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Eloísa y nuestro parto más que soñado (1)

Mas no sin dolor. La llegada de Eloísa al mundo el pasado 10 de febrero fue como quise que fuera y como hubiera querido que fuera la de Irene… No porque me sienta insatisfecha con el parto que tuve con su hermanita (de hecho, con el paso de los años me siento cada vez más agradecida), sino porque esta vez logramos que nuestra bebé llegará al mundo sin anestesia ni oxitocina, con mi amor infinito a mi lado en la sala de partos, cuidada no solo por una ginecóloga amorosa y respetuosa, sino también por una doula asertiva, oportuna y generosa que nos rodeó de fuerzas y aliento en el momento en que más lo necesitamos.

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 Grabado en linóleo hecho por Irene para Eloísa (prueba de autor).

La historia comienza un poco más de ocho años atrás, en mi primer embarazo, cuando la falta de una tribu cerquita a quien preguntarle todos las dudas de una mamá primeriza me llevó a indagar en cuanto libro, página, video y foro me encontraba sobre maternidad.

En ese entonces entendí (y sentí, sobre todo) que un parto menos medicalizado era ideal: no solo para mi cuerpo y su recuperación, sino -y sobre todo- para el bebé que llegaba al mundo. No desconocía el valor de una cesárea (cuando era realmente necesaria) o de los conocimientos médicos y científicos que apoyan los partos, pero tenía una gran confianza en la naturaleza y su modo ancestral y seguro de actuar. No quería, en definitiva, recurrir a ayudas ni por facilismo ni por afán occidental de controlar el cosmos. Quería, en resumen, un parto que pudiera desarrollarse al máximo en casa y que no echara mano de intervenciones ni medicamentos innecesarios. Lamentablemente (para mi espíritu, sobre todo), aunque en el parto de Irene sí logré lo primero y llegué con 8 centímetros de dilatación a la clínica, terminé con epidural y oxitocina y sin esposo amado acompañándome al final del parto. Recibí feliz a nuestra Irene, pero sentí engañadas y frustradas mis expectativas y padecí, de su mano sin duda, un brote horroroso en mi cuerpo que me duró (y molestó y picó) por más o menos 10 días. En resumen: tuve un parto feliz, pero teñido de frustraciones que molestaron los primeros días de Irene en nuestra casita.

Hoy creo que mi brote pudo ser no solo una alergia desatada por un medicamento sino también una expresión física del rechazo que sentí por la medicalización que me fue impuesta. También entiendo que mi parto fue “placentero” (si cabe decirlo), es decir, menos doloroso, gracias a la epidural. Y entiendo (y esto es quizás lo más importante) que debí ser menos soberbia y más agradecida por el parto que tuve con nuestra chiquita.

No pienso que las mujeres no tengamos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos ni mucho menos sobre el parto que queremos, pero siento que ninguna de esas metas debe ir en contra del flujo amoroso y vital que implica arrojar (en el sentido de parir y entregar) una nueva vida al universo. Estar en contradicción en un momento de tal trascendencia vital afecta en sí mismo el parto y le quita peso (y magia, incluso) a lo más importante en definitiva del mismo: la llegada del bebé. Y si voy más allá, debo agregar que si algo caracterizó tanto el embarazo como el preparto y el parto de Eloísa fue un aprendizaje de sensibilidad y humanidad: siento que con ella ha nacido una mamá más sensible y menos racional.

El preparto

La fecha probable de parto de Eloísa era el 23 de febrero. No obstante, desde el embarazo mismo sentí en muchas ocasiones que no llegaríamos hasta ese momento. Es más, tuve miedo, literal, de que ni siquiera pudiéramos llegar a un feliz término (tema del que hablaré en otro momento. Adelanto: no porque haya sido un embarazo con riesgos, sino porque todo a mi alrededor me confirmaba su excepcionalidad, y porque Eloísa, bebé arcoirís que llegó después de una pérdida de la que nunca he hablado realmente acá, llegó con un poder sanador poderoso pero no automático: mamá y papá aprendieron a la par de su crecimiento que las estadísticas son solo estadísticas y que la vida se impone cuando está destinada -aún tiemblo con la palabra- a perdurar).

