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Destete: ¿espontáneo o inducido?

Suena a vaca -definitivamente nuestra condición de mamíferos termina estando más asociada a la leche de vaca que a la leche materna, ¡qué horror!-, pero justamente no es esa leche la que está en cuestión. Más bien es mi tita o, mejor, la tita de Irene. Casi sin darme cuenta, terminé dejándome taladrar el cerebro con la idea de que quizás iba siendo tiempo de que Irene tomara menos pecho… y por poco echo al traste ese universo maravilloso de complicidad, tranquilidad, comodidad y felicidad que nos ha dado la lechita de mamá.

Foto tomada de Las confesiones de Sofía.

Fueron un par de días de dudas, y de “control” y reducción medio forzada de lactancia -con niña mimosa, llorosa y descuadrada-, pero pasaron rápidamente cuando en mi cerebro y en mi corazón se encendieron los instintos de mamá. Volvimos al “Irene tomará leche materna hasta cuando ella quiera” y desde entonces otra vez nuestra casa y nuestra vida fluyen felices y en paz.

Así que no recomiendo ni cortes abruptos ni dudas. Cada niño es un mundo, pero Irene me demostró en esos dos días -que ocurrieron hace un par de semanas- que incluso al guerrero más decidido le pueden hacer mella los comentarios entrelíneas y su inseguridad (grrrr). Pero por fortuna a ese soldado le sobraban ojitos amorosos y precisos que lo miraran y lo reconectaran. 😉 Los “quizás no come otras cosas porque está tomando mucha leche materna” o “esta niña está muy grande para andar tomando tanto pecho” o “tú y ella necesitan desligarse un poco” o “es que a la que le da más duro dejarlo es a ti”, etcétera, etcétera, etcétera, pasaron cuentas.

Cómo ocurrió

Resumo al máximo: mamá entró en dudas, intentó hablar con la pequeña (oraciones del tipo “ya estás muy grande, mi corazón. ¿No quieres mejor un banano [o un jugo, o leche -de vaca o de cabra- o whatever]? o “ya tomaste ahorita, mamá va a descansar” o “corazón, ya eres una niña grande, tita es sólo para dormir”) y lo único que consiguió fue desatar comportamientos totalmente extraños en su hija, plagados de llantos (que decían “¿por qué haces esto, mamá?”, con un “no entiendo” clarísimo -y justificadísimo- entre líneas y gestos), tristezas e ires y venires a la teta.

Lo que antes eran unas 4 o 5 tomas diarias (al levantarse, para hacer la siesta, después de comer y para dormir en la noche) se conviertieron en 10 o más discutidas, cortas, sufridas. Una calamidad. Terminamos con un ya no me dés en la noche que me duermo sola (no dicho pero hecho efectivo, con corazón arrugado por parte y parte) que logró ponerme en sintonía con las dos. Pensé, mientras lo oía dormirse, sentada a su lado, que todo ese comportamiento extraño era por la tita. O mejor, por la alteración totalmente absurda de nuestro orden. La tomé en brazos, la abracé, la pegué a mi pecho y la dejé comer en paz (que era lo único que quería). Y le pedí perdón, le expliqué qué había pasado y la besé. Fin de llantos y de comportamientos extraños (por ambos lados).

Mi conclusión

Creo que cada chiquito y cada familia tienen sus ritmos. Irene no come menos porque tome leche de mamá. Es cierto que algunas veces, si mamá no le ofrece algo para comer -a pesar de conocer sus horarios habituales de comida- o si estamos fuera de casita, la pequeña pide tita. Puedo saber por la hora si lo que tiene es hambre o sueño a secas. O si lo que quiere, realmente, es la tita de mamá. Pregunto y ofrezco (primero comida diferente. Si la respuesta es negativa, su querida tita) y según las circunstancias, procedo. No considero que esté apegada a su tita en particular. Le gusta, claro, pero si mamá no está come otra cosa (en caso de hambre) y ya. Sí le hace falta para dormir, definitivamente, pero yo no tengo problema en que se la tome. Llegará el día en que se duerma solita por físico cansancio y ya. Y eso que puede dormirse sola (no es que se quede dormida pegada a mí), pero le hace falta su traguito de buenas noches y la compañía de mamá.

Así que como estoy disponible para ella todo el tiempo y como siento que la tita no entorpece en lo absoluto su desarrollo (por el contrario, siento que lo fortalece: los dos días extraños justamente se caracterizaron por una niña fuera de sí, insegura y dependiente de mamá -lo que NUNCA con tita se da-), dejaré que sea ella quien decida espontáneamente -y sin trastornos- cuándo dejarla. Para quienes estén en otras situaciones (o en la misma y sin respuesta) dejo algunos links de Armando, de Bebés y más, sobre el tema, y otro sobre relactancia -porque siempre se puede volver al pecho… al menos algunos días después de dejar de mamar-.

Ah, y confieso que al empezar nuestra vida con la leche materna no sabía que iba más allá de los seis meses (a pesar de las charlas, los documentos, etcétera). En mi cabeza, absurdamente, creía que cuando empezaba la alimentación complementaria los niños dejaban el pecho sin más. Creo que la confusión se debía a que muchas veces se relaciona destete con introducción de otros alimentos. Por fortuna, entendí que comer otras cositas no implicaba -a secas- dejar de tomar lechita de mamá. 😉

[Y termino confesando menos tiempo en estos días para escribir en este hogar. Nuestra chiquita cada día está más activa. Y mamá no quiere perderse tanta vida revoloteando fuera y dentro de ella.]

Links relacionados:
El destete (I): aclarando el concepto
El destete (II): cuando es el hijo quien decide
El destete (III): cuando es la madre quien decide
El destete (IV): cómo hacerlo
Relactancia, volver a amamantar tras el destete

26 mayo 2011 at 09:20 9 comentarios

¿Cuánto debe comer un bebé?

