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Dx: Bronquiolitis aguda (en bebés) :(

Hemos tenido una semana difícil: lo que parecía el principio de una gripa terminó siendo una inflamación en los bronquiolos de nuestra pequeña que no la dejaba casi ni comer. Tos, tos, tos, tos, tos, tos, fiebre, ojitos llorosos y con ojeras, malestar (a pesar de sus sonrisas constantes y sus ganas de juego), poquísimo apetito y ganas de vomitar después de comer algo (un trocito, la inflamación no daba chance de más) fueron algunos de los indicios. Ah, y moquitos (muchos) transparentes. El comienzo fue simple, pero las complicaciones fueron llegando en crescendo. El jueves en la noche ya no pintaba tan simple y el viernes pasamos todo el día en urgencias. Hoy tenemos una chiquita repuesta, no al 100%, pero sí con muy poca tos y comiendo. Así que dejo nuestra historia y algunos consejos.


Y empiezo con el último: no subestimar ninguna pestecita y bicho que esté cerca y evitar llevar al pequeño a sitios donde sabemos que hay alguna enfermedad contagiosa. Sobrestimé la fortaleza de mi chiquita y la llevé a casa de unos amigos para felicitar a su pequeño -enfermito- que cumplía un año de vida. Irene, por supuesto (es bastante efusiva con los niños), se le abalanzó, lo abrazó, lo besó y etcétera y en el interín el bicho seguramente se le pegó.

¿Cómo se produce?

Voy a simplificar lo que más pueda el asunto para no hacer larga la historia: un bicho (normalmente de gripa) los infecta, produce irritación en las vías respiratorias, flemas y tos. El esfuerzo que hacen los bronquios por sacar a unos y otros de su camino (la savia invasiva del árbol: imaginen los pulmones como un árbol al revés y sabrán de qué va) hace que esas vias (primero los bronquios, después los bronquiolos) se inflamen, cerrándose cada vez más. De ahí que la tos sea cada vez más persistente, que sea seca (a pesar del esfuerzo, el cuerpo no logra soltar la flema que tiene pagada en su “árbol” respiratorio) y que el chiquito casi no pueda tragar (el espacio que queda para respirar es muy pequeño y tragar y respirar ya no pueden ocurrir al tiempo).

Los riesgos

Es una enfermedad muy común en los menores de dos años y requiere tratamiento, pues puede complicarse muy fácilmente y producir una falla respiratoria crónica: si la flema -que, creo, lleva los bichos- no logra soltarse, seguirá su camino hacia los pulmones agravando la enfermedad cada vez mas:  primero con una bronconeumonia (infección en bronquio y el comienzo de las hojitas del árbol -pulmones-) y después con una neumonía (infección en los pulmones).  Estas dos últimas suponen -al menos en mi tierra- casi siempre hospitalización y pueden degenerar en asma hacia el futuro. Por si queda alguna duda, no era una enfermedad que quisiéramos en casa, así que muy juiciosamente aplicamos -además de el clásico acetaminofén y algunos remedios homeopáticos- los esteroides y las inhalaciones que se nos recetaron. Dos días después nuestra chiquita era otra vez un pequeñajo que podía pasar más de dos horas sin toser.

Remedios caseros que funcionan (o al menos que lo hicieron en casa)

No para detener la infección, evidentemente, pero sí para hacerla más llevadera: un humidificador (recomiendan que sea de vapor frío para congestión de las vías respiratorias, y de vapor caliente para la congestión nasal, Nosotros teníamos -prestado- el segundo, pero regulamos temperatura con la sábana que enuncio a continuación y con un recipiente con agua -temperatura ambiente- a su lado), una sábana húmeda sobre la cama de la pequeña, vaporizaciones con eucalipto (al comienzo de la noche), la sagrada cebolla con azúcar al lado de la cama y MUCHO amor (insértese también mucha paciencia, comprensión y cero acoso para comer -no descuidar, eso sí, la ingesta de líquidos. Que sí haya todo el tiempo, por favor). Adoraría dar más detalles sobre el suceso, pero la chiquita ya despertó. Dejo links con información complementaria y con la aclaración de que no somos médicos en casa. Ah, nuestra médica-hermanita del alma nos recomendó ponerle camisetas rojas a nuestra pequeña para fortalezar su chacra de las defensas. No sé si sí, pero creo que para algo sirvió.

