Posts tagged ‘Simple Living’

“Rápido, rápido”

Realmente a medida que crecen los pequeños los ritmos van cambiando para todos en el hogar. La sorpresa, sin embargo, me la he llevado en estos últimos días de mi propia boca al darme cuenta que esa pequeña independencia de mi chiquita me ha llevado a concentrarme en cosas que antes había dejado un lado (mi escritura, mi lectura, mi trabajo), apresurando y restando tiempo “de mamá”. Creo que es natural que los ritmos cambien, ¿pero vale la pena insertarse e insertar a los pequeños en esa lógica occidental que pide que todo se haga YA?

El reloj parado a las siete

El reloj parado a las siete“. Imagen de nadia_the_witch.

Creo que la respuesta es simple: NO. Sin prerrogativas ni ataques. Creo que no tiene sentido impregnar la vida de los chiquitos (ni la nuestra) con un molesto tic-tac… sobre todo cuando ese “acelere” permanente se traduce en hacer sin disfrutar. Por supuesto, pienso que es natural que los ritmos cambien y que los padres, una vez que los chiquitos son un poco más autónomos en el hogar -comiendo solos, vistiéndose (casi) solos, jugando (algunas veces) solos, yendo (o intentando hacerlo) al baño solos, etc., etc., etc…-, retomemos un poco nuestra individualidad, pero claramente pienso que no es un buen principio de la vida (ni de los niños, ni de los padres ni de la familia) ese cabalgar en montaña rusa para hacer más.

¿Por qué?

En primer lugar, por lo mismo que he valorado y deseado la vida simple, es decir, porque pienso que la vida sólo puede valorarse a partir del goce, del asombro, de la observación detenida (de ella y de nosotros mismos), de las pocas cosas o experiencias (escogidas), del “menos cosas, más felicidad”. Y en segundo lugar porque el “rápido, rápido” que le imprimos a nuestras acciones casi siempre termina por aguar la experiencias, pues nos vuelve intolerantes, preocupados, inseguros, aburridos, bla, bla, bla.

Pongo ejemplos: son las 7:30 a.m. y a las 9 tenemos clase de baile. Debemos salir de casa a las 8:30 para llegar a tiempo. Aún falta desayunar, bañarnos, peinarnos… ¿Cuáles son los efectos? Molestias, presiones (incluso amenazas: “si no desayunas rápido, no vamos a tu clase”), discusiones y, quizás, hasta accidentes (no digamos de coche, por andar corriendo, que no los queremos, pero sí de leche derramada en la ropa, del olvido en casa del móvil,…) ¿Vale la pena? Si se supone que bailábamos para gozar… La mismo historia se podría contar para salir al colegio (un motivo más para no escolarizar antes de los 6 o 7 años), para ir al trabajo, para ir a un cumpleaños…

“Paren el mundo que me quiero bajar”

Quizás la solución no está en parar todo, que a fin de cuentas la vida sigue y no podemos excluirnos de ella porque eso sería también no disfrutar. Pero sí es posible pensar y conectar un poco más con nosotros mismos, escucharnos (como si fuera desde fuera) y sentirnos cuando vivimos a esos ritmos. Para mí ha sido realmente revelador darme cuenta del malestar que crece dentro de mí cuando estoy repiendo mecánicamente el “rápido, rápido” antes dicho: por más que mi chiquita se apresure, sus movimientos no son tan precisos como los de un adulto (pero eso no lo sabe mi cerebro que oye la orden de acelere y ante su decepción dispara adrenalina que da gusto).

Resolver el problema, sin embargo, no debería ser tan difícil, sobre todo si logramos sensibilizarnos. ¿A cuenta de qué tiene que vivir un chiquito acelerado? Propongo acciones precisas:

  1. Respirar tranquilos (parece vano, pero es el único principio posible para bajar el ritmo: si nos concentramos en la manera cómo respiramos, nos daremos cuenta de que con esa atención nosotros mismos podemos aquietarnos).
  2. Permitirnos observarlos y observarnos (ojo: no mirarnos: OBSERVARNOS).
  3. Cancelar citas.
  4. Quitarnos el reloj de la muñeca y de la cabeza.
  5. No escolarizar a nuestros chiquitos antes de los 6 años: bienvenidos abuelos y familia.
  6. Apagar el ordenador, el móvil, las tablets y todo lo que se inmiscuya en nuestro tiempo de ocio (de manera invasiva).
  7. Caminar por un parque verde cada tanto.
  8. Cambiar nuestras rutinas de desplazamiento por medios menos rápidos: pies, bicicletas, trenes lentos… Si vivimos en un mundo que se mueve más despacio, sin duda nosotros también nos desaceleramos.
  9. Cocinar en casa y no olvidar esta maxima: la comida preparada es “previamente” degustada. Los restaurantes no tienen que satanizarse, pero es mejor si no son de centro comercial ni comida rápida.
  10. Lo que usted quiera… a fin de cuentas, ¿no cree que vale la pena?

Podría agregar sembrar una huerta en casa (para prolongar el disfrute de cocinar e inscribirnos en el lento pero sorprendente ritmo natural), pero eso lo dejo para mi lista slow personal. Lo cierto, es que mientras escribo todo esto, recuerdo a aquella pareja maravillosa, soñadora e inspiradora, que encontró la manera de detener su vida por 40 días con el patrocinio de la marca de su colchón.

Sé que las razones que han acelerado nuestros ritmos en estos últimas días son importantes, sé que muchos dirán que no pueden darse el lujo de no trabajar, sé también que no es fácil, pero estoy segura de que nosotros somos los únicos que podemos cambiar los ritmos y establecer espacios de ocio tangibles, lentos, disfrutables. La vida me regaló una hija para observarme. Ahora yo debo dejar que ella me observe, me disfrute, me enseñe y me cambie. No es una tarea difícil y tiene infinitas recompensas. La próxima vez que diga “rápido, rápido” recordaré sus preguntas sabias: “¿para qué estás corriendo, mamá?”

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26 abril 2012 at 07:04 2 comentarios

“Trabajar menos y producir de forma inteligente”

Esas son las palabras centrales de un artículo sobre la conferencia “El decrecimiento: ¿una alternativa al capitalismo?”, de Serge Latouche, publicado en El Diario de Navarra. Y aunque la conferencia fue hace casi un año, en Pamplona, España, sus planteamientos no están mandados a recoger.Comparto el texto (que es apenas un abrebocas) y una entrevista con este economista y filósofo francés: creo que nos viene bien pensar en consumir menos justo ahora, cuando con la excusa de la Navidad y los Reyes todo el sistema occidental nos dice “compremos, compremos, compremos”.

Según las mismas palabras de Latouche: “La gente feliz no suele consumir” y es posible (y necesario) vivir con menos. Esto ha dado lugar a un movimiento que se denomina “decrecimiento” y que tiene adeptos en lugares tan variados como Navarra, justamente, en España, y que plantea, entre otras cosas, la necesidad de un replanteamiento de la necesidad de un crecimiento infinito en un mundo finito (lo que, en otras palabras, implica racionalizar nuestra realidad). Desde esta perspectiva, debemos consumir menos, relocalizar nuestro consumo (y aprender a disfrutar y mejorar nuestros entorno inmediato, consumiendo los productos de la zona en la que vivimos y disminuyendo, de esta manera, el absurdo impacto ambiental que supone el consumir -y parcialmente envenenarnos- productos que tienen su origen a miles de kilómetros de nuestro hogar.

Para ilustrar la entrada, dejo -antes de este texto introductorio- dos videos con una entrevista realizada en 2005 a este economista francés, además, por supuesto, del texto prometido. Me encantaría saber qué piensan al respecto. En casa, nuestro intento de vivir una vida simple encaja perfecto en estas propuestas… y creo que después de leer el texto y ver la entrevista (que dura un poco más de 16 minutos) se justifica mucho más. 😉

Serge Latouche: “La gente feliz no suele consumir”
“Propone vivir mejor con menos. Profesor emérito de Economía en la Universidad París-Sud, es una de las voces mundiales del llamado movimiento por el decrecimiento.”

