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“Calm Down”

Parece un chiste pero es verdad. Hace meses que no escribo ni en serio ni en charla. Hace tiempo que dejé a Irene congelada en los tres años o incluso en un poco menos. Hace rato que llegamos a los 3 y medio y, con ellos, a un espíritu más rebelde o determinado o reclamante de libertad o inmaduro pero ansioso de madurez… Hace días que nuestra hija dice que quiere tener cinco años (de una manera insistente), creo que como una forma de concretar en palabras que ella misma quiere estar más allá de esas limitaciones que parecieran colmar hoy nuestros días. En fin, que hace mucho que quiero venir a esta casita, servir un té y juntarme con mis amigas para hablar, pero no para responder a nada -aunque esté llena de preguntas-: sólo para hablar como solemos hacerlo nosotras, para desahogarme y ponerme al día. Así que aviso: puede ser largo y puede ser inútil, pero aquí va un intento de ponernos al día y de calmar nuestras propias aguas. 🙂

Empiezo diciendo que nuevamente estamos en una etapa de tire y afloje: Irene sabe qué quiere, pero sus deseos no siempre coinciden con los nuestros y eso da como resultado un crash, pum, traca, plash semejante al de los cómics. Aquí, sin embargo no hay happy endings ni endings en lo absoluto porque la vida no tiene finales sino nuevos comienzos. En fin. Que “vamos tirando”, como dicen los españoles? Aunque a veces pareciera que tiraran de nosotros, pero no voy a filosofar. El hecho es que con nuestra chiquita, como le pasará a la mayoría de los padres, las fórmulas ni existen ni pueden ser escritas. Ahora mismo está tranquila secándose tras su baño, pero es posible que en cinco minutos algo la altere (traducción: que algo fluya en un sentido contrario a sus deseos y no salga como quiere) y como resultado tengamos gritos, protestas, llantos. Es la reina del drama (nunca pensé que diría esto, pero puedo jurar que sabe interpretar el grito herido a voluntad, desde afuera, y, claro, también desde adentro). Y si, aunque me desespere y sienta que soy la única a la que le pasa, sé que es normal. Intento dejar que pase la tormenta. Ahora lo único que a veces me funciona es decirle calmadamente que merezco respeto y que me hablen con amor, que no entiendo gritos ni malos tratos y que cuando me grite simplemente no la oigo (como si pasará la brisa). Y ya. Lo aplico y ella entiende y se calma. Algunas veces. En fin. Esto empieza a ser una diatriba. Punto y aparte y cambio de tema. Ommmmmm.

Con sus clases de ballet sigue tan entusiasmada como siempre (¿cuántas veces es normal tener que pedirle a tu pequeña algo? Es que repito y repito y de verdad que lo que yo o mi amado le pidamos parece que sólo lo oye cuando está relacionado con sus propios intereses. Las instrucciones son claras: “ponte la ropa que está sobre la cama. No te quedes sin vestirte mucho rato que estás agripada”… Y como brisa. Ommmmmm. Paciencia. Ha empezado a vestirse como después de la cuarta vez de recordárselo. Al menos lo superamos sin gritos. Vuelvo a la danza). Hemos cambiado los ritmos cotidianos. Ahora mamá va a más clases, trabaja un poco más desde casa y ella hace más cosas sola. No siempre salimos todo lo que me gusta al parque, pero hemos incrementado también sus propias actividades por fuera: una clase más de ballet y una de idiomas. Ambas las ama. Le gusta estar con otros niños y tiene muchísima ilusión por empezar el colegio. Ya hemos hecho casi todos los trámites para ingresarla en el que queríamos, a tres cuadras de casa, y ella está encantada. Sólo empieza hasta el año entrante, pero sabe que encontrará allí a varios de sus amigos y vecinos. La ilusiona. En una semana tiene una pequeña jornada de adaptación. Ya fue aceptada Veremos qué tal marcha.

(Y empieza la crisis porque le dije que no podría ir a ballet hoy -se supone que como consecuencia de una actitud egoísta de su parte. No sé cómo más lograr establecer un punto. He intentado varias cosas. Al final, seguro hablaremos y terminaré llevándola. Pero el proceso nos cansa. La clase es en la tarde. ¿Alguna sugerencia para lograrlo que me ahorre el malestar y la protesta? Nuevamente punto y aparte. Y Ommmmmmm.)

Papá ha cumplido uno de sus sueños (uno de los grandes), pero cumplirlo ha sido sólo el comienzo. Tenemos proyectos conjuntos y a futuro veremos qué tanto logramos avanzar con ellos. Crucen deditos porque son bellos.

Mamá, por su parte, también anda con nuevas propuestas. Activas, pero lentas. No sé qué tal resulten, pero prometo dar noticias cuando se concreten un poco. Adelanto, sí, que he aprendido montones de cosas en el camino y que al igual que este blog y otros trabajos-pasiones del pasado, mis nuevos proyectos se centran en el desarrollo de contenidos (escribir, escribir, escribir. Qué bueno).

¿Qué más? Que he caído en nuevos usos móviles y eso ha cambiado sustancialmente mi acercamiento a estos medios. Ahora leo más, escribo menos, pero bueno. En este instante intento escribir con un teclado mini. Creo que el relato fluye distinto. Es increíble cómo una cosa aparentemente vacua puede cambiar todo.

En fin. Intento encontrar nuevamente raíces, superarme a mí misma y a todas las taras de mujer dócil y “respetuosa” que traigo por herencia. Intento rescatar mi instinto, pero a veces siento que mis deberes y compromisos como mamá (especialmente) me obligan a pensar en las necesidades de otros. Pienso en lo importante que es ahora un par-hermano-amigo para nuestra pequeña. Y comparto preguntas e inquietudes con mi otra mitad, con mi amado y admirado. Y ahí vamos.

