Archive for marzo, 2011

No más plástico (por favor)

Hablaba hace poco menos de una semana de nuestro primer proyecto de costura: bolsas de tela para las frutas y las verduras que guardamos en la nevera. Hoy quiero compartir el trailer de Bag it, un documental que ilustra las razones por las que tomamos esa decisión, las mismas por las que valdría la pena que otros lo hicieran (¿se apuntan?). Si además de usar bolsas de tela en casa para la nevera, las llevamos al lugar donde hacemos la compra y las usamos en lugar de las mil y una bolsitas plásticas que nos ofrecen para empacar todo lo que compremos, reduciremos sustancialmente su uso (y el cajón que deben tener lleno de ellas en su hogar). 😉

No basta con que paguemos algún dinero por ellas: es fundamental dejar de usar bolsas de plástico para protegernos y proteger el planeta. En casa, además de las bolsas de tela para la nevera y la compra (hay montones de marca, conozco y recomiendo la ChicoBag -que vende Nahuátl, en La Milpa– y la Ecobag Checa -que se produce en Colombia y se consigue fácilmente en el país), tenemos el proyecto de confeccionar algunas para nuestras basureras que se puedan reutilizar. Si además de ello, aprovechamos los residuos orgánicos para hacer composta (en una cajita en casa es posible), le devolveremos a la tierra el alimento que ella nos da, reanundando el ciclo necesario para nuestra supervivencia. Coser no es tan difícil… y si no lo hacen, hay montones de alternativas en el mercado para encontrar las bolsitas hechas. Una recomendación extra: para la nevera, es importante que sean de fibras naturales para que lo que guarden en ella pueda respirar.

¿Se apuntan al reto? No es difícil hacerlo. Sólo se necesitan unos pocos metros de tela, algo de hilo, una aguja y mucha voluntad.

Por cierto, todas las imágenes son tomadas del blog Bag it, de los productores de la película… y todas las recomendaciones valen para los envases plásticos (¡de agua, por ejemplo! Bien podemos comprar uno reutilizable que llenemos todos los días en casa, de la llave -si tenemos agua potable-, antes de salir. Ahorraríamos montones de dinero… ¡y contaminaríamos menos!).

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30 marzo 2011 at 03:00 11 comentarios

¿Cuánto debe comer un bebé?

También podría titular “¿cuánto debe comer un niño?” porque creo que el tema es válido para grandes y chiquitos. Supongo, en cualquier caso, que a más de uno se le ha pasado esta inquietud por la cabeza y me imagino también que -como yo- han tenido sus dudas por la infinitud de opiniones contrarias que hay al respecto. En esta entrada no daré respuestas definitivas, pero sí comentaré apartes del libro (que entra a nuestros recomendados) Mi niño no me come, del pediatra Carlos González: después de leerlo las comidas en casa han sido más tranquilas y -no sé si es idea mía o es verdad- casi pienso que Irene come más.

Bueno, esto de poner “bebé” en el título con una chiquita que ya no camina sino que corre, habla (aunque algunas veces sea en irinense), manda (¡mamá, ven!), coge solita la cuchara (no siempre, pero ni modo), tiene un colmillo -el inferior derecho- que ya asoma narices (y otros tres que ya vemos perfectamente en la sala de espera) y un montón de “adulteces” más parece un chiste, pero como la pregunta es válida a lo largo de toda la primera infancia (supongo) dejo “bebé” (saben que se puede cambiar por niño pequeño, si prefieren). En fin…

Ya entrando en materia, aclaro que en general nunca he pensado que Irene tenga problemas con la comida. Por el contrario, creo que es una niña que come bien, pues en general come de todo un poco (frutas, verduras, cereales, pescado, carne…) y no exige preparaciones distintas a las nuestras. Por supuesto, muchas veces debemos ampliar la oferta (en los desayunos y las cenas especialmente), pero eso no representa ningún problema. Creo que es normal que quiera probar otras cosas. En resumen, asumimos que está bien que un día prefiera arroz y carne en lugar de sopa y si el plato de la última se queda servido, no se nos viene el mundo encima: es natural.

Sin embargo, la pasada gripe trajo consigo una buena dosis de inapetencia que hizo más difíciles las comidas y preocupó muy especialmente al papá. Llantos, discusiones, angustias, lamentos y algunos malos tragos se hicieron presentes en la mesa, con lo que decidí incarle diente al libro que tenía en lista de espera tras los comentarios que había hecho de él Fran: Mi niño no me come, de Carlos González. Una bendición aclaradora para mamás y papás.