GABRIEL ASENJO.. PAMPLONA. Viernes, 11 de febrero de 2011 – 04:00 h.
“Nacido en Vannes (Francia) hace 70 años, ante un público que le escuchaba sentado hasta en los pasillos de acceso al salón de actos del Colegio Mayor Larraona de Pamplona, subrayaba ayer noche que el actual ritmo de crecimiento económico mundial es tan insostenible como el deterioro y la falta de recursos en el planeta.

“Invitado por el colectivo Dale Vuelta-Bira Beste Aldera, y bajo el título de su conferencia El decrecimiento, ¿una alternativa al capitalismo? , reclamó que la sociedad establezca una autolimitación de su consumo y de la explotación medioambiental. Desde su punto de vista no se trata de plantear una involución sino acoplar la velocidad de gasto de los recursos naturales con su regeneración.

“Especialista en relaciones económicas Norte / Sur, premio europeo Amalfi de sociología y ciencias sociales, su movimiento decrecentista, nacido en los años 70 y extendido en Francia, defiende la sobriedad en la vida y la preservación de los recursos naturales antes de su agotamiento. A su juicio, si el decrecimiento no es controlado “el decrecimiento que ya estamos experimentando” será consecuencia del hundimiento de una forma de capitalismo insostenible, y además será desmesurado y traumático.

“Una bomba semántica. Afirma Serge Latouche que el término decrecimiento es un eslogan, “una bomba semántica provocada para contrarrestar la intoxicación del llamado desarrollo sostenible”, una forma de pensamiento, la sostenibilidad, extendida por el economicismo liberal de los años ochenta, y que propicia pagar por todo, “por ejemplo, en el caso del trigo, obliga a pagar por los excedentes, por su almacenamiento y también hay que pagar por destruir los sobrantes”. “Deberíamos hablar de A-crecimiento”, dijo como una invitación hacia la reflexión sobre nuestro estilo de vida, incluso sobre la exhibición de los superfluo y el enriquecimiento desmesurado.

“Desde su punto de vista “vivimos fagotizados por la economía de la acumulación que conlleva a la frustración y a querer lo que no tenemos y ni necesitamos”, lo cual, afirma, conduce a estados de infelicidad. “Hemos detectado un aumento de suicidios en Francia en niños”, agregó, para aludir más adelante a la concesión por parte de los bancos de créditos al consumo a personas sin sueldo y patrimonio como sucedió en Estados Unidos en el inicio de la crisis económica mundial. Para el profesor Latouche, “la gente feliz no suele consumir”.

“Sus números como economista aseguran que le dan la razón: cada año hay más habitantes en el planeta a la vez que disminuyen los recursos, sin olvidar que consumir significa producir residuos y que el impacto ambiental de un español equivale a 2,2 hectáreas, y que cada año se consumen 15 millones de hectáreas de bosque “esenciales para la vida”. “Y si vivimos a este ritmo es porque África lo permite”, subrayó. Para el profesor Latouche, cual cualquier tipo de escasez, alimentaria o de petróleo, conducirá a la pobreza de la mayoría y al mayor enriquecimiento de las minorías representadas en la grandes compañías petroleras o agroalimentarias.

“Trabajar menos y producir de forma inteligente. Tachado por sus detractores de ingenuo, postuló trabajar menos y repartir el empleo, pero trabajar menos para vivir y cultivar más la vida, insistió. Desde un proyecto que calificó como “ecosocialista”, además de consumir menos, la sociedad debería consumir mejor, para lo cual propuso producir cerca de donde se vive y de forma ecológica para evitar que por cualquier puesto fronterizo entre España y Francia circulen hasta 4.000 camiones a la semana “con tomates de Andalucía cruzándose con tomates holandeses”. Finalizó con una alabanza al estoicismo representado en España por Séneca: “No se obtiene la felicidad si no podemos limitar nuestros deseos y necesidades”.”

(Por cierto, si quieren ver las conferencias del encuentro que dio lugar a este texto, pueden hacerlo en este link. Yo aún no las veo, pero después de esta entrada, me animaré a hacerlo.)