La realidad es que desde mediados de la semana 36 empecé a sentir contracciones aisladas y no dolorosas de preparación que confirmaron como tales tanto mi obstetra como mi doula. Llegada la semana 37 las contracciones se mantenían (con un patrón que fluctuaba más o menos entre persistentes al mediodía, irregulares en duración y desaparecidas una vez me iba a la camita. Una semana antes de la que fue la fecha de parto pensé que Eloísa llegaría definitivamente en un par de días (ya tenía 4 centímetros de dilatación), pero la pequeña me enseñó (otra vez) que cada proceso toma su tiempo y que el cuándo, el cómo y el dónde no lo definía yo. Humildad, agradecimiento y confianza empezaron a erigirse como sus enseñanzas. Humildad frente al conocimiento (no me lo sé todo y está bien no saber ni controlar), agradecimiento frente a mi cuerpo y mi espíritu (que se preparaban para ese instante fundamental) y confianza en que cuando llegara el momento todo fluiría en sincronía (Eloísa nacería cuando su cuerpo estuviera preparado para vivir fuera del mío y cuando el mío estuviera listo para ayudarla a arribar). Pasó otra semana y el viernes 9, al igual que los días anteriores, las contracciones de preparación llegaron, un tris más fuertes, pero con el mismo patrón irregular.

Ese día me fui a dormir como a eso de las 10 de la noche, con la novedad de que apenas logré dormitar una media hora porque las contracciones se mantenían, incrementando su intensidad. Me levanté, abrí la aplicación con la que les hacía seguimiento y me cercioré de la frecuencia y la intensidad con que pasaban. A medianoche llamé a mi doula, que llegó a casa poco después y a las 2 de la mañana, tras un tacto que confirmó que ya estaba en 6 de dilatación, desperté a mi amorcito para salir a la clínica.

El parto

Como había salido positiva en mi prueba de Streptoccocus agalactiae, tenía la indicación de llegar allí con máximo 6 centímetros de dilatación. La idea era que pudieran aplicarme con cuatro horas de antelación al parto el antibiótico que protegería de una infección a Eloísa. Calculábamos que así no correría riesgo de que intentaran inducirme el parto (los centímetros anteriores se dilatan en preparto, es decir, puede detenerse -y es normal que pase- en cualquier momento la dilatación). Lo que no calculamos (ni yo, ni los médicos) es que podían pasar menos de cuatro horas en el resto de dilatación.

Entre que mi esposo despertaba y se arreglaba, salíamos para la clínica, me hacían el triage en urgencias y me revisaba el médico de turno para confirmar mi dilatación pasó un poco más de una hora. ¿Momentos curiosos? Que la enfermera no me creyó cuando en el triage le dije que tenía contracciones (no dolían, ergo no gritaba ni me quejaba), que la doctora de turno no me creyó cuando le dije que tenía 6 centímetros de dilatación (¿conocen la mirada de “no tienes ni idea de lo que estás hablando”?) y que cuando ella misma me hizo el tacto y me encontró de 7 centímetros hizo cara de “mier%&%” y me mandó volando a observación.