Si llegaron a este punto son admirables. Cierro mi retahíla. Tengo historias prácticas para contar sobre cómo evitar la tos nocturna de grandes y pequeños durmiendo con una bufanda o con un cuellito cerrado (para los peques sobretodo). Quisiera contar que el “pedo, caca y pis” que inunda el vocabulario de los niños a estas edades (recuerdo a la mamá de Leo y Luca hablando de ello) también llegó a esta casa de manera espontánea, y que los progresos en los garabatos infantiles siguen relevando un desarrollo natural que no se diferencia en casi nada del que evidencian los niños escolarizados desde pequeños. Nuestra chiquita sigue siendo un reto. Y de su mano vienen pegadas preguntas (ya saben), cansancios y sueños. Ah, a lo mejor en un mes saltamos el charco de trabajo y de paseo. Pero esa es otra historia que quedo debiendo.
Un abrazo a todas. Sigo visitándolas en sus casitas aunque guarde silencio.
Besos.

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7 mayo 2013 at 10:23 Deja un comentario

¿Carácter, temperamento o personalidad? “Cómo educar a un niño feliz, exitoso y cooperativo” O-O

Dejo a los psicólogos las diferencias, aunque parece haber consenso en cuanto a que el primero es aprendido, el segundo es fisiológico y el tercero es la suma total de lo que somos (cultural y físicamente). Pero… ¿han pensado cómo pueden influir las particularidades de un chiquito en su comportamiento y -por supuesto- en el acercamiento que debemos tener a ellos como papás?

No daré respuestas porque no las tengo, pero sí quiero compartir una sarta caótica de pensamientos que parecieran apaciguarse un poco en la imagen que acompaña este texto. Tanto mi amorcito como yo hemos concluido que en casa tenemos a una chiquita con temple y decisión para todo, que no se amedranta fácilmente, que sienta posiciones, que opina y revela con cada uno de sus comentarios un carácter y un temperamento firmes que van más allá de la edad (no sé si más lo primero que lo segundo… o lo segundo que lo primero, ¡¡??). También debo agregar que es “una cajita de música”, amorosa, sociable, dulce. A veces pareciera que razonara como un adulto y otras saca a relucir esa inocencia soberana que derrite argumentos sin chistar. Sin duda, muchas cosas cambiarán con los años, pero creo que Irene nos obligará a ampliarnos el panorama, a cambiar el orden de muchas cosas y a discutir sobre nuestras propias concepciones del mundo y sus limitaciones (¿serán las mismas entonces?). En cualquier caso, digo, ¿si ya hace todas las anteriores a los tres años, a los quince qué nos esperará? 😉

Sea cual sea la respuesta, tengo claro que justamente esa manera tan particular de ser y estar de los pequeños es el punto de partida obligado de acercamiento a ellos que tenemos sus papás. No habrá “manual de instucciones”, pero sí una sensibilidad potencial para intentar entender que cada niño requiere un tratamiento distinto y que cada adulto, niño también en algún momento, tendrá cuando menos un tris de ventaja (léase al menos autocontrol y razón desarrolladas) para “encauzar” ese carácter y temperamento particular… No serán susurros (la imagen es The Child Whisperer) lo que oigamos siempre, pero sí un corazón palpitante -bueno, dos: uno en el pecho, otro un poquito más lejos- que puede enseñarnos a amar. Así que si todavía andan buscando pistas para entender a un chiquito, miren la imagen que acompaña este texto y si aún así se sienten perdidos, les recomiendo que vuelvan al punto de partida, cierren los ojos, cierren razones y cierren egos: escuchen simplemente su corazón y el de sus pequeños (suena abstracto, pero es cierto). 😉

Abrazos,

A.

23 noviembre 2012 at 08:13 2 comentarios

“Yo no quiero que trabajes, mami”

¿Así o más claro? Con esa oración simple (expresada por Irene otras veces, en medio de llantos y discusiones, pero ante oídos ocupados y medio sordos de mamá) mi chiquita y la vida han resuelto el enigma de las crisis de mis anteriores entradas. El origen del demonio de Tazmania, en resumen, soy yo misma… bueno, yo o la atención perdida de mi hija -ahora que me parecía más independiente y más autónoma, menos demandante y más tranquila…

Ni los terribles dos ni los terribles tres ni la edad ni caprichos ni incomprensiones ni irracionalidad son adjudicables realmente a mi niña. Son inventos, quizás. O mejor: nuestra forma torpe y desconectada de entender una necesidad elemental y básica. Lo único que un niño necesita (yo misma lo he escrito en esta casita) es a sus papás. Y yo, que siempre he defendido esa crianza cercana, sin escuela ni nada que marque distancias, he caído en la falacia de ver en mi chiquita -que ahora camina sola, come sola, juega sola, habla como cotorra- a una personita independiente. Me necesita, apesar de todos esos logros. Porque es una niña y los niños necesitan a sus papás. Pretendo que entienda “mis necesidades” de tener otra vez una vida paralela (que es normal, que es humana, que a veces, no sé si psicológicamente, materialmente, profesionalmente, económicamente parece necesaria -insertar bendiciones a Simple Living como una forma d vida válida y necesaria aquí) a la de ser mamá. Pero no, estar disponible no basta. Al menos no solamente. Libros, trabajos, escrituras, pantallas y todo aquello que disperse la atención de mamá por periodos prolongados desata una crisis ya descrita que simplemente dice: “estoy aquí, te necesito, acompáñame” (es decir, “atiéndeme, juega conmigo, abrázame”).

Escribo esto y el corazón se me hace una uva pasa. No pretendo solidaridad ni látigo, simplemente quiero compartir esa respuesta directa y sencillísima -dicha ahora en nuestra cama, hace como una semana, al despertar y jugar con papá y mamá saludando, sonriendo, en medio de una felicidad y una tranquilidad total- que aclara definitivamente el panorama.

Y doy detalles de nuestra vida: Irene nunca está sola, siempre tiene un adulto disponible para ella. Si mamá trabaja en casa (ayudando a papá, casi siempre, o escribiendo -por ejemplo este blog, ahora a las 2 y 30 de la mañana-) no lo hace porque sea asalariada. Puedo dejarlo y ya está. Pero, claro, ese “trabajar” -que es lo que le he dicho a mi hija que hago, lo mismo que ella ha repetido que va a hacer, trayendo su computador de juguete para sentarse a mi lado, pidiéndome que ponga su mesita y su sillita al lado de la mía con un “mamá, yo también quiero trabajar” o cualquier variable similar- afecta mi disponibilidad: menos parque, menos juegos, menos conversaciones, menos estar juntas con los cinco sentidos puestos. Y la vida da razones que no vemos, así sea expresadas en gritos, reclamos o cambios de opinión repentinos, contradictorios e incomprensibles.

