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Eloísa y nuestro parto más que soñado (2)

Rodeada de felicidad y amor, Eloísa asomó su cabecita al mundo el sábado 10 de febrero a las 5:20 de la mañana. A su lado estaban papá y mamá y desde casa la esperaba una ansiosa hermanita (que llevaba casi 7 meses reclamando verla) acompañada de una de sus amorosas tías. El alumbramiento, la recuperación tras el parto y las veinticuatro horas de rigor internadas en la clínica fueron el preámbulo de su llegada definitiva a nuestras vidas. Tiempo de contemplación, caricias, cansancio y muuuucho amor.

Pies bebé

Northfoto

Una vez nace el bebé, por indicaciones de  la Organización Mundial de la Salud, a la mamá se le aplica oxitocina química para evitar una hemorragia postparto (según entiendo, mortal para la mamá. Este medicamento no es indispensable, pero era un protocolo ineludible en la clínica donde nació Eloísa). Luego se corta el cordón umbilical, se revisa el bebé (con un test llamado Apgar, que determina su capacidad de vivir autónomamente -es decir, de moverse y respirar-, además de verificar su frecuencia cardíaca, el color de su piel y su tono muscular) y ocurre el alumbramiento (es decir, la salida de la placenta) y el primer acercamiento entre bebé y mamá. Los puntos que se le hagan a la madre por desgarros o episotomía son la coda final del parto, seguidos del descanso y la observación final de ese pequeño milagro de vida y su mamá.

En el caso de Eloísa, todos estos pasos ocurrieron más o menos en la siguiente hora tras su nacimiento, en medio de la emoción que supuso la llegada de la chiquita. El cordón lo cortó papá (luego de que este dejó de latir, según recomiendan en el parto humanizado) y la placenta salió con la ayuda de la obstetra y de la oxitocina después de un masaje que resulta un poco molesto en medio del cansancio que supone para el útero la maratón del parto. El consuelo, sin duda, es el contacto piel con piel con el bebé y la cara de felicidad del padre de la criatura (en la versión suya aquí se debe insertar algo como “la cara de felicidad de la mamá”…). Posteriormente, se pasan a una sala de observación tanto la mamá como el recién nacido y finalmente, una vez se determina que no hay complicaciones, los “maratonistas” van a una habitación.

Obviamente esta secuencia puede tener múltiples variaciones, según el lugar donde ocurra el parto y según las condiciones del bebé y su mamá. En nuestro caso, más o menos a las 7 de la mañana desayunábamos plácidamente (yo, lo que me dieron en la clínica, Eloísa, la tita –es decir, la teta- de mamá) en el que fue nuestro espacio por las próximas 36 horas, acompañadas de papá.

No hay palabras que expresen lo que se llega a sentir al acariciar por fin con tus manos la delicada piel de tu bebé. Debe ser algo similar a lo que sentirías si lograrás entrar a un universo soñado y mágico (Hogwarts, en el caso de Irene; Rayuela -o mejor, una charla cara a cara con Cortázar, a la sombra de un árbol- en el de la mamá). Lo cierto es que mientras tomaba conciencia de mi cuerpo y de lo que acaba de pasar, no logré retirar mis ojos del rostro de Eloísa: sus ojitos cerrados, sus cachetes redondos, su naricita… A un mismo tiempo me llenaba de ella y recordaba lo que había sentido ocho años y medio atrás cuando tenía en mis brazos a Irene y me estrenaba como mamá. Recorrí con mis manos los deditos estirados, acaricié sus mejillas, susurré y canté mi “corazón de melón” para calmarla y la acerqué a mi pecho con la ilusión de que al oír mi corazón sabría que estaba en terreno seguro aunque hubiera cruzado al otro lado). Con toda mi alma quieres tranquilizarla, darle la bienvenida, hacerla sentirse amada.

En este punto, ya poco importa el dolor del parto o del pecho cuando ese chiquito que apenas se mueve se agarra por fin a ti para alimentarse, poco importan las semanas pasadas con el centro de gravedad alterado, las estrías, el dolor de espalda, las piernas hinchadas, los antojos, los mareos y el largo etcétera que supone ese acto supremo y casi mágico de “dar a luz”. Ahora, en cambio, empieza una nueva etapa, igual de imponente, animal e instintiva: ya no solo contemplamos y admiramos los avances de Eloísa, sino que existimos casi exclusivamente para alimentarla, protegerla y cobijarla con nuestro amor. Da igual si recuerdas o no lo demandante que resulta este tiempo: tienes a tu chiquito al lado y frente a cualquier duda racional se imponen la vida, el instinto y el amor.