Lo cierto es que entre tanto tacto y mi no grito tardaron otra hora larga en hacerme la prueba de alergia al antibiótico y subirme a la habitación para hacer allí mi trabajo de parto. Mientras tanto, empecé a sentir dolor (progresivo), llamé a mi obstetra y llegué a la habitación. Más o menos a las 4:30 a.m. llegó mi médica. Me saludó emocionada, me revisó y fue a verificar con las enfermeras por qué aún no me habían puesto el antibiótico. Llegaron pronto, me lo pusieron y yo opté por tomar una ducha de agua calienta para intentar bajar el dolor de las contracciones, que había aumentado en regularidad e intensidad. La medida fue exitosa, pero cuando salí de la ducha, unos veinte minutos después, tuve un sangrado sorpresa. Caras de angustia y preocupación circularon en todos, hasta que un nuevo tacto confirmó que las membranas estaban íntegras y que un pólipo que tenía (y habíamos olvidado entonces) en el canal del parto  se había rasgado por la presión del bebé. Para estar más tranquilos, mi obstetra decidió romper fuente para ver cómo estaba el líquido amniótico. Lo hizo y tras confirmar que estaba transparente, la montaña rusa empezó. En cuestión de segundos sentí que mi voluntad final de que “a lo mejor sí voy a querer que me pongas una epidural” se iba para el trasto. Eloísa quería salir y mi cuerpo sentía la necesidad de pujar para ayudarle.

Confieso que de aquí en adelante las cosas ocurrieron a toda. Yo, por mi parte, estaba medio en trance, en un estado casi animal. Trajeron volando una camilla, me pidieron que me pasara a ella (yo a duras penas podía conectar solicitudes con acción) y me llevaron corriendo a la sala de partos. Detrás mío, supongo, salían mis dos médicas (la obstetra y la doula) y mi amor. Ellos debían ingresar por un ascensor distinto, luego de cambiarse la ropa por la de cirugía. No tengo ni idea de cómo llegaron. Pensé sinceramente que Eloísa nacería o en el pasillo o en el ascensor. Llegamos, sin embargo, a la sala, me pidieron nuevamente que me pasara (ahora al potro ese de partos), entraron mis tres valientes, se me pusieron al lado, me ayudaron y tras la orden de puja ya, en tres empujones veloces mi chiquita sacó cabecita, torso y piernas y llegó para quedarse definitivamente con nosotros, como vaticinó el primer ginecólogo, delicado, profesional y amoroso, que al principio del embarazo la revisó.

No recuerdo detalles. Solo sé que sentí el aro de fuego del que hablan al describir los partos sin epidural cuando salía su cabeza. No vi nada porque fui incapaz de abrir los ojos durante los pujos, pero sentí cómo su llegada abría el mundo, nos liberaba. Apreté la mano de mi doula y (creo) la de mi amorcito, que estaba a mi derecha, con todas mis fuerzas, y lo oí decirme emocionado, casi llorando, que la niña estaba bien, hermosa. Abrí los ojos y vi a mi doctora cargando a nuestra chiquita con sus manos. La puso en mi vientre, calientita y gritando, y el cosmos se completó definitivamente para nosotros en ese instante. Como dijo Irene, llegó esa chiquita que siempre habíamos estado esperando, cerrando un ciclo y abriendo una eternidad frente a nosotros.

(Y con suspiro y el corazón hecho una gelatina, paro hoy este relato. Esta semana retomaré historias para hablar del alumbramiento, la llegada a casa y la vuelta a la clínica por la bilirrubina.)

Gracias por llegar, por estar, por quedarte, amada Eloísa.

4 marzo 2018 at 11:21 Deja un comentario

La piscina

Cada día al lado de Irene es sorprendente… mucho más desde que podemos hablar con ella y entender todo (bueno, casi todo) lo que quiere.

Gracias a sus palabras y a sus gestos descubrimos la infinitud de su mente: ésa misma que hace que quiera meterse en la “pichina” de un libro que leía con papá (quitándose -por iniciativa propia, sin que nadie le insinuara que nos metiéramos, zapatos y medias para hacerlo) y que quiera, además, que nosotros la acompañemos. Anoche humedecimos nuestros pies en el agua azulada y entintada de Maniática de la explicación. Aún tenemos el corazón mojado y goteando amor. Vivir a su lado es caminar todos los días por el cielo. 😉

PD. La imagen es de hoy… la de ayer quedó grabada en el recuerdo. La imaginación de los niños es un mundo (¿innato? No sé, pero -cuando menos- inmenso).

