Posts tagged ‘slow’

La velocidad de los niños 2

Me siento escribiendo una saga, pero para tranquilidad de todos (incluida yo misma) espero que no llegue a ser nunca el caso. Lo cierto es que debo hacer justicia y hoy, un poco más de un mes después de la primera entrada relacionada con la velocidad de los niños (inspirada en buena parte por las dificultades que teníamos con Irene al comer), quiero compartir lo que parece haber sido una especie de fórmula mágica en nuestra casita, no infalible, por supuesto, pero sí acertada. Creo que gracias a ella Irene parece empezar a entender un poco más el tiempo… y los ritmos. 😉

La persistencia de la memoria” (o los relojes blandos), de Salvador Dalí (1931).

Y aunque suene a chiste, empiezo veloz (no sea que la pequeña se levante antes y yo tenga que dejar esto en puntos suspensivos).

Recapitulo rápidamente -jejjeje, me siento la antítesis de Despacio, la Fundación amiga de la que hablé en la entrada anterior-: Irene anda a otro ritmo, más libre de horarios y de limitaciones semejantes a las que relataba Cortázar en las instrucciones (y su preámbulo) para dar cuerda al reloj -que se encuentra, por cierto, en su Historias de cronopios y de famas.

Y aunque eso suene ideal racionalmente emocionalmente y yo misma extrañe, anhele y hasta intente vivir así, nuestro mundo occidental no se inventó el reloj de la nada y los horarios existen cuando menos para ir a una cita médica o una clase de ballet o bla, bla, bla. En mi corazón sigo abogando por intentar inscribirnos en los ritmos de los chiquitos, pero sentarse a diario 2 horas (tres veces al día) con tu pequeña en la mesa mientras esperas a que termine su comida puede resultar frustrante. Así que como lo habrán hecho en otros momentos algunos padres, busqué posibles armonías (no gratuitamente, un término musical) y, voilà, encontré una que parece funcionar en nuestro hogar.

Una amiga me dijo que una psicóloga le había recomendado explicarle a su hija (de ahora casi 5 años) con toda la naturalidad del mundo que cada cosa tiene su tiempo. En la práctica esto se concreta al decirle al chiquito al llegar a la mesa: “corazón, tienes 20 -cada uno calculará lo propio- minutos para comer. Si no terminas en ese tiempo, levantaré el plato de la mesa”. El tono, por supuesto, no es ni de amenaza ni de estrés ni de regaño, ni de nada. Es simplemente la afirmación de que hay un espacio y un tiempo para comer y que una vez pase habrá un espacio y un tiempo para algo más. La primera vez, por supuesto, Irene padeció no poder terminar su media-mañana (onces para los bogotanos, merienda para los demás) y me pidió que se la dejara (llantos) y etcétera. Era casi la hora del almuerzo así que le dije con besos y abrazos que ya había pasado el tiempo y que justamente por eso no se lo podía volver a dar; que pronto nos sentaríamos a almorzar, que sabía que ella me entendía y que yo me había equivocado antes al no saberle explicar a qué me refería cuando le decía que debía comer más pronto su comida. No dramaticé el asunto y lo reduje (o intenté hacerlo) a la instancia de un hecho: intenté explicarle en la práctica qué son los horarios y por qué tantas mañanas antes de salir a su clase de ballet terminábamos diciendo que íbamos a llegar tarde. Que no quería que eso volviera a ocurrirnos y que para ello había decidido avisarle cuánto tiempo teníamos para cada una de nuestras comidas, que de algún modo me había equivocado al no haberlo hecho antes. Quería que disfrutara su comida pero también todo lo demás.

No suena ideal, pero funcionó a rajatabla. Bueno, lo de rajatabla es relativo, por supuesto, porque nunca estoy mirando el reloj en realidad ni estoy pretendiendo que ella coma al mismo ritmo de nosotros, pero sí es un hecho que ese anuncio de tiempo hace que ella tome conciencia de que hay un ritmo particular que debemos seguir y que el anuncio, seguido de oraciones como “voy a comer como Angelina” (su bailarina ideal, que come cucharadas grandes y continuas para mantenerse fuerte), ha armonizado en todos los sentidos nuestras comidas: Irene come de un modo más consciente y nosotros podemos disfrutar de nuestros platos sin los consabidos “apúrate” de antes. Todos estamos más tranquilos y ella nunca más ha visto que su plato se aleje con comida de la mesa (excepto porque ella pida que así sea. Ya decía Carlos González que no hay que pelear con los niños por la comida -ni por nada ;)). Parece competitivo (inevitablemente más de una vez alguien le ha dicho “te voy a ganar”), pero creo que a la larga ha sido una manera amorosa -radical, en principio- de intentar enseñarle que el tiempo existe. Luego veremos cómo logramos que no se esclavice a su idea y que mantenga, junto a sus ritmos, libertad.

