Archive for julio, 2012

El reto diario

Luego de la katarsis verbal de mi entrada anterior e inspirada en parte por un texto que encontré en mi búsqueda de reseñas sobre la recomendación de Náhuatl (estoy en la tarea de buscar el libro, ¡¡gracias!!), voy a intentar hacer justicia con mi chiquita señalando que aunque el reto es diario y fácilmente lo que funcione hoy mañana sea totalmente obsoleto, la situación se puede sobrellevar (bueno, puede intentarse salir a flote con ella ;)). La idea de hacer un pequeño resumen de esos comportamientos explosivos junto con las posibles soluciones que he encontrado me parece una buena manera de darle la vuelta al panorama y de ofrecer, además de quejidos, esperanza a este corazón a veces desbordado y al de otras mamás con demonios adorables en su hogar.

La idea, como decía antes, no es original: vilmente la copio (bueno, me inspiro para hacer mi propia lista) de un ejercicio semejante encontrado en una web llamada Planning with Kids. Su metodología es sencilla: describo alguno de los comportamientos límites de Irene y a renglón seguido intento esbozar la solución posible que nos ha funcionado (aunque sea sólo algunas veces) para “conciliar”. Espero que a mí misma me ayude este ejercicio (y dejo el drama: nuestra chiquita, aún con estas explosiones esporádicas tan propias de su edad, es un sol acariciador en nuestra vida. Sin duda, necesita pasar por todo esto -como nosotros- para crecer, entender, socializar, conocerse y madurar). Aquí va:

  1. Indecisa. Supongo que cambiar de opinión es válido, pero en estos últimos días Irene lo hace sistemáticamente (bueno, no siempre, pero cuando está en sus “minutos” -no diré días-…): quiere que la acompañe y luego me pide que me vaya (para gritarme al segundo siguiente que quiere estar conmigo), le ofrezco algo de comer, me dice que no lo quiere y en cuanto se lo doy a alguien o yo misma me lo como me dice (ejm, grita) que sí lo quiere, que se lo dé, que por qué me lo comí si ella quería, etcétera.
    Alternativa: No consultar todo, dar órdenes amorosas y sencillas. Voy un poco más allá de la recomendación de la mamá que escribía el artículo-musa de esta diatriba: no sólo reduzco las opciones para que escoja, sino que intento reducir las posibilidades de conflicto decidiendo mentalmente (frente a cosas menores) yo misma. Justamente recordaba al leer en los comentarios pasados a Nuria: dar órdenes simples (oraciones sencillas, directas, amorosas, pero precisas. La vi hacerlo con sus pequeños y pensé: ¡mira!). El único problema: muchas veces se me olvida. 😦
  2. Contradictoria. Se amarra un poco a la anterior. Un segundo es blanco y al segundo siguiente es negro. Creo que ella es quien peor lleva esto. Yo intento señalar que hay una contradicción en sus comportamientos (aquello de intentar que nuestra chiquita sea razonable y lógica), pero realmente, una vez ella ha entrado en “crisis”…
    Alternativa: Intento dejar que ella misma se calme, después de señalarle que está siendo confusa y que si no se expresa claramente es muy difícil que logre lo que quiere. Este es un punto en el que todavía necesito trabajar porque nos desborda fácilmente. Por lo pronto, mientras lo resolvemos, aplico un poco la alternitiva del punto uno y ante el olvido o el fracaso la alternativa que acabo de enunciar acá.
  3. Mandona. No sé si sea un asunto de signo zodiacal, pero nuestra chiquita adora mandar. Haz esto, haz, aquello, dame esto, dame lo otro, tráeme, etcétera. A su favor debo decir que realmente ha aprendido a decir “por favor”, con voz amorosa y dulce, pero también que cuando está, digamos, irritable, lo olvida fácilmente.
    Alternativa: recordarle que las cosas deben pedirse con respeto y con amor, o que ella misma puede hacerlas (sobre todo cuando son tareas ya asignadas: guardar sus zapatos en el clóset, recoger juguetes…). Casi siempre funciona (termina diciendo “por favor”). Cuando no, si es algo menor, la ayudo (con aquella idea de evitar un gran conflicto, sobre todo si lo que “ordena” lo hace un poco por reflejo, sin ser consciente ella misma de lo mandona que está siendo), si no, dejo que le pase un poco la cólera: lo pides bien, con amor, o no puedo atenderte. Dar y recibir (si das amor, recibes amor).
  4. Impaciente. Es la reina de esto. Sus cosas las quiere ya. Sin espera: que la acompañe, que la atienda, que le dé algo…
    Alternativa: tratar de indicarle que debe aprender a tener paciencia. No es fácil y casi nunca funciona (sobre todo porque si ya perdió la calma, no oye, no entiende, no nada). Mi arma final siempre termina siendo hacerme a un lado y evitar caer en el marasmo de su furia diciéndole que cuando se calme hablamos (condicionado). Ah, y señalar (gracias, Nuria) que todo tiene una consecuencia: si está tranquila, las cosas fluyen tranquilamente, si está molesta, casi siempre las cosas se alteran y no fluyen en paz.
  5. Irritable. Este quizás no es un comportamientos sino un estado… más común de lo que quisiera. Explota fácilmente con todo, cuando está en sus minutos (hay días que se pasan plácidamente, casi como si fuera con nuestra chiquita amorosa de siempre).
    Alternativa: tener paciencia, abrazar, tratar de ayudarle a expresar sus sentimientos y respirar profundo y esperar. Creo que la solución va también más por el lado de una actitud receptiva, paciente y amorosa, que por una acción concreta. Pero no es fácil, confieso… Pero también es la única alternativa que a largo plazo, para todos, puede funcionar. Tengo claro que si caigo o caemos en el caos de su irritación y desespero las cosas tienden a empeorar (para todos, por cierto).
  6. Hiperactiva. La palabra no es precisa, quizás (no pretendo etiquetar como anormal algo que es propio de su edad), pero la uso porque creo que da una idea rápida de lo que pasa: tiene momentos en que no para, literalmente: brinca de un lado para otro, corre, grita, se cae, se golpea, juega brusco…
    Alternativa: recordar amorosamente las “reglas” de nuestra casa (no gritar porque me asustas y asustas a los vecinos, no correr porque te puedes lastimar -si no hace caso, casi siempre ella misma lo recuerda con una caída-,…) o darle un tiempo límite al juego, bueno, más que un tiempo es una indicación límite (es la última vuelta que le das corriendo a la mesa, vamos a comer luego). No funciona siempre, pero anticipar ayuda algunas veces a calmar (o al menos a que dure menos su molestia por la detención abrupta de su acelere).
