Posts filed under ‘Desarrollo físico’

¿Cómo estimular el aprendizaje de un niño entre 2 y 4 años de edad?

Quizás también podría incluir los 5 años, o simplemente decir “un niño en edad preescolar”… pero como lo que me inquieta es cómo estimular ese aprendizaje en casita, con una chiquita que no está escolarizada (además), me inclino por esbozarlo de este modo. En cualquier caso, quiero compartir algunos apuntes sobre juegos, rutinas y proyectos para potenciar el aprendizaje de los pequeños. No sé cómo funcionen en la práctica, entre otras cosas porque nuestras ideas sirven más de marco general, pero confío en que dejarlos esbozados sirva de invitación a nuevas ideas (propias o ajenas) y nos ponga en el mood propuesto para mis deseos de este año.

Decía en enero, en nuestra lista de proyectos:

Quiero adentrarme más en la educación en casa, potenciar los aprendizajes de nuestra chiquita (no con tareas o ideas impuestas sino aprovechando las inquietudes que ella misma nos plantea) y darle más ritmo a nuestra rutina. Básicamente porque siento que ella cada vez quiere aprender y entender más y porque los días se nos pasan tan rápido -y a veces con una sensación grande de vacío- que quiero disfrutarlo más (con menos pantalla, menos internet y más parque, más baile y más amigos).”

… por lo que me puse en la tarea ya no sólo de leer información sino de pensar. Todo lo que encontré sobre homeschooling, creatividad y desarrollo de niños en edad preescolar me ayudó, de un modo u otro, a concluir que el aprendizaje en estas edades llega a través del juego y de la experiencia sensorial. En consecuencia, la idea de buscar una rutina que potenciara ese aprendizaje terminó por asentarse en la configuración de unos módulos generales que nos sirvan de marco para acompañar el desarrollo de Irene.

Sé que el tema, así planteado, puede parecer complicado, pero la idea es que con estos puntos de partida en mente y con las mismas inquietudes que plantee nuestra hija, las maneras de ponerlos en práctica fluirán más ordenadamente, de una manera más o menos natural. Intento, en cualquier caso, mantener unas premisas que considero relevantes para nuestra chiquita: la primera, que el juego libre es fundamental; la segunda, que no debo incluir límites de tiempo para ningún proceso (Irene misma da la pauta para cambiar de actividad mostrando su interés en algo nuevo); la tercera, que pensar en rutina implica, sobre todo, fijar un espacio de disponibilidad total de mamá.

Planteadas estas bases (que seguramente se ajustarán en el tiempo), presento esos módulos generales que, creo, nos ayudarán a potenciar el aprendizaje de nuestra pequeña en esta edad. Aclaro, no obstante, que no soy pedagoga infantil ni nada por el estilo y que aunque nuestra chiquita no ha pasado nunca por una guardería, sospecho que no estamos descubriendo nada nuevo y que muchos de nuestros planteamientos se ajustarán de un modo u otro a lo que hacen los centros educativos de los pequeños. ¿Cuál puede ser la diferencia? Que nuestro aprendizaje estará completamente integrado a nuestra vida cotidiana y familiar y que la atención será personalizada, sin excluir actividades fuera de casa, con otros niños, orientada -al igual que las cosas que hagamos dentro- por las inquietudes de nuestra chiquita. La propuesta al publicarlos acá es retroalimentar otras experiencias y usar este espacio como libreta de apuntes para el futuro.

“Mueve los hombritos…”

El primer módulo lo he denominado plástico. Incluiría actividades motoras como moldear y pintar. Estaría estrechamente relacionado con el siguiente, denominado corporal, porque su ejercicio implica también una estimulación de los sentidos y el cuerpo… que se asocia, inevitablemente, con ejercicios como bailar, tocar, oler, mirar y degustar.

