Posts tagged ‘preparación para el parto’

Nuestro parto (3): parto y alumbramiento en la clínica

Tras dar cuenta del preparto y el trabajo de parto en las entradas 1 y 2, creo que culmino hoy la historia de nuestro parto. Tal como decía antes, las cosas no fueron exactamente como me las imaginé, no al menos en sus pequeños detalles; pero el resultado fue plenamente satisfactorio, no sólo porque finalmente tuvimos a nuestra chiquita con nosotros, sino también porque nuestro preparto y trabajo de parto se desataron solitos, porque Irene y su mamita hicieron el trabajo juntas y porque mantuvimos la serenidad que queríamos, obteniendo como resultado -creo- una bebé tranquila y feliz de llegar al mundo. Los otros detalles, las conclusiones los dirán.

Como decía en el post anterior, el obstetra decidió, a pesar de mi dilatación casi completa (de 9.8 según el último tacto), romper membranas y ponerme pitosín. Yo, con toda la calma posible, traté de oponerme a ambas decisiones, pero lamentablemente no logré mis resultados. Según él, era mejor romper las membranas artificialmente (algo así como “para qué esperamos si a fin de cuentas se van a romper”) y debía ponerme la oxitocina química porque “la epidural ralentiza el parto”… y, claro, según sus ojos, supongo, con ello tendría un parto más controlado. Sus palabras fueron: “usted es MI responsabilidad”. Dejé ver mi cara de “no le creo” (sobre todo, la validez en ese instante de sus argumentos) y un puchero de decepción en mis labios. De nada valieron los 9.8 cms. de dilatación, ni la actividad uterina que se detectaba en el monitoreo, ni mi tranquilidad, ni mi solicitud, ni nada. Me pusieron la vaina ésa y en cuestión de minutos ya tenía mi sensación de pujo y pasé a la camilla de la sala de partos.

La sensación, como dije en un comentario del post anterior, fue desagradable, pues me era como si la droga me sacara un poco de mí. Debo decir que hasta ese punto (y hasta ahora, en cierta forma) no me arrepentí de haber aceptado la epidural, pues no perdí sensibilidad en mis piernas para pujar o tener conciencia de mis contracciones, pero si haberla aceptado significaba a los ojos del médico la obligatoriedad de meterme el pitosín… habría soportado los dolores (bueno, eso digo yo que al final no los sentí). No tenía ningún control o conciencia natural de lo que ocurría en mi cuerpo, pues me sentía desconectada del flujo de contracciones que tenía. Todo resultaba tan artificial, tan una cosa encima de la otra, que pujar era una obligación insoportable… algo así como “sáquenme eso ya”. Algo muy lejano de lo que había pensado.

No sé si me equivoque al adjudicárselo al químico, pero esos momentos no fueron agradables sino hasta que la chiquita asomó narices y dejó saber con su llanto que se iba a quedar. En ese instante, todas las sensaciones se concentraron en ella, en el calor que sentí al tener sobre mi vientre su cuerpecito (es increíble cómo nacen de calientitos), en la canción que le cantaba (“corazón de melón, corazón, corazón de melón”) para que me reconociera y supiera que era yo quien estaba allá con ella, en la bienvenida que quería que sintiera desde ese instante. Y, claro, en mi paz: esa misma que ella me había dado a lo largo de esas 4o semanas y que ahora yo quería darle a ella hasta la eternidad. Ahí no valieron ni las luces, ni los químicos, ni nada. Otra vez el mundo era sólamente nuestro. Por eso siento, al menos, que valió la apuesta que hice y que mi voto de confianza irrevocable por nosotras nunca nos iba a fallar. Sólo faltaba poder cogerla con mis brazos, recostarla sobre mi pecho y entregársela a su papito. Las dos primeras cosas pude hacerlas pronto. La tercera sólo pude hacerla un par de horas luego, tras el alumbramiento de mi placenta (hermosa, viva, roja-roja-roja), tras la sutura de un pequeño desgarro, tras esperar a que pasaran un poco los efectos de la epidural (intensificada luego del nacimiento de Irene para poner los puntos), tras la puesta en orden de todos los protocolos requeridos por las enfermeras (medida, peso, huellas de los píes, vitamina K para la pequeña, vestidito y demás), tras tener a Irene a mi lado y darle pecho por primera vez, tras vivir en un par de horas una eternidad… Sólo entonces, a eso de las 12:30, salimos al gran encuentro con mi amorcito y la futura madrina de la chiquita. No hay palabras para describir nuestra felicidad.