  7. Rebelde. Algunas veces parece que su único objetivo es llevarnos la contraria. Quizás es su manera de probar hasta dónde llega su dominio o de ver qué tanta incidencia tiene en lo que puede pasar.
    Alternativa: No perder los estribos ni caer en la trampa; en su lugar señalar su comportamiento y anticipar lo que puede pasar. Como todo, a veces funciona, a veces no, pero creo que siempre deja claro que su comportamiento no nos es desconocido y creo que a la larga eso sirve para que ella entienda que es algo que no está bien ni es divertido.
  8. Dramática. Odiaba cuando oía decir esto antes, pero ahora verifico en la práctica que a esta edad los niños aprenden a dramatizar: fingen llorar y sobreactúan sus penas. No creo que no las sientan, que sin duda hay un sentimiento de frustracción y desconocimiento del mundo que los afecta, pero sí creo que las exageran con el propósito (debe ser lo que piensan) de impactar. A nosotros eso termina por “sacarnos” un poco de casillas, sobre todo porque no queremos ni desconocer su dolor ni caer en la trampa de “está bien que lo hagas” corriendo a atender caprichos (que muchas veces son el origen del drama en cuestión).
    Alternativa: verbalizar el asunto; hacerle notar a Irene que esa sobreactuación no nos llevara a ningún sitio. Luego, sí, abrazar, escuchar, ayudarle a expresar eso que no la deja sentir paz. Es difícil, tedioso, agotador, a veces desbordante, pero es parte de la naturaleza de ese pequeño ser que también es capaz de hacernos ver la inmensidad del universo con sus sonrisas. ¿Qué hacemos? Intentar que ella recuerde que es más rico estar feliz que triste y que casi siempre ella es la fuente inagotable de su propio bienestar (y si no lo conseguimos, recordar que nosotros somos la del nuestro. Ommmm).
  9. Terca. Y aqui cabe caprichosa. Hay cosas que cuando se le meten en la cabeza, no hay quien se las saque, sobre todo si implican una buena dosis de imposibilidad: “quiero ir a ballet hoy”, “no podemos, hoy no es tu clase”; “yo no quiero que el sol se acueste, quiero que no sea de noche”,…
    Alternativa: intentar voltear la situación positivamente: “hoy no es tu clase, pero podemos hacer una clase en casa, con tu música: la ponemos y tu bailas” o “no puedo hacer que salga el sol, pero como es de noche podemos leer un cuento…” No siempre funciona, no siempre los motivos dan lugar a soluciones, pero casi siempre es bonito encontrar que ella misma puede ver que hay alternativas más allá de esa “única” posibilidad que se le había ocurrido. La mayoría de las veces, por el esfuerzo que implica pensar positivamente en una salida, nos enseña también a nosotros a ver desde una perspectiva más amorosa el mundo. ¡Esa dificultad se convierte en una gran alternativa para cambiar nuestro propio espíritu!
  10. Protagonista. Quiere estar en todo, ser la primera en todo, ser el centro de todo. No puede oir hablar a otro porque necesita llamar la atención de la persona con quien está hablando e interrumpirlo, quiere vestirse sola, comer sola, caminar sola, hacer sola…
    Alternativa: recordar “reglas” de casa (amorosamente) cuando agrede o irrespeta con su comportamiento a otros o, cuando el caso es señalar de independencia, dejarla intentar. No es fácil mantenerse sereno frente a ciertos caprichos (ella misma pierde fácilmente el control de ellos), pero darle espacio para sus propios intentos y, si es el caso, para que experimente sus propias frustraciones, es una manera de que aprenda a valorar la ayuda que le puedes brindar. Obviamente, casos como cruzar la calle sola o cosas por el estilo se ajustan a la primera parte de esta alternativa: nada que signifique risego entra dentro del rango de “lo puedes intentar”.
  11. Insegura y/dominante. Si se lee en conjunto con el anterior punto, se puede ver nuevamente el talante de la contradicción que acompaña a veces a nuestra chiquita. A veces quiere hacer todo sola y otras no quieres que te muevas del espacio que tiene ella a un metro a la redonda. No sé si la causa sea, como lo enuncia, una sensación de inseguridad (que a veces parece) o si es un intento de controlarlo todo (como que no soporta que me quede en silencio algunas veces o que no corra a contestarle todo su listado de por qués -interminables- cuando le da por preguntar).
    Alternativa: Darle un poco de tranquilidad acompañándola y, cuando se vuelve extremo, hablar sobre por qué no es necesario que estemos a su lado o cuáles son las ventajas de que ella pueda estar solita más allá de un metro. Este punto a veces se complica por todos los puntos anteriores, pero es parte de paseo. La mejor manera de resolver es considerar la situación, ser comprensiva con su momento de desarollo y recordar quién es el adulto, capaz de controlar más fácilmente sus emociones y situaciones, y actuar en consecuencia. No es fácil… pero casi siempre ayuda a evitar una tormenta (si no es un tema de capricho cerrado, by the way).

