Posts tagged ‘ser padres’

El silencio del amor

Mañana nuestra chiquita cumple 2 años (¡me parece increíble!)… los mismos que cumplimos nosotros de ser papás. Y aunque éramos papás también mientras te teníamos guardadita en mi vientre, Irene, esa paternidad no es igual a la que se experimenta cuando los hijos nacen… ni cuando crecen. Gracias por llegar a nuestra vida, chiquita. Hay amores silenciosos y otros ilustrados. Ojalá puedas sentir, vivir y entender este amor cada día de tu vida.

(Y debo decir que lo deja claro, aunque sea una pauta comercial.)

8 agosto 2011 at 14:12 2 comentarios

Si yo estoy bien, tú estás bien

Parece título para un libro de superación personal, pero es una verdad sin discusión en casa: si nosotros estamos bien, nuestra pequeña hija también. Y eso vale no sólo para lo básico de los libros contables (comida, alimento, vestuario,…), sino -y sobre todo- para lo emocional. He dicho en otras ocasiones que un niño sólo necesita a sus papás. Ahora añado que sería bueno que tuviera unos papás amorosos, contentos, tranquilos, pacientes, relajados. La suma, sin duda, da un niño amoroso, contento, tranquilo, paciente -puede que no de inmediato, pero seguramente en un término más corto que el de un chiquitín con un papá estresado. No es que sea fácil, pero si lo tenemos en mente es muy probable que empecemos a experimentarlo.

Imagen tomada de El rincón favorito de mi escuela.

Y añado que es un tema comprobado en situaciones extremas, como 12 horas de viaje en coche (grgr), la espera en medio de un calor sofocante (o de un frío espacial y temporal poco amigable, como el de la sala de espera de unas urgencias pedriátricas), bla, bla, bla. Podría pensarse incluso que desde la perspectiva de los padres el binomio sería contrario (así como aquello de que “el orden de los factores no altera el resultado”: si tú estás bien, yo estoy bien), pero esa es una verdad a medias porque creo que el adulto de la fórmula es el que está en capacidad emocional de guiar sus emociones y lograr encontrar un equilibrio en ellas. ¿Si le dejamos esa tarea a los chiquitos, sin un modelo fiable, creen que “naturalmente” lo logrará? Lo dudo.

Así que sin alargar historias concluyo una verdad de perogrullo en casa: si nos permitimos disfrutar feliz y amorosamente de y con Irene (con paciencia, comprensión, felicidad, tranquilidad, amor –inserte aquí todas las emociones que considere que le ayuden a mantener su bienestar-), Irene disfrutará feliz y amorosamente de y con nosotros. “Si yo estoy bien, tú estás bien”.

Sé que suena más simple de lo que es en la realidad, pero los resultados valen el esfuerzo. (A fin de cuentas, no es gratuito eso de que digan que padres e hijos están conectados, ¿verdad?)

😉

[Por cierto, dejo una entrada de Armando, de Bebés y más, a la que llegué por azar buscando una imagen para esta entrada. Habla de la empatía que existe naturalmente entre un hijo y sus papás. ¿Casualidad?]

27 abril 2011 at 09:07 8 comentarios

¿Nos cambia la vida ser papás?

Más de uno dirá que la respuesta es obvia. Sin embargo, los detalles que expliquen cómo puede cambiarnos la vida y la percepción que tenemos de ella la llegada de un bebé son los que merece la pena pensar. Hace unas semanas tuvimos el gusto de encontrarnos con un par de padres recientes, amigos de buena parte de nuestras vidas y -aunque los cambios saltan a la vista- no parábamos de hablar sobre cómo felizmente se cambia al ser papás. Doy puntadas a algunas reflexiones, segura de que si estos son los cambios que experimentamos con 20 meses de paternidad, la nuestra será una historia interminable -tan fantástica como la de Ende ;).

Y sé que no soy la única que piensa de este modo. Es más, hace un par de meses circularon en más de 60 blogs respuestas a la iniciativa “10 cosas que he aprendido de mi hijo” de la web Amor maternal. Nosotros no participamos entonces (en parte, porque cada una de las respuestas que leí me parecían válidas. ¡Es difícil reducir a 10 los aprendizajes recibidos de Irene! Si empiezo a enumerarlos creo no podría acabar).

Hoy no voy a hacer un listado (con la mala reputación que tengo por entradas kilométricas, más de uno no sabrá si suspirar de alivio o temblar. Jajjaja). En su lugar quiero compartir una reflexión que incluí hace algunos días en un comentario de Bebés y más, a propósito de los pañales de tela. Y quiero traerlo acá porque sólo entonces verbalicé una transformación en nosotros (como individuos, pero también como familia) que ha surgido casi espontánea y naturalmente, y que nos obliga a dejar de pensar de manera individual para comenzar a pensar -ahora sí no sólo en el discurso sino también en la práctica- en los demás. Decía mi comentario:

“Nuestra experiencia con los pañales de tela ha sido fundamental, pues no sólo ha sido gratificante en términos de salud, economía y comodidad […]. Usar pañales de tela ha cambiado radicalmente nuestros hábitos (especialmente los de consumo), haciéndonos más conscientes de la basura que generamos, de la importancia de reutilizar (no sólo los pañales), de evitar el contacto con químicos (hasta huerta orgánica hemos sembrado) y de vivir con menos cosas y con más felicidad (así llamamos una serie en nuestro blog donde compartimos experiencias relacionadas con esos hábitos).”

