Posts tagged ‘vida sencilla’

“Rápido, rápido”

Realmente a medida que crecen los pequeños los ritmos van cambiando para todos en el hogar. La sorpresa, sin embargo, me la he llevado en estos últimos días de mi propia boca al darme cuenta que esa pequeña independencia de mi chiquita me ha llevado a concentrarme en cosas que antes había dejado un lado (mi escritura, mi lectura, mi trabajo), apresurando y restando tiempo “de mamá”. Creo que es natural que los ritmos cambien, ¿pero vale la pena insertarse e insertar a los pequeños en esa lógica occidental que pide que todo se haga YA?

El reloj parado a las siete

El reloj parado a las siete“. Imagen de nadia_the_witch.

Creo que la respuesta es simple: NO. Sin prerrogativas ni ataques. Creo que no tiene sentido impregnar la vida de los chiquitos (ni la nuestra) con un molesto tic-tac… sobre todo cuando ese “acelere” permanente se traduce en hacer sin disfrutar. Por supuesto, pienso que es natural que los ritmos cambien y que los padres, una vez que los chiquitos son un poco más autónomos en el hogar -comiendo solos, vistiéndose (casi) solos, jugando (algunas veces) solos, yendo (o intentando hacerlo) al baño solos, etc., etc., etc…-, retomemos un poco nuestra individualidad, pero claramente pienso que no es un buen principio de la vida (ni de los niños, ni de los padres ni de la familia) ese cabalgar en montaña rusa para hacer más.

¿Por qué?

En primer lugar, por lo mismo que he valorado y deseado la vida simple, es decir, porque pienso que la vida sólo puede valorarse a partir del goce, del asombro, de la observación detenida (de ella y de nosotros mismos), de las pocas cosas o experiencias (escogidas), del “menos cosas, más felicidad”. Y en segundo lugar porque el “rápido, rápido” que le imprimos a nuestras acciones casi siempre termina por aguar la experiencias, pues nos vuelve intolerantes, preocupados, inseguros, aburridos, bla, bla, bla.

Pongo ejemplos: son las 7:30 a.m. y a las 9 tenemos clase de baile. Debemos salir de casa a las 8:30 para llegar a tiempo. Aún falta desayunar, bañarnos, peinarnos… ¿Cuáles son los efectos? Molestias, presiones (incluso amenazas: “si no desayunas rápido, no vamos a tu clase”), discusiones y, quizás, hasta accidentes (no digamos de coche, por andar corriendo, que no los queremos, pero sí de leche derramada en la ropa, del olvido en casa del móvil,…) ¿Vale la pena? Si se supone que bailábamos para gozar… La mismo historia se podría contar para salir al colegio (un motivo más para no escolarizar antes de los 6 o 7 años), para ir al trabajo, para ir a un cumpleaños…

“Paren el mundo que me quiero bajar”

Quizás la solución no está en parar todo, que a fin de cuentas la vida sigue y no podemos excluirnos de ella porque eso sería también no disfrutar. Pero sí es posible pensar y conectar un poco más con nosotros mismos, escucharnos (como si fuera desde fuera) y sentirnos cuando vivimos a esos ritmos. Para mí ha sido realmente revelador darme cuenta del malestar que crece dentro de mí cuando estoy repiendo mecánicamente el “rápido, rápido” antes dicho: por más que mi chiquita se apresure, sus movimientos no son tan precisos como los de un adulto (pero eso no lo sabe mi cerebro que oye la orden de acelere y ante su decepción dispara adrenalina que da gusto).

Resolver el problema, sin embargo, no debería ser tan difícil, sobre todo si logramos sensibilizarnos. ¿A cuenta de qué tiene que vivir un chiquito acelerado? Propongo acciones precisas:

  1. Respirar tranquilos (parece vano, pero es el único principio posible para bajar el ritmo: si nos concentramos en la manera cómo respiramos, nos daremos cuenta de que con esa atención nosotros mismos podemos aquietarnos).
  2. Permitirnos observarlos y observarnos (ojo: no mirarnos: OBSERVARNOS).
  3. Cancelar citas.
  4. Quitarnos el reloj de la muñeca y de la cabeza.
  5. No escolarizar a nuestros chiquitos antes de los 6 años: bienvenidos abuelos y familia.
  6. Apagar el ordenador, el móvil, las tablets y todo lo que se inmiscuya en nuestro tiempo de ocio (de manera invasiva).
  7. Caminar por un parque verde cada tanto.
  8. Cambiar nuestras rutinas de desplazamiento por medios menos rápidos: pies, bicicletas, trenes lentos… Si vivimos en un mundo que se mueve más despacio, sin duda nosotros también nos desaceleramos.
  9. Cocinar en casa y no olvidar esta maxima: la comida preparada es “previamente” degustada. Los restaurantes no tienen que satanizarse, pero es mejor si no son de centro comercial ni comida rápida.
  10. Lo que usted quiera… a fin de cuentas, ¿no cree que vale la pena?

Podría agregar sembrar una huerta en casa (para prolongar el disfrute de cocinar e inscribirnos en el lento pero sorprendente ritmo natural), pero eso lo dejo para mi lista slow personal. Lo cierto, es que mientras escribo todo esto, recuerdo a aquella pareja maravillosa, soñadora e inspiradora, que encontró la manera de detener su vida por 40 días con el patrocinio de la marca de su colchón.