😉
Bronquiolitis infantil, causas y tratamiento
Bronquiolitis
Consejos para prevenir la bronquiolitis en los bebés
La bronquiolitis: prevención y tratamiento
Bronquiolitis aguda

Ah, las recomendaciones

  • Es importante que el chiquitín tome mucho líquido para garantizar su hidratación y ayudarle al organismo a drenar (es decir, expulsar, casi siempre en forma de moquitos) los bichos [En nuestra casa, la leche materna se lleva todos los premios en constancia y preferencias de la pequeña].
  • Tener un muñeco en casa que también requiera el tratamiento ;). A nosotros, al menos, nos ayudó muchísimo para simplificar y hacer menos horrible para nuestra chiquita (al menos, cada inhalación).
  • El humidificador no está recomendado en niños con alergías y asma: antes de usarlo, puede ser bueno consultarlo con el pediatra.
  • No dar espera antes de consultar: aunque parezca una gripa simple, si los síntomas no ceden sino que empeoran, es importante ir pronto al médico. La diferencia de tiempo entre una bronquitis, una bronquiolitis, una bronconeumonía y una neumonía puede ser de apenas unas horas (al menos, eso nos dijeron… y creo que es mejor no hacer el ensayo para comprobar).
  • Tratar de que el pequeño duerma semincorporado (medio sentado), para facilitar la respiración. Nosotros lo intentamos, pero fracasamos. 😦
  • Lavarse y lavarle con frecuencia las manos al bebé: dicen que reduce las posibilidades de contagio.
  • Dejar al chiquito en casa mientras pasa la enfermedad: no sólo lo protege de complicaciones sino que además evita propagar el contagio.
  • Y, finalmente, llenarse de comprensión: aunque el pequeño juegue y grite y sonría, está enfermo.

[Y ahora nuestra adenda: Irene hoy cumple 21 meses. ¡El tiempo vuela!]

9 mayo 2011 at 07:01 12 comentarios

¿El primer resfriado?: Crup

La fiebre, la tos y los moquitos han visitado esta semana a Irene, haciéndole pasar unas noches menos tranquilas y unos días más guardaditos -en casa- de lo habitual. Y aunque, en principio, la descripción de los síntomas sugerían un resfriado, la secuencia de aparición de los mismos y la prevalencia de una tos perruna y seca en ella introdujo un nuevo término en nuestra vida: crup (croup).

Foto: El ojo inoportuno, Flickr

Y comienzo con una definición rápida: crup o croup (en inglés) es el término utilizado para indicar una inflamación o infección en las vías respiratorias altas (faringe, principalmente), que se presenta en niños entre cero a 5 años, usualmente por el contacto con algún virus. Se caracteriza porque la vía respiratoria se inflama justo debajo de las cuerdas vocales, generando -según el grado de infección o inflamación- una respiración ruidosa y difícil (además de la tos).

De acuerdo con un documento del Programa de Salud Infantil de California (California Childcare Health Program), “por lo general, el niño con crup tiene fiebre de baja intensidad. Debido a que las cuerdas vocales están en la laringe, el síntoma principal del crup es una tos áspera que tiene sonido de foca; a eso le siguen secreción de la nariz, tos y ronquera. Los síntomas de crup usualmente empeoran durante la noche con un sonido agudo al respirar. El crup puede durar de uno a siete días. Se puede controlar el crup humidificando el aire.”

Su visita a nuestro hogar

La evidencia del arribo del bicho en nuestra casita fue un alza en la temperatura de Irene en la madrugada del lunes, justo después de asistir con ella el sábado a una clase de natación (con muchos, muchos niños; muchos cambios de temperatura en el agua -no les recomiendo una ducha fría tras el agua climatizada de la piscina- y, después, desafortunadamente, mucha, mucha lluvia y sol).

