Posts tagged ‘historia’

La piscina

Cada día al lado de Irene es sorprendente… mucho más desde que podemos hablar con ella y entender todo (bueno, casi todo) lo que quiere.

Gracias a sus palabras y a sus gestos descubrimos la infinitud de su mente: ésa misma que hace que quiera meterse en la “pichina” de un libro que leía con papá (quitándose -por iniciativa propia, sin que nadie le insinuara que nos metiéramos, zapatos y medias para hacerlo) y que quiera, además, que nosotros la acompañemos. Anoche humedecimos nuestros pies en el agua azulada y entintada de Maniática de la explicación. Aún tenemos el corazón mojado y goteando amor. Vivir a su lado es caminar todos los días por el cielo. 😉

PD. La imagen es de hoy… la de ayer quedó grabada en el recuerdo. La imaginación de los niños es un mundo (¿innato? No sé, pero -cuando menos- inmenso).

2 mayo 2011 at 08:55 5 comentarios

¿Nos cambia la vida ser papás?

Más de uno dirá que la respuesta es obvia. Sin embargo, los detalles que expliquen cómo puede cambiarnos la vida y la percepción que tenemos de ella la llegada de un bebé son los que merece la pena pensar. Hace unas semanas tuvimos el gusto de encontrarnos con un par de padres recientes, amigos de buena parte de nuestras vidas y -aunque los cambios saltan a la vista- no parábamos de hablar sobre cómo felizmente se cambia al ser papás. Doy puntadas a algunas reflexiones, segura de que si estos son los cambios que experimentamos con 20 meses de paternidad, la nuestra será una historia interminable -tan fantástica como la de Ende ;).

Y sé que no soy la única que piensa de este modo. Es más, hace un par de meses circularon en más de 60 blogs respuestas a la iniciativa “10 cosas que he aprendido de mi hijo” de la web Amor maternal. Nosotros no participamos entonces (en parte, porque cada una de las respuestas que leí me parecían válidas. ¡Es difícil reducir a 10 los aprendizajes recibidos de Irene! Si empiezo a enumerarlos creo no podría acabar).

Hoy no voy a hacer un listado (con la mala reputación que tengo por entradas kilométricas, más de uno no sabrá si suspirar de alivio o temblar. Jajjaja). En su lugar quiero compartir una reflexión que incluí hace algunos días en un comentario de Bebés y más, a propósito de los pañales de tela. Y quiero traerlo acá porque sólo entonces verbalicé una transformación en nosotros (como individuos, pero también como familia) que ha surgido casi espontánea y naturalmente, y que nos obliga a dejar de pensar de manera individual para comenzar a pensar -ahora sí no sólo en el discurso sino también en la práctica- en los demás. Decía mi comentario:

“Nuestra experiencia con los pañales de tela ha sido fundamental, pues no sólo ha sido gratificante en términos de salud, economía y comodidad […]. Usar pañales de tela ha cambiado radicalmente nuestros hábitos (especialmente los de consumo), haciéndonos más conscientes de la basura que generamos, de la importancia de reutilizar (no sólo los pañales), de evitar el contacto con químicos (hasta huerta orgánica hemos sembrado) y de vivir con menos cosas y con más felicidad (así llamamos una serie en nuestro blog donde compartimos experiencias relacionadas con esos hábitos).”

“Sin duda la sola experiencia de ser papás nos ha “tocado”, pero también estoy segura de que el habernos permitido pensar un par de veces en los productos que consumiríamos para la crianza de nuestra hija (no usamos shampoo sino miel, con maravillosos resultados; no limpiamos la casa con detergentes sino con vinagre, para decir más, evitamos comprar alimentos procesados, la mayor parte de nuestras compras son de productos orgánicos, etc, etc, etc.) nos ha enriquecido literalmente mucho más: la vida, la alimentación, el bolsillo… Quizás por ello no es gratuito que la entrada en la que compartimos la llegada de los pañales de tela a casa sea una de la que más visitas tiene de nuestro blog. Creo que muchos papás empiezan a considerar otras opciones. Y me encanta. Sin duda diría que es una opción en la que vale la pena -y mucho- pensar. ;)”