“Sin duda la sola experiencia de ser papás nos ha “tocado”, pero también estoy segura de que el habernos permitido pensar un par de veces en los productos que consumiríamos para la crianza de nuestra hija (no usamos shampoo sino miel, con maravillosos resultados; no limpiamos la casa con detergentes sino con vinagre, para decir más, evitamos comprar alimentos procesados, la mayor parte de nuestras compras son de productos orgánicos, etc, etc, etc.) nos ha enriquecido literalmente mucho más: la vida, la alimentación, el bolsillo… Quizás por ello no es gratuito que la entrada en la que compartimos la llegada de los pañales de tela a casa sea una de la que más visitas tiene de nuestro blog. Creo que muchos papás empiezan a considerar otras opciones. Y me encanta. Sin duda diría que es una opción en la que vale la pena -y mucho- pensar. ;)”

Sé que estas palabras leídas aisladamente hablan sólo de hábitos de consumo, pero mientras las escribía me daba cuenta de que revelan una realidad exterior e interior que va mucho más allá. Siempre me he visto a mí misma como una mujer sensible pero eminentemente práctica (de esas que necesitan concretar ideas y emociones en su cotidianidad… convertir lo abstracto en algo tangible, por decirlo de alguna manera. No siempre lo logro, pero se intenta :S). Quizás por ello, la existencia de Irene significa desde el comienzo un renacer constante que nos exigue reinventarnos por dentro y por fuera, con acciones como las que ya conocen (sí, esas prácticas que hablan de huerta, no plástico, pañales de tela, no químicos y otras cosas) y con reflexiones como las que escribo cada tanto bajo la categoría de Maternidad (que somos más vulnerables, que nacemos y crecemos con los hijos cuando somos papás, que cada día es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos inagotables, que no se necesitan muchas cosas para criar a un niñoun niño, de hecho, sólo necesita a sus papás-, que no hay amor más puro que el que se siente por un hijo, que la maternidad nos hace más sensibles y otra lista larga que no menciono para acortar.

No sé si a todo mundo le pase, pero la llegada de Irene en nuestras vidas nos hizo darnos cuenta de que apenas comenzaba nuestra vida. Y creo que sin importar qué tanto hayas hecho ni cuántas personas o lugares hayas conocido, cuando te conviertes en papá la vida no te regala un hijo: te regala una nueva vida (la tuya, en principio) para ser feliz y aprender -mucho más en serio- a amar. 😉

[Y esto es sólo el comienzo. Los dejo con Atreyu -y esa canción inolvidable… Ahhh.]

15 abril 2011 at 03:18 9 comentarios

Menos cosas, más felicidad: Simplificar la paternidad

Hace algunas semanas, Adriana, una mamá también bloggera, me recomendó la lectura de Simplicity Parenting, un libro que propone criar niños más tranquilos, felices y seguros usando la lógica de menos es más. Me atrevo a escribir al respecto a partir de nuestra corta pero extraordinaria experiencia, pues los cambios que he visto hasta ahora (sólo con su prólogo) en Irene y nosotros mismos son significativos. Tengo pendiente la tarea de leer el libro, pero creo que es válido plantear algunas reflexiones sobre cómo concentrarnos más en ser que en hacer, y lograr, a partir de ello, menos tensiones y estrés alrededor de los niños y sus papás.

La lógica es simple: todo lo que necesita un niño es la atención y el amor de sus papás. Las posesiones (juguetes, ropa, gadgets,…) y la variedad de actividades que lo rodeen son apenas parte de la escenografía. La historia -es decir, los personajes- son lo único realmente importante. Así, ser se antepone a hacer y experimentar gobierna sobre acumular. Mientras más simplifiquemos las rutinas de nuestros pequeños y disminuyamos los objetos disponibles para ellos, más paz y menos ansiedad traeremos a nuestra casa y, con ello, disfrutaremos más de nuestra mater-paternidad.

Kim John Payne and Lisa M. Ross, autores de Simplicity Parenting, dicen que tener momentos de calma (creativa y relajada) es una forma de profundizar en nuestra sustancia como seres humanos. Esto es válido para todas las edades, pues permite la construcción de emociones y relaciones con nosotros mismos y con los demás. Las pausas de “ser” por encima de los bloques de “hacer” nutren el espíritu, brindando confianza y tranquilidad.

¿Y cómo se logra eso con los chiquitos? Del mismo modo que logramos relajarnos cuando nos sentamos a “hacer nada” con un buen amigo: una taza de café (el contenido es lo de menos) acompañada de una buena charla que no siente pasar el tiempo equivale a estar una tarde con el pequeño, ambos tirados en la cama o en el suelo, haciéndose cosquillas, jugando con una pierna al caballito, o a sentarse en una hamaca a mirar el paisaje y dejar que el chiquitín juegue con la tapa de una botella quitándola y poniéndola sin importar cuánto tiempo pase y qué haga o qué aprenda mientras tanto. Ser por encima de hacer e incluso, en muchos casos, de estar (sin confundir ese ser con un convertirse en un “papá helicóptero“, permisivo y desconfiado de sí mismo y de sus hijos):

This book should give you many ideas on how to reclaim such intervals, how to establish for your children islands of “being” in the torrent of constant doing. […] that simplification is often about “doing” less, and trusting more. Trusting that—if they have the time and security— children will explore their worlds in the way, and at the pace, that works best for them.

Quizás si tratamos de recordar nuestras vivencias más gratas, notaremos que tienen en común la evocación de una emoción más que de un objeto y, muy probablemente, la compañía de -y el sentimiento inherente a- alguien más. Confiar y dejar hacer son parte de las fórmulas propuestas. Tal vez, incluso, no hace falta leer un texto o un blog para entenderlo: basta con dejar fluir el tiempo, pensar menos en un “deber ser” (tan occidental) y más en un “querer estar”.

Cierro, para no hacer largo el cuento, con la referencia a un texto simple y grato de Claire K. Niala, una osteópata africana, mamá educada en Inglaterra con una valiosa experiencia multicultural. En él intenta explicar por qué los niños africanos no lloran, mientras los occidentales parecen llegar al mundo con un sino lacrimoso y fatal. Dice que el secreto es “una simbiosis constituida para satisfacer las necesidades” del pequeño, que en castellano simple plantea la predisposición natural de los padres a adaptarse a las necesidades del niño y a “una total suspensión de la idea de lo que debería haber sido”. En su lugar, se acepta, “sin condiciones”, lo que está sucediendo: se es y se está. No más.