El domingo la pequeña había estado un tanto aperezada, pero pensamos que se debía más al día gris que teníamos afuera que a una infección. Luego, en la noche, justo después de acostarla, sentimos una tos seca y espontánea (sin reincidencia en esa noche), que pasó a ser sospechosa cuando la fiebre llegó unas horas más tarde. De ahí en adelante uno y otro síntoma fueron incrementándose, dejando como resultado en la mañana del lunes a una pequeña baja de ánimo, adormilada y quejosa, que tosía cada vez con más frecuencia como un perro. Fuimos al médico y nos diagnosticó el crup.

El tratamiento

El crup de nuestra chiquita es leve, por lo que hemos optado por un tratamiento sencillo, sin medicamentos, con ingesta de muchos líquidos, humidificación del ambiente (en nuestro caso, con una olla de agua con hojas de eucalipto) y mucho amor. Y aunque generalmente las complicaciones de esta enfermedad se dan en pequeños con alergias o con faringes estrechas (algo congénito), la recomendación siempre, ante cualquier indicio de fiebre, resfriado o tos, es acudir a un doctor: la inflamación de las vías respiratorias en un chiquito pueden ocasionar un paro respiratorio (su cuerpecito tan pequeño se ve afectado con cualquier inflamación), y una fiebre, por leve que sea, indica que el cuerpo del niño está activando sus defensas para matar a algún visitante no deseado. (Sueno alarmista, pero la foto que ilustra esta entrada está dedicada a la madre de un bebé de dos meses que murió de tos ferina (pertussis), una enfermedad que suele parecer un simple resfriado, que en los adultos es leve, pero que en los bebés puede ser mortal. Snif.)

Recomendaciones

Las mamás, aunque tengamos un sexto sentido, solemos no tener ni la información ni la experiencia requeridas para diagnosticar a un bebé. Por ello, pienso, es mejor curarse en salud y visitar el doctor, sea un crup, un resfriado, una otitis, un dolor leve de cabeza, una extraña inapetencia o una fiebre sin razón aparente. Sé que los mismos centros asistenciales pueden ser foco de virus, pero la visita al doctor (primero) y la protección (siempre) y el aislamiento (en casa) del pequeño de posibles virus contagiosos no sobra. Nuestra chiquita se recupera satisfactoriamente, a veces con ganas de comer sopitas, frutas y verduras, a veces no. Eso sí, la lechita de mamá no sobra nunca y es el mejor remedio contra todo. No entiendo por qué no nos recomiendan más que se las demos hasta que ellos quieran, porque siempre es bienvenida -y bendecida- ante cualquier malestar.

Tenemos una chiquita fuerte que se ha enfermado poco (a sus diez meses sólo ha tenido gastroenteritis [una vez] y este crup). Sé que la leche materna no la hace inmune a todo, pero protege y mucho. Y, claro, no estar en contacto permanente con otros niños ni con adultos enfermosos ayuda también un montón. 😉

Dejo unos cuantos links sobre la saliente (y no bienvenida en el futuro) enfermedad. [Otra vez se me fue largo… grgrgrgrg]: Crup (características y cuidados), información general sobre el crup y un video interesante sobre la enfermedad (en inglés).

Y un comentario: Tal como señala el médico del video, los días fueron tranquilos, las noches, un poco menos. Recomiendan aire fresco de la noche (no me atrevo, pero dicen que funciona… creo que hay que estar seguros del diagnóstico antes de hacero), una sábana húmeda sobre la camita o entrar al baño con el pequeño y abrir la ducha, tibia, preferentemente, y dejar que el niño respire esa humedad. Yo, decía, usé una ollita de agua hirviendo con hojas de eucalipto, por momentos, y la molestia mejoró.