Sé que estas palabras leídas aisladamente hablan sólo de hábitos de consumo, pero mientras las escribía me daba cuenta de que revelan una realidad exterior e interior que va mucho más allá. Siempre me he visto a mí misma como una mujer sensible pero eminentemente práctica (de esas que necesitan concretar ideas y emociones en su cotidianidad… convertir lo abstracto en algo tangible, por decirlo de alguna manera. No siempre lo logro, pero se intenta :S). Quizás por ello, la existencia de Irene significa desde el comienzo un renacer constante que nos exigue reinventarnos por dentro y por fuera, con acciones como las que ya conocen (sí, esas prácticas que hablan de huerta, no plástico, pañales de tela, no químicos y otras cosas) y con reflexiones como las que escribo cada tanto bajo la categoría de Maternidad (que somos más vulnerables, que nacemos y crecemos con los hijos cuando somos papás, que cada día es un nuevo comienzo, que la incertidumbre sobre qué hacer y qué no siempre se mantendrá, que nunca serán demasiadas las caricias o los besos, que la felicidad y el amor son sentimientos inagotables, que no se necesitan muchas cosas para criar a un niñoun niño, de hecho, sólo necesita a sus papás-, que no hay amor más puro que el que se siente por un hijo, que la maternidad nos hace más sensibles y otra lista larga que no menciono para acortar.

No sé si a todo mundo le pase, pero la llegada de Irene en nuestras vidas nos hizo darnos cuenta de que apenas comenzaba nuestra vida. Y creo que sin importar qué tanto hayas hecho ni cuántas personas o lugares hayas conocido, cuando te conviertes en papá la vida no te regala un hijo: te regala una nueva vida (la tuya, en principio) para ser feliz y aprender -mucho más en serio- a amar. 😉

[Y esto es sólo el comienzo. Los dejo con Atreyu -y esa canción inolvidable… Ahhh.]

15 abril 2011 at 03:18 9 comentarios

No nos tragó el crup

Lo siento. Creo que por primera vez esta casita estuvo muda por más de una semana. Y no fue el crup que se apoderó -levemente, sí- de nuestra hija hace unos días, a pesar de que ahora soy su presa (aghh). Fueron las vacaciones… y la creciente actividad de Irene. Si son madres, lo sé, me entienden. Así que con montaña de ropa, con muchas historias que no sé si alcanzarán a ser escritas y con una pequeña sana, feliz y cada día más despierta y conversona (y trepadora de escaleras, banquitos, mesas y pufs) volvemos a estas tierras, para decir que la vida es maravillosa, que los hijos son el regalo más hermoso que puede tenerse y que todos los días al lado de Irene están llenos de sonrisas y paz. Nuestra peque sigue siendo una besadora continua -y nos derrite- y no para de llenarnos de alegría. ¿Y el paseo? Una maravilla, llena de animales, agua, calor y felicidad. Y sí, repito, no nos tragó el crup. 😉

Ah, y por cierto, los remedios contra la peste de la pequeña fueron un éxito. Recomiendo la homeopatía, el vapor de agua con hojas de eucalipto, la cebolla picada con azúcar (en el cuarto, toda la noche; Irene aún está muy chiquita para darle el juguito luego como jarabe) y los besitos de papá y mamá. Gracias a todas por compartir en sus blogs esos secretos. Me quedaron varias recomendaciones sin probar directamente y, aunque no dudo de su eficiencia, espero no tener que ensayarlos… al menos prontito. 😉

8 julio 2010 at 12:39 4 comentarios

Si se despierta en la noche nos preocupamos y si no… ¡también!

No es fácil esto de ser padres… Hace menos de una semana contaba que la energía de Irene parecía no tener fin: las noches, desde hace algunos días, estaban llenas  de despertares constantes para las dos. Pues bien, como nada está escrito en los pequeños, Irene duerme plácidamente desde las 11 de la noche mientras yo veo pasar los minutos preguntándome qué pasa. Sé que pronto se despertará porque casi son las 6 de la mañana (y en eso sí que no cambian sus costumbres… hasta ahora), pero… ¿por qué rondo como loquita su cama y me preocupo, como si de algo malo se tratara, porque anoche mi chiquita casi ni se despertó?