Sé que las razones que han acelerado nuestros ritmos en estos últimas días son importantes, sé que muchos dirán que no pueden darse el lujo de no trabajar, sé también que no es fácil, pero estoy segura de que nosotros somos los únicos que podemos cambiar los ritmos y establecer espacios de ocio tangibles, lentos, disfrutables. La vida me regaló una hija para observarme. Ahora yo debo dejar que ella me observe, me disfrute, me enseñe y me cambie. No es una tarea difícil y tiene infinitas recompensas. La próxima vez que diga “rápido, rápido” recordaré sus preguntas sabias: “¿para qué estás corriendo, mamá?”

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26 abril 2012 at 07:04 2 comentarios

“Trabajar menos y producir de forma inteligente”

Esas son las palabras centrales de un artículo sobre la conferencia “El decrecimiento: ¿una alternativa al capitalismo?”, de Serge Latouche, publicado en El Diario de Navarra. Y aunque la conferencia fue hace casi un año, en Pamplona, España, sus planteamientos no están mandados a recoger.Comparto el texto (que es apenas un abrebocas) y una entrevista con este economista y filósofo francés: creo que nos viene bien pensar en consumir menos justo ahora, cuando con la excusa de la Navidad y los Reyes todo el sistema occidental nos dice “compremos, compremos, compremos”.

Según las mismas palabras de Latouche: “La gente feliz no suele consumir” y es posible (y necesario) vivir con menos. Esto ha dado lugar a un movimiento que se denomina “decrecimiento” y que tiene adeptos en lugares tan variados como Navarra, justamente, en España, y que plantea, entre otras cosas, la necesidad de un replanteamiento de la necesidad de un crecimiento infinito en un mundo finito (lo que, en otras palabras, implica racionalizar nuestra realidad). Desde esta perspectiva, debemos consumir menos, relocalizar nuestro consumo (y aprender a disfrutar y mejorar nuestros entorno inmediato, consumiendo los productos de la zona en la que vivimos y disminuyendo, de esta manera, el absurdo impacto ambiental que supone el consumir -y parcialmente envenenarnos- productos que tienen su origen a miles de kilómetros de nuestro hogar.

Para ilustrar la entrada, dejo -antes de este texto introductorio- dos videos con una entrevista realizada en 2005 a este economista francés, además, por supuesto, del texto prometido. Me encantaría saber qué piensan al respecto. En casa, nuestro intento de vivir una vida simple encaja perfecto en estas propuestas… y creo que después de leer el texto y ver la entrevista (que dura un poco más de 16 minutos) se justifica mucho más. 😉

Serge Latouche: “La gente feliz no suele consumir”
“Propone vivir mejor con menos. Profesor emérito de Economía en la Universidad París-Sud, es una de las voces mundiales del llamado movimiento por el decrecimiento.”

GABRIEL ASENJO.. PAMPLONA. Viernes, 11 de febrero de 2011 – 04:00 h.
“Nacido en Vannes (Francia) hace 70 años, ante un público que le escuchaba sentado hasta en los pasillos de acceso al salón de actos del Colegio Mayor Larraona de Pamplona, subrayaba ayer noche que el actual ritmo de crecimiento económico mundial es tan insostenible como el deterioro y la falta de recursos en el planeta.

“Invitado por el colectivo Dale Vuelta-Bira Beste Aldera, y bajo el título de su conferencia El decrecimiento, ¿una alternativa al capitalismo? , reclamó que la sociedad establezca una autolimitación de su consumo y de la explotación medioambiental. Desde su punto de vista no se trata de plantear una involución sino acoplar la velocidad de gasto de los recursos naturales con su regeneración.

“Especialista en relaciones económicas Norte / Sur, premio europeo Amalfi de sociología y ciencias sociales, su movimiento decrecentista, nacido en los años 70 y extendido en Francia, defiende la sobriedad en la vida y la preservación de los recursos naturales antes de su agotamiento. A su juicio, si el decrecimiento no es controlado “el decrecimiento que ya estamos experimentando” será consecuencia del hundimiento de una forma de capitalismo insostenible, y además será desmesurado y traumático.

“Una bomba semántica. Afirma Serge Latouche que el término decrecimiento es un eslogan, “una bomba semántica provocada para contrarrestar la intoxicación del llamado desarrollo sostenible”, una forma de pensamiento, la sostenibilidad, extendida por el economicismo liberal de los años ochenta, y que propicia pagar por todo, “por ejemplo, en el caso del trigo, obliga a pagar por los excedentes, por su almacenamiento y también hay que pagar por destruir los sobrantes”. “Deberíamos hablar de A-crecimiento”, dijo como una invitación hacia la reflexión sobre nuestro estilo de vida, incluso sobre la exhibición de los superfluo y el enriquecimiento desmesurado.

“Desde su punto de vista “vivimos fagotizados por la economía de la acumulación que conlleva a la frustración y a querer lo que no tenemos y ni necesitamos”, lo cual, afirma, conduce a estados de infelicidad. “Hemos detectado un aumento de suicidios en Francia en niños”, agregó, para aludir más adelante a la concesión por parte de los bancos de créditos al consumo a personas sin sueldo y patrimonio como sucedió en Estados Unidos en el inicio de la crisis económica mundial. Para el profesor Latouche, “la gente feliz no suele consumir”.