En resumen: así fue nuestro parto. Me hubiera gustado intentar tener un parto en casa, pero creo que en mi país las condiciones, aún, no están dadas. De todas formas, me siento satisfecha por cómo culminaron las cosas, pues en cualquier caso logramos tener un parto espontáneo y vaginal (no diré natural por aquello de los químicos… pero casi casi). De otro lado, concluyo:

* El parto es una cajita de sorpresas y nosotros, como madres, estamos dentro de ella. Podemos optar por hacer de ese instante una fiesta (al menos dentro de nosotras mismas, llenándonos de confianza, paz y tranquilidad) o un encierro.

* Hay una conexión con nuestros chiquitos que se da desde el vientre mismo y que puede verificarse, confirmarse, fortalecerse, respaldarse en el momento del nacimiento y en los momentos posteriores de reencuentro. Yo, al menos, así lo sentí: desde  mis tres meses de gestación (o incluso antes, quizás) le canté a Irene la misma canción, todos los días, al ducharme. Al nacer, lo primero que hice fue cantarla de nuevo y vi cuáles fueron sus efectos, pues mi pequeña inmediatamente dejó de llorar para concentrarse en ella. Creo que gracias a esa canción supo que ése era su lugar. Sospecho, entonces, que todo lo que le hablé, todo lo que sentí, todo lo que la amé y la pensé durante las 40 semanas se mi embarazo valieron la pena y construyeron esa relación que hoy fortalecemos. Igual, pienso, ocurre con los papás, porque ella busca al suyo cuando lo oye hablar, porque le sonríe y lo mira como si siempre hubiera estado al lado suyo (lo estuvo, de hecho. Y ella, sin duda, lo sabrá).

* La naturaleza es sabia y organiza en un orden perfecto e incomprensible sus cosas. La medicina, por el contrario, parte de la incertidumbre y la incredulidad. Es una pena que no seamos lo suficientemente sensibles para reconocer ese hecho y permitirle a la vida tomar su curso. Por nuestra parte, como pacientes, lo mejor que podemos hacer es ser conscientes de ellos y dar al menos nuestra cuota de tranquilidad. Ah, en el caso de un parto podemos hacer algo extra: esperar prudentemente a que llegue el momento, preparar con ejercicio nuestro cuerpo y darle fundamentos a nuestra mente (informativos, sobre todo) para saber cómo puede ocurrir todo. No sobreinformarnos, pero sí aprender lo que sea necesario. Ojalá, por esa vía, nos acerquemos cada vez más a partos humanizados, respetados y no medicalizados. Sería un triunfo para todos: madres, bebés, papás y sociedad.

* Habrá otros dos post “familiares” de éste: uno de postparto y otro de lactancia. Ya llegarán, creo, la próxima semana. Por ahora, cierro con una sonrisa en la cara y con mi pajarita (que también parece un gato porque no deja de ronronear) en su cunita, esperando a su mamá. Gracias a todos por sus comentarios. Creo que esta historia, cuando menos, le quedará a la pequeña para la posteridad.

😉

Un abrazo.

3 septiembre 2009 at 14:56 4 comentarios

Nuestro parto (2): trabajo de parto en la clínica

Continúo con la historia de nuestro parto. Aunque no todo salió como lo planeamos y en la clínica nos encontramos con algunas recomendaciones médicas que al final no resultaron tan agradables como decían, debo dar las gracias porque todo salió bien, porque no hubo sufrimiento (al menos que yo sepa) para la pequeña y porque la recuperación después del parto (de la que hablaremos en otro post) fue cómoda. Habrá sin duda detalles que olvide o que nunca sepa, pero el día a día con Irene nos da la idea, al menos, de que fuimos afortunados y que incluso este pedacito del camino fue maravilloso aunque no haya sido como lo esperábamos.

Una vez entramos a la clínica e hicimos nuestro ingreso oficial como pacientes, pasamos a las urgencias gineco-obstétricas del centro médico (una de las razones que nos hizo optar por ellos, pues a diferencia de la mayor parte de hospitales de nuestra ciudad, en éste el ingreso se hacía por unas urgencias particulares para maternidad). Allí, nos recibió una enfermera que revisó con un doppler (creo que se llama así) los latidos de Irene. Para mi sorpresa, tuvo que poner muy abajo, más allá de mi vientre, la terminal que detectaba el corazón de la chiquita. Pensé entonces: las cosas han avanzado. ¡Y sí qué lo habían hecho!