Ni siquiera el flash de la cámara interrumpió su sueño (y sí, respira… ya, por supuesto, verifiqué que lo hiciera). Sé que mañana será otro día y que es posible que la pequeña nuevamente se despierte cada dos o tres horitas… pero yo no logro dormir tranquila. ¿Por qué? Estoy segura de que algunos me dirán que por tonta, otros que por sobreprotectora y unos más (seguramente madres) dirán que porque es nuestro orden natural.

Sea una opción u otra -personalmente me inclino por la última- es claro que uno de los grandes temas con los pequeños es su sueño. Para más señas, incluso, en esta casita lo hemos abordado en varias ocasiones, al  hablar de particularidades de Irene y pedir ayuda y consejos sobre cómo ayudarla a dormir, comentar cómo puede incidir -beneficiosamente incluso- el ruido en las siestas diurnas e indagar sobre las características del sueño infantil. Pero debo confesar que ninguna de nuestras pesquisas es lo suficientemente convincente durante las noches, cuando la chiquita o se despierta o no para de dormir. 😉

Lo cierto es que después de una tranquila noche en nuestra casa (tranquila especialmente para Irene) y de un par de horas de madre sentada (pensando fríamente, después de verificar que nuestra hija simplemente dormía), puedo decir que nada está escrito en la vida de los niños, que la maternidad se asienta en un instinto de proteger y estar alerta y que los días pasan inevitablemente y esos bebés que teníamos al principio se van convirtiendo con el paso del tiempo en seres cada vez más maduros e independientes (¡Irene tiene días -ahora- en que toma menos leche y yo me voy dando cuenta de que llegará el momento en el que no amamante… Y, confieso, una parte de mí se entristece).

Es el ciclo natural de la vida… ¿Qué pasará -no obstante- cuándo entre al colegio, cuando mude el primer diente,cuando salga a jugar con sus amigos y cuando parta, para hacer su vida, de este hogar? (se me salen las lágrimas).

:S

Sí, definitivamente, no es fácil ser papás.

P.D.: ¿Tendrá que ver el sueño de anoche de Irene con que le pedimos a nuestra vecina -hasta ayer desconocida- que no usara tacones en la noche cuando se levantaba una y otra vez seguidas? Aclaro que mi sorpresa fue descubrir que era una señora mayorcita que, sin duda, no quiere dejar en sus noches de insomio los zapatos con los que se siente más cómoda (unos negritos, altos, gruesos… de toooooda la vida). Sí, me sentí medio bruja… pero les juro que creo realmente que la señora anoche usó chanclitas.

UPDATE: Efectivamente, nuestra chiquita despertó a las 6.

Y después de verle esta cara y después de ver cómo se ilumina al volvernos a ver… No importan las preocupaciones, ni los corazones arrugados, ni nada. ¡Un hijo es un regalo infinito y constante! Inacabable. 🙂 Supongo que es el sentido de los cambios. No dejo de sonreír… ni de sorprenderme. 😉

12 abril 2010 at 06:25 8 comentarios

Irene, sus ocho meses y su incansable vitalidad

Han pasado ocho meses desde el nacimiento de Irene y las cosas no dejan de cambiar: la chiquita cada día es más activa, más despierta, más enérgica, más vital… Y nosotros, ya no tan primerizos, pasamos diariamente del “me acoplo, le tengo el ritmo” al “no puedo parar”. Cada segundo es un descubrimiento nuevo, tan excepcional para ella como para nosotros. Y el impacto es tal que creo seriamente que con la llegada de los bebés llegan también unos nuevos seres que se instalan en nuestro cuerpo… De otro modo, ¿cómo les seguimos el ritmo a esos seres adorables e imparables que arrasan con todo lo que sabíamos y hacíamos antes sin que tengamos la más mínima intención de protestar?