“Sus números como economista aseguran que le dan la razón: cada año hay más habitantes en el planeta a la vez que disminuyen los recursos, sin olvidar que consumir significa producir residuos y que el impacto ambiental de un español equivale a 2,2 hectáreas, y que cada año se consumen 15 millones de hectáreas de bosque “esenciales para la vida”. “Y si vivimos a este ritmo es porque África lo permite”, subrayó. Para el profesor Latouche, cual cualquier tipo de escasez, alimentaria o de petróleo, conducirá a la pobreza de la mayoría y al mayor enriquecimiento de las minorías representadas en la grandes compañías petroleras o agroalimentarias.

“Trabajar menos y producir de forma inteligente. Tachado por sus detractores de ingenuo, postuló trabajar menos y repartir el empleo, pero trabajar menos para vivir y cultivar más la vida, insistió. Desde un proyecto que calificó como “ecosocialista”, además de consumir menos, la sociedad debería consumir mejor, para lo cual propuso producir cerca de donde se vive y de forma ecológica para evitar que por cualquier puesto fronterizo entre España y Francia circulen hasta 4.000 camiones a la semana “con tomates de Andalucía cruzándose con tomates holandeses”. Finalizó con una alabanza al estoicismo representado en España por Séneca: “No se obtiene la felicidad si no podemos limitar nuestros deseos y necesidades”.”

(Por cierto, si quieren ver las conferencias del encuentro que dio lugar a este texto, pueden hacerlo en este link. Yo aún no las veo, pero después de esta entrada, me animaré a hacerlo.)

6 diciembre 2011 at 08:13 5 comentarios

Menos cosas, más felicidad: ¿Plástico biodegradable?

En nuestra búsqueda desesperada por encontrar alternativas para sacar nuestra basura a los contenedores terminamos por encontrar que hay varios tipos de plástico y que entre ellos hay uno -usado en bolsas- que se degrada en un periodo no mayor a 24 meses. ¿Será verdad?


Pues parece que sí, que existe una manera de utilizar bolsas plásticas que se descomponen en la tierra… no sé si dejando residuos tóxicos -espero que no, sinceramente-, pero al menos no encapsulando desechos por cientos de años (y representando un riesgo importantísimo para el equilibrio de la naturaleza –casi ni quiero recordar imágenes como la de los albatroces bebés muertos con sus estómagos llenos de plástico en lugar de comida 😦.

Lo cierto es que aún no resolvemos satisfactoriamente el tema: claramente no estamos recibiendo bolsas plásticas en nuestra compra (usamos bolsas de tela reutilizables que nosotros mismos llevamos), pero a la hora de sacar nuestra basura las necesitamos. Parece un ciclo absurdo -y de hecho lo es-, pero necesita una solución práctica y lógica. La primera -aún no puesta en marcha al 100% en nuestra casa (se aceptan tirones de orejas)- es la del compost para los desechos orgánicos. La segunda es la bolsas hechas con papel periódico para otro tipo de desechos (como los de los baños o, incluso, los materiales reciclables -y los no… como las bolsas plásticas en las que viene la leche, los empaques de jamones, quesos y demás. Intento, intento, intento, pero no entiendo por qué cada vez se usan más), pero debo confesar que no ha resultado muy práctico: en cuanto tienen algo de humedad se rompen y coserlas o pegarlas no es confiable del todo.

¿Resultado? Decidí ensayar las bolsas plásticas que prometen degradarse en máximo 24 meses. Sigue siendo un lapso de tiempo enorme (sobre todo porque, dicen, puede generar gases de efecto invernadero), pero suena menos horripilante que el período incalculable de otro tipo de polímeros.

Por cierto, esto del plástico es todo un universo y descubrí que hay que leer con ojos escrutadores su clasificación porque muchos se autodenominan ecológicos porque están hechos con plásticos reutilizados (que bien puede ser un avance, pero no resuelve el problema de su descomposición) y otros son biodegradables pero están hechos igualmente con derivados del petróleo.

Imagen tomada de “Cómo evitar tóxicos en las botellas de plástico”, de Eco13.

Ahora, se supone, investigan la posibilidad de hacer algunos con celulosa -plantas- y otros materiales realmente biodegradables, pero mientras aprendo (y se lo inventan) no he encontrado una mejor solución para el almacenamiento y vertimiento de nuestros desechos. ¿Alguien tiene otra alternativa más amable y repetuosa? Oímos propuestas (¡¡Por favor!!).

PD: Sigo pensando que lo mejor es poder eliminar el plástico totalmente de nuestras vidas (pero no es fácil. ¡Uff!). Al menos el usar bolsas de tela en la nevera, llevar siempre consigo bolsas reutilizables como el ChicoBag o la Ecobag Checa para cargar las compras y reducir el uso de químicos -para el aseo de la casa y el aseo personal– y el incremento de alimentos naturales en lugar de procesados, así como usar pañales de tela en lugar de desechables ayuda muchísimo. Ahora otro reto es no comprar juguetes plásticos -cada vez entiendo más la filosofía Waldorf de tela, madera y algodón para los peques. A ver si nos acercamos un poco más a nuestro sueño.