PD. Tras el episodio de crup en nuestro hogar decidimos suspender la estimulación de la pequeña en la piscina: son muchos niños (y posibles virus) alrededor y ella está aún muy pequeña. Continuaremos estimulándola en casa, en la ducha, en la tina… Creo que vale igual. Cuando esté más grande aprenderá a nadar.

26 junio 2010 at 11:57 8 comentarios

Nuestra experiencia -non grata- con la gastroenteritis infantil

Como les contaba en nuestra anterior minientrada, esta semana Irene estuvo hospitalizada entre el lunes y el jueves por una infección gastrointestinal. Los análisis de su caquita confirmaron el diagnóstico y la hicieron acreedora a dosis diarias de antibiótico durante cinco días, a un día y medio de suero intravenoso y a tres noches de sueño interrumpido por las enfermeras del hospital. Los resultados desde la primera dosis de medicamento fueron, por fortuna, alentadores: disminución en la frecuencia de las deposiciones, desaparición de la diarrea y la sangre en sus heces, menor esfuerzo de pujo para hacer caquita y una chiquita sonriente. Todo parece indicar que estar pendiente de la apariencia de sus cacas (ya decíamos que era importante hacerlo aquí, aquí y aquí) y acudir inmediatamente al médico al detectar sangre en las mismas nos sirvió para evitar que la bacteria hiciera de las suyas. Por ello, tras tres noches en casita, paso reporte de nuestro paso (lamentable) por la gastroenteritis infantil.

Y me disculpo de antemano si el post queda muy largo. Me niego a hacer segundas partes de esta historia porque quiero que sea un capítulo cerrado.

Bichitos para botar

Todo empezó el domingo en la tarde. Irene, como siempre, había hecho ya su deposición diaria, en la mañana, pero curiosamente, a eso de las 3:30 p.m., tuvo una más: abundante, pero de apariencia normal. No me preocupé. Al prepararla a las 6 p.m. para su camita, encontré nuevamente algo de caca en su pañal. La sorpresa fue que ésta, además de ser la tercera en el día, tenía una pequeña mancha de sangre. Me quedé con la duda y llamé a mi amiga médica, que me dijo que estuviera alerta si se repetía. Planteó que podía ser una fisura en su ano por algún alimento no digerido del todo -había una hojita de no sé qué mata en su caquita- o algo más. Si era lo primero, probablemente no se incrementaría en futuras deposiciones, pero si era lo seguro lo mejor era consultar al pediatra en la mayor brevedad. Dormí un tanto intranquila, con las antenitas de vinil encendidas.

A las 3 a.m. sentí a Irene intranquila, moviéndose en la cama y haciendo fuercecita. El colofón fue una explosión acuosa: nuevamente tenía caca, cada vez más liquida, con mucosa y con hilitos de sangre. (No es la foto más agradable, pero la incluyo porque creo que ilustra claramente lo que nos encontramos… y puede ayudar a otras mamás).

Creció mi preocupación. Le tomé la temperatura a mi chiquita, pero tenía 36.2 grados centígrados: normal. Aparte del cambio en sus heces, su ánimo, su apetito y su sueño seguían intactos. Se durmió nuevamente. Al despertarse en la mañana (a las 6 a.m.), otra vez tenía una deposición similar a la anterior en el pañal… más abundante y líquida. Lo demás, igual. Comió, jugó, se río… A las 8 a.m., otra deposición. Mismos síntomas. Decidimos bañarla e ir al hospital. En su tina, mientras la bañábamos, nuevamente hizo caca, pero ahora sí líquida. Y mientras tanto, nuestra Irene sin quejas y sonriente. Apenas nos avisaba que algo le molestaba cuando iba a dar del cuerpo porque fruncía el ceño y hacía un gran esfuerzo para pujar.