6 diciembre 2011 at 08:13 5 comentarios

Si un niño lo entiende, todos lo podemos entender: consume -y produce- alimentos orgánicos

Me encontré esta conferencia, maravillosa, corta, sencilla y contundente en la página de TED. La recomiendo totalmente, entre otras cosas porque comparto la totalidad de sus apreciaciones y porque pienso, como Birke, el niño-conferenciante, que podemos cambiar el mundo a partir de nuestros hábitos de consumo (bueno, el mundo global y particular… porque la comida sana da, sin duda, salud y bienestar). Espero que lo disfruten. 😉

PD: Si prefieren verlo en el portal de TED, pueden hacerlo aquí.

22 noviembre 2011 at 14:10 2 comentarios

Menos cosas, más felicidad: ¿Plástico biodegradable?

En nuestra búsqueda desesperada por encontrar alternativas para sacar nuestra basura a los contenedores terminamos por encontrar que hay varios tipos de plástico y que entre ellos hay uno -usado en bolsas- que se degrada en un periodo no mayor a 24 meses. ¿Será verdad?


Pues parece que sí, que existe una manera de utilizar bolsas plásticas que se descomponen en la tierra… no sé si dejando residuos tóxicos -espero que no, sinceramente-, pero al menos no encapsulando desechos por cientos de años (y representando un riesgo importantísimo para el equilibrio de la naturaleza –casi ni quiero recordar imágenes como la de los albatroces bebés muertos con sus estómagos llenos de plástico en lugar de comida 😦.

Lo cierto es que aún no resolvemos satisfactoriamente el tema: claramente no estamos recibiendo bolsas plásticas en nuestra compra (usamos bolsas de tela reutilizables que nosotros mismos llevamos), pero a la hora de sacar nuestra basura las necesitamos. Parece un ciclo absurdo -y de hecho lo es-, pero necesita una solución práctica y lógica. La primera -aún no puesta en marcha al 100% en nuestra casa (se aceptan tirones de orejas)- es la del compost para los desechos orgánicos. La segunda es la bolsas hechas con papel periódico para otro tipo de desechos (como los de los baños o, incluso, los materiales reciclables -y los no… como las bolsas plásticas en las que viene la leche, los empaques de jamones, quesos y demás. Intento, intento, intento, pero no entiendo por qué cada vez se usan más), pero debo confesar que no ha resultado muy práctico: en cuanto tienen algo de humedad se rompen y coserlas o pegarlas no es confiable del todo.

¿Resultado? Decidí ensayar las bolsas plásticas que prometen degradarse en máximo 24 meses. Sigue siendo un lapso de tiempo enorme (sobre todo porque, dicen, puede generar gases de efecto invernadero), pero suena menos horripilante que el período incalculable de otro tipo de polímeros.

Por cierto, esto del plástico es todo un universo y descubrí que hay que leer con ojos escrutadores su clasificación porque muchos se autodenominan ecológicos porque están hechos con plásticos reutilizados (que bien puede ser un avance, pero no resuelve el problema de su descomposición) y otros son biodegradables pero están hechos igualmente con derivados del petróleo.

Imagen tomada de “Cómo evitar tóxicos en las botellas de plástico”, de Eco13.

Ahora, se supone, investigan la posibilidad de hacer algunos con celulosa -plantas- y otros materiales realmente biodegradables, pero mientras aprendo (y se lo inventan) no he encontrado una mejor solución para el almacenamiento y vertimiento de nuestros desechos. ¿Alguien tiene otra alternativa más amable y repetuosa? Oímos propuestas (¡¡Por favor!!).

PD: Sigo pensando que lo mejor es poder eliminar el plástico totalmente de nuestras vidas (pero no es fácil. ¡Uff!). Al menos el usar bolsas de tela en la nevera, llevar siempre consigo bolsas reutilizables como el ChicoBag o la Ecobag Checa para cargar las compras y reducir el uso de químicos -para el aseo de la casa y el aseo personal– y el incremento de alimentos naturales en lugar de procesados, así como usar pañales de tela en lugar de desechables ayuda muchísimo. Ahora otro reto es no comprar juguetes plásticos -cada vez entiendo más la filosofía Waldorf de tela, madera y algodón para los peques. A ver si nos acercamos un poco más a nuestro sueño.