También podría titular “¿cuánto debe comer un niño?” porque creo que el tema es válido para grandes y chiquitos. Supongo, en cualquier caso, que a más de uno se le ha pasado esta inquietud por la cabeza y me imagino también que -como yo- han tenido sus dudas por la infinitud de opiniones contrarias que hay al respecto. En esta entrada no daré respuestas definitivas, pero sí comentaré apartes del libro (que entra a nuestros recomendados) Mi niño no me come, del pediatra Carlos González: después de leerlo las comidas en casa han sido más tranquilas y -no sé si es idea mía o es verdad- casi pienso que Irene come más.

Bueno, esto de poner “bebé” en el título con una chiquita que ya no camina sino que corre, habla (aunque algunas veces sea en irinense), manda (¡mamá, ven!), coge solita la cuchara (no siempre, pero ni modo), tiene un colmillo -el inferior derecho- que ya asoma narices (y otros tres que ya vemos perfectamente en la sala de espera) y un montón de “adulteces” más parece un chiste, pero como la pregunta es válida a lo largo de toda la primera infancia (supongo) dejo “bebé” (saben que se puede cambiar por niño pequeño, si prefieren). En fin…

Ya entrando en materia, aclaro que en general nunca he pensado que Irene tenga problemas con la comida. Por el contrario, creo que es una niña que come bien, pues en general come de todo un poco (frutas, verduras, cereales, pescado, carne…) y no exige preparaciones distintas a las nuestras. Por supuesto, muchas veces debemos ampliar la oferta (en los desayunos y las cenas especialmente), pero eso no representa ningún problema. Creo que es normal que quiera probar otras cosas. En resumen, asumimos que está bien que un día prefiera arroz y carne en lugar de sopa y si el plato de la última se queda servido, no se nos viene el mundo encima: es natural.

Sin embargo, la pasada gripe trajo consigo una buena dosis de inapetencia que hizo más difíciles las comidas y preocupó muy especialmente al papá. Llantos, discusiones, angustias, lamentos y algunos malos tragos se hicieron presentes en la mesa, con lo que decidí incarle diente al libro que tenía en lista de espera tras los comentarios que había hecho de él Fran: Mi niño no me come, de Carlos González. Una bendición aclaradora para mamás y papás.

Lo que dice el libro
Creo que puede resumirse en tres ideas básicas:

  • La “inapetencia” es un problema de equilibrio entre lo que un niño come y lo que su familia espera que coma.
  • Los niños comen menos que los adultos porque son más pequeños. Su estómago es pequeño, por eso más que grandes cantidades de comida, necesita comidas concentradas, con muchas calorías por volumen (la leche, la carne, el arroz son algunos ejemplos de ello).
  • Ningún niño debe obligarse a comer. NUNCA. Debemos entender que comen a su ritmo, en porciones variables e impredecibles que dependen más de la energía que consuma (está creciendo) y de las necesidades nutricionales de su organismo. Obviamente, esto no significa que debemos olvidarnos como padres del asunto: creo que más bien indica que debemos confiar en nuestros chiquitos, acompañarlos, brindarles alimento SANO (no vale llenarlo de chucherías) y permitir que coman por sí mismos. La leche (rica en calorías y proteínas) es una buena fuente de alimento. Quizás por ello la lactancia (a demanda) es una bendición para los pequeños: les permite acceder a todos los nutrientes que requiere su organismo, como, cuando y en la cantidad que ellos requieran. No debe reemplazarse por agua (menos cuando son pequeños), debe ser exclusiva durante los primeros 6 meses y debe ser complementaria a otros alimentos después de esa edad. Pero, ojo: cada niño tiene su ritmo. Seis meses de vida no significan obligatoriamente boca y apetitos abiertos a todos los demás alimentos. Hay recomendaciones generales para saber cómo se van introduciendo estos que indican, además, que algunos niños pueden pedirlos antes o después de este tiempo. Nuevamente, el niño será quien dé la pauta de cómo se debe alimentar.

Mis conclusiones sobre el texto
Son varias. La primera, que cada niño es un universo y que al igual que todos los adultos somos distintos (y tenemos tallas distintas, además), los niños son diferentes y pensar que los percentiles, el peso y la altura tienen que ser unos y no otros es absurdo. De acuerdo con Carlos González, el peso es un parámetro de evaluación del niño que puede indicar, cuando hay una caída o un incremento abrupto en el mismo, que el niño puede requerir que se le explore -con exámenes, por ejemplo- un poco más. No es la medida de una competencia ni algo que evolucione proporcionalmente todo el tiempo: la edad y la alimentación de los niños (leche materna/leche artificial) incide mucho en su progreso.

Además de esto, concluí también -adobada por la experiencia de esa semana griposa en nuestra pequeña- que la alimentación es muy importante en los chiquitos, pero no por ello deja de hacer parte de su cotidianidad. Con esto quiero decir que nuestras expectativas deben de andar en consonancia con nuestro hijo y no con el del vecino, ni con el médico, ni con el libro. Hay factores externos que se relacionan sin duda con las ganas o no de comer que tenga un chiquito (una enfermedad, un rito familiar que permita ver al niño en las comidas un hecho natural,…) y nuestro papel -quizás- es ser sensibles a ellas y propiciar un ambiente tranquilo a la hora de comer. Esos llantos y quejas de Irene durante esa semana “inapetente” cambiaron de manera rotunda cuando dejamos de angustiarnos por que no quería comer. Dejamos que ella misma marcara su ritmo y, para nuestra sorpresa, cuando lo hicimos fue ella quien pidió sentarse con nosotros en la mesa (y quien cogió la cuchara para comer ella misma o para entregársela a mamá o a papá para ayudarle a comer).

Y el colofón
En cualquier caso, creo que al final del libro encontré un pensamiento que para mí resultó revelador. Según González, la percepción del apetito de los niños cambió radicalmente cuando la leche artificial llegó al mundo. Y no lo digo para satanizarla ni mucho menos, sino para enfatizar lo que me parece apenas natural: que cuando pudimos cuantificar la cantidad de comida que le dábamos a los pequeños, terminamos por pensar que podíamos inscribir su crianza en un cuadro simétrico en el que tendrían que caber todos. Y la naturaleza no funciona así. [No está de más mencionar que la afirmación revela también la dinámica del mundo capitalista -que ayuda todos los días a abrir más y más las brechas de inequidad y desigualdad entre los individuos-: ésa que exige que consumamos -comamos- en cantidades absurdas, para inflar mercados, para mantener activos los balances de multinacionales –como Nestlé (a la que hace un tiempo boicoteamos)– y para hacernos pensar que necesitamos más de lo que es realmente necesario. Los indicaciones detrás de los tarros de leche -que serán iguales a las que vienen detrás de los cereales, las papillas preparadas, etcétera- siempre tasan los promedios por encima de la media… ¡para vender más! Y más de un papá y una mamá pensará que su hijo come menos… o no come de plano porque no responde a esos parámetros. Aghh.]