Decía hace algunos días que Irene ha empezado unas clases de danza creativa, básicamente porque nos decía con palabras y con todo su cuerpo que quería bailar. Esta actividad entraría dentro de un marco que he denominado corporal -que sería el segundo módulo (entiéndase, por cierto, este término como punto de partida y referencia, no como bloque de actividades o algo por el estilo que implique cero flexibilidad). En él se incluirían, además del baile, quehaceres cotidianos que comprometan experiencias con el cuerpo y que pueden ir desde ir al parque y jugar, hasta desgranar vainas de guisantes, fríjoles y otras verduras. Cocinar (oler, sentir, oír, mirar, probar) entraría también perfectamente en este grupo.

El tercer módulo sería el musical, que lo considero separadamente del anterior a pesar de que bien podría ser un derivado de éste. Dentro del él cabrían actividades relacionadas con tocar (y experimentar) instrumentos musicales (principalmente de percusión por la edad de nuestra pequeña), además de cantar. El baile se integraría también a esta conjunto de experiencias, aunque el objetivo al señalar el módulo aisladamente responde a la relevancia que considero que tienen la música y los sonidos en esta etapa de desarrollo.

Finalmente, consideraría un módulo que he denominado de abstracción y pensamiento, que se orienta al desarrollo de actividades más racionales, como la comprensión de textos y narraciones (inventadas, leídas, oídas), la comprensión espacial (con juegos como rompecabezas, rayuela y la danza misma) y un primer acercamiento a la lectoescritura (no con pretensión de aprendizaje de las letras, sino más bien -desde la perspectiva del método global– como aproximación a objetos representados, ya sea por íconos o símbolos que luego puedan servir de referencia para expresar ideas. Las caricaturas, las loterías y representaciones similares entrarían como actividades posibles dentro de este último propósito. Ah, y el juego simbólico (ahora el “soy doctor, te reviso, eres doctora, me revisas) es otra manera más de abordar la lógica de pensamiento propuesta en este módulo.

Siendo honestos, éste es apenas un primer acercamiento. No incluye actividades relacionadas con el lenguaje (en desarrollo en esta edad) porque lo considero un módulo transversal (bueno, casi todos terminan siéndolo) y creo que debe potenciarse, especialmente, desde la cotidianidad -todo se habla, todo se explica y el resultado final es una pequeña lorita. 😉 Espero tener buenas noticias en el futuro. Todas las recomendaciones y consejos son bienvenidos.

Por lo pronto, además de este texto, les dejo un par de blogs recomendados (B aprende en casa y Aprendiendo sin escuela), con niños en edades similares, que además de inspirarme, me han llenado de ideas. También dejo dos portales (Aprende con alas y Educarpetas) de comunidades de padres y niños que practican la escuela en casa: buena parte de los temas planteados y de las actividades abiertas a los participantes han sido un buen punto de partida para este propósito. Eso sí, las unidades de estudio, los workboxes y los lapbooking quedan para edades futuras. Si tienen niños de más de 6 años, no duden en buscar información sobre ellos para estimular su aprendizaje en casa o en el colegio.

PD. El subtítulo de “con los hombritos” está inspirado en la canción que repite constantemente nuestra chiquita tras sus primeras clases de baile: “con los hombritos, con la cadera, con la cintura…” ¿Alguien sabe cómo se llama la cancioncita? Me encantaría tenerla en nuestro hogar. 😉

Imágenes tomadas de la GuíaInfantil.com y El blog de Mar.

17 febrero 2012 at 16:38 5 comentarios

A mordiscos

No sé por qué últimamente me cuesta más pasar por acá. Quizás una chiquita más demandante pegada a mis piernas y diciendo “auda” /ayuda/ para que la levante y la deje ver este patoaparato tengan parte en el asunto. El otro resto se lo dejo a las mil y una cosas que hacemos las mamás. En fin, hoy trato de ponerme al día con un resumen rápido que incluye dientes e historias varias de la protagonista de la casita de Irene. 😉

Y empiezo por lo primero: las últimas muelas de nuestra chiquita en su mandíbula inferior. Hace algunos días dije que había empezado a asomarse la del lado derecho (que aquí se ve justo en el izquierdo). Pues bien, hace unos pocos días descubrí que también lo hacía su vecino de enfrente. Lo cierto es que la persistencia de Irene en meterse el dedo índice a la boca para rascarse (yo no tenía muy claro para qué era, pero en cuanto descubrí los trocitos blancos entendí el por qué) fueron la clave. Lo sorprendente es que después de ya no sé cuántos dientes (hago la cuenta: 8 arriba y 8 abajo + 2 nuevos = 18), aún con la salida de estos últimos me sorprendo.

