Archive for marzo, 2018

Eloísa y nuestro parto más que soñado (2)

Rodeada de felicidad y amor, Eloísa asomó su cabecita al mundo el sábado 10 de febrero a las 5:20 de la mañana. A su lado estaban papá y mamá y desde casa la esperaba una ansiosa hermanita (que llevaba casi 7 meses reclamando verla) acompañada de una de sus amorosas tías. El alumbramiento, la recuperación tras el parto y las veinticuatro horas de rigor internadas en la clínica fueron el preámbulo de su llegada definitiva a nuestras vidas. Tiempo de contemplación, caricias, cansancio y muuuucho amor.

Pies bebé

Northfoto

Una vez nace el bebé, por indicaciones de  la Organización Mundial de la Salud, a la mamá se le aplica oxitocina química para evitar una hemorragia postparto (según entiendo, mortal para la mamá. Este medicamento no es indispensable, pero era un protocolo ineludible en la clínica donde nació Eloísa). Luego se corta el cordón umbilical, se revisa el bebé (con un test llamado Apgar, que determina su capacidad de vivir autónomamente -es decir, de moverse y respirar-, además de verificar su frecuencia cardíaca, el color de su piel y su tono muscular) y ocurre el alumbramiento (es decir, la salida de la placenta) y el primer acercamiento entre bebé y mamá. Los puntos que se le hagan a la madre por desgarros o episotomía son la coda final del parto, seguidos del descanso y la observación final de ese pequeño milagro de vida y su mamá.

En el caso de Eloísa, todos estos pasos ocurrieron más o menos en la siguiente hora tras su nacimiento, en medio de la emoción que supuso la llegada de la chiquita. El cordón lo cortó papá (luego de que este dejó de latir, según recomiendan en el parto humanizado) y la placenta salió con la ayuda de la obstetra y de la oxitocina después de un masaje que resulta un poco molesto en medio del cansancio que supone para el útero la maratón del parto. El consuelo, sin duda, es el contacto piel con piel con el bebé y la cara de felicidad del padre de la criatura (en la versión suya aquí se debe insertar algo como “la cara de felicidad de la mamá”…). Posteriormente, se pasan a una sala de observación tanto la mamá como el recién nacido y finalmente, una vez se determina que no hay complicaciones, los “maratonistas” van a una habitación.

Obviamente esta secuencia puede tener múltiples variaciones, según el lugar donde ocurra el parto y según las condiciones del bebé y su mamá. En nuestro caso, más o menos a las 7 de la mañana desayunábamos plácidamente (yo, lo que me dieron en la clínica, Eloísa, la tita –es decir, la teta- de mamá) en el que fue nuestro espacio por las próximas 36 horas, acompañadas de papá.

No hay palabras que expresen lo que se llega a sentir al acariciar por fin con tus manos la delicada piel de tu bebé. Debe ser algo similar a lo que sentirías si lograrás entrar a un universo soñado y mágico (Hogwarts, en el caso de Irene; Rayuela -o mejor, una charla cara a cara con Cortázar, a la sombra de un árbol- en el de la mamá). Lo cierto es que mientras tomaba conciencia de mi cuerpo y de lo que acaba de pasar, no logré retirar mis ojos del rostro de Eloísa: sus ojitos cerrados, sus cachetes redondos, su naricita… A un mismo tiempo me llenaba de ella y recordaba lo que había sentido ocho años y medio atrás cuando tenía en mis brazos a Irene y me estrenaba como mamá. Recorrí con mis manos los deditos estirados, acaricié sus mejillas, susurré y canté mi “corazón de melón” para calmarla y la acerqué a mi pecho con la ilusión de que al oír mi corazón sabría que estaba en terreno seguro aunque hubiera cruzado al otro lado). Con toda mi alma quieres tranquilizarla, darle la bienvenida, hacerla sentirse amada.