Así que más que los detalles definitivos de nuestra experiencia final del parto, el alumbramiento y el postparto (que a un mes y unos cuantos días de haberlos vivido casi se empiezan a borrar), hemos iniciado de nuevo la gran aventura de la maternidad. En el camino hemos confirmado que cada niño es un universo y que eso que parecía definitivo (y que habíamos consignado en esta casita hace ocho años atrás) es variable e incierto: este primer mes de vida de Eloísa ha supuesto retos y sorpresas que consignaremos poco a poco acá. El más difícil (que da tela para la próxima entrada): la subida de la bilirrubina, una sustancia que normalmente sintetiza el hígado, pero que en los recién nacidos puede alcanzar niveles peligrosos para su desarrollo debido a la inmadurez que presentan aún algunos de sus órganos. Por hoy cerramos con la felicidad de haber superado incluso eso y de saber que esos gorgoritos que oímos mientras presionamos las teclas que materializan este historia son de esa chiquita que hasta le ha cambiado el nombre a esta casita y que nos cambia la vida a todos los demás. Irene, protagonista original, mantiene una sonrisa transparente y viva llena de amor por Eloísa. Nos pasa igual a sus papás. 😉

13 marzo 2018 at 12:37 Deja un comentario

Eloísa

Fuente de la imagen: Plano Informativo

Hemos llegado a las 26 semanas de nuestro embarazo, una espera, dulce y feliz como la de Irene, llena de sorpresas que confirman que cada chiquito es un mundo y que nosotros mismos, con el paso del tiempo, nos convertimos en seres distintos. Hoy, después de un gran silencio, reaparezco con noticias que hagan aunque sea un poco de justicia a lo que hemos vivido durante este tiempo. 😉

Para empezar, debo decir que ha sido un embarazo diferente, supongo que tanto por nuestra chiquita (que se llama Eloísa, por cierto) como por mí misma: los cambios de mi cuerpo, la edad, el clima, las secuelas que dejó en mi cuerpo la gestación de Irene… todo hace que me sienta como si fuera a ser madre por primera vez.

Muuuuuchos más síntomas

No sé si fue que olvidé detalles de nuestra experiencia anterior (tendré que leer mi propio blog, jjejjeje) o si realmente todo es distinto, lo cierto es que los primeros meses de este embarazo revolcaron mucho más mis hormonas que el anterior. Nada fue intolerable ni incapacitante, pero sí tuve mucha más sensibilidad a alimentos, a temperaturas e incluso al peso. Con respecto a los primeros, a estas alturas están superados. Con respecto a lo segundo, vamos de mal en peor. Aunque hasta aquí he subido un poco menos de peso que con Irene, mi espalda parece tener una memoria muy clara del desbalance producido al cargar en el vientre un chiquito. En consecuencia, me siento muchísimo más lenta a mis 26 semanas con Eloísa de lo que recuerdo haberme sentido con Irene. Y he recurrido desde hace ya un par de meses a un maravilloso cinturón de soporte que me ayuda a centrar mi columna con respecto a la gravedad. Es un recomendado fijo tanto para madres primerizas como para madres experimentadas. ¡Con decirles que ni me lo quito para dormir!

Con respecto a cuidados, también hay hábitos diferentes en nuestro día a día que, sospecho, han tenido incidencia en este embarazo incluso antes de la concepción. Abro capítulo aparte para profundizar un poco al respecto.

Primer gran cambio: Nuestra alimentación

No recuerdo si en el breve anuncio que hicimos de esta noticia hace unas semanas, mencioné que buscamos durante mucho tiempo la llegada de Eloísa: sin presiones, sin angustias, pero sí con una expectativa que se fue reduciendo con el paso de los años y que finalmente terminó en una aceptación en paz con la naturaleza. Llegamos a estar convencidos de que seríamos una familia de tres. Las estadísticas y la propia experiencia apuntaban a ello. No quisimos someternos a ningún tratamiento excepcional (que celebro que existan como alternativa para muchos padres que han recurrido a ello), quizás en parte porque ya teníamos a Irene y porque no quisimos imponerle nada a la vida. Sin ser deterministas confiamos en la sabiduría de la naturaleza. Si no llegaba otro chiquito podía ser porque ni mi cuerpo ni mi espíritu estaban en sintonía para recibirlo.

Para no hacer más larga la historia, a comienzos de este año, como mujer mayor de cuarenta que empezaba a sentir molestias en la agilidad de sus músculos, decidí tomarme en serio una práctica deportiva diaria y ajustar mi dieta, no para bajar de peso, porque realmente no lo necesitaba, sino para mejorar mi digestión. Ya desde el embarazo de Irene habíamos hecho cambios sustanciales como la eliminación del azúcar adicionado a zumos y jugos y otras bebidas, la incorporación de alternativas a los dulces refinados y procesados (básicamente por panela y miel en algunos casos), la introducción de alimentos fermentados caseros (chucrut, kéfir y kombucha) y la eliminación casi total de alimentos procesados: salsas, mermeladas, caldos de base y un largo etcétera dejaron de estar en la lista de la compra para ingresar a la lista de alimentos preparados en casa. Esto nos permitió una reducción significativa en la ingesta de preservantes y químicos y un renacer del gusto por la cocina, que siempre ha sido una de mis pasiones secretas, ahora en plena ebullición. Asimismo cambiamos los insumos de grandes mercados por alimentos locales y orgánicos, con lo que, según yo, ya habíamos llegado al tope de medidas para mejorar la alimentación.