2 mayo 2011 at 08:55 5 comentarios

¿Innato o aprendido?

Siempre se ha dicho que los bebés son grandes imitadores, del mismo modo que se ha afirmado que gracias a ello son rápidos para aprender. Por ello y por la diligencia con que veo que Irene perfecciona sus habilidades repetitivas, hoy quiero hacer un listado de gestos que podrían parecer aprendidos pero que -creo- son innatos… esos que vemos hacer de la nada a un chiquito, incluso sin dejar de preguntarnos cuándo aprendió a hacerlos.

Ecografía del 22 de mayo del 2009. La manito, por supuesto, es de Irene. 😉

[Y me voy con una entrada poco científica. Aludo, simplemente, a la condición de diario de esta casita… porque al paso que va esta pequeña con sus innovaciones, se nos va a olvidar muy pronto qué gestos hizo por sí misma. Si quieren leer un poco más sobre las características que dicen que son innatas al bebé -sobre todo cuando está recién nacido: cuáles y por qué- les recomiendo este texto.]

Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua: “innato, ta. (Del lat. innātus, part. pas. de innasci, nacer en, producirse). 1. adj. Connatural y como nacido con la misma persona.” Y en eso en Irene, significa:

  • Restregarse los ojitos con el puño.
  • Jalarse el pelo al lado de la oreja o tirar de ella cuando tiene sueño.
  • Hacer un circulito con su boca y fruncir el ceño cuando se concentra en algo (un gesto, creo, particular. Ya hablaba de él cuando contaba que daba pataditas… Ahora no está el video donde se veía, pero ponía la boquita y el ceño del mismo modo que lo hace ahora cuando pinta, cuando juega… Una preciosidad).
  • Apretar sus manitos metiendo el pulgar entre los demás dedos (casi mandando todo a la mismísima conchinchina -que existe, a pesar de que siempre creí que era un lugar más allá de la nada -una crónica entretenida sobre un viaje a ella acá ;))… un gesto que ahora le veo menos, pero que se hizo evidente hasta en las ecografías (para risa del médico radiólogo que lo vio y lo archivó. El testimonio gráfico ilustra esta entrada -no sea que después me digan que exagero y que la chiquita no debía hacer naturalmente así con sus dedos).
  • Dar un salto repentino cuando se está quedando dormida y su cabecita pierde el “equilibrio” (¿no les pasa que sienten como si a veces se fueran a a caer a un hoyo cuando están cayendo en brazos de Morfeo en un lugar que no es cómodo? En el documental Babies -que mencionaba Anita en un comentario anterior- se ve clarito este reflejo).
  • Tirarse al piso, casi desmayada, agitando las piernas y moviendo la cabeza de un lado a otro (eso que se llama comúnmente “pataleta”) cuando algo no es como ella quiere. La vi hacerlo y me quedé perpleja (haciéndome la consabida pregunta de “¿y esto cuándo lo aprendió?). Hoy tengo la respuesta: le llegó por genética de especie (no tiene niños al lado que le enseñen, ni papá ni mamá que suelan tirarse al piso cuando algo va mal. También en el documental Babies el gesto se revela natural).
  • Limpiarse la nariz con el torso de la mano (ahora que ha estado con gripa, el gesto iba y venía sin parar. Fue todo un ejercicio enseñarle que podíamos usar un pañuelo. Ahora dice “opitos” /moquitos/ para que le ayudemos (gesto aprendido. Ahh).
  • Hacer pinza con los dedos para coger el lapiz: es un gesto tan inmediato y natural que aún dudo si no nos miró a hurtadillas para aprenderlo. Lo dejo con asterisco de “quizás”.

¿Me ayudan a completar la lista?