Por ello, cuando buscamos una respuesta fiable a la pregunta que le da título a este texto, terminamos por encontrar mil verdades certificadas (¿cuántos menús, cuántas indicaciones, cuántas tablas con porciones de alimentos, cuántos cuadros de percentiles y demás cosas similares no se encuentran en las consultas de los pediatras, en los libros o en otros recursos?) que lo único que dejan claro es que ninguna es LA verdad (o mejor dicho, que no hay una respuesta única posible y que cada niño y cada familia encontrarán la suya). Por eso, cierro el texto con las palabras de Carlos González al respecto y con un listado de recursos relacionados (que incluyen una reseña no del todo a favor del libro, de la pediatra Amalia Arce) para que vean si les interesa. En nuestra casa, por lo pronto, decidimos disfrutar la hora de la comida y dejar que nuestra chiquita decida si quiere o no más. 😉

Sería absurdo pensar, sin embargo, que la alimentación de los niños cambiaba, simplemente, por modas. Estamos hablando de auténticos expertos en nutrición, que estaban al día de los avances científicos de su tiempo. Tal vez se equivocaron (y, desde luego, cuesta creer que todos tengan razón, cuando dijeron cosas tan opuestas); pero, sin duda, había un motivo para cambios tan radicales.

Creo que dicho motivo fue la lactancia artificial. En 1906, prácticamente todos los niños tomaban el pecho, de su madre o de una nodriza (el doctor Ulecia ofrecía reconocimientos de nodrizas por 15 pesetas). Algunos niños tomaban ya lactancia artificial, a base de leche de vaca con azúcar, con los desastrosos resultados que pueden imaginar. La capacidad de los lactantes pequeños para digerir y metabolizar el exceso de proteínas y de sales minerales en la leche de vaca es limitada, y era fundamental limitar estrictamente la dosis. De aquí la gran preocupación por la sobrealimentación, y los rígidos horarios de las tomas.

Por desgracia, los expertos creyeron que los horarios, que tal vez eran necesarios para los niños que tomaban leche de vaca, convenían también a los que tomaban el pecho. Incluso cuando el porcentaje de niños que tomaban biberón era muy bajo, los pediatras tenían más experiencia con niños de biberón que con niños de pecho, sencillamente porque estaban mucho más enfermos y acudían más a sus consultas. En aquellos tiempos, los pobres no iban al pediatra, y mucho menos si estaban sanos (llevar a un niño al pediatra para «revisión» era algo impensable). Es difícil hacerse cargo hoy en día (a no ser que se conozca bien el Tercer Mundo, donde la situación sigue siendo la misma) de la tremenda mortalidad que acarreaba la lactancia artificial en aquellos tiempos. El doctor Ulecia cita al respecto a otro experto, el doctor Variot, de Francia: “Las madres que niegan el pecho a sus hijos, sobre todo en los dos primeros meses de la vida, y los someten desde el nacimiento a la lactancia artificial exclusiva, los exponen a mayores riesgos de morir que los que corre un soldado en los campos de batalla”.

Los bebés que tomaban pecho hasta el año se criaban sin problemas, pues la leche materna lleva todas las vitaminas y nutrientes necesarios; y entre los pocos que tomaban leche de vaca entera, la consigna era no sobrecargar aún más el sistema digestivo. Pero la situación se deterioró rápidamente. Veinte años después, el doctor Roig se queja de que cada vez es más difícil encontrar una buena nodriza, y sus libros están llenos de anuncios de leches artificiales.

En los años treinta, los bebés tomaban leche preparada industrialmente, en la que se habían reducido las proteínas, pero también se habían destruido las vitaminas en el proceso de esterilización. Ahora necesitaban otros alimentos, sobre todo frutas, verduras e hígado, para evitar el escorbuto y otras deficiencias vitamínicas; y cereales y otros alimentos caseros para reducir rápidamente la dosis de la costosa leche artificial (o las madres más pobres volverían a pasarse a la leche de vaca entera, probablemente sin esterilizar, indigesta y a veces transmisora de la tuberculosis).

Un exceso de entusiasmo llevó a recomendar unas cantidades que los niños difícilmente conseguían tomar, y mucho menos los de pecho, que no necesitaban papilla para nada.

Por desgracia, todos los expertos parecen haber cometido el mismo error: dar a los niños de pecho las mismas papillas que a los que toman el biberón.

En los años setenta, la fabricación de leches artificiales había mejorado lo suficiente como para que los niños que tomaban el biberón no sufrieran escorbuto, raquitismo o anemia. Ya no era necesario el zumo de naranja para evitar el escorbuto, y se empezaron a apreciar, en cambio, los posibles peligros, más sutiles, de las papillas demasiado precoces: las alergias e intolerancias, la celiaquía. Progresivamente, las papillas se volvieron a retrasar: a los tres meses, a los cuatro, ahora a los seis. Personalmente, no creo que el proceso haya terminado; y será interesante ver qué nos depara el futuro…

Links relacionados:
“Mi niño no me come” (reseña de Amalia Arce en su blog “Diario de una mamá pediatra”)
“Mi niño no come” (otra vez Amalia Arce, con una experiencia)
¡Con plastilina, mamá? (la historia de Fran)
Y un video (en varias partes) con una conferencia de Carlos González, sobre las gráficas de peso (los famosos percentiles de los que hablan los pediatras):

Y pido disculpas: otra vez esto se fue largo. :S

28 marzo 2011 at 12:07 7 comentarios

“¡Aaaaa tita!”