Hemos tenido días mejores, definitivamente. ¡Mejorsísimos! La solución, más allá de la disciplina positiva (que existe y creo que siempre ha primado en esta casa y que puede ayudar, sin duda, a enfrentar momentos de crisis demoníacas), ha sido dedicarle más tiempo y más atención a nuestra chiquita.

Así que no hay terribles dos, ni terribles tres (¡faltan un día para el cumpleaños de nuestra chiquita!), ni terribles nada. No es capricho, no es irracionalidad. Es necesidad de mamá (con todas sus letras, irremplazable por otro adulto disponible). Y eso, sin duda, es vital. No será fácil mantener la disponibilidad al tope, pero al menos ya tengo claridad sobre el enigma. ¿Vale la pena? Seguro. No sólo por estos mejores días, tranquilos, sosegados, felices, sino porque creo que las faltas o no de afecto (que estar disponible también es darlo sin condiciones) marcan el resto de la vida de un pequeño. Ya habrá tiempo para otras cosas, otros libros, otros oficios alternos (así sea en la madrugada, cuando un poquito de insominio nos hace levantar).

Estoy tranquila y feliz. Y, sí, no es un reto fácil, pero me gustan los “premios” (y esta solución final). Seguiré “transmitiendo”. 😉

Un abrazo y un gracias a todas por sus palabras.

PD: Ilustro esta nota con una imagen emblemática, del 22 de septiembre de 2010: la de la eurodiputada conservadora italiana Licia Ronzulli, quien llevó a su bebé a trabajar “para que pensemos en todas las mujeres que no pueden conciliar su vida profesional con su vida familiar”. No estoy en contra del trabajo, lo admiro y lo respeto, pero no puedo dejar de desconocer una cosa natural. Nos falta tribu y nos jode (perdón) el sistema en el que vivimos. Los niños, que no entienden ni de capitalismos ni de facturas por pagar, lo tienen claro: ellos sólo necesitan a sus papás. Cierro, para ¿dar esperanza? ¿acabarla? con una foto actual de esta misma diputada (y su hija) en la Eurocámara (si meten su nombre en Google y seleccionan imágenes, verán un montón de sesiones con chiquita a bordo más… ¿conciliación laboral?).

8 agosto 2012 at 03:04 6 comentarios

El reto diario

Luego de la katarsis verbal de mi entrada anterior e inspirada en parte por un texto que encontré en mi búsqueda de reseñas sobre la recomendación de Náhuatl (estoy en la tarea de buscar el libro, ¡¡gracias!!), voy a intentar hacer justicia con mi chiquita señalando que aunque el reto es diario y fácilmente lo que funcione hoy mañana sea totalmente obsoleto, la situación se puede sobrellevar (bueno, puede intentarse salir a flote con ella ;)). La idea de hacer un pequeño resumen de esos comportamientos explosivos junto con las posibles soluciones que he encontrado me parece una buena manera de darle la vuelta al panorama y de ofrecer, además de quejidos, esperanza a este corazón a veces desbordado y al de otras mamás con demonios adorables en su hogar.

La idea, como decía antes, no es original: vilmente la copio (bueno, me inspiro para hacer mi propia lista) de un ejercicio semejante encontrado en una web llamada Planning with Kids. Su metodología es sencilla: describo alguno de los comportamientos límites de Irene y a renglón seguido intento esbozar la solución posible que nos ha funcionado (aunque sea sólo algunas veces) para “conciliar”. Espero que a mí misma me ayude este ejercicio (y dejo el drama: nuestra chiquita, aún con estas explosiones esporádicas tan propias de su edad, es un sol acariciador en nuestra vida. Sin duda, necesita pasar por todo esto -como nosotros- para crecer, entender, socializar, conocerse y madurar). Aquí va:

  1. Indecisa. Supongo que cambiar de opinión es válido, pero en estos últimos días Irene lo hace sistemáticamente (bueno, no siempre, pero cuando está en sus “minutos” -no diré días-…): quiere que la acompañe y luego me pide que me vaya (para gritarme al segundo siguiente que quiere estar conmigo), le ofrezco algo de comer, me dice que no lo quiere y en cuanto se lo doy a alguien o yo misma me lo como me dice (ejm, grita) que sí lo quiere, que se lo dé, que por qué me lo comí si ella quería, etcétera.
    Alternativa: No consultar todo, dar órdenes amorosas y sencillas. Voy un poco más allá de la recomendación de la mamá que escribía el artículo-musa de esta diatriba: no sólo reduzco las opciones para que escoja, sino que intento reducir las posibilidades de conflicto decidiendo mentalmente (frente a cosas menores) yo misma. Justamente recordaba al leer en los comentarios pasados a Nuria: dar órdenes simples (oraciones sencillas, directas, amorosas, pero precisas. La vi hacerlo con sus pequeños y pensé: ¡mira!). El único problema: muchas veces se me olvida. 😦
  2. Contradictoria. Se amarra un poco a la anterior. Un segundo es blanco y al segundo siguiente es negro. Creo que ella es quien peor lleva esto. Yo intento señalar que hay una contradicción en sus comportamientos (aquello de intentar que nuestra chiquita sea razonable y lógica), pero realmente, una vez ella ha entrado en “crisis”…
    Alternativa: Intento dejar que ella misma se calme, después de señalarle que está siendo confusa y que si no se expresa claramente es muy difícil que logre lo que quiere. Este es un punto en el que todavía necesito trabajar porque nos desborda fácilmente. Por lo pronto, mientras lo resolvemos, aplico un poco la alternitiva del punto uno y ante el olvido o el fracaso la alternativa que acabo de enunciar acá.
  3. Mandona. No sé si sea un asunto de signo zodiacal, pero nuestra chiquita adora mandar. Haz esto, haz, aquello, dame esto, dame lo otro, tráeme, etcétera. A su favor debo decir que realmente ha aprendido a decir “por favor”, con voz amorosa y dulce, pero también que cuando está, digamos, irritable, lo olvida fácilmente.
    Alternativa: recordarle que las cosas deben pedirse con respeto y con amor, o que ella misma puede hacerlas (sobre todo cuando son tareas ya asignadas: guardar sus zapatos en el clóset, recoger juguetes…). Casi siempre funciona (termina diciendo “por favor”). Cuando no, si es algo menor, la ayudo (con aquella idea de evitar un gran conflicto, sobre todo si lo que “ordena” lo hace un poco por reflejo, sin ser consciente ella misma de lo mandona que está siendo), si no, dejo que le pase un poco la cólera: lo pides bien, con amor, o no puedo atenderte. Dar y recibir (si das amor, recibes amor).
  4. Impaciente. Es la reina de esto. Sus cosas las quiere ya. Sin espera: que la acompañe, que la atienda, que le dé algo…
    Alternativa: tratar de indicarle que debe aprender a tener paciencia. No es fácil y casi nunca funciona (sobre todo porque si ya perdió la calma, no oye, no entiende, no nada). Mi arma final siempre termina siendo hacerme a un lado y evitar caer en el marasmo de su furia diciéndole que cuando se calme hablamos (condicionado). Ah, y señalar (gracias, Nuria) que todo tiene una consecuencia: si está tranquila, las cosas fluyen tranquilamente, si está molesta, casi siempre las cosas se alteran y no fluyen en paz.
  5. Irritable. Este quizás no es un comportamientos sino un estado… más común de lo que quisiera. Explota fácilmente con todo, cuando está en sus minutos (hay días que se pasan plácidamente, casi como si fuera con nuestra chiquita amorosa de siempre).
    Alternativa: tener paciencia, abrazar, tratar de ayudarle a expresar sus sentimientos y respirar profundo y esperar. Creo que la solución va también más por el lado de una actitud receptiva, paciente y amorosa, que por una acción concreta. Pero no es fácil, confieso… Pero también es la única alternativa que a largo plazo, para todos, puede funcionar. Tengo claro que si caigo o caemos en el caos de su irritación y desespero las cosas tienden a empeorar (para todos, por cierto).
  6. Hiperactiva. La palabra no es precisa, quizás (no pretendo etiquetar como anormal algo que es propio de su edad), pero la uso porque creo que da una idea rápida de lo que pasa: tiene momentos en que no para, literalmente: brinca de un lado para otro, corre, grita, se cae, se golpea, juega brusco…
    Alternativa: recordar amorosamente las “reglas” de nuestra casa (no gritar porque me asustas y asustas a los vecinos, no correr porque te puedes lastimar -si no hace caso, casi siempre ella misma lo recuerda con una caída-,…) o darle un tiempo límite al juego, bueno, más que un tiempo es una indicación límite (es la última vuelta que le das corriendo a la mesa, vamos a comer luego). No funciona siempre, pero anticipar ayuda algunas veces a calmar (o al menos a que dure menos su molestia por la detención abrupta de su acelere).
  7. Rebelde. Algunas veces parece que su único objetivo es llevarnos la contraria. Quizás es su manera de probar hasta dónde llega su dominio o de ver qué tanta incidencia tiene en lo que puede pasar.
    Alternativa: No perder los estribos ni caer en la trampa; en su lugar señalar su comportamiento y anticipar lo que puede pasar. Como todo, a veces funciona, a veces no, pero creo que siempre deja claro que su comportamiento no nos es desconocido y creo que a la larga eso sirve para que ella entienda que es algo que no está bien ni es divertido.
  8. Dramática. Odiaba cuando oía decir esto antes, pero ahora verifico en la práctica que a esta edad los niños aprenden a dramatizar: fingen llorar y sobreactúan sus penas. No creo que no las sientan, que sin duda hay un sentimiento de frustracción y desconocimiento del mundo que los afecta, pero sí creo que las exageran con el propósito (debe ser lo que piensan) de impactar. A nosotros eso termina por “sacarnos” un poco de casillas, sobre todo porque no queremos ni desconocer su dolor ni caer en la trampa de “está bien que lo hagas” corriendo a atender caprichos (que muchas veces son el origen del drama en cuestión).
    Alternativa: verbalizar el asunto; hacerle notar a Irene que esa sobreactuación no nos llevara a ningún sitio. Luego, sí, abrazar, escuchar, ayudarle a expresar eso que no la deja sentir paz. Es difícil, tedioso, agotador, a veces desbordante, pero es parte de la naturaleza de ese pequeño ser que también es capaz de hacernos ver la inmensidad del universo con sus sonrisas. ¿Qué hacemos? Intentar que ella recuerde que es más rico estar feliz que triste y que casi siempre ella es la fuente inagotable de su propio bienestar (y si no lo conseguimos, recordar que nosotros somos la del nuestro. Ommmm).
  9. Terca. Y aqui cabe caprichosa. Hay cosas que cuando se le meten en la cabeza, no hay quien se las saque, sobre todo si implican una buena dosis de imposibilidad: “quiero ir a ballet hoy”, “no podemos, hoy no es tu clase”; “yo no quiero que el sol se acueste, quiero que no sea de noche”,…
    Alternativa: intentar voltear la situación positivamente: “hoy no es tu clase, pero podemos hacer una clase en casa, con tu música: la ponemos y tu bailas” o “no puedo hacer que salga el sol, pero como es de noche podemos leer un cuento…” No siempre funciona, no siempre los motivos dan lugar a soluciones, pero casi siempre es bonito encontrar que ella misma puede ver que hay alternativas más allá de esa “única” posibilidad que se le había ocurrido. La mayoría de las veces, por el esfuerzo que implica pensar positivamente en una salida, nos enseña también a nosotros a ver desde una perspectiva más amorosa el mundo. ¡Esa dificultad se convierte en una gran alternativa para cambiar nuestro propio espíritu!
  10. Protagonista. Quiere estar en todo, ser la primera en todo, ser el centro de todo. No puede oir hablar a otro porque necesita llamar la atención de la persona con quien está hablando e interrumpirlo, quiere vestirse sola, comer sola, caminar sola, hacer sola…
    Alternativa: recordar “reglas” de casa (amorosamente) cuando agrede o irrespeta con su comportamiento a otros o, cuando el caso es señalar de independencia, dejarla intentar. No es fácil mantenerse sereno frente a ciertos caprichos (ella misma pierde fácilmente el control de ellos), pero darle espacio para sus propios intentos y, si es el caso, para que experimente sus propias frustraciones, es una manera de que aprenda a valorar la ayuda que le puedes brindar. Obviamente, casos como cruzar la calle sola o cosas por el estilo se ajustan a la primera parte de esta alternativa: nada que signifique risego entra dentro del rango de “lo puedes intentar”.
  11. Insegura y/dominante. Si se lee en conjunto con el anterior punto, se puede ver nuevamente el talante de la contradicción que acompaña a veces a nuestra chiquita. A veces quiere hacer todo sola y otras no quieres que te muevas del espacio que tiene ella a un metro a la redonda. No sé si la causa sea, como lo enuncia, una sensación de inseguridad (que a veces parece) o si es un intento de controlarlo todo (como que no soporta que me quede en silencio algunas veces o que no corra a contestarle todo su listado de por qués -interminables- cuando le da por preguntar).
    Alternativa: Darle un poco de tranquilidad acompañándola y, cuando se vuelve extremo, hablar sobre por qué no es necesario que estemos a su lado o cuáles son las ventajas de que ella pueda estar solita más allá de un metro. Este punto a veces se complica por todos los puntos anteriores, pero es parte de paseo. La mejor manera de resolver es considerar la situación, ser comprensiva con su momento de desarollo y recordar quién es el adulto, capaz de controlar más fácilmente sus emociones y situaciones, y actuar en consecuencia. No es fácil… pero casi siempre ayuda a evitar una tormenta (si no es un tema de capricho cerrado, by the way).

