Archive for mayo, 2012

¡Mira quién habla! (o las conversaciones, larguísimas y cantadas, de Irene con sus juguetes)

Mientras mamá trabaja en casa (y la chiquita repite, cada tanto, que ella también quiere trabajar -y trae su computador que habla, que enseña letras, que toca melodías y etecétera-), los muñecos pasan caminando por las mesas, por mis hombros, por la hamaca. Y hablan y cantan y saludan y cuentan historias y llaman al papá y a la mamá. Conclusión: Irene ha aprendido a jugar solita, de un modo natural y sorpresivo, dándole expresiones a su mundo, imaginando, soñando e inventando otros espacios. Yo, mientras tanto, sonrío recordándome en esos mismos pasos y pensando que la vida tiene un orden natural y que muchas de las cosas que cremos aprendidas aparecen y fluyen simple y libremente por la vida.

Me gustaría escribir más sobre el tema, pero creo que hoy no será. Prefiero coger un muñequito de mi chiquita y sentarme con ella a jugar.

Un abrazo.

😉

24 mayo 2012 at 07:29 1 comentario

Después del embarazo, ¿se van los kilos de más?

Quizás por el tiempo en el que vivimos y por la absurda presión (publicitaria, mediática, farandulera) que ronda el cuerpo femenino, una de las entradas con más visitas en la historia de este blog es “Cuestión de peso: ¿durante el embarazo cuánto se debe aumentar?”, un texto sincero que redacté con Irene en mi interior, justo cuando oía miles de versiones sobre ello. Recuerdo que terminé escribiéndolo tras una cita de control (de las de mi seguridad social) en la que la médica -que apenas me conocía- casi me saca los ojos por el aumento de peso que había tenido en el sexto mes de gestación. Hoy –cuando siento realmente que se ha cerrado el ciclo- quiero darle continuidad al tema, mostrando mi otro lado de la moneda.

Naujagimio akimis

Imagen de c r z.

Anticipo que parto de la base de que cada cuerpo es distinto y de que el ritmo de vida que llevamos puede tener mucho que ver con la evolución del peso durante y después del embarazo. Del mismo modo, creo -como lo señalé también en esa entrada precedente- que es fundamental cuidar nuestra nutrición y salud y que la mejor manera de hacerlo es consultando a un especialista que pueda darnos las recomendaciones apropiadas para nuestra rutina y nuestro cuerpo. Obviamente, eso no exime el sentido común: lo diga un nutricionista o no, nadie pensará que hacer una dieta restrictiva durante la lactancia o que sentarse -como lo recomendaban las abuelas- los cuarenta días de la dieta postparto a comerse una gallina por día sea bueno para la salud y el peso de una mamá.

¿Sólo números?

Durante el embarazo de Irene aumenté en total 17 kilos: 3.320 gramos eran del cuerpecito de nuestra hija, el resto eran placenta, líquido amníotico, grasa de reserva, leche y cuerpo -de 1.70 mts- de mamá. Tanto a lo largo del embarazo como durante los meses posteriores (unos 12 más o menos) hice un seguimiento de mi peso con una nutricionista que, sin cambiarme sustancialmente mi rutina -en casita somos bastante ordenados y sanos con nuestras comidas-, me indicó cuáles alimentos eran prioritarios en esos momentos.

Quince días después del parto había reducido buena parte de la coqueta barriguita materna y me lancé a la compra de una faja postparto (que no había podido ni cerrarme una semana antes). ¿Funciona o no? No puedo asegurarlo. Nosotros la compramos tras la recomendación de la médica de nuestros controles postpartos, pues según ella en esas primeras semanas los músculos y la grasa están más flojos y la faja ayuda a devolver todo al orden anterior. Conozco la versión contraria que señala que si la usamos el cuerpo no desarrolla el tono requerido, pues se apoya en el envoltorio (bastante incómodo, por cierto) en lugar de en sí mismo. En mi caso, cuando menos me ayudó a verme un poco menos redonda, pero hoy, con las evidencias posteriores, creo que la dejaría guardada en un cajón. Dejé de usarla tras algunas semanas porque sentí que mi cuerpo seguiría su proceso solito… y la verdad es que así, lentamente, pasó.