Todo lo que nos imaginemos, pensemos, creamos, sepamos, etcétera, etcétera, etcétera, se transforma después de la llegada del pequeño. Y los cambios más grandes no se dan los primeros días, cuando la casa, el horario, las comidas, la familia y todo lo que rodea al infante está patas arriba: no. Se dan a cada segundo en su y nuestras vidas, emocional, física, psicológica y socialmente. Nada vuelve a ser lo mismo. Por fortuna. Y, como me decía una de mis mejores amigas al hablarme de su hija, se van al piso todas las teorías. Los ocho meses de Irene son una excepción en nuestra vida… una excepción que se vuelve regla y que, como el más bello de los sortilegios imaginables, nos ilumina y alegra cada segundo de manera desconocida e infinita.

Las 25 horas del día

Desde que nació Irene decimos en nuestro hogar que un bebé requiere atención 25 horas al día. Las restantes se pueden usar en lo que se quiera… si la tierra comienza a tardar más en dar su vuelta. 😉

Cuando hay un chiquito en casa no hay cálculos posibles ni tiempo suficiente para detenerse . Todo lo real y potencialmente existente cobra vida, pues con un niño el universo se abre a posibilidades infinitas. Todos los “y si” se instalan en las mentes de los padres e incluyen estados de salud, desplazamientos, decisiones, adquisiciones y un largo etcétera. Se aprende, a fuerza, que lo mejor es tomarse las cosas con calma y disfrutar cada cosa como viene. ¿Ejemplos? A manos llenas… y llevamos sólo 8 meses.

  • Irene ha dejado de ser la bebé que se estaba acostada a nuestro lado observando todo tranquila para convertirse en una niña que quiere estar sentada o cargada o agachada o ______ (rellenar con todas las acciones o movimientos posibles) tocando todo, alzando todo, agitando todo, probando todo… Ya no le basta su cuerpo. Desde que descubrió para qué sirven sus manitas quiere tener todo entre sus dedos: comida, juguetes, papeles, ojos, narices, cachetes (propios y ajenos)…
  • De los balbuceos iniciales, suaves, constantes, pasamos a gritos, quejos, carcajadas y toda suerte de comentarios amorosos y demandantes.
  • Sus horarios de sueño se mantienen pero no así sus despertares: cada semana varían los horarios y, últimamente, de períodos de sueño de cuatro o cinco horas continuas pasamos, esta semana, por ejemplo (mañana puede pasar algo nuevo, con ella nunca se sabe) a despertares que ocurren, regularmente, cada dos horas y media. Dicen que este sueño “ligero” puede estar asociado a toda la información que está recibiendo a manos llenas su cerebro y que ella procesa especialmente mientras duerme.
  • Sus tomas de leche: de las pausas tranquilas y relajadas pasamos a tomas constantemente interrumpidas por cualquier alteración a sus sentidos. Los ruidos, las luces y todo lo que la rodea es un estímulo latente para esta chiquita imparable y curiosísima. Nuestra misión es lograr que se concentre y se relaje… una vez lo logra, toma juiciosa su leche. ¿Será igual de ahora en adelante con todas sus comidas?
  • La alimentación complementaria es, además de una experiencia de los sentidos, una gran duda (tengo un post futuro en proceso): come pedazos de alimentos, algunas veces de sus manos y otras veces de las nuestras, familiarizándose con texturas, sabores, olores… Nosotros mientras tanto vemos qué le gusta y cómo lo recibe su estómago. Me pregunto, no obstante, ¿estará comiendo poco? ¿Qué cantidades debería darle? No valen ni los cuadros ni los artículos leídos (trato de relajarme). Esta chiquita come a su ritmo, sin que su curva de crecimiento se estanque.

Podría seguir enumarando detalles, pero me quedo con los grandes cambios -no tengo mucho tiempo para escribir… ni para responderles 😦 (intento visitarles). Esos seres que ahora invaden nuestros cuerpos de padres se sienten felices con las mil y una novedades de Irene. También lo están nuestros habitantes de antes. En esta montaña rusa no hay razón para marearse. Es bonito ver crecer a un hijo… y es más gratificante vernos crecer a nosotros mismos. Van apenas ocho meses… ¿Qué seguirá más adelante?