Lo que dice el libro
Creo que puede resumirse en tres ideas básicas:

  • La “inapetencia” es un problema de equilibrio entre lo que un niño come y lo que su familia espera que coma.
  • Los niños comen menos que los adultos porque son más pequeños. Su estómago es pequeño, por eso más que grandes cantidades de comida, necesita comidas concentradas, con muchas calorías por volumen (la leche, la carne, el arroz son algunos ejemplos de ello).
  • Ningún niño debe obligarse a comer. NUNCA. Debemos entender que comen a su ritmo, en porciones variables e impredecibles que dependen más de la energía que consuma (está creciendo) y de las necesidades nutricionales de su organismo. Obviamente, esto no significa que debemos olvidarnos como padres del asunto: creo que más bien indica que debemos confiar en nuestros chiquitos, acompañarlos, brindarles alimento SANO (no vale llenarlo de chucherías) y permitir que coman por sí mismos. La leche (rica en calorías y proteínas) es una buena fuente de alimento. Quizás por ello la lactancia (a demanda) es una bendición para los pequeños: les permite acceder a todos los nutrientes que requiere su organismo, como, cuando y en la cantidad que ellos requieran. No debe reemplazarse por agua (menos cuando son pequeños), debe ser exclusiva durante los primeros 6 meses y debe ser complementaria a otros alimentos después de esa edad. Pero, ojo: cada niño tiene su ritmo. Seis meses de vida no significan obligatoriamente boca y apetitos abiertos a todos los demás alimentos. Hay recomendaciones generales para saber cómo se van introduciendo estos que indican, además, que algunos niños pueden pedirlos antes o después de este tiempo. Nuevamente, el niño será quien dé la pauta de cómo se debe alimentar.

Mis conclusiones sobre el texto
Son varias. La primera, que cada niño es un universo y que al igual que todos los adultos somos distintos (y tenemos tallas distintas, además), los niños son diferentes y pensar que los percentiles, el peso y la altura tienen que ser unos y no otros es absurdo. De acuerdo con Carlos González, el peso es un parámetro de evaluación del niño que puede indicar, cuando hay una caída o un incremento abrupto en el mismo, que el niño puede requerir que se le explore -con exámenes, por ejemplo- un poco más. No es la medida de una competencia ni algo que evolucione proporcionalmente todo el tiempo: la edad y la alimentación de los niños (leche materna/leche artificial) incide mucho en su progreso.

Además de esto, concluí también -adobada por la experiencia de esa semana griposa en nuestra pequeña- que la alimentación es muy importante en los chiquitos, pero no por ello deja de hacer parte de su cotidianidad. Con esto quiero decir que nuestras expectativas deben de andar en consonancia con nuestro hijo y no con el del vecino, ni con el médico, ni con el libro. Hay factores externos que se relacionan sin duda con las ganas o no de comer que tenga un chiquito (una enfermedad, un rito familiar que permita ver al niño en las comidas un hecho natural,…) y nuestro papel -quizás- es ser sensibles a ellas y propiciar un ambiente tranquilo a la hora de comer. Esos llantos y quejas de Irene durante esa semana “inapetente” cambiaron de manera rotunda cuando dejamos de angustiarnos por que no quería comer. Dejamos que ella misma marcara su ritmo y, para nuestra sorpresa, cuando lo hicimos fue ella quien pidió sentarse con nosotros en la mesa (y quien cogió la cuchara para comer ella misma o para entregársela a mamá o a papá para ayudarle a comer).

Y el colofón
En cualquier caso, creo que al final del libro encontré un pensamiento que para mí resultó revelador. Según González, la percepción del apetito de los niños cambió radicalmente cuando la leche artificial llegó al mundo. Y no lo digo para satanizarla ni mucho menos, sino para enfatizar lo que me parece apenas natural: que cuando pudimos cuantificar la cantidad de comida que le dábamos a los pequeños, terminamos por pensar que podíamos inscribir su crianza en un cuadro simétrico en el que tendrían que caber todos. Y la naturaleza no funciona así. [No está de más mencionar que la afirmación revela también la dinámica del mundo capitalista -que ayuda todos los días a abrir más y más las brechas de inequidad y desigualdad entre los individuos-: ésa que exige que consumamos -comamos- en cantidades absurdas, para inflar mercados, para mantener activos los balances de multinacionales –como Nestlé (a la que hace un tiempo boicoteamos)– y para hacernos pensar que necesitamos más de lo que es realmente necesario. Los indicaciones detrás de los tarros de leche -que serán iguales a las que vienen detrás de los cereales, las papillas preparadas, etcétera- siempre tasan los promedios por encima de la media… ¡para vender más! Y más de un papá y una mamá pensará que su hijo come menos… o no come de plano porque no responde a esos parámetros. Aghh.]