Pues bien: no. Dos cambios aparentemente simples nos sorprendieron con resultados inesperados (el embarazo entre ellos): la eliminación definitiva del azúcar refinada (que consumíamos de vez en cuando en postres o dulces callejeros) y la eliminación del trigo y las harinas refinadas (que solíamos comer al desayuno). Yo, adicionalmente, eliminé por casi 4 meses la ingesta de granos (fríjoles, lentejas, maíz, garbanzos, arroz) y reduje algunos carbohidratos altos en su índice glucémico (patatas, principalmente). Estos alimentos los reemplazamos por repostería casera ( en la que incursioné por primera vez en mi vida con resultados gratos) endulzada con miel, panela, dátiles y banano y preparada con harinas alternativas de almendras, coco y yuca, y por intentos no del todo exitosos de panes sin gluten. Como resultado, las comidas y cenas se mantuvieron más o menos como antes, excepto por los cambios en guarniciones, ahora con más verduras y montones de aguacate. El desayuno, por su parte, sí sufrío un giro sustancial: el pan lo reemplazamos por crepes de banano y avena (con un poco de leche) y muy de vez en cuando por arepas de maíz caseras o de yuca, acompañadas de mermeladas caseras (hechas con panela), muchos huevos, bacon y algunas verduras.

¿El resultado? Incremento de energía y agilidad física, reducción casi total de los antojos entre comidas (por una mayor sensación de saciedad), baja de peso, mejores digestiones y, supongo, una desinflamación significativa de órganos internos, incluidos, sin duda, mi útero y sus trompas, que en algún examen diagnóstico aparecieron bloqueada totalmente una y la otra casi en su misma situación, pues apenas mostraba alguna permeabilidad. Esto último no puedo comprobarlo más que con mi embarazo, pero, visto los otros efectos y consultada la opinión de varios ginecólogos, creo que no es una idea traída de los cabellos.

Estos cambios, aclaro, pueden no tener los mismos efectos en todos los organismos. En mi caso, supusieron ajustes mínimos con respecto a los hábitos que habían llegado con Irene y estuvieron acompañados de buenas horas de sueño, una vida tranquila y un definitivo placer por la cocina. También, debo decirlo, de lecturas progresivas sobre la dieta paleo y primal (que son más o menos lo mencionado, diferenciándose en que la segunda incluye lácteos -que como sin problemas-) y de autores clásicos defensores de la comida tradicional como Chris Kresser, Edurne Ubani, Weston A. Price y Sally Fallon. Hay montones de recetas inspiradoras en la web sobre esta dieta y cantidades increíbles de bloggers y personas de a pie en Instagram y Facebook compartiéndolas. Si les interesa, les recomiendo, entre otros, a @thecastawaykitchen, @evamuerdelamanzana, @againstallgrain, @noncrumbsleft, @primal_gourmet, @whole30recipes, @keto.connetc, @iheartumami, @nomnompaleo, @physicalkitchenss, @therealfoodrds, @thewholesmiths y @paleorunningmomma. Y ya.

Lo segundo: deporte, reconexión conmigo misma, liberación de prejuicios (¿he dicho que los 40 te quitan un montón de peso con respecto al qué dirán?) y tranquilidad

Adicional a ello, como dije antes, introduje el hábito del deporte, con treinta a cuarenta y cinco minutos diarios de “cardio” (realizados en una elíptica), así como el contacto conmigo misma y una serie de pasiones postergadas por un “deber ser” profesional: llegados los 40 me he dado el gusto de hacer montones de cosas que me fascinan, las mismas que antes siempre quedaban pospuestas por una inquietud más intelectual. De ahí mi reencuentro con la cocina, con el dibujo, con la acuarela, con el grabado, con el deporte, con la costura y con la cerámica. Sigo leyendo (y editando a mi muy amado), pero no como mi actividad principal. Y escribo, pero menos, como se evidencia en esta casita. Y soy una administradora sin título, porque, por supuesto, en medio de todo esto, sigo en frente de toda la infraestructura práctica de este hogar.

Así, en definitiva, llega Eloísa a una familia más sosegada y en paz, y no porque antes no lo fuéramos, sino porque siento que todos estos cambios y estas reconexiones nos han liberado de un montón de cargas emocionales que cargamos a veces sin darnos cuenta. Siempre creí que era una mujer tranquila. Ahora pienso que estos últimos dos años me han dado muchísima más paz conmigo misma y con la vida que tengo (de la que estoy agradecidísima) y que todo eso, sumado a unos buenos hábitos alimenticios y de sueño, han marcado la pauta para la armonía que Eloísa necesitaba para arribar.

Irene, como hermanita mayor, no cabe en la ropa. Y creo que el recibir a esta chiquita a sus ocho años y medio supondrá también un nuevo universo en su vida cotidiana y emocional.

Seguiré dando reporte, aunque no sea con la misma frecuencia de Irene. Y prontamente, creo, rebautizaré esta casita en toda regla porque ya no es solo de nuestra luz y vida, Irene, sino también de este nuevo sol, esta nueva vida que es Eloísa.

Saludos y mucha felicidad. 😉

21 noviembre 2017 at 11:58 1 comentario

¿Por qué es importante intentar comer “Real Food” y comida tradicional?

