando te conviertes en papá la vida no te regala un hijo: te regala una nueva vida (la tuya, en principio) para ser feliz y aprender -mucho más en serio- a amar. 😉

[Y esto es sólo el comienzo. Los dejo con Atreyu -y esa canción inolvidable… Ahhh.]

15 abril 2011 at 03:18 9 comentarios

“…vale más que mil palabras”

Hace unos días compartía el trailer de un documental (que aún no he visto completo, pero que espero encontrar pronto) titulado Bag it. Anexaba unas imágenes que mostraban la gran contaminación que generamos con el plástico, además de explicar por qué estaba de acuerdo con la idea de eliminar el plástico de nuestra vida. No hablé del cáncer, ni de las posibles incidencias que genere en la salud, sino de lo mucho que tarda en degradarse. Y aunque esto último no hace menos importante lo primero (ya hay bastantes estudios que lo demuestran), hoy vuelvo a insistir en el tema porque después de ver la secuencia de imágenes de donde proviene la que dejo hoy no me cabe la menor duda de que debemos hacerlo.

Fotografía de Chris Jordan.

Quiero eliminar por todos los medios el plástico de nuestra vida: de las bolsas de los supermercados -ya usamos de tela, homemade, para las compras y para almacenar alimentos en nuestra nevera, de los empaques de alimentos, de productos de aseo, de juguetes, envases,… Sé que no es fácil, pero también creo que si al menos lo tengo en mente puedo empezar a hacerlo. Ello,  aunque sea mínimamente, en algo ayudará a disminuir su producción mundial. Eso y la posibilidad de tener una vida más saludable en casa valen -y mucho- el esfuerzo.

Con respecto a la imagen, hace parte de una serie titulada Midway: Message from de Gyre, disponible acá. La encontré en la web Life Without Plastic (con artículos muy interesantes al respecto), acompañada de una nota aclaratoria -que no está de más- que señala que no hubo ninguna intervención en las fotos, ni antes ni después de tomarlas. El plástico que se ve dentro de los animales (albatroces bebés) llegó allí porque ellos se lo comieron (cuando sus mamás confundidas por sus colores y aspectos llamativos se los trajeron desde el mar). Los pájaros, por supuesto, murieron por intoxicación, por pérdida de espacio en sus estómagos para la comida de verdad o por ahogamiento. No sé si también puede darles cáncer. Igual, seguramente no será necesario hacer una prueba forense para saber que los mató el plástico (inserte cara de rabia y dolor profundo acá).

La secuencia fue tomada en septiembre de 2009 en una pequeña isla del Pacífico. Tiene un video que pueden ver, si se animan, al final de esta entrada. Casi me saltan las lágrimas. Dejo, además, un apartado del texto publicado junto con la foto:

“These photographs of albatross chicks were made just a few weeks ago on Midway Atoll, a tiny stretch of sand and coral near the middle of the North Pacific. The nesting babies are fed bellies-full of plastic by their parents, who soar out over the vast polluted ocean collecting what looks to them like food to bring back to their young. On this diet of human trash, every year tens of thousands of albatross chicks die on Midway from starvation, toxicity, and choking.

To document this phenomenon as faithfully as possible, not a single piece of plastic in any of these photographs was moved, placed, manipulated, arranged, or altered in any way. These images depict the actual stomach contents of baby birds in one of the world’s most remote marine sanctuaries, more than 2000 miles from the nearest continent.”

Y un diario en video (hay más de uno, todos los pueden encontrar aquí) del momento en el que encontraron el primer albatros y otro en el que muestran cuánta basura plástica puede encontrarse, rápidamente, en una playa (que no es Santa Mónica, California, por cierto. Una mucho menos poblada). 😦

Y para rematar, dejo un video de dos minutos que muestra cuántas veces puede llevarse un bebé de 9 meses las cosas a la boca… ¿y si son plásticas? La música es simpática y la imagen también. El contenido, sin embargo, sopesado racionalmente, pone a pensar. Mi fuente, otra vez Life Without Plastic. ¡Aghhhh!

13 abril 2011 at 03:14 9 comentarios

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