Posts tagged ‘rabietas’

¿Los terribles dos?

Contrario a lo que vaticina la mala fama de los dos años, Irene nos sorprende cada día con muestras de comprensión, madurez y autonomía. No sé si sean producto de su cartácter, de nuestros ritmos, de la atención que recibe, de la disciplina (sin golpes) que impartimos, o si sean llanamente un asunto de la edad. Lo cierto es que las rabietas o pataletas y los “yo quiero o no quiero” pronunciados con rebeldía van dando paso a oraciones quizás igualmente autónomas, pero cada vez más dulces y conciliadoras. ¿Será que los terribles dos no son tan temibles o que aún están por llegar?

Nuestra chiquita apenas cumplió sus dos años hace una semana, pero las típicas caracterizaciones de independencia, autonomía, frustracción y “pataletas” (con tirada al piso y todo, momentánea) aparecieron desde los dieciocho meses más o menos… para dar paso a una chiquita más tranquila, más madura, más comprensiva y más conciliadora a estas fechas. Y aclaro que eso no significa que Irene sea una niña dócil y calladita -lejos está: significa que ese temperamento autónomo y determinado que la caracteriza se explaya también en comprensión, dulzura y tranquilidad. Es más, quizás las palabras no sean precisas, pero lo que sí puedo asegurar es que nuestra hija parece adaptarse cada día, más feliz y más tranquila, a los ritmos de este hogar.

Los cambios

Las sentadas a comer, por ejemplo, ahora son menos dramáticas (pasábamos desde hace algunos meses por períodos de “corro alrededor de la mesa porque no me quiero sentar”. Ahora casi siempre Irene nos acompaña en su silla tranquila, después de un “no quiero” juguetón que se transforma en un “con el papá y con la mamá” amoroso que accede a comer con nosotros). Del mismo modo, hay menos protestas y gritos foribundos cuando oye un “no” como respuesta (igual, por supuesto, hay cosas que no le gustan, pero concilia más rápidamente… y, sobre todo, ahora atiende más razones, sin tirarse al piso “desmayada” como ocurría hasta hace apenas un par de semanas). También hay menos drama a la hora de salir del agua (que le encanta) cuando termina el baño y mucho menos al volver a casa después de jugar.

Es cierto que nuestra chiquita nunca ha sido dramática, pero también lo es que en los meses previos a que cumpliera los dos años, empezábamos a ver muestras de “no comprendo” o “entiendo pero prefiero esto”. Del mismo modo, tuvimos algunos baches de inapetencia, acompañados incluso de un amplio menú puesto sobre la mesa para ver qué quería  comer. Pasamos por dudas con respecto a la manera de aplicar la disciplina con amor y sin golpes (con intentos de “tiempos fuera”) y por sospechas -positivas- sobre la ayuda que podía brindarnos simplificar la vida (y especialmente la paternidad  -vuelvo a recomendar el libro de Simplicity Parenting… y si no, el club de lectura de Rachel sobre el libro (¡con resúmenes por capítulo), que pueden encontrar acá).

¿Qué puede ayudarnos a que no sean terribles los dos o los tres años?

No cantamos victoria -en cualquier caso entendemos que esa “rebeldía” de los dos y los tres años hacen parte de un proceso de maduración natural-, pero sí creemos que hay comportamientos y costumbres que pueden ayudar a que ese descubrimiento del yo y sus limitaciones sea menos complejo en los pequeños (y más amable para los papás).

En nuestro caso, creo que ha sido relevante el desarrollo del lenguaje de Irene. Sé que todos los niños lo llevan de manera diferente, pero siento que a estas alturas nuestra hija se expresa con bastante claridad, lo que facilita la expresión de sus emociones, de sus deseos y de sus “no estoy de acuerdo” (a veces se equivoca en las conjuugaciones, sigue hablando con mucha frecuencia en tercera persona cuando se refiere a ella y aún complementa muchas de sus oraciones con gestos -como muñeca, mano, para decir: “dame esa muñeca, papá”-, pero avanza y se expresa e insiste cuando ve que no le entendemos. Ahora, siento, es una niña que habla y quiere se le entienda. Y nosotros unos papás derretidos que queremos “charlar” con ella más y más).