Uff, creo que ya.

Finalmente, con respecto al artículo-musa de todo este reguero de opciones debo señalar que no estoy de acuerdo con su planteamiento de ciclos de bienestar y caos en los pequeños: no sé si porque yo misma no los he percibido o porque no creo que sea tan fácil estandarizar. Sí pienso que estos comportamientos hacen parte de una etapa de desarrollo emocional de los pequeños, quie seguramente se sobrellevará mejor con el paso del tiempo y que menguará cuando el niño en cuestión llegue a los 6 o 7 años de edad (y tenga, como dicen, formado su carácter y temperamento). Ah, y sí estoy de acuerdo con su final (que no expongo con más detalle para no alargar): esta edad también está acompañada de un cierto despliegue de humor del chiquito, de mucho más sentido de su ser social, de expresiones de afecto más conscientes y de una cierta racionalidad que permite entablar charlas, verbalizar conjuntamente y razonar (no siempre, pero sí más que antes de manera conjunta). Y también creo que es el momento de establecer límites o “reglas”, amorosa y claramente. No creo (no sé si me equivoque) que pueda haber un niño amoroso sin disciplina, pero sí creo que puede haber una disciplina positiva (así a veces cueste tanto recordarlo).

Dejo pendientes otras reflexiones… pero habrá tiempo para ellas. Abrazos y gracias por sus palabras y paciencia,

A.

27 julio 2012 at 06:55 8 comentarios

Del demonio de Tasmania o las discusiones varias de una niña que ronda los tres años

… O los dos o los cuatro.

Siguen pasando las semanas y no logro escribir palabras en esta casa, en parte por lo que anuncia el título de esta entrada (y en parte porque he vuelto a rutinas olvidadas antes y porque me he inventado nuevas, apenas descubiertas). Así que no voy a escribir un tratado: haré un ensayo. La razón: porque básicamente creo que éste no es un tema finito y que lo único que puede hacerse al respecto es sobrellevarlo divangando. Obviamente, aclaro, no creo que escribiera tratados antes, ni mucho menos, pero sí reconozco -como develó Nuria recientemente, en su hogar- que tengo un vicio aprendido y de oficio a perfeccionar, documentar, apoyar, confrontar… sobre todo lo escrito. Si hasta he despotricado de ese género que pretende sentar bases de verdad sin consultar, apropiándose lo que otros dicen,bla,bla. Pero he de asumir ahora un poco de realidad: nuestra chiquita entró en un período que no da tiempo para exposiciones doctas; en su lugar, por mucho, puedo divagar. Así que empiezo. Son bienvenidos (reclamados a gritos, casi) los consejos.

[Insértese aquí un suspiro] Irene no para de mandar. Y tampoco para de cambiar de opinión a cada segundo. Pasó de ser la chiquita conciliadora la mayor parte del tiempo a ser la niña contradictoria que no sabe qué quiere, qué busca ni a dónde va. [Insertar otro suspiro] Está a menos de dos semanas de cumplir los tres años y esta mamá (y este papá que habla también a través mío) se formula miles de preguntas por segundo, intentando explicar las causas de estos repentinos ataques de inconformidad de la chiquita. La única respuesta que más o menos me convence (pero que realmente no minimiza los episodios demoníacos en casa) es que es un asunto de edad.

Sin embargo, después de ese desahogo, debo hacer justicia: no pasa todos los días ni a toda hora; los “no me entiendo, no sé qué quiero, no me pregunten, no te quedes en silencio ni te vayas de mi lado” vienen y van. Eso sí, he comprobado que se incrementan una vez aparece el primero, que no es fácil lidiar con ellos, que colman la paciencia, que estresan, que si te descuidas sacan a su vez el demonio que llevas dentro y que casi siempre, si no les paras muchas bolas o simplemente dejas que la frustración aflore libremente, terminan por pasar. Quien peor lleva el cuento es la misma chiquita, que entiende menos que nosotros, seguro. ¿Pero… cómo le explico, cómo la consuelo, cómo la controlo sin controlar? Con razón no vienen con manual de instrucciones: creo que ni el más sabio de los sabios es capaz de sacar un ABC para padres que se pueda estandarizar.