Uno de los proyectos que me planteé y fijé para nuestra familia este año es continuar mejorando la alimentación de mi familia, bajo el precepto de comida orgánica, sana y natural. Lo que no sabía entonces -al menos con tanto detalle- es que la recomendación de no comer comida procesada está basada en datos alarmantes sobre lo que comemos y su relación con la salud. No voy a extenderme en detalles al respecto, pero sí recomiendo un texto titulado “Secretos de los alimentos” que me ha dejado de hielo. Aquí, en su lugar, hablaré de la importancia que creo que tiene la “comida real” y el volver a las recetas tradicionales, sobre la base de lo allí expuesto y algunos datos más. Creo que con ello, a parte de compartir información que considero relevante, podré recopilar un poco más ordenadamente lo que he ido encontrando al respecto. Así que comienzo.

Imagen tomada de Healing Our Children, extraída a su vez del libro Nutrición y degeneración física de W. A. Price.

El primer apunte es de agradecimiento y se lo debo en buena parte a Mónica Salazar, de Familia Libre, y a Elisa Berry, del Hogar sencillo: ambas han hecho recopilaciones invaluables sobre el tema, que han abierto buena parte del debate en español. Gracias a ellas, por ejemplo, conocí el texto de Weston A. Price titulado Nutrición y degeneración física (Nutrition and Physical Degeneration), así como Nourishing Traditions, de Sally Fallon, un libro de recetas maravilloso que parte de las investigaciones realizadas por Price. Lamentablemente los libros sólo se encuentra en inglés (por ahora), pero muchas de las cuestiones que plantean ya están también -y nunca mejor dicho- sobre nuestra mesa.

¿Qué dicen Price y Fallon sobre nutrición?

El entretítulo es más ambicioso que real porque resulta muy difícil simplificar la totalidad de sus planteamientos (sobre todo con el volumen de información adjunta en cada uno de los libros) en pocas palabras. Pero aún así asumo el riesgo:  ambos autores coinciden en afirmar que la modernización de los alimentos (que ha ido de la mano del procesamiento de los mismos en fábricas y de un abandono acelerado de la comida tradicional -esa que se planeaba con anticipación, que se proveía de alimentos extraídos muchas veces de la misma casa -su huerta, su granja- y que incluía una serie de procesamiento de las comidas sin aditivos químicos, totalmente hecha en el hogar) afecta sustancialmente la salud de nuestros cuerpos. Entre otros, la eliminación de grasas saturadas, la supresión de proteínas animales, el reemplazo de compuestos naturales por saborizantes artificiales, la pausterización de la leche, los jugos y un largo etcétera, así como procedimientos usados en la fabricación de alimentos procesados (además de sus ingredientes) han degradado nuestro bienestar, pues suponen un desequilibrio de orden natural que afecta la manera como funciona nuestro organismo. Dice la Fundación Weston A. Price (llena de recursos interesantísimos):

“Cuando el Dr. Price analizó los alimentos usados por estos grupos aislados -viajó alrededor del mundo para estudiar grupos étnicos que no habían estado expuestos a la alimentación moderna- encontró que, en comparación con la dieta americana de su época, estos contenían al menos cuatro veces más vitaminas hidrosolubles, calcio y otros minerales; y, al menos, DIEZ veces más vitaminas liposolubles de origen animal, las que se encuentran en productos como mantequilla, huevos, mariscos, carne de órganos y grasa animal – hoy en día, estos mismos alimentos son considerados por el público norteamericano como alimentos ricos en colesterol y peligrosos para la salud. Estas personas tradicionales que gozaban de buena salud sabían instintivamente lo que los científicos contemporáneos del Dr. Price acababan de descubrir – que estas vitaminas liposolubles, vitaminas A y D, eran vitales para la salud, pues actúan como catalizadoras en la absorción de minerales y la utilización de proteínas por el cuerpo. Sin estas vitaminas nuestro cuerpo no puede absorber minerales, independientemente de que estos se encuentren en cantidades abundantes en los alimentos que ingerimos. También descubrió un nutriente liposoluble al que llamó el Activador X, presente en pescados, mariscos, órganos y mantequilla de vacas que se alimentaron de pastos que crecieron activamente durante la primavera y el otoño. Todos los grupos primitivos incluían en sus dietas algún alimento que contenía este Activador X.”

El resultado -y ésta es quizás la parte más sorprendente del libro de Price- es una transformación física que evidencia el deterioro generado por el cambio de alimentación. Como odontólogo, Price concentró buena parte de sus estudios en la salud dental (de hecho tiene un libro, Cure Tooth Decay, interesantísimo sobre cómo prevenir y ¡curar! la caries a partir de una adecuada alimentación), encontrando que aquellas comunidades expuestas a la industria alimentaria sufrían muchísimo más de caries y de deformaciones en su arco dental. Ejemplos contrastantes como los de estas fotos -extraídas también de su libro- acompañan sus palabras: a la izquierda se ven personas sanas, con alimentación fundamentada en una dieta casera, tradicional; a la derecha, personas que ingieren alimentos de la industria alimentaria (¡y el libro es de 1939! Aghh).

Por oposición, aquellas comunidades que comían alimentos naturales, no pausterizados, libres de pesticidas y aditamentos, procesados de manera tradicional en los propios hogares y sin limitaciones “light”, “fat free” y demás, eran muchísimo más saludables y contaban con dentaduras sanas, sin caries ni apiñamiento de dientes. En resumen: modelos para la ortodoncia actual.

