Posts tagged ‘peso’

Después del embarazo, ¿se van los kilos de más?

Quizás por el tiempo en el que vivimos y por la absurda presión (publicitaria, mediática, farandulera) que ronda el cuerpo femenino, una de las entradas con más visitas en la historia de este blog es “Cuestión de peso: ¿durante el embarazo cuánto se debe aumentar?”, un texto sincero que redacté con Irene en mi interior, justo cuando oía miles de versiones sobre ello. Recuerdo que terminé escribiéndolo tras una cita de control (de las de mi seguridad social) en la que la médica -que apenas me conocía- casi me saca los ojos por el aumento de peso que había tenido en el sexto mes de gestación. Hoy –cuando siento realmente que se ha cerrado el ciclo- quiero darle continuidad al tema, mostrando mi otro lado de la moneda.

Naujagimio akimis

Imagen de c r z.

Anticipo que parto de la base de que cada cuerpo es distinto y de que el ritmo de vida que llevamos puede tener mucho que ver con la evolución del peso durante y después del embarazo. Del mismo modo, creo -como lo señalé también en esa entrada precedente- que es fundamental cuidar nuestra nutrición y salud y que la mejor manera de hacerlo es consultando a un especialista que pueda darnos las recomendaciones apropiadas para nuestra rutina y nuestro cuerpo. Obviamente, eso no exime el sentido común: lo diga un nutricionista o no, nadie pensará que hacer una dieta restrictiva durante la lactancia o que sentarse -como lo recomendaban las abuelas- los cuarenta días de la dieta postparto a comerse una gallina por día sea bueno para la salud y el peso de una mamá.

¿Sólo números?

Durante el embarazo de Irene aumenté en total 17 kilos: 3.320 gramos eran del cuerpecito de nuestra hija, el resto eran placenta, líquido amníotico, grasa de reserva, leche y cuerpo -de 1.70 mts- de mamá. Tanto a lo largo del embarazo como durante los meses posteriores (unos 12 más o menos) hice un seguimiento de mi peso con una nutricionista que, sin cambiarme sustancialmente mi rutina -en casita somos bastante ordenados y sanos con nuestras comidas-, me indicó cuáles alimentos eran prioritarios en esos momentos.

Quince días después del parto había reducido buena parte de la coqueta barriguita materna y me lancé a la compra de una faja postparto (que no había podido ni cerrarme una semana antes). ¿Funciona o no? No puedo asegurarlo. Nosotros la compramos tras la recomendación de la médica de nuestros controles postpartos, pues según ella en esas primeras semanas los músculos y la grasa están más flojos y la faja ayuda a devolver todo al orden anterior. Conozco la versión contraria que señala que si la usamos el cuerpo no desarrolla el tono requerido, pues se apoya en el envoltorio (bastante incómodo, por cierto) en lugar de en sí mismo. En mi caso, cuando menos me ayudó a verme un poco menos redonda, pero hoy, con las evidencias posteriores, creo que la dejaría guardada en un cajón. Dejé de usarla tras algunas semanas porque sentí que mi cuerpo seguiría su proceso solito… y la verdad es que así, lentamente, pasó.

Amamantar y criar

Una de las cosas más importantes del peso ganado tras el parto es que constituye -como me lo decía mi nutricionista- una reserva para los meses de crianza y amamantamiento del bebé. Claro, eso se cumple si pensamos en los ciclos normales de la naturaleza, que no piensa en retorno al mundo laboral a los tres meses ni en dietas restrictivas “para recuperar la línea” antes de seis meses postalumbramiento. En nuestro caso, esas montañitas que se instalaron en mi cintura sirvieron sin duda para la lechita que por dos años y ocho meses (recién hemos parado) acompañó la vida de Irene y fueron reduciéndose naturalmente, sin dietas ni ejercicio aeróbico, hasta desaparecer pasados 24 meses.