Podría escribir mucho más a este respecto, pero creo que cada experiencia es válida. Por mi parte, confirmo que desde que intento relajarme y permitirme estar más a la altura de Irene (disponible para ella sin leer, pensar o hacer “mis cosas” al tiempo. Ahora reservo un espacio solito para mí para ello), mi chiquita ha estado tranquilísima y feliz de que estar con mamá y papá. Y no soy la única a la que le pasa: les recomiendo, si quieren ver más, una visita a otras experiencias, en las casitas de Nature Moms, Maxylola y Noble Mother.

(Ah, y son bienvenidas otras ideas y experiencias.)

😉

PD: Repito foto. Ya no sé de cuándo. Hoy Irene cumple 18 meses. El tiempo vuela y mi chiquita cada día está más sonriente y conversadora. ¿Se puede amar más? Sí, siempre. ¡Feliz año y medio de vida, princesa!

9 febrero 2011 at 09:41 15 comentarios

Cuando nace un hijo también nace un papá: más reflexiones sobre la maternidad

Estos últimos días han sido intensos en cuestionamientos. Y aunque quisiera escribir una entrada de cada uno de ellos, siento que si no escribo pronto al respecto corro el riesgo de que se enfríen nuestras emociones en la cotidianidad. Así que, con el perdón de todos, me atrevo a hacer una mezcla de todo que da cuenta de lo que muchos ya saben: cuando nace un hijo nace un papá. Y nosotros tampoco dejamos de crecer en este arte de la maternidad.

Y enumero para facilitar lectura y avance:
1. El domingo, en paseo de campo, recordamos de una manera dolorosa lo frágil que es la vida y lo absurdo que es -a veces- su final. Luego de almorzar, caminamos al borde de una carretera hacia una venta de dulces. Nos reíamos con la pequeña y veíamos a lo lejos un perrito pequeño que nos había visitado alegre y saltarín durante el almuerzo. Irene, por supuesto, había celebrado su aparición recurrente con sonrisas, ladridos, señitas del dedo… Ya se imaginarán lo que pasó: un coche, a una velocidad mínima, lo atropelló con una de sus llantas traseras. Papá y mamá lo vieron todo. La pequeña, en brazos, no se dio cuenta de nada. Se nos rompió el alma. Yo le entregué a Irene al padre, angustiada, para correr al lado del caniche y decirle al conductor -igualmene acongojado- dónde había una veterinaria cerca. No hubo tiempo de nada: al llegar, el hombre acariciaba con dolor la frente del perrito mientras éste movía agitadamente una de sus manitas delanteras. Apenas alcancé a decir que lo llevará, por favor, a una veterinaria: el peludito detuvo su movimiento con los ojos abiertos. “Ya no hay tiempo”. Me devolví inmediatamente con el corazón destrozado. Mantuve la calma, pero tomé a Irene en mis brazos recordando con la escena que el tiempo que tenemos es prestado (y no me alargo porque me duele recordar. Espero que haya un cielo también para ellos. Descansa, feliz, perrito hermoso).

2. El lunes en la noche, mi amorcito y yo vimos una película en casa que nos conmovió mucho. Su título: Contracorriente, una cinta (ganadora, por cierto, del premio del público en el Sundance Film Festival del 2010) que cuenta la historia de un amor profundísimo y escandaloso para algunos porque traspasa las fronteras del género. Sentí -a pesar de las limitaciones de la historia- que es absurdo pensar en condicionantes sociales, de esos que dicen, por ejemplo, que un hombre sólo puede amar a una mujer y viceversa. Y cuando digo amar me refiero a AMAR, con el espíritu y con el cuerpo, no con uno de los dos solamente; amar de manera íntegra, siendo capaz, incluso, de despojarse del otro y de uno mismo un poco y de aceptarse y aceptarnos (sobretodo). No sé si puedan encontrarla fácil, pero es una película que recomiendo (y dejo el trailer a manera de abrebocas y la canción final, también conmovedora).

3. Parte de nuestras vacaciones las pasamos en un típico paraje colombiano, más caserío que cualquier cosa: sin autoridades, sin transporte público, sin recursos (de inversión, el paraje, por supuesto, es de una riqueza natural exuberante). Teníamos apenas lo básico, que era mucho más de lo que tenían los lugareños. Y pensé mucho en lo absurdo que resulta -de verdad- hablar de vida sencilla entre nosotros. Y aclaro que con ello no echo al traste todo lo comentado en este espacio; por el contrario sigo considerando que es valioso tratar de minimizar nuestros consumos e intentar hacer sostenible nuestro paso por este cosmos, pero la experiencia sí me sirvió para pensar que eso que para nosotros es optativo y sigue estando plagado de comodidades, es en otros una realidad incuestionable. Una parte de mí quisiera aprender a vivir así, mientras otra piensa que debo agradecer todos los días las condiciones que tenemos de vida (en lo material, en lo espiritual), disfrutándolas y proyectándolas respetuosamente entre quienes nos rodean. Este solo tema da para hablar mucho más, pero no lo hago para no copar el espacio. Lo quedo debiendo. Debo aprender a vivir de un modo más sencillo, realmente, o, mejor, quiero aprender a disfrutar más la vida aunque los recursos que nos rodeen sean pocos. Hacerlo es más coherente con la realidad que nos circunda. Propósito para el 2011 y los siguientes. :S