[Feliz cumplemeses, chiquita. Contigo el amor y la vitalidad van agrandándose (por fortuna. 🙂 Si no fuera así habría muchos padres fundidos -en el sentido literal del término- por ahí)]

UPDATE: Olvidé decir que todos los días Irene aprende nuevas cosas… ¡¡¡¡Qué capacidad tienen los niños de adaptarse y crecer!!!! Lo dicho otras veces: son unas esponjitas que sería una pena perderse… sobre todo porque serían otros los que siembren en ellos también.

9 abril 2010 at 07:08 8 comentarios

¡¡A caballito!!

Irene está preparándose para vacaciones… y para montar. 😉

Y para los que descansan, feliz semana. Pronto volveremos a hacer de anfitriones en nuestra casa.

30 marzo 2010 at 08:00 4 comentarios

Los gestos y las particularidades de Irene

Irene cada día está más y más despierta. Ya antes les había contado que las pataditas son apenas una evidencia de su energía y actividad. Ahora, además de ellas, mueve manos, cuello, cabeza. Es un trompito hermoso… Las patadas y su boca en forma de O mandaban la parada. ¿Está como para comérsela, no?

30 marzo 2010 at 06:20 5 comentarios

La maternidad nos hace más sensibles

Y no lo digo por ningún estudio (que seguro lo hay): lo digo por experiencia. Desde que nació Irene siento un cambio en mi espíritu, fundamental: ser madre ha potenciado de una manera indescriptible mi sensibilidad. Y, ojo, no hablo de sensiblería (aunque muchas de las imágenes que me conmueven pueden parecer estereotipos), sino de una capacidad de conmoverme (según el DRAE, de “Perturbar[me], inquietar[me], alterar[me], mover[me] fuertemente o con eficacia”) que me era ajena antes. Ya había oído hablar de ello, pero sólo lo entiendo ahora. ¿Nos pasa a todos? ¿Les pasa a ellos? ¿Se mantendrá en el tiempo?

La conmoción puede llegar de diversas maneras: ante un pequeño que vive en la calle, una madre embarazada (si está en evidentes malas condiciones, la impresión es dolorosa), una noticia violenta, un comentario -cualquiera- sobre una familia, un recuerdo, un pensamiento, una mirada de mi hija, una sonrisa… Y esa transformación ocurre gradualmente, acentuándose.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero me ha pasado a mí, tan racional y práctica. ¿Cómo, cuándo, dónde? En módicas cuotas diarias que empezaron a invadirme desde el inicio mismo del embarazo y que se incrementan en cualquier lugar con las sonrisas y quejos de Irene, con sus cambios, con sus progresos, con cada uno de sus gestos. Y, aclaro: no creo que sea simplemente un asunto de hormonas; pienso que es la evidencia de un hilo invisible que nos une a ese pequeño ser que llega, nos cambia y nos hace darnos cuenta de lo que es ser hijo, ser padre y ser mamá.

Por dentro y por fuera

En definitiva, los cambios que sufre el cuerpo al albergar un hijo y ayudarle a “aterrizar” en este mundo son apenas un leve reflejo de lo que se transforma en nuestro espíritu. Creo, incluso, que esos cambios ni siquiera son necesarios: conozco madres de hijos adoptivos que establecen también ese vínculo del que hablo, ese que acalla la razón y potencia el corazoncito. No sé si a unos los toca más o menos, pero sé que está y que “perturba, inquieta, altera y mueve fuertemente o con eficacia” la vida.

No tengo cifras, no tengo estudios (bueno, sí leí uno que hablaba de la mayor sensibilidad de las madres que tienen partos vaginales hacia el llanto de sus bebés), pero tengo evidencias irrefutables. Y me sorprenden. Creo que por eso las mamás nos volvemos a un mismo tiempo (como decía Adriana) fuertes y débiles, un asunto probablemente necesario para garantizar la supervivencia y preservar la especie. O, quizás, una oportunidad de crecer como seres humanos y superar miedos, karmas o malos tragos del pasado. Fijo, desde la alopatía hasta la religión o la nueva era se puede explicar.