Mi cuerpo, no obstante, no es el mismo. Y aunque también hay un proceso de reconocimiento que toma su tiempo, debo decir que me siento orgullosa de lo vivido. Me salieron estrias las últimas semanas del embarazo, con lo que mi vientre alrededor de mi ombligo quedó flojito, y mi barriga, antes plana y firme, ahora tiene una pequeña hendidura (con una mini protuberancia en la parte baja) que, dicen, se debe a los cambios internos de mi útero. Mi pecho ha vuelto a su tamaño original, con un sutil cambio en sus formas que lo hace ver ahora un poco más caído (nada sustancial para unos pechos breves). Mis organos reproductivos ahora son (o parecen) más amplios y profundos y creo que mi cadera es un poco más ancha. Finito.

¿Secuelas negativas? Una pequeña molestia en mi espalda baja… que se solucionó casi totalmente tras mis clases de danza. Nunca consideré hacer la clásica rutina asociada al ejercicio (no me veía saltando o alzando peso en un gimnasio), pero sí sentí que necesitaba recuperar movilidad y la sensación de que estaba otra vez de vuelta en mis huesos y mis músculos. Busqué, por tanto, mi danza… ¡y cómo lamento no haberla encontrado antes! Hoy, si tuviera otro hijo, no quisiera abandonarla ni un segundo (He llegado a entender y hasta a envidiar el sentido que tiene la danza en otras culturas, como la árabe, en las que las mujeres se juntan para conectarse con su cuepo y bailar).

El no peso de la felicidad

Ése es quizás mi gran aprendizaje después de todo este proceso (y lo que dará respuesta a la pregunta del título). Mi peso ha vuelto al punto de partida antes de alojar a Irene, meses después de que sus formas se asemejaran a mi cuerpo pre-mamá. Había 5 kilos rezagados tras el parto que no sé cuándo desaparecieron totalmente; creo que al menos tres se fueron antes de que dejara entrar la música en mi cuerpo, el resto se esfumó como por arte de magia cuando reconocí otra vez cadencias y movimientos. Pero más que volver a mi peso, recuperar el otro lado de mi ser femenino (coqueto, sexual, desenfrenado) -oculto tras ese otro devoto-sensual-maravilloso también femenino pero materno- ha sido el cierre más satisfactorio de este tiempo. Hacerlo, además, con una chiquita que disfruta  su vez de un baile elemental y hermoso no tiene precio.

Los kilos de más se van, sobretodo si logramos mantenernos conectados con nuestro cuerpo (eso incluye el amantamiento como un método efectivísimo para volver a nuestras formas y perder peso). La naturaleza hace lo propio; nosotros sólo debemos alimentar el espíritu sana y responsablemente, con amor, delicias y sentido, tanto como nuestro organismo. Bailar, saltar, jugar, disfrutar de la vida en movimiento es una buena manera de hacerlo… Al menos en esta casa: la danza nos ha devuelto a un mismo tiempo la conexión con la tierra y el cielo. ¡Seguimos bailando!

[Hemos tardado en volver, pero aquí estamos -y otra vez con aliento largo- de nuevo. Un beso]

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10 mayo 2012 at 11:25 10 comentarios

¿Cuánto debe comer un bebé?

También podría titular “¿cuánto debe comer un niño?” porque creo que el tema es válido para grandes y chiquitos. Supongo, en cualquier caso, que a más de uno se le ha pasado esta inquietud por la cabeza y me imagino también que -como yo- han tenido sus dudas por la infinitud de opiniones contrarias que hay al respecto. En esta entrada no daré respuestas definitivas, pero sí comentaré apartes del libro (que entra a nuestros recomendados) Mi niño no me come, del pediatra Carlos González: después de leerlo las comidas en casa han sido más tranquilas y -no sé si es idea mía o es verdad- casi pienso que Irene come más.

Bueno, esto de poner “bebé” en el título con una chiquita que ya no camina sino que corre, habla (aunque algunas veces sea en irinense), manda (¡mamá, ven!), coge solita la cuchara (no siempre, pero ni modo), tiene un colmillo -el inferior derecho- que ya asoma narices (y otros tres que ya vemos perfectamente en la sala de espera) y un montón de “adulteces” más parece un chiste, pero como la pregunta es válida a lo largo de toda la primera infancia (supongo) dejo “bebé” (saben que se puede cambiar por niño pequeño, si prefieren). En fin…

Ya entrando en materia, aclaro que en general nunca he pensado que Irene tenga problemas con la comida. Por el contrario, creo que es una niña que come bien, pues en general come de todo un poco (frutas, verduras, cereales, pescado, carne…) y no exige preparaciones distintas a las nuestras. Por supuesto, muchas veces debemos ampliar la oferta (en los desayunos y las cenas especialmente), pero eso no representa ningún problema. Creo que es normal que quiera probar otras cosas. En resumen, asumimos que está bien que un día prefiera arroz y carne en lugar de sopa y si el plato de la última se queda servido, no se nos viene el mundo encima: es natural.