También considero importante el eterno hablar y explicar. En casa le hemos hablado a Irene desde que estaba en la pancita (una razón, quizás, para que ella no pare de hablar y de verbalizar todo lo que hace -“me siento”, “casi me cae”, “la niña no quiere”, “vamos a la calle”, “quiero ir al parque”, “me voy a bañar”, “hace popo”, “se salió el chichí”, “los muñecos ya comieron”, “susto no” (ahora intenta, claramente, superar sus miedos solita, dándose tranquilidad) y un largo etcétera-) y eso se mantiene, con explicaciones que a más de uno le pueden parecer excesivas. Hubo un tiempo, no muy largo, en que parecía que le hablábamos a las paredes porque Irene en medio de sus llantos de protesta no lograba ni quería oír explicaciones. Hoy eso pasa algunas veces, pero cada vez menos. La explicación sumada a una clara (ahora más férrea) figura de autoridad en el papá y la mamá ayuda a que ella esté dispuesta a entender lo que tratamos de explicar.

Y ahí viene el otro punto que considero relevante: la disciplina de papá y mamá. No ha sido fácil encontrar el punto de equilibrio, pero siento que nos estamos acercando. Seguimos claros y firmes en que no se aprende con golpes, pero también nos inclinamos cada vez más a reconocer que tampoco se puede caer en la permisividad. Un tono de voz quizás más serio y definitivo (no gritos) y una reducción de alternativas nos han ayudado a ello. Y también los tiempos fuera: esos que aplicamos muy pocas veces (incluso con dudas), pero que han resultado definitivos para que Irene entienda ciertas limitaciones. Ahora, la claridad, las explicaciones y el amor nos ayudan un poco más en la “negociación” que implica educar y aprender por partida doble.

Recomiendo, en definitiva, la búsqueda de ritmos y de lenguajes conjuntos que extiendan puentes entre papás e hijos.  Las palabras nunca sobran, más si están llenas de amor y buena voluntad. También la búsqueda de lecturas diferentes sobre muchos de los dramas posibles entre chicos y adultos (sigo recordando con admiración y gusto esta historia de Armando y las piedritas atrapadas en las zapatillas de su pequeño). Ah, y los tiempos compartidos (esos en los que nos relajamos grandes y pequeños) son utilísimos. Finalmente, creo que ese cambio mágico que llega de la mano con la ma-paternidad es sólo el comienzo de un sin fin de años maravillosos… con todo y contrariedad. 😉

PD: Dejo como ilustración de este video la recreación de los “terribles dos” que hicieron, en su momento, los productores de una serie infantil de dinosaurios. Sé que puede recordarle más de un dolor de cabeza a algunos padres, pero también termina siendo relajante saber que hasta en los “muñecos” -como les dice Irene- se da esa transición (más terrible que en la realidad, sin duda. Jjajaj). La fuente, otra vez, es Bebés y más.

PD: Queda pendiente nuestro resumen de la celebración de los dos de la pequeña… que aún no se materializa: será este fin de semana en nuestro hogar. Por lo pronto, sí, hubo torta y canción y velita en casita con papá y mamá. 🙂

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15 agosto 2011 at 08:38 6 comentarios

Las rabietas: ¿naturales o aprendidas? (y algunas herramientas para saber qué hacer)

Anticipo que en este texto no hay respuestas definitivas para la pregunta de nuestro título, pero sí algo de sentido común y experiencia que pueden ayudar. Desde hace un par de meses, Irene empezó a incrementar llantos y gritos y, aunque cada vez siento que es menos angustiante “lidiar” con ellos, los mismos han ido evolucionando a caídas repentinas en el piso, primero sentada y después acostada, algunas veces -incluso- con pataleo al final. Esas pequeñas rabietas, por supuesto, suelen ser consecuencia del cansancio o la frustración y pasan velozmente con la aplicación de algunas estrategias simples que se fundamentan -sobre todo- en la comprensión. Es posible que en el futuro se haga más difícil hacerles frente, pero mientras eso llega, aquí van nuestras reflexiones y algunas herramientas para sobrevivir a ellas.