Fallon, por su parte, se puso en la tarea de recopilar, a partir de las investigaciones de Price, más de 700 recetas de comidas tradicionales, resaltando los beneficios de sus ingredientes, además de rescatar muchas de las costumbres culinarias que empezaban a perderse por lo que hoy bien podría equivalerse a menús pre-hechos (de esos que sólo necesitan de 15 minutos en el microondas para estar listos). Hay, por cierto, un blog muy divertido, The Nourishing Cook, (al estilo Julie & Julia -de quien también dejo el blog original) que intenta hacer cada una de las recetas del libro de Fallon (una buena manera de empezar). Lo dejo como recomendado.

En cualquier caso, para mayores detalles los remito, además de los textos (en los links de arriba pueden ojearlos), a las revisiones de ambos libros hechos por Mónica Salazar aquí y acá. Con respecto a las recomendaciones básicas, también me remito a alguien más, pues Elisa Berry en su blog hace una valiosa recopilación de sus planteamientos básicos. Los links que adjunta van, asimismo, en consonancia con los planteamientos de Price y Fallon.

¿No es real lo que estamos comiendo?

Quizás una de las cosas más aterradoras del texto “Secretos de los alimentos” es que cuando comemos alimentos procesados por la industria alimentaria casi nunca estamos comiendo lo que creemos. Un ejemplo: los cubos de caldos de carne no tienen carne sino un compuesto de químicos que parece carne. Dejamos a un lado los nutritivos caldos caseros hechos con huesos por un combinado de “glutamato monosódico (MSG),  agua, espesantes, emulsionantes y algún colorante de caramelo”. Y podríamos seguir igual con una lista infinita de compuestos (que incluyen la leche en polvo y los preparados infantiles de leches, compotas, potitos y snacks).

Según Fallon y Price la eliminación de grasas saturadas en nuestras dietas (mantequilla, huevos de campo, mariscos, vísceras, entre otros) y su reemplazo por aceites vegetales (hidrogeneizados, aclarados, etc, etc, etc), margarinas y huevos de galpones y cuido para gallinas nos han cambiado hasta las caras, introduciendo modelos de belleza que ya no apuntan a caras redondeadas sino a facciones afiladas.

El tema, como verán, da para mucho más. Lo concluyo con un par de recomendaciones básicas: evitar la comida procesada y volver a lo natural y tradicional. Bienvenidas entonces las mantequillas, el aceite de oliva, la leche entera (los lácteos descremados y desnatados, entre otras cosas, engordan más) y ojalá cruda, los alimentos fermentados, los panes de masa agria (pendiente, pero ya tengo receta para probar), los caldos caseros de hueso para sazonar las comidas, las carnes y los huevos de animales pastoreados (entre otras cosas, tampoco recomiendan la vida vegetariana y vegana), los azúcares naturales (de caña, miel o stevia), los granos germinados (no la soya o soja), entre otros. Y dejo un listado de recursos que les pueden interesar (aparte de los ya incluidos):

A mí, cuando menos, me parece que vale la pena. Por eso es un proyecto que considero permanente y vital. ¡A cocinar!

PD: esta semana ha estado muy prolífica en esta casita. :S

9 febrero 2012 at 07:30 7 comentarios

Pautas para mejorar el apetito de los niños

Desde hace un par de semanas no paro de pensar qué ha cambiado en nuestra vida para que Irene, casi de la noche a la mañana, empiece a comer mejor: en cantidad, en autonomía y en tranquilidad. Las respuestas se resumen en pequeños cambios en nuestras rutinas  que, viéndolo bien, no se alejan mucho de las recomendaciones de Carlos González en su libro Mi niño no me come. Comparto nuestra experiencia aquí, no con pretensión erudita (para la que no tengo competencia ni intención), sino con amor. Espero que estas pautas le sirvan a alguien… y si no, pues que les dé la certeza de que los chiquitos SÍ comen (y que administran mejor que nadie su pancita y su digestión).

Imagen tomada de Nutrición.pro.

Y comienzo diciendo que siempre he pensado -y confiado en- que Irene come bien. No montañas de comida ni las mismas cantidades todos los días, pero sí lo que su cuerpo necesita: es una chiquita saludable que se mueve y crece a un ritmo apropiado (y arrebatador). El problema es que su padre-mi amorcito no siempre piensa lo mismo: a veces dice que no come verduras (sí lo hace, no en ensalada, en sopas), que no come frutas (sí, pero entre comidas), que no toma agua (poca, pero prefiero que los líquidos que tome sean nutritivos), que hay días en que no termina lo que se le sirve (casi siempre por malestar, calor, paseo o aburrición). Y aunque casi siempre es muy comprensivo, veo en su cara gestos de preocupación.

Consecuencias: leí(mos) el libro de Carlos González, visitamos al pediatra para que nos diera su opinión, hablamos con otras madres y nos propusimos bajarle a la sobreprotección: Irene reclamaba su espacio y autonomía, se los dimos…. ¡y esa última fue la primera solución!