Pero, a decir verdad, no me importan las razones (otro síntoma claro del asunto), si no las consecuencias, lo que ocasiona en mí esa sensibilidad: el corazón se me arruga fácilmente, saco fuerzas de dónde ni sabía que las tenía para cuidar y proteger a mi famlia y, esto es increíble, veo el mundo desde otra perspectiva que modifica, incluso, mis recuerdos y mi forma de ser -como hija, como hermana y hasta como vecina (también como mujer y esposa, pero eso da para otro post que quizás algún día escriba).

A lo mejor por ello, el punto más impactante (son muchos y todos de una intensidad antes desconocida) sea justamente el que tiene que ver con la familia. No soy una niña ni llegue a ser madre a los veinte. Es más, he tenido tiempo de sobra para ser independiente y dependiente. He tomado mis decisiones a conciencia (la mayoría de las veces) y he soportado pérdidas y golpes. Pero sólo hasta ahora entiendo en una dimensión real (sensible) lo que significa (emocionalmente) ser hija.

Mientras tengo en mis brazos a Irene, cuando la alimento en la noche, cada vez que la siento despertarse y reclamar una compañía, al sentir sus manitos caminando por mi pecho, al abrazarla, sentir dolor en mis mejillas por sonreirme tanto con ella y tantas veces, a cada segundo siento (¿pienso?) que mi mamá y mi papá también debieron vivir eso y que yo, desde mi pequeño mundo, no era consciente de ese mar de emociones que se producían.

Seguramente soy quien soy gracias a ello -seguramente también habrá secuelas imborrables en los niños y en las madres que se privan de esa entrega y de ese apego-, pero apenas ahora me completo. Y sé que no es una cosa finita. Ahora sólo de pensar que pueda pasarle algo a Irene los vellitos se me crispan. ¿Le pasa también a los padres? Creo que sí, no sé si a todos ni si en la misma medida. Mi muacho, al menos, ve con otros ojos la vida. Ah, y de ellos sí sé de algunos estudios: los papás con los hijos bajan sus niveles de testosterona y despiertan dentro de sí una “mamita” (en un sentido amoroso, sensible; menos pragmático y más emotivo). Así que eso aclara algunas dudas.

Quizás vivir en un país con tantas diferencias sociales, con la plata tan mal repartida, con corrupción y dinero insuficiente para suplir (no invertir) en las necesidades sociales (básicas y siguientes) haga que las imágenes que me rodean fuera de casa sean más dolorosas que felices. Pero, insisto, la maternidad nos hace más sensibles. Sería bonito que eso se irradiaría a cada una de las personas que nos rodean. Así, tal vez, la vida sería más bonita. Extraño a la tribu y la solidaridad que los pequeños imponían. Ojalá sus efectos se mantengan en el tiempo porque aunque a veces duele, me siento más viva.

P.D.: No soy la única que habla de esto, en un blog que se llama Me crecen los enanos me encontre esta entrada amiga: ¿Las madres son más sensibles a la violencia?.

P.D.: Esta casita, a parte de la historia de nuestra vida con Irene, normalmente habla más de información que creo útil que emociones vividas. Hoy hay una excepción a la regla. ¿Me pasará sólo a mí? Me da esperanza pensar que también en esto hay coincidencias, familia.

26 marzo 2010 at 11:30 8 comentarios

¿Qué pasa con la lactancia una vez que se inicia la alimentación complementaria?