PD2: Sigo medio aperezada y desconectada del mundo virtual… así que mi propósito de escribir dos entradas semanales -al menos- empieza a tener baches. Intentaré retomar el ritmo, si no lo logro, ya saben, seguimos -aunque no nos veamos virtualmente- acá. Nuestra pequeña está cada día más despierta y habladora… y esos maravillosos sueños alargados durante sus siesta empiezan a menguar. Ah, una buena nueva: tenemos nuevas vecinas y amigas. 😉 Y eso ayuda a que hablemos menos aquí.

3 junio 2011 at 09:03 6 comentarios

Menos cosas, más felicidad: la huerta orgánica un mes después

Estas fotos son de hace una semana, pero valen como muestra de los progresos de la huerta orgánica un mes después de la siembra.

Aparte de las recomendaciones mencionadas entonces, podemos agregar que los cuidados no son tan complejos como se piensa… al menos con una huerta familiar -es decir, pequeña- como la nuestra: riegos de agua períodicos (que en nuestro caso se dan casi todos naturalmente, por el nivel de lluvias del lugar-), control de plagas (que se dan, en buena parte, de manera natural: retirando las malezas con las manos, aprovechando fenómenos espontáneos como la alelopatía -que recomienda sembrar algunas plantas al lado de otras para que puedan protegerse mutuamente-) y riegos semanales con preparados orgánicos (que se indican en el capítulo 5 de este documento -que ya antes habíamos compartido). Ah, y un repaso con abono orgánico (que puede obtenerse de la composta) unos 15 días después de la siembra, acompañado de un ejercicio simple que ayude a que no se compacte la tierra: desmenuzar los gránulos que se encuentren en la superficie sin dañar los germinados que haya en el lugar. También es bueno aporcar (con la misma tierra) algunas partes de las camas -dependiendo de las hortalizas sembradas: las lechugas, en nuestro caso-: ayuda a que las hojas estén más tiernas.

Preparando el próximo terreno -en familia- ;).

Y ya. El progreso varía de acuerdo con las hortalizas sembradas: las acelgas, el cilantro, la yerbabuena y la menta ya dieron algunas hojas para el consumo, y las lechugas comienzan a tomar forma mientras los tubérculos se toman su tiempo para “cuajar”. ¿Los que me parecen más lentos? Hasta aquí las zanahorias, pero hay que abonarles que no sembramos plántulas sino semillas que apenas comienzan a germinar.

La experiencia ha sido linda… entre otras cosas porque tenemos una aprendiz de agricultura muy inquieta.

😉 Y unos papás orgullosos y entusiastas.

Así que, en resumen, estamos felices con nuestra huerta (a pesar incluso de unos pequeños hoyos de granizo que aparecieron en las hojas de las acelgas). Ya les contaremos cómo sigue… y cuándo volvemos a recolectar.

PD: Gracias a todos por sus consejos “dientológicos” que llegaron como respuesta a nuestro S.O.S. anterior ;). Hemos tenido mejores resultados últimamente, con  el método más simple de todos: dejando que la chiquita experimente con nosotros. Ahora, además de lavar sus dientes, nos los lava -al mismo tiempo- a uno de los dos. Reconozco que hay momentos en que intenta cepillarme hasta las amígdalas, pero ya estamos entrenados en mantener ánimo y sonrisas. Resultado: dientes más limpios, cero protestas y muchas sonrisas. 😉

PD2: No comentaré otros blogs esta semana porque andamos de viaje y con internet reducido. En cuanto volvamos a casa actualizamos noticias (y visitas). Besitos y abrazos para todos desde acá.

4 abril 2011 at 03:26 8 comentarios

Menos cosas, más felicidad: La huerta orgánica

Nuestra lista de cosas por hacer empieza a reducirse: este fin de semana hemos sembrado por primera vez una huerta orgánica. El proceso ha sido menos largo de lo que pensábamos, pero creo la reducción de tiempos se debió, en buena parte, a que teníamos a la vuelta de la esquina un experto con todos las herramientas básicas, además de conocimientos y consejos oportunos para ayudarnos. Y aunque nos anticipamos algunos días a la luna menguante, confío en que habrá mucho verde para comer. Aquí va un pequeño resumen de la historia con datos importantes para tener en cuenta. Sigo convencida de que éste es un proyecto hermoso que todos podemos ajustar a nuestras condiciones: si lo hacemos, le daremos una manito invaluable al planeta y a nuestros cuerpos.

Intentaré no alargarme en detalles para no hacer una entrada kilométrica. Estoy segura de que en el futuro, a medida que crezca la huerta y nuestra experiencia, publicaremos información complementaria que sea de utilidad. Del mismo modo, creo que los comentarios que puedan generarse en esta entrada ahondarán en temas que parezcan superficiales. Ah, y no duden revisar los textos publicados anteriormente (en la categoría de Simple Living) relacionados con las huertas (urbanas y rurales): para nosotros ha sido una información relevante. Les recomiendo especialmente el texto sobre la fertilidad de los suelos (precioso) y la composta y el de huertas familiares (sembradas directamente en la tierra -en camas con siembra separada o en cultivos biointensivos– o en terrazas  o balcones -usando macetas u otro tipo de recipientes-). Hechas las aclaraciones, comienzo con nuestra puesta en marcha.

La preparación del terreno

Nuestra huerta está sembrada en una zona rural de la ciudad en la que vivimos, a unos 30 minutos de casa, en un terreno con condiciones climáticas y de suelos propias de una zona tropical. Su temperatura promedio oscila entre los 15 y los 21 grados durante el día y un poco menos durante la noche. Cuenta con buenas precipitaciones de agua (que varían su periodicidad, con épocas más secas o más lluviosas dependiendo de los meses del año) y con muy buena luz natural.

