Posts tagged ‘sueño infantil’

“La cuna tiene huecos”

Esta entrada, sin duda, es una segunda parte de la anterior sobre los miedos: Desde hace una semana Irene no quiere dormir en su cuna. Dice que tiene huecos. Al comienzo, pensamos que se debía a una pesadilla, así que intentamos disuadirla de su idea, metiéndonos nosotros en la cuna y demostrándole que no había ningún roto por el que ella se cayera. Luego desistimos de la idea, asumimos como defiitivo su sueño en una cama normal y descubrimos que los huecos, quizás, no son más que una muestra de su percepción mucho más consciente del mundo. Sigue despertándose a las 3 de la mañana (como lo estaba haciendo desde hace un par de semanas, cuando los “huecos” empezaron a molestar), pero ahora su carita luce más relajada. ¿Se nos creció nuestro bebé ya?

(Foto tomada a tientas, con flash…  :S)

No sé si la causa de este mal rato con la cuna sea una consecuencia de nuestro intento de que entendiera que no debía subir escaleras (con la aplicación de un tiempo fuera dentro de ella), pues aunque la cuna de aquellos días era una de viaje, verificar que era un espacio que restringía sus movimientos no fue algo que le gustara a nuestra pequeña de casi dos años (aghhh). No le meteré más tiza al asunto porque me estruja un poco el corazón, en realidad. Lo cierto es que Irene ha demostrado ser muchísimo más consciente del mundo que la rodea con el paso de los días y quiere tener autonomía -toda la posible- a como dé lugar. “La cuna tiene huecos” (ahora lo entiendo) alude a los huecos que hay entre los barrotes: los mismos que ella ya no quiere mirar.

Bajo y voy directo adonde mis papás

La idea que tuvimos al principio de que todo fuera el resultado de una pesadilla ha empezado a darle paso a la posibilidad de que nuestra hija simplemente quiera despertarse y bajarse de la cama por sí misma. La cuna, por supuesto, no le da esa libertad. De hecho, habíamos incluído dentro de su mobiliario la cama sencilla porque en las últimas semanas a la hora de acostarla para que hiciera la siesta (después de quedar profundamente dormida en mis brazos con su tita) se habían convertido en una pequeña batalla campal: en cuanto sentía que la acostábamos en la cuna, abría los ojos como platos y lloraba para que la sacáramos. Con la cama, por el contrario, todo es murmullo de ángeles: la acostamos en ella y sigue durmiendo a pierna suelta. En las mañanas, al despertarse, va silenciosa a nuestra alcoba y nos despierta con una hola sonoro y sonriente. ¿Se puede pedir más?

Total, andamos en una semana de muchos cambios, antecedidos de una gripa fortísima que se adueñó por 7 días de las dos. Pasamos, además, de hacer unas tres o cuatro tomas de pecho al día a hacer sólo una -antes de dormir-, un poco por desición de esta madre-cambia-estrategias que está tantiando el terreno con su pequeña. Los resultados podrían dar quizás para otro post, pero creo que no voy a escribirlo porque sigo pensando que cada pequeño y cada mamá tienen sus ritmos.

Lo cierto es que desde que iniciamos esa especie de destete inducido (odio el término, grrr), Irene está más serena y ha mejorado su apetito. Hemos hablado muchísimo sobre el tema y sigo pensando que tomará el pecho para dormir hasta que quiera. Es más, las tomas que ya no hace en el día las hemos desplazado básicamente porque ella aceptó cambiar su tita (casi siempre por leche de vaca, entera, en un vasito de transición que había comprado hace más de un año y que nunca habíamos usado). Veremos qué sigue pasando.