Por ello, cuando buscamos una respuesta fiable a la pregunta que le da título a este texto, terminamos por encontrar mil verdades certificadas (¿cuántos menús, cuántas indicaciones, cuántas tablas con porciones de alimentos, cuántos cuadros de percentiles y demás cosas similares no se encuentran en las consultas de los pediatras, en los libros o en otros recursos?) que lo único que dejan claro es que ninguna es LA verdad (o mejor dicho, que no hay una respuesta única posible y que cada niño y cada familia encontrarán la suya). Por eso, cierro el texto con las palabras de Carlos González al respecto y con un listado de recursos relacionados (que incluyen una reseña no del todo a favor del libro, de la pediatra Amalia Arce) para que vean si les interesa. En nuestra casa, por lo pronto, decidimos disfrutar la hora de la comida y dejar que nuestra chiquita decida si quiere o no más. 😉

Sería absurdo pensar, sin embargo, que la alimentación de los niños cambiaba, simplemente, por modas. Estamos hablando de auténticos expertos en nutrición, que estaban al día de los avances científicos de su tiempo. Tal vez se equivocaron (y, desde luego, cuesta creer que todos tengan razón, cuando dijeron cosas tan opuestas); pero, sin duda, había un motivo para cambios tan radicales.

Creo que dicho motivo fue la lactancia artificial. En 1906, prácticamente todos los niños tomaban el pecho, de su madre o de una nodriza (el doctor Ulecia ofrecía reconocimientos de nodrizas por 15 pesetas). Algunos niños tomaban ya lactancia artificial, a base de leche de vaca con azúcar, con los desastrosos resultados que pueden imaginar. La capacidad de los lactantes pequeños para digerir y metabolizar el exceso de proteínas y de sales minerales en la leche de vaca es limitada, y era fundamental limitar estrictamente la dosis. De aquí la gran preocupación por la sobrealimentación, y los rígidos horarios de las tomas.

Por desgracia, los expertos creyeron que los horarios, que tal vez eran necesarios para los niños que tomaban leche de vaca, convenían también a los que tomaban el pecho. Incluso cuando el porcentaje de niños que tomaban biberón era muy bajo, los pediatras tenían más experiencia con niños de biberón que con niños de pecho, sencillamente porque estaban mucho más enfermos y acudían más a sus consultas. En aquellos tiempos, los pobres no iban al pediatra, y mucho menos si estaban sanos (llevar a un niño al pediatra para «revisión» era algo impensable). Es difícil hacerse cargo hoy en día (a no ser que se conozca bien el Tercer Mundo, donde la situación sigue siendo la misma) de la tremenda mortalidad que acarreaba la lactancia artificial en aquellos tiempos. El doctor Ulecia cita al respecto a otro experto, el doctor Variot, de Francia: “Las madres que niegan el pecho a sus hijos, sobre todo en los dos primeros meses de la vida, y los someten desde el nacimiento a la lactancia artificial exclusiva, los exponen a mayores riesgos de morir que los que corre un soldado en los campos de batalla”.

Los bebés que tomaban pecho hasta el año se criaban sin problemas, pues la leche materna lleva todas las vitaminas y nutrientes necesarios; y entre los pocos que tomaban leche de vaca entera, la consigna era no sobrecargar aún más el sistema digestivo. Pero la situación se deterioró rápidamente. Veinte años después, el doctor Roig se queja de que cada vez es más difícil encontrar una buena nodriza, y sus libros están llenos de anuncios de leches artificiales.

En los años treinta, los bebés tomaban leche preparada industrialmente, en la que se habían reducido las proteínas, pero también se habían destruido las vitaminas en el proceso de esterilización. Ahora necesitaban otros alimentos, sobre todo frutas, verduras e hígado, para evitar el escorbuto y otras deficiencias vitamínicas; y cereales y otros alimentos caseros para reducir rápidamente la dosis de la costosa leche artificial (o las madres más pobres volverían a pasarse a la leche de vaca entera, probablemente sin esterilizar, indigesta y a veces transmisora de la tuberculosis).

Un exceso de entusiasmo llevó a recomendar unas cantidades que los niños difícilmente conseguían tomar, y mucho menos los de pecho, que no necesitaban papilla para nada.

Por desgracia, todos los expertos parecen haber cometido el mismo error: dar a los niños de pecho las mismas papillas que a los que toman el biberón.