A Urgencias

La vestimos y salimos al hospital. Como suele suceder en urgencias, se demoraron una hora y media en atendernos. Mientras tanto, yo me pasaba con Irene pegada al pecho, pues no quería que se deshidratara y tenía claro que tantas deposiciones y unas heces tan líquidas apuntaban a esa posibilidad. La revisó una doctora, que encontró por supuesto caquita en su pañal al revisarla. Nos dijo que debíamos dejarla hospitalizada. Yo abrí los ojos desmesuradamente y con preocupación (sé de la cantidad de virus y bichos que hay en las clínicas) le pregunté si era absolutamente necesario y si era posible una hospitalización domiciliaria. Ella fue clara: nos dijo que la presencia de sangre en las heces era un indicio muy importante de gastroenteritis infantil. Que podíamos ordenar un análisis de las cacas para confirmar la infección ( y el bicho que hacía de las suyas en el instentino de nuestra hija) y que, a partir de los resultados, tomar una decisión final. Lo de la hospitalización en casa dependía de nuestro servicio médico… Nos miramos y ante lo reducido de las alternativas y la clara anormalidad en las heces de Irene, aceptamos seguir con el procedimiento.

Lo malo es que estos no fueron tan rápidos como quisimos. No me alargo: se nos pasó toda la tarde en la sala de procedimientos de las urgencias pediatricas sin conocer los resultados. El médico que recibió el turno de urgencias a la 1 p.m. confirmó el diagnóstico de la doctora y ordenó, además de otros análisis, la hospitalización. Para entonces, Irene tenía dos deposiciones por hora en promedio, líquidas y con sangre. Se mantenía hidratada (pegada al pecho con la leche bendita de sus mami) y sin fiebre, sonriendo a todos los que caminaban por los pasillos. Esperamos. A las 5 p.m. la colita de la peque estaba totalmente irritada, sus deposiciones eran cada vez peores y, al tomar una nueva muestra de su caca para otros análisis, vimos el estado de su intestino (rojísimo, con sangre y saliéndose un poquito por su ano al pujar). No pongo foto del cuadro porque fue doloroso. Obviamente no es que se le saliera el intestino entero ni mucho menos, pero sí se veía claramente su parte final. Ella pujaba ya con poco éxito, pues no había comido ningún sólido en el día y, tras una jornada de más de 10 deposiciones, ya era poco lo que tenía para expulsar.

Con este cuadro, se colmó nuestra paciencia y exigimos que siguieran con los procedimientos, con o sin resultados de laboratorio. Preguntamos qué antibiotico le habían ordenado, lo consultamos con nuestra amiga médica y solicitamos que se lo suministraran. A las 8 de la noche lo conseguimos y las 8 y 30 ya íbamos rumbo al cuarto del hospital.

Internadas

Nos quedamos los tres juntitos en la habitación. La chiquita seguía con un semblante estupendo, sin fiebre pero cansada. Tuvo una buena noche, dentro de lo que cabe, interrumpida por unas tres o cuatro deposiciones más. Luego de que le suministrarán el antiobiótico (que buscaba cortar la infección, no interrumpir la diarrea), sus deposiciones se espaciaron y empezaron a ser más consistentes. En menos de 24 horas la sangre había desaparecido de su caca y las molestias que evidentemente sentía la chiquita al pujar, comenzaron a menguar. Durante toda esa noche y el día siguiente, le suministraron suero intravenoso a Irene. No paramos de tomar lechita materna y, por recomendación de la pediatra del piso, retomamos la alimentación complementaria el martes mismo, con las sopitas y las compotas de frutas que nos daban en el hospital.

Sé que en algún momento conté que habíamos dejado de darle papillas a la peque porque sentíamos que la estrenían un poco, pero con este cuadro y la recomendación de proteger las vellosidades de su intestino suministrándole comida -si no lo hacíamos, decía, además de bajar de peso podía tener un reinicio de la alimentación complementaria más brusco, con diarrea y demás-, les dimos nuevamente la bienvenida. Los resultados son buenos. Tres días después de esta dieta (con MUUUUUCHA leche materna, bendita entre todos los alimentos, líquido amoroso, consolador y protector de los pequeños), Irene estaba perfectamente: sin suero, sin sangre, sin diarrea y en casita.

¿Un viaje iniciático?