A diferencia de sus primeras muelas -que asomaron sus montecitos muy sútilmente (la foto anterior fue publicada hace casi un año, el pasado 4 de noviembre)-, las muelas de ahora se me aparecieron casi completas (eso sin mencionar que la foto la tomé con pose… ¡qué diferencia!). La razón para topármelas así no sé si se sea que su salida haya sido más expedita o que yo me demoré más en descubrir lo que se estaba gestando en la boca de nuestra pequeña. Lo cierto es que las encontré abriéndose camino como si salir fuera un asunto de “levantar capitas” (nótese en la foto cómo la piel empieza a verse como una cobija sobre el diente).

En cualquier caso, volver a presenciar la salida de dientes me ha hecho recordar las sorpresas constantes que nos regala un chiquito al crecer. Si bien, durante los primeros meses las novedades casi siempre están relacionadas con avances físicos, después del primer año (pasó casi un año entre las muelas de la segunda foto y estas de ahora) el lenguaje y la capacidad de abstracción y razonamiento de un chiquito, entre otras cosas, acaparan toda la atención.

En estos días, por ejemplo, Irene nos sorprende con la claridad y precisión con la que adquiere el lenguaje. Para el caso, ayer nada menos, mientras tomábamos una merienda juntos decía -en medio de una conversación-: “yo voy contigo”. ¡Contigo! ¡Yo! Tiene veinteseis meses y ya sabe que ella es un ser independiente de otros, utiliza apropiadamente el “tú” y el “yo” y además puede relacionarlos en un “contigo”. ¿Alucinante, no?

Y aclaro que mi alucine no es porque sea ella: es por lo que revela. Esas mentecitas que antes eran subvaloradas (“habla tranquila que ella no entiende” o “no le digas nada porque es un bebé” o “es que a los niños hay que explicarles todo con cuentos -léase mentiras-“) son infinitamente sabias. De aquí que -pienso- el desarrollo de sus capacidades dependa muchísimo de la manera como nosotros, sus padres, nos relacionamos con ellos… y del potencial que les reconozcamos o no.

Historias como ésta tendría miles, pero para no perdérmelas me abstengo un poco de estar más tiempo pegada al computador. Cierro diciendo que a sus veintiseís meses nuestra chiquita interviene en todas las conversaciones, opina, propone, decide y sugiere. Y, sí, también manda, regaña, protesta y se rebela. Me temo que es algo inherente a su edad (ya queda poco de “los terribles dos no han pasado por acá“), pero también sospecho que nuestra paciencia y amor son una buena guía para superar los malos ratos. Hasta ahora, hablar claramente, explicarle todo (y si es antes de que ocurra, mejor) y ser consecuentes nos ha ayudado muchísimo. Es más, si no fuera porque sus muelitas no son mías y porque no quiero volverme canibal, me la comía a besos con su misma boquita. 🙂

(Y para alimentar la nostalgia, un par de imágenes más:

Una foto de las primeras señas de dientes (los primerísimos), publicada el 8 de marzo de 2010, un día antes de que Irene cumpliera siete meses

Y otra del 10 de mayo de ese año, cuando empezaba a abrirse camino su tercer dientecito

Ya sólo faltan dos… de leche.)

12 octubre 2011 at 08:32 5 comentarios

De cómo Irene aprendió a ir al baño

Admito que con las entradas de estas últimas semanas este blog empieza a parecer más la página oficial de Elmo y Plaza Sésamo que La casita de Irene, pero creo que es apenas lógico, considerando el papel protagónico que el monstruito rojo ha tenido en las últimas semanas en nuestra casa. Irene ha dejado en el día sus pañales y ha aprendido a ir al baño gracias a Elmo´s Potty Time.