Uff, creo que ya.

Finalmente, con respecto al artículo-musa de todo este reguero de opciones debo señalar que no estoy de acuerdo con su planteamiento de ciclos de bienestar y caos en los pequeños: no sé si porque yo misma no los he percibido o porque no creo que sea tan fácil estandarizar. Sí pienso que estos comportamientos hacen parte de una etapa de desarrollo emocional de los pequeños, quie seguramente se sobrellevará mejor con el paso del tiempo y que menguará cuando el niño en cuestión llegue a los 6 o 7 años de edad (y tenga, como dicen, formado su carácter y temperamento). Ah, y sí estoy de acuerdo con su final (que no expongo con más detalle para no alargar): esta edad también está acompañada de un cierto despliegue de humor del chiquito, de mucho más sentido de su ser social, de expresiones de afecto más conscientes y de una cierta racionalidad que permite entablar charlas, verbalizar conjuntamente y razonar (no siempre, pero sí más que antes de manera conjunta). Y también creo que es el momento de establecer límites o “reglas”, amorosa y claramente. No creo (no sé si me equivoque) que pueda haber un niño amoroso sin disciplina, pero sí creo que puede haber una disciplina positiva (así a veces cueste tanto recordarlo).

Dejo pendientes otras reflexiones… pero habrá tiempo para ellas. Abrazos y gracias por sus palabras y paciencia,

A.

27 julio 2012 at 06:55 8 comentarios

Del demonio de Tasmania o las discusiones varias de una niña que ronda los tres años

… O los dos o los cuatro.

Siguen pasando las semanas y no logro escribir palabras en esta casa, en parte por lo que anuncia el título de esta entrada (y en parte porque he vuelto a rutinas olvidadas antes y porque me he inventado nuevas, apenas descubiertas). Así que no voy a escribir un tratado: haré un ensayo. La razón: porque básicamente creo que éste no es un tema finito y que lo único que puede hacerse al respecto es sobrellevarlo divangando. Obviamente, aclaro, no creo que escribiera tratados antes, ni mucho menos, pero sí reconozco -como develó Nuria recientemente, en su hogar- que tengo un vicio aprendido y de oficio a perfeccionar, documentar, apoyar, confrontar… sobre todo lo escrito. Si hasta he despotricado de ese género que pretende sentar bases de verdad sin consultar, apropiándose lo que otros dicen,bla,bla. Pero he de asumir ahora un poco de realidad: nuestra chiquita entró en un período que no da tiempo para exposiciones doctas; en su lugar, por mucho, puedo divagar. Así que empiezo. Son bienvenidos (reclamados a gritos, casi) los consejos.

[Insértese aquí un suspiro] Irene no para de mandar. Y tampoco para de cambiar de opinión a cada segundo. Pasó de ser la chiquita conciliadora la mayor parte del tiempo a ser la niña contradictoria que no sabe qué quiere, qué busca ni a dónde va. [Insertar otro suspiro] Está a menos de dos semanas de cumplir los tres años y esta mamá (y este papá que habla también a través mío) se formula miles de preguntas por segundo, intentando explicar las causas de estos repentinos ataques de inconformidad de la chiquita. La única respuesta que más o menos me convence (pero que realmente no minimiza los episodios demoníacos en casa) es que es un asunto de edad.

Sin embargo, después de ese desahogo, debo hacer justicia: no pasa todos los días ni a toda hora; los “no me entiendo, no sé qué quiero, no me pregunten, no te quedes en silencio ni te vayas de mi lado” vienen y van. Eso sí, he comprobado que se incrementan una vez aparece el primero, que no es fácil lidiar con ellos, que colman la paciencia, que estresan, que si te descuidas sacan a su vez el demonio que llevas dentro y que casi siempre, si no les paras muchas bolas o simplemente dejas que la frustración aflore libremente, terminan por pasar. Quien peor lleva el cuento es la misma chiquita, que entiende menos que nosotros, seguro. ¿Pero… cómo le explico, cómo la consuelo, cómo la controlo sin controlar? Con razón no vienen con manual de instrucciones: creo que ni el más sabio de los sabios es capaz de sacar un ABC para padres que se pueda estandarizar.