4. En el mismo contexto del punto anterior estuve leyendo No hay silencio que no termine, el libro en el que Íngrid Betancourt relata su secuestro. Hablar de él es complejo porque es un personaje político de talla internacional muy cuestionado en mi país e incluso en Francia. Yo misma, que viví buena parte de su secuestro en el extranjero, me harté un poco de ella. Hoy me arrepiento, no por leer su libro sino por reconocer con el paso del tiempo que gracias a ella se hicieron visibles muchas otras víctimas -menores para gobiernos anteriores de nuestro país- condenadas al olvido. Sobre Íngrid tendría mucho que decir (como que fue criticada absurdamente en Colombia tras presentar una demanda contra el Estado por su secuestro. Sé que es un tema candente, pero me parece válido que lo haya hecho porque entiendo en ese gesto no un intento de obtener dinero -como se hizo pensar- sino un señalamiento real que no entiende la mayor parte de los colombianos: que el Estado está constitucionalmente obligado a proteger a sus ciudadanos, incluso aunque estos no lo deseen. Pero, por supuesto, cuando la mayor parte de lugares de este país se encuentra -como nuestro paraje vacacional- si acaso al amparo de un Dios supremo, sin ley ni Estado real, es difícil que exista conciencia de esa obligación estatal. Por el contrario, se considera “traidora” a quien lo señala -por efectos de una campaña mediática que hubiera sido muy distinta si Íngrid al salir de su cautiverio no hubiera salido inmediatamente a Francia y se hubiera quedado en cambio en este país dando declaraciones obnubiladas a favor del Gobierno de turno, sirviendo todos los días de trofeo, como si no fuera obligación del Ejército y sus mandatarios trabajar por su seguridad, pues para algo debe servir ese 17% del presupuesto nacional que se les entrega en detrimento de la inversión social). En fin. Pienso que su libro es una radiografía de humanidad que trasciende el relato; siento que sus palabras hacen manifiesta una realidad (no sólo de la guerrilla colombiana y de sus secuestrados) que con frecuencia olvidamos: que lo importante en la vida no son el dinero, el trabajo o los reconocimientos públicos, que lo que le da sentido a la existencia son las personas y nuestro acercamiento a ellas, la familia, los hijos, la humanidad… No he terminado el texto, pero estas reflexiones las agradezco ya.

Dejo aquí aunque todavía no acabo con nuestras mil y una emociones intensas (he dicho que ser madre dispara la sensibilidad). Ya se ha hecho largo. En resumen, cada día confirmo más que al lado de un hijo nacemos y crecemos nosotros, más atentos, más humanos, más frágiles y más conscientes del peso que tiene nuestra existencia. Todos lo vivimos de un modo distinto (algunos, a lo mejor, casi ni se dan cuenta), pero cada caso es válido. Hoy le doy gracias a nuestra hija por permitirme recordar que soy un ser inacabado, sensible e imperfecto, y por darme razones para no quedarme ni un segundo estático. Y le doy gracias a mi sol compañero, luz en las vidas de Irene y mía. Que sigan llegando los cuestionamientos. Me gusta sentirme humano.

19 enero 2011 at 09:20 8 comentarios

Si se despierta en la noche nos preocupamos y si no… ¡también!

No es fácil esto de ser padres… Hace menos de una semana contaba que la energía de Irene parecía no tener fin: las noches, desde hace algunos días, estaban llenas  de despertares constantes para las dos. Pues bien, como nada está escrito en los pequeños, Irene duerme plácidamente desde las 11 de la noche mientras yo veo pasar los minutos preguntándome qué pasa. Sé que pronto se despertará porque casi son las 6 de la mañana (y en eso sí que no cambian sus costumbres… hasta ahora), pero… ¿por qué rondo como loquita su cama y me preocupo, como si de algo malo se tratara, porque anoche mi chiquita casi ni se despertó?

Ni siquiera el flash de la cámara interrumpió su sueño (y sí, respira… ya, por supuesto, verifiqué que lo hiciera). Sé que mañana será otro día y que es posible que la pequeña nuevamente se despierte cada dos o tres horitas… pero yo no logro dormir tranquila. ¿Por qué? Estoy segura de que algunos me dirán que por tonta, otros que por sobreprotectora y unos más (seguramente madres) dirán que porque es nuestro orden natural.

Sea una opción u otra -personalmente me inclino por la última- es claro que uno de los grandes temas con los pequeños es su sueño. Para más señas, incluso, en esta casita lo hemos abordado en varias ocasiones, al  hablar de particularidades de Irene y pedir ayuda y consejos sobre cómo ayudarla a dormir, comentar cómo puede incidir -beneficiosamente incluso- el ruido en las siestas diurnas e indagar sobre las características del sueño infantil. Pero debo confesar que ninguna de nuestras pesquisas es lo suficientemente convincente durante las noches, cuando la chiquita o se despierta o no para de dormir. 😉

Lo cierto es que después de una tranquila noche en nuestra casa (tranquila especialmente para Irene) y de un par de horas de madre sentada (pensando fríamente, después de verificar que nuestra hija simplemente dormía), puedo decir que nada está escrito en la vida de los niños, que la maternidad se asienta en un instinto de proteger y estar alerta y que los días pasan inevitablemente y esos bebés que teníamos al principio se van convirtiendo con el paso del tiempo en seres cada vez más maduros e independientes (¡Irene tiene días -ahora- en que toma menos leche y yo me voy dando cuenta de que llegará el momento en el que no amamante… Y, confieso, una parte de mí se entristece).

Es el ciclo natural de la vida… ¿Qué pasará -no obstante- cuándo entre al colegio, cuando mude el primer diente,cuando salga a jugar con sus amigos y cuando parta, para hacer su vida, de este hogar? (se me salen las lágrimas).

:S

Sí, definitivamente, no es fácil ser papás.

P.D.: ¿Tendrá que ver el sueño de anoche de Irene con que le pedimos a nuestra vecina -hasta ayer desconocida- que no usara tacones en la noche cuando se levantaba una y otra vez seguidas? Aclaro que mi sorpresa fue descubrir que era una señora mayorcita que, sin duda, no quiere dejar en sus noches de insomio los zapatos con los que se siente más cómoda (unos negritos, altos, gruesos… de toooooda la vida). Sí, me sentí medio bruja… pero les juro que creo realmente que la señora anoche usó chanclitas.

UPDATE: Efectivamente, nuestra chiquita despertó a las 6.