En los años setenta, la fabricación de leches artificiales había mejorado lo suficiente como para que los niños que tomaban el biberón no sufrieran escorbuto, raquitismo o anemia. Ya no era necesario el zumo de naranja para evitar el escorbuto, y se empezaron a apreciar, en cambio, los posibles peligros, más sutiles, de las papillas demasiado precoces: las alergias e intolerancias, la celiaquía. Progresivamente, las papillas se volvieron a retrasar: a los tres meses, a los cuatro, ahora a los seis. Personalmente, no creo que el proceso haya terminado; y será interesante ver qué nos depara el futuro…

Links relacionados:
“Mi niño no me come” (reseña de Amalia Arce en su blog “Diario de una mamá pediatra”)
“Mi niño no come” (otra vez Amalia Arce, con una experiencia)
¡Con plastilina, mamá? (la historia de Fran)
Y un video (en varias partes) con una conferencia de Carlos González, sobre las gráficas de peso (los famosos percentiles de los que hablan los pediatras):

Y pido disculpas: otra vez esto se fue largo. :S

28 marzo 2011 at 12:07 7 comentarios

Coser con mamá

Creo que desde que Irene crecía en mi pancita quise, con toda mi alma, coser. Y no de cualquier modo: quise coser en la máquina de mi mamá, detenida en el espacio y el tiempo desde que decidió -ella o el cielo, no sé- colgarse alitas en la espalda. No lo hice entonces, ni hace unos meses (cuando traje por fin la Vigorelli verde de mi madre a nuestra casa)… Pero ayer sí. Y estoy feliz. Completamente feliz.

Por eso, este destello de sonrisas e ilusiones se lo dedico a mi mamá (que era -como las mamás de antes- costurera, tejedora, pintora, cocinera, amorosa, exigente, compañera -aún ayer estabas cerca), del mismo modo que se lo dedico a Victoria, a Virginia y a Nahuátl. Gracias a todas (y a otras muchas que no menciono pero que tejen todos los días ilusiones) alimenté ese sueño costurero, sin complejos y con la certeza de que podía hacerlo realidad aunque el camino fuera lento (y apenas comienzo).

Y me dio algo de miedo. Y me falta todo y mi lección de hoy apenas es la primera. Pero ya sé -aunque no sea perfectamente- echar la máquina para adelante y para atrás, hilvanar en la bobina, enhebrar la aguja, poner el carrete del hilo de abajo, sacar la hebra subiendo y bajando la aguja, coser con puntada plana, en zig-zag, rematar, cortar los hilos… Y me ilusiona ver telas, cortarlas, doblarlas, pisarlas con el prensa-telas…

No he hecho banderines para empezar (a pesar de que están cortados y organizados desde hace semanas en una mesa). Hice bolsitas en tela de algodón al 100% para las verduras y las frutas de la nevera. Y no son perfectas pero quedaron bellas. Y me encantan porque ahora sí me liberarán definitivamente de las bolsas plásticas que se me acumulaban en la conciencia. Cosí ayer en la tarde. Y quizás mañana empiece un nuevo proyecto en la maquinita verde que, aún a sus años, hace puntadas bellas. 😉

Gracias mamás por llenarme de ganas y sueños. Y gracias Victoria por darme el ABC para mi costurero.

😉

[Ahora, quiero hacer el disfraz de nuestra pequeña para Octubre. ¿Alguien más se apunta a hacerlo?]

25 marzo 2011 at 08:05 16 comentarios

¿Sirve de algo golpear a los chiquitos?

Siempre he pensado que, aunque nos equivoquemos, todas las mamás hacemos por principio lo que creemos mejor para nuestros hijos. Ayer, sin embargo, tuve una experiencia impactante y dolorosa que me hizo dudar al respecto: a la salida de la consulta del pediatra una madre -que después descubrí que era abuela- golpeó a un pequeño que lloraba en la consulta del médico. El niño tendría unos quince meses y se quejaba (cómo no) porque estaba asustado de que le hubieran quitado la ropa y lo hubieran examinado. La señora, por lo visto, no entendía eso: sólo pensaba que el chiquito se portaba mal y era ruidoso. No dije nada (aunque quise), pero me pregunto lo que dice el título y un para qué y por qué hacerlo. Dejo mis pensamientos.

Foto tomada de Bebés y más.

La imagen me impactó tanto como si hubiese presenciado un accidente en una vía pública o hubiera visto venir de la nada, en mi contra, a un agresor. La señora salió de la consulta con el niño lloroso, lo sentó en una silla para ponerle los zapatos y -supongo que porque el niño aún lloraba- le pegó de la nada dos palmadas. Como es de suponer, también le habló bruscamente, lo zarandeó, le hizo gestos toscos para que se callara… y el niño no dejó de llorar sino que, todo lo contrario, gritó más. No sigo dando detalles porque fue doloroso y porque en ese momento yo entré en una especie de shock.