Amamantar y criar

Una de las cosas más importantes del peso ganado tras el parto es que constituye -como me lo decía mi nutricionista- una reserva para los meses de crianza y amamantamiento del bebé. Claro, eso se cumple si pensamos en los ciclos normales de la naturaleza, que no piensa en retorno al mundo laboral a los tres meses ni en dietas restrictivas “para recuperar la línea” antes de seis meses postalumbramiento. En nuestro caso, esas montañitas que se instalaron en mi cintura sirvieron sin duda para la lechita que por dos años y ocho meses (recién hemos parado) acompañó la vida de Irene y fueron reduciéndose naturalmente, sin dietas ni ejercicio aeróbico, hasta desaparecer pasados 24 meses.

Mi cuerpo, no obstante, no es el mismo. Y aunque también hay un proceso de reconocimiento que toma su tiempo, debo decir que me siento orgullosa de lo vivido. Me salieron estrias las últimas semanas del embarazo, con lo que mi vientre alrededor de mi ombligo quedó flojito, y mi barriga, antes plana y firme, ahora tiene una pequeña hendidura (con una mini protuberancia en la parte baja) que, dicen, se debe a los cambios internos de mi útero. Mi pecho ha vuelto a su tamaño original, con un sutil cambio en sus formas que lo hace ver ahora un poco más caído (nada sustancial para unos pechos breves). Mis organos reproductivos ahora son (o parecen) más amplios y profundos y creo que mi cadera es un poco más ancha. Finito.

¿Secuelas negativas? Una pequeña molestia en mi espalda baja… que se solucionó casi totalmente tras mis clases de danza. Nunca consideré hacer la clásica rutina asociada al ejercicio (no me veía saltando o alzando peso en un gimnasio), pero sí sentí que necesitaba recuperar movilidad y la sensación de que estaba otra vez de vuelta en mis huesos y mis músculos. Busqué, por tanto, mi danza… ¡y cómo lamento no haberla encontrado antes! Hoy, si tuviera otro hijo, no quisiera abandonarla ni un segundo (He llegado a entender y hasta a envidiar el sentido que tiene la danza en otras culturas, como la árabe, en las que las mujeres se juntan para conectarse con su cuepo y bailar).

El no peso de la felicidad

Ése es quizás mi gran aprendizaje después de todo este proceso (y lo que dará respuesta a la pregunta del título). Mi peso ha vuelto al punto de partida antes de alojar a Irene, meses después de que sus formas se asemejaran a mi cuerpo pre-mamá. Había 5 kilos rezagados tras el parto que no sé cuándo desaparecieron totalmente; creo que al menos tres se fueron antes de que dejara entrar la música en mi cuerpo, el resto se esfumó como por arte de magia cuando reconocí otra vez cadencias y movimientos. Pero más que volver a mi peso, recuperar el otro lado de mi ser femenino (coqueto, sexual, desenfrenado) -oculto tras ese otro devoto-sensual-maravilloso también femenino pero materno- ha sido el cierre más satisfactorio de este tiempo. Hacerlo, además, con una chiquita que disfruta  su vez de un baile elemental y hermoso no tiene precio.

Los kilos de más se van, sobretodo si logramos mantenernos conectados con nuestro cuerpo (eso incluye el amantamiento como un método efectivísimo para volver a nuestras formas y perder peso). La naturaleza hace lo propio; nosotros sólo debemos alimentar el espíritu sana y responsablemente, con amor, delicias y sentido, tanto como nuestro organismo. Bailar, saltar, jugar, disfrutar de la vida en movimiento es una buena manera de hacerlo… Al menos en esta casa: la danza nos ha devuelto a un mismo tiempo la conexión con la tierra y el cielo. ¡Seguimos bailando!

[Hemos tardado en volver, pero aquí estamos -y otra vez con aliento largo- de nuevo. Un beso]

10 mayo 2012 at 11:25 10 comentarios


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