Creo que después de “papá” y “mamá” (y de las unificadoras “mapapa”, “papamamá” y “mapa”) esta expresión -que casi siempre llega acompañada de un “ymm” saboroso y hasta gracioso, que precede una boca abierta y deseosa- es la reina de nuestra hija al hablar. Y no es para menos: a pocos días de cumplir 19 meses, Irene reclama lechita para dormir, para calmar la sed, para sentir el calorcito de mamá, para tranquilizarse, para regodearse de felicidad, para reponerse de una caída, para sentirse en casa y para un sinfín de razones más.


¿Por qué, entonces, hay tantas caras de sorpresa cuando algunos descubren qué es “a tita”? (Y a nosotros no nos pasa tanto, pero sé que las razones se asocian más a nuestro ritmo de vida.) Aún recuerdo las palabras “versadas” de quien fue por mucho tiempo mi ginecóloga cuando me dijo hace algunos días que amamantar más de seis meses al bebé era “un vicio” (no sé para quién). No volveré a enumerar los beneficios infinitos que contradicen ese supuesto porque, aunque me dan unas ganas enormes, ya lo he hecho y sé que el relato de nuestra experiencia es suficiente para hacerlo.

“Ymmm. A tita” es -con creces- la mejor amiga de nuestra (pa)maternidad. En casa nos sentimos cada vez más conmovidos cuando vemos que Irene deja claro cuándo la quiere (con un “aaaaaaaaaa” laguísimo y emocionado). Sabemos que su reclamo no significa dependencia o malcrianza -entre otras cosas, porque (como lo decía hace unos días) casi siempre se habla muy subjetiva y amañadamente de esto último. Al contrario, le atribuyo la serenidad y la seguridad de Irene a esa demanda siempre atendida. Ahora, después de cada “a tita”, sé con certeza qué es lo que necesita nuestra chiquita.

¿Y todavía la alimenta? Creo que sí porque nuestra hija sigue creciendo y desarrollándose como debe. Es más, para mí supone una tranquilidad extra porque sé que no es un gran problema si algún día veo menguado el apetito de la pequeña (y que conste que eso no significa que ella coma menos. En su lugar me parece que el interés por otros alimentos está asociado al rito, es decir, a hacer de las comidas un momento familiar. ¡Si hasta sushi -con mariscos cocinados- ha comido! Repito: los niños hacen lo mismo que hacemos sus papás).

Ahora, en cuanto a qué tanto ha cambiado nuestra lactancia en los últimos meses (ya un par de veces hablé –1 y 2– sobre los cambios que ocurrían después de que el bebé cumplía un año de edad), debo decir que poco. O quizás sí se haya transformado algo, pero creo que sus giros han estado más relacionados con la emotividad. Tanto Irene como yo y su papá nos sentimos más conectados al amamantar. La vida es más simple, no porque ella amamante menos (que sí, disminuye un poco con el tiempo), sino porque ahora sabemos con más certeza cuándo y por qué quiere mamar.

Algunos dirán que llamarla “tita” y no “teta” ayuda a reducir caras de sorpresa. Es posible. Pero aunque así no fuera, amamantar sí hace que todos vivamos más felices y tranquilos: tomar un avión, dormir fuera de casa (juntos), sanar un corazón asustado o un piecito adolorido, relajarse y conciliar el sueño (diurno y nocturno de grandes y pequeños), expresar con caricias y besos nuestro afecto, combatir la falta de apetito, mantener a raya los virus y los bichos y un largo etcétera que pasa incluso por estimular el habla y los gestos, ha sido sencillo. Persistiremos, por ello, en nuestra lactancia. Y juzgo por el entusiasmo que Irene muestra con su “aaaaaa tita”, cantando y sonriendo, que amamantaremos todavía un buen tiempo. (Ya sé de qué no nos perdemos.) 😉

4 marzo 2011 at 08:36 9 comentarios

¿La leche materna puede ser un vicio?

La inquietud en sí misma me parece absurda, pero la planteo porque para mí sorpresa -los mitos siguen vivísimos- ayer la ginecóloga me lo sugirió. En sus labios, el tema no fue una pregunta si no una afirmación… no sustentada por ningún argumento. Sólo dijo “no tenemos que creer en todo lo que dice la Organización Mundial de la Salud” (o algo parecido). Soy una madre lactante de una chiquita de 14 meses. He recibido, de mi mano y de la de mi hija, los beneficios de la lactancia, exclusiva durante sus primeros seis meses de vida y prolongada desde entonces hasta aquí. Quiero seguir amamantándola hasta que ella quiera y, cuando menos, aspiro poder hacerlo -como lo recomienda la OMS y un montón de organizaciones especializadas más- hasta que Irene cumpla dos años. Este texto, por lo tanto, expone las razones por las que pienso que la lactancia no es ningún vicio. Puede sonar a apología (y claro que es una defensa en sí misma), pero pretende ser más bien una fuente de información para mamás y papás. Cada quién tomará sus decisiones. Yo, por mi parte, estoy convencida de que la leche materna es y será siempre un alimento… como lo es la leche de vaca, de cuyos nutrientes -qué curioso- nadie duda. ¿Por qué será?


No me alargaré exponiendo las ventajas de la leche materna, pues ya lo he hecho en otras entradas. Dejaré para quien le interese la recopilación general de textos sobre lactancia materna publicados en el blog, además del link de un artículo específico sobre los beneficios de la lactancia prolongada, que es la que se critica más abiertamente (la lactancia durante los primeros meses no se critica, pero en muchos casos se desestimula). En ellos podrán encontrar las pruebas científicas de los beneficios de la leche de mamá, además de un buen recaudo de experiencias que confirman tanto sus ventajas nutritivas como emocionales. Me centro en si la leche materna se puede considerar un vicio (o un juguete, también me lo han dicho) después del primer año de edad.

Creo que el problema (que no debería serlo) de si la leche materna sirve o no y de si el biberón es bueno o malo se debe mayoritariamente a un asunto cultural. En Occidente, la revolución industrial y el desarrollo de la ciencia nos han alejado de la naturaleza con discursos de comodidad y bienestar. Y no estoy en contra de ellos, aclaro, pero sí difiero de las consideraciones absolutistas que echan por tierra cualquier forma anterior de vida. Suena a prehistoria y sin duda nuestra condición de mamíferos viene de tiempos remotos, pero para sorpresa de muchos es una condición vigente y vital… por la que a pesar de la ciencia y de la industria seguimos necesitando mamar.