En resumen, las pautas:

  1. Darle a nuestra pequeña un asiento particular (tan espacioso como el nuestro) en la mesa. Nada de tronas aisladas ni de rinconcitos al lado de papá y mamá. La primera nunca la tuvimos, porque desde que Irene se sentó con nosotros en la mesa la pusimos en la silla de la trona sin el comedorcito extra que trae para los niños (la altura, por fortuna, coincidió). Su plato se pone en la misma mesa que los nuestros, pero ahora no “entre” nosotros sino “enfrente” nuestro (a una distancia que refuerza la idea de “eres más independiente y autónoma, te haces mayor”).
  2. Ponerle un plato más grande (nuevo y colorido) y dejarla usar solita cuchara y tenedor.
  3. Comer todos al mismo tiempo y al mismo ritmo. Evitamos pasar al segundo plato (usualmente con carne y arroz -entre otros-) antes que ella, de modo que Irene tiene menos distracciones mientras come y se concentra en el primer plato lo suficiente para comerlo -si dice que no lo quiere, pasamos al segundo sin dolor.
  4. Hablar con ella mientras comemos: sobre lo rica que está la comida, sobre lo bien que come, sobre sus avances con los cubiertos… Creo que con ello se siente estimulada y parte del cuento. (Y come feliz y parejo.) 😉
  5. No darle nosotros la comida: sólo si ella lo pide, intervenimos. Y le alcahueteamos comer de nuestros platos, aunque tengan lo mismo que el suyo. Casi siempre termina comiendo de todos (confirmando que comemos lo mismo, pero comiendo con más satisfacción).
  6. Pasar definitivamente de angustias por regueros. Si ella pide babero se lo ponemos, si no, no. Dejamos que se ensucie sin aspavientos. Lo bueno es que con la práctica cada vez riega menos y maneja mejor sus cubiertos.

Y  ya. Sospecho que todo gira en torno a “dejarla estar”. Pienso que para ella es claro que comer es un hecho cotidiano y familiar, al tiempo que siento que ahora que tiene más libertad de movimientos y de espacio, está más tranquila y come más. No es igual todos los días y sigue habiendo instantes en los que no le apatece comer, sin más, pero usualmente esa “falta” la compensa a lo largo del día, con comida o con lechita de mamá. Ah, y no comemos casi ninguna golosina: sólo algunos helados (que adora), dulces caseros y frutas (entre comidas). En total, unas 5 comidas diarias.

No sé si estas pautas funcionen con todos los niños, pero creo que esto de comer mejor ahora es un comportamiento asociado con la edad (22 meses: sólo le faltan cuatro muelas, para empezar, y su motricidad fina mejora con los días… por no decir que habla como una loquita y le entendemos qué, cómo y cuándo quiere algo). ¿Algún consejo extra?

[Cierro diciendo que nuestra tranquilidad se traduce, sin duda, en su tranquilidad y que ahora papá se preocupa menos y disfruta más. ;)]

16 junio 2011 at 21:29 3 comentarios

Destete: ¿espontáneo o inducido?

Suena a vaca -definitivamente nuestra condición de mamíferos termina estando más asociada a la leche de vaca que a la leche materna, ¡qué horror!-, pero justamente no es esa leche la que está en cuestión. Más bien es mi tita o, mejor, la tita de Irene. Casi sin darme cuenta, terminé dejándome taladrar el cerebro con la idea de que quizás iba siendo tiempo de que Irene tomara menos pecho… y por poco echo al traste ese universo maravilloso de complicidad, tranquilidad, comodidad y felicidad que nos ha dado la lechita de mamá.

Foto tomada de Las confesiones de Sofía.

Fueron un par de días de dudas, y de “control” y reducción medio forzada de lactancia -con niña mimosa, llorosa y descuadrada-, pero pasaron rápidamente cuando en mi cerebro y en mi corazón se encendieron los instintos de mamá. Volvimos al “Irene tomará leche materna hasta cuando ella quiera” y desde entonces otra vez nuestra casa y nuestra vida fluyen felices y en paz.

Así que no recomiendo ni cortes abruptos ni dudas. Cada niño es un mundo, pero Irene me demostró en esos dos días -que ocurrieron hace un par de semanas- que incluso al guerrero más decidido le pueden hacer mella los comentarios entrelíneas y su inseguridad (grrrr). Pero por fortuna a ese soldado le sobraban ojitos amorosos y precisos que lo miraran y lo reconectaran. 😉 Los “quizás no come otras cosas porque está tomando mucha leche materna” o “esta niña está muy grande para andar tomando tanto pecho” o “tú y ella necesitan desligarse un poco” o “es que a la que le da más duro dejarlo es a ti”, etcétera, etcétera, etcétera, pasaron cuentas.

Cómo ocurrió

Resumo al máximo: mamá entró en dudas, intentó hablar con la pequeña (oraciones del tipo “ya estás muy grande, mi corazón. ¿No quieres mejor un banano [o un jugo, o leche -de vaca o de cabra- o whatever]? o “ya tomaste ahorita, mamá va a descansar” o “corazón, ya eres una niña grande, tita es sólo para dormir”) y lo único que consiguió fue desatar comportamientos totalmente extraños en su hija, plagados de llantos (que decían “¿por qué haces esto, mamá?”, con un “no entiendo” clarísimo -y justificadísimo- entre líneas y gestos), tristezas e ires y venires a la teta.