[El debate, por lo visto, es científico y data del siglo XIX, después de que al británico Francis Galton, primo de Darwin, se le ocurrió discutir con su primo sobre El origen de las especies. El Emilio, o De la educación, de Rousseau, podría haber sido un preámbulo del tema en el XVIII, pero me parece que el pensador suizo se concentró más en escribir sobre su idílico Emilio que en los inocentes gestos innatos de un bebé (vale la pena mencionar que el pobre Emilio de Jean-Jacques cae después en desgracia en Emilio y Sofía, O los solitarios, un texto posterior en el que Rousseau cuestiona -sin lograr resolverlo- las bondades de vivir al margen de la sociedad -ya no sé si entonces persistiría en su pregunta de “¿el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe?”… El pobre Rousseau nunca logró terminar el libro, no se sabe si por incapacidad o cambio de opinión. Esa discusión solita da para un libro nuevo -no digo otro post-. Yo creo que todos los niños son buenos… los adultos, lamentablemente, no.)]

14 marzo 2011 at 08:20 4 comentarios

Su primer lunar

Irene sigue con tos y mocos (la gripa fue más fuerte de lo que pensé al principio), pero esos gajes del oficio no han sido limitantes para que exhiba en su espaldita su primer lunar. 😉 Mamá lo descubrió hace un par de semanas, pero guardó silencio prudente hasta confirmar que sí se trataba de un nuevo amigo, cafecito, redondo y muy chiquito, que nacía en nuestro hogar.

Imagen tomada de Mi vida rueda [que nada tiene que ver ni con bebés ni con lunares. Sí con cine, por si alguno le interesa ;)]

Ahora parece que surge otro a la altura del cuello, también en la espalda de la chiquita. Así que chismeo y pregunto: ¿recuerdan cuándo surgieron esas pequitas coquetas en la piel de sus pequeños? Dicen que algunos bebés nacen con ellos puestos, que otros los pescan en el camino, que todos los tenemos y debemos cuidarlos porque si cambian de forma o color pueden dejar de ser benignos, que todas las personas tenemos entre 10 y 40 en el cuerpo, que aparecen y desaparecen toda la vida…. Y yo agrego que me parecen lindos y que alucino cuando veo que se pintan en la piel de mi hija solitos (además de que me gusta la palabra y de que todavía descubro algunos nuevos en mi cuerpo).

Bienvenido, primer lunar de Irene (a pesar de que, en estricto sentido, no eres el primero -nuestra chiquita nació con tres manchas de “familia” en el cuerpo-. Pero sí eres el más redondo y café y chiquito de todos). El primero llega rondando los 19 meses (ya los cumplió, pero el puntito llegó antes del 9)… ¿el último? No sabemos.

Un beso.

11 marzo 2011 at 12:05 5 comentarios

Colmillo nuevo y “iauuu”

Se aproxima el fin de semana sin que las noticias pasen reporte por esta casita… Así que encendemos luces con novedades, antes de un cierre vacacional.

Foto: Mundomascota.net

Desde antier Irene amplió su repertorio onomatopéyico y responde a la pregunta de “¿y cómo hacen los gatitos?” con un “iauuu” (abriendo mucho la boca graaaande, simulando el gesto felino y buscando con sus ojos a los gatitos) y desde hoy su encía superior tiene una nueva mella: el colmillo derecho. El izquierdo se apresura a alcanzarle la partida, además de unos bultitos siguientes, morales, que empiezan a ganar terreno hacia la salida. Casi siento a una pequeña dientona y sonriente… pero sé que falta tiempo. Y veloz, la última noticia: el blog se va de vacaciones para regresar, casi, casi, al primer cumpleaños de su inspiración. Preparen motores para el 9 de agosto próximo (aunque espero aparecer antes para darle toques fiesteros a esta casita y traer las últimas buenas nuevas pre-birthday). Un abrazo para todos.