Pasé a revisión con el obstetra, con la sentencia de “hay muy buena actividad uterina” de la enfermera. Él, como era de esperarse, tomó los datos de rigor y me pidió que me acostara en una camilla. Me revisó presión, respiración y etcétera y finalizó con un tacto. Su sentencia: “estás como avanzadita. Tienes 8 centímetros de dilatación. Esta noche tienes a tu hija”. En mi rostro debió dibujarse una sonrisa. Llamamos a mi amorcito para darle la buena nueva y entregarle mis cositas. En cuanto llegó, nos miramos con cara de que habíamos conseguido nuestro propósito: llegar con un trabajo de parto avanzado a la clínica. Eran las 8 pasadas… faltaban apenas 2 horitas para la llegada de la pequeña.

La enfermera me dijo que el médico había ordenado la epidural. Él mismo ya me lo había dicho, pero yo, muy valiente, le dije que no la creía necesaria, pues si entendía bien, ya había pasado buena parte de “lo peor”. La verdad es que me sentía muy tranquila y las contracciones me parecían perfectamente soportables. Me llené la boca diciendo que no quería la anestesia. La enfermera, amorosísima, me dijo que era mi decisión.

Me despedí de mi muacho con un beso, una sonrisa y la promesa de que insistiría para que permitieran su ingreso (no lo permiten en la clínica) y pasé a la sala de trabajo de parto. Para mi fortuna, no había casi nadie ya. Creo que sólo estaba ingresada otra materna que no estaba en trabajo de parto sino que estaba siendo atendida por una preclamsia. En fin, todo era paz.

Charlé con las enfermeras, mientras me pescaban una vena (tuvieron que intentarlo tres veces) y me instalaban las “correas” para hacer un monitoreo fetal externo. Mi Irene, decían los aparatos y sentía en mi corazón, andaba perfectamente. Mi útero, igual. Me revisó el gineco-obstetra y me dio sus razones (sobre todo suyas) para que aceptara la anestesia. Me di cuenta que él la necesitaba más que yo: para revisar y limpiar el útero después del parto, para suturarme si había episotomía o desgarro y un etcétera que no conozco pero que percibí en su discurso y su tono. Seguí firme en mi conclusión sin alterarme ni molestar a nadie. Tenía claro que estaba tranquila y feliz y me gustaba mantener las cosas así.

Vino luego la anestesista: una médica joven, seria, tranquila. Me preguntó porque había rechazado la epidural. Le conté que sentía que el trabajo de parto iba muy bien y que ya faltando tan poco no veía la necesidad de aplicarla. Me explicó que aún faltaba un período difìcil y que si luego pedía la anestesia ya no habría tiempo para aplicarla. Me dio cinco minutos para pensarlo. Así lo hice. Finalmente, me dije, “les doy un voto de confianza. Acepto la anestesia y con ello pido que dejen entrar a mi muacho”. Una especie de “mano a mano” en el que, pensaba, mi tranquilidad garantizada (ya me sentía tranquila, pero el médico tendría sus dudas, quizás) sería un punto a favor para un ambiente de paz en la sala de partos. Me pusieron la anestesia y, nuevamente, llegó el gineco-obstetra. Le propuse mi plan, pero el resultado no fue el esperado. No permitió la entrada de mi muacho. A cambio, Carlos, el internista (que se portó, realmente, a las mil maravillas), me propuso que entráramos una cámara para tomar fotos y grabar. Me pareció un detalle amoroso y justo… al menos de su parte. El otro médico se mantenía recio. No era lo que esperaba, pero no quería enfurecer mi espíritu. Acepté la propuesta. Hora: más o menos las 9:30 p.m.

La verdad es que hasta ese punto no me arrepentí de lo decidido. El equipo médico, en general, me pareció respetuoso y responsable. No estaba muy a gusto con la seriedad y el casi hermetismo del obstetra, pero ni modo.