Ahora, si bien era un terreno que no había sido cultivado -al menos en los últimos 15 años-, requirió de una preparación que garantizará la existencia de materia orgánica y, con ello, la calidad y viabilidad de la tierra para la siembra. Éste es un detalle fundamental en la agricultura, pues hace la diferencia entre un suelo vivo (granuloso, negro, rico en bichitos macros y micros y, con ello, en potasio, fósforo y nitrógeno) y un suelo seco (con la tierra apelmazada en capas, sin animales y, usualmente, enriquecido con químicos de manera artificial). Al respecto les recomiendo un par de videos: el documental francés de 2008 Nuestros hijos nos acusarán (Nos enfants nous acusseront) y un video (que vale sobre todo por su audio) sobre la diferencia entre productos químicos y orgánicos (y su incidencia en el suelo). Éste último es de un foro de agricultura orgánica de Univisión. Anexo los dos:

[Youtube=http://www.youtube.com/watch?v=5mWEcVnThcQ]

Ahora, ¿cómo preparamos el terreno? Disponiendo sobre él a lo largo de varios meses el desecho del corte del pasto del área circundante. Para la composta (también llamada compost) se recomienda agregar además desechos de alimentos y estiércol de animales herbívoros (no de perros, gatos o humanos), pues estos aportan otro tipo de nutrientes a la tierra. Si bien éste no fue nuestro caso, la persistencia en la adición del pasto, el movimiento constante de la tierra (que se volteaba cada cierto tiempo para una mejor distribución de la materia orgánica) y la ayuda del agua y el sol completaron la operación. Adicionalmente, se agregaron microorganismos antes de la siembra (en el momento en el que se trabajó la tierra para distribuir los caminos y las camas), siguiendo las indicaciones de nuestro vecino bioagricultor.

Dejo dos videos que ejemplifican cómo puede ser la operación de limpieza y preparación del terreno:

Para detalles complementarios sobre nuestra experiencia, procedo con preguntas y respuestas rápidas:

¿Qué herramientas se utilizaron? Básicamente, pala y azadón. También pueden ser útiles un tenedor gigante (perdón, agricultores, por no saber cómo se llama, creo que es horca), un machete, un rastrillo y una carretilla.

¿Cuál fue el área sembrada? 4.5 por 6.8 metros (para un total de 30.2 metros cuadrados de área). Esto incluye las camas (5 en total, de aproximadamente 3 metros de largo por 80 centímetros o 1 metro de ancho), los caminos entre ellas (necesarios para limpiar, sembrar, regar y recoger la siembra) y una U circundante que sirve para las plantas medicinales y aromáticas (orégano, anís, cidrón, ruda, yerbabuena y perejil), además de otras que hacen las veces de barrera (penca sábila, hinojo -que se deja en maceta, pues sus raíces son muy invasoras- rosa amarilla -medicinal, no la rosa típica de San Valentín- y caléndula). El romero -protector fundamental de la huerta orgánica según nuestro vecino, pues ahuyenta con su olor muchas plagas de la huerta- se sembró en una esquina de cada cama.

¿Qué otros elementos complementarios se utilizaron o tuvieron en cuenta para el terreno? Compramos orillos de árbol en un aserradero cercano, anchos y gruesos, para proteger las camas y evitar el desmoronamiento de la tierra abonada. No fue necesario agregar arena a las camas, pues el terreno lo tenía de antemano (un arroyo de una cuneta cercana la había traído hasta allí), pero se recomienda hacerlo porque evita el exceso de humedad y facilita la filtración del suelo. También usamos troncos para proteger la huerta en el costado de la cuneta cercana, malla para cerrarla (se cerró el lote entero donde se encuentra la huerta) y evitar la visita de animales curiosos, y algunos tubos que nos ayudaran a llevar el agua a la cuneta y evitar arroyos producidos por excesos de aguas lluvias. En el futuro, conseguiremos una caneca que pondremos en el desague de los tejados de la casa para aprovechar el agua lluvia (no clorada) tanto en el riego (no muy necesario por la pluviosidad de la zona) y en la fabricación de riegos preparados y fermentados para combatir de manera orgánica las plagas (les recomiendo, y mucho, este documento. En el capítulo 5 hay varias fórmulas para preparar -sin químicos- este tipo de riegos).

La siembra

Confieso mucho desconocimiento al respecto. Contamos con la ayuda de nuestro vecino y de un campesino amigo, los dos muy curtidos en el tema y buenos consejeros. Utilizamos, en general, plántulas (sembradas y germinadas previamente en almácigas -una instrucción en video de cómo se preparan estas, puede verse aquí-), pues con ello hay más probabilidades de supervivencia de la planta. Estas se ubicaron calculando el área de crecimiento que tendrían (una distancia menor en hortalizas como puerros, cebolla de rama, zanahoria, remolacha y apio, y mayor en otras como brócoli, coliflor, repollo y lechuga), agrupadas según sus especies, conveniencia de vecindad (algunas plantas requieren más nitrógeno que otras, por ejemplo) y tiempo de producción. Para futuras cosechas, sabemos que debemos hacer rotación de cultivos para evitar el empobrecimiento de la tierra (abonaremos también, por supuesto con el producto de nuestra compostera vecina a la huerta). También se puede hacer cultivo intensivo (hay documentos referenciados al principio de esta entrada), pero no fue nuestro caso… está claro que estos son apenas nuestros inicios.