En este punto, ya poco importa el dolor del parto o del pecho cuando ese chiquito que apenas se mueve se agarra por fin a ti para alimentarse, poco importan las semanas pasadas con el centro de gravedad alterado, las estrías, el dolor de espalda, las piernas hinchadas, los antojos, los mareos y el largo etcétera que supone ese acto supremo y casi mágico de “dar a luz”. Ahora, en cambio, empieza una nueva etapa, igual de imponente, animal e instintiva: ya no solo contemplamos y admiramos los avances de Eloísa, sino que existimos casi exclusivamente para alimentarla, protegerla y cobijarla con nuestro amor. Da igual si recuerdas o no lo demandante que resulta este tiempo: tienes a tu chiquito al lado y frente a cualquier duda racional se imponen la vida, el instinto y el amor.

Así que más que los detalles definitivos de nuestra experiencia final del parto, el alumbramiento y el postparto (que a un mes y unos cuantos días de haberlos vivido casi se empiezan a borrar), hemos iniciado de nuevo la gran aventura de la maternidad. En el camino hemos confirmado que cada niño es un universo y que eso que parecía definitivo (y que habíamos consignado en esta casita hace ocho años atrás) es variable e incierto: este primer mes de vida de Eloísa ha supuesto retos y sorpresas que consignaremos poco a poco acá. El más difícil (que da tela para la próxima entrada): la subida de la bilirrubina, una sustancia que normalmente sintetiza el hígado, pero que en los recién nacidos puede alcanzar niveles peligrosos para su desarrollo debido a la inmadurez que presentan aún algunos de sus órganos. Por hoy cerramos con la felicidad de haber superado incluso eso y de saber que esos gorgoritos que oímos mientras presionamos las teclas que materializan este historia son de esa chiquita que hasta le ha cambiado el nombre a esta casita y que nos cambia la vida a todos los demás. Irene, protagonista original, mantiene una sonrisa transparente y viva llena de amor por Eloísa. Nos pasa igual a sus papás. 😉

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13 marzo 2018 at 12:37 Deja un comentario

Eloísa y nuestro parto más que soñado (1)

Mas no sin dolor. La llegada de Eloísa al mundo el pasado 10 de febrero fue como quise que fuera y como hubiera querido que fuera la de Irene… No porque me sienta insatisfecha con el parto que tuve con su hermanita (de hecho, con el paso de los años me siento cada vez más agradecida), sino porque esta vez logramos que nuestra bebé llegará al mundo sin anestesia ni oxitocina, con mi amor infinito a mi lado en la sala de partos, cuidada no solo por una ginecóloga amorosa y respetuosa, sino también por una doula asertiva, oportuna y generosa que nos rodeó de fuerzas y aliento en el momento en que más lo necesitamos.

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 Grabado en linóleo hecho por Irene para Eloísa (prueba de autor).

La historia comienza un poco más de ocho años atrás, en mi primer embarazo, cuando la falta de una tribu cerquita a quien preguntarle todos las dudas de una mamá primeriza me llevó a indagar en cuanto libro, página, video y foro me encontraba sobre maternidad.

En ese entonces entendí (y sentí, sobre todo) que un parto menos medicalizado era ideal: no solo para mi cuerpo y su recuperación, sino -y sobre todo- para el bebé que llegaba al mundo. No desconocía el valor de una cesárea (cuando era realmente necesaria) o de los conocimientos médicos y científicos que apoyan los partos, pero tenía una gran confianza en la naturaleza y su modo ancestral y seguro de actuar. No quería, en definitiva, recurrir a ayudas ni por facilismo ni por afán occidental de controlar el cosmos. Quería, en resumen, un parto que pudiera desarrollarse al máximo en casa y que no echara mano de intervenciones ni medicamentos innecesarios. Lamentablemente (para mi espíritu, sobre todo), aunque en el parto de Irene sí logré lo primero y llegué con 8 centímetros de dilatación a la clínica, terminé con epidural y oxitocina y sin esposo amado acompañándome al final del parto. Recibí feliz a nuestra Irene, pero sentí engañadas y frustradas mis expectativas y padecí, de su mano sin duda, un brote horroroso en mi cuerpo que me duró (y molestó y picó) por más o menos 10 días. En resumen: tuve un parto feliz, pero teñido de frustraciones que molestaron los primeros días de Irene en nuestra casita.

Hoy creo que mi brote pudo ser no solo una alergia desatada por un medicamento sino también una expresión física del rechazo que sentí por la medicalización que me fue impuesta. También entiendo que mi parto fue “placentero” (si cabe decirlo), es decir, menos doloroso, gracias a la epidural. Y entiendo (y esto es quizás lo más importante) que debí ser menos soberbia y más agradecida por el parto que tuve con nuestra chiquita.