PD2: Sigo medio aperezada y desconectada del mundo virtual… así que mi propósito de escribir dos entradas semanales -al menos- empieza a tener baches. Intentaré retomar el ritmo, si no lo logro, ya saben, seguimos -aunque no nos veamos virtualmente- acá. Nuestra pequeña está cada día más despierta y habladora… y esos maravillosos sueños alargados durante sus siesta empiezan a menguar. Ah, una buena nueva: tenemos nuevas vecinas y amigas. 😉 Y eso ayuda a que hablemos menos aquí.

3 junio 2011 at 09:03 6 comentarios

Si yo estoy bien, tú estás bien

Parece título para un libro de superación personal, pero es una verdad sin discusión en casa: si nosotros estamos bien, nuestra pequeña hija también. Y eso vale no sólo para lo básico de los libros contables (comida, alimento, vestuario,…), sino -y sobre todo- para lo emocional. He dicho en otras ocasiones que un niño sólo necesita a sus papás. Ahora añado que sería bueno que tuviera unos papás amorosos, contentos, tranquilos, pacientes, relajados. La suma, sin duda, da un niño amoroso, contento, tranquilo, paciente -puede que no de inmediato, pero seguramente en un término más corto que el de un chiquitín con un papá estresado. No es que sea fácil, pero si lo tenemos en mente es muy probable que empecemos a experimentarlo.

Imagen tomada de El rincón favorito de mi escuela.

Y añado que es un tema comprobado en situaciones extremas, como 12 horas de viaje en coche (grgr), la espera en medio de un calor sofocante (o de un frío espacial y temporal poco amigable, como el de la sala de espera de unas urgencias pedriátricas), bla, bla, bla. Podría pensarse incluso que desde la perspectiva de los padres el binomio sería contrario (así como aquello de que “el orden de los factores no altera el resultado”: si tú estás bien, yo estoy bien), pero esa es una verdad a medias porque creo que el adulto de la fórmula es el que está en capacidad emocional de guiar sus emociones y lograr encontrar un equilibrio en ellas. ¿Si le dejamos esa tarea a los chiquitos, sin un modelo fiable, creen que “naturalmente” lo logrará? Lo dudo.

Así que sin alargar historias concluyo una verdad de perogrullo en casa: si nos permitimos disfrutar feliz y amorosamente de y con Irene (con paciencia, comprensión, felicidad, tranquilidad, amor –inserte aquí todas las emociones que considere que le ayuden a mantener su bienestar-), Irene disfrutará feliz y amorosamente de y con nosotros. “Si yo estoy bien, tú estás bien”.

Sé que suena más simple de lo que es en la realidad, pero los resultados valen el esfuerzo. (A fin de cuentas, no es gratuito eso de que digan que padres e hijos están conectados, ¿verdad?)

😉

[Por cierto, dejo una entrada de Armando, de Bebés y más, a la que llegué por azar buscando una imagen para esta entrada. Habla de la empatía que existe naturalmente entre un hijo y sus papás. ¿Casualidad?]

27 abril 2011 at 09:07 8 comentarios

Encamados: 40 días para ir más lento, vivir, pensar y disfrutar

Y ojalá fueran más de 40… toda la vida debería vivirse a un ritmo lento, natural. Algunos dirán que los días también tienen allegros y movimientos rápidos y no lo niego, pero sí creo que aceleramos nuestra vida más de la cuenta. Por eso me he sentido encantada (y encamada) con la propuesta de esta pareja madrileñaencamada por un mundo slow. Vivir la vida a otro ritmo es posible, ¿no?

Camy e Iván se han tirado 40 días en su cama para disfrutar y reivindicar el derecho a vivir una vida pausada. Cada día, con el auspicio de una marca de colchones -qué más da- que ya había hecho un video precioso sobre el parto en casa), tienen invitados en su casa (bueno, en su cama), con los que comparten experiencias y maneras que apunten a ese ritmo slow. Tienen un blog (interesantísimo) sobre sus viviencias, un portal precioso donde pueden encontrar los videos (también pueden verse en Youtube) sobre todos los encuentros que han tenido hasta el momento y una invitación abierta (y siempre válida) para andar más despacio y disfrutar un poco más de nuestras vidas. Queda una semana para echarnos a la cama para charlar con ellos. Por lo pronto, dejo una de esas conversadas, deliciosas, sobre el parto respetado y la maternidad.
(Ah, y el link sorpresa (porque ha sido todo un regalo) me lo encontré en Bebés y más.)