El tiempo pasó volando y entre una revisión y otra, entre los sonidos del monitor de la chiquita, entre las contracciones, las preguntas para llenar algún formato y etcétera, dieron las 10 de la noche. Carlos, el internista, me revisó nuevamente, atendiendo la recomendación del obstetra de que me hiciera un tacto para ver cómo avanzaba mi dilatación. La epidural, hasta entonces, me permitía -como me habían dicho- sentir mis piernas. Con el tacto comprobé que no había ningún dolor. La sentencia del médico fue alentadora: “ella es despistadora porque se ve muy tranquila, pero está prácticamente lista. Diría que tiene 9.8 centímetros de dilatación. Podemos pasar a la sala de partos cuando usted diga” (dirigiéndose al obstetra). Yo, felicísima… hasta que vino el otro médico, me hizo a su vez un tacto y sentenció: “póngale oxitocina”. Abrí los ojos y le dije: “¿Oxitocina con casi el 100% de dilatación?”.

Pues sí, un argumento y mil (otra vez más relacionados con sus necesidades que las mías) salieron a flote. Decidí que no iba a perder mi calma así que no discutí nada: sólo argumenté lo que pensaba y me “eché” a las manos del destino. Me pusieron el consabido pitosín y en cuestión de minutos sentí una sensación de pujo incontrolable que, lamentablemente, me sacaba de mí. Me pasaron a la sala de partos y allá, sin dolor pero casi sin consciencia de lo que estaba pasando, por el maremoto que generaba en mi cuerpo la oxitocina sintética, entré en el proceso de parto.

(Y dejo pendiente para un último post cómo fue nuestro parto… Una historia larga por más que intente resumirla. En fin).

1 septiembre 2009 at 09:29 9 comentarios

Nuestro parto (1): preparto y trabajo de parto en casa

Después de leer, pensar, preguntar e, incluso, planear (aunque fuera a solas) nuestro parto, debo decir que tuvimos uno  satisfactorio: no sólo por nuestra Irene, que es un regalo precioso, sino también porque fue un parto tranquilo y rápido, aunque un tanto distinto a lo imaginado. En todo caso, debo darle casi todos los créditos a la peque, pues sin duda, ella hizo casi todo el trabajo.

Esta historia empieza con una “amenaza” (está bien, pronóstico) médica del miércoles 5 de agosto, que rezaba: “si el lunes 10 no ha nacido tu bebé, tendrás que ir a la Clínica…” Por supuesto, el entrelíneas, que me confirmaron luego, es que la poca actividad de mi útero les sugería que podríamos tener un parto inducido. Obvio, nosotros no lo queríamos ni cinco. Estaba segura de que Irene sabía claramente cuándo sería el momento preciso para su nacimiento. Ahora sólo esperaba que ese momento coincidiera con el de los médicos. En fin…

Después de 40 semanas de gestación y un par de días, la madrugada del 9 de agosto me saludó con la expulsión de tapón mucoso: una sustancia parecida a una clara de huevo que salía, por fin, del caminito que la chiquita debía recorrer para salir. Tenía algunas pintitas de sangre, que ya me habían anticipado, así que al verlo sonreí. Podíamos ganarle la batalla al pitosín: mi útero e Irene estaban haciendo la tarea. Se lo celebré a la pequeña y le aseguré, como lo había hecho todos esos días, que no iba a estar solita, que ese trayecto íbamos a recorrerlo juntas, que iba a ayudarla a salir y que cuando estuviera en este otro lado del mundo, podríamos vernos, tocarnos, movernos juntitas… Y que el papá podría tomarla en sus brazos, por fin.

Si bien en las últimas semanas había estado sintiendo unas contracciones flojitas, que endurecían buena parte de mi panza, en la madrugada de ese día comencé a sentir además de ello dolores similares a cólicos en la parte inferior de mi vientre. Volví a la cama (me había levantado al baño) con una sonrisa. En la mañana, tras darle la noticia a mi amorcito, tomé una ducha y le pedí que camináramos. Estuvimos fuera cerca de una hora y las contracciones seguían. Regresamos a casa, yo revisé que nada nos faltara mientras él preparaba el almuerzo, hablé con mi gran hermana del alma (médica por demás) para reportarme y recibir instrucciones y en lugar de comer sentada almorcé con el plato en mis manos caminando por toda la casa… no fue propiamente la instrucción de mi médica, pero la verdad es que así sentía que las contracciones se pasaban mejor y no paraban. Tomamos papelito, lápiz y reloj y empezamos a consignar cada cuánto tiempo llegaban. La verdad es que esa fue una gran herramienta, pues aunque antes estábamos mirando el reloj, siempre terminábamos por olvidar la frecuencia de los intervalos. La indicación era: después de 3 horas de tener 3 contracciones cada diez minutos, vas a la clínica. Pasaron dos horas en esas circunstancias, pero en la tercera, un poco cansada, el tiempo entre una y otra se amplió justo cuando decidí sentarme o acostarme. Le achaqué el asunto al cambio de posición.