No pienso que las mujeres no tengamos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos ni mucho menos sobre el parto que queremos, pero siento que ninguna de esas metas debe ir en contra del flujo amoroso y vital que implica arrojar (en el sentido de parir y entregar) una nueva vida al universo. Estar en contradicción en un momento de tal trascendencia vital afecta en sí mismo el parto y le quita peso (y magia, incluso) a lo más importante en definitiva del mismo: la llegada del bebé. Y si voy más allá, debo agregar que si algo caracterizó tanto el embarazo como el preparto y el parto de Eloísa fue un aprendizaje de sensibilidad y humanidad: siento que con ella ha nacido una mamá más sensible y menos racional.

El preparto

La fecha probable de parto de Eloísa era el 23 de febrero. No obstante, desde el embarazo mismo sentí en muchas ocasiones que no llegaríamos hasta ese momento. Es más, tuve miedo, literal, de que ni siquiera pudiéramos llegar a un feliz término (tema del que hablaré en otro momento. Adelanto: no porque haya sido un embarazo con riesgos, sino porque todo a mi alrededor me confirmaba su excepcionalidad, y porque Eloísa, bebé arcoirís que llegó después de una pérdida de la que nunca he hablado realmente acá, llegó con un poder sanador poderoso pero no automático: mamá y papá aprendieron a la par de su crecimiento que las estadísticas son solo estadísticas y que la vida se impone cuando está destinada -aún tiemblo con la palabra- a perdurar).

La realidad es que desde mediados de la semana 36 empecé a sentir contracciones aisladas y no dolorosas de preparación que confirmaron como tales tanto mi obstetra como mi doula. Llegada la semana 37 las contracciones se mantenían (con un patrón que fluctuaba más o menos entre persistentes al mediodía, irregulares en duración y desaparecidas una vez me iba a la camita. Una semana antes de la que fue la fecha de parto pensé que Eloísa llegaría definitivamente en un par de días (ya tenía 4 centímetros de dilatación), pero la pequeña me enseñó (otra vez) que cada proceso toma su tiempo y que el cuándo, el cómo y el dónde no lo definía yo. Humildad, agradecimiento y confianza empezaron a erigirse como sus enseñanzas. Humildad frente al conocimiento (no me lo sé todo y está bien no saber ni controlar), agradecimiento frente a mi cuerpo y mi espíritu (que se preparaban para ese instante fundamental) y confianza en que cuando llegara el momento todo fluiría en sincronía (Eloísa nacería cuando su cuerpo estuviera preparado para vivir fuera del mío y cuando el mío estuviera listo para ayudarla a arribar). Pasó otra semana y el viernes 9, al igual que los días anteriores, las contracciones de preparación llegaron, un tris más fuertes, pero con el mismo patrón irregular.

Ese día me fui a dormir como a eso de las 10 de la noche, con la novedad de que apenas logré dormitar una media hora porque las contracciones se mantenían, incrementando su intensidad. Me levanté, abrí la aplicación con la que les hacía seguimiento y me cercioré de la frecuencia y la intensidad con que pasaban. A medianoche llamé a mi doula, que llegó a casa poco después y a las 2 de la mañana, tras un tacto que confirmó que ya estaba en 6 de dilatación, desperté a mi amorcito para salir a la clínica.

El parto

Como había salido positiva en mi prueba de Streptoccocus agalactiae, tenía la indicación de llegar allí con máximo 6 centímetros de dilatación. La idea era que pudieran aplicarme con cuatro horas de antelación al parto el antibiótico que protegería de una infección a Eloísa. Calculábamos que así no correría riesgo de que intentaran inducirme el parto (los centímetros anteriores se dilatan en preparto, es decir, puede detenerse -y es normal que pase- en cualquier momento la dilatación). Lo que no calculamos (ni yo, ni los médicos) es que podían pasar menos de cuatro horas en el resto de dilatación.