Lo que antes eran unas 4 o 5 tomas diarias (al levantarse, para hacer la siesta, después de comer y para dormir en la noche) se conviertieron en 10 o más discutidas, cortas, sufridas. Una calamidad. Terminamos con un ya no me dés en la noche que me duermo sola (no dicho pero hecho efectivo, con corazón arrugado por parte y parte) que logró ponerme en sintonía con las dos. Pensé, mientras lo oía dormirse, sentada a su lado, que todo ese comportamiento extraño era por la tita. O mejor, por la alteración totalmente absurda de nuestro orden. La tomé en brazos, la abracé, la pegué a mi pecho y la dejé comer en paz (que era lo único que quería). Y le pedí perdón, le expliqué qué había pasado y la besé. Fin de llantos y de comportamientos extraños (por ambos lados).

Mi conclusión

Creo que cada chiquito y cada familia tienen sus ritmos. Irene no come menos porque tome leche de mamá. Es cierto que algunas veces, si mamá no le ofrece algo para comer -a pesar de conocer sus horarios habituales de comida- o si estamos fuera de casita, la pequeña pide tita. Puedo saber por la hora si lo que tiene es hambre o sueño a secas. O si lo que quiere, realmente, es la tita de mamá. Pregunto y ofrezco (primero comida diferente. Si la respuesta es negativa, su querida tita) y según las circunstancias, procedo. No considero que esté apegada a su tita en particular. Le gusta, claro, pero si mamá no está come otra cosa (en caso de hambre) y ya. Sí le hace falta para dormir, definitivamente, pero yo no tengo problema en que se la tome. Llegará el día en que se duerma solita por físico cansancio y ya. Y eso que puede dormirse sola (no es que se quede dormida pegada a mí), pero le hace falta su traguito de buenas noches y la compañía de mamá.

Así que como estoy disponible para ella todo el tiempo y como siento que la tita no entorpece en lo absoluto su desarrollo (por el contrario, siento que lo fortalece: los dos días extraños justamente se caracterizaron por una niña fuera de sí, insegura y dependiente de mamá -lo que NUNCA con tita se da-), dejaré que sea ella quien decida espontáneamente -y sin trastornos- cuándo dejarla. Para quienes estén en otras situaciones (o en la misma y sin respuesta) dejo algunos links de Armando, de Bebés y más, sobre el tema, y otro sobre relactancia -porque siempre se puede volver al pecho… al menos algunos días después de dejar de mamar-.

Ah, y confieso que al empezar nuestra vida con la leche materna no sabía que iba más allá de los seis meses (a pesar de las charlas, los documentos, etcétera). En mi cabeza, absurdamente, creía que cuando empezaba la alimentación complementaria los niños dejaban el pecho sin más. Creo que la confusión se debía a que muchas veces se relaciona destete con introducción de otros alimentos. Por fortuna, entendí que comer otras cositas no implicaba -a secas- dejar de tomar lechita de mamá. 😉

[Y termino confesando menos tiempo en estos días para escribir en este hogar. Nuestra chiquita cada día está más activa. Y mamá no quiere perderse tanta vida revoloteando fuera y dentro de ella.]

Links relacionados:
El destete (I): aclarando el concepto
El destete (II): cuando es el hijo quien decide
El destete (III): cuando es la madre quien decide
El destete (IV): cómo hacerlo
Relactancia, volver a amamantar tras el destete

26 mayo 2011 at 09:20 9 comentarios

Leche de almendras y galletitas caseras de banano

Esta semana estaremos un poco desconectados, disfrutando de un pequeño break del trabajo de papá. Aprovecharemos el tiempo, no obstante, para compartir en esta casita un par de actividades maravillosas. La primera son un par de recetas deliciosas, nutritivas y facílísimas de preparar. Llegaron a nuestra lista de “queremos hacerlo” gracias a las recomendaciones de Adri y Nahuátl. No necesitan grandes ingredientes ni más de 8 minutos de preparación cada una. Ah, y ya las probamos con la peque y el resultado fue un rotundo “más”. 😉

Leche de almendras. Es absolutamente deliciosa. Hace ya más de un año -a propósito de un smoothie de frutos rojos que había hecho con un éxito rotundo Fran- me había dado la receta Adri en nuestra  red (que me hace tanta falta) de Mamás Bloggeras. No la probé entonces, pero hace una semana, después de leer la fórmula publicada por Nahuátl, me eché al agua para prepararla. Creo que además de la leche misma, me daban muchísimas ganas de preparar galletas con la harina de almendras que queda después de hacer la leche… (y adelanto que esa idea -que es la segunda de esta entrada- también ya la puse en práctica y que el resultado nos hizo chuparnos los dedos a todos en el hogar.) Aquí van los ingredientes:

  • Una taza de almendras -puede mezclarse con coco o con otros frutos secos. Nosotros lo hicimos sólo con almendras -con cáscara y sin sal-.
  • 4 tazas de agua (Nahuátl hablaba de cinco, pero cuando intenté ponerlo todo junto en mi licuadora me di cuenta de que no me cabía, así que reduje la cantidad de agua con un resultado igualmente delicioso. Si prefieren seguir la receta de Nahuátl pueden disminuir la cantidad de almendras).
  • Un poco de miel (opcional).