Hacía tanto que no veía un episodio de esos… Y no me había tocado nunca después de ser mamá. Me pareció salido de contexto, anacrónico, irracional. No dije nada por lo que mencioné al comienzo de este texto, pero sentí dolor por el chiquito. Estaba nervioso. Y la abuela, en una actitud contradictoria, lo confundía más: lo golpeó y después lo abrazó para que se calmara… y luego volvió a pegarle porque el niño no se relajaba pronto. En fin. Una espiral absurda. Al final, la madre (jovencísima) salió de consulta y se fueron… No sin que antes el niño me respondiera una sonrisa (que intentaba consolarlo y acariciarlo un poco) con otra. Pensé que no era un niño imposible sino asustado, agredido y cansado. Y lamenté que ni su abuela ni su madre se dieran cuenta de ello.

¿Cuesta tanto ponerse en lugar de los pequeños? Sé que a veces nos sentimos desbordados porque no razonan igual que nosotros (aunque yo creo que sí que razonan, quizás más sensatamente -más espontáneamente- que los adultos, pues no tienen prejuicios ni condicionamientos sociales que presionen su manera de pensar), pero también creo que si somos capaces de controlar nuestra impaciencia (nosotros sí que sabemos cómo hacerlo) nos daremos cuenta de que su malestar es normal y pasajero. Es más, si nosotros estamos tranquilos y, además, nos mostramos comprensivos y amorosos los llantos, las frustraciones, los miedos, los dolores, las impaciencias pasan más pronto. Y no dejan secuelas. Mi espíritu, al menos, se siente más armónico.

No me alargaré en este texto. Creo, como he dicho en otras ocasiones, en alternativas diferentes, que no son ni permisivas ni desatentas de los pequeños. Creo en la disciplina con amor: aquella en la que orientamos sin golpes pero con palabras claras y precisas (sin gritos) que permiten el diálogo y las preguntas. Dejo links relacionados con la crianza sin golpes y con las consecuencias que pueden generar los azotes en un pequeño. Ojalá que a alguien le sirvan. Quizás (lo pensaba ayer) algunos padres y abuelos golpean porque con ellos lo hicieron y nunca han pensado que es posible enseñarle a un niño algo de otro modo. Aquí, cuando menos, nos sentimos felices sin azotes. Y no tenemos una chiquita malcriada ni perdida en sus antojos por eso.

[PD1: Si quieren leer más textos al respecto, pueden darle clic a “Bebés y más“. Ahí dejo los artículos relacionados en su portal con “azotes” como término de búsqueda. 😦

PD2: Ya no recuerdo si contesté o no explícitamente a la pregunta del título. Lo hago: creo que no sirve de nada golpear a los niños… o al menos no sirve para lo que creen la mayoría de los papás: para educar, enseñar, calmar. No. Sirve para lo contrario: para confundir, para alterar y para dañar. Y sí, aunque suene horrible, creo que hace daño (seguramente físico y moral). No creo que sirva para nada bueno golpear.]

Lecturas relacionadas (todas de Bebés y más):
Las consecuencias de los azotes
Es posible criar sin azotes
Los azotes no sirven para nada (I) y (II)
Criar sin azotes: Disciplina con amor
Criar sin azotes: herramientas prácticas
Criar sin azotes: recursos naturales para prevenir
Criar sin azotes: recursos de la red (II)
Criar sin azotes: Comunicación en positivo (I)
Criar sin azotes: Comunicación en positivo (II)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (III)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (IV)
Criar sin azotes: Comunicación positiva (V)
Criar sin azotes: los especialistas en internet
Criar sin azotes: portales y foros en español
Criar sin azotes: páginas de todo el mundo

23 marzo 2011 at 09:51 11 comentarios

Menos cosas, más felicidad: lo que comemos (y los cambios que hemos hecho al respecto)

Pensé en titular esta entrada “Somos lo que comemos”, pero me di cuenta de que si lo hacía, debía centrarme un poco en las razones de por qué comemos de un modo y no de otro, más que en los cambios que hemos hecho en los últimos meses en nuestra lista de mercado (algunos de los primeros están aquí). Y aunque haré un poco las dos cosas, quiero darle continuidad a las primeras entradas de Simple Living que escribimos en esta casita y que fueron el inicio del giro consciente y voluntario de muchos hábitos de nuestra familia que buscan más salud y bienestar individual y colectivo, opciones respetuosas con el medio ambiente, con nuestro cuerpo y con la vida que debemos proteger dentro y fuera de ellos. Así que el listado de lo que comemos y sus razones están aquí.