¿Por qué se sataniza la lactancia?

Sospecho que si la leche materna viniera en un empaque diferente y no supusiera la necesidad de que las madres estuvieran “con el niño pegado a la teta” cada cierto tiempo (a medida que crece, por cierto, ese “cada” disminuye considerablemente) no sería mal vista. Es más, creo que nadie diría que puede ser un vicio o un juguete en ningún momento de la vida (a mis treinta y tantos años nunca me han dicho algo semejante de la leche de vaca o de cabra, que siempre es tan alimenticia, que se incluye en las pirámides nutricionales y que se considera un infaltable en la dieta familiar).

Lo cuestionable a los ojos de muchos es la supuesta pérdida de libertad que supone amamantar. Pero nadie lo plantea en esos términos… o casi nadie: normalmente se dice que es importante la interacción de otras personas en la crianza, que la madre también necesita recuperar sus espacios, que no puede dejarse a un lado la vida profesional de las mujeres, que el niño se vuelve dependiente, que la leche materna envicia (¡¡¡???), que la teta se vuelve un juguete, que bla, bla, bla…

¿Qué respondo? Que la lactancia materna no compite con nada de ello. También que la naturaleza hizo las mamas para alimentar (no para lucir escotes), que el hombre es un mamífero y, por lo tanto, para subsistir necesita tomar leche, que la naturaleza es sabia e indica, por todos los medios, que los bebés no pueden desarrollarse solos y que por ello necesitan tener a su madre cerca para que los alimente, para que les dé calor, para que les brinde seguridad, para que los proteja. Lo del mundo laboral y lo de interacción con otras personas (incluída la participación del papá) puede darse de otras formas… Criar no es sólo alimentar.

¿Hasta cuándo es recomendable?

Vuelve y juegan los discursos (que no enuncio porque son en general una reiteración de los anteriores). Pienso que la respuesta correcta la tiene cada familia. En nuestro caso, creo que el momento final será hasta que Irene deje de pedirla. Confío en la naturaleza. ¿Si ha funcionado tan bien durante siglos, por qué dejaría de hacerlo ahora?

¿Que ya come otras cosas, que la leche ya no es indispensable para su desarrollo, que ya es más lo que juega que lo que come, que pierde independencia, que pueden creársele traumas o fijaciones con el pecho (también -parece increíble- me lo han dicho), etcétera, etcétera? Igual. Come otras cosas pero aún no tiene todos sus dientes ni cuenta con una motricidad lo suficientemente desarrollada para alimentarse solita. Es cierto que la leche ya no es su principal alimento, pero no por eso deja de ser una fuente importante de nutrientes. ¿O alguien ha dicho, por ejemplo, que no se pueden comer naranjas si no hasta los 2 años o que la carne es dañina a partir de 30? Bla.

Mi niña, por cierto, no juega con su pecho… ahora lo mira, claro, del mismo modo que inspecciona todo lo que tiene frente a los ojos: un juguete, una cuchara, un alimento. Pero de ahí a que juegue en lugar de comer hay un trecho largo y si veo que no tiene hambre, cierro la tienda y ya está. Con respecto a la independencia, debo afirmar por nuestra experiencia que Irene es una niña tranquila, bastante independiente y segura para su edad. Creo que amamantarla puede tener que ver en algo de esto, aunque supongo que es una más de las cosas en las que se refleja un estilo de crianza que ella proyecta. Puede haber madres tranquilas y atentas a sus hijos que den leche de fórmula y puedan decir lo mismo. Ahora, si una tendencia se presenta más en unos que en otros, no tengo ni idea. Sólo puedo decir que la teta no crea niños dependientes en lo absoluto y que, por el contrario, les da seguridad.

Y cierro con mi respuesta a lo último: ¿traumas, fijaciones? Irene está chiquita pero lo dudo totalmente. ¿Por qué ha de ser dañino algo que es natural? Creo que afirmarlo equivale a decir que los niños se obsesionarán con sus genitales cuando aprendan a ir al baño o que peinar a las niñas les creará fijaciones con su apariencia y cuidado. Repito: el tema, me parece, es más cultural.Y agrego: también es un asunto de mercado.

Amamantar a mi hija me ha dado satisfacciones y libertad. No tengo que correr cada tanto a la farmacia para conseguir una leche de tarro (que, como decía Adriana, pueden resultar además muy caras), no tengo que trabajar como loca para tener el dinero con qué comprarla, no tengo que invertir tiempo adicional al de la toma misma para preparar teteros, no tengo que angustiarme si mi chiquita no muestra apetito por lo que está servido en la mesa… Hasta ahora, nunca ha rechazado mi pecho. Es más, se tranquiliza al tomarlo, lo disfruta, se alimenta. Es la mejor cura que tenemos ante una caída o una enfermedad (que, por cierto, han sido muy pocas).

¿Entonces: si tiene tantas ventajas por qué se habla en contra de la leche materna? No me voy contra otras formas de lactancia, sólo pienso que es absurdo satanizar lo que es natural. Pienso que cada familia debe tomar sus decisiones con información adecuada y objetiva. Es más, creo que si fuéramos realmente honestos, a las mamás se les debería informar que pueden optar por la lactancia materna o por la leche artificial, señalándole los posibles efectos adeversos de esta última, que no deja de ser un intento de adaptación de la primera y, se quiera o no, no se recibe ni es igual.

¿Y después del año? Lo mismo: cada quien dirá. Irene ahora también toma leche de vaca, entera o semidescremada. Y no por ello deja de tomar mi pecho, simplemente me pide cuando ve que tomo en un vaso (como me pide cualquier cosa que ve que estoy comiendo). Le doy y no le ha caído mal, pero aclaro que hasta ahora le han sentado bien todos los alimentos. Puede ser, tal vez, porque se alimentó con leche materna de manera exclusiva hasta los seis meses. Y porque, en consecuencia, su sistema digestivo maduró de una manera sana y natural. Sé que si mañana no quiere tomar más mi pecho habrá otras fuentes para alimentarla, pero si quiere hacerlo, ¿por qué se lo voy a quitar? No creo que haya ningún vicio en la leche materna… creo que hay vicios en las miradas que la intentan satanizar.