Lo curioso de toda esta historia es que la experiencia de enfermedad y hospitalización de la chiquita ha sido como un viaje iniciático para todos: Irene parece una niña más paciente, tranquila y madura. Estuvo atendida las 24 horas del día por nosotros y por todo el equipo médico que nos rodeaba; cambió de entorno, vio limitada su movilidad, tuvo interrupciones continuas de su sueño, un tubo de suero colgado a su manita por día y medio, un guantecito en su otra mano para evitar la tentación de jalarse el catéter por el que pasaban los líquidos -antibiótico incluido- a su cuerpo, visitas varias de su familia, saludos y manipulaciones de extraños… en fin, tantos cambios y taaanta paciencia y paz en su espíritu.

No sé si sea por lo que significa su nombre, pero Irene irradia armonía y paz. Y no es porque sea una niña pasiva en lo absoluto, de hecho creo que es muchísimo más sociable que nosotros, que protesta, que deja claro qué es lo que quiere, lo que le gusta… no quiere perderse nada. Pero es amorosa y comprensiva, se adapta a todo con una tranquilidad pasmosa, confía, pone buena cara, saca ánimos de donde no se sabe, conversa, se mueve, juega, se ríe. No hubo un solo instante de estos días en la clínica en el que ella hiciera algo distinto a observar, sonreir y esperar. A veces (tres para ser exactos) le costaba muchísimo dormirse, y protestaba y se retorcía como un gusanito para no quedarse quieta, pero luego, con nuestra ayuda, se relajaba y descansaba profundamente, reponiéndose y reponiéndonos.

Yo, que pensaba que pasar por todo esto y ver cómo le chuzaban sus manitas iba a dolerme infinitamente, encontré en ella una fuente inacabable de paz. Tuvieron que cambiarle tres veces su catéter (dos en la clínica y una en casa -estuvo dos días más con él, mientras terminaban de suministrarle el antibiótico) y nunca protestó más allá de mirarnos y hacer quejos con su boquita. Antes de que terminarán de pegárselo, ya nos miraba sin lágrimas, sonriente, pensando en otras cosas, siguiendo nuestras caras, nuestras manos, nuestras voces. He dicho varias veces que los chiquitos son esponjitas que se llenan de todo lo que nosotros les damos. Hoy lo confirmo pero agrego que también son soles que iluminan todo, que nos llenan de vida, de amor, de sonrisas.

Volvimos a casa el jueves, a las 5 de la tarde. Al llegar, Irene observó todo admirada, sonriente. Recorrió cada espacio de nuestro hogar en brazos de su padre, gritando, hablando. Él la puso en el suelo para que mirara todo autónomamente y, para sorpresa de todos, la vio arrastrarse por fin hacia adelante. ¡¡¡De pasar de lado a lado de la cuna, la chiquita aprendió a alzar sus rodillas!!! Gatea desde entonces y desde la mañana siguiente, del viernes, empezó a decir pa-pa. No se imaginan la cara de satisfacción de mi muacho. Y la mía, claro. No sé por qué pero este paso non grato de la gastroenteritis por nuestra vida también dejó sus buenos recuerdos. Ya decía: un viaje iniciático.

Y hay más: Hoy Irene cumple nueve meses y su padre y yo cumplimos nueve meses de maternidad oficial. Justo el día de la madre en nuestro país. 😉 Ella es nuestro mejor regalo. Ella y todo el amor, vivo y renovado, que trajo a nuestras vidas y que lleva consigo. ¡Felices nueve meses, chiquita! Y feliz día de las madres para todas las mamás y papás que crecen a nuestro lado.

Abrazos. Y gracias infinitas a todas por sus palabras y sus deseos llenos de amor y de energía para nosotros. Los hemos sentido a cada segundo. También por ellos y por todo el bien que nos hacen, volvemos acá.

…….