Finalmente, para dar respuesta a mi pregunta de si se nos creció nuestra chiquita, debo decir que sí, que cada vez es más parlanchina, que va entrando con gusto a los dos años (con todos sus “no”, “mío” y todas sus “rebeldías”) y que duerme desde hace casi una semana en su camita. Al principio ponía cojines hasta en el piso, temiendo que se cayera. Ahora no, sólo pongo un par de ellos a su lado: creo que la amplitud que ha ganado en sus noches hace que se quede en un mismo lugar. La cuna sigue en su pieza… pero creo que servirá de adorno (o para que sus muñecos duerman). 😉

21 julio 2011 at 05:21 7 comentarios

Dientes, dientes, dientes…

De una salida progresiva y gradual de incisivos, pasamos a un ataque frontal de salidas de muelas. La buena nueva (aunque esa noticia también es grata para los avances de la chiquita) es que a diferencia del malestar y la irritabilidad que acompañó la asomada de narices de la primera de ellas, la llegada de dos nuevas muelitas simultáneas no han afectado en lo absoluto el ánimo de nuestra pequeña. Ni su apetito ni su sueño…

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=WY8jr_qdQLs]
La mala nueva es que esos dientes traseros no se dejan “retratar”. No sé si sea un asunto de fotógrafa, de cámara -me falla la nuestra. Snif- o de modelo. Lo cierto es que puedo dar fe de que hay dos señoras blancas y grandes saliendo de las encias de nuestra hija, que se suman a su segundo incisivo inferior izquierdo. Ah, las señoritas nuevas, por cierto, vienen acompasadas a ese mismo lado, arriba y abajo. 😉 Y amenazan en convertir a nuestra chiquita en una nueva versión de Cookie Monster. Jajjaja

PD: Dos detalles más. Sobre aprender a dormir tengo una nueva hipótesis (que voy confirmando lentamente): Irene duerme más horas seguidas cuando se duerme por sí misma. Si se queda dormida en su última toma de pecho y yo la pongo en la cama, suele despertarse a medianoche (después de 4 o cinco horas de sueño). La madre regresa, la acompaña pero no la saca y la chiquita vuelve a caer en brazos de Morfeo. Pero si su sueño llega después de comer e ir consciente a la cama y caer profunda después de revisar ene veces que la mamá sí la acompaña, puede dormir hasta 10 y 11 horas de un tirón. ¡Y sin lágrimas! [Ha de tener que ver algo con que ya tiene casi dieciséis meses, ¿verdad?. Recuerdo las palabras de Karina así que borro la anterior afirmación para evitar que se rompa el hechizo. Por cierto, dejo otro video (entrevista preciosa) del Cookie Monster original. Me hace recordar mis épocas de infancia. [♥ Suspirito, suspirito, suspirito ♥].

Y uno de los clásicos: 😉

Por cierto, a la fecha completamos once dientecitos en la boca de Irene. ¿Un montón, no? Espero que eso la convierta en Food Master. Jjejej.

26 noviembre 2010 at 06:38 3 comentarios

Otra vez como en botica…

De todo. Un resumen sobre nuestras últimas semanas con Irene. Anticipo noticias de sueño, temperamento, dientes y verde.


[A ver si esta vez si logro cubrir la mayor parte de las novedades… sin escribir un kilómetro de post. ;)]