Aspectos que se deben tener en cuenta

La luna (se recomienda sembrar en luna creciente o menguante, no en luna llena ni en luna nueva. Adjunto al final un video -más audio que cualquier cosa- con una explicación al respecto), la combinación de hortalizas (el documento recomendado para los riegos precisa un poco más al respecto), los caminos para trabajar, la recolección del agua (necesaria para humedecer el terreno y hacer los riegos), la composta, los riegos naturales contra las plagas (no químicos, por favor), el desyerbe manual constante. Un consejo interesante, que aún no hemos puesto en práctica, es proteger las áreas no sembradas con restos de corte de plantas (pasta, hojas, etcétera), pues éstas no permitirían que brote maleza al tiempo que abonarían las camas un poco más.

Dejo el video (en dos partes) sobre los cambios de la luna y me despido porque tengo una chiquita que me espera. Finalizo diciendo que ésta es una experiencia maravillosa, pues enseña, da esperanza y nos permite ver en vivo y en directo la generosidad de la tierra. Los frutos, grandes o pequeños, sólo serán un goce más. 😉

23 febrero 2011 at 09:51 12 comentarios

Menos cosas, más felicidad: Simplificar la paternidad

Hace algunas semanas, Adriana, una mamá también bloggera, me recomendó la lectura de Simplicity Parenting, un libro que propone criar niños más tranquilos, felices y seguros usando la lógica de menos es más. Me atrevo a escribir al respecto a partir de nuestra corta pero extraordinaria experiencia, pues los cambios que he visto hasta ahora (sólo con su prólogo) en Irene y nosotros mismos son significativos. Tengo pendiente la tarea de leer el libro, pero creo que es válido plantear algunas reflexiones sobre cómo concentrarnos más en ser que en hacer, y lograr, a partir de ello, menos tensiones y estrés alrededor de los niños y sus papás.

La lógica es simple: todo lo que necesita un niño es la atención y el amor de sus papás. Las posesiones (juguetes, ropa, gadgets,…) y la variedad de actividades que lo rodeen son apenas parte de la escenografía. La historia -es decir, los personajes- son lo único realmente importante. Así, ser se antepone a hacer y experimentar gobierna sobre acumular. Mientras más simplifiquemos las rutinas de nuestros pequeños y disminuyamos los objetos disponibles para ellos, más paz y menos ansiedad traeremos a nuestra casa y, con ello, disfrutaremos más de nuestra mater-paternidad.

Kim John Payne and Lisa M. Ross, autores de Simplicity Parenting, dicen que tener momentos de calma (creativa y relajada) es una forma de profundizar en nuestra sustancia como seres humanos. Esto es válido para todas las edades, pues permite la construcción de emociones y relaciones con nosotros mismos y con los demás. Las pausas de “ser” por encima de los bloques de “hacer” nutren el espíritu, brindando confianza y tranquilidad.

¿Y cómo se logra eso con los chiquitos? Del mismo modo que logramos relajarnos cuando nos sentamos a “hacer nada” con un buen amigo: una taza de café (el contenido es lo de menos) acompañada de una buena charla que no siente pasar el tiempo equivale a estar una tarde con el pequeño, ambos tirados en la cama o en el suelo, haciéndose cosquillas, jugando con una pierna al caballito, o a sentarse en una hamaca a mirar el paisaje y dejar que el chiquitín juegue con la tapa de una botella quitándola y poniéndola sin importar cuánto tiempo pase y qué haga o qué aprenda mientras tanto. Ser por encima de hacer e incluso, en muchos casos, de estar (sin confundir ese ser con un convertirse en un “papá helicóptero“, permisivo y desconfiado de sí mismo y de sus hijos):

This book should give you many ideas on how to reclaim such intervals, how to establish for your children islands of “being” in the torrent of constant doing. […] that simplification is often about “doing” less, and trusting more. Trusting that—if they have the time and security— children will explore their worlds in the way, and at the pace, that works best for them.

Quizás si tratamos de recordar nuestras vivencias más gratas, notaremos que tienen en común la evocación de una emoción más que de un objeto y, muy probablemente, la compañía de -y el sentimiento inherente a- alguien más. Confiar y dejar hacer son parte de las fórmulas propuestas. Tal vez, incluso, no hace falta leer un texto o un blog para entenderlo: basta con dejar fluir el tiempo, pensar menos en un “deber ser” (tan occidental) y más en un “querer estar”.

Cierro, para no hacer largo el cuento, con la referencia a un texto simple y grato de Claire K. Niala, una osteópata africana, mamá educada en Inglaterra con una valiosa experiencia multicultural. En él intenta explicar por qué los niños africanos no lloran, mientras los occidentales parecen llegar al mundo con un sino lacrimoso y fatal. Dice que el secreto es “una simbiosis constituida para satisfacer las necesidades” del pequeño, que en castellano simple plantea la predisposición natural de los padres a adaptarse a las necesidades del niño y a “una total suspensión de la idea de lo que debería haber sido”. En su lugar, se acepta, “sin condiciones”, lo que está sucediendo: se es y se está. No más.