Yo siempre he pensado -y cierro con este inciso- que la inteligencia emocional ideal debe incluir un apartado que nos permita vivir en el mundo en relativa paz aunque a veces pensemos de un modo que parece estar en contravía de los demás (bueno, de la mayoría). Ser consciente del tiempo no implica ser su esclavo, sino saber que está allá y que será necesario recordarlo para algunas cosas de modo que sea posible, justamente, pararse enfrente suyo y vivir sin la idea de que se va a acabar. Pausarlo… aunque sea “imaginariamente” (Otra de las ventajas de no tener a Irene aún en escolarizada y de no tener de salir corriendo a trabajar).

Sé que ese mundo ideal no lo puede vivir casi nadie, pero ya es mucho cuento que pensemos o intemos acercanos a él, ¿verdad?

Y aunque parezca contradictorio, dejo aquí a mi gurú primero:

PD. No estaba perdida ni me había ido de parranda, anque sí debo historias de la bailarina de la casa. A ver si esta modorra cibernética se acaba. 😉

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12 diciembre 2012 at 08:13 1 comentario

La velocidad de los niños

O el tiempo. No sé. Lo cierto es que hasta hace muy poco he logrado concretar algo que puede ser obvio para muchos: que los tiempos y la velocidad de papá y mamá son muy distintos a los de los niños y que cuando nosotros decimos rápido, el chiquito entiende algo distinto. No es tozudez, no es rebeldía, no son ganas de jorobar la vida. Es un asunto semántico y vital. Nada más. Así que la próxima vez que sienta que empieza a perder la paciencia porque su chiquito no reacciona al ritmo que usted espera, respire profundo y recuerde que él tardó40 semanas en formarse en su pancita… y luego más de un año en empezar a caminar y unos seis meses o más en probar alimentos “sólidos”. ¿Sigo con la lista? 😉

De hecho, esta “revelación” sobre la velocidad de los niños me ha dado espacio para darme cuenta también de por qué a nosotros nos cambia tanto la vida ser papás: llevó más de una semana con ella en la cabeza, pero eso que yo llamo modorra cibernética y que bien podría entenderse como una niña de tres años que quiere-estar-con-mamá-todo-el-tiempo-a-su-lado sin darle tiempo para respirar y mucho menos para sentarse a escribir entradas en su blog, se ha impuesto hasta hoy.

Y, por supuesto, como suele ocurrir cuando se tiene una idea dando vueltas en la cabeza, llegaron un par de pensamientos más que se unieron a ella y que ampliaron su forma. Las anexo para que cada quien se haga su propia idea:

  • La primera es una columna muy interesante y recomendada sobre la paradoja de la velocidad, escrita por el esposo de otro mamá bloguera (a quien extrañamos infinitamente, por cierto). Él dirige una organización llamada Despacio que intenta concretar en la vida cotidiana muchas de las ideas de lo que se ha denominado el movimiento Slow. Del tema ya hemos hablado acá, pero de las conclusiones actuales quizás no. Para simplificar voy a decir que la columna plantea desde una perspectiva un poco más relacionada con la movilidad el abismo semántico que hay entre la velocidad de los niños y la velocidad de los papás. Así diría (pegándome a la misma fábula usada en su texto por el señor Pardo) que mientras los niños son la tortuga, nosotros somos la liebre que intenta cocinar, comer, arreglar la casa, trabajar, pensar, comprar mercado, producir grandes ideas, hacer estupendos proyectos (un disfraz, un menú nuevo, un libro, etc, etc, etc)… todo mientras la feliz tortuga avanza sonriente por la vida disfrutando el camino (y sus días, por supuesto). ¿Quién, carajos, se inventó los horarios? Realmente tardarse una hora en comer la cena no debería ser problemático, sobre todo si lo que implica es un tiempo en familia, conversado (evítese el “come rápido que debo ___”) y gozado hasta (literalmente) la saciedad.
  • La segunda, una oración que encontré casualmente hoy en Familia Libre, sin otra referencia que la de su autora, pero que bien entra dentro de esta sarta de cosas que hoy incluyo acá. Dice: “El embarazo es básicamente un tiempo de espera. Mientras el niño activamente crece, necesita que la madre tranquilamente se detenga” (Laura Gutman).