Y puedo asegurar que no exagero cuando lo cuento. Nuestra chiquita continuó avisándonos cuándo “el pipí y la popó” -como dice Elmo- venían en camino. Y aunque aparentemente no tenía del todo claro cuándo iba a orinar, sí parecía darse cuenta de haberlo hecho. Es más, en un par de ocasiones me había pedido que le quitara el pañal.

Pues bien, decidí lanzarme al agua y recordé que había visto un video y un libro del monstruo rojo sobre el tema. Busqué el segundo en Youtube y lo encontré (esta en inglés y en español, al menos), con la compañía de Irene, por supuesto, que no me abandona cuando me ve cerca de la pantalla (ya sabe que un “ayuda” y un “vamos a ver muñecos” le garantizan un poco de diversión colorida y musical). Vimos las dos primeras partes del video, suficientes para hacernos una idea de qué iba el programa, y nos paramos para ir a almorzar. Mi plan, aún, no está definido (de hecho, tenía la idea de que la pequeña nos diera un poco la pauta, sólo tanteaba la red para buscar herramientas para cuando llegara el momento), pero bastó con que Irene viera a Elmo sentarse en su bañito para ella querer hacer lo mismo.

Por supuesto, el resultado no fue inmediato: se sentaba algunos segundos y se paraba nuevamente para caminar. Volvía a pedir el baño, volvía a sentarse por poco tiempo y así toda la tarde. Le expliqué cómo debía ocurrir todo (esperar un ratito más largo, etc, etc, etc), pero concluí que quizás lo mejor era terminar de ver el video y dejar que ella misma marcara su pauta. Lo conseguí ya para ver en el televisor (ese “mueble” que sólo usamos para ver películas de vez en cuando) y me senté con ella a verlo un par de días despues. Y claro, voilà!, Irene pidió que le quitara el pañal y quiso sentarse en su baño (las opciones del pañal o de usar un adaptador para el baño “adulto” siguieron dentro del abanico de posibilidades). Nos ayudamos de un par de libros para hacer más divertida la espera en la tacita y fuimos millones de veces al baño ante sus avisos (“popó en el baño, popó en el baño” -con carrerita por toda la casa incluída) y ya.

Las primeras veces, hizo “una gotera” (como decía ella) casi sin darse cuenqta. También tuvo un par de accidentes, por supuesto, pero luego, tras pasar por un período de angustia que logramos superar con compañía, palabras y cuentos, celebramos sus primeros logros en el bañito. Y bastó eso: en cuanto vio que pudo hacerlo y que podía seguir todos los pasos sugeridos por Elmo (limpiarse la colita, vaciar sus cositas en el baño y bajar la palanca -“cuis, cuis, cuis, cuis, cuis”, según explica Aurora, la amiga de Elmo- y lavarse las manitos) no quiso parar. Y casi sobra decir que le cogió tanto gusto al tema que quería ir al baño todo el tiempo… nada que un poco de paciencia y libros leídos sentadas (ella en su bañito, mamá o papá en el piso) no pudieran remediar.

Una semana después el tema estaba superado… con uso de pañal cuando salimos de casa (no le gusta usar baños grandes) y en las noches (los primeros días esos pañales quedaban secos, ahora están otra vez mojados, pero estoy segura de que llegará el día en que estén tan sequitos que los podamos quitar). Y ya. Fue menos terrible de lo que pensaba y su carita de satisfacción y felicidad (que pide “bravos”, fiestas y baile) compensan cualquier esfuerzo.

Así que justifico nuestra nueva fanaticada de Elmo (y le agradezco infinitamente su ayuda en nuestro hogar).

PD: Y eso que no he terminado de hacer mis pesquisas cibernautas: parece que también hay versiones del peludito rojo para dormir, comer

23 septiembre 2011 at 07:24 4 comentarios

¿Innato o aprendido?