22 julio 2010 at 20:35 6 comentarios

No nos tragó el crup

Lo siento. Creo que por primera vez esta casita estuvo muda por más de una semana. Y no fue el crup que se apoderó -levemente, sí- de nuestra hija hace unos días, a pesar de que ahora soy su presa (aghh). Fueron las vacaciones… y la creciente actividad de Irene. Si son madres, lo sé, me entienden. Así que con montaña de ropa, con muchas historias que no sé si alcanzarán a ser escritas y con una pequeña sana, feliz y cada día más despierta y conversona (y trepadora de escaleras, banquitos, mesas y pufs) volvemos a estas tierras, para decir que la vida es maravillosa, que los hijos son el regalo más hermoso que puede tenerse y que todos los días al lado de Irene están llenos de sonrisas y paz. Nuestra peque sigue siendo una besadora continua -y nos derrite- y no para de llenarnos de alegría. ¿Y el paseo? Una maravilla, llena de animales, agua, calor y felicidad. Y sí, repito, no nos tragó el crup. 😉

Ah, y por cierto, los remedios contra la peste de la pequeña fueron un éxito. Recomiendo la homeopatía, el vapor de agua con hojas de eucalipto, la cebolla picada con azúcar (en el cuarto, toda la noche; Irene aún está muy chiquita para darle el juguito luego como jarabe) y los besitos de papá y mamá. Gracias a todas por compartir en sus blogs esos secretos. Me quedaron varias recomendaciones sin probar directamente y, aunque no dudo de su eficiencia, espero no tener que ensayarlos… al menos prontito. 😉

8 julio 2010 at 12:39 4 comentarios

La maternidad nos hace más sensibles

Y no lo digo por ningún estudio (que seguro lo hay): lo digo por experiencia. Desde que nació Irene siento un cambio en mi espíritu, fundamental: ser madre ha potenciado de una manera indescriptible mi sensibilidad. Y, ojo, no hablo de sensiblería (aunque muchas de las imágenes que me conmueven pueden parecer estereotipos), sino de una capacidad de conmoverme (según el DRAE, de “Perturbar[me], inquietar[me], alterar[me], mover[me] fuertemente o con eficacia”) que me era ajena antes. Ya había oído hablar de ello, pero sólo lo entiendo ahora. ¿Nos pasa a todos? ¿Les pasa a ellos? ¿Se mantendrá en el tiempo?

La conmoción puede llegar de diversas maneras: ante un pequeño que vive en la calle, una madre embarazada (si está en evidentes malas condiciones, la impresión es dolorosa), una noticia violenta, un comentario -cualquiera- sobre una familia, un recuerdo, un pensamiento, una mirada de mi hija, una sonrisa… Y esa transformación ocurre gradualmente, acentuándose.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero me ha pasado a mí, tan racional y práctica. ¿Cómo, cuándo, dónde? En módicas cuotas diarias que empezaron a invadirme desde el inicio mismo del embarazo y que se incrementan en cualquier lugar con las sonrisas y quejos de Irene, con sus cambios, con sus progresos, con cada uno de sus gestos. Y, aclaro: no creo que sea simplemente un asunto de hormonas; pienso que es la evidencia de un hilo invisible que nos une a ese pequeño ser que llega, nos cambia y nos hace darnos cuenta de lo que es ser hijo, ser padre y ser mamá.

Por dentro y por fuera

En definitiva, los cambios que sufre el cuerpo al albergar un hijo y ayudarle a “aterrizar” en este mundo son apenas un leve reflejo de lo que se transforma en nuestro espíritu. Creo, incluso, que esos cambios ni siquiera son necesarios: conozco madres de hijos adoptivos que establecen también ese vínculo del que hablo, ese que acalla la razón y potencia el corazoncito. No sé si a unos los toca más o menos, pero sé que está y que “perturba, inquieta, altera y mueve fuertemente o con eficacia” la vida.

