Posts tagged ‘lenguaje’

Más que bla, bla, bla

Irene no para de hablar (bueno, un poco cuando está fuera de casa). Y nosotros no dejamos de sorprendernos con todo lo que dice y con la manera como repite y repite y repite ya no palabras sueltas sino oraciones completas. Pasamos de los “a papá” y todos los sustantivos precedidos del “a”, a oraciones simples pero llenas de sentido, dichas lentamente y con sonrisas en los ojos y la boca. Nos derrite y nos encanta tener una interlocutora tan chiquita en el hogar porque saber lo que piensan o quieren facilita las cosas. ¿Y el irinense? Todavía existe, sobre todo cuando coge libros y nos “lee”. Pero lo celebramos igual.

Y pienso que no hay un antes o un después que deba preocupar a los papás cuando un niño empieza a hablar. Primero, porque estoy convencida de que serán más los casos en los que los niños hablen que los que no, y, segundo, porque creo que aunque no lo hagan a los dos sino a los tres o cuatro años, lo harán el resto de sus vidas… así que ¿para qué prisas?

Pero a pesar de ello, confieso que me sorprende tener en casa a una chiquita de un poco más de 80 centímetros de altura contestanto, opinando y decidiendo. Es cierto que no da grandes discursos ni expresa ideas revolucionarias (a pesar de que pedir avena cuando tiene servido un plato de sopa y carne puede alterar un poco la logística del hogar), pero habla y le entendemos. (Quise, por cierto, incluir su voz parlanchina en esta entrada, pero el descubrimiento de una grabadora cerca hace que enmudezca persiguiendo el aparato. Ni modo).

Dice: “la niña tiene… [aquí se puede insertar cualquier sustantivo cotidiano como aretes, camisa, vestido, juguetes, etc]”, “el bebé (ahora anda con sus muñecos para todos lados) tiene [inserte acciones cotidianas como sueño, hambre, frío, calor, etcétera]” y los clásicos “vamos al parque” o “vamos a la calle” y -el ahora afamado y recurrente- “quiere helado”. Eso, sumado a sus repeticiones inacabables (que hacen que mamá y papá se rían y hasta se vuelvan cuidadosos al hablar para no alborotar solicitudes no muy viables -como salir a la calle en la noche o hablar con el abuelo que duerme-), hacen de este período un goce constante. Lo más lindo quizás, después del hecho de que hable, es oírla decir todo lentamente, como traduciendo ese ejercicio mental que debe significar armar oraciones en su cabeza. Es fascinante ver su carita de satisfacción al respondernos y, mucho más, sentir su alegría constante porque le entendemos. ¡Si hasta le hemos oído hablando sola en las mañanas, al despertar, enumerando todos los dibujos que tiene en su sábana… y creo que hasta armando historias con ellos!

Quedo debiendo un soundtrack del suceso (bueno, una pequeña grabación de su vocecita… que al menos en nuestra casita será todo un éxito). Y mientras eso sucede, me disculpo por ausencias en esta tierra y me doy permiso para hablar con mi lorito bello.

😉

Besos.

PD: Dejo links relacionados. Todos de Bebés y más (que justo en estos días anda escribiendo especiales sobre la estimulación del lenguaje. ¿Nuestra fórmula? Hablar y hablar con Irene -desde que estaba en la pancita- y explicarle cada cosa que pasaba o veía.
Cómo pueden ayudar los padres a estimular el lenguaje del niño
Cuándo pueden los padres ayudar a desarrollar el lenguaje infantil
Qué pueden hacer los padres para ayudar a estimular el lenguaje (I)
Qué pueden hacer los padres para ayudar a estimular el lenguaje (II)
Qué pueden hacer los padres para ayudar a estimular el lenguaje (III)
Qué deben evitar hacer los padres para ayudar a estimular el lenguaje
Trastornos del habla:dislalia (I)
Trastornos del habla: dislalia (II)

(Imagen tomada de Barullo.)

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18 mayo 2011 at 10:04 3 comentarios

“Los niños no entienden”: ¿mito o realidad?

Hay una creencia -cuando menos de la época de mis abuelos- que señala que los niños y los bebés viven en su propia burbuja, al margen del mundo que late a su alrededor. Gracias a ella, muchos padres mantienen -consciente o inconscientemente- a sus hijos al margen de la cotidianidad: no les dan noticias sobre cambios, no hablan (aunque a una sola voz… se entiende que el niño o el bebé no siempre está en condiciones de responder) sobre el mundo circundante y mucho menos comparten con ellos información y emociones sobre sucesos familiares, a pesar incluso de que los ánimos de quienes rodean al chiquito se vean afectados por ellos. La pregunta es simple, entonces: ¿El niño puede o no entender?