Hablar de conclusiones, en cualquier caso, es prematuro. Pero es inevitable tener una sarta de pensamientos al respecto. Para empezar, puedo decir que esto debe ser lo que llaman los terribles dos, los terribles tres, los terribles cuatro y los terribles cinco. Para seguir, puedo agregar que aunque no soy psicóloga algún leve impulso en mi cerebro me dice (no sé si sea un arquetipo de esos que hablaba Jung o el vago recuerdo de algo leído quién sabe dónde, cuándo y cómo) que este proceso debe hacer parte de eso que llaman formación del carácter y la personalidad (que nunca he logrado entender la diferencia entre ambos. Si alguien la sabe, que, por favor, nos ilustre al resto de los mortales). Y para terminar, puedo señalar que -al igual que ocurre con los tales demonios de Tasmania [Sarcophilus harrisii, para que si hay algún biólogo por acá tenga chance de ir más allá del Taz de los muñequitos]- sospecho que este comportamiento puede empeorar en grupo y aunque he llegado incluso a pensar que sería bueno considerar que Irene fuera por fin al “colegio” (léase guardería por su edad), rápidamente he soportado la tentación a sucumbir al camino simple concluyendo que si esto hace parte de su desarrollo quizás es más sensato acompañarla a sobrellevarlo en casa, con adultos que sí podemos pensar y controlar sus impulsos. Seguramente llegará el día de enfrentarse a ellos en sociedad, pero seguimos convencidos de que lo natural es que su formación escolar llegue por allá a los cinco o seis años, como sugieren varios estudios mencionados antes acá.

Resumen: hemos sobrevivido, pero estos últimos meses han sido un verdadero aprendizaje para todos. No menospreciaré, ni mucho menos, lo que hemos crecido en los primeros años de ser padres, pero aseguro que la experiencia actual (que incluye en Irene independencia, juegos solitos e imaginarios, palabras que pueden explicar o al menos intentar expresar emociones, sentimientos y situaciones) sobrepasa en exigencia y reto cualquier etapa anterior de ma-paternidad. Nuestra hija es un cielo inmenso, adorable, amorosa, comprensiva, inteligente, dulce… pero tiene explosiones repentinas, emocionales, pero finitas (por cierto, asociadas con una falta de concentración total en sus comidas y, ahora, la introducción de un “pollo” del que hablaré otro día, visitante que ha logrado reenfocar, espontáneamente, algunas de esas circunstancias que antes nos daban discusiones, gruñidos y mal resto de días).

Espero tener en el futuro más paciencia y mejores noticias. Abrazos para todos desde la que parece Australia,

A. [Insértese suspiro final de esta madrecita]

25 julio 2012 at 10:38 8 comentarios

Los sueños se hacen realidad…

Y no sólo cuando hay una mamá creativa que es capaz de coser (ahora no encuentro el dato de una que lo hacía en Bogotá, si alguien lo tiene me lo pasa, please) los dibujos de tus hijos. Este año deseé (proyecté) algunas cosas, un poco con la idea de ponerle orden a los sueños y decretar. Pues bien, no he mirado la lista hace mucho, pero me he dado cuenta de que los sueños se cumplen. Al menos esos que enuncié entonces. Hoy hago popurrí, aunque sea superficialmente, de historias de familia (y explico un poco de nuevo el mutismo aparente de este hogar). Luego, cuando varios de esos pajaritos-sueños que ahora caminan vuelen, me concentro en ahondar relatos en esta casita. La puerta, en cualquier caso, sigue abierta, y todos ustedes pueden entrar cuando quieran a ella. 😉

(Quizás voy a tener que cambiar el tono de mis textos y hacerlos menos informativos y académicos. Quizás debo abrir una sucursal donde pueda contar cuentos. O quizás simplemente debo seguir haciendo lo de ahora: volver cada cierto tiempo, escribir largo cuando puedo y quiero, y cuando se cumple lo segundo pero no lo primero, hacer una mezcolanza de cosas… veremos. Lo cierto es que uno de los sueños más importantes en mi vida desde chiquita se está cumpliendo (y no es el de esta felicidad que siento, que ése se cumple todos los días), pero de un modo distinto al que pensé entonces. Y el cambio no es malo, ni mucho menos. Creo que es un tomar el ritmo, afinar instrumentos. En fin, que no paro, que escribo (un sueño raro, qué le hacemos) todo el día, que estoy sacando adelante un montón de sueños y proyectos conjuntos, que a pesar de todo disfruto y palpito a cada segundo con mi amorcito y con mi hija, que vivimos uno de nuestros mejores momentos en nuestra vida, que nos amamos, que palpitamos, que nos derretimos en emociones nunca antes presentidas; pero que contrario a lo que parecería natural no me paso casi nunca por acá (ya lo habrán visto). Tengo un montón de cosas para contar y seguramente no ahondaré mucho en ellas. Pero voy a enunciarlas al menos porque sé que también hacen parte de otros sueños concebidos y nacidos de manera natural, como un regalo que a veces deseamos, pero que nos llega por sorpresa, sin que sepamos qué tanto lo disfrutaremos. Aquí va.)

Ayer, mientras cenábamos fuera, Irene nos sorprendió con un dibujo espontáneo, rápido. Y con sus palabras certeras (como todo lo que dice esta pequeña): “Ésta es Irene”. Hizo su primer autorretrato (su primera figura humana, además… bueno, claro que lo de figura podría discutirse porque apenas pintó su carita con el pelo “larguísimo”, como dice ella, con los ojos y la boca -con cara feliz- trazados en unidad). Nadie le sugirió, ni le dijo, ni le enseñó. Sin duda tomó nota durante todo este tiempo de los dibujos que a veces nosotros mismos le hacemos (como esos que están a la derecha, arriba, pintados posteriormente por papá), pero solita se hizo, literalmente, esa imagen de sí misma. Nosotros hablábamos tan desprevenidamente… casi nos caemos de espalda al oírla y ver lo que nos mostraba. No va a guardería, no va a colegio, aprende espontáneamente, de la vida, sin instrucciones concretas de nada. Apenas va a baile y le encanta. Y rige sus juegos a su ritmo, libremente. ¿Mi conclusión? Los niños nos sorprenden (y eso que aún no cuento un montón de cosas más. Que estos dos años han sido una montaña de sorpresas. Y el acercamiento a los tres… sin palabras. Varios PLOP!).