  • Karina me anticipó que no hablara mucho de esto, así que lo hago en susurro: Irene duerme otra vez plácidamente en la noche, diez horas de un tirón más o menos, después de un retorno de despestares (que no será el único, seguro, porque es bebé y porque ellos se despiertan en la noche como nosotros). Creo que encontré la causa eficiente de que estuviera despertándose: tenía calor. :S Y yo, poniéndole cobijas, pijamas gruesas y etcétera porque creía que si estaba calientita se despertaba menos. ¿Quién podrá ayudarnos con el efecto sobreprotector? Recomendaciones: eviten pijamas con poliéster (mejor fibras naturales que respiren, como el algodón) y celebren, después del año, que no vengan con piecitos cubridores, sobre todo si viven en el trópico. Y si el niño se quita la cobija… pues seguramente lo hace porque tiene calor. 😉
  • El último diente en salir se ha tomado su tiempo y ha molestado un poco, rascando, inflamando… El apetito ha mermado. Ya, por fin, se ve una hilerita blanca en su espacio. Y creo que se tejen arribos futuros porque las encias están cada vez más gruesas por todos lados. Ya nuestra chiquita luce sonrisa de niña que crece. A veces extraño su desdentado.
  • Todos los días hay gritos de independencia en nuestro hogar. El temperamento de Irene sigue afianzándose, revelando una chiquita decidida e independiente. Quiere comer sola (¡con cuchara! Y lo mejor -dato importante para otros padres- es que como ocurre con casi todo: si la dejas experimentar, aunque se ensucie, lo logra), caminar sola, correr sola… Manda y dispone. Y sonríe con una carita tan dulce y amorosa… Mi muacho dice a veces que está consentida, yo creo firmemente que está descubriendo que puede hacer cosas por sí misma y que, cuando no puede, se frustra un poco y le duele. ¿Y qué funciona para calmar los ánimos y evitar lloros y malestares? Explicarle lo que pasa, con detalles, y cambiar su foco de atención. Si el grito se torna grave y continúa después de aclarar lo que sucede (los niños a veces no son buenos interpretadores por eso es bueno hablarles), le decimos que entendemos que se siente mal, que estamos para acompañarla, pero que sólo ella puede encontrar la manera de calmarse. La dejamos un poco sola (manteniéndonos a su lado pero sin prestarle toda la atención)… y comprende y se calma. Si no funciona, un buen abrazo conversado no falla.
  • Y cierro confirmando lo que ya he dicho otras veces: la naturaleza es sabia… y nosotros sólo debemos dejarla hablar. Y dejar de pelear con ella y seguir su curso con confianza. Este fin de semana tuve dos muestras claras de ello: la primera, una huerta orgánica preciosa, que apareció de la nada, al lado de mi cotidianidad. La montaron en tres semanas y ya tiene sus retoños (una preciosidad). Muchas veces creo que cuando hablas de algo empiezas a verlo de repente porque te has sensibilizado para ello… pero en este caso, juro, siento que la vida me está trayendo las cosas para que aprenda de ello y pueda empezar proyectos. Veremos, veremos. Ahora, lo segundo: después de una temporada de lluvias fuertes, hay derrumbes grandes y pequeños por todos lados en las montañas que abrazan mi ciudad. Fuimos a una casita de campo y vimos, dolorosamente, que el cauce que había sido basurero de materia orgánica de un vecino empezó a erosionarse (y no poco). Si en lugar de tirar allí los residuos del corte de su jardín, el hombre hubiera destinado una pequeña área -segura- de su lote para acumularlos y los hubiera dejardo degradarse (también ha podido preparar una caja compostera, airear los residuos cada tanto, taparlos con un plástico para incrementar la temperatura de la pila,…), habría tenido abono para sus plantas, un cauce limpio y un derrumbe menos de qué preocuparse.

Y cierro con la recomendación de dos lecturas cortas de otras mamás bloggeras que sin querer coinciden un poco con lo que acabo de mencionar: Boicot a Nestlé (al que me uno totalmente) y De “madres vaca” y periodistas fatuas. Cada vez me convenzo más de que nuestras pequeñas acciones o palabras sí pueden cambiar algo… cuando menos nuestro mundo. Quedo debiendo noticias de nuestros avances en Simple Living… pero ya habrá espacio para ellas. [Añado un cartoon de Nani (que salió en la prensa hace como veinte días y se ve mejor aquí) que habla por sí mismo.]

19 octubre 2010 at 04:52 8 comentarios

¿Cambia la lactancia después del primer año de edad? [2]

Continuamos nuestra entrada de ayer con la segunda parte prometida. Llegamos a los doce meses… y a un total de seis dientes. Cumplido el año los ensayos (ahora picarones) de mordiscos regresaron y, con ellos, los cambios adoptados para mantener la lactancia, sus beneficios y nuestra tranquilidad.