Y después de verle esta cara y después de ver cómo se ilumina al volvernos a ver… No importan las preocupaciones, ni los corazones arrugados, ni nada. ¡Un hijo es un regalo infinito y constante! Inacabable. 🙂 Supongo que es el sentido de los cambios. No dejo de sonreír… ni de sorprenderme. 😉

12 abril 2010 at 06:25 8 comentarios

Irene, sus ocho meses y su incansable vitalidad

Han pasado ocho meses desde el nacimiento de Irene y las cosas no dejan de cambiar: la chiquita cada día es más activa, más despierta, más enérgica, más vital… Y nosotros, ya no tan primerizos, pasamos diariamente del “me acoplo, le tengo el ritmo” al “no puedo parar”. Cada segundo es un descubrimiento nuevo, tan excepcional para ella como para nosotros. Y el impacto es tal que creo seriamente que con la llegada de los bebés llegan también unos nuevos seres que se instalan en nuestro cuerpo… De otro modo, ¿cómo les seguimos el ritmo a esos seres adorables e imparables que arrasan con todo lo que sabíamos y hacíamos antes sin que tengamos la más mínima intención de protestar?

Todo lo que nos imaginemos, pensemos, creamos, sepamos, etcétera, etcétera, etcétera, se transforma después de la llegada del pequeño. Y los cambios más grandes no se dan los primeros días, cuando la casa, el horario, las comidas, la familia y todo lo que rodea al infante está patas arriba: no. Se dan a cada segundo en su y nuestras vidas, emocional, física, psicológica y socialmente. Nada vuelve a ser lo mismo. Por fortuna. Y, como me decía una de mis mejores amigas al hablarme de su hija, se van al piso todas las teorías. Los ocho meses de Irene son una excepción en nuestra vida… una excepción que se vuelve regla y que, como el más bello de los sortilegios imaginables, nos ilumina y alegra cada segundo de manera desconocida e infinita.

Las 25 horas del día

Desde que nació Irene decimos en nuestro hogar que un bebé requiere atención 25 horas al día. Las restantes se pueden usar en lo que se quiera… si la tierra comienza a tardar más en dar su vuelta. 😉

Cuando hay un chiquito en casa no hay cálculos posibles ni tiempo suficiente para detenerse . Todo lo real y potencialmente existente cobra vida, pues con un niño el universo se abre a posibilidades infinitas. Todos los “y si” se instalan en las mentes de los padres e incluyen estados de salud, desplazamientos, decisiones, adquisiciones y un largo etcétera. Se aprende, a fuerza, que lo mejor es tomarse las cosas con calma y disfrutar cada cosa como viene. ¿Ejemplos? A manos llenas… y llevamos sólo 8 meses.

  • Irene ha dejado de ser la bebé que se estaba acostada a nuestro lado observando todo tranquila para convertirse en una niña que quiere estar sentada o cargada o agachada o ______ (rellenar con todas las acciones o movimientos posibles) tocando todo, alzando todo, agitando todo, probando todo… Ya no le basta su cuerpo. Desde que descubrió para qué sirven sus manitas quiere tener todo entre sus dedos: comida, juguetes, papeles, ojos, narices, cachetes (propios y ajenos)…
  • De los balbuceos iniciales, suaves, constantes, pasamos a gritos, quejos, carcajadas y toda suerte de comentarios amorosos y demandantes.
  • Sus horarios de sueño se mantienen pero no así sus despertares: cada semana varían los horarios y, últimamente, de períodos de sueño de cuatro o cinco horas continuas pasamos, esta semana, por ejemplo (mañana puede pasar algo nuevo, con ella nunca se sabe) a despertares que ocurren, regularmente, cada dos horas y media. Dicen que este sueño “ligero” puede estar asociado a toda la información que está recibiendo a manos llenas su cerebro y que ella procesa especialmente mientras duerme.
  • Sus tomas de leche: de las pausas tranquilas y relajadas pasamos a tomas constantemente interrumpidas por cualquier alteración a sus sentidos. Los ruidos, las luces y todo lo que la rodea es un estímulo latente para esta chiquita imparable y curiosísima. Nuestra misión es lograr que se concentre y se relaje… una vez lo logra, toma juiciosa su leche. ¿Será igual de ahora en adelante con todas sus comidas?
  • La alimentación complementaria es, además de una experiencia de los sentidos, una gran duda (tengo un post futuro en proceso): come pedazos de alimentos, algunas veces de sus manos y otras veces de las nuestras, familiarizándose con texturas, sabores, olores… Nosotros mientras tanto vemos qué le gusta y cómo lo recibe su estómago. Me pregunto, no obstante, ¿estará comiendo poco? ¿Qué cantidades debería darle? No valen ni los cuadros ni los artículos leídos (trato de relajarme). Esta chiquita come a su ritmo, sin que su curva de crecimiento se estanque.

Podría seguir enumarando detalles, pero me quedo con los grandes cambios -no tengo mucho tiempo para escribir… ni para responderles 😦 (intento visitarles). Esos seres que ahora invaden nuestros cuerpos de padres se sienten felices con las mil y una novedades de Irene. También lo están nuestros habitantes de antes. En esta montaña rusa no hay razón para marearse. Es bonito ver crecer a un hijo… y es más gratificante vernos crecer a nosotros mismos. Van apenas ocho meses… ¿Qué seguirá más adelante?

[Feliz cumplemeses, chiquita. Contigo el amor y la vitalidad van agrandándose (por fortuna. 🙂 Si no fuera así habría muchos padres fundidos -en el sentido literal del término- por ahí)]

UPDATE: Olvidé decir que todos los días Irene aprende nuevas cosas… ¡¡¡¡Qué capacidad tienen los niños de adaptarse y crecer!!!! Lo dicho otras veces: son unas esponjitas que sería una pena perderse… sobre todo porque serían otros los que siembren en ellos también.