Se sugiere, para quienes quieran, agregar vainilla, pero confieso que no sé por qué no he descubierto mi pasión por ella así que yo pasé de agregarla. Ahora, en cuanto a la preparación…

  • Se ponen en remojo las almendras (parece que el tiempo es el que cada uno quiera, puede ser entre quince minutos o un día; yo lo hice por una hora y media más o menos. Si quieren eliminar las cáscaras de la receta, déjenlo por más tiempo. Y si tienen muchas ganas de probarla la leche, háganlo saltándose este paso. 😉 La recomendación de remojarlas, al parecer, se hace para que la leche sea más digestiva -eso dice Rachel, en su blog Clean, la fuente inspiradora en este tema de Nahuátl-). Ah, el agua en la que se remojan, se descarta para la preparación de la receta -puede servir para regar alguna planta. 😉
  • En el vaso de la licuadora, se ponen las almendras con el agua y la miel (nosotros usamos una natural. Creo que también pueden endulzar con panela, azúcar de caña o, si prefieren, edulzantes naturales como la stevia). Se licúa por un par de minutos (les recomiendo que lo hagan en dos tandas de tiempo para evitar recalentar su electrodoméstico), se pasa luego la leche por un cedazo y ya está.

Nosotros la envasamos en un recipiente de vidrio que luego almacenamos en la derecha… y en menos de dos días dimos cuenta de su contenido. Irene al principio hizo cara de ¡qué es esto!, aparentemente no muy convencida de su contenido, pero en cuanto nos vio tomarlo a nosotros pidió su porción y se la tomó con gusto. La usamos, además, como base para algunos batidos y jugos, con un resultado maravilloso. Ah, y no boten por nada del mundo el ripio de las almendras que quede en su cedazo… es uno de los ingredientes de las galletas caseras con banano y sin harina de trigo que paso a reseñar. Para almacenarlo, sólo deben guardarlo en el refrigerador.

Galletas caseras de banano con harina de almendras. Otro gran descubrimiento (de Adri, con una pequeña variación nuestra). No requiere grandes conocimientos ni procesadores de cocina: sólo un recipiente para mezclar los ingredientes y un pequeño horno (nosotros usamos -con mucho éxito- uno pequeño que sirve para calentar alimentos y tostar el pan).

Los ingredientes:

  • Un banano.
  • Dos cucharadas de avena en hojuelas (la receta original de Adri tenía seis, pero como nosotros queríamos usar la harina de las almendras, la redujimos a dos).
  • Cuatro cucharadas de harina de almendras (sí, la que quedó en el cedazo de la leche que acabamos de preparar).
  • Una cucharada de miel derretida
  • Dos cucharadas de mantequilla derretida (nosotros usamos Ghee y creo que por ser más concentrado se puede disminuir un poco más la cantidad).

La preparación:

  • Con un tenedor se estripa el banano.
  • Se le agregan la avena y la harina de almendras.
  • Se derriten por separado la mantequilla y la miel en una cacerola -a fuego lento, sin que se quemen- y se le adicionan también a la mezcla.
  • Se revuelve todo con una cuchara.
  • Se cubre el molde que se vaya a usar para el horno con papel parafinado.
  • Se van poniendo sobre el papel varias cucharadas de la mezcla (no tienen que luchar con “armar” las galletas, con que le pasen la cuchara un poco por encima al poco que viertan sobre el papel basta para que quede con una forma apropiada para la cocción).
  • Se llevan al horno (precalentado) por 10-12 minutos (nosotros lo pusimos a 220 grados centígrados, pero creo que 175 grados centígrados sería mejor) y ya. Se dejan enfriar y se comen (casi seguro de una sentada. Jajjaja).

Lo mejor de esta receta (a parte de su sabor y de lo fácil que es hacerla) es que no se hacen grandes cantidades de galletas (a nosotros, por ejemplo, nos salieron sólo 9), con lo que la porción es más que suficiente para una familia de 3 o 4 personas. Si quieren prepararlas para una fiesta o una reunión familiar, les sugiero duplicar los ingredientes y ya.

Personalmente, lo que más me sorprendió de todo este ejercicio culinario fue que las galletas no demandaran ninguna preparación especial y, mucho más, que no necesitarán de harina de trigo. Esto, a mis ojos, resultó interesantísimo porque justamente el trigo es uno de los productos que más se cuestiona por sus cultivos (usualmente hechos en grandes extensiones norteamericanas con semillas genéticamente modificadas. Es decir, de orgánico, poco). Además, si se tiene en cuenta que es tóxico para los celíacos (por ello recomiendan no darle trigo al bebé antes de los seis meses), su interés se intensifica.

Así que… ensayen las dos recetas. Les aseguro que tanto la leche como las galletas le encantarán. 😉

PD: Perdón por la calidad de las fotos… las galletas las hicimos casi en la noche, con casi nada de luz natural.

18 abril 2011 at 04:47 11 comentarios

Menos cosas, más felicidad: la huerta orgánica un mes después

Estas fotos son de hace una semana, pero valen como muestra de los progresos de la huerta orgánica un mes después de la siembra.

Aparte de las recomendaciones mencionadas entonces, podemos agregar que los cuidados no son tan complejos como se piensa… al menos con una huerta familiar -es decir, pequeña- como la nuestra: riegos de agua períodicos (que en nuestro caso