Foto: Bebés y más

El balance de nuestros cambios para mantener viva nuestra lactancia es bueno: ya no hay dientecitos afilados clavándose en mi pecho, el apetito de Irene por los alimentos complementarios crece considerablemente y las noches (que antes tenían unos 3, 4 o 5 despertares, cada tres horas) han mejorado muchísimo: ahora tenemos una chiquita que se despierta menos (una o dos veces en la noche, con lapsos de 6 horas o más) y que sólo toma teta a oscuras antes de caer en los brazos de Morfeo. En el día, sí, tenemos unas seis tomas de leche, antes de las siestas y de las comidas, además de unas cinco comidas cada vez más parecidas a las de papá y mamá. ¿Qué cambiamos y cómo lo hicimos? Empiezo a contar.

Mordiscos

Se presentaron inicialmente después de que asomaron narices los primeros dientes de la peque, creo que de una manera involuntaria y casi refleja, pues ella misma no era del todo consciente de qué función tenían los amigos del Ratón Pérez. Un no serio y explicado (estoy convencida de que los niños sí entienden lo que les dicen, sin importar su edad), seguido de un llantito asustado, fue suficiente para evitar dolores y continuar tranquilos nuestra lactancia. Alrededor del primer año, sin embargo, los dientecitos ya estaban bien identificados en su cabeza y se multiplicaban gradualmente en su boca: nuevos mordiscos picarones y poca atención al no adolorido de mamá volvieron a llegar.

Medidas

Concluimos que más que rechazo al pecho sus mordiscos eran una manera de distraerse y jugar. Decidimos entonces  no darle teta cuando ello ocurriera, manteniendo nuestro deseo de que Irene siga tomando lechita el tiempo que quiera (ojalá hasta los dos años) y protegiendo al mismo tiempo a mamá.

Aclaro, sin embargo, que interrumpir la toma de leche tras el mordisco nunca fue una manera de castigo (nuevamente le hablábamos sobre lo que ocurría y sobre el por qué lo hacíamos); era más bien una interpretación que creímos lógica de lo sucedido: si muerdes no tienes hambre, si juegas (ojitos picarones antes y después del mordisco -lento, medido- mirando a mamá), quieres jugar.

La consecuencia final fue que condensamos las tomas de leche de nuestra pequeña, omitiendo algunos aperitivos (no aquellos que calman caídas, por ejemplo, que más que aperitivos son protección, amor y consuelo) y dejando espacios más amplios para jugar. Irene, por supuesto, puede estar jugando horas eternas sin hacer ningún gesto de hambre (bueno, a veces viene gateando hasta mí y me coge el pecho, con una tosecita particular que significa en irinense “quiero lechita de mamá”). Cuando eso ocurre y veo que han pasado unas tres horas sin leche, le pregunto si quiere lechita. La respuesta suele ser el gesto que acabo de describir entre paréntesis, con o sin gateada, y, siempre, la tosecita característica. Le damos leche sin mordiscos. 😉 [Felicidad.]

¿Se pueden evitar los mordiscos sin dejar la teta?

Foto: Madres en la red

En nuestro caso fue posible, creo que por la dinámica bastante recurrente que tenemos. Nuestra vida tiene cada vez rutinas más establecidas, que se han ido creando a la par de la pequeña, siguiendo más sus necesidades que la nuestra. Obviamente esto no significa que hayamos esperado a que ella las definiera -creo que no hubiera sido posible, sobre todo cuando era pequeña-. Más bien significa que continuamos nuestra vida en casa más o menos como venía (con rutinas comunes, como dormir en la noche y hacer seis comidas en el día: desayuno, merienda, almuerzo, merienda y cena), haciendo cambios y ajustándola cada vez que sentíamos que ella lo necesitaba o pedía.

