34 semanas+2 días

Cada vez más se acerca la llegada de Eloísa. Y con ello, por fin, después de tantas semanas de incertidumbre, siento que llegaremos al final. 

La espera a lo largo de este último trimestre sigue siendo diferente a la de Irene: más lenta e incluso más emotiva, quizás: cada movimiento, cada sensación y cada síntoma parecen nuevos. No sé si por olvido o por verdadera novedadMe siento extraña. Ajena, incluso. No sé si porque perdí la memoria con respecto al embarazo de Irene (que es posible, al menos en lo que a detalles se refiere) o porque la edad y mi experiencia de mamá me hacen ver las cosas de un modo más racional: de la sorpresa que supone que Eloísa esté realmente aquí, he pasado muchas veces (sobre todo en los dos primeros trimestres) al temor de nuestra vulnerabilidad. Nada me ha dado indicio de ello, pero el carácter inesperado y excepcional de este embarazo me ha tenido en pie de alerta. Con Irene de alguna manera no pensé tanto, creo; investigué, sí, pero viví todo desde el asombro de la novedad, invadida por la confianza de que todo fluía como manda la naturaleza. Con Eloísa, en cambio, tengo plena consciencia de cierto grado de excepcionalidad, lo que supone sobredimensionar muchas veces los riesgos y tener consciencia de que después de Eloísa muy seguramente no habrá un embarazo más (ni me lo planteo. Jajaj). La sensación es un poco de ahora o nunca, y eso, sin duda, marca una diferencia sustancial con respecto a la llegada Irene hace ocho años.

Ahora, la realidad: está chiquita se mueve mucho más, empecé a sentirla tempranísimo (en la semana 15, nada menos), parece ser más grande que su hermanita y ha pasado por muchos más ultrasonidos, citas, controles y bla bla bla que confirman constantemente que está bien y, sobre todo, que está, de verdad. De mi parte, su llegada ha ralentizado mi ritmo (o tal vez ya no cargo prisas para cosas que a su lado parecen una banalidad), no solo espiritualmente, sino (sobre todo) físicamente. Me agoto y no estoy dispuesta a exigirme más. Asumo esta sensación como un efecto colateral de su espera, como el modo en el que ella nos hace notar que desde ya está acá.

¿E Irene? Sigue siendo la misma chiquita inquieta y habladora de siempre, con incrementos significativos en intensidad. Cada día nos sorprende más con sus comentarios, sus razonamientos y su mirada del mundo. Nos asusta, incluso, la determinación con la que se instala frente a todo. Es rebelde (otro rasgo que da cuenta de  su seguridad) y contundente. Tiene un corazón de oro, que ofrece abierto a todos con la condición de recibir, no solo dar. Espera a su hermanita con un amor profundo y se ve a sí misma como su cómplice y protectora. Claramente no sabe qué cambios supondrá su llegada, pero sospecho que esa larga espera y ese deseo de tenerla generan una expectativa amorosa y abierta que no se plantea competencias, sino lo opuesto a la soledad. Su deseo de una familia con más niños brilla en los ojitos de una chiquita que durante años la ha esperado tanto como la Navidad.

En resumen, estamos expectantes, un tris ansiosos y llenos de felicidad. Que sigan corriendo los días. Es probable que nuestra próxima aparición incluya en brazos a Eloísa.


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