Ignorado

Imagen de Pablo Flores (encontrada también en “ignorado” en su blog).

No sé si existan investigaciones que den una respuesta probada al respecto. Lo cierto es que a partir de nuestra experiencia pienso que los niños entienden lo que ocurre a su alrededor. En nuestra casita, al menos, hemos actuado sobre esa premisa, obteniendo a diario respuestas que lo confirman. Al principio, cuando Irene era mucho más pequeña, veía a mi alrededor caras de sorpresa (o de risa, incluso) cuando le hablaba y le explicaba cosas a nuestra hija. Más de uno pensaría que andar por la vida “conversando” con una bebé de una semana era una estupidez. Pero cada vez que hablaba con mi chiquita sentía que entre las dos fluía un ambiente de tranquilidad. Quizás ella no estaba aún en capacidad de entender el significado literal de las cosas (aunque a lo mejor sí, quién sabe), pero estoy convencida de que sí podía entender el tono de amor, paz y confianza de nuestras voces.

En un libro del que hablaba hace algún tiempo, se dice que el niño está en capacidad de entender lo que sucede, a pesar de que no pueda interpretarlo bien. Eso, en castellano simple, significa que un chiquito -por ejemplo- puede entender que papá o mamá salen de casa, pero que luego vuelven, aunque no tenga claro por qué se ausentan. Es decir, entiende el qué pero no el por qué. Y a medida que crecen más, dan señales claras de esa capacidad creciente que les permite ya no sólo entender, sino pensar, participar y hasta proponer.

Irene, a un día de cumplir sus veinte meses de nacida, demuestra con cada uno de sus gestos esta realidad: responde, claramente, a dónde quiere que vayamos, dirige -si la invitación no viene de ella si no de nosotros- sin ninguna vacilación sus pasos o sus actos (mamá o papá dicen “vamos a pintar” y ella se levanta inmediatamente por el cuaderno y las crayolas, decimos “te voy a cambiar el pañal” y ella dice “a la pama” al tiempo que corre hacia el cuarto -le ha cogido manía al cambiador, no sé por qué, así que señalar el dónde debo cambiarla es fundamental- yun largo etcétera similar) y pregunta o señala cualquier cambio en su entorno.

Esta semana, por ejemplo, tuvimos modificaciones importantes en nuestras rutinas (estábamos fuera de casa, por primera vez pasamos la noche en otro sitio sin la compañía de papá, …) y ella señaló cada uno de esos cambios, en los momentos en los que ocurrían, preguntando o explicando lo que ocurría a su alrededor. Creo que intentaba ponerle orden a las cosas en su cabeza y en su corazón… y pienso también que no ayudarle a hacerlo, hablando, comentando, compartiendo, es un error.

No he leído un libro titulado Mi niño lo entiende todo, de Aletha J. Soler, pero sospecho que va por la misma línea (lo dejo en mi lista de pendientes). Ése y su predecesor (Mi bebé lo entiende todo) ponen seguro de manifiesto esa capacidad incansable de adaptarse al mundo que tienen los pequeños. Pregunto entonces: ¿ignorar a un niño (consciente o inconscientemente) no será, además de triste, un grave error? No hice la tarea de buscar seriamente si otros hablan sobre el tema, pero dejo aquí un par de textos al respecto: “Habla, habla, que el niño no entiende” y “La educación consciente“. ¿Experiencias, opiniones?

😉

8 abril 2011 at 09:37 5 comentarios

Las primeras frases (y bla, bla, bla)

En un mes Irene ha pasado de repetir palabras sueltas a repetir frases completas (no oraciones… o, sí, algunas, pero no como un ejercicio constante). Nuestra sorpresa ha sido mayúscula, pues vemos en cuestión de minutos nuestra pequeña crece. Así, sin importar si el pequeño habla con balbuceos, palabras sueltas, oraciones o un idioma privado que incluye manoteos y caras, cuando se bordean los 18 meses ese deseo irrefrenable de comunicarse evidencia la toma de conciencia de sí mismo y sus ganas de conocer, participar e incidir en el mundo en el que está. Se hace grande nuestra chiquita, ¡aghh!


Guille -el hermanito de Mafalda- de Quino (tomado de El arte en todas sus versiones)

Y no me iré con teorías. Para quienes quieran conocer estudios científicos que hablen sobre el desarrollo del cerebro de los niños (un tema fascinante, por demás) dejo enlaces anteriores (en esta casita, 1, 2, y 3). Hoy quiero consignar momentos mágicos de Irene, para reírme a su lado cuando ella misma los lea y/0 pregunte: “¿y cómo y cuándo aprendí a hablar?” (si ya lees esto chiquita, debo decirte que éste es sólo el comienzo y que muy probablemente tendrás que leer más ;)).