Por ejemplo, siempre nos hemos sentado juntos a la mesa (c0n ella en su cochecito, acompañándonos, cuando era muy pequeña), lo que creo que ha sido definitivo para que Irene se sienta atraída por los alimentos y para que participe activamente (pidiendo, cogiendo, explorando, probando y comiendo) en las comidas. Es más, cada vez me inclino más por la hipótesis de que si un niño ve a sus padres comer (y más si él mismo hace parte del suceso), querrá hacer lo mismo, al mismo tiempo. No gratuitamente se dice que muchas de las cosas que hacen los niños las aprenden por imitación. Irene, al menos, además de comer y pedir de todo lo que ve en la mesa, quiere peinarse sola, caminar a nuestro lado, salir a la calle y lavarse los dientes.

Distracciones y juegos

No me alargaré mucho en este apartado porque creo que ya quedó un poco resuelto con lo que escribí hace un rato. Sólo quiero agregar que a medida que Irene crece se hace más necesario mantener un espacio especial para la lactancia, alejado de ruidos y juegos. En nuestro caso, además, contamos con “herramientas” especiales para la tarea (un cojín de lactancia, una mecedora), que aunque no usamos siempre -no dejamos de darle lechita cuando estamos fuera de casa 😉 – nos ayudan a “ambientar” más el momento y a contextualizar. Una vez ella está satisfecha, se suelta e intenta bajarse solita de la mecedora. El mensaje, sin duda, es: “cambio de actividad”.

Cambio en las rutinas de sueño

Foto del Concurso de Fotografía del Grupo Nodrissa. 2003. Premi Coselleria de Sanitat: Millor Foto. Mónica Reneses. Albacete.

En nuestro caso, el cambio más significativo, quizás, son las rutinas de sueño de Irene. Hasta hace unas tres semanas, nuestra pequeña se dormía siempre pegada al pecho. Desde hace unos dos meses, sin embargo, durante sus despertares Irene tardaba muy poco en volverse a dormir, con lo que sus tomas nocturnas eran casi nulas. Había leído con frecuencia que intentar dormirla de otro modo (meciéndola, cantándole, etcétera) podía ayudar a que durmiera por lapsos más largos, pero los intentos habían sido efectivos sólo en algunas ocasiones. Decidí volver a intentar, con la premisa de que si veía que ella no estaba cómoda con ello y pedía pecho, volveríamos a tomarlo.

Vino la sorpresa: la primera vez, mi niña estaba descuadrada, intentaba pasar de una posición vertical a una horizontal (habitual en su toma). Protestaba un poco, sin llorar. Pasado un par de minutos, como si fuera lo más lógico, se recostó en mi hombro. Cinco minutos más tarde dormía plácidamente. Cinco minutos más, la acostábamos en su cunita sin riesgo de que abriera los ojos. Los lapsos de sueño, inmediatamente, empezaron a cambiar: de tres horas pasó a dormir en un solo tiro unas 5, 6 y hasta 7 horas. El resultado, por supuesto, fueron menos despertares.

Las circunstancias se mantienen iguales hasta ahora. La única diferencia, paradójicamente, es que yo me siento más cansada cuando se despierta y, aunque tarda lo mismo que con el pecho para dormirse (entre 5 y 10 minutos), mi cuerpo se queja más. Creo que los paseos por el cuarto, cargándola mientras se relaja, sumados a sus 9 kilos de peso, maltratan un poco mis rodillas. Pero no importa. Ella está tranquila. Y yo, ahora, duermo un poco más.

Nuestras recomendaciones

  • Dejar que el bebé marque los ritmos, aprendiendo a leer sus señales y a seguir, también, el instinto de mamá.
  • No dar nada por hecho ni definitivo: el ser humano es cambiante.
  • Permitir que el bebé, aunque adaptable, encuentre su manera de hacer las cosas (que seguramente no será la única y, como todo, variará, variará y variará ;)).
  • Mantener espacios que propicien silencio y tranquilidad a la hora de amamantar.
  • Establecer rutinas para las comidas (y si se puede, para dormir, pasear, jugar) que se ajusten al bebé y al hogar.
  • Compartir tiempo en familia: creo que los chiquitos quieren hacer las mismas cosas que queires los rodean. Por eso, sin duda, siempre querrán jugar con ustedes… y dormir y comer y explorar.