Y empiezo por un intento de respuesta al título: creo que las rabietas son la forma que tienen los chiquitos (sobre todo cuando no hablan) de expresar su incomodidad. Esto supone, por supuesto, que son naturales (Irene, por ejemplo, no ha visto a nadie hacerlas, pero ya va desmadejándose en el piso cuando siente alguna contrariedad). Es posible que puedan volverse recurrentes si nos cogen por sorpresa o no logramos lidiar con ellas, pues las molestias del chiquitín persistirán y es posible, incluso, que lleguen a ser aprendidas cuando el chiquito las encuentra como un recurso rápido para obtener atención y cambios. La diferencia, creo, puede estar en la manera como reaccionemos.

Nuestras rabietas

Duran por mucho 30 segundos (la casi indiferencia de los padres suele ser una buena aliada, más cuando va acompañada de palabras -pocas- amorosas que dicen, de un modo u otro, “desahógate tranquila”). Los psicólogos denominan esta técnica como “extinción” (retirar la atención usual que recibe el niño cuando tiene una rabieta) y recomiendan seguirla, una vez se supera el episodio de enfado, con una reafirmación de la atención. Eso, en castellano, significa que no debes reforzar la rabieta con atención (o con una rabieta adulta: gritos, golpes, etcétera) y que una vez ésta pasa, podemos hablar con el niño sobre ella, diciéndole que sabemos que se siente molesto por algo (o que está cansado o lo que corresponda), pero que no entendemos lo que quiere ni podemos ayudarlo cuando está así.

Ahora, continuando con las nuestras, no son constantes pero sí se presentan matemáticamente cuando Irene no ha hecho su siesta, cuando se ha pasado la hora de irse a la cama, cuando ha tenido un día de más actividad y está cansada, cuando le limitamos algo que quiera hacer, cuando no hacemos algo que quiere y otras circunstancias que cada mamá y papá, sin duda, se imaginará. Según la documentación que he revisado, las rabietas son comportamientos normales, propios de un pequeñito inmaduro que no sabe cómo manejar sus enfados (apenas comienza a tenerlos, pues sólo después del año se entiende como un ser independiente de su madre) ni sabe cómo expresar lo que siente (en el caso de los niños pequeños, porque aún no tienen un dominio del lenguaje para hacerlo).

¿Qué hacer?

Según los especialistas, es muy importante aprender a reaccionar adecuadamente, pues si no lo hacemos podemos reforzar (en lugar de erradicar) el comportamiento. Personalmente pienso que aún en los casos en los que la primera rabieta (no me gusta la palabra, pero la uso para facilitar la explicación del tema) nos haya cogido por sorpresa y nos haya hecho perder la paciencia, la capacidad de comprensión, aprendizaje y amor de los niños es tan grande que podrán readaptarse. Lo importante, en cualquier caso, es ser capaces de entender las particularidades de nuestro pequeño y de actuar en consecuencia, con amor, comprensión y paciencia.

En resumen, se debe:

  • Evitar reaccionar del  mismo modo: no golpes, no gritos, no “rabietas” de mayor.
  • Mantenerse calmado y alejarse (no del niño) de la situación: leer una revista, arreglar una planta, sentarse a mirar el paisaje. La idea no es ignorar al niño (en el sentido literal del término) sino permitirle expresar sus emociones y darle a entender que de ese modo no comprendemos qué es lo que quiere en particular. Al no involucrarnos como actores de la rabieta, obligamos -dicen los expertos- al niño a salir de ella.
  • Cambiar el tema o el foco de atención del pequeño, superando de este modo lo que le molesta. Yo suelo preguntar, por ejemplo, con voz de sorpresa, dónde están los gatos, qué pasó con algo que dejamos en otro sitio, proponer un cambio de actividades (de manera sugestiva) o algo por el estilo.
  • Ser sensibles con su molestia, sin intensificarla: cantarles (consejo de Karina ;))  resulta efectivísimo, hacer caras chistosas, imitar sonidos de animales, hacerles cosquillas o reacciones similares y desprevenidas (e inesperadas para el peque) le ayudan al niño a relajarse y ver que no estamos molestos con ellos y que podemos cambiar con sonrisas un mal momento.
  • Ser consistente: reaccionar siempre del mismo modo, sin importar la razón de la rabieta. Una vez se supera, le podemos ayudar al niño en lo que necesita: si está cansado podemos ayudarlo a dormir, si está aburrido podemos cambiar de actividad (incluso de espacio: a nosotros nos encanta salir con ella fuera a caminar y jugar), si está molesto o confundido podemos hablar con él para ayudarlo a entender -de acuerdo con su edad- lo que sucede, si está triste lo podemos consentir…
  • No debemos sentirnos avergonzados por las rabietas de nuestros chiquitos: son comportamientos naturales y necesarios para su crecimiento que todos los niños, en un momento u otro, aprenden a experimentar. Agrego, además, que con esas herramientas las rabietas suelen durar muy poco. Y si no es así, igual en cualquier momento terminarán.

Recomendados

En la red hay varios recursos sobre el tema que pueden ser de gran utilidad. Recomiendo particularmente algunos que adjunto en este mensaje que explican de un modo simple y práctico qué son los rabietas y cómo las podemos enfrentar. Ojalá nos sirvan los consejos… y no tengamos muchas más. 😉

PD: No sé a ustedes pero a mí me angustiaba pensar que el angelito que había tenido durante varios meses se había convertido en un diablito de carácter incontrolable. Ahora creo que no es cierto, que todos los niños pasan por ello y que el carácter de los chiquitos se ve desde muy temprano… apesar de que siga definiéndose más claramente en el camino. 😉

21 enero 2011 at 08:53 10 comentarios

“Este niño está muy consentido”

No sé si esta frase lapidaria sea igual en todos lados. Debe tener variantes del tipo “ese niño es muy mimado”,  “es un niño caprichoso” o cosas por el estilo. Es más, si somos puristas y nos vamos al Diccionario de la Academia, sería más correcto (en el sentido lingüístico solamente -del vivencial discutimos en un rato-) decir lo segundo porque consentido, según el DRAE, es el marido que “sufre la infidelidad de su mujer”.  Pero se diga una cosa u otra, el sentido con el que se suele pensar o decir la sentencia ésta apunta casi siempre a un reproche o duda sobre el exceso de cuidados, contemplaciones o mimos que se le dan a un niño. Y suele asociarse con malcrianza. ¿Qué hay de cierto y cómo saber cuándo hay exceso? Aventuro una opinión.


Obra de Javier Soto.

Comienzo por decir que hasta aquí nadie distinto a mi amorcito me lo ha dicho. Y aclaro que cuando el padre de la criatura lo ha enunciado ha sido más en tono de inquietud, justo después de un episodio de llanto o de “rabieta” (léase frustración porque considero que Irene es una niña paciente en general) de la pequeña.

Las dudas, por supuesto, han llegado porque somos hijos de una generación a la que se le negó en parte el afecto y a la que se le sugirió (por no sé qué circunstancias absurdas de la vida) que era mejor pecar por omisión que por exceso. Eso, desde una perspectiva económica deprimida que nació después de dos guerras mundiales podría hasta tener sentido, pero no desde una mirada emocional. Lo triste (y horroroso) es que sí se inventaron teorías de este tipo que sugirieron que los afectos debían medirse para evitar en casa a un “tirano” chiquito. Ejemplos lamentables son la famosísima Supernanny (o Nanny 911), don Estivill y el método de un supuesto médico de principios del siglo XX llamado Truby King, una especie de tortura emocional para recién nacidos comentada en Bebés y más (con réplicas posteriores que la tildan de máquina de la infelicidad, aquí y acá).

