Posts tagged ‘disciplina con amor’

¿Entiende pero no comprende?

Estoy completamente convencida de que Irene, a sus 22 meses -y desde siempre-, entiende todo: lo que le decimos, lo que oye, lo que siente. Este fin de semana, sin embargo, su obstinación por hacer algunas cosas (subir escaleras sola, en particular) me hizo dudar. Sé que con su edad, su deseo de autonomía crece, sé que es posible que entienda todo lo que le decimos sin lograr dimensionar las motivaciones o las consecuencias probables de ciertas cosas, pero cuando lo digo: confía en mamá y en papá, ¿nos comprende?

Imagen tomada de Limoblog.

Aclaro, antes de empezar, que esa fijación de ideas en su cabeza se hace cada vez más frecuente, pero también que no es difícil “lidiar” con ellas en nuestra cotidianidad. La rutina de nuestra vida (me levanto, desayuno, me baño, me visto, voy al parque, juego, duermo la siesta, bla, bla, bla) nos ayuda a que esos pequeños momentos de protesta se negocien más fácilmente. Y no sé si eso pasa porque ya ella sabe qué puede esperar y acepta de un modo menos dramático nuestras decisiones o porque nosotros cedemos parcialmente a algunos de sus deseos, sobre la base de que ya tenemos medidos sus riesgos.

Con las escaleras, no obstante las cosas son distintas (y son sólo un ejemplo): no las tenemos en casa y no hacen parte de nuestra cotidianidad. Quizás por eso para Irene siempre han significado un juego: las ve y sólo quiere subir y bajar. Y ya se ha caído en ellas (por fortuna sin mayores consecuencias) por lo que pensaba que la lógica de causa-efecto podía entrar a operar. Pero no: ella insiste después de un traspiés en subir y bajar (y me gusta pensar que no le coge miedo a las cosas) y cada vez insiste más en hacerlo sola atentando, de alguna manera, contra su seguridad.

Hemos intentado que comprenda que hay un riesgo, que subir y bajar escaleras no es un juego, que ellas cumplen una función puntual (nos llevan de A a B y las tomamos cuando necesitamos trasladarnos) y que cuando le decimos que no lo haga sola o que cambiemos de actividad, lo hacemos porque no queremos que se haga daño y porque queremos hacer algo más. Pero ella persiste, teniendo como consecuencia o el consabido traspiés o la molestia y el cansancio de sus papás.

¿Qué hacer?

Hasta ahora hemos hecho algo que aunque ha funcionado no termina de gustarme: cuando se pone en riesgo a pesar de nuestras advertencias la llevamos a su cuna y aplicamos una especie de tiempo fuera. Ella, por supuesto, protesta, protesta y protesta y pide que la limitación se acabe ya. Lo hacemos tras algunos minutos, sin mucho éxito en el ejercicio de “explicar”. Recuerdo entonces, y mucho, la explicación y defensa que hacía sobre los tiempos fuera Náhuatl y recuerdo mi simpatía con su argumentación sobre ellos, pero me siento “autoritaria” cuando no logro que Irene entienda por qué lo estamos haciendo (y cuando persisto en hacerlo, y la “amenazo” con un “no subas las escaleras sola, es peligroso. (Y tras unos minutos de “te ignoro” de su parte). Si insistes, te llevo a la cuna (mi lógica final ante ella es: la cuna está arriba, si lo que quieres es subir, te llevo allá)”.

¿Resultado? Después de la repetición del asunto, es el único modo en que conseguimos que entienda que hay una restricción con las escaleras y que se abstenga (ante la amenaza -que odio. Grgr-) de ir allá. Quiero y creo en la disciplina con amor, pero con una chiquita tan pequeña, no sé cómo ponerla en práctica en este caso. ¿Alguien tiene algún consejo o experiencia que pueda ayudar? Tomar distacia del “empeño” (alejarnos de las escaleras) o proponer cambios de actividad funciona sólo algunas veces en este caso (sí que funciona en otros), ceder en subir y bajar algunas veces relaja el asunto pero se acerca -y mucho- a la permisividad (más cuando no hay cantidad de subidas y bajadas que satisfagan a esta pequeña) y terminar en la cuna se acerca al autoritarismo (aunque siento que sí es necesaria una figura de autoridad, más desde la confianza y el deber… no sé si me explico adecuadamente). ¿Qué alternativa queda?