[Quedo debiendo (y lo enuncio para que no se me olvide) un par de textos sobre nuestras metas futuras y logros actuales de “Menos cosas, más felicidad”, además de otro sobre la introducción de derivados de la leche -exitosa y paulatina- y de otros alimentos como el pescado, los cítricos y el huevo, que recomiendan darle al bebé después del primer año. Ah, y un feliz trecemeses el jueves próximo. Crecen rápido, ¿ahh! Gracias a todos por sus comentarios. Y por seguir visitando esta casita. Un abrazo y un beso fuertes.]

4 septiembre 2010 at 11:40 3 comentarios

¿Cambia la lactancia después del primer año de edad? [1]

Recientemente Irene cumplió doce meses y, como queríamos, sigue tomando lechita de mamá. Nuestra historia de lactancia, no obstante, ha sufrido cambios -gratos- que nos han permitido adaptarnos a las transformaciones de la peque, cada vez más despierta, activa e inquieta. La introducción de otros alimentos a partir de los seis meses se ha incrementado, ampliando su apetito sin medrar sus tomas de leche. Estas, sin embargo, han cambiado: ahora Irene hace unas 6 o 7 tomas largas (pero rápidas) durante el día, dejando a un lado las tomas nocturnas y los aperitivos y logrando concentración a la hora de amamantar. Seguramente nuestros cambios no son comunes a todos los niños, pero nos han ayudado a mejorar sus noches y a superar mordiscos y distracciones. Y, aunque no se corresponde totalmente con el título, iniciamos una primera parte de esta historia hablando sobre los cambios en la lactancia después de los seis meses, para dejar para la próxima entrega los detalles de lo ocurrido después de los doce meses de edad.

Y comienzo repitiendo lo que he dicho otras veces: cada niño es un universo al igual que lo son cada mamá y papá. Quizás, lo que nos sucede a nosotros no le ocurra a todos. Nuestra historia no pretende, por tanto, ser un modelo único para ninguna familia. Si a alguien puede servirle nuestra experiencia, maravilloso; y si alguien puede enriquecerla contándonos la suya propia, nos gusta mucho más. 😉

¿Cuáles han sido nuestros principales (y más recientes) cambios?

Básicamente han cambiado las frecuencias en las tomas de leche y los espacios en los que desarrollamos la misma, pues el ansia de explorar y conocer de nuestra chiquita -sumada al incremento de otra variedad de alimentos en sus comidas- exigen concentración y tranquilidad.

Estos cambios, sin embargo, no han sido los únicos, pues a pesar de que un mes después de introducir alimentos complementarios a la dieta de Irene escribimos un post diciendo lo  poco que cambiaba esto nuestra lactancia; unos meses después, al acercarnos al año, sí empezamos a concentrar las tomas de leche de la pequeña, todos los días más deseosa de comer todo lo que estaba servido en la mesa de sus papás.

Las edades de la lactancia

No sé si el término es propicio, pero en la última revisión de la peque, el pediatra nos dijo que Irene se ha convertido en una lactante mayor al cumplir doce meses. Antes de esta fecha, los peques son primeros lactantes (hasta los 28 días) y lactantes menores (de los 28 días a los 12 meses de edad). La diferencia con las edades anteriores, según entiendo, radica en el desarrollo físico y emocional del pequeño: de tomar otros alimentos como complemento de la leche materna, el lactante mayor pasa (supongo que no al cumplir un año exactamente, sino alrededor de esta edad, según su propio ritmo y desarrollo físico) a comer cada vez más como el resto de la familia.