Entre que mi esposo despertaba y se arreglaba, salíamos para la clínica, me hacían el triage en urgencias y me revisaba el médico de turno para confirmar mi dilatación pasó un poco más de una hora. ¿Momentos curiosos? Que la enfermera no me creyó cuando en el triage le dije que tenía contracciones (no dolían, ergo no gritaba ni me quejaba), que la doctora de turno no me creyó cuando le dije que tenía 6 centímetros de dilatación (¿conocen la mirada de “no tienes ni idea de lo que estás hablando”?) y que cuando ella misma me hizo el tacto y me encontró de 7 centímetros hizo cara de “mier%&%” y me mandó volando a observación.

Lo cierto es que entre tanto tacto y mi no grito tardaron otra hora larga en hacerme la prueba de alergia al antibiótico y subirme a la habitación para hacer allí mi trabajo de parto. Mientras tanto, empecé a sentir dolor (progresivo), llamé a mi obstetra y llegué a la habitación. Más o menos a las 4:30 a.m. llegó mi médica. Me saludó emocionada, me revisó y fue a verificar con las enfermeras por qué aún no me habían puesto el antibiótico. Llegaron pronto, me lo pusieron y yo opté por tomar una ducha de agua calienta para intentar bajar el dolor de las contracciones, que había aumentado en regularidad e intensidad. La medida fue exitosa, pero cuando salí de la ducha, unos veinte minutos después, tuve un sangrado sorpresa. Caras de angustia y preocupación circularon en todos, hasta que un nuevo tacto confirmó que las membranas estaban íntegras y que un pólipo que tenía (y habíamos olvidado entonces) en el canal del parto  se había rasgado por la presión del bebé. Para estar más tranquilos, mi obstetra decidió romper fuente para ver cómo estaba el líquido amniótico. Lo hizo y tras confirmar que estaba transparente, la montaña rusa empezó. En cuestión de segundos sentí que mi voluntad final de que “a lo mejor sí voy a querer que me pongas una epidural” se iba para el trasto. Eloísa quería salir y mi cuerpo sentía la necesidad de pujar para ayudarle.

Confieso que de aquí en adelante las cosas ocurrieron a toda. Yo, por mi parte, estaba medio en trance, en un estado casi animal. Trajeron volando una camilla, me pidieron que me pasara a ella (yo a duras penas podía conectar solicitudes con acción) y me llevaron corriendo a la sala de partos. Detrás mío, supongo, salían mis dos médicas (la obstetra y la doula) y mi amor. Ellos debían ingresar por un ascensor distinto, luego de cambiarse la ropa por la de cirugía. No tengo ni idea de cómo llegaron. Pensé sinceramente que Eloísa nacería o en el pasillo o en el ascensor. Llegamos, sin embargo, a la sala, me pidieron nuevamente que me pasara (ahora al potro ese de partos), entraron mis tres valientes, se me pusieron al lado, me ayudaron y tras la orden de puja ya, en tres empujones veloces mi chiquita sacó cabecita, torso y piernas y llegó para quedarse definitivamente con nosotros, como vaticinó el primer ginecólogo, delicado, profesional y amoroso, que al principio del embarazo la revisó.

No recuerdo detalles. Solo sé que sentí el aro de fuego del que hablan al describir los partos sin epidural cuando salía su cabeza. No vi nada porque fui incapaz de abrir los ojos durante los pujos, pero sentí cómo su llegada abría el mundo, nos liberaba. Apreté la mano de mi doula y (creo) la de mi amorcito, que estaba a mi derecha, con todas mis fuerzas, y lo oí decirme emocionado, casi llorando, que la niña estaba bien, hermosa. Abrí los ojos y vi a mi doctora cargando a nuestra chiquita con sus manos. La puso en mi vientre, calientita y gritando, y el cosmos se completó definitivamente para nosotros en ese instante. Como dijo Irene, llegó esa chiquita que siempre habíamos estado esperando, cerrando un ciclo y abriendo una eternidad frente a nosotros.

(Y con suspiro y el corazón hecho una gelatina, paro hoy este relato. Esta semana retomaré historias para hablar del alumbramiento, la llegada a casa y la vuelta a la clínica por la bilirrubina.)

Gracias por llegar, por estar, por quedarte, amada Eloísa.

4 marzo 2018 at 11:21 Deja un comentario


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