Seguí caminando entonces y tomando nota de cuándo llegaban. Estaba muy tranquila, mientras que la vida seguía más o menos normal en mi casa. A eso de las seis revisé con más detalle cómo seguían los intervalos… encontrando con sorpresa que los últimos eran cada vez más largos. Teníamos la duda de si eso significaba que el trabajo de parto aún no era tan bueno, así que llamé otra vez a mi amiga: me dijo que podían ser contracciones de dilatación, sobre todo si eran más dolorosas, que al final las contracciones pueden estar más espaciadas unas de otras, pero que hay más intensidad en el dolor. La verdad es que sí me había dolido más, pero otra vez le achacaba el asunto al cambio de posición. Esperé un rato y finalmente llamé a mi muacho (que estaba con mi cuñada, la madrina de Irene, que estuvo con nosotros todo el tiempo, desde nuestras 38 semanas) y le dije que las últimas contracciones eran más dolorosas, que creía que era mejor que nos fuéramos al hospital. Él me miró con cara de “¿estás segura?”, pero me dijo que los espacios entre una y otra eran más largos, que recordara que le había pedido que esperáramos en casa al máximo. En esas llegó una contracción muy fuerte, así que le dije (con lágrimas en los ojos, producto del desespero y el dolor): “esque ya duelen mucho, vamos para que nos revisen”. No lo dudó un segundo: tomó la maleta y salimos.

En el carro, otra vez pasaban más minutos entre contracción y contracción. Llegamos en unos 15 minutos a la clínica, parqueamos, nos bajamos y yo sentía que volvía una y otra contracción. El tiempo: ahora parecía que entre una y otra pasaban dos minutos. Yo mientras tanto me balanceaba a los lados, sintiendo por no sé qué motivo que ya no era tan fuerte el dolor. ¿Me habría apresurado mucho?

(Y como esta historia se fue larga y tengo una pequeña en casa -al menos ya saben cómo termina la historia-, dejo aquí este primer capítulo. En el próximo les contaré cómo nos fue en la clínica, cómo fue el trabajo final de parto, cómo nos fue en el expulsivo y cómo arribó la pequeña a nuestro mundo. Todo, hoy, parece una ilusión. Continuará…)

28 agosto 2009 at 08:18 2 comentarios

Cómo se desata un parto

Aclaro, antes que nada, que a pesar del título ni pienso ni puedo sentar cátedra: sólo quiero compartir con ustedes la pregunta que sobrevuela el ambiente ahora que estamos cada vez más cerca de la llegada de Irene, y referenciar algunas pautas generales que me han dado los médicos y que se confirman en este universo paralelo de internet.

Me he sentido perfectamente y hasta ahora mis únicos síntomas son la presión de esta chiquita en la parte baja (bajísima) del vientre, la sensación de que sus movimientos se desarrollan en un espacio cada vez má estrecho, y la conciencia de reiterados estirones en el canal del parto, lleno de músculos y no sé qué más cosas que de otro modo, seguro, no sentiría tan bien.

Siento que una puertecita comienza a abrirse en mi cuepo y que Irene la va recorriendo. Sé que el trayecto puede tomarse horas, días o  semanas, pues la peque todavía -de acuerdo con su fecha probable de parto- otras dos  para llegar al final del túnel dentro del término médico. Cuánto se demore es una pregunta que, confieso, por ahora ni me planteo. Trato de gozarme el rollo, reconociendo mi cuerpo y repitiéndole a ella que se tome su tiempo. Sé que el día llegará en cualquier caso y que esta maquinaria estupenda que se llama cuerpo podrá todas sus piezas a marchar.

En cualquier caso, como se supone que una madre responsable debe estar alerta al avance del proceso para ayudar a que fluya como debe o, al menos, para reaccionar en el momento en que deba hacerlo, dejo unos cuantos links sobre el parto, que pueden ser de utilidad: por un lado, encontré éste, manualito, sobre la preparación, el proceso y las etapas del parto; y por otro, éste sobre las señales que indican que el mismo va a empezar. Hay muchas más opciones disponibles en la red que complementan lo que indica la lógica en estos momentos y lo que han sentido a lo largo de la historia tantas mamás. La experiencia es hermosa y, sin duda, es un privilegio inmenso que se puede disfrutar a cada segundo.