Siempre se ha dicho que los bebés son grandes imitadores, del mismo modo que se ha afirmado que gracias a ello son rápidos para aprender. Por ello y por la diligencia con que veo que Irene perfecciona sus habilidades repetitivas, hoy quiero hacer un listado de gestos que podrían parecer aprendidos pero que -creo- son innatos… esos que vemos hacer de la nada a un chiquito, incluso sin dejar de preguntarnos cuándo aprendió a hacerlos.

Ecografía del 22 de mayo del 2009. La manito, por supuesto, es de Irene. 😉

[Y me voy con una entrada poco científica. Aludo, simplemente, a la condición de diario de esta casita… porque al paso que va esta pequeña con sus innovaciones, se nos va a olvidar muy pronto qué gestos hizo por sí misma. Si quieren leer un poco más sobre las características que dicen que son innatas al bebé -sobre todo cuando está recién nacido: cuáles y por qué- les recomiendo este texto.]

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “innato, ta. (Del lat. innātus, part. pas. de innasci, nacer en, producirse). 1. adj. Connatural y como nacido con la misma persona.” Y en eso en Irene, significa:

  • Restregarse los ojitos con el puño.
  • Jalarse el pelo al lado de la oreja o tirar de ella cuando tiene sueño.
  • Hacer un circulito con su boca y fruncir el ceño cuando se concentra en algo (un gesto, creo, particular. Ya hablaba de él cuando contaba que daba pataditas… Ahora no está el video donde se veía, pero ponía la boquita y el ceño del mismo modo que lo hace ahora cuando pinta, cuando juega… Una preciosidad).
  • Apretar sus manitos metiendo el pulgar entre los demás dedos (casi mandando todo a la mismísima conchinchina -que existe, a pesar de que siempre creí que era un lugar más allá de la nada -una crónica entretenida sobre un viaje a ella acá ;))… un gesto que ahora le veo menos, pero que se hizo evidente hasta en las ecografías (para risa del médico radiólogo que lo vio y lo archivó. El testimonio gráfico ilustra esta entrada -no sea que después me digan que exagero y que la chiquita no debía hacer naturalmente así con sus dedos).
  • Dar un salto repentino cuando se está quedando dormida y su cabecita pierde el “equilibrio” (¿no les pasa que sienten como si a veces se fueran a a caer a un hoyo cuando están cayendo en brazos de Morfeo en un lugar que no es cómodo? En el documental Babies -que mencionaba Anita en un comentario anterior- se ve clarito este reflejo).
  • Tirarse al piso, casi desmayada, agitando las piernas y moviendo la cabeza de un lado a otro (eso que se llama comúnmente “pataleta”) cuando algo no es como ella quiere. La vi hacerlo y me quedé perpleja (haciéndome la consabida pregunta de “¿y esto cuándo lo aprendió?). Hoy tengo la respuesta: le llegó por genética de especie (no tiene niños al lado que le enseñen, ni papá ni mamá que suelan tirarse al piso cuando algo va mal. También en el documental Babies el gesto se revela natural).
  • Limpiarse la nariz con el torso de la mano (ahora que ha estado con gripa, el gesto iba y venía sin parar. Fue todo un ejercicio enseñarle que podíamos usar un pañuelo. Ahora dice “opitos” /moquitos/ para que le ayudemos (gesto aprendido. Ahh).
  • Hacer pinza con los dedos para coger el lapiz: es un gesto tan inmediato y natural que aún dudo si no nos miró a hurtadillas para aprenderlo. Lo dejo con asterisco de “quizás”.

¿Me ayudan a completar la lista?

[El debate, por lo visto, es científico y data del siglo XIX, después de que al británico Francis Galton, primo de Darwin, se le ocurrió discutir con su primo sobre El origen de las especies. El Emilio, o De la educación, de Rousseau, podría haber sido un preámbulo del tema en el XVIII, pero me parece que el pensador suizo se concentró más en escribir sobre su idílico Emilio que en los inocentes gestos innatos de un bebé (vale la pena mencionar que el pobre Emilio de Jean-Jacques cae después en desgracia en Emilio y Sofía, O los solitarios, un texto posterior en el que Rousseau cuestiona -sin lograr resolverlo- las bondades de vivir al margen de la sociedad -ya no sé si entonces persistiría en su pregunta de “¿el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe?”… El pobre Rousseau nunca logró terminar el libro, no se sabe si por incapacidad o cambio de opinión. Esa discusión solita da para un libro nuevo -no digo otro post-. Yo creo que todos los niños son buenos… los adultos, lamentablemente, no.)]