No tengo cifras, no tengo estudios (bueno, sí leí uno que hablaba de la mayor sensibilidad de las madres que tienen partos vaginales hacia el llanto de sus bebés), pero tengo evidencias irrefutables. Y me sorprenden. Creo que por eso las mamás nos volvemos a un mismo tiempo (como decía Adriana) fuertes y débiles, un asunto probablemente necesario para garantizar la supervivencia y preservar la especie. O, quizás, una oportunidad de crecer como seres humanos y superar miedos, karmas o malos tragos del pasado. Fijo, desde la alopatía hasta la religión o la nueva era se puede explicar.

Pero, a decir verdad, no me importan las razones (otro síntoma claro del asunto), si no las consecuencias, lo que ocasiona en mí esa sensibilidad: el corazón se me arruga fácilmente, saco fuerzas de dónde ni sabía que las tenía para cuidar y proteger a mi famlia y, esto es increíble, veo el mundo desde otra perspectiva que modifica, incluso, mis recuerdos y mi forma de ser -como hija, como hermana y hasta como vecina (también como mujer y esposa, pero eso da para otro post que quizás algún día escriba).

A lo mejor por ello, el punto más impactante (son muchos y todos de una intensidad antes desconocida) sea justamente el que tiene que ver con la familia. No soy una niña ni llegue a ser madre a los veinte. Es más, he tenido tiempo de sobra para ser independiente y dependiente. He tomado mis decisiones a conciencia (la mayoría de las veces) y he soportado pérdidas y golpes. Pero sólo hasta ahora entiendo en una dimensión real (sensible) lo que significa (emocionalmente) ser hija.

Mientras tengo en mis brazos a Irene, cuando la alimento en la noche, cada vez que la siento despertarse y reclamar una compañía, al sentir sus manitos caminando por mi pecho, al abrazarla, sentir dolor en mis mejillas por sonreirme tanto con ella y tantas veces, a cada segundo siento (¿pienso?) que mi mamá y mi papá también debieron vivir eso y que yo, desde mi pequeño mundo, no era consciente de ese mar de emociones que se producían.

Seguramente soy quien soy gracias a ello -seguramente también habrá secuelas imborrables en los niños y en las madres que se privan de esa entrega y de ese apego-, pero apenas ahora me completo. Y sé que no es una cosa finita. Ahora sólo de pensar que pueda pasarle algo a Irene los vellitos se me crispan. ¿Le pasa también a los padres? Creo que sí, no sé si a todos ni si en la misma medida. Mi muacho, al menos, ve con otros ojos la vida. Ah, y de ellos sí sé de algunos estudios: los papás con los hijos bajan sus niveles de testosterona y despiertan dentro de sí una “mamita” (en un sentido amoroso, sensible; menos pragmático y más emotivo). Así que eso aclara algunas dudas.

Quizás vivir en un país con tantas diferencias sociales, con la plata tan mal repartida, con corrupción y dinero insuficiente para suplir (no invertir) en las necesidades sociales (básicas y siguientes) haga que las imágenes que me rodean fuera de casa sean más dolorosas que felices. Pero, insisto, la maternidad nos hace más sensibles. Sería bonito que eso se irradiaría a cada una de las personas que nos rodean. Así, tal vez, la vida sería más bonita. Extraño a la tribu y la solidaridad que los pequeños imponían. Ojalá sus efectos se mantengan en el tiempo porque aunque a veces duele, me siento más viva.

P.D.: No soy la única que habla de esto, en un blog que se llama Me crecen los enanos me encontre esta entrada amiga: ¿Las madres son más sensibles a la violencia?.

P.D.: Esta casita, a parte de la historia de nuestra vida con Irene, normalmente habla más de información que creo útil que emociones vividas. Hoy hay una excepción a la regla. ¿Me pasará sólo a mí? Me da esperanza pensar que también en esto hay coincidencias, familia.

26 marzo 2010 at 11:30 8 comentarios

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