El caso es que creo que todos los padres nos hemos preguntado más de una vez si estamos malcriando a nuestro chiquito, sin tener clara la diferencia entre mimo y disciplina y pensando (muchas veces por comentarios precedidos de la frase lapidaria del título o sus similares) que quizás deberíamos ser menos afectuosos, condescendientes y más estrictos. La respuesta definitiva no la tengo, para lamento de quien quiera encontrar fórmulas mágicas en este texto, pero sí cuento con una corta experiencia que ha sido feliz tanto para Irene como para nosotros. La adobo con una recomendación inconclusa de un texto que encontré por casualidad en la última Feria del Libro de mi ciudad, titulado Disciplina con amor (no es éste -que está digitalizado en parte, por eso lo incluyo- pero va en la misma línea. Para quienes quieran saber un poco más del tema, recomiendo también el artículo incluido acá). Y preciso dos cosas: que digo inconclusa porque no he terminado de leerlo, pero hasta donde voy me parece que tiene puntos valiosos que pueden ayudar a aclarar esta discusión; y que no doy toda la referencia porque no lo tengo a mano, pues se lo presté a una madre amiga con una chiquita un poco mayor. [Update: dedicándole unos minutos más a la búsqueda, dejo ahora sí la referencia del libro que tengo en parte leído: Disciplina con amor. Cómo pueden los niños adquirir control, autoestima y habilidades para solucionar problemas, de Jane Nelsen, publicado por Planeta. También ha sido publicado como Disciplina positiva (un poco más acorde con su título original) y puede encontrarse digitalizado en buena parte acá.]

Empatía y respeto

Las fórmulas centrales del asunto son esas dos: la “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro” -DRAE- (para el caso, el niño) y el respeto elemental que merece cualquier ser humano, tenga un mes de vida, tres años, treinta o setenta y cinco. Su aplicación supone, por supuesto, la conciencia de que existen límites y de que entenderlos y asumirlos no tiene porque traducirse en golpes, gritos, comparaciones, subestimaciones o desconocimiento de un posible error.

En casa esto ha supuesto un aprendizaje y un ejercicio continuo de paciencia y conciencia: comprender que a una chiquita que apenas se estrena en el mundo le cuesta más entender -la autora del libro dice también que interpretar- que hay ciertas cosas que no se pueden hacer (como balancearse de pie en una silla o tirarse de cabeza por una escalera) y asumir que se pueden explicar razones y consecuencias con amor. Los “no porque lo digo yo” o cosas por el estilo deben remplazarse por oraciones un poco más extensas y cargadas de sentido, que a lo mejor no tienen porque estar plenas de lógica y argumentos (que cuando puedan darse no vienen mal), pero que sí pueden, al menos, dejar un sabor más grato en la boca de quien los dice y quien los recibe. Un “puede ser peligroso para ti aunque ahora no lo entiendas” o un “confía en mí” dichos con amor pueden ser más relajantes que un grito (que puede ser producto de la angustia… no creo que ningún papá quiera ni malatratar ni hacer daño a su hijo).

No puede ser malo amar

Con esto, resumo, pretendo decir que nunca nos sentimos seguros de estar haciendo o no lo correcto con nuestros hijos, que son posibles muchas críticas, que en más de una ocasión podemos pensar (por mitos absurdos heredados del pasado) que apapachamos, acariciamos y llevamos en brazos más de lo debido. Y, también, que personalmente creo que mimar a un pequeño no tiene porque significar ni malcriarlo ni amarlo en exceso. De hecho, creo que es imposible lo segundo. En su lugar, apunto que el “no dejarle llorar” me parecía mucho más fácil de ejecutar al principio, cuando Irene era una chiquita que necesitaba fundamentalmente suplir necesidades básicas (alimento, temperatura, seguridad, sueño, tranquilidad, entre otros), pero que ahora entiendo que hay ocasiones en las que esto significa más bien no provocar llantos innecesarios y entender que todos necesitamos en ocasiones expresar nuestra inconformidad o incomprensión ante ciertas cosas, con lo que llorar puede ser una manera de desahogarnos antes de reestablecer nuestro mundo.