[Otra vez se me fue largo. Oops. Recomendaba a vuelo de pájaro en mi última entrada un texto-respuesta a un mal artículo -mal informado, mal planteado, mal sopesado- del Magazín de El País, de España, sobre la lactancia. Hoy recomiendo además dos textos resúmenes sobre la polémica que se ha desatado en distintos países como consecuencia de ese mismo artículo (titulado “Madre o vaca“, páginas 36-40), porque creo que exponen desde distintos puntos de vista el valor de la lactancia materna y la común desinformación que lleva a afirmaciones o preguntas como la que da título a este post.

El primer texto se titula “Las madres lactantes contra `El Mundo´” y el segundo se denomina “Blogs de papás y mamás (XXXVII)”. Aunque el título de este último no adelanta mucho sobre el tema, es una recopilación de al menos once artículos de mamás bloggeras sobre la lactancia. Ambos pueden complementar desde la experiencia lo que por fuentes distintas, pero con las mismas causas y consecuencias planteo hoy.Una última recomendación: el texto “Aprendiendo a ser mamíferos” publicado en El País, de España. Creo que brinda un buen contraste al de “Madre o vaca”. Cada vez que escribo de los beneficios de la lactancia materna pienso que no debería haber discusión sobre sus ventajas… pero vuelvo y me topo con sorpresas como la de esta médica. O_O]

21 octubre 2010 at 10:37 13 comentarios

¿Cambia la lactancia después del primer año de edad? [2]

Continuamos nuestra entrada de ayer con la segunda parte prometida. Llegamos a los doce meses… y a un total de seis dientes. Cumplido el año los ensayos (ahora picarones) de mordiscos regresaron y, con ellos, los cambios adoptados para mantener la lactancia, sus beneficios y nuestra tranquilidad.

Foto: Bebés y más

El balance de nuestros cambios para mantener viva nuestra lactancia es bueno: ya no hay dientecitos afilados clavándose en mi pecho, el apetito de Irene por los alimentos complementarios crece considerablemente y las noches (que antes tenían unos 3, 4 o 5 despertares, cada tres horas) han mejorado muchísimo: ahora tenemos una chiquita que se despierta menos (una o dos veces en la noche, con lapsos de 6 horas o más) y que sólo toma teta a oscuras antes de caer en los brazos de Morfeo. En el día, sí, tenemos unas seis tomas de leche, antes de las siestas y de las comidas, además de unas cinco comidas cada vez más parecidas a las de papá y mamá. ¿Qué cambiamos y cómo lo hicimos? Empiezo a contar.

Mordiscos

Se presentaron inicialmente después de que asomaron narices los primeros dientes de la peque, creo que de una manera involuntaria y casi refleja, pues ella misma no era del todo consciente de qué función tenían los amigos del Ratón Pérez. Un no serio y explicado (estoy convencida de que los niños sí entienden lo que les dicen, sin importar su edad), seguido de un llantito asustado, fue suficiente para evitar dolores y continuar tranquilos nuestra lactancia. Alrededor del primer año, sin embargo, los dientecitos ya estaban bien identificados en su cabeza y se multiplicaban gradualmente en su boca: nuevos mordiscos picarones y poca atención al no adolorido de mamá volvieron a llegar.

Medidas

Concluimos que más que rechazo al pecho sus mordiscos eran una manera de distraerse y jugar. Decidimos entonces  no darle teta cuando ello ocurriera, manteniendo nuestro deseo de que Irene siga tomando lechita el tiempo que quiera (ojalá hasta los dos años) y protegiendo al mismo tiempo a mamá.

Aclaro, sin embargo, que interrumpir la toma de leche tras el mordisco nunca fue una manera de castigo (nuevamente le hablábamos sobre lo que ocurría y sobre el por qué lo hacíamos); era más bien una interpretación que creímos lógica de lo sucedido: si muerdes no tienes hambre, si juegas (ojitos picarones antes y después del mordisco -lento, medido- mirando a mamá), quieres jugar.

La consecuencia final fue que condensamos las tomas de leche de nuestra pequeña, omitiendo algunos aperitivos (no aquellos que calman caídas, por ejemplo, que más que aperitivos son protección, amor y consuelo) y dejando espacios más amplios para jugar. Irene, por supuesto, puede estar jugando horas eternas sin hacer ningún gesto de hambre (bueno, a veces viene gateando hasta mí y me coge el pecho, con una tosecita particular que significa en irinense “quiero lechita de mamá”). Cuando eso ocurre y veo que han pasado unas tres horas sin leche, le pregunto si quiere lechita. La respuesta suele ser el gesto que acabo de describir entre paréntesis, con o sin gateada, y, siempre, la tosecita característica. Le damos leche sin mordiscos. 😉 [Felicidad.]

¿Se pueden evitar los mordiscos sin dejar la teta?

Foto: Madres en la red

En nuestro caso fue posible, creo que por la dinámica bastante recurrente que tenemos. Nuestra vida tiene cada vez rutinas más establecidas, que se han ido creando a la par de la pequeña, siguiendo más sus necesidades que la nuestra. Obviamente esto no significa que hayamos esperado a que ella las definiera -creo que no hubiera sido posible, sobre todo cuando era pequeña-. Más bien significa que continuamos nuestra vida en casa más o menos como venía (con rutinas comunes, como dormir en la noche y hacer seis comidas en el día: desayuno, merienda, almuerzo, merienda y cena), haciendo cambios y ajustándola cada vez que sentíamos que ella lo necesitaba o pedía.

Por ejemplo, siempre nos hemos sentado juntos a la mesa (c0n ella en su cochecito, acompañándonos, cuando era muy pequeña), lo que creo que ha sido definitivo para que Irene se sienta atraída por los alimentos y para que participe activamente (pidiendo, cogiendo, explorando, probando y comiendo) en las comidas. Es más, cada vez me inclino más por la hipótesis de que si un niño ve a sus padres comer (y más si él mismo hace parte del suceso), querrá hacer lo mismo, al mismo tiempo. No gratuitamente se dice que muchas de las cosas que hacen los niños las aprenden por imitación. Irene, al menos, además de comer y pedir de todo lo que ve en la mesa, quiere peinarse sola, caminar a nuestro lado, salir a la calle y lavarse los dientes.