Pero hay más. Pasan los días y nuestra chiquita crece y se va haciendo cada vez más independiente. Ya no sólo juega sola (bueno, sin nosotros porque a sus muñecos-compañeros de juego y de conversaciones no los abandona), sino que además quiere hacer un montón de cosas por sí misma: Se pone los zapatos, se los quita, los guarda juiciosa en su gaveta, camina a nuestro lado solita incluso cuando estamos fuera (“la manito sólo te la doy cuando vayamos a cruzar la calle”), encienda, activa, sube el volumen, baja el volumen de su música, baila y monta coreografías, sigue instrucciones, pregunta, pregunta, pregunta (y yo que creía que los por qués desenfrenados aparecían por allá como a los cinco años), y ordena (manda que da gusto, en realidad) y opina y deduce y habla y habla y habla (¿he dicho que habla como una cotorra, que todo lo verbaliza, lo informa, lo comenta? ;)). Es una niña grande que “quiere ser grande” (para hacer todo lo que aún no puede por su edad). Y no para y crece y habla y canta y baila (todo el dia, solita) y pone a sus muñecas en las mismas posiciones que ella para bailar. Es una historia infinita que a mí no me avisaron que iba a presenciar. Y doy gracias porque cualquier cosa que me dijeran se habria quedado cortita. No creo que haga nada distinto a lo que podría hacer un chiquito de su edad, creo, si, que yo tengo el privilegio de verlo con mis propios ojos en mi propia hija, que tenerla en casa es una bendición incomparable y que la tranquilidad y felicidad que ella transmite y siente es reflejo (y causa y consecuencia) de ésta que nosotros sentimos juntos y con ella. El popurrí se me volvió un párrafo “larguísimo” (como adjetiva su pelo Irene), pero no importa, ya habrá momentos para hablar y para escribir sosegadamente. Ya mi chiquita se despertó en esta mañana soleada y fue al baño con mamá. Ya se puso sus zapatillas y encendió su música. Y ya mamá se escapa de acá. Cierro, para que no se me quede entre el tintero, que ahora tiene tres lunares nuevos: uno en su frente, otro en su colita y uno más en su manita. En su espalda hay algo nuevo que parece una verruguita, que bien podría ser un lunar con volumen como algunos de papá y mamá. Ya le preguntaremos al médico. La última noticia: nos vamos de paseo y ansíamos hacerlo. Estaremos en casa de una hermana del alma, con seres del alma. Y el chisme central: esperamos encontrarnos con dos mamás de esas que pasan por acá. Soñamos charlar con ellas y ver jugar a nuestos pequeños. Eso no estaba en la lista, pero puede hacerse realidad. ¿Será?
Un abrazo y un beso.

22 junio 2012 at 07:49 4 comentarios

De lo que hemos pensado cuando nos preguntamos cómo queremos educar a nuestra hija… y unas cuantas ideas más

No sé si sean los años o la vida o todo este proceso de aprendizaje que nos ha llegado de la mano de ser papás, pero una de las cosas que más pensamos desde la llegada de nuestra chiquita es cómo queremos educarla. Eso va más allá -por cierto- de todo lo que hemos dicho sobre escuela en casa. De hecho, creo que se antepone a ello y hace que esa opción o cualquier otra (que implica mucho más que colegio) sea en realidad una consecuencia de una gran maraña de pensamientos relacionados con la vida que queremos para Irene, el tipo de persona que soñamos que sea y las herramientas (perdón por la palabra, no se me ha ocurrido otra más precisa) que creemos que pueden ayudarla a ser feliz, amarse y respetarse y hacer lo mismo con los demás. Aquí van parte de nuestros pensamientos y algunas de nuestras conclusiones al respecto.

Más que tener un hijo -en el sentido práctico: es decir, médico, económico y hasta social-, el compromiso más grande que se adquiere al ser papás es lograr que ese chiquito sea una mejor versión de nosotros mismos e, incluso, que llegue a ser ese hombre ideal (feliz, seguro, capaz de vivir tranquilo y estar en armonía con otras personas y con la naturaleza, y sensato y sensible y respetuoso, como base de su propio reconocimiento, de su derecho y el derecho de los demás).

En ese intento, todos apostamos por una vida y una educación distintas, algunos conscientemente y otros sin darse cuenta, siguiendo quizás el modelo aprendido de sus familia o de su sociedad. Y sea uno u otro el caso, está visto que los niños son esponjas y que en el futuro serán, en buena parte, producto de su experiencia vital: en primera instancia como hijos y en segunda como miembros de un grupo más grande que pasa por la familia extendida, para asentarse en el colegio, la iglesia -si la tiene-, su grupo de vecinos y, finalmente, su ciudad.

Lo que queremos para Irene

Nosotros hacemos parte del primer grupo, aunque nuestras decisiones las tomemos justamente en respuesta (afirmativa o negativa) al modelo circundante occidental. Y aclaro que no pretendemos prefijar la vida de nuestra hija (con ideas del tipo “tiene que ser esto o lo otro o lo del más allá” -en la época de nuestros bisabuelos, para no ir más lejos, se daba por sentado, por ejemplo, que cada familia debía darle al menos un hijo a la Iglesia… postura que empieza a revelar con lo que nos podemos topar). Simplemente queremos superar nuestras propias ausencias y limitaciones para que, si es posible, ella tenga una vida más plena (¿se podrá?).

Desde esa perspectiva, por ejemplo, queremos ser unos padres presentes, sin afanes de dinero o status como pareciera que grita a todo pulmón el modelo capitalista en el que vivimos. Queremos también una vida sencilla, no carente de comodidades (no vivo en un árbol, para sorpresa de algunos ;)) pero sí respetuosa con el medio ambiente y lo más cerca a la naturaleza que nuestro entorno nos permita. Aspiramos, además, a brindarle una educación humanista, laica, que le enseñe a vivir libremente sin necesidad de etiquetas (del tipo que quieran). Sabemos que no estamos exentos nosotros mismos de prejuicios, pero intentamos que ella crezca con la libertad de opinar distinto y pensar (sobre todo esto) y cuestionar. Intentamos, finalmente, educar a una niña que no se sienta de espaldas al mundo, pero que sea capaz de moverse por sí misma, en una dirección que ella misma elija con base en su sensibilidad: sin agredirse ni agredir a nadie. Sabemos que no es fácil, pero contamos con la ventaja de que sentimos que la vida que tenga (especialmente durante estos primeros años) será definitiva y decidimos, en consecuencia, actuar conscientemente en pro de ese gran ideal.