26 abril 2011 at 07:11 4 comentarios

“…vale más que mil palabras”

Hace unos días compartía el trailer de un documental (que aún no he visto completo, pero que espero encontrar pronto) titulado Bag it. Anexaba unas imágenes que mostraban la gran contaminación que generamos con el plástico, además de explicar por qué estaba de acuerdo con la idea de eliminar el plástico de nuestra vida. No hablé del cáncer, ni de las posibles incidencias que genere en la salud, sino de lo mucho que tarda en degradarse. Y aunque esto último no hace menos importante lo primero (ya hay bastantes estudios que lo demuestran), hoy vuelvo a insistir en el tema porque después de ver la secuencia de imágenes de donde proviene la que dejo hoy no me cabe la menor duda de que debemos hacerlo.

Fotografía de Chris Jordan.

Quiero eliminar por todos los medios el plástico de nuestra vida: de las bolsas de los supermercados -ya usamos de tela, homemade, para las compras y para almacenar alimentos en nuestra nevera, de los empaques de alimentos, de productos de aseo, de juguetes, envases,… Sé que no es fácil, pero también creo que si al menos lo tengo en mente puedo empezar a hacerlo. Ello,  aunque sea mínimamente, en algo ayudará a disminuir su producción mundial. Eso y la posibilidad de tener una vida más saludable en casa valen -y mucho- el esfuerzo.

Con respecto a la imagen, hace parte de una serie titulada Midway: Message from de Gyre, disponible acá. La encontré en la web Life Without Plastic (con artículos muy interesantes al respecto), acompañada de una nota aclaratoria -que no está de más- que señala que no hubo ninguna intervención en las fotos, ni antes ni después de tomarlas. El plástico que se ve dentro de los animales (albatroces bebés) llegó allí porque ellos se lo comieron (cuando sus mamás confundidas por sus colores y aspectos llamativos se los trajeron desde el mar). Los pájaros, por supuesto, murieron por intoxicación, por pérdida de espacio en sus estómagos para la comida de verdad o por ahogamiento. No sé si también puede darles cáncer. Igual, seguramente no será necesario hacer una prueba forense para saber que los mató el plástico (inserte cara de rabia y dolor profundo acá).

La secuencia fue tomada en septiembre de 2009 en una pequeña isla del Pacífico. Tiene un video que pueden ver, si se animan, al final de esta entrada. Casi me saltan las lágrimas. Dejo, además, un apartado del texto publicado junto con la foto:

“These photographs of albatross chicks were made just a few weeks ago on Midway Atoll, a tiny stretch of sand and coral near the middle of the North Pacific. The nesting babies are fed bellies-full of plastic by their parents, who soar out over the vast polluted ocean collecting what looks to them like food to bring back to their young. On this diet of human trash, every year tens of thousands of albatross chicks die on Midway from starvation, toxicity, and choking.

To document this phenomenon as faithfully as possible, not a single piece of plastic in any of these photographs was moved, placed, manipulated, arranged, or altered in any way. These images depict the actual stomach contents of baby birds in one of the world’s most remote marine sanctuaries, more than 2000 miles from the nearest continent.”

Y un diario en video (hay más de uno, todos los pueden encontrar aquí) del momento en el que encontraron el primer albatros y otro en el que muestran cuánta basura plástica puede encontrarse, rápidamente, en una playa (que no es Santa Mónica, California, por cierto. Una mucho menos poblada). 😦

Y para rematar, dejo un video de dos minutos que muestra cuántas veces puede llevarse un bebé de 9 meses las cosas a la boca… ¿y si son plásticas? La música es simpática y la imagen también. El contenido, sin embargo, sopesado racionalmente, pone a pensar. Mi fuente, otra vez Life Without Plastic. ¡Aghhhh!

13 abril 2011 at 03:14 9 comentarios

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