Irene come -además de leche materna- frutas, verduras, pollo y arroz desde hace un poco más de un mes. ¿Cómo ha sido la experiencia? Interesante, satisfactoria y menos distinta de lo que pensamos, porque (para ser honesta) creía que habría grandes cambios en nuestras rutinas y ritmos de lactancia una vez iniciáramos la alimentación complementaria. Nada más lejano a la realidad, al menos hasta ahora. ¿Por qué? No sé. Tal vez por mito, por exceso de expectativas en mi cabeza o por sólo conocer -por encimita- experiencias de biberones y leches de fórmula antes de tener a mi bebé. No sé si sea su caso, pero como sí fue el nuestro, decidí escribir al respecto… Una red de apoyo no nos sobra y ya sea para que alguien sepa cómo ha sido nuestra experiencia o para que nos cuenten cómo ha sido la suya, nos lanzamos con esta historia porque documentación nueva, la verdad, no encontré. ¿A ustedes cómo les fue?

Comienzo por los detalles generales de nuestra rutina: seguimos lactando a libre demanda, más o menos cada 3 horas, combinando algunas de las tomas de Irene (1 o 2 al día) con trozos de comida. Todo esto irá variando, sin duda, a medida que pase el tiempo yque la pequeña tenga más dientes, pueda ampliar su dieta y quiera comer otras cositas. Por lo pronto, aquí va un pequeño reporte sobre qué tanto cambia la lactancia una vez que los pequeños inician su alimentación complementaria.

Punto de partida: seis meses de edad

Como les contaba en un post anterior, hace ya un poco más de un mes incluimos en la dieta de Irene otros alimentos además de su leche. Para hacerlo, seguimos las recomendaciones de la OMS y la Liga de la Leche para la alimentación complementaria, introduciendo frutas, verduras, carnes y cereales de manera progresiva y siguiendo las pautas del Baby-Led Weaning: trozos de comida en lugar de papillas y manitos y dientes en lugar de cucharas para comer.

La experiencia ha sido interesante, no sólo porque representa realmente un cambio en la vida (desde que Irene come otras cositas mira ansiosa y curiosa cualquier alimento que comamos, con unas ganas infinitas de probar también), pero menos lineal de lo que pensé: La leche materna sigue siendo su principal alimento y todo lo demás, como su nombre lo indica, es su complemento y hace parte de su dieta -por ahora- más que para llenar una pancita para familiarizar a Irene con otros sabores, texturas y maneras de comer.

Seguimos, por lo tanto, en una fase experimental, permitiendo que ella pruebe, conozca sabores y texturas y se inserte en nuestros hábitos al comer. En resumen, se sienta a la mesa con nosotros en su sillita, come al mismo tiempo trozos de comida y sigue sus tomas habituales de leche, tomando el pecho antes y después de comer otras cosas. La idea es que nada de lo que come extra la llena (apenas está experimentando), por lo que no me preocupa si come mucho o poco: con el equivalente a un par de cucharadas estamos contentas las dos. Si quiere comer más, lo hace, pues en definitiva es ella la que decide qué tanto quiere comer.

Confieso, no obstante, que aún no tengo una pequeñita que coma tan modocita como Óliver, el niño de los Países Bajos que nos servía de ejemplo para el Baby-Led Weaning: creo que, en parte, porque nuestra chiquita es un tanto eléctrica (jiji, ahora no se queda quieta), porque apenas comienza a tener dientecitos para desgarrar y masticar bien los alimentos por su cuenta y porque las frutas y verduras que le damos suelen estar tan maduras que se le deshacen en la mano. ¿Consecuencias? Las que se ven en la foto: mamá y papá (sobreprotectores, seguro) le acercan los trozos de comida y ella va mordisqueando por su cuenta lo que quiere comer. Cuando los alimentos son un poco más duros, nosotros mismos le damos los trozos en la boca mientras ella juega con una cuchara o con un pedazo en su mano. Aclaro, eso sí, que Irene cada vez es más hábil cogiendo por sí misma los trozos y que los dientecitos que se asoman ya empiezan a ser útiles. Confío en que en poco tiempo ella misma manipule los alimentos. Ya les contaré.

¿Y qué tantas calorías y nutrientes pueden aportar otros alimentos distintos a la leche?