Su primera frase

Estábamos sentadas a la mesa con papá. Comíamos y charlábamos como siempre. Irene miraba atenta y se reía con cada cosa, repitiendo palabras cada tanto (“opa” (sopa), “avo” (“¡bravo!” -cantado en señal de fiesta-), “má” (o “ma-má”, “más”). Los padres comentaban el encuentro con la hermana de una vecina, en el parque. Yo, intentando precisar de quién hablaba, le dije a mi amorcito: “¿recuerdas? la que tiene una niña adoptada”. Irene repitió inmediatamente: “niña adoptada”, con todas sus palabras. Tanto el padre como yo repitimos al tiempo, asombrados: “¿dijo “niña adoptada”?”. Irene siguió comiendo tranquilamente, como si esperara nuestros comentarios siguientes para continuar con la conversación.

Desde entonces ya no sólo repite una, sino dos y hasta tres palabras. Ha llegado a decir incluso oraciones completas (como “mamá está aquí”) y a usar gerundios reiteradamente, como si ampliar su vocabulario de sustantivos con adjetivos, verbos y adverbios no fuera ya suficiente. Así, además de nombrar las cosas y calificarlas (con un “mojado”, “sentada”, entre otros) y precisar cómo y cuándo están (“ya”, “ahí”, “aquí”, “allá”), Irene construye frases (ya empieza a hacerlo sola) y oraciones (“vamof, mamá” -“vamos, mamá”) e introduce (me faltaba) una acomodaticia pero significativa “a” antes de todos los sustantivos (ya no soy “mamá” a secas sino ” a mamá”, del mismo modo que los dientes no son “los dientes” si no “a iente”). También va perfeccionando su nombre: de “ene” pasamos a “nene”. Y así con un sinfín de cosas más (tiene enloquecidos a sus tíos con el “tío” y “tía” constantes. “Abuelo” va en “abubu”, aunque parece que aún no es la identificación definitiva, pues sigue poniendo carita de “lo voy a perfeccionar”).

En resumen, creo que aquellos que la vieron en Navidad van a encontrarse en muy poco tiempo con una niña parlanchina y conversadora que ya no camina sino que corre, opina y decide. ¿Si esto es al año y medio, en seis meses qué nos esperará?

😉

(Un beso, chiquita hermosa, de papá y mamá)

PD: El irinense sigue enriqueciéndose. Hay montones de oraciones y frases completas en ese idioma que aún no logro descifrar. 🙂

PD2: Sigo pensando que a los niños les basta para aprender estar acompañados (con papá y mamá, viviendo su vida y su cotidianidad CON ellos -no al lado de ellos, a secas… aunque admito que también aprenden algo, pero mejor si es con sentido), como decía Victoria en su comentario a la entrada anterior. Encontré un video extra sobre la no necesidad del jardín infantil (según él, no hay que ir a ninguna parte antes de empezar el colegio… bueno, no lo necesita el niño, quizás sí los papás para ir a trabajar) del pediatra español Carlos González, que no incluí en esta casita para no volverme pesada con el tema. En cualquier caso, si a alguien le interesa puede verlo aquí.

12 febrero 2011 at 08:26 6 comentarios

Aprender a hablar

Irene está comenzando a hablar: Lento, pero seguro, ha pasado de palabras simples y cotidianas como mamá, papá, gata, tita, más y agua (casi dominadas) a algunas un poco más complejas como zapatos (dicho más o menos /apatgm/ -con un sonido gutural sordo al final que no sé cómo se representa :S-), Amaranta (/tanta/), Irene (/ene/), Leche (/ech/), jamón (/ámon/), niña (/niña/), árbol (/ábol/), gracias (/acias/), y otras más. El camino es largo pero fascinante, pues supone una aventura que revela algunos misterios sobre el funcionamiento de nuestro cerebro al tiempo que tiende puentes más firmes en nuestra comprensión de sus deseos. Doy aquí cuenta de nuestra experiencia y de algunos links útiles sobre el camino que nos falta por recorrer.