9 abril 2010 at 07:08 8 comentarios

La maternidad nos hace más sensibles

Y no lo digo por ningún estudio (que seguro lo hay): lo digo por experiencia. Desde que nació Irene siento un cambio en mi espíritu, fundamental: ser madre ha potenciado de una manera indescriptible mi sensibilidad. Y, ojo, no hablo de sensiblería (aunque muchas de las imágenes que me conmueven pueden parecer estereotipos), sino de una capacidad de conmoverme (según el DRAE, de “Perturbar[me], inquietar[me], alterar[me], mover[me] fuertemente o con eficacia”) que me era ajena antes. Ya había oído hablar de ello, pero sólo lo entiendo ahora. ¿Nos pasa a todos? ¿Les pasa a ellos? ¿Se mantendrá en el tiempo?

La conmoción puede llegar de diversas maneras: ante un pequeño que vive en la calle, una madre embarazada (si está en evidentes malas condiciones, la impresión es dolorosa), una noticia violenta, un comentario -cualquiera- sobre una familia, un recuerdo, un pensamiento, una mirada de mi hija, una sonrisa… Y esa transformación ocurre gradualmente, acentuándose.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero me ha pasado a mí, tan racional y práctica. ¿Cómo, cuándo, dónde? En módicas cuotas diarias que empezaron a invadirme desde el inicio mismo del embarazo y que se incrementan en cualquier lugar con las sonrisas y quejos de Irene, con sus cambios, con sus progresos, con cada uno de sus gestos. Y, aclaro: no creo que sea simplemente un asunto de hormonas; pienso que es la evidencia de un hilo invisible que nos une a ese pequeño ser que llega, nos cambia y nos hace darnos cuenta de lo que es ser hijo, ser padre y ser mamá.

Por dentro y por fuera

En definitiva, los cambios que sufre el cuerpo al albergar un hijo y ayudarle a “aterrizar” en este mundo son apenas un leve reflejo de lo que se transforma en nuestro espíritu. Creo, incluso, que esos cambios ni siquiera son necesarios: conozco madres de hijos adoptivos que establecen también ese vínculo del que hablo, ese que acalla la razón y potencia el corazoncito. No sé si a unos los toca más o menos, pero sé que está y que “perturba, inquieta, altera y mueve fuertemente o con eficacia” la vida.

No tengo cifras, no tengo estudios (bueno, sí leí uno que hablaba de la mayor sensibilidad de las madres que tienen partos vaginales hacia el llanto de sus bebés), pero tengo evidencias irrefutables. Y me sorprenden. Creo que por eso las mamás nos volvemos a un mismo tiempo (como decía Adriana) fuertes y débiles, un asunto probablemente necesario para garantizar la supervivencia y preservar la especie. O, quizás, una oportunidad de crecer como seres humanos y superar miedos, karmas o malos tragos del pasado. Fijo, desde la alopatía hasta la religión o la nueva era se puede explicar.

Pero, a decir verdad, no me importan las razones (otro síntoma claro del asunto), si no las consecuencias, lo que ocasiona en mí esa sensibilidad: el corazón se me arruga fácilmente, saco fuerzas de dónde ni sabía que las tenía para cuidar y proteger a mi famlia y, esto es increíble, veo el mundo desde otra perspectiva que modifica, incluso, mis recuerdos y mi forma de ser -como hija, como hermana y hasta como vecina (también como mujer y esposa, pero eso da para otro post que quizás algún día escriba).

A lo mejor por ello, el punto más impactante (son muchos y todos de una intensidad antes desconocida) sea justamente el que tiene que ver con la familia. No soy una niña ni llegue a ser madre a los veinte. Es más, he tenido tiempo de sobra para ser independiente y dependiente. He tomado mis decisiones a conciencia (la mayoría de las veces) y he soportado pérdidas y golpes. Pero sólo hasta ahora entiendo en una dimensión real (sensible) lo que significa (emocionalmente) ser hija.

Mientras tengo en mis brazos a Irene, cuando la alimento en la noche, cada vez que la siento despertarse y reclamar una compañía, al sentir sus manitos caminando por mi pecho, al abrazarla, sentir dolor en mis mejillas por sonreirme tanto con ella y tantas veces, a cada segundo siento (¿pienso?) que mi mamá y mi papá también debieron vivir eso y que yo, desde mi pequeño mundo, no era consciente de ese mar de emociones que se producían.

Seguramente soy quien soy gracias a ello -seguramente también habrá secuelas imborrables en los niños y en las madres que se privan de esa entrega y de ese apego-, pero apenas ahora me completo. Y sé que no es una cosa finita. Ahora sólo de pensar que pueda pasarle algo a Irene los vellitos se me crispan. ¿Le pasa también a los padres? Creo que sí, no sé si a todos ni si en la misma medida. Mi muacho, al menos, ve con otros ojos la vida. Ah, y de ellos sí sé de algunos estudios: los papás con los hijos bajan sus niveles de testosterona y despiertan dentro de sí una “mamita” (en un sentido amoroso, sensible; menos pragmático y más emotivo). Así que eso aclara algunas dudas.

Quizás vivir en un país con tantas diferencias sociales, con la plata tan mal repartida, con corrupción y dinero insuficiente para suplir (no invertir) en las necesidades sociales (básicas y siguientes) haga que las imágenes que me rodean fuera de casa sean más dolorosas que felices. Pero, insisto, la maternidad nos hace más sensibles. Sería bonito que eso se irradiaría a cada una de las personas que nos rodean. Así, tal vez, la vida sería más bonita. Extraño a la tribu y la solidaridad que los pequeños imponían. Ojalá sus efectos se mantengan en el tiempo porque aunque a veces duele, me siento más viva.

P.D.: No soy la única que habla de esto, en un blog que se llama Me crecen los enanos me encontre esta entrada amiga: ¿Las madres son más sensibles a la violencia?.