O-O

Ah, por cierto, lo de ponerle barreras a las escaleras funciona, sí, pero ¿y si los peldaños -como en este caso- no son nuestros todos los días -ergo, no podemos ponerle barreras por un día o dos, quizás-? Como verán, sigo sin resolver del todo el asunto. Thanks for any help (in advance).

Anuncios

13 junio 2011 at 08:24 14 comentarios

¿Sirve de algo golpear a los chiquitos?

Siempre he pensado que, aunque nos equivoquemos, todas las mamás hacemos por principio lo que creemos mejor para nuestros hijos. Ayer, sin embargo, tuve una experiencia impactante y dolorosa que me hizo dudar al respecto: a la salida de la consulta del pediatra una madre -que después descubrí que era abuela- golpeó a un pequeño que lloraba en la consulta del médico. El niño tendría unos quince meses y se quejaba (cómo no) porque estaba asustado de que le hubieran quitado la ropa y lo hubieran examinado. La señora, por lo visto, no entendía eso: sólo pensaba que el chiquito se portaba mal y era ruidoso. No dije nada (aunque quise), pero me pregunto lo que dice el título y un para qué y por qué hacerlo. Dejo mis pensamientos.

Foto tomada de Bebés y más.

La imagen me impactó tanto como si hubiese presenciado un accidente en una vía pública o hubiera visto venir de la nada, en mi contra, a un agresor. La señora salió de la consulta con el niño lloroso, lo sentó en una silla para ponerle los zapatos y -supongo que porque el niño aún lloraba- le pegó de la nada dos palmadas. Como es de suponer, también le habló bruscamente, lo zarandeó, le hizo gestos toscos para que se callara… y el niño no dejó de llorar sino que, todo lo contrario, gritó más. No sigo dando detalles porque fue doloroso y porque en ese momento yo entré en una especie de shock.

Hacía tanto que no veía un episodio de esos… Y no me había tocado nunca después de ser mamá. Me pareció salido de contexto, anacrónico, irracional. No dije nada por lo que mencioné al comienzo de este texto, pero sentí dolor por el chiquito. Estaba nervioso. Y la abuela, en una actitud contradictoria, lo confundía más: lo golpeó y después lo abrazó para que se calmara… y luego volvió a pegarle porque el niño no se relajaba pronto. En fin. Una espiral absurda. Al final, la madre (jovencísima) salió de consulta y se fueron… No sin que antes el niño me respondiera una sonrisa (que intentaba consolarlo y acariciarlo un poco) con otra. Pensé que no era un niño imposible sino asustado, agredido y cansado. Y lamenté que ni su abuela ni su madre se dieran cuenta de ello.

¿Cuesta tanto ponerse en lugar de los pequeños? Sé que a veces nos sentimos desbordados porque no razonan igual que nosotros (aunque yo creo que sí que razonan, quizás más sensatamente -más espontáneamente- que los adultos, pues no tienen prejuicios ni condicionamientos sociales que presionen su manera de pensar), pero también creo que si somos capaces de controlar nuestra impaciencia (nosotros sí que sabemos cómo hacerlo) nos daremos cuenta de que su malestar es normal y pasajero. Es más, si nosotros estamos tranquilos y, además, nos mostramos comprensivos y amorosos los llantos, las frustraciones, los miedos, los dolores, las impaciencias pasan más pronto. Y no dejan secuelas. Mi espíritu, al menos, se siente más armónico.

No me alargaré en este texto. Creo, como he dicho en otras ocasiones, en alternativas diferentes, que no son ni permisivas ni desatentas de los pequeños. Creo en la disciplina con amor: aquella en la que orientamos sin golpes pero con palabras claras y precisas (sin gritos) que permiten el diálogo y las preguntas. Dejo links relacionados con la crianza sin golpes y con las consecuencias que pueden generar los azotes en un pequeño. Ojalá que a alguien le sirvan. Quizás (lo pensaba ayer) algunos padres y abuelos golpean porque con ellos lo hicieron y nunca han pensado que es posible enseñarle a un niño algo de otro modo. Aquí, cuando menos, nos sentimos felices sin azotes. Y no tenemos una chiquita malcriada ni perdida en sus antojos por eso.