Vuelvo al tema de la leche. En una entrada anterior les contaba por qué la leche materna debía seguir siendo el alimento principal en la dieta del bebé menor de un año y cómo seguía aportando nutrientes y defensas después de este tiempo, hasta el punto de que se recomienda darla, al menos, hasta los dos años de edad. Pues bien, revisando la web la semana pasada encontré un cuadro muy interesante que habla sobre las calorías y los nutrientes que aportan otros alimentos.
Si ese cuadro se toma como complemento de otro que comentábamos en nuestra primera entrada sobre la alimentación complementaria, fruto de una investigación de la Sociedad Argentina de Pediatría, que muestra cuáles son los requerimientos diarios de calorías que tiene el bebé hasta los 23 meses de edad y cuáles de éstas las aporta la leche materna, se puede ver que la energía y los nutrientes que proporcionan los nuevos alimentos a la dieta del bebé son importantes, pero no suplen por sí mismos sus necesidades básicas: complementan y preparan al chiquito física y emocionalmente para un período futuro en el que eventualmente no tenga a mano leche materna.

Edad Requerimiento caloría/día
Leche materna caloría/día
Alimentación complementaria caloría/día
6-8 meses 682 413 269
9-11 meses 830 379 451
12-23 meses 1092 346 746

(Fuente: Sociedad Argentina de Pediatría, “Guía de alimentación para niños sanos de 0 a 2 años”, pág. 37)

En la práctica, creo que el hecho de que un chiquito de seis meses no esté aún capacitado para comer otras cosas por sí mismo o, dicho de otro modo, requiera de la ayuda y vigilancia de un adulto para alimentarse, debe tener mucho que ver. También considero relevante el desarrollo de su sistema digestivo (que va desde los dientes hasta su colita. Entre otras cosas, no creo que un bebé tenga la misma capacidad que un adulto para absorber nutrientes de alimentos distintos a su leche) y el riesgo potencial de infección que una dieta no esterilizada (al menos como la leche materna) pueda tener. Sea un caso u otro, la leche sigue siendo la reina de la dieta y los nuevos alimentos hasta el año de vida sólo la complementan. No gratuitamente somos mamíferos, por lo que es natural que -como ellos- de bebés la leche sea nuestro principal alimento y necesitemos de un período de transición para lograr nuestra autonomía al comer.

¡La leche! (Bendita eres)

Quizás por todo ello, tras la experiencia, no me sorprende que Irene siga mamando casi igual que antes (ahora, quizás, lo hace más eficientemente, tardando menos en sacar su leche). Creo que fui ingenua al pensar que en cuanto ella probará algo distinto a la leche, sus tomas disminuirían. Y, viéndolo bien, siquiera que ése no ha sido el caso, porque si su principal alimento fueran ahora frutas, cereales, carnes y verduras, andaría preocupadísima por lo poco que a su edad lograría comer.

No sé si el hecho de que ella tome leche materna marque una diferencia. Tampoco sé si nuestro propósito de darle la comida en trozos en lugar de papillas tenga igualmente que ver. Sea una cosa u otra, nuestra lactancia se mantiene, libre, cuando ella quiere, sin huelgas de lactancia (que espero que no lleguen), ni malestares fisicos. Su digestión cambia muy paulatinamente y su salud se mantiene como un roble. Conclusión: probamos alimentos poco a poco (sin lácteos, pescado, glúten o huevo hasta el primer año) y mantenemos abierto el pecho hasta que ella quiera comer.

Y ahora la pregunta: ¿a ustedes cómo les fue?

(Y las confesiones: sigo leyéndolas, pero mi muy querida Irene se ha vuelto un colibrí inquieto, que ya no me deja casi tiempo ni manitos libres sobre el teclado. Aunque sea tarde y poco, ya les contestaré ;))

17 marzo 2010 at 06:37 4 comentarios

1, 2, 3, 4, 5, 6… ¡Siete meses!

Hace exactamente siete meses vino al mundo nuestra Irene. Y aunque parece imposible, además de ella, todos los días nuestro amor se multiplica. ¡Felices meses, chiquita! 😉

Chiuck chiuck chiuck chiuck chiuck

Te amamos, pajarito lindo.

9 marzo 2010 at 10:13 10 comentarios

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