Sin embargo, la pasada gripe trajo consigo una buena dosis de inapetencia que hizo más difíciles las comidas y preocupó muy especialmente al papá. Llantos, discusiones, angustias, lamentos y algunos malos tragos se hicieron presentes en la mesa, con lo que decidí incarle diente al libro que tenía en lista de espera tras los comentarios que había hecho de él Fran: Mi niño no me come, de Carlos González. Una bendición aclaradora para mamás y papás.

Lo que dice el libro
Creo que puede resumirse en tres ideas básicas:

  • La “inapetencia” es un problema de equilibrio entre lo que un niño come y lo que su familia espera que coma.
  • Los niños comen menos que los adultos porque son más pequeños. Su estómago es pequeño, por eso más que grandes cantidades de comida, necesita comidas concentradas, con muchas calorías por volumen (la leche, la carne, el arroz son algunos ejemplos de ello).
  • Ningún niño debe obligarse a comer. NUNCA. Debemos entender que comen a su ritmo, en porciones variables e impredecibles que dependen más de la energía que consuma (está creciendo) y de las necesidades nutricionales de su organismo. Obviamente, esto no significa que debemos olvidarnos como padres del asunto: creo que más bien indica que debemos confiar en nuestros chiquitos, acompañarlos, brindarles alimento SANO (no vale llenarlo de chucherías) y permitir que coman por sí mismos. La leche (rica en calorías y proteínas) es una buena fuente de alimento. Quizás por ello la lactancia (a demanda) es una bendición para los pequeños: les permite acceder a todos los nutrientes que requiere su organismo, como, cuando y en la cantidad que ellos requieran. No debe reemplazarse por agua (menos cuando son pequeños), debe ser exclusiva durante los primeros 6 meses y debe ser complementaria a otros alimentos después de esa edad. Pero, ojo: cada niño tiene su ritmo. Seis meses de vida no significan obligatoriamente boca y apetitos abiertos a todos los demás alimentos. Hay recomendaciones generales para saber cómo se van introduciendo estos que indican, además, que algunos niños pueden pedirlos antes o después de este tiempo. Nuevamente, el niño será quien dé la pauta de cómo se debe alimentar.

Mis conclusiones sobre el texto
Son varias. La primera, que cada niño es un universo y que al igual que todos los adultos somos distintos (y tenemos tallas distintas, además), los niños son diferentes y pensar que los percentiles, el peso y la altura tienen que ser unos y no otros es absurdo. De acuerdo con Carlos González, el peso es un parámetro de evaluación del niño que puede indicar, cuando hay una caída o un incremento abrupto en el mismo, que el niño puede requerir que se le explore -con exámenes, por ejemplo- un poco más. No es la medida de una competencia ni algo que evolucione proporcionalmente todo el tiempo: la edad y la alimentación de los niños (leche materna/leche artificial) incide mucho en su progreso.

Además de esto, concluí también -adobada por la experiencia de esa semana griposa en nuestra pequeña- que la alimentación es muy importante en los chiquitos, pero no por ello deja de hacer parte de su cotidianidad. Con esto quiero decir que nuestras expectativas deben de andar en consonancia con nuestro hijo y no con el del vecino, ni con el médico, ni con el libro. Hay factores externos que se relacionan sin duda con las ganas o no de comer que tenga un chiquito (una enfermedad, un rito familiar que permita ver al niño en las comidas un hecho natural,…) y nuestro papel -quizás- es ser sensibles a ellas y propiciar un ambiente tranquilo a la hora de comer. Esos llantos y quejas de Irene durante esa semana “inapetente” cambiaron de manera rotunda cuando dejamos de angustiarnos por que no quería comer. Dejamos que ella misma marcara su ritmo y, para nuestra sorpresa, cuando lo hicimos fue ella quien pidió sentarse con nosotros en la mesa (y quien cogió la cuchara para comer ella misma o para entregársela a mamá o a papá para ayudarle a comer).