14 marzo 2011 at 08:20 4 comentarios

Bebés y niños sin televisión

Aunque en otras ocasiones he hablado sobre nuestra vida sin televisión, hoy quiero hacer algunos apuntes sobre cómo afecta (o no) a Irene vivir sin ella. No tengo experiencia directa sobre las diferencias que pueda haber con un bebé que ve televisión, pero haré referencias a algunos estudios sobre los efectos que puede tener la llamada caja mágica sobre los pequeños, además de algunos comentarios sobre casos cercanos de familiares con niños que sí conviven con un televisor.

Imagen tomada del blog Rebel:art.

En principio, reafirmo que nuestra vida es maravillosa y completamente llevadera sin televisión. Puede parecer tonto hacerlo, pero comienzo por ahí porque en más de una ocasión hemos visto caras asombradas e incrédulas por nuestra decisión de marginarnos de ella. Vivimos actualizados, informados, activos y felices sin ver los programas de moda, y disfrutamos -mucho más que antes- de un gran número de actividades lúdicas y de ocio que nos acercan muchísimo más como familia y que estimulan de manera sorprendente el desarrollo de nuestra chiquita.

Sin embargo, nuestra vida no carece de pantallas: vemos cine (ahora en casa, por la pequeña) y usamos el ordenador. Internet a veces resulta tan atractivo y absorbente como un televisor, pero como ya sabemos el tiempo que ganamos como familia limitamos su uso (confieso que podemos hacerlo mejor).

Un bebé sin televisión

La inquietud que incluso a nosotros mismos nos ronda es cómo afecta el desarrollo de Irene no ver televisión. Y aunque no cuento con la experiencia diaria del caso opuesto, tengo la sensación desde hace algunos meses de que sí hay ciertos rasgos y comportamientos de nuestra hija que se potencian por el hecho de no tener pantallas en su rutina: entre otras, Irene es una niña constantemente activa (no hiperactiva), que habla todo el tiempo y que cuenta con una gran capacidad de concentración.

La mayor parte de nuestras actividades (diurnas, al menos) son conjuntas, lo que ayuda a que en su cotidianidad sea una niña que interactúa mucho con otras personas, se desplaza constantemente por distintos lugares -dentro y fuera de casa- y se adapta fácilmente a los cambios (con ella ha sido, por ejemplo, muy fácil viajar). Tiene una rutina establecida para su baño, su sueño y sus comidas y el resto del tiempo lo distribuye en juegos, lecturas, dibujos y paseos. Cuenta siempre con un adulto de confianza a su lado (casi siempre mamá o papá), lo que le aporta mucha seguridad (aunque demanda, de nuestra parte, total disposición y disponibilidad).

¿En qué más incide la no pantalla? Creo que en el desarrollo del habla y en -lo decía antes- su capacidad de concentración. Un estudio -que referencio al final del texto- señala que por cada hora de televisión que ve un niño, recibe 770 palabras y 20 minutos menos de interacción. Otros (que no encuentro ahora, pero que sé que existen) afirman que los niños que están expuestos (en exceso, al menos) a los estímulos de la televisión pueden tener dificultades para concentrarse en un aula de clase -mucho más estática y “aburrida” que una serie televisiva.