Imagen tomada del maravilloso blog Unearthing this Life, de Jennifer Pack.

Sé que mucha de la información que voy a compartir puede parecer extrema, pero creo que cuando te permites pensar un poco más lo que vas a meter en tu boca lo que parece exagerado se convierte en racional y práctico. Ya hablé en otra ocasión del documental francés Nuestros hijos nos acusarán y algunas de las razones por las que queríamos optar por una alimentación orgánica. Hoy voy contarles cómo lo estamos logrando. Nuestra huerta -que será proveedora en el futuro de nuestra mesa- aún no nos permite consumir nuestros productos (está creciendo), pero una tienda vecina orgánica (a la que voy andando, feliz) y nuestro vecino de huerta (también orgánico) sí que nos ayudan en el proceso.

No noto cambios en el sabor de los alimentos (al menos sustanciales), pero sí un gusto especial (que no sé si deba a sus sabores o a la tranquilidad de comer menos químicos). Sé que no puedo estar segura al cien por ciento de lo que como, pero hacer estos pequeños cambios y escogencias debe dar un porcentaje mayor de salud y bienestar. Aquí van nuestros nuevos cambios (y algunas de las razones para hacerlos). ¡Ah! Y contrario a lo que se piensa, el presupuesto no sufre una cantidad.

Cambios en nuestros alimentos

  • Panela y miel, en lugar de azúcar o dulce. Estoy comprando azúcar orgánico (aunque no endulzamos la mayor parte de lo que comemos), pero cada vez me inclino más a decantarme definitivamente por panela (dulce de caña de azúcar) y miel orgánicas (de hecho ya las consumimos, pero estoy pensando en eliminar el azúcar de plano). Si quieren conocer algunas razones para hacerlo, les recomiendo leer esto.
  • Mantequilla. Me había inclinado por margarina (de canola o soya) por recomendación de mi nutricionista, pero después de leer (y pensar) sobre la forma como se producen las margarinas (y, sobre todo, con qué granos -no orgánicos, modificados genéticamente, de desecho- se hacen), decidí definitivamente volver a la grasa de la leche de vaca. Es más, recuerdo la receta casera para preparar la mantequilla que alguna vez compartió Nahúatl en su blog y me dan ganas de intentarlo. Por lo pronto, prefiero las grasas animales y no los químicos de la soya y la canola. Quizás haya un mayor riesgo a infartos (dicen), pero prefiero morir de golpe que de cáncer, envenenado.
  • Verduras, hortalizas y frutas orgánicas. Ya no hay medias tintas (bueno, casi): estoy haciendo toda nuestra compra verde en una tienda de productos orgánicos. Sé que en Colombia no existe una regulación seria con respecto a qué es y qué no es orgánico, pero estoy segura de que son productos más confiables y cuidados que otros que ni siquiera tienen el título. Mi tienda se surte de las zonas rurales de la ciudad, con lo que además apoyamos con nuestra compra a pequeños campesinos. Le devolvemos un poco de verde a la tierra y de la damos más salud a nuestro organismo. Me han encantado, por cierto, los textos de Jennifer Pack, de Unearthing this Life sobre por qué escojo orgánico (1, 2 y 3. Están en inglés, pero ahora es muy fácil leerlo aunque no lo sepas: Google Translate hace magia en internet 😉
  • No más alimentos procesados. Me falta reemplazar la granola y los calditos de sustancia de pollo o carne (que usamos en lugar de sal para las sopas y carnes), pero creo que voy a eliminarlos definitivamente y a condimentar naturalmente todo lo que preparamos (también puede hacer cubitos congelados de caldo en casa… con pollo orgánico). En cualquier caso, la lógica es simple: si cambiamos nuestros ingredientes básicos (verduras, frutas,…) por productos orgánicos, pero continuamos consumiendo alimentos procesados que no lo hacen (salsas, mermeladas, chucherías, pastas,…), dejamos pendiente un área que bien podríamos cubrir. Lo hicimos ya con la pasta de tomate, con la mermelada (ahora es orgánica), con los chuches (que casi no consumimos, sólo comprábamos soplados de maíz y arroz artesanales que terminaba comiendo más mamá), con algunos condimentos (que antes comprábamos deshidratados, ahora son orgánicos),… No recuerdo más.
  • Carne de granja. Hemos incrementado el consumo de conejo y pollo (ambos de nuestra tienda de orgánicos) con unos resultados maravilloso. También incrementamos el consumo de pescados (aunque debo investigar mejor su procedencia para no incrementar los niveles de mercurio que comemos) y disminuimos el de carnes rojas. No pienso hacerlo definitivamente porque sé que en nuestro país la producción de ganado vacuno no es estabulizado (de establo), sino extensivo (en grandes potreros de pastos en los que se mueven a su antojo). No es muy positivo en términos de conservación de bosques y en relación con las semillas que se utilizan para los pastos (probablemente modificadas genéticamente), pero es menos dañino que lo otro. Aspiro a inclinar la balanza en el futuro más hacia las primeras opciones (por cierto, el mito de que el conejo -que me daba una tristeza infinita comer- era una carne dura es falso. ¡Hemos encontrado unas recetas estupendas! -al chilindrón, a la valdiviana,…-, que sólo nos piden marinar un poco la carne en yerbas con agua y vinagre. Y desde entonces me pregunto: ¿cómo no lo habíamos hecho antes?).
  • Huevos y quesos orgánicos. De nuestra tienda vecina. Quizás sean más pequeños, pero son más amarillosos, sabrosos, cremosos y saludables.
  • Arepas en lugar del pan. He hecho mi intento de pan casero con casi ningún éxito. Quizás buena parte del fracaso se le deba al horno que tengo… o mi no capacidad con las harinas. Haré un intento luego. Por lo pronto, nuestra opción será mayoritariamente la típica de nuestra región: arepas caseras de maíz apilado -blanco, amarillo, de mote, de chócolo. Son económicas y naturales. No sé si termine por pensar en prepararlas en casa -tendría que encontrar un maíz confiable-, pero por ahora ésa es nuestra opción.

