Posts tagged ‘diario’

La piscina

Cada día al lado de Irene es sorprendente… mucho más desde que podemos hablar con ella y entender todo (bueno, casi todo) lo que quiere.

Gracias a sus palabras y a sus gestos descubrimos la infinitud de su mente: ésa misma que hace que quiera meterse en la “pichina” de un libro que leía con papá (quitándose -por iniciativa propia, sin que nadie le insinuara que nos metiéramos, zapatos y medias para hacerlo) y que quiera, además, que nosotros la acompañemos. Anoche humedecimos nuestros pies en el agua azulada y entintada de Maniática de la explicación. Aún tenemos el corazón mojado y goteando amor. Vivir a su lado es caminar todos los días por el cielo. 😉

PD. La imagen es de hoy… la de ayer quedó grabada en el recuerdo. La imaginación de los niños es un mundo (¿innato? No sé, pero -cuando menos- inmenso).

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2 mayo 2011 at 08:55 5 comentarios

¿Innato o aprendido?

Siempre se ha dicho que los bebés son grandes imitadores, del mismo modo que se ha afirmado que gracias a ello son rápidos para aprender. Por ello y por la diligencia con que veo que Irene perfecciona sus habilidades repetitivas, hoy quiero hacer un listado de gestos que podrían parecer aprendidos pero que -creo- son innatos… esos que vemos hacer de la nada a un chiquito, incluso sin dejar de preguntarnos cuándo aprendió a hacerlos.

Ecografía del 22 de mayo del 2009. La manito, por supuesto, es de Irene. 😉

[Y me voy con una entrada poco científica. Aludo, simplemente, a la condición de diario de esta casita… porque al paso que va esta pequeña con sus innovaciones, se nos va a olvidar muy pronto qué gestos hizo por sí misma. Si quieren leer un poco más sobre las características que dicen que son innatas al bebé -sobre todo cuando está recién nacido: cuáles y por qué- les recomiendo este texto.]

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “innato, ta. (Del lat. innātus, part. pas. de innasci, nacer en, producirse). 1. adj. Connatural y como nacido con la misma persona.” Y en eso en Irene, significa:

  • Restregarse los ojitos con el puño.
  • Jalarse el pelo al lado de la oreja o tirar de ella cuando tiene sueño.
  • Hacer un circulito con su boca y fruncir el ceño cuando se concentra en algo (un gesto, creo, particular. Ya hablaba de él cuando contaba que daba pataditas… Ahora no está el video donde se veía, pero ponía la boquita y el ceño del mismo modo que lo hace ahora cuando pinta, cuando juega… Una preciosidad).
  • Apretar sus manitos metiendo el pulgar entre los demás dedos (casi mandando todo a la mismísima conchinchina -que existe, a pesar de que siempre creí que era un lugar más allá de la nada -una crónica entretenida sobre un viaje a ella acá ;))… un gesto que ahora le veo menos, pero que se hizo evidente hasta en las ecografías (para risa del médico radiólogo que lo vio y lo archivó. El testimonio gráfico ilustra esta entrada -no sea que después me digan que exagero y que la chiquita no debía hacer naturalmente así con sus dedos).
  • Dar un salto repentino cuando se está quedando dormida y su cabecita pierde el “equilibrio” (¿no les pasa que sienten como si a veces se fueran a a caer a un hoyo cuando están cayendo en brazos de Morfeo en un lugar que no es cómodo? En el documental Babies -que mencionaba Anita en un comentario anterior- se ve clarito este reflejo).
  • Tirarse al piso, casi desmayada, agitando las piernas y moviendo la cabeza de un lado a otro (eso que se llama comúnmente “pataleta”) cuando algo no es como ella quiere. La vi hacerlo y me quedé perpleja (haciéndome la consabida pregunta de “¿y esto cuándo lo aprendió?). Hoy tengo la respuesta: le llegó por genética de especie (no tiene niños al lado que le enseñen, ni papá ni mamá que suelan tirarse al piso cuando algo va mal. También en el documental Babies el gesto se revela natural).
  • Limpiarse la nariz con el torso de la mano (ahora que ha estado con gripa, el gesto iba y venía sin parar. Fue todo un ejercicio enseñarle que podíamos usar un pañuelo. Ahora dice “opitos” /moquitos/ para que le ayudemos (gesto aprendido. Ahh).
  • Hacer pinza con los dedos para coger el lapiz: es un gesto tan inmediato y natural que aún dudo si no nos miró a hurtadillas para aprenderlo. Lo dejo con asterisco de “quizás”.