Ver o no ver televisión

Mi propósito no es satanizar el medio (ya muchos dicen que el problema no es su existencia si no el uso que se hace de ella), pues yo misma vi televisión de pequeña sin que ello supusiera el fin de mi desarrollo. Quizás pretendo más señalar lo que siento que hemos ganado como individuos y como familia por no tenerla, así como expresar el impacto que me genera ver cómo crecen generaciones mucho más expuestas a su influjo, menos atentas, menos activas, menos sociables, más encerradas, menos curiosas y más “formateadas” por lo que se dice en la televisión. De hecho, tras casi cinco años de no convivir con ella, me he dado cuenta de que la mayor parte de las conversaciones que oigo tienen como origen el televisor (anoche dijeron en las noticias…, vi un programa que decía…, ¿qué te parece lo que pasó con sutanita o perencejita? -personajes de ficción de una telenovela o una serie televisiva- and go on).

Y cierro diciendo que yo misma me he quedado perpleja al hacer la búsqueda de textos que acompaña este artículo, pues todos insisten en los efectos negativos que puede tener la televisión (que pasan por obesidad hasta diabetes, cáncer e hipertensión… para no hablar de autismo, malas hábitos de consumo, pérdida de atención, bajo rendimiento escolar, entre otros).

He intentado ver algunas películas con Irene, pero me he sorprendido a mí misma saltando del sofá para detenerlas en su comienzo (todas, sin excepción -seguro que el descubrimiento de la estructura narrativa la explica mejor Vladimir Propp- comienzan con una pérdida, un drama o una tragedia dolorosas y angustiantes para un menor). No es gratuito que digan que los bebés sólo necesitan 20 segundos para absorber las emociones plasmadas en la televisión (aún recuerdo la cara de angustia de mi chiquita después de ver por un instante la persecución que sufrió no sé quién de no recuerdo tampoco qué animal.) ¿Qué pasará con las series -de dibujitos incluso- que ven los chiquitos sin supervisión? Dejo los links referenciados junto con algunas reseñas y resaltados. Cada quién juzgará qué es mejor. Por lo pronto, en casa, vivimos felices sin televisión.

Lecturas relacionadas:

:s

7 marzo 2011 at 08:21 14 comentarios

“¡Aaaaa tita!”

Creo que después de “papá” y “mamá” (y de las unificadoras “mapapa”, “papamamá” y “mapa”) esta expresión -que casi siempre llega acompañada de un “ymm” saboroso y hasta gracioso, que precede una boca abierta y deseosa- es la reina de nuestra hija al hablar. Y no es para menos: a pocos días de cumplir 19 meses, Irene reclama lechita para dormir, para calmar la sed, para sentir el calorcito de mamá, para tranquilizarse, para regodearse de felicidad, para reponerse de una caída, para sentirse en casa y para un sinfín de razones más.


¿Por qué, entonces, hay tantas caras de sorpresa cuando algunos descubren qué es “a tita”? (Y a nosotros no nos pasa tanto, pero sé que las razones se asocian más a nuestro ritmo de vida.) Aún recuerdo las palabras “versadas” de quien fue por mucho tiempo mi ginecóloga cuando me dijo hace algunos días que amamantar más de seis meses al bebé era “un vicio” (no sé para quién). No volveré a enumerar los beneficios infinitos que contradicen ese supuesto porque, aunque me dan unas ganas enormes, ya lo he hecho y sé que el relato de nuestra experiencia es suficiente para hacerlo.

“Ymmm. A tita” es -con creces- la mejor amiga de nuestra (pa)maternidad. En casa nos sentimos cada vez más conmovidos cuando vemos que Irene deja claro cuándo la quiere (con un “aaaaaaaaaa” laguísimo y emocionado). Sabemos que su reclamo no significa dependencia o malcrianza -entre otras cosas, porque (como lo decía hace unos días) casi siempre se habla muy subjetiva y amañadamente de esto último. Al contrario, le atribuyo la serenidad y la seguridad de Irene a esa demanda siempre atendida. Ahora, después de cada “a tita”, sé con certeza qué es lo que necesita nuestra chiquita.

¿Y todavía la alimenta? Creo que sí porque nuestra hija sigue creciendo y desarrollándose como debe. Es más, para mí supone una tranquilidad extra porque sé que no es un gran problema si algún día veo menguado el apetito de la pequeña (y que conste que eso no significa que ella coma menos. En su lugar me parece que el interés por otros alimentos está asociado al rito, es decir, a hacer de las comidas un momento familiar. ¡Si hasta sushi -con mariscos cocinados- ha comido! Repito: los niños hacen lo mismo que hacemos sus papás).