[PD1: Si quieren leer más textos al respecto, pueden darle clic a “Bebés y más“. Ahí dejo los artículos relacionados en su portal con “azotes” como término de búsqueda. 😦

PD2: Ya no recuerdo si contesté o no explícitamente a la pregunta del título. Lo hago: creo que no sirve de nada golpear a los niños… o al menos no sirve para lo que creen la mayoría de los papás: para educar, enseñar, calmar. No. Sirve para lo contrario: para confundir, para alterar y para dañar. Y sí, aunque suene horrible, creo que hace daño (seguramente físico y moral). No creo que sirva para nada bueno golpear.]

Lecturas relacionadas (todas de Bebés y más):
Las consecuencias de los azotes
Es posible criar sin azotes
Los azotes no sirven para nada (I) y (II)
Criar sin azotes: Disciplina con amor
Criar sin azotes: herramientas prácticas
Criar sin azotes: recursos naturales para prevenir
Criar sin azotes: recursos de la red (II)
Criar sin azotes: Comunicación en positivo (I)
Criar sin azotes: Comunicación en positivo (II)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (III)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (IV)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (V)
Criar sin azotes: los especialistas en internet
Criar sin azotes: portales y foros en español
Criar sin azotes: páginas de todo el mundo

23 marzo 2011 at 09:51 11 comentarios

“No, no, no”: ¿se debe insistir (o no) en los “no”?

Irene ha entrado en una etapa en la responde a todas las preguntas con tres “no” (culpa nuestra, un poco en chiste decimos con frecuencia “no, no, no”… he ahí el resultado). El asunto nos ha llamado la atención, no por la cantidad de “no” que usa para una negativa (ya sabemos a qué se deben) sino porque nuestra chiquita ha empezado a negar todo, incluso en aquellos casos en los que sus ojitos brillan con una afirmación. Por qué lo hace, hay fundamentos en las recomendaciones que dan sobre no insistir en las negativas, es posible pensar en una disciplina positiva y qué tan negativos somos con el lenguaje son algunas de las inquietudes que nos asaltan y que traslado a este espacio de discusión.

Fuente de la imagen: Facultad mental

Y empiezo por decir que el carácter negativo del título busca en realidad ser una afirmación. Alguna vez oí decir  que dos “no” eran un “sí”… así que haciendo sumas hipotéticas, nuestro bocado de entrada queda 2-0, ganando el sí. 😉 Ahora, al grano: más de una vez he leído (lamento no tener las fuentes, pero es un tema en el que se habla con frecuencia en textos sobre crianza con apego y disciplina con amor) que no es recomendable usar la palabra “no” con los pequeños. Los motivos, si bien recuerdo, van desde el buscar crear ambientes positivos que propicien el desarrollo de los niños hasta evitar alimentar rabietas y frustracciones (no con permisividad sino con giros del lenguaje que permitan decir “no” sin hacerlo realmente: un reto interesante que bien vale la pena aplicar).

Por supuesto, cuando Irene entró en esta etapa de negación intensa intenté evaluar nuestro comportamiento, preguntándome si insistíamos más de la cuenta en el “no”. La conclusión es sorprendente: sí lo hacemos pero de una manera inconsciente. Creemos en el poder de la disciplina positiva por lo que más que negativas simples (“no porque yo lo digo” o cosas así) tratamos de usar fórmulas explicativas (“no podemos salir ahora al parque porque tenemos que bañarnos primero”, por ejemplo) y amorosas. En resumen, sin darnos cuenta usamos más el “no” que el “sí”. Y no sólo en nuestras conversaciones con Irene: ¿han notado que muchas veces se terminan las preguntas con un “¿no?” o se abusa de un “no sé” o se usa culturalmente un “noooo” largo para expresar sorpresa y un sinfín de fórmulas así? Pues nosotros lo hemos notado y ahora andamos en un ejercicio profundo (y difícil) de utilizar más el sí.