Pienso, en resumen, que dentro o fuera de la cancha, el embarazo y el nacimiento son la concreción de la vida misma… una expresión casi poética, resumida, de eternidad. A lo largo de estos nueve meses, Irene su padre y yo hemos formado un equipo que ahora se encuentra ad portas de jugar una importante final. Mientras eso sucede, pueden estar tranquilos: todo marcha como debe y nosotros seguimos inundados de expectativas, felicidad y paz. 😉

Ah, dejo dos videos cortos de elembarazo.net sobre el parto:

Uno, con la explicación médica sobre cómo se desata el parto y cuáles son sus síntomas (con un error vergonzoso en el texto, que escribe tapón bucoso en lugar de tapón mucoso… en fin):

y otro con algunos consejos para el parto, que hace las veces de resumen de otras recomendaciones desarrolladas en video en ese mismo portal:

Espero que les gusten. Y para quienes estén interesados, la imagen la encontré en bebesymas.com

29 julio 2009 at 07:19 Deja un comentario

“Un parto humanizado, un parto más natural”: a propósito de los partos medicalizados

Navegando en la red me encontré un artículo que resulta muy oportuno para mis planteamientos del post anterior, sobre los partos medicalizados. Es un texto publicado en Ser padres y referenciado en un blog llamado Beso de amor, que habla sobre las prácticas comunes en los partos medicalizados, contrastadas con el proceso de un parto natural. Como decía la semana pasada, creo que todas las madres tenemos derecho a (y quizás, también tenemos el deber de) estar informadas sobre cómo puede ser un parto y sobre las implicaciones que pueden tener algunas prácticas que se asocian en ocasiones al mismo. Dejo, por lo tanto, el texto “Un parto humanizado, un parto más natural” con la esperanza de que esta puesta en común ayude a algunas madres a tener un parto seguro, así como a los chiquitos que vienen en camino y a sus papás a cambiar la percepción de las cosas, confiar más en la naturaleza y vivir esa gran llegada al mundo como un momento real de felicidad. 😉

“Un parto humanizado, un parto más natural”

Las mujeres piden que se tengan en cuenta sus preferencias al dar a luz a sus hijos y buscan partos naturales. También hospitales y clínicas están cambiando sus protocolos para no entorpecer un acto íntimo y personal.

En realidad, el parto se considera un acontecimiento más de la vida sexual de la mujer y como tal se debe tratar. Si no se detectan complicaciones, lo ideal es que el profesional vigile adecuadamente, pero en un discreto segundo plano, interrumpiendo lo menos posible.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que muchas de las prácticas que se han venido utilizando en los partos normales no son necesarias. Añade que incluso algunas de ellas pueden resultar también perjudiciales. Entre otros puntos cuestiona:

  • El rasurado y enema;
  • Poner un gotero y meter oxitocina;
  • Que la mujer de a luz tumbada e inmovilizada;
  • Pujos dirigidos en el expulsivo;
  • Medicación para expulsar la placenta, siempre;
  • Explorar el útero por dentro, tras el parto.

Avances médicos

Episiotomía

Este corte en el periné se ha estado realizando durante muchos años para facilitar la salida del bebé. Se creía que prevenía las lesiones en el suelo pélvico y la incontinencia de orina.

Hoy, casi todas las maternidades están reduciendo su uso al mínimo, porque se sabe que, salvo excepciones, la episiotomía es innecesaria y produce más lesiones, dolor y secuelas que las que intenta prevenir. Es mejor correr el riesgo de un pequeño desgarro, que un corte más profundo. Los desgarros que siguen las líneas naturales de tensión del tejido cicatrizan con mucho menos dolor y la mayoría de las veces solo afectan a la piel. La episiotomía corta también los músculos y puede producir problemas en las relaciones sexuales y secuelas dolorosas.

Oxitocina sintética

El empleo de oxitocina , la hormona artificial que imita la que se produce en el cerebro, se debe reservar solo para cuando realmente el parto se detiene o hay problemas. La oxitocina sintética impide que se segreguen endorfinas, los opiáceos naturales u hormonas del placer que el cerebro produce a la vez que la oxitocina natural, y que ayudan a la madre y al bebé durante el proceso.

Monitor fetal

Si una futura madre decide no ponerse anestesia epidural y el parto no se fuerza con oxitocina, no es necesario que permanezca atada a las correas del monitor fetal. Puede pasear o darse una ducha caliente si lo desea. Es suficiente con una auscultación del latido del corazón del bebé de vez en cuando.