Podría escribir mucho más a este respecto, pero creo que cada experiencia es válida. Por mi parte, confirmo que desde que intento relajarme y permitirme estar más a la altura de Irene (disponible para ella sin leer, pensar o hacer “mis cosas” al tiempo. Ahora reservo un espacio solito para mí para ello), mi chiquita ha estado tranquilísima y feliz de que estar con mamá y papá. Y no soy la única a la que le pasa: les recomiendo, si quieren ver más, una visita a otras experiencias, en las casitas de Nature Moms, Maxylola y Noble Mother.

(Ah, y son bienvenidas otras ideas y experiencias.)

😉

PD: Repito foto. Ya no sé de cuándo. Hoy Irene cumple 18 meses. El tiempo vuela y mi chiquita cada día está más sonriente y conversadora. ¿Se puede amar más? Sí, siempre. ¡Feliz año y medio de vida, princesa!

9 febrero 2011 at 09:41 15 comentarios

Menos cosas, más felicidad (9): Cómo ahorrar dinero

Retomo nuestra serie de Simple Living para hablar sobre el dinero y sobre algunas claves para ahorrarlo… algo muy difícil de hacer  si no se planea y se ejecuta con rigor y voluntad. La propuesta surge de nuestra propia preocupación, pues aunque tenemos unas finanzas domésticas sanas (con ingresos fijos, sin deudas y sin tarjetas de crédito), la pespectiva a futuro resulta siempre incierta y exige -a mi juicio- aprender a vivir con menos de lo que se gana para poder ahorrar.

Foto de alancleaver_2000

No sé cuál sea la situación en otros países (aunque sospecho que debe ser similar), pero en Colombia, por ejemplo, cualquier plan pensional supone una mesada inferior al sueldo que se percibía antes… eso sin mencionar que las perspectivas que tenemos actualmente dejan muy en entredicho las posibilidades de retiro para las generaciones trabajadoras de hoy. Si a eso le agregamos que a pesar de nuestras “buenas prácticas”, la sensación creciente es que el dinero que percibimos siempre nos queda justo, creo que es tiempo de empezar a buscar alternativas para ahorrar. Otra opción sería intentar crecer nuestros ingresos, pero sospecho que si eso no se hace de la mano de un plan de ahorro, la tendencia puede ser a que también crezcan los gastos… y no nos interesa. Además, preferimos pasar más tiempo en familia que cargarnos de más trabajo o responsabilidades que nos limiten esa posibilidad. Así que al grano…

Cómo ahorrar

Obviaré todas las estrategias de ahorro en consumo de bienes y servicios, pues aunque creo que son importantes, las expuse en los artículos precedentes de esta serie sobre Simple Living y creo que ya están en marcha en nuestra casa. Es posible que podamos mejorar algunos aspectos, pero eso lo haríamos sobre la base de lo ya expuesto y sobre las premisas básicas y muy efectivas de reducir, reciclar y reutilizar (y reparar). Si a ustedes les interesa conocer esas opciones, les recomiendo que después de leer este texto, se den una pasadita por acá.

Superada esa etapa, me concentro en las estrategias que hemos utilizado en otras épocas y que ahora debemos retomar para que los imprevistos (que llegan TODOS los meses: reparación del coche, mantenimiento de bienes, pago de impuestos -crecientes, grgrr-, entre otros) no nos sigan dejando en ceros. Y lo hago a manera de lista:

1. Tomar nota de TODOS los gastos del mes. Y eso incluye las compras más nimias. No les recomiendo que lo dejen para el último día, pues normalmente hay gastos que no se tienen presentes y que, al sumarlos, descuadran cuentas. Poner los gastos sobre el papel a medida que ocurren, permite tomar conciencia de en qué se va el dinero y qué se puede recortar para tener al final del período saldos a favor.

2. Una vez se tengan claros cuáles son los gastos fijos y necesarios, se dede programar un presupuesto. Esto es un cálculo del dinero que ingresa y del dinero que sale (especificando cuáles son las fuentes y las destinaciones que se harán). Para que esta herramienta funcione, es fundamental hacerlo claramente y con honestidad, incluyendo TODOS los gastos que se hagan. Y cumpliendo los ajustes necesarios para que al final los números que aparecen en la columna de los ingresos sean iguales o mayores a los de la columna de las salidas o egresos. Puede que no case al principio, pero la idea es que a medida que se concientice el plan y se ejecute con juicio, la tendencia sea que sí ocurra.

3. Es fundamental incluir dentro de ese presupuesto un monto para imprevistos (sugieren que sea un 10% de los ingresos) y otro para ahorro (ése sí depende de cada cual. Lo ideal es pensarlo como un gasto fijo y fundamental, para que no se convierta en el desvare mensual -como nos ocurre ahora a nosotros-). Éste es quizás el punto más difícil de todos porque supone suprimir consumos -no básicos sino “suntuosos”- y un cambio de mentalidad sobre el ahorro. Muchas veces pensamos que ahorrar es tener un dinero libre para ciertos lujos… y puede ser cierto, desde algunas perspectivas, pero no lo es cuando decidimos ahorrar con una proyección a mediano o largo plazo y terminamos gastándonos esa reserva antes de tiempo y en algo distinto a lo proyectado. Adicionalmente ocurre con frecuencia que muchas personas no sean capaces de no disponer de esos montos, pues ven ciertos gastos como básicos aunque -en un plan de ahorro- pueden no serlo: zapatos (que son básicos cuando no se tienen, pero pueden ser una compra innecesaria o aplazable cuando responden más a una moda, un impulso o un antojo), un servicio de internet en casa cuando nos pasamos todo el día en el trabajo y tenemos conexión allá o cuando tenemos conexión en nuestra cuenta de teléfono móvil y otros por el estilo. Por eso, quizás al llegar a este punto, resulte necesario revisar nuevamente los puntos 1 y 2… Y la recomendación: si a pesar de proponérselo y programarlo le cuesta mucho ahorrar, hágalo de un modo impuesto: por deducción automática a otra cuenta o a un depósito fijo, por conversión a moneda extranjera o por lo que sea que no le permita gastar el dinero tan fácilmente como cuando lo tiene en su cuenta. Cuando gastar supone un esfuerzo extra, casi siempre el impulso del gasto se aminora e incluso, sorpresa, no se llega a concretar.