En síntesis, quería compartir una obviedad que suele pasarnos de largo y que, cuando aparece, solemos reducir a una idea de “lentitud” asociada a los niños, satanizada y padecida diariamente por sus papás. Yo, particularmente, estoy harta de pasarme los minutos de mis comidas diciéndole a Irene que si no termina pronto se va a quedar solita (recordé que había vivido la misma escena millones de veces en sentido opuesto cuando estaba pequeña y era yo quien se tardaba horas enteras en la mesa). He decidido, en su lugar, intentar adaptarme al ritmo de la pequeña o encontrar no sé qué alternativas de “movilidad” que nos ayuden a conciliar un poco las diferencias. Es increíble cómo algo tan simple puede terminar -si lo dejamos- por arruinarnos un poco el rato… y mucho más si pensamos que al final del cuento la liebre es la que pierde la carrera…

(…) Se entretiene con cualquier cosa,
menos con la apuesta. Al final, cuando ve
que la otra tocaba casi la meta,
parte como una flecha; pero los impulsos hechos
fueron vanos: la tortuga llegó de primera.

¿Alguna idea, algún consejo? Creo que todos deberíamos vivir en el tiempo de los niños, o en su velocidad. Ojalá logré superarme a mí misma para hacerlo 😉

Un abrazo.

8 noviembre 2012 at 05:33 7 comentarios

“Rápido, rápido”

Realmente a medida que crecen los pequeños los ritmos van cambiando para todos en el hogar. La sorpresa, sin embargo, me la he llevado en estos últimos días de mi propia boca al darme cuenta que esa pequeña independencia de mi chiquita me ha llevado a concentrarme en cosas que antes había dejado un lado (mi escritura, mi lectura, mi trabajo), apresurando y restando tiempo “de mamá”. Creo que es natural que los ritmos cambien, ¿pero vale la pena insertarse e insertar a los pequeños en esa lógica occidental que pide que todo se haga YA?

El reloj parado a las siete

El reloj parado a las siete“. Imagen de nadia_the_witch.

Creo que la respuesta es simple: NO. Sin prerrogativas ni ataques. Creo que no tiene sentido impregnar la vida de los chiquitos (ni la nuestra) con un molesto tic-tac… sobre todo cuando ese “acelere” permanente se traduce en hacer sin disfrutar. Por supuesto, pienso que es natural que los ritmos cambien y que los padres, una vez que los chiquitos son un poco más autónomos en el hogar -comiendo solos, vistiéndose (casi) solos, jugando (algunas veces) solos, yendo (o intentando hacerlo) al baño solos, etc., etc., etc…-, retomemos un poco nuestra individualidad, pero claramente pienso que no es un buen principio de la vida (ni de los niños, ni de los padres ni de la familia) ese cabalgar en montaña rusa para hacer más.

¿Por qué?

En primer lugar, por lo mismo que he valorado y deseado la vida simple, es decir, porque pienso que la vida sólo puede valorarse a partir del goce, del asombro, de la observación detenida (de ella y de nosotros mismos), de las pocas cosas o experiencias (escogidas), del “menos cosas, más felicidad”. Y en segundo lugar porque el “rápido, rápido” que le imprimos a nuestras acciones casi siempre termina por aguar la experiencias, pues nos vuelve intolerantes, preocupados, inseguros, aburridos, bla, bla, bla.

Pongo ejemplos: son las 7:30 a.m. y a las 9 tenemos clase de baile. Debemos salir de casa a las 8:30 para llegar a tiempo. Aún falta desayunar, bañarnos, peinarnos… ¿Cuáles son los efectos? Molestias, presiones (incluso amenazas: “si no desayunas rápido, no vamos a tu clase”), discusiones y, quizás, hasta accidentes (no digamos de coche, por andar corriendo, que no los queremos, pero sí de leche derramada en la ropa, del olvido en casa del móvil,…) ¿Vale la pena? Si se supone que bailábamos para gozar… La mismo historia se podría contar para salir al colegio (un motivo más para no escolarizar antes de los 6 o 7 años), para ir al trabajo, para ir a un cumpleaños…

“Paren el mundo que me quiero bajar”

Quizás la solución no está en parar todo, que a fin de cuentas la vida sigue y no podemos excluirnos de ella porque eso sería también no disfrutar. Pero sí es posible pensar y conectar un poco más con nosotros mismos, escucharnos (como si fuera desde fuera) y sentirnos cuando vivimos a esos ritmos. Para mí ha sido realmente revelador darme cuenta del malestar que crece dentro de mí cuando estoy repiendo mecánicamente el “rápido, rápido” antes dicho: por más que mi chiquita se apresure, sus movimientos no son tan precisos como los de un adulto (pero eso no lo sabe mi cerebro que oye la orden de acelere y ante su decepción dispara adrenalina que da gusto).