La leche materna, sin embargo, sigue siendo una fuente importante de nutrientes y energía (además de defensas, amor y caricias) después del primer año, pero no se basta por sí misma. Se recomienda continuar dándola hasta los dos años (al menos), pues ayuda a tener una mejor salud en el presente y el futuro de los pequeños. Además, amamantar también es bueno para las madres, pues protege contra la obesidad, reduce el riesgo de padecer enfermedades como el cáncer de mamá y de útero, además de prevenir la aparición de otras patologías como la osteoporosis y la artritis reumatoide en las mamás.

Lactante mayor y lactancia prolongada

Foto del Concurso de Fotografía del Grupo Nodrissa. 2005. Autor: Raquel Ochoa Sánchez. (Premio del Ayuntamiento de Ondara)

Hace algunos meses publicamos un artículo muy interesante sobre los beneficios de la lactancia prolongada. En él se planteaba que el término se usaba para bebés que continuaban tomando leche materna después de los doce meses de edad. Traigo nuevamente a colación el texto (entre otras cosas, para que puedan leerlo quienes estén interesados en conocer estas maravillosas ventajas) porque si bien puede hablarse de una lactancia prolongada a partir del año, creo que quizás sería más preciso hacerlo después de que el bebé ha cumplido los dos años de edad.

Esta posición, aclaro, es un poco personal y arbitraria: la palabra “prolongada” me da la idea de algo que se va más allá del tiempo habitual… y me digo: ¿Si la misma Organización Mundial de la Salud recomienda lactar hasta los dos años (al menos) por qué se habla de “prolongar” la lactancia después de los doce meses si lo deseable es que se mantenga también -normalmente- los doce meses siguientes? Supongo que será porque no muchas madres lo saben o lo hacen… Y es una lástima, porque lactar es un regalo y un placer tanto para ellos como para las mamás.

Ahora sí, nuestros cambios: de los seis a los doce meses

Al iniciar la alimentación complementaria de Irene, nuestra chiquita pareció interesarse un poco menos en su lechita, especialmente después de introducir en su dieta algunas  papillas. Confieso que me estresé un poco, pues notaba que su acercamiento a otros alimentos era más exploratorio que nutritivo (era imposible que su cuerpecito se mantuviera en buena forma con los bocados que apenas alcanzaba a probar). Estuve atenta a sus caquitas y descubrí que más que poco interés en la leche materna, Irene estaba acostumbrándose al cambio que esos nuevos alimentos suponían para su aparato digestivo: deposiciones más densas, menos frecuentes y, a veces, duras. Insistimos entonces con la lactancia, reduciendo la ingesta de sopitas y coladas (nuestra opción primera era el Baby-Led Weaning, pero su habilidad cogiendo los alimentos nos hizo dudar). Logramos así que el cambio fuera paulatino y que el efecto laxante de la leche evitará atascos digestivos. Pasados un par de meses, cuando su cuerpo se había acostumbrado un poco más a la nueva dieta y a los pujos requeridos para eliminar sus heces, incrementamos las porciones, retomamos las sopitas y mantuvimos el suministro de trozos de alimentos (verduras y frutas, principalmente) para saciar su apetito y su curiosidad. Paralelamente, su interés por la leche volvió a ser el mismo de otros días para felicidad de todos.

Superado este impasse, aparecieron -con los nuevos dientes- los mordiscos: un no serio y rotundo sirvió de aclaración de que teta y dientecitos no eran amigos… La claridad, no obstante duró hasta hace poco cuando, al cumplir su primer año, Irene empezó a morder mi pecho de nuevo, con cara picarona al principio y al final.

[Esta entrada ya se hizo larga. Suspendo temporalmente. En la segunda parte les contaremos cómo logramos superar el ataque dental y cómo los cambios nos han ayudado a evitarlos, además de mejorar, incluso, el sueño de Irene y el sueño de sus papás.]

😉


2 septiembre 2010 at 08:45 3 comentarios


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