4. No te endeudes. Esto puede sonar drástico, pero es algo que vale la pena considerar. No es lo mismo, sin duda, endeudarse para comprar una casa que hacerlo para comprar ropa, ni es igual endeudarse cuando se tiene un trabajo e ingresos fijos o se vive en un país con créditos blandos, que hacerlo cuando se tiene un empleo independiente o temporal y se vive en economías emergentes con intereses de créditos altísimos. Por eso es bueno pensarse dos veces (con cabeza fría y con plazos de tiempo superiores a treinta días) cualquier deuda antes de asumirla. Si tiene tarjeta de crédito, una buena táctica puede ser no andar con ella… así el impulso, al menos, no se podrá concretar. Vale el consejo también para las tarjetas de débito. Es mejor andar con cierta cantidad de efectivo encima: supone limitar a un monto concreto cualquier gasto que vayas a realizar (pero este vale como una herramienta en sí misma, así que la paso al 5).

5. No lleve tarjetas en su cartera y ande con montos concretos de dinero en ella. Por supuesto, esto exige presuponer qué cantidad se va a necesitar. No se puede salir de casa sin el dinero necesario para el transporte, por ejemplo… sobre todo si vamos al trabajo y no podemos llegar andando. Tampoco se puede ir a hacer la compra sin una lista y un cálculo de lo que necesitamos y mucho menos sin el dinero calculado para hacerla. Pero sí sirve llevar lo justo -bueno, con un tris más por si sucede algún imprevisto… un 10% para ser exactos-. A mí al menos me funciona. Cuesta acostumbrarse, pero una vez lo pones en práctica notas que sí te ayuda a ahorrar.

6. Prioriza gastos. No importa si son a mediano o corto plazo. Lo más probable es que ahorres para poder adquirir ciertas cosas (una casa, un coche, un viaje de vacaciones, un regalo, etc.), aunque también puede ser útil hacerlo simplemente para el futuro… es decir, para cuando no se tenga un trabajo, para una enfermedad o para invertir en algo rentable más adelante, cuando el monto ahorrado lo permita.

Y así llega el último consejo de ahorro:

7. Invierta el dinero ahorrado (después de un buen tiempo) en bienes que puedan reportarle alguna utilidad. Éste es el sueño dorado… porque permite resolver la inquietud inicial del artículo: cómo ahorrar o cómo incrementar los montos que percibimos. Vuelvo a repetir la recomendación incial: es mejor reducir los gastos. Y agrego que esto es bueno hacerlo incluso cuando se puede incrementar un poco más el ingreso. Y aclaro que no sugiero limitaciones de goce ni de bienestar (¡no hay que vivir con goteras en el techo por ahorrar dinero!), si no vivir con la premisa de Simple Living: vivir con menos cosas y más felicidad. Seguramente cuando hayamos ahorrado un poco y tengamos un dinerito extra para viajar o comprar una casa o adquirir algo para rentar, habrá sonrisas en nuestras caras.

Pero falta resolver la pregunta del millón: ¿Y en qué se invierte para recibir utilidades? Eso da para otro post y varía, sin duda, dependiendo del lugar en el que se viva. En nuestro caso, las opciones son las mismas de los viejitos: en propiedades porque los bancos cobran tarifas de intermediación altísimas y porque el dinero tiene devaluaciones intempestivas. La propiedad difícilmente se desvaloriza y es un bien que perdura en el tiempo. Quizás no sea fácil juntar el dinero para lograrlo, pero, como decía antes, las opciones de inversión dependen de cada familia… y proponerse un objetivo o priorizar los gastos no significa no poder hacer ajustes en el camino. Quizás lo que deseamos a los 20 no sea lo que queramos a los 40… Lo importante, en cualquier caso es ahorrar y descubrir que, incluso en los peores casos, se puede ser feliz con menos cosas y siempre se vivirá más tranquilo sin deudas y con algún dinero extra para el futuro.

[A ver si retomando estas pautas, mejora la economía de nuestro hogar. Son bienvenidas, por supuesto, sus propias sugerencias. Así que, ¡a comentar! ;)]

PD: Acabo de leer un post en el blog de Nuria, pidiéndonos que oremos por Gammal, el pequeñito de Johana Beato que nació el último día de noviembre. Su corazoncito tiene problemas. Desde aquí oramos con todo el amor para que ese chiquito y Johana, Ivana y su papá se llenen de amor, salud y bienestar… Ayúdennos a orar.

3 diciembre 2010 at 08:42 5 comentarios

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