Y el colofón
En cualquier caso, creo que al final del libro encontré un pensamiento que para mí resultó revelador. Según González, la percepción del apetito de los niños cambió radicalmente cuando la leche artificial llegó al mundo. Y no lo digo para satanizarla ni mucho menos, sino para enfatizar lo que me parece apenas natural: que cuando pudimos cuantificar la cantidad de comida que le dábamos a los pequeños, terminamos por pensar que podíamos inscribir su crianza en un cuadro simétrico en el que tendrían que caber todos. Y la naturaleza no funciona así. [No está de más mencionar que la afirmación revela también la dinámica del mundo capitalista -que ayuda todos los días a abrir más y más las brechas de inequidad y desigualdad entre los individuos-: ésa que exige que consumamos -comamos- en cantidades absurdas, para inflar mercados, para mantener activos los balances de multinacionales –como Nestlé (a la que hace un tiempo boicoteamos)– y para hacernos pensar que necesitamos más de lo que es realmente necesario. Los indicaciones detrás de los tarros de leche -que serán iguales a las que vienen detrás de los cereales, las papillas preparadas, etcétera- siempre tasan los promedios por encima de la media… ¡para vender más! Y más de un papá y una mamá pensará que su hijo come menos… o no come de plano porque no responde a esos parámetros. Aghh.]

Por ello, cuando buscamos una respuesta fiable a la pregunta que le da título a este texto, terminamos por encontrar mil verdades certificadas (¿cuántos menús, cuántas indicaciones, cuántas tablas con porciones de alimentos, cuántos cuadros de percentiles y demás cosas similares no se encuentran en las consultas de los pediatras, en los libros o en otros recursos?) que lo único que dejan claro es que ninguna es LA verdad (o mejor dicho, que no hay una respuesta única posible y que cada niño y cada familia encontrarán la suya). Por eso, cierro el texto con las palabras de Carlos González al respecto y con un listado de recursos relacionados (que incluyen una reseña no del todo a favor del libro, de la pediatra Amalia Arce) para que vean si les interesa. En nuestra casa, por lo pronto, decidimos disfrutar la hora de la comida y dejar que nuestra chiquita decida si quiere o no más. 😉

Sería absurdo pensar, sin embargo, que la alimentación de los niños cambiaba, simplemente, por modas. Estamos hablando de auténticos expertos en nutrición, que estaban al día de los avances científicos de su tiempo. Tal vez se equivocaron (y, desde luego, cuesta creer que todos tengan razón, cuando dijeron cosas tan opuestas); pero, sin duda, había un motivo para cambios tan radicales.

Creo que dicho motivo fue la lactancia artificial. En 1906, prácticamente todos los niños tomaban el pecho, de su madre o de una nodriza (el doctor Ulecia ofrecía reconocimientos de nodrizas por 15 pesetas). Algunos niños tomaban ya lactancia artificial, a base de leche de vaca con azúcar, con los desastrosos resultados que pueden imaginar. La capacidad de los lactantes pequeños para digerir y metabolizar el exceso de proteínas y de sales minerales en la leche de vaca es limitada, y era fundamental limitar estrictamente la dosis. De aquí la gran preocupación por la sobrealimentación, y los rígidos horarios de las tomas.

Por desgracia, los expertos creyeron que los horarios, que tal vez eran necesarios para los niños que tomaban leche de vaca, convenían también a los que tomaban el pecho. Incluso cuando el porcentaje de niños que tomaban biberón era muy bajo, los pediatras tenían más experiencia con niños de biberón que con niños de pecho, sencillamente porque estaban mucho más enfermos y acudían más a sus consultas. En aquellos tiempos, los pobres no iban al pediatra, y mucho menos si estaban sanos (llevar a un niño al pediatra para «revisión» era algo impensable). Es difícil hacerse cargo hoy en día (a no ser que se conozca bien el Tercer Mundo, donde la situación sigue siendo la misma) de la tremenda mortalidad que acarreaba la lactancia artificial en aquellos tiempos. El doctor Ulecia cita al respecto a otro experto, el doctor Variot, de Francia: “Las madres que niegan el pecho a sus hijos, sobre todo en los dos primeros meses de la vida, y los someten desde el nacimiento a la lactancia artificial exclusiva, los exponen a mayores riesgos de morir que los que corre un soldado en los campos de batalla”.