La pretensión final no es eliminar el “no” de nuestras vidas (algunas veces es necesario), sino (wow! ¡un no pegado a un sí para dar ejemplo!) ser conscientes del poder que las palabras tienen en nuestras vidas. Dicen que los niños alrededor de los años entran en una etapa normal de negación, pues

“a través de la negación [el pequeño] da el primer paso hacia la identificación de sí mismo, dándose cuenta de que puede intervenir sobre los acontecimientos, simplemente diciendo no. Además, a través de los continuos “no”, pone a prueba su poder y hasta donde puede llegar, descubriendo los límites de los padres”

Si queremos incentivar actitudes positivas en nuestras vidas, incrementar los “sí” o -al menos- tratar de evitar los “no” es un ejercicio necesario. A la larga, incluso, podemos crecer más como padres y evitar algunas rabietas de los pequeños (producto no de un carácter tirano como algunos creen, si no de un sentimiento de “no entiendo” apenas comprensible en ellos). Así dejo consignado uno de nuestros propósitos para este nuevo año. Dejo algunos ejemplos de un artículo de Bebés y más citado al comienzo de este texto:

Ejemplo 1

Es la hora de comer y Pablito quiere salir a dar un paseo en bicicleta justo cuando está la comida lista y la mesa puesta.

– Mamá, ¿puedo ir a dar un paseo en bicicleta?

– Claro, Pablito, podrás ir en cuanto termines de comer.

En lugar de decir “ahora no, ¿no ves que estamos a punto de comer?”, ofrecemos una solución positiva.

Ejemplo 2

Pablito va felizmente en bici por una calle por la que circulan muchos coches. (Los niños pequeños no son tan conscientes del peligro como los adultos).

En lugar de decir “Pablito, no vayas por la calle porque es peligroso”, podemos optar por “Pablito, es mejor que subas a la acera. En la calle hay muchos coches”.

Así eliminamos el “no” de la frase y ofrecemos una alternativa más segura para el pequeño.

Ejemplo 3

La mamá de Pablito está súper ocupada con las tareas de la casa y Pablito quiere que su madre arme con él su puzzle favorito. En es preciso momento en el que Pablito lo reclama, su madre no puede jugar con él.

– Mamá, me ayudas a armar un puzzle.
– ¡Buena idea, Pablito! Puedes ayudarme tú primero a hacer la colada y cuando hayamos terminado armamos el puzzle que tanto te gusta.

En lugar de decirle “ahora no, estoy muy ocupada”, respuesta que seguramente causaría una reacción negativa en el niño, planteamos una nueva situación a la vez que fomentamos que el pequeño colabore en las tareas del hogar.

¿Algunas ideas más? Coméntenlas. Son bienvenidas, por favor.

😉

14 enero 2011 at 12:53 7 comentarios

“Este niño está muy consentido”

No sé si esta frase lapidaria sea igual en todos lados. Debe tener variantes del tipo “ese niño es muy mimado”,  “es un niño caprichoso” o cosas por el estilo. Es más, si somos puristas y nos vamos al Diccionario de la Academia, sería más correcto (en el sentido lingüístico solamente -del vivencial discutimos en un rato-) decir lo segundo porque consentido, según el DRAE, es el marido que “sufre la infidelidad de su mujer”.  Pero se diga una cosa u otra, el sentido con el que se suele pensar o decir la sentencia ésta apunta casi siempre a un reproche o duda sobre el exceso de cuidados, contemplaciones o mimos que se le dan a un niño. Y suele asociarse con malcrianza. ¿Qué hay de cierto y cómo saber cuándo hay exceso? Aventuro una opinión.


Obra de Javier Soto.

Comienzo por decir que hasta aquí nadie distinto a mi amorcito me lo ha dicho. Y aclaro que cuando el padre de la criatura lo ha enunciado ha sido más en tono de inquietud, justo después de un episodio de llanto o de “rabieta” (léase frustración porque considero que Irene es una niña paciente en general) de la pequeña.