Y para no dejar este texto en lo anecdótico, complemento con algunos links sobre la gastroenteritis, sus síntomas, las recomendaciones médicas para su tratamiento y la experiencia de otros (de Fran y Lulú, puntualmente) al respecto. Resumo diciendo que mientras en nuestro país la medicación y la hospitalización es inmediata (somos tercermundistas y no tenemos agua potable en todos lados), en otros países del primer mundo (España, Francia, al menos) se recomienda hidratación constante sin medicamentos.

Supongo que los tratamientos varían según cada niño, sin importar el lugar en el que se encuentre. Y que el lugar de residencia no exime, en ningún episodio sospechoso de enfermedad e infección, de la consulta a un médico. Añado, además, que en nuestro caso fue de vital importancia llevar a Irene rápidamente al pediatra: si bien ella no sufrió otros síntomas posibles de la gastroenteritis, como dolor abdominal, inapetencia, fiebre o vómito, la diarrea era en sí mismo peligrosa. Encontré el dato de que el cuerpo de un bebé está constituido en un 90% de agua (el de los adultos, en un 50%), por lo que una deshidratación en ellos puede llegar a ser mortal. Miren bien las caquitas de sus chiquitos. No pensé que iba a verificarlo tan pronto, pero es claro que son una clave importante de su estado de salud, de su nutrición y de su bienestar.

🙂

Y cierro con un apartado de recomendaciones para prevenirla, de uno de los artículos citados en los links anteriores:

“La gastroenteritis, como enfermedad infecciosa que es, puede trasmitirse de persona a persona. La fuente más habitual de contagio es por contacto con las heces o los pañales de un niño con la enfermedad, por lo que la forma de evitarlo será extremar las medidas de higiene habituales, sobre todo el lavado de manos, tanto del niño como de la persona que lo cuide. Esta limpieza ha de ser especialmente escrupulosa después de cambiar el pañal, asear al niño o tras utilizar el retrete y, por supuesto, antes de las comidas. Con más razón aún si la persona que cuida al niño manipula además los alimentos.

“Desde hace poco está disponible en las farmacias una vacuna oral contra uno de los virus que con mayor frecuencia producen gastroenteritis: el rotavirus. No está incluida en el calendario de vacunaciones habitual y sólo está admitida su administración a niños muy pequeños.”

Nosotros no le aplicamos esta vacuna a la chiquita, pero creo que haberlo hecho tampoco sería garantía de no sufrir esta enfermedad, tan común en ellos. El rotavirus es uno de los bichos que da gastroenteritis pero no el único. A nuestra chiquita la atacó otro animalejo, según nos dijo la pediatra de la clínica los últimos días. En cualquier caso, lo mejor es seguir los consejos médicos del pediatra de cada niño, pues las condiciones particulares (nutricionales, sociales, económicas y hasta geográficas) de cada pequeño inciden en el esquema de vacunación y prevención ideal para cada uno. Así que, juiciosos, a consultar. Y ojalá a más de un médico. Tampoco está de más oir varias opiniones. Y juzgar.

9 mayo 2010 at 08:40 11 comentarios

En el hospital

Y no de los muñecos, como dice la canción de Pinocho: desde el lunes pasado hasta ayer, nuestra chiquita estuvo en el hospital. ¿La causa? Una gastroenteritis atacada a tiempo, que debió pescarse en alguna de sus aventuras de los 8 meses. La vía de infección, dicen los médicos, suele ser oral. ¿Comida, bichito atrapado del piso, contagio por algún vecino? Ni idea. Aún estamos exhaustos, así que los detalles y el balance de la experiencia se las pasaremos luego. Las buenas nuevas, aparte de la franca y rápida recuperación de la pequeña, es que durante su hospitalización, pasando de lado a lado de la cuna, nuestra Irene aprendió a mover hacia adelante sus rodillas y, ahora sí, ha empezado a gatear. También está diciendo pa-pa-pa-pa-pa… Y demostró ser una niña simpatiquísima y fuerte: cero quejos, muchas sonrisas y una paciencia infinita. Definitivamente los niños son maestros de admirar. 😉

7 mayo 2010 at 07:41 12 comentarios


De sol a sol

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