Irene grita y llora a veces, pero siento que ya sé cuándo su llanto es por calor, hambre o sueño y cuándo es por un “quiero que me dejes hacer esto”. En los primeros casos, vale un abrazo y una atención de inmediato; en los segundos vale la disciplina con amor, es decir, la empatía y el respeto: un mirar con detenimiento las cosas y actuar en consecuencia. ¿Quiere jugar con un libro? Y, digo, si no es un incunable, ¿por qué no? Muchas de las cosas que pensamos que no pueden hacer los niños, sólo requieren de dirección (buenas enseñanzas he tenido de parte de ella con el comer solita, caminar, pasar páginas delicadamente, encender el radio y un largo etcétera. Claro que se corre el riesgo de que algo se dañe o se ensucie, pero si va a experimentar con nosotros a nuestro lado, explicándole cómo hacerlo, el riesgo, sin duda, es menor -y el aprendizaje y la autonomía y la seguridad y confianza que ganen, quizás, sea mucho mayor). Otras, como querer lanzarse de cabeza por la escalera, sólo requieren de cuidados y explicación. Creo que en eso se fundamenta la disciplina con amor (y que ningún niño criado de este modo será el mimado o consentido o caprichoso que sugiere la introducción).

😉

Por cierto, en los casos en los que el llanto se debe a aburrimiento o frustación me funciona, y mucho, dejar que mi chiquita exprese su enojo y sentarme en frente suyo para tomar un poco de aire cuando siento que yo misma necesito un poquito de paz interior. La efervescencia de los llantos o las pérdidas de paciencia (como le decía a otra madre hace poco) casi desaparecieron desde entonces. Karina decía que les cantaba mientras tanto… ¿alguna otra recomendación?

(Dejo, además, un video casi cómico e ilustrativo de lo que a veces ocurre con los chiquitos. En ocasiones, el tema es sólo de atención:

Lo encontré en esta página sobre Disciplina con amor)

[Y a propósito: sobre la imagen que ilustra esta entrada, tomada de Contraindicaciones, una web sobre “Política, arte contemporáneo, amarillismo, proselitismo, demagogia”, se dice lo siguiente:

“Niño Mimado”

El radical crítico cultural Anton LaVey, en su escrito ” La Guerra Invisible ” hablaba de una guerra en marcha, no solo de fusiles y bombas “ahí afuera” (o “aquí al lado” podríamos añadir), sino también, y no menos importante, en la mentes: “Las refriegas tiene lugar en nuestra propia mente. Cuanto menos consciente es uno de la guerra invisible, más receptivo es al continuo proceso de desmoralización, pues el humano insensible es vulnerable, débil y está maduro para el control (…) Las vías de infección están en todas partes. Las “bombas” están cayendo a nuestra puerta todos los días. Los periódicos, la radio, la televisión… todos son catecismos de la desmoralización””. Lucy Lippard propondría a LaVey una fórmula de resistencia volviendo a clamar, cincuenta años después de que lo hiciera Rivera, por la rehabilitación de la propaganda: “la buena propaganda” es lo que debería ser el arte; una provocación, un nuevo modo de ver y pensar sobre lo que pasa a nuestro alrededor.

¿Interesante, no?]

Cómo Pueden Los Niños Adquirir Control, Autoestima Y Habilidades Para Solucionar Problemas

15 diciembre 2010 at 08:16 15 comentarios

A propósito del llanto del bebé

Después de nuestra última entrada, debo unas palabras de justicia a nuestra pequeña. Y otras de agradecimiento a todos ustedes por sus consejos, su aliento y su experiencia. Dejaremos fluir este momento y esperaremos pacientemente. Estoy segura de que éste no será el primer episodio lacrimoso, pero también sé que no será eterno y que a su lado habrá muchísimas sonrisas y carcajadas para recordar.