Las dudas, por supuesto, han llegado porque somos hijos de una generación a la que se le negó en parte el afecto y a la que se le sugirió (por no sé qué circunstancias absurdas de la vida) que era mejor pecar por omisión que por exceso. Eso, desde una perspectiva económica deprimida que nació después de dos guerras mundiales podría hasta tener sentido, pero no desde una mirada emocional. Lo triste (y horroroso) es que sí se inventaron teorías de este tipo que sugirieron que los afectos debían medirse para evitar en casa a un “tirano” chiquito. Ejemplos lamentables son la famosísima Supernanny (o Nanny 911), don Estivill y el método de un supuesto médico de principios del siglo XX llamado Truby King, una especie de tortura emocional para recién nacidos comentada en Bebés y más (con réplicas posteriores que la tildan de máquina de la infelicidad, aquí y acá).

El caso es que creo que todos los padres nos hemos preguntado más de una vez si estamos malcriando a nuestro chiquito, sin tener clara la diferencia entre mimo y disciplina y pensando (muchas veces por comentarios precedidos de la frase lapidaria del título o sus similares) que quizás deberíamos ser menos afectuosos, condescendientes y más estrictos. La respuesta definitiva no la tengo, para lamento de quien quiera encontrar fórmulas mágicas en este texto, pero sí cuento con una corta experiencia que ha sido feliz tanto para Irene como para nosotros. La adobo con una recomendación inconclusa de un texto que encontré por casualidad en la última Feria del Libro de mi ciudad, titulado Disciplina con amor (no es éste -que está digitalizado en parte, por eso lo incluyo- pero va en la misma línea. Para quienes quieran saber un poco más del tema, recomiendo también el artículo incluido acá). Y preciso dos cosas: que digo inconclusa porque no he terminado de leerlo, pero hasta donde voy me parece que tiene puntos valiosos que pueden ayudar a aclarar esta discusión; y que no doy toda la referencia porque no lo tengo a mano, pues se lo presté a una madre amiga con una chiquita un poco mayor. [Update: dedicándole unos minutos más a la búsqueda, dejo ahora sí la referencia del libro que tengo en parte leído: Disciplina con amor. Cómo pueden los niños adquirir control, autoestima y habilidades para solucionar problemas, de Jane Nelsen, publicado por Planeta. También ha sido publicado como Disciplina positiva (un poco más acorde con su título original) y puede encontrarse digitalizado en buena parte acá.]

Empatía y respeto

Las fórmulas centrales del asunto son esas dos: la “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro” -DRAE- (para el caso, el niño) y el respeto elemental que merece cualquier ser humano, tenga un mes de vida, tres años, treinta o setenta y cinco. Su aplicación supone, por supuesto, la conciencia de que existen límites y de que entenderlos y asumirlos no tiene porque traducirse en golpes, gritos, comparaciones, subestimaciones o desconocimiento de un posible error.

En casa esto ha supuesto un aprendizaje y un ejercicio continuo de paciencia y conciencia: comprender que a una chiquita que apenas se estrena en el mundo le cuesta más entender -la autora del libro dice también que interpretar- que hay ciertas cosas que no se pueden hacer (como balancearse de pie en una silla o tirarse de cabeza por una escalera) y asumir que se pueden explicar razones y consecuencias con amor. Los “no porque lo digo yo” o cosas por el estilo deben remplazarse por oraciones un poco más extensas y cargadas de sentido, que a lo mejor no tienen porque estar plenas de lógica y argumentos (que cuando puedan darse no vienen mal), pero que sí pueden, al menos, dejar un sabor más grato en la boca de quien los dice y quien los recibe. Un “puede ser peligroso para ti aunque ahora no lo entiendas” o un “confía en mí” dichos con amor pueden ser más relajantes que un grito (que puede ser producto de la angustia… no creo que ningún papá quiera ni malatratar ni hacer daño a su hijo).

No puede ser malo amar

Con esto, resumo, pretendo decir que nunca nos sentimos seguros de estar haciendo o no lo correcto con nuestros hijos, que son posibles muchas críticas, que en más de una ocasión podemos pensar (por mitos absurdos heredados del pasado) que apapachamos, acariciamos y llevamos en brazos más de lo debido. Y, también, que personalmente creo que mimar a un pequeño no tiene porque significar ni malcriarlo ni amarlo en exceso. De hecho, creo que es imposible lo segundo. En su lugar, apunto que el “no dejarle llorar” me parecía mucho más fácil de ejecutar al principio, cuando Irene era una chiquita que necesitaba fundamentalmente suplir necesidades básicas (alimento, temperatura, seguridad, sueño, tranquilidad, entre otros), pero que ahora entiendo que hay ocasiones en las que esto significa más bien no provocar llantos innecesarios y entender que todos necesitamos en ocasiones expresar nuestra inconformidad o incomprensión ante ciertas cosas, con lo que llorar puede ser una manera de desahogarnos antes de reestablecer nuestro mundo.