P.D.: Esta casita, a parte de la historia de nuestra vida con Irene, normalmente habla más de información que creo útil que emociones vividas. Hoy hay una excepción a la regla. ¿Me pasará sólo a mí? Me da esperanza pensar que también en esto hay coincidencias, familia.

26 marzo 2010 at 11:30 8 comentarios

El sueño de los chiquitos: cero lágrimas y más mimos para dormir bien

Hace una semana prometí escribir un post sobre el sueño de los niños. Hoy cumplo mi cometido, a pesar de que en nuestro hogar aún nos falta mucho trecho por vivir. Irene duerme serena y, como todos los niños, se despierta en las noches: algunos días dos veces, otros días tres… y otros hasta cuatro. El tema no me preocupa porque aprendí que el sueño de los bebés es evolutivo y que no hay ninguna patología en los despertares. ¿Qué es lo mejor que podemos hacer nosotros como padres? Ayudarles a nuestros pequeños a relajarse, crear una rutina de sueño y tratar de sincronizarnos (ojo, nosotros) con ellos, entendendiendo que no hay nada de malo en los despertares y que podemos acompañarlos y atenderlos sin dejarlos llorar. Eso garantiza bebés sanos, felices, tranquilos e independientes en el futuro.

Y comienzo por nuestra experiencia. Antes de que naciera la chiquita alguien me habló de un método estupendo para el sueño de los chiquitos que garantizaba que a los tres meses de vida dormían de un solo tiro, sin ningún despertar. Ese alguien en cuestión, con las mejores intenciones, me regaló después un libro “reputadísimo” que me daría las pautas para que mi chiquita “organizara” su sueño (como si el hecho de que no estuviera sincronizado con el nuestro implicara ya un desorden o una patología del mismo). Sin prevenciones, hice la tarea y me leí el texto, echándole cabeza y pensando (aún sin que naciera la pequeña) cómo podría funcionar.

Posteriormente, en alguno de estos blogs mencioné el asunto, resaltando lo que me pareció interesante del cuento: que era bueno establecer rutinas que les permitieran a los niños diferenciar el día de la noche y que dormir era necesario para que los chiquitos tuvieran un desarrollo normal. Dudaba, como buena madre primeriza, de la propuesta de dejarlo llorar hasta que aprendiera a dormirse por sí mismo, pero no sabía de otras posturas ni tenía mamá cerquita para preguntarle cómo podían ser las noches con una bebecita.

En ese entonces no entendía si era cierto el consabido y repetido comentario de “si no la dejas llorar, después no vas a tener cómo bajártela” o “es que los niños te manipulan”. ¡Qué ingenuidad! Creo que quien piensa eso no tiene una relación cercana y real con un pequeño y que, mucho menos, ha hecho el ensayo de ver si es cierto. Justamente los niños criados con apego – a mis ojos- son luego los más independientes. Es apenas normal que cuando no pueden ser autónomonos quieran estar con sus papás… En todo caso, si quieren saber las consecuencias de cargarlos y atenderlos sin dejar que lloren, este testimonio se las explicará. Recordaba, sí, haber visto capítulos de niñeras “expertas” que lo primero que hacían al llegar a una casa era imponer horarios y obligar a los niños a descansar. No importaba, en esos casos, si para lograrlo había que armarse de reloj, nervios y abandonos que dieran como resultado un niño dormido por físico estrés y cansancio y secuelas e inseguridades futuras que no sería fácil erradicar:  la versión discotequera del programa era que el niño dormía porque “había organizado sus horarios”.

Por fortuna, mi comentario tuvo de inmediato una respuesta que decía, desde la experiencia, que había otras posturas más amorosas, realistas y efectivas para ayudarles a dormir a los chiquitos. Esas solas palabras (de Mamasita, por cierto. ¡Gracias, de nuevo por un consejo dado a tiempo!) me sirvieron para ahondar en el asunto y encontrar a Rosa Jové, a su libro y a los foros de apoyo a padres que quieran realmente acompañar y entender el sueño de sus hijos: Dormir sin llorar y Crianza natural. Leí  los artículos base y de apoyo que había disponibles, y entendí, a partir de estudios científicos, que el sueño de los bebés y los niños era evolutivo y que los despertares eran normales y hacían parte de un proceso de aprendizaje emocional y físico. Para quienes aún no conocen estas posturas, les recomiendo ver este video de Rosa Jové y leer esta entrevista, de ella también.

¿En definitiva, cómo es el sueño de los bebés?

Trataré de no extenderme en detalles porque el material disponible sobre el tema es conciso e interesante (pueden encontrar muchísimo aquí, incluídos algunos consejos para ayudar a mejorar el sueño de los pequeños). Los despertares, que suelen ser la mayor preocupación de los papás y los que han generado teorías erradas y poco recomendables que sugieren dejar llorar a los niños y esperar a que se duerman nuevamente solos, son normales. Es más, suelen responder a ciclos (horas fijas durante algunos días que pueden modificarse en poco tiempo, con nuevas rutinas) y son la evidencia de que el niño está introduciendo nuevas fases de sueño a sus noches (los adultos tenemos seis fases de sueño, que van desde un sueño ligero hasta el sueño profundo, mientras los niños al nacer sólo tienen dos… además de un ciclo distinto al nuestro, pues en el útero no diferencian el día a la noche… y eso, por supuesto, tiene que ver).

De ahí que despertarse en la noche varias veces sea necesario y lógico, pues le permite sobrevivir a ese bebé tanto en el presente como en el futuro: ¿imaginan lo peligroso que puede resultar en el desarrollo físico de un niño no despertarse repetidamente para comer? Su estómago es tan pequeño que si no lo hiciera, dejaría de contar con la energía requerida para su desarrollo. Y visto de otro modo: ¿qué sería de un bebé, incapaz de valerse por sí mismo, si no contara con un adulto a su lado que lo cuidase y protegiese? Nosotros sabemos que no vendrá un león a comérselo, pero él estando tan chiquito no tiene la seguridad ni física ni emocional para contar con ello. De ahí que se despierte: si no lo hiciera no garantizaría su supervivencia ni crecería con la seguridad necesaria para luego ser emocionalmente autónomo. Y de ahí que sea importante atenderlo: no hacerlo es romper ese proceso y dejar secuelas emocionales y físicas para el futuro de ese bebé.