Distracciones y juegos

No me alargaré mucho en este apartado porque creo que ya quedó un poco resuelto con lo que escribí hace un rato. Sólo quiero agregar que a medida que Irene crece se hace más necesario mantener un espacio especial para la lactancia, alejado de ruidos y juegos. En nuestro caso, además, contamos con “herramientas” especiales para la tarea (un cojín de lactancia, una mecedora), que aunque no usamos siempre -no dejamos de darle lechita cuando estamos fuera de casa 😉 – nos ayudan a “ambientar” más el momento y a contextualizar. Una vez ella está satisfecha, se suelta e intenta bajarse solita de la mecedora. El mensaje, sin duda, es: “cambio de actividad”.

Cambio en las rutinas de sueño

Foto del Concurso de Fotografía del Grupo Nodrissa. 2003. Premi Coselleria de Sanitat: Millor Foto. Mónica Reneses. Albacete.

En nuestro caso, el cambio más significativo, quizás, son las rutinas de sueño de Irene. Hasta hace unas tres semanas, nuestra pequeña se dormía siempre pegada al pecho. Desde hace unos dos meses, sin embargo, durante sus despertares Irene tardaba muy poco en volverse a dormir, con lo que sus tomas nocturnas eran casi nulas. Había leído con frecuencia que intentar dormirla de otro modo (meciéndola, cantándole, etcétera) podía ayudar a que durmiera por lapsos más largos, pero los intentos habían sido efectivos sólo en algunas ocasiones. Decidí volver a intentar, con la premisa de que si veía que ella no estaba cómoda con ello y pedía pecho, volveríamos a tomarlo.

Vino la sorpresa: la primera vez, mi niña estaba descuadrada, intentaba pasar de una posición vertical a una horizontal (habitual en su toma). Protestaba un poco, sin llorar. Pasado un par de minutos, como si fuera lo más lógico, se recostó en mi hombro. Cinco minutos más tarde dormía plácidamente. Cinco minutos más, la acostábamos en su cunita sin riesgo de que abriera los ojos. Los lapsos de sueño, inmediatamente, empezaron a cambiar: de tres horas pasó a dormir en un solo tiro unas 5, 6 y hasta 7 horas. El resultado, por supuesto, fueron menos despertares.

Las circunstancias se mantienen iguales hasta ahora. La única diferencia, paradójicamente, es que yo me siento más cansada cuando se despierta y, aunque tarda lo mismo que con el pecho para dormirse (entre 5 y 10 minutos), mi cuerpo se queja más. Creo que los paseos por el cuarto, cargándola mientras se relaja, sumados a sus 9 kilos de peso, maltratan un poco mis rodillas. Pero no importa. Ella está tranquila. Y yo, ahora, duermo un poco más.

Nuestras recomendaciones

  • Dejar que el bebé marque los ritmos, aprendiendo a leer sus señales y a seguir, también, el instinto de mamá.
  • No dar nada por hecho ni definitivo: el ser humano es cambiante.
  • Permitir que el bebé, aunque adaptable, encuentre su manera de hacer las cosas (que seguramente no será la única y, como todo, variará, variará y variará ;)).
  • Mantener espacios que propicien silencio y tranquilidad a la hora de amamantar.
  • Establecer rutinas para las comidas (y si se puede, para dormir, pasear, jugar) que se ajusten al bebé y al hogar.
  • Compartir tiempo en familia: creo que los chiquitos quieren hacer las mismas cosas que queires los rodean. Por eso, sin duda, siempre querrán jugar con ustedes… y dormir y comer y explorar.

[Quedo debiendo (y lo enuncio para que no se me olvide) un par de textos sobre nuestras metas futuras y logros actuales de “Menos cosas, más felicidad”, además de otro sobre la introducción de derivados de la leche -exitosa y paulatina- y de otros alimentos como el pescado, los cítricos y el huevo, que recomiendan darle al bebé después del primer año. Ah, y un feliz trecemeses el jueves próximo. Crecen rápido, ¿ahh! Gracias a todos por sus comentarios. Y por seguir visitando esta casita. Un abrazo y un beso fuertes.]

4 septiembre 2010 at 11:40 3 comentarios

¿Cambia la lactancia después del primer año de edad? [1]

Recientemente Irene cumplió doce meses y, como queríamos, sigue tomando lechita de mamá. Nuestra historia de lactancia, no obstante, ha sufrido cambios -gratos- que nos han permitido adaptarnos a las transformaciones de la peque, cada vez más despierta, activa e inquieta. La introducción de otros alimentos a partir de los seis meses se ha incrementado, ampliando su apetito sin medrar sus tomas de leche. Estas, sin embargo, han cambiado: ahora Irene hace unas 6 o 7 tomas largas (pero rápidas) durante el día, dejando a un lado las tomas nocturnas y los aperitivos y logrando concentración a la hora de amamantar. Seguramente nuestros cambios no son comunes a todos los niños, pero nos han ayudado a mejorar sus noches y a superar mordiscos y distracciones. Y, aunque no se corresponde totalmente con el título, iniciamos una primera parte de esta historia hablando sobre los cambios en la lactancia después de los seis meses, para dejar para la próxima entrega los detalles de lo ocurrido después de los doce meses de edad.

Y comienzo repitiendo lo que he dicho otras veces: cada niño es un universo al igual que lo son cada mamá y papá. Quizás, lo que nos sucede a nosotros no le ocurra a todos. Nuestra historia no pretende, por tanto, ser un modelo único para ninguna familia. Si a alguien puede servirle nuestra experiencia, maravilloso; y si alguien puede enriquecerla contándonos la suya propia, nos gusta mucho más. 😉

¿Cuáles han sido nuestros principales (y más recientes) cambios?

Básicamente han cambiado las frecuencias en las tomas de leche y los espacios en los que desarrollamos la misma, pues el ansia de explorar y conocer de nuestra chiquita -sumada al incremento de otra variedad de alimentos en sus comidas- exigen concentración y tranquilidad.