Irene grita y llora a veces, pero siento que ya sé cuándo su llanto es por calor, hambre o sueño y cuándo es por un “quiero que me dejes hacer esto”. En los primeros casos, vale un abrazo y una atención de inmediato; en los segundos vale la disciplina con amor, es decir, la empatía y el respeto: un mirar con detenimiento las cosas y actuar en consecuencia. ¿Quiere jugar con un libro? Y, digo, si no es un incunable, ¿por qué no? Muchas de las cosas que pensamos que no pueden hacer los niños, sólo requieren de dirección (buenas enseñanzas he tenido de parte de ella con el comer solita, caminar, pasar páginas delicadamente, encender el radio y un largo etcétera. Claro que se corre el riesgo de que algo se dañe o se ensucie, pero si va a experimentar con nosotros a nuestro lado, explicándole cómo hacerlo, el riesgo, sin duda, es menor -y el aprendizaje y la autonomía y la seguridad y confianza que ganen, quizás, sea mucho mayor). Otras, como querer lanzarse de cabeza por la escalera, sólo requieren de cuidados y explicación. Creo que en eso se fundamenta la disciplina con amor (y que ningún niño criado de este modo será el mimado o consentido o caprichoso que sugiere la introducción).

😉

Por cierto, en los casos en los que el llanto se debe a aburrimiento o frustación me funciona, y mucho, dejar que mi chiquita exprese su enojo y sentarme en frente suyo para tomar un poco de aire cuando siento que yo misma necesito un poquito de paz interior. La efervescencia de los llantos o las pérdidas de paciencia (como le decía a otra madre hace poco) casi desaparecieron desde entonces. Karina decía que les cantaba mientras tanto… ¿alguna otra recomendación?

(Dejo, además, un video casi cómico e ilustrativo de lo que a veces ocurre con los chiquitos. En ocasiones, el tema es sólo de atención:

Lo encontré en esta página sobre Disciplina con amor)

[Y a propósito: sobre la imagen que ilustra esta entrada, tomada de Contraindicaciones, una web sobre “Política, arte contemporáneo, amarillismo, proselitismo, demagogia”, se dice lo siguiente:

“Niño Mimado”

El radical crítico cultural Anton LaVey, en su escrito ” La Guerra Invisible ” hablaba de una guerra en marcha, no solo de fusiles y bombas “ahí afuera” (o “aquí al lado” podríamos añadir), sino también, y no menos importante, en la mentes: “Las refriegas tiene lugar en nuestra propia mente. Cuanto menos consciente es uno de la guerra invisible, más receptivo es al continuo proceso de desmoralización, pues el humano insensible es vulnerable, débil y está maduro para el control (…) Las vías de infección están en todas partes. Las “bombas” están cayendo a nuestra puerta todos los días. Los periódicos, la radio, la televisión… todos son catecismos de la desmoralización””. Lucy Lippard propondría a LaVey una fórmula de resistencia volviendo a clamar, cincuenta años después de que lo hiciera Rivera, por la rehabilitación de la propaganda: “la buena propaganda” es lo que debería ser el arte; una provocación, un nuevo modo de ver y pensar sobre lo que pasa a nuestro alrededor.

¿Interesante, no?]

Cómo Pueden Los Niños Adquirir Control, Autoestima Y Habilidades Para Solucionar Problemas

15 diciembre 2010 at 08:16 15 comentarios


De sol a sol

octubre 2017
L M X J V S D
« Ago    
 1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031  

Contenido protegido

NO SE PERMITE USAR NI LAS FOTOS NI LOS VIDEOS DEL BLOG La casita de Irene a no ser con consentimiento expreso y por escrito. Todo el contenido de esta web se encuentra protegido (a no ser que se especifique lo contrario) por una licencia Creative Commons tipo Reconocimiento-No Comercial-Sin Obras Derivadas.

Categorías