Tacto vaginal

Cuando una matrona es experta, puede llegar a detectar cómo avanza el parto sin someter a la futura madre a un número excesivo de tactos vaginales. Aumentan el riesgo de infección, si no son necesarios.

Rotura de la bolsa

La rotura artificial de la bolsa ayuda a desencadenar o estimular un parto si es necesario, pero es perjudicial cuando no hay motivo, ya que se producen más infecciones, las contracciones son más dolorosas y se priva al bebé del almohadillado que crea la bolsa en el canal del parto. Algunos afortunados llegan a nacer ¡con la bolsa sin romper! Dice la tradición que esto da buena suerte.

Cesárea

Existe un preocupación seria por el aumento exagerado de la tasa de cesáreas (hasta un 25%). Según la OMS, no debería ser mayor de un 15%, aunque algunos centros han conseguido bajarla hasta un 10-12%, sin arriesgar la vida del niño o la madre. Los médicos temen las demandas judiciales, y algunas mujeres la piden sin saber que tiene más riesgo de muerte, problemas y secuelas.

No forzar los partos, dejar que las mujeres con una cesárea anterior intenten un parto vaginal y respetar el ritmo natural del proceso sin entorpecerlo, reduce las cesáreas a las realmente necesarias.

Inducción al parto

Los partos inducidos presentan más complicaciones que los que empiezan solos y muchas más probabilidades de acabar en cesárea.

Se ha dejado de inducir el parto por sistema a:

  • Todas las mujeres con diabetes gestacional no complicada;
  • Con la placenta calcificada;
  • Con bebé grande (mejor esperar a que se ponga de parto);
  • A madres un poco bajitas o con niños pequeños pero dentro de límites normales, si están creciendo a su ritmo.

La postura

Expertos de todo el mundo se asombran de que en algunos países, como España, las mujeres sigan pariendo tumbadas boca arriba. Es la postura más incómoda para empujar y dificulta la llegada de oxígeno al bebé, ya que comprime el riego sanguíneo.

El niño encuentra mejor su camino si la madre está en posición vertical, y la pelvis se abre más si la mujer adopta la postura que «le pide el cuerpo», con frecuencia en cuclillas o a cuatro patas.
Muchos hospitales están introduciendo en sus paritorios pelotas grandes de goma, sillas bajas de madera, camas amplias y cómodas o camillas que se pueden poner en posición vertical.

Cambios en el entorno

Contacto con el recién nacido

Todo bebé sano nacido a término sin problemas debería permanecer con su madre en contacto piel con piel, sin separarlo ni siquiera para hacer los controles habituales.

Estos se pueden realizar encima de la mujer ( test de Apgar, aspirarle los mocos si lo necesita…) o posponer (pesarle, tomar huellas, vitamina k, pomada en los ojos que impide ver a mamá…).

¿Por qué es mejor?

Encima del pecho desnudo de su madre el recién nacido no pierde temperatura, tiene menos bajadas de azúcar y su cerebro no se ve dañado por las hormonas del estrés que segrega si llora de miedo y soledad en una cuna.

La madre es la mejor incubadora para los prematuros, según demuestran las investigaciones del método canguro. El contacto inmediato tras el parto favorece el buen inicio de la lactancia materna y el vínculo hormonal y emocional entre madre e hijo. La primera hora de vida es un momento mágico e irrepetible, en el que madre y bebé se enamoran, y no debe suprimirse sin motivo. No se debería separar a una madre de su hijo sin su consentimiento.

Partos naturales en hospitales

Algunos hospitales están empezando a ofrecer la opción de un parto natural en el propio centro. otras ofrecen partos no medicalizados en algunas maternidades públicas. A diferencia de lo que ocurre en países europeos, como Alemania, en España y en otros paises existen pocas «casas de parto» (centros donde la mujer da a luz en un entorno agradable, similar al de su casa, controlada por una matrona, que da mucha tranquilidad y facilita el parto).

Dar a luz en casa con los controles adecuados es seguro, siempre que se cumplan unos requisitos de salud de la madre, cercanía a un hospital… Es esencial elegir una matrona bien preparada.

Podrás encontrar información en http://www.nacerencasa.org/

Dar a luz acompañada

La mujer tiene derecho a estar acompañada en el parto por la persona que ella elija, que no siempre será el padre del niño.