Ahora, en cuanto a qué tanto ha cambiado nuestra lactancia en los últimos meses (ya un par de veces hablé –1 y 2– sobre los cambios que ocurrían después de que el bebé cumplía un año de edad), debo decir que poco. O quizás sí se haya transformado algo, pero creo que sus giros han estado más relacionados con la emotividad. Tanto Irene como yo y su papá nos sentimos más conectados al amamantar. La vida es más simple, no porque ella amamante menos (que sí, disminuye un poco con el tiempo), sino porque ahora sabemos con más certeza cuándo y por qué quiere mamar.

Algunos dirán que llamarla “tita” y no “teta” ayuda a reducir caras de sorpresa. Es posible. Pero aunque así no fuera, amamantar sí hace que todos vivamos más felices y tranquilos: tomar un avión, dormir fuera de casa (juntos), sanar un corazón asustado o un piecito adolorido, relajarse y conciliar el sueño (diurno y nocturno de grandes y pequeños), expresar con caricias y besos nuestro afecto, combatir la falta de apetito, mantener a raya los virus y los bichos y un largo etcétera que pasa incluso por estimular el habla y los gestos, ha sido sencillo. Persistiremos, por ello, en nuestra lactancia. Y juzgo por el entusiasmo que Irene muestra con su “aaaaaa tita”, cantando y sonriendo, que amamantaremos todavía un buen tiempo. (Ya sé de qué no nos perdemos.) 😉

4 marzo 2011 at 08:36 9 comentarios

Me hago mayor

Esta expresión, tan española, describe claramente los comportamientos que tiene desde hace algunas semanas nuestra Irene: aparte de imitarnos -como es natural- cuando hablamos, comemos, nos movemos, nos reímos y un largo etcétera, esta pequeña quiere sentarse en nuestras sillas, usar nuestros zapatos, contestar el teléfono de casa por sí misma, escribir en el computador… Y no porque tenga el mismo tamaño que nosotros. No. Porque ella se está “haciendo mayor”. 😉

Y que conste que pensando las cosas fríamente, quizás es más adecuada la expresión “hacerse mayor” a “crecer” o al típico “cómo está de grande” latinoamericano (válido cuando se habla de un niño en etapa de crecimiento, pero insuficiente para los adultos -a los que no nos queda de otra que “estar viejos”. ¡Plop!). Eso, sumado a los resultados de un estudio hecho en la Universidad de Viriginia, en EEUU, del que hablaba en otra entrada hace algunas semanas y que demostraba que incluso a los 27 meses los niños no tienen aún una concepción clara de su tamaño -hoy incluyo algunos videos que parecen originales del estudio-, revela cómo desde pequeños nos cuesta ser mayores. 🙂

Dejo los chistes. Lo cierto es que descubrir el acelerado crecimiento emocional e intelectual de nuestra hija (que sigue también creciendo físicamente, por supuesto, pero ahora a una escala distinta a la de sus primeros meses, cuando la ropa le servía por unas semanas no más), me sorprende hasta lo indecible. ¡Ya hasta tenemos recepcionista! Y contraparte parlante que no deja de comentar y hablar. Sólo espero que cuando “sea mayor-mayor” de verdad, recuerde cómo vivíamos ahora, cómo intentábamos disfrutar a su lado cada día y cómo buscábamos disfrutar más que acumular. No sea que caiga en la trampa de cargar caras largas o de buscar títulos-objetos-y-aplausos que se quedan flotando, lejos, en el espacio. Hazte mayor, mi niña, con la misma sonrisa con la que caminas arrastrando nuestras pantuflas por toda la casa y con la misma curiosidad que tomas el teléfono con tu mano para oír el tono del aparato cantar.

Un besito.

25 febrero 2011 at 06:30 7 comentarios

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