¿Me ayudan a completar la lista?

[El debate, por lo visto, es científico y data del siglo XIX, después de que al británico Francis Galton, primo de Darwin, se le ocurrió discutir con su primo sobre El origen de las especies. El Emilio, o De la educación, de Rousseau, podría haber sido un preámbulo del tema en el XVIII, pero me parece que el pensador suizo se concentró más en escribir sobre su idílico Emilio que en los inocentes gestos innatos de un bebé (vale la pena mencionar que el pobre Emilio de Jean-Jacques cae después en desgracia en Emilio y Sofía, O los solitarios, un texto posterior en el que Rousseau cuestiona -sin lograr resolverlo- las bondades de vivir al margen de la sociedad -ya no sé si entonces persistiría en su pregunta de “¿el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe?”… El pobre Rousseau nunca logró terminar el libro, no se sabe si por incapacidad o cambio de opinión. Esa discusión solita da para un libro nuevo -no digo otro post-. Yo creo que todos los niños son buenos… los adultos, lamentablemente, no.)]

14 marzo 2011 at 08:20 4 comentarios

Su primer lunar

Irene sigue con tos y mocos (la gripa fue más fuerte de lo que pensé al principio), pero esos gajes del oficio no han sido limitantes para que exhiba en su espaldita su primer lunar. 😉 Mamá lo descubrió hace un par de semanas, pero guardó silencio prudente hasta confirmar que sí se trataba de un nuevo amigo, cafecito, redondo y muy chiquito, que nacía en nuestro hogar.

Imagen tomada de Mi vida rueda [que nada tiene que ver ni con bebés ni con lunares. Sí con cine, por si alguno le interesa ;)]

Ahora parece que surge otro a la altura del cuello, también en la espalda de la chiquita. Así que chismeo y pregunto: ¿recuerdan cuándo surgieron esas pequitas coquetas en la piel de sus pequeños? Dicen que algunos bebés nacen con ellos puestos, que otros los pescan en el camino, que todos los tenemos y debemos cuidarlos porque si cambian de forma o color pueden dejar de ser benignos, que todas las personas tenemos entre 10 y 40 en el cuerpo, que aparecen y desaparecen toda la vida…. Y yo agrego que me parecen lindos y que alucino cuando veo que se pintan en la piel de mi hija solitos (además de que me gusta la palabra y de que todavía descubro algunos nuevos en mi cuerpo).

Bienvenido, primer lunar de Irene (a pesar de que, en estricto sentido, no eres el primero -nuestra chiquita nació con tres manchas de “familia” en el cuerpo-. Pero sí eres el más redondo y café y chiquito de todos). El primero llega rondando los 19 meses (ya los cumplió, pero el puntito llegó antes del 9)… ¿el último? No sabemos.

Un beso.

11 marzo 2011 at 12:05 5 comentarios

Colmillo nuevo y “iauuu”

Se aproxima el fin de semana sin que las noticias pasen reporte por esta casita… Así que encendemos luces con novedades, antes de un cierre vacacional.

Foto: Mundomascota.net

Desde antier Irene amplió su repertorio onomatopéyico y responde a la pregunta de “¿y cómo hacen los gatitos?” con un “iauuu” (abriendo mucho la boca graaaande, simulando el gesto felino y buscando con sus ojos a los gatitos) y desde hoy su encía superior tiene una nueva mella: el colmillo derecho. El izquierdo se apresura a alcanzarle la partida, además de unos bultitos siguientes, morales, que empiezan a ganar terreno hacia la salida. Casi siento a una pequeña dientona y sonriente… pero sé que falta tiempo. Y veloz, la última noticia: el blog se va de vacaciones para regresar, casi, casi, al primer cumpleaños de su inspiración. Preparen motores para el 9 de agosto próximo (aunque espero aparecer antes para darle toques fiesteros a esta casita y traer las últimas buenas nuevas pre-birthday). Un abrazo para todos.