Resolver el problema, sin embargo, no debería ser tan difícil, sobre todo si logramos sensibilizarnos. ¿A cuenta de qué tiene que vivir un chiquito acelerado? Propongo acciones precisas:

  1. Respirar tranquilos (parece vano, pero es el único principio posible para bajar el ritmo: si nos concentramos en la manera cómo respiramos, nos daremos cuenta de que con esa atención nosotros mismos podemos aquietarnos).
  2. Permitirnos observarlos y observarnos (ojo: no mirarnos: OBSERVARNOS).
  3. Cancelar citas.
  4. Quitarnos el reloj de la muñeca y de la cabeza.
  5. No escolarizar a nuestros chiquitos antes de los 6 años: bienvenidos abuelos y familia.
  6. Apagar el ordenador, el móvil, las tablets y todo lo que se inmiscuya en nuestro tiempo de ocio (de manera invasiva).
  7. Caminar por un parque verde cada tanto.
  8. Cambiar nuestras rutinas de desplazamiento por medios menos rápidos: pies, bicicletas, trenes lentos… Si vivimos en un mundo que se mueve más despacio, sin duda nosotros también nos desaceleramos.
  9. Cocinar en casa y no olvidar esta maxima: la comida preparada es “previamente” degustada. Los restaurantes no tienen que satanizarse, pero es mejor si no son de centro comercial ni comida rápida.
  10. Lo que usted quiera… a fin de cuentas, ¿no cree que vale la pena?

Podría agregar sembrar una huerta en casa (para prolongar el disfrute de cocinar e inscribirnos en el lento pero sorprendente ritmo natural), pero eso lo dejo para mi lista slow personal. Lo cierto, es que mientras escribo todo esto, recuerdo a aquella pareja maravillosa, soñadora e inspiradora, que encontró la manera de detener su vida por 40 días con el patrocinio de la marca de su colchón.

Sé que las razones que han acelerado nuestros ritmos en estos últimas días son importantes, sé que muchos dirán que no pueden darse el lujo de no trabajar, sé también que no es fácil, pero estoy segura de que nosotros somos los únicos que podemos cambiar los ritmos y establecer espacios de ocio tangibles, lentos, disfrutables. La vida me regaló una hija para observarme. Ahora yo debo dejar que ella me observe, me disfrute, me enseñe y me cambie. No es una tarea difícil y tiene infinitas recompensas. La próxima vez que diga “rápido, rápido” recordaré sus preguntas sabias: “¿para qué estás corriendo, mamá?”

26 abril 2012 at 07:04 2 comentarios

Encamados: 40 días para ir más lento, vivir, pensar y disfrutar

Y ojalá fueran más de 40… toda la vida debería vivirse a un ritmo lento, natural. Algunos dirán que los días también tienen allegros y movimientos rápidos y no lo niego, pero sí creo que aceleramos nuestra vida más de la cuenta. Por eso me he sentido encantada (y encamada) con la propuesta de esta pareja madrileñaencamada por un mundo slow. Vivir la vida a otro ritmo es posible, ¿no?

Camy e Iván se han tirado 40 días en su cama para disfrutar y reivindicar el derecho a vivir una vida pausada. Cada día, con el auspicio de una marca de colchones -qué más da- que ya había hecho un video precioso sobre el parto en casa), tienen invitados en su casa (bueno, en su cama), con los que comparten experiencias y maneras que apunten a ese ritmo slow. Tienen un blog (interesantísimo) sobre sus viviencias, un portal precioso donde pueden encontrar los videos (también pueden verse en Youtube) sobre todos los encuentros que han tenido hasta el momento y una invitación abierta (y siempre válida) para andar más despacio y disfrutar un poco más de nuestras vidas. Queda una semana para echarnos a la cama para charlar con ellos. Por lo pronto, dejo una de esas conversadas, deliciosas, sobre el parto respetado y la maternidad.
(Ah, y el link sorpresa (porque ha sido todo un regalo) me lo encontré en Bebés y más.)

26 abril 2011 at 07:11 4 comentarios


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