Ahora, supongo que muchos se preguntan si estos cambios no alteran de manera considerable nuestro presupuesto. La verdad es que no: como casi todos los productos no son procesados, se eliminan costos; además de que sé que el pequeño incremento que tengamos irá a los bolsillos de los campesinos (más que al dueño de la tienda). Además, si se siguen pautas para ahorrar dinero, seguramente notarán que no es un sobrecosto invertir acá (mejor salud, menos médico, para empezar). Y es comercio justo… y saludable, además. ¿Quieren ensayar? Estoy segura de que no se arrepentirán.

[Quedo debiendo noticias otros cambios en nuestros hábitos de consumo.]

😉

19 marzo 2011 at 09:27 4 comentarios

Menos cosas, más felicidad: huerta en casa

Hace algunas semanas escribía sobre la huerta orgánica y, muy especialmente, sobre su montaje, requerimientos y cuidados básicos. Hoy quiero compartir una alternativa de siembra en casa, un poco más sencilla y menos exigente, más viable -por lo visto- para el cultivo de hierbas aromáticas.

Y en este caso, dejaré que las imágenes hablen más. Éste fue el resultado tras la siembra:

La propuesta incluye el reciclaje de recipientes (en este caso usamos un envase no retornable de gaseosa, transparente), a los que se les adecúan algunos orificios donde se siembra la planta que queramos cultivar. En este primer intento, sembramos plántulas (si quieren producirlas ustedes mismos, en almacigos, recomiendo que vean al video incluído aquí). Creo que es mejor hacerlo con plantas ya germinadas para facilitar la producción. Usamos, en esta ocasión, apio -medicinal- y lechugas, con un éxito total en el primero y sólo un resultado a futuro con el segundo (de ahí mi recomendación de que se use para hieras aromáticas más que para hortalizas. Si quieren intentarlo con ellas, quizás otro tipo de recipiente se preste más).

¿Qué cuidados requiere? El uso de tierra abonada o humus (que se puede producir en casa, con la recuperación de desechos orgánicos y la implementación de una pequeña compostera -con lombrices californianas, en un piso o apartamento, se daría estupendamente. Añado al final un video nuevo al respecto. Ya en otra ocasión habíamos puesto otros que también pueden ser útiles para hacerlo-), agua, aire y sol. Nada más. No hemos lidiado ni con animalitos ni con plagas ni con nada (si fuera necesario luchar con ellos, usaríamos las mismas alternativas orgánicas planteadas en nuestra entrada sobre la huerta orgánica).

¿El resultado después de tres semanas?

Los orificios los hicimos con un bisturí… y con los resultados obtenidos, vamos a buscar nuevos recipientes para sembrar algunas hierbas más (romero, albahaca, menta, yerbabuena, orégano, cebolla larga…).

Dejo el video sobre la lombricomposta. Espero que se animen. Sé que más de uno de ustedes ya anda en el proceso. ¿Sugerencias, consejos?

😉

Saluditos,

A.

16 marzo 2011 at 09:00 9 comentarios

¿Innato o aprendido?