22 julio 2010 at 20:35 6 comentarios

No nos tragó el crup

Lo siento. Creo que por primera vez esta casita estuvo muda por más de una semana. Y no fue el crup que se apoderó -levemente, sí- de nuestra hija hace unos días, a pesar de que ahora soy su presa (aghh). Fueron las vacaciones… y la creciente actividad de Irene. Si son madres, lo sé, me entienden. Así que con montaña de ropa, con muchas historias que no sé si alcanzarán a ser escritas y con una pequeña sana, feliz y cada día más despierta y conversona (y trepadora de escaleras, banquitos, mesas y pufs) volvemos a estas tierras, para decir que la vida es maravillosa, que los hijos son el regalo más hermoso que puede tenerse y que todos los días al lado de Irene están llenos de sonrisas y paz. Nuestra peque sigue siendo una besadora continua -y nos derrite- y no para de llenarnos de alegría. ¿Y el paseo? Una maravilla, llena de animales, agua, calor y felicidad. Y sí, repito, no nos tragó el crup. 😉

Ah, y por cierto, los remedios contra la peste de la pequeña fueron un éxito. Recomiendo la homeopatía, el vapor de agua con hojas de eucalipto, la cebolla picada con azúcar (en el cuarto, toda la noche; Irene aún está muy chiquita para darle el juguito luego como jarabe) y los besitos de papá y mamá. Gracias a todas por compartir en sus blogs esos secretos. Me quedaron varias recomendaciones sin probar directamente y, aunque no dudo de su eficiencia, espero no tener que ensayarlos… al menos prontito. 😉

8 julio 2010 at 12:39 4 comentarios

La maternidad nos hace más sensibles

Y no lo digo por ningún estudio (que seguro lo hay): lo digo por experiencia. Desde que nació Irene siento un cambio en mi espíritu, fundamental: ser madre ha potenciado de una manera indescriptible mi sensibilidad. Y, ojo, no hablo de sensiblería (aunque muchas de las imágenes que me conmueven pueden parecer estereotipos), sino de una capacidad de conmoverme (según el DRAE, de “Perturbar[me], inquietar[me], alterar[me], mover[me] fuertemente o con eficacia”) que me era ajena antes. Ya había oído hablar de ello, pero sólo lo entiendo ahora. ¿Nos pasa a todos? ¿Les pasa a ellos? ¿Se mantendrá en el tiempo?

La conmoción puede llegar de diversas maneras: ante un pequeño que vive en la calle, una madre embarazada (si está en evidentes malas condiciones, la impresión es dolorosa), una noticia violenta, un comentario -cualquiera- sobre una familia, un recuerdo, un pensamiento, una mirada de mi hija, una sonrisa… Y esa transformación ocurre gradualmente, acentuándose.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero me ha pasado a mí, tan racional y práctica. ¿Cómo, cuándo, dónde? En módicas cuotas diarias que empezaron a invadirme desde el inicio mismo del embarazo y que se incrementan en cualquier lugar con las sonrisas y quejos de Irene, con sus cambios, con sus progresos, con cada uno de sus gestos. Y, aclaro: no creo que sea simplemente un asunto de hormonas; pienso que es la evidencia de un hilo invisible que nos une a ese pequeño ser que llega, nos cambia y nos hace darnos cuenta de lo que es ser hijo, ser padre y ser mamá.

Por dentro y por fuera

En definitiva, los cambios que sufre el cuerpo al albergar un hijo y ayudarle a “aterrizar” en este mundo son apenas un leve reflejo de lo que se transforma en nuestro espíritu. Creo, incluso, que esos cambios ni siquiera son necesarios: conozco madres de hijos adoptivos que establecen también ese vínculo del que hablo, ese que acalla la razón y potencia el corazoncito. No sé si a unos los toca más o menos, pero sé que está y que “perturba, inquieta, altera y mueve fuertemente o con eficacia” la vida.