¿Y cuándo se completará ese proceso (o dicho de otro modo, cuándo ese chiquito dormirá toda la noche, como los adultos)? Después de cumplir 5 o 6 años de edad, pero eso no significa que su sueño se mantendrá siempre igual: habrá épocas en que se despierte más o menos veces, así como habrá otras (y otros niños) que duerma(n) de corrido. En cualquier caso, su comportamiento será normal siempre que se vea descansado y tranquilo, y que su desarrollo físico y emocional sea el esperado para un chiquito de su edad. Hay patologías del sueño, por supuesto, pero se presentan en pocos casos e, incluso (esto es sorprendente), muchas se generan después de la utilización de métodos que prometen hacer dormir al niño de un tirón  (¡¡¡dormir no necesita de un método!!! Es una función natural) generalmente dejándolo llorar.

¿Cómo ayudar al niño a dormir y por qué no dejarlo llorar?

Como decía anteriormente, dejar llorar a un bebé cuando se despierta en las noches deja secuelas, que se exponen claramente en el video que compartía en mi anterior post: en él se precisa -desde la ciencia- qué pasa y qué se puede esperar del cerebro del bebé. Y como mi objetivo es hablar un poco desde nuestra experiencia, puedo decir con confianza que esperar paciente y amorosamente que las cosas sigan su ritmo es una estrategia que funciona bien: hasta ahora, no hemos dejado nunca llorar a nuestra chiquita y ella, con seis meses y medio cumplidos, duerme cada vez más tranquila, sin dejar de despertarse en las noches para comer. Últimamente come menos y se duerme más pronto que antes, no sé si es porque ahora tiene un estómago más maduro y más grande o porque se siente protegida y sólo necesita sentirse un poco acompañada para relajarse y dormir otra vez.

Eso sí, es un relojito a la hora de dormir; tiene claramente diferenciadas la noche del día (desde chiquita tratamos que lo notara, marcando las diferencias de luz y ruidos de uno y otro momento, y creando rutinas); come a libre demanda, duerme sus siestas fijas (cortitas y casi siempre pegada al pecho) y nos tiene a su lado cuando nos llama: de hecho, casi siempre se despierta balbuceando y nunca ha tenido que llorar o gritar para despertarnos.

¿Nuestras ayudas? Luz tenue (de hecho, en la noche nunca encendemos la lámpara para atenderla), pecho, mecedora y monitores de audio para bebés. Duerme en su pieza y su cuna (nunca colechamos, pero estuvo en nuestro cuarto hasta el segundo mes) y sus despertares varían regularmente (una semana a unos horarios, la siguiente a unos nuevos). Normalmente no se despierta antes de 3 o 4 horas continuas de sueño (a veces son 5, a veces son 6, a veces son 7…) y usa pañal con doble inserto (de tela), que no requiere cambio en toda la noche, con lo que nunca se despierta totalmente y puede dormirse rápidamente, al comer.

Seguramente me salto varios detalles, pero en términos generales ésa es una muestra de cómo puede ser el sueño de los niños. En los foros que adjuntamos antes (Dormir sin llorar y Crianza natural) hay muchas experiencias de padres, además de espacios para preguntas y consejos. También allí tienen artículos con tablas de tiempos aproximados de sueño en los bebés (que varían según las edades), que ofrecen referencias útiles. En todos los casos, es importante entender que ningún niño es igual a otro y que lo que en uno puede funcionar a las mil maravillas, en otro caso puede no estar bien. El sentido común y la sensibilidad de padres son siempre las mejores fórmulas para entender a nuestros hijos. Lo importante es no dudar, confiar en nuestro instinto y tratar a nuestros chiquitos como queremos que nos traten a nosotros, aunque seamos padres primerizos.

No sé a ustedes qué les parezca, pero hasta aquí esta táctica a nosotros nos ha funcionado bien. Hemos tenido, como todos, noches en las que deseamos que Irene duerma más tiempo… pero luego pensamos que ya tendrá toda una vida para dormir mucho y seguido y que ese sueño futuro depende en gran parte de estos saltitos. ¿Por qué dormir sin llorar? Porque eso garantizará un sueño tranquilo. Cada quién dirá. En cualquier caso, por si sirve de algo, les dejo un video comparativo (comprensible para todos, a pesar de estar en catalán). Y antes de despedirme: ¿cómo han sido sus historias? ¿Creen también que es posible dormir sin llorar?

El video y una reseña del mismo se pueden encontrar acá: Los métodos “Duérmete niño” vs. “Dormir sin lágrimas” en práctica (Bebés y más).

PD: ¡Les juro que intento escribir corto, pero, como siempre, termino con un chorizo de palabras difícil de leer! Discúlpenme… ¿Será porque lo hago en varias sentadas? 😉 Espero que les sirva y que al menos les dé noches más tranquilas a algunos papás y bebés.

PD 2: Las leo, las leo… pero no he sacado el tiempo para contestarles (Pronto lo haré).

25 febrero 2010 at 21:01 9 comentarios

¡Seis meses, mi Irene!

¿Y cómo más describirlos si no es diciendo que han sido la expresión plena, total y constante del amor? Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, mi vida, mi pajarita, mi lucecita, mi pedacito, mi otro amorcito, gracias, mi princesita. Como diría Cortázar en otro sentido, “el regalado soy yo”. Inundas nuestras vidas y haces que todo se detenga. Llenas el universo y nos llevas de la mano a conocerlo. Millones de besos y nuestros deseos de que estos seis meses trasciendan el infinito y te dejen siempre a nuestro lado. Chiuck. Te amamos.

9 febrero 2010 at 03:24 6 comentarios

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