La adquisición del lenguaje es, quizás, una de las competencias más importantes en el desarrollo de un bebé. Ésta, sin embargo, se da en varias etapas, que van desde el aprendizaje de sílabas (que en Irene pasa por experimentos fonéticos que hacen -por ejemplo- que la s suene como una f o que la t se convierta en un ruidito gutural sordo) hasta la capacidad de conjugar verbos adecuadamente, construir oraciones lógicas y sostener conversaciones con sentido recíproco (que es mi manera ramplona de decir que algún día nuestra pequeña querrá ampliar sus conocimientos y tendrá la preguntadera y la razonadera a mil).

Nuestro comienzo se dio con las clásicas palabras de papá y mamá (en ese orden, pero con un proceso de perfeccionamiento que aún hoy da mezclas como “mapa” o “mamapa”) y con miradas de la pequeña clavadas en nuestros labios (¿su cabecita intentado aprender los movimientos de la boca?). Pasó luego a la expresión de ruiditos imitadores de sonidos (que se repetían invariable y acertadamente ante preguntas del tipo cómo hace el perro, cómo hace la vaca y otras así) y en los últimos días ha ascendido a un nuevo nivel que convierte sus onomatopeyas en sílabas (ya Irene no ladra sino que dice “a guau” cuando quiere decir “hay un perro”, por ejemplo) y que introduce expresiones incomprensibles, producto de un intento constante por verbalizar lo que su dedito señala  y que da como resultado la aparicipón del irinense, un lenguaje muy propio que hasta ahora sólo ella entiende.

De la mano de estos cambios, ha llegado la ampliación de su vocabulario con palabras como “bu” (bus), “niña”, “nana” (Mariana), “tía”, “tío”, “ena” (Elena), “ámof” (vamos) y otras así. Nosotros, por supuesto, hemos seguido la clásica rutina de repetirle lentamente algunas palabras cotidianas, con la ilusión de verla pronunciarlas haciendo esfuerzos para aprender a decirlas bien. Cuenta a favor, creo, que siempre le hemos hablado correctamente (no como hacían nuestros abuelos que, en cuanto veían un bebé, empezaban a decir “agugú”). Quisimos hablarle en otros lenguas, con el propósito de que se familiarizara con ellas y, quizás, poco a poco las aprendiera, pero tras su llegada salieron a flote nuestras emociones (y con ella nuestra lengua materna), por lo que el proyecto quedó pospuesto para etapa más racional en nuestra familia (supongo que justamente el caso será otro en los hogares donde los padres tienen distintas lenguas de origen. Ya nos dirán cómo les va).

Me ha sorprendido, sí, descubrir que el castellano es una lengua compleja, por lo que he terminado por darle la razón a un compañero que dice que es muchísimo más fácil aprender a hablar en otras lenguas como el inglés o el francés, plagadas de palabras más cortas: los niños aprenden a decir primero sílabas sueltas y, con el tiempo, van soltando construcciones más complejas, de dos y tres sílabas. Conclusión: ha de ser más fácil decir cat que gato y más difícil decir amigo que ami.

En cualquier caso, los resultados y la rapidez con la que se dan los cambios son sorprendentes, por lo que posiblemente este tema dé lugar a más entradas y comentarios. Para no alargarme hoy, dejo un conjunto de links interesantes al respecto que plantean, entre otras cosas, cuáles son las diferentes etapas que se presentan cuando un niño aprende hablar (complementado aquí), cuáles suelen ser las primeras palabras que se aprenden (en la mayoría de los idiomas, además), cuáles pueden ser algunas señales de posibles trastornos del lenguaje, cómo los padres podemos acompañar de una manera eficiente el proceso de adquisición del lenguaje (con pautas como hablar correctamente y usar también el lenguaje del cuerpo), cómo podemos comunicarnos con el bebé incluso cuando éste es muy pequeño para hablar y las ventajas que pueden tener los niños bilingues para aprender (idiomas y otras cosas).

Y cierro aclarando que aunque el video inserto no tiene como protagonista a Irene, es muy ilustrativo de esas primeras palabras (bueno, el peque está un poco más grande y dice algunas más elaboradas que nuestra pequeña)… así que aunque sea un niño, se le llega a parecer. 😉

PD: Acabo de intentar ver el video en esta casita y me salió un letrero que dice que tiene algunas restricciones. No se asusten, denle clic al texto que dice: “Ver en Youtube” para visualizarlo. A pesar de ello lo dejo pegado porque, repito, es lindo y muy representativo de esta etapa del bebé.
PD2: Si les interesa “ver” cómo se producen los sonidos en nuestra lengua (además de conocer las clasificaciones del mismos) les recomiendo este espacio. Quizás así justifico (junto con el “no soy lingüista” -afortunadamente-) mi animalada en la transcripción de la fonética de nuestra hija. Jjaja

26 enero 2011 at 09:18 5 comentarios


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