Siempre se ha dicho que los bebés son grandes imitadores, del mismo modo que se ha afirmado que gracias a ello son rápidos para aprender. Por ello y por la diligencia con que veo que Irene perfecciona sus habilidades repetitivas, hoy quiero hacer un listado de gestos que podrían parecer aprendidos pero que -creo- son innatos… esos que vemos hacer de la nada a un chiquito, incluso sin dejar de preguntarnos cuándo aprendió a hacerlos.

Ecografía del 22 de mayo del 2009. La manito, por supuesto, es de Irene. 😉

[Y me voy con una entrada poco científica. Aludo, simplemente, a la condición de diario de esta casita… porque al paso que va esta pequeña con sus innovaciones, se nos va a olvidar muy pronto qué gestos hizo por sí misma. Si quieren leer un poco más sobre las características que dicen que son innatas al bebé -sobre todo cuando está recién nacido: cuáles y por qué- les recomiendo este texto.]

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “innato, ta. (Del lat. innātus, part. pas. de innasci, nacer en, producirse). 1. adj. Connatural y como nacido con la misma persona.” Y en eso en Irene, significa:

  • Restregarse los ojitos con el puño.
  • Jalarse el pelo al lado de la oreja o tirar de ella cuando tiene sueño.
  • Hacer un circulito con su boca y fruncir el ceño cuando se concentra en algo (un gesto, creo, particular. Ya hablaba de él cuando contaba que daba pataditas… Ahora no está el video donde se veía, pero ponía la boquita y el ceño del mismo modo que lo hace ahora cuando pinta, cuando juega… Una preciosidad).
  • Apretar sus manitos metiendo el pulgar entre los demás dedos (casi mandando todo a la mismísima conchinchina -que existe, a pesar de que siempre creí que era un lugar más allá de la nada -una crónica entretenida sobre un viaje a ella acá ;))… un gesto que ahora le veo menos, pero que se hizo evidente hasta en las ecografías (para risa del médico radiólogo que lo vio y lo archivó. El testimonio gráfico ilustra esta entrada -no sea que después me digan que exagero y que la chiquita no debía hacer naturalmente así con sus dedos).
  • Dar un salto repentino cuando se está quedando dormida y su cabecita pierde el “equilibrio” (¿no les pasa que sienten como si a veces se fueran a a caer a un hoyo cuando están cayendo en brazos de Morfeo en un lugar que no es cómodo? En el documental Babies -que mencionaba Anita en un comentario anterior- se ve clarito este reflejo).
  • Tirarse al piso, casi desmayada, agitando las piernas y moviendo la cabeza de un lado a otro (eso que se llama comúnmente “pataleta”) cuando algo no es como ella quiere. La vi hacerlo y me quedé perpleja (haciéndome la consabida pregunta de “¿y esto cuándo lo aprendió?). Hoy tengo la respuesta: le llegó por genética de especie (no tiene niños al lado que le enseñen, ni papá ni mamá que suelan tirarse al piso cuando algo va mal. También en el documental Babies el gesto se revela natural).
  • Limpiarse la nariz con el torso de la mano (ahora que ha estado con gripa, el gesto iba y venía sin parar. Fue todo un ejercicio enseñarle que podíamos usar un pañuelo. Ahora dice “opitos” /moquitos/ para que le ayudemos (gesto aprendido. Ahh).
  • Hacer pinza con los dedos para coger el lapiz: es un gesto tan inmediato y natural que aún dudo si no nos miró a hurtadillas para aprenderlo. Lo dejo con asterisco de “quizás”.

¿Me ayudan a completar la lista?

[El debate, por lo visto, es científico y data del siglo XIX, después de que al británico Francis Galton, primo de Darwin, se le ocurrió discutir con su primo sobre El origen de las especies. El Emilio, o De la educación, de Rousseau, podría haber sido un preámbulo del tema en el XVIII, pero me parece que el pensador suizo se concentró más en escribir sobre su idílico Emilio que en los inocentes gestos innatos de un bebé (vale la pena mencionar que el pobre Emilio de Jean-Jacques cae después en desgracia en Emilio y Sofía, O los solitarios, un texto posterior en el que Rousseau cuestiona -sin lograr resolverlo- las bondades de vivir al margen de la sociedad -ya no sé si entonces persistiría en su pregunta de “¿el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe?”… El pobre Rousseau nunca logró terminar el libro, no se sabe si por incapacidad o cambio de opinión. Esa discusión solita da para un libro nuevo -no digo otro post-. Yo creo que todos los niños son buenos… los adultos, lamentablemente, no.)]

14 marzo 2011 at 08:20 4 comentarios

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