Creo que hay atenuantes importantes asociados a nuestra cotidianidad que pueden alterar la vida de Irene y, con ello, hacerla más sensible e irritable. Las enumero en lista-resumen veloz, sólo para completar un poco lo que escrito por ustedes y nosotros en el post anterior.

Lo primero: además de las muelas que están saliendo (que sin duda son molestas: la chiquita con frecuencia se muerde un dedo… o, mejor, la desplaza por sus encías traseras como si de un cepillo se tratara), Irene tiene alterado el sueño. O mejor dicho, no está haciendo con regularidad sus siestas y eso, estoy convencida, la hace llorar. Cuando no duerme en el día a las horas habituales (9 a.m. y 2 de la tarde), protesta, se pone un tanto frenética y no soporta ninguna contrariedad. A veces, ella misma se niega a dormirse (le cuesta relajarse), pero una vez lo consigue es el angelito cantarín que conocemos… con episodios de protesta de vez en cuando, mas no un llanto continuo y alegón.

Lo segundo: el episodio de fiebre terminó en Urgencias por preocupación de los papás (más de la mamá y lo confieso). Nuestra hija esperó pacientemente, encerrada, seis horas, mientras la atendían, la chuzaban, le ponían una sonda para tomar muestras de orina… Nosotros, por nuestra parte, pasamos todo el tiempo a su lado, la cargamos, recorrimos pasillos, le hablamos… Creo que el episodio entero (sumado al malestar posible de la fiebre de los dos días anteriores) vale como ruptura molesta de la rutina por un par de días más. 🙂 (Pobrecita. Finalmente no salió nada malo en los exámenes, lo que nos tranquilizó porque teníamos la duda de si había sangre o no en su orina: por lo visto era sólo un flujito de un cambio hormonal).

Y para cerrar: los días y las tardes se han vuelto lluviosos en esta época del año. Se han reducido, por lo tanto, nuestras salidas habituales al parque (hay días y casi semanas en las que sólo lo vemos desde la ventana), que son una alternativa maravillosa para relajarse, quemar un poco de energía condensada (la chiquita corre, habla, salta) y cambiar de actividad. Quizás, incluso, yo misma estoy un poco más gris (como el cielo) y estresada. Ella tiene entonces motivos para estarlo un poco.

La disculpo en parte y sigo echándome bendiciones para que este episodio de protestas sea sólo temporal. Ah, y añado a todas las posibilidades y consejos enunciados por ustedes las palabras de mi amiga casi hermana médica: los niños definen su carácter alrededor de los 19 y los 26 meses. Eso, sumado a la escasez de palabaras, los torna irritables. Además, por esa misma época, aunque no socialicen sí les gusta estar con otros chiquitos o tener actividades más fuertes. Irene pasa la mayor parte del tiempo con nosotros… no más. Su círculo es muy cerrado (un par de personas más en su rutina, por mucho) y nuestro círculo familiar es, a excepción del abuelo, poco presente. Creo que también nos hace falta la tribu de la que habla Laura Gutman. Y que adicionar actividades con otros pequeños que se muevan, hablen y salten como ella le puede ayudar a controlar sus emociones (o expresarlas de otro modo) un poco más. ¿Consecuencia? Hoy mismo iremos a la hora del cuento a la biblioteca y trataremos de hacerlo cada semana. Así que como se hace un poco tarde, me despido. Ya les contaré cómo nos va.

Saluditos. 😉

PD: Nos disfrazamos de chinita y disfrutamos con los animales zanahorias y teteros dulces. ¡Una delicia! Irene, como buena amante de los bichos, gozó una cantidad.

6 noviembre 2010 at 09:16 7 comentarios


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