No tengo cifras, no tengo estudios (bueno, sí leí uno que hablaba de la mayor sensibilidad de las madres que tienen partos vaginales hacia el llanto de sus bebés), pero tengo evidencias irrefutables. Y me sorprenden. Creo que por eso las mamás nos volvemos a un mismo tiempo (como decía Adriana) fuertes y débiles, un asunto probablemente necesario para garantizar la supervivencia y preservar la especie. O, quizás, una oportunidad de crecer como seres humanos y superar miedos, karmas o malos tragos del pasado. Fijo, desde la alopatía hasta la religión o la nueva era se puede explicar.

Pero, a decir verdad, no me importan las razones (otro síntoma claro del asunto), si no las consecuencias, lo que ocasiona en mí esa sensibilidad: el corazón se me arruga fácilmente, saco fuerzas de dónde ni sabía que las tenía para cuidar y proteger a mi famlia y, esto es increíble, veo el mundo desde otra perspectiva que modifica, incluso, mis recuerdos y mi forma de ser -como hija, como hermana y hasta como vecina (también como mujer y esposa, pero eso da para otro post que quizás algún día escriba).

A lo mejor por ello, el punto más impactante (son muchos y todos de una intensidad antes desconocida) sea justamente el que tiene que ver con la familia. No soy una niña ni llegue a ser madre a los veinte. Es más, he tenido tiempo de sobra para ser independiente y dependiente. He tomado mis decisiones a conciencia (la mayoría de las veces) y he soportado pérdidas y golpes. Pero sólo hasta ahora entiendo en una dimensión real (sensible) lo que significa (emocionalmente) ser hija.

Mientras tengo en mis brazos a Irene, cuando la alimento en la noche, cada vez que la siento despertarse y reclamar una compañía, al sentir sus manitos caminando por mi pecho, al abrazarla, sentir dolor en mis mejillas por sonreirme tanto con ella y tantas veces, a cada segundo siento (¿pienso?) que mi mamá y mi papá también debieron vivir eso y que yo, desde mi pequeño mundo, no era consciente de ese mar de emociones que se producían.

Seguramente soy quien soy gracias a ello -seguramente también habrá secuelas imborrables en los niños y en las madres que se privan de esa entrega y de ese apego-, pero apenas ahora me completo. Y sé que no es una cosa finita. Ahora sólo de pensar que pueda pasarle algo a Irene los vellitos se me crispan. ¿Le pasa también a los padres? Creo que sí, no sé si a todos ni si en la misma medida. Mi muacho, al menos, ve con otros ojos la vida. Ah, y de ellos sí sé de algunos estudios: los papás con los hijos bajan sus niveles de testosterona y despiertan dentro de sí una “mamita” (en un sentido amoroso, sensible; menos pragmático y más emotivo). Así que eso aclara algunas dudas.

Quizás vivir en un país con tantas diferencias sociales, con la plata tan mal repartida, con corrupción y dinero insuficiente para suplir (no invertir) en las necesidades sociales (básicas y siguientes) haga que las imágenes que me rodean fuera de casa sean más dolorosas que felices. Pero, insisto, la maternidad nos hace más sensibles. Sería bonito que eso se irradiaría a cada una de las personas que nos rodean. Así, tal vez, la vida sería más bonita. Extraño a la tribu y la solidaridad que los pequeños imponían. Ojalá sus efectos se mantengan en el tiempo porque aunque a veces duele, me siento más viva.

P.D.: No soy la única que habla de esto, en un blog que se llama Me crecen los enanos me encontre esta entrada amiga: ¿Las madres son más sensibles a la violencia?.

P.D.: Esta casita, a parte de la historia de nuestra vida con Irene, normalmente habla más de información que creo útil que emociones vividas. Hoy hay una excepción a la regla. ¿Me pasará sólo a mí? Me da esperanza pensar que también en esto hay coincidencias, familia.

26 marzo 2010 at 11:30 8 comentarios

“La photo cabine”

Hoy descubrimos un proyecto digital lindo: laphotocabine.com Lo estrenamos y dejamos aquí su estampa para el recuerdo (mientras sacamos más ratos para escribir). 😉

Todos pueden hacer su propia tira, sólo necesitan internet y una camarita.

24 marzo 2010 at 13:23 5 comentarios

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