Los bebés que tomaban pecho hasta el año se criaban sin problemas, pues la leche materna lleva todas las vitaminas y nutrientes necesarios; y entre los pocos que tomaban leche de vaca entera, la consigna era no sobrecargar aún más el sistema digestivo. Pero la situación se deterioró rápidamente. Veinte años después, el doctor Roig se queja de que cada vez es más difícil encontrar una buena nodriza, y sus libros están llenos de anuncios de leches artificiales.

En los años treinta, los bebés tomaban leche preparada industrialmente, en la que se habían reducido las proteínas, pero también se habían destruido las vitaminas en el proceso de esterilización. Ahora necesitaban otros alimentos, sobre todo frutas, verduras e hígado, para evitar el escorbuto y otras deficiencias vitamínicas; y cereales y otros alimentos caseros para reducir rápidamente la dosis de la costosa leche artificial (o las madres más pobres volverían a pasarse a la leche de vaca entera, probablemente sin esterilizar, indigesta y a veces transmisora de la tuberculosis).

Un exceso de entusiasmo llevó a recomendar unas cantidades que los niños difícilmente conseguían tomar, y mucho menos los de pecho, que no necesitaban papilla para nada.

Por desgracia, todos los expertos parecen haber cometido el mismo error: dar a los niños de pecho las mismas papillas que a los que toman el biberón.

En los años setenta, la fabricación de leches artificiales había mejorado lo suficiente como para que los niños que tomaban el biberón no sufrieran escorbuto, raquitismo o anemia. Ya no era necesario el zumo de naranja para evitar el escorbuto, y se empezaron a apreciar, en cambio, los posibles peligros, más sutiles, de las papillas demasiado precoces: las alergias e intolerancias, la celiaquía. Progresivamente, las papillas se volvieron a retrasar: a los tres meses, a los cuatro, ahora a los seis. Personalmente, no creo que el proceso haya terminado; y será interesante ver qué nos depara el futuro…

Links relacionados:
“Mi niño no me come” (reseña de Amalia Arce en su blog “Diario de una mamá pediatra”)
“Mi niño no come” (otra vez Amalia Arce, con una experiencia)
¡Con plastilina, mamá? (la historia de Fran)
Y un video (en varias partes) con una conferencia de Carlos González, sobre las gráficas de peso (los famosos percentiles de los que hablan los pediatras):

Y pido disculpas: otra vez esto se fue largo. :S

28 marzo 2011 at 12:07 7 comentarios

Cuestión de peso: ¿durante el embarazo cuánto se debe aumentar?

Ayer tuve cita de control prenatal y, aunque todo anda al pelo (la altura del útero se corresponde perfectamente con las semanas de gestación que llevamos, el corazón de Irene indica plena vitalidad, mis exámenes clínicos descartan diabetes gestacional y dan índices de buenos de nutrientes, cero infecciones y demás), la médica abrió los ojos porque he subido, según su pesa, 6 kilos en dos meses. Según ella, no debo subir más de kilo y medio mensual, pero según le entendí a mi nutricionista (que veo mensualmente), esa referencia es relativa, pues cambia inevitablemente de mamá a mamá. ¿Será que me debo preocupar?

La verdad es que creo que no, al menos mientras tenga una nueva cita con mi nutricionista. Pero debo confesar que salí medio jarta de la cita, pues quedé con una duda grande. Resultado: pensar, pensar, pensar. Y aquí están mis conclusiones. Ya les contaré posteriormente qué pasa cuando me evalúe de nuevo la especialista en el tema, para ver si lo que voy a escribir aquí tiene más de ilusión que de verdad.