Una opción son las doulas, que acompañan a la madre durante las labores de parto si no cuenta con ningún familiar cercano que pueda apoyarla en esos momentos. Se ocupa de ayudar en pequeñas cosas que hacen sentirse a la mujer más cómoda (cuidados, masajes, etc).
En otros paises es habitual que la futura madre exprese en un escrito qué practicas desea evitar y realizar en su parto, dejando al profesional la opción de actuar en caso de complicaciones. En algunos países, el hecho de que la futura madre presente un plan de parto suele poner en guardia a los profesionales de los hospitales, que ven cuestionado su buen hacer profesional.
La mujer tienen derecho a elegir qué pruebas les van a realizar, o a rechazarlas, como en cualquier intervención médica. El plan de parto sería como una especie de consentimiento informado, que actualmente firma toda persona que entra en un hospital para cualquier acto médico.

Más información sobre el tema en la organización el parto es nuestro.

Autora: Pilar de la Cueva, ginecóloga.

PD: He encontrado un par de textos más (en las mismas fuentes donde estaba este artículo) que me tomaré el atrevimiento de publicar a lo largo de esta semana… para que tengamos opción de pensar, en serio, en los beneficios de un parto natural. No sé cómo caminen las cosas cuando llegue el momento, pero confío, al menos, que estar informadas nos servirá a Irene, a su papá y a mí a sentirnos seguros en este proceso, verlo como un momento feliz, a pesar de su costo, y acudir al centro médico cuando el momento esté próximo a llegar.

7 julio 2009 at 15:09 8 comentarios

Al agua: mi experiencia en la piscina con la gimnasia prenatal

Como les conté, desde el lunes de esta semana inicié un curso de gimnasia prenatal en el agua, por el que me decanté porque me pareció una opción segura y divertida que me ayudaría a relajar mi cuerpo y prepararlo mejor para la llegada del bebé. Hasta ahora llevo 2 sesiones (más una extra en la que recibimos la conferencia sobre Lactancia materna de la que también esta semana les hablé), pero está proyectado para que sean 12. Debo decir, aunque parezca prematuro, que fue una opción adecuada, pues ya siento más cómoda y tranquila. Comparto, entonces, algunas de las ventajas que siente que este modelo puede tener.

Al agua

Al curso se asiste en pareja, pero al contrario de lo que ocurre con las sesiones en las que he participado de gimnasia prenatal fuera del agua, en éste los papás actúan más. Aquí no sólo sirven de apoyo físico y emocional a la futura madre: se ejercitan y capacitan paralelamente, viviendo su propio proceso como “gestantes”. Adicionalmente, los ejercicios de estiramiento y fortalecimiento de los músculos que se practican permiten un mayor relajamiento del cuerpo, una menor sensación de peso y más comodidad por su variedad y por las condiciones particulares en las que se realizan. Sin duda, el agua reduce la presión de la pancita sobre la cadera, las piernas y las rodillas, facilitando cada uno de los movimientos. La experiencia, por lo tanto, resulta gratificante y menos dolorosa que otras.

La intensidad (dos veces por semana) garantiza continuidad en el ejercicio y, con ello, una elasticidad creciente, muy necesaria a la hora del parto. El uso, en algunas ocasiones, de fitball para los ejercicios de estiramiento y calentamiento previos al agua, incrementan la comodidad, pues estas pelotas se adaptan a las formas del organismo de una manera estupenda. Ahora, en casa, incluso, prefiero sentarme en ellas que en una silla normal. Por último, debo anotar que el horario (6:30 p.m., que es comienzo de la noche en el trópico ecuatorial) garantiza que no haya molestias ni desgastes por cuenta del sol. El agüita, por fortuna, está climatizada, con lo que el único momento horrible de la clase es al salir de la piscina y pasar a la ducha… algo que, ni modo, me toca aguantar.
😉

Lo que planteo, obviamente, no pretende generalizar (puede haber cursos dentro y fuera del agua muy distintos a los que comento), pero sí servir de pauta sobre las alternativas que existen. En cualquier caso, afrontar los cambios suscitados por el embarazo exige fortaleza y tono muscular, al igual que lo requiere el momento final del parto. Informarse de cómo pueden mejorarse las condiciones físicas de nuestro organismo no está, por ello, de más. Que cada quien escoja sus mejores opciones, de acuerdo con la oferta que tenga disponible y sus posibilidades de acceso. Seguramente nuestro cuerpo lo agradecerá.

15 mayo 2009 at 12:47 2 comentarios


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