Estos cambios, sin embargo, no han sido los únicos, pues a pesar de que un mes después de introducir alimentos complementarios a la dieta de Irene escribimos un post diciendo lo  poco que cambiaba esto nuestra lactancia; unos meses después, al acercarnos al año, sí empezamos a concentrar las tomas de leche de la pequeña, todos los días más deseosa de comer todo lo que estaba servido en la mesa de sus papás.

Las edades de la lactancia

No sé si el término es propicio, pero en la última revisión de la peque, el pediatra nos dijo que Irene se ha convertido en una lactante mayor al cumplir doce meses. Antes de esta fecha, los peques son primeros lactantes (hasta los 28 días) y lactantes menores (de los 28 días a los 12 meses de edad). La diferencia con las edades anteriores, según entiendo, radica en el desarrollo físico y emocional del pequeño: de tomar otros alimentos como complemento de la leche materna, el lactante mayor pasa (supongo que no al cumplir un año exactamente, sino alrededor de esta edad, según su propio ritmo y desarrollo físico) a comer cada vez más como el resto de la familia.

La leche materna, sin embargo, sigue siendo una fuente importante de nutrientes y energía (además de defensas, amor y caricias) después del primer año, pero no se basta por sí misma. Se recomienda continuar dándola hasta los dos años (al menos), pues ayuda a tener una mejor salud en el presente y el futuro de los pequeños. Además, amamantar también es bueno para las madres, pues protege contra la obesidad, reduce el riesgo de padecer enfermedades como el cáncer de mamá y de útero, además de prevenir la aparición de otras patologías como la osteoporosis y la artritis reumatoide en las mamás.

Lactante mayor y lactancia prolongada

Foto del Concurso de Fotografía del Grupo Nodrissa. 2005. Autor: Raquel Ochoa Sánchez. (Premio del Ayuntamiento de Ondara)

Hace algunos meses publicamos un artículo muy interesante sobre los beneficios de la lactancia prolongada. En él se planteaba que el término se usaba para bebés que continuaban tomando leche materna después de los doce meses de edad. Traigo nuevamente a colación el texto (entre otras cosas, para que puedan leerlo quienes estén interesados en conocer estas maravillosas ventajas) porque si bien puede hablarse de una lactancia prolongada a partir del año, creo que quizás sería más preciso hacerlo después de que el bebé ha cumplido los dos años de edad.

Esta posición, aclaro, es un poco personal y arbitraria: la palabra “prolongada” me da la idea de algo que se va más allá del tiempo habitual… y me digo: ¿Si la misma Organización Mundial de la Salud recomienda lactar hasta los dos años (al menos) por qué se habla de “prolongar” la lactancia después de los doce meses si lo deseable es que se mantenga también -normalmente- los doce meses siguientes? Supongo que será porque no muchas madres lo saben o lo hacen… Y es una lástima, porque lactar es un regalo y un placer tanto para ellos como para las mamás.

Ahora sí, nuestros cambios: de los seis a los doce meses

Al iniciar la alimentación complementaria de Irene, nuestra chiquita pareció interesarse un poco menos en su lechita, especialmente después de introducir en su dieta algunas  papillas. Confieso que me estresé un poco, pues notaba que su acercamiento a otros alimentos era más exploratorio que nutritivo (era imposible que su cuerpecito se mantuviera en buena forma con los bocados que apenas alcanzaba a probar). Estuve atenta a sus caquitas y descubrí que más que poco interés en la leche materna, Irene estaba acostumbrándose al cambio que esos nuevos alimentos suponían para su aparato digestivo: deposiciones más densas, menos frecuentes y, a veces, duras. Insistimos entonces con la lactancia, reduciendo la ingesta de sopitas y coladas (nuestra opción primera era el Baby-Led Weaning, pero su habilidad cogiendo los alimentos nos hizo dudar). Logramos así que el cambio fuera paulatino y que el efecto laxante de la leche evitará atascos digestivos. Pasados un par de meses, cuando su cuerpo se había acostumbrado un poco más a la nueva dieta y a los pujos requeridos para eliminar sus heces, incrementamos las porciones, retomamos las sopitas y mantuvimos el suministro de trozos de alimentos (verduras y frutas, principalmente) para saciar su apetito y su curiosidad. Paralelamente, su interés por la leche volvió a ser el mismo de otros días para felicidad de todos.

Superado este impasse, aparecieron -con los nuevos dientes- los mordiscos: un no serio y rotundo sirvió de aclaración de que teta y dientecitos no eran amigos… La claridad, no obstante duró hasta hace poco cuando, al cumplir su primer año, Irene empezó a morder mi pecho de nuevo, con cara picarona al principio y al final.

[Esta entrada ya se hizo larga. Suspendo temporalmente. En la segunda parte les contaremos cómo logramos superar el ataque dental y cómo los cambios nos han ayudado a evitarlos, además de mejorar, incluso, el sueño de Irene y el sueño de sus papás.]

😉


2 septiembre 2010 at 08:45 3 comentarios

No más dudas sobre la lactancia materna

No son pocas las preguntas o los mitos que rodean a la lactancia materna, como tampoco son pocos los niños y mamás que se privan de sus beneficios (físicos y emocionales) por falta de información. Por ello, como felices beneficiarios y promotores de la lechita de mamá, nos unimos a la celebración de la Semana Mundial de la Lactancia Materna compartiendo una entrevista clara y amena de Graciela Hess, miembro de la Liga de la Leche y experta en Lactancia, difundida por La W Radio de México ayer.

Y aunque la entrevista está en audio, la pegó insertada en un video por las particularidades de los blogs gratuitos de WordPress. Dura 16 minutos y 31 segundos, más o menos y vale MUCHÍSIMO la pena… así que no se la pierdan. Creo que si todas las mujeres supiéramos lo que se plantea en ella, ninguna dejaría de amamantar a su bebé. 😉


[Links relacionados: BBMundo, La lactancia materna salvaría un millón de vidas al año, La leche materna salva vidas y otros videos sobre Lactancia]

3 agosto 2010 at 16:17 5 comentarios

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