En principio, puse en duda la postura de la médica que me vio ayer porque, aunque ella hace seguimiento general de las embarazadas en el programa prenatal en el que me encuentro, su trabajo no se concentra exclusivamente en la nutrición y el peso de las gestantes. Ella se ocupa más del estado clínico (exámenes, etc.) de los pacientes que llegan.

No quiero decir con ello que echo en saco roto su comentario, pero considerando que sigo un control regular con una nutricionista, que me ve cada mes una hora, me pesa en una báscula especializada, me mide pliegues de grasa y hace tablas comparativas de los avances de diferentes partes de mi cuerpo con el objeto de evaluar el desarrollo que tengo y mis índices de masa corporal, debo confiar en primera instancia en su criterio. Adicionalmente, ella hace un seguimiento puntual del plan de alimentos, que revisa cada mes minuciosamente porque es ella misma quien lo diseña y ajusta, de acuerdo con las necesidades nutricionales que prevea o pueda detectar. Los controles prenatales, en cambio, son genéricos en esos aspectos: no usan básculas electrónicas, no hacen plan de alimentación ni miden pliegues de grasa ni nada.

Es cierto que me siento pesada, pero nada indica que esté con sobrepeso: el tamizaje (o curva de glicemia) que me hicieron hace 2 semanas salió normal y físicamente mi cuerpo mantiene, dentro de lo que cabe, su figura habitual. Tengo una panza que siento enorme (¡¡nunca había estado embarazada!!), pero mi cara, mis brazos y mis piernas mantienen su proporción usual. Aclaro, en cualquier caso, que no pretendo que todo se mantenga así, pues sé que los depósitos de grasa deben ir aumentando (deben haberlo hecho un poco hasta el momento) para tener reservas a la hora de lactar.

¿Cuánto debo pesar?
La pregunta, entonces, es ¿cuántos kilos deben subirse durante el embarazo? Creo que la respuesta debe darla un experto que tenga en cuenta hábitos (antes y durante la gestación) y datos del proceso de transformación del cuerpo de la futura mamá. Mientras más precisos y detallados sean estos, más confiable será su criterio. Sospecho que si no estuviera siguiendo controles de nutrición desde el comienzo estaría ahora tomándome los pelos y pensando que de verdad la médica ayer tenía razón al alarmarse… pero como no es el caso, voy a esperar. Yo misma, un poco perdida con los datos que se encuentran en la web y que hablan de 1 a 2 kilos de aumento por mes, le pregunté en mi última cita a mi nutricionista si me debía preocupar y su respuesta fue clara: no se puede generalizar el promedio de peso. Los datos varían de mamá a mamá. Un kilo, dijo, está bien para una madre pequeña, pero no para una alta que comienza el embarazo con bajos índices de masa corporal.

Hay madres, incluso, que al comienzo de la gestación pierden peso (por molestias comunes como el vómito, rechazo a los alimentos -hay olores que de verdad son incómodos-, o porque no están ingiriendo los nutrientes que requiere el bebé y éste debe tomarlos “prestados” de las reservas de su mamá). Del mismo modo, hay meses en los que se aumenta más de peso, pues una vez termina la formación de los órganos del chiquito, su cuerpo se va haciendo más grueso y crece en proporción a su edad. Así, mientras un embrión a los tres meses puede medir 4 centímetros o un poco más (como fue el caso de Irene), a los seis meses, medirá, sin duda, casi 30 (de la cabeza a la colita; el dato es muy distinto si se incluyen las piernas), y obviamente el incremento se debe notar en el peso final de la gestante.

En resumen: me relajo y espero el “veredicto” final. Me siento bien alimentada y bien asesorada. Si han de jalarme las orejas o hacer algún ajuste en mi dieta, que lo haga la nutricionista. Por lo pronto, sigo gozando con la Irene en la pancita, que no deja de brincar: queda claro que ésta chiquita es vital. 😉
Ah, y si alguien quiere investigar un poco más sobre el asunto (sin dejar, por favor, de considerar que su mundo es uno solo y que para emitir juicios sobre el mismo lo mejor es recurrir a alguien que lo mire y estudie con criterio, de verdad), dejo un artículo sobre el peso durante el embarazo. Encontrarán montones si se ponen a buscar.

14 mayo 2009 at 13:06 15 comentarios


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