Hablar de conclusiones, en cualquier caso, es prematuro. Pero es inevitable tener una sarta de pensamientos al respecto. Para empezar, puedo decir que esto debe ser lo que llaman los terribles dos, los terribles tres, los terribles cuatro y los terribles cinco. Para seguir, puedo agregar que aunque no soy psicóloga algún leve impulso en mi cerebro me dice (no sé si sea un arquetipo de esos que hablaba Jung o el vago recuerdo de algo leído quién sabe dónde, cuándo y cómo) que este proceso debe hacer parte de eso que llaman formación del carácter y la personalidad (que nunca he logrado entender la diferencia entre ambos. Si alguien la sabe, que, por favor, nos ilustre al resto de los mortales). Y para terminar, puedo señalar que -al igual que ocurre con los tales demonios de Tasmania [Sarcophilus harrisii, para que si hay algún biólogo por acá tenga chance de ir más allá del Taz de los muñequitos]- sospecho que este comportamiento puede empeorar en grupo y aunque he llegado incluso a pensar que sería bueno considerar que Irene fuera por fin al “colegio” (léase guardería por su edad), rápidamente he soportado la tentación a sucumbir al camino simple concluyendo que si esto hace parte de su desarrollo quizás es más sensato acompañarla a sobrellevarlo en casa, con adultos que sí podemos pensar y controlar sus impulsos. Seguramente llegará el día de enfrentarse a ellos en sociedad, pero seguimos convencidos de que lo natural es que su formación escolar llegue por allá a los cinco o seis años, como sugieren varios estudios mencionados antes acá.

Resumen: hemos sobrevivido, pero estos últimos meses han sido un verdadero aprendizaje para todos. No menospreciaré, ni mucho menos, lo que hemos crecido en los primeros años de ser padres, pero aseguro que la experiencia actual (que incluye en Irene independencia, juegos solitos e imaginarios, palabras que pueden explicar o al menos intentar expresar emociones, sentimientos y situaciones) sobrepasa en exigencia y reto cualquier etapa anterior de ma-paternidad. Nuestra hija es un cielo inmenso, adorable, amorosa, comprensiva, inteligente, dulce… pero tiene explosiones repentinas, emocionales, pero finitas (por cierto, asociadas con una falta de concentración total en sus comidas y, ahora, la introducción de un “pollo” del que hablaré otro día, visitante que ha logrado reenfocar, espontáneamente, algunas de esas circunstancias que antes nos daban discusiones, gruñidos y mal resto de días).

Espero tener en el futuro más paciencia y mejores noticias. Abrazos para todos desde la que parece Australia,

A. [Insértese suspiro final de esta madrecita]

25 julio 2012 at 10:38 8 comentarios

Una imagen…

…vale más que mil palabras. Aunque éste será un post con más de una imagen y con menos de mil palabras (pero no con cero, como se podría pensar).

Acabamos de llegar de nuestras vacaciones y a pesar de que aún ni siquiera desempaco maleta, no quería esperar a que se pusiera el sol (ya se me adelantó el bendito) sin escribir y “colgar” un pedacito de recuerdos gratos por acá. He recordado muchísimo a los piratas (que tanto extraño por su barco y otros lados) y a los “Frijlitos” cuando, hará cosa de un año y algo, me dejaron antojada de encuentros mágicos y maravillosos en tierra. Pues bien, decía en nuestra última entrada que los sueños se hacen realidad: hemos tenido un encuentro dulce, hermoso, soñado, juguetón y de carne y hueso con dos queridas mamás y tres buenísimos pequeños. Las palabras se quedan cortas (ay, cómo envidio a los piratas cuando hablaban tan claramente de ello). Sólo puedo decirles que encontrarnos ha sido un regalo precioso y ver a los chiquitos jugar como si, de verdad, más allá de estos espacios virtuales, pasaran días y días encontrándose y compartiendo vida, no tiene precio. La realidad, como siempre, supera a la ficción y esas mujeres maravillosas (Nuria, Náhuatl) con las que tantas veces conversamos con los dedos son aún más dulces con audio e imagen tridi y cuatri y tetraemocional. No tengo palabras, mamás bellas: sólo un gracias. Ojalá que el universo siga confabulándose para que nos podamos seguir encontrando muchas otras veces. Y ojalá que algún día podamos hacer un gran encuentro de mamás (invitación oficial para todas). Abrazos y una emoción infinita. ¡¡¡Y un feliz cumpleaños para ti, Nuria!!! 😉 Chiuckk

9 julio 2012 at 19:01 3 comentarios


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