Hasta aquí esbozo una idea general que puede ser suficiente. Me adentro con las decisiones particulares que hemos tomado, a sabiendas de que serían otras si nosotros mismos fuéramos otros y otro fuera nuestro contexto. Preciso con ello que no pretendo sentar las bases de ninguna educación ideal y que pienso que cada familia debe tomar sus propias decisiones. Eso sí, hoy me siento tranquila con lo que vislumbramos, quizás en parte porque pienso en cualquier caso que una de las cosas más lindas que tenemos como seres humanos es nuestra mutabilidad: cambiamos con los años, con las experiencias, con el tiempo, con el clima, con la luna… Eso hace que el mundo y nuestras vidas sean universos complejos y diversos. Así que aunque pueda leerse, nada está escrito de modo definitivo. Será decisión de cada uno saltar a los párrafos siguientes y opinar. 🙂

Nuestras decisiones prácticas para lograrlo

Ya he hablado de la escuela en casa, pero confieso que cuando hablo de ella me refiero, en primer lugar, a un ideal deseable que cada familia verá si puede o no concretar. No sé si nos decantemos en el futuro por ella, pero sí hemos decidido -en parte como consecuencia de todo lo que creemos que la valida- no escolarizar ahora a Irene y hacerlo, si es el caso, sólo a los 5 o 6 años de edad. ¿Las razones? Los links adjuntos exponen buena parte de ellas (verificadas con creces en la experiencia), pero pueden resumirse justamente en intentar educar a nuestra chiquita en un ambiente que le permita desarrollarse una idea de sí misma en libertad (acompañada de quienes serán sus referentes toda la vida: mamá y papá).

Ahora: queremos que Irene crezca al máximo en casa, libre, tranquila, sensata, pero si pensamos en colegios tenemos clarísimo que buscaríamos uno de formación laica y humanista para nuestra hija. Y preferentemente mixta (es decir, no sólo de niñas). Yo, que crecí en un colegio de monjas, no he sido infeliz por culpa de ello, pero reconozco en la educación religiosa cierta represión y negación de la vida que me ha costado sacudirme de encima. Hablo de la religión católica, pero creo que la afirmación es en buena parte válida para cualquier filiación similar. Admiro y respeto a los que piensan distinto, pero culturalmente creo que las religiones más que sustento moral han sido baluartes políticos y sociales (que se mantienen para garantizar una cierta hegemonía económica, por ejemplo). En su lugar, prefiero una fundamentación de valores que partan del respeto, de la intuición (el buen sentido común) y el derecho (no amañado por esa misma hegemonía de la que hablaba arriba, pero si un niño crece con la libertad de pensar creo que debe ser capaz de cuestionar hasta eso).

Y de ahí se desprenden un montón de cosas más: la idea de género, por ejemplo, y la de belleza (de ahí la ilustración con la que arranca este texto) y la sexualidad. Seguramente me quedarán cosas entre el tintero, pero intento plantearlas porque están relacionadas, porque nuestra niña es mujer y porque como tal tiene (tenemos) una carga terrible que nos impone soterradamente nuestra sociedad.

Mi educación de monjas me dejó, por ejemplo, un distanciamiento del cuerpo que sólo logré sacudirme cuando conocí otras culturas, cuando estudié (profesionalmente), cuando me emancipé de mi hogar materno y paterno y cuando me convertí en mamá. Mi madre, por ejemplo, también educada por monjas, sufrió con la idea de “hay que cuidarse el fundamento” (adivinen qué telita del cuerpo era eso) y seguramente siguió a pie juntillas la instrucción del médico de no amamantar porque aprendió y heredó un temor al cuerpo y un respeto a la autoridad (médica en este caso) fundamentales. Irene, en cambio, es una niña que tomó hasta los dos años y medio leche de mi pecho y que tiene, creo que por ello, un acercamiento distinto a su feminidad. Cada vez que me baño con ella (que es todos los días) toma con sus manos mis “titas” y se refiere a ellas con una felicidad y espontaneidad tal que deseo lo mismo para cualquier hijo y cualquier papá.

En términos de género el tema es un poco más complejo, pues por cuenta del modelo de mujer y de belleza que se nos plantea, más la información que heredamos culturalmente (en Occidente), las mujeres decidimos seguir el juego y volvernos mujeres de mentira (una práctica MUY asentada en nuestra ciudad) o le damos la espalda negando nuestra belleza y nuestra feminidad. Esto tiene por cualquier lado terribles consecuencias. Para ilustrar el primero recomiendo este artículo y para el segundo uno más que encontré por acá.

Otra decisión importante: no ver televisión y vivir más la vida en tres dimensiones (no de pantalla táctil, sino de carne y hueso… y vida al aire libre, palpitante, real). Esto tiene consecuencias inmediatas en el desarrollo actual de Irene (es una niña sensible, atenta, concentrada, muy social) y creo que también en el futuro (no está mediada por una idea de consumo desmedido o de prototipos admitidos socialmente -blanco, alto, rubio, extranjero, delgado, joven, bla, bla-, tan propia de la publicidad).

Le bajo el tono al asunto porque no quiero irme por las ramas ni creo tampoco en discursos absolutistas, pero quiero enfatizar que ese tipo de decisiones -conscientes o inconscientes- determinan en buena parte el futuro de nuestros chiquitos. Para el efecto, todas estas perspectivas se relacionan y apuntan a lo difícil que es educar en libertad. Temas como la religión, la sexualidad, la raza, la nacionalidad, la política y hasta la estética pasan por decisiones simples como estas (y por el ejemplo, claro: como papás somos un modelo y los niños son nuestros espejos). Así que bienvenidas estas preguntas y todas las reflexiones que podamos sacar (sospecho que este tema, con todo y lo largo que fue este texto, da para mucho más).

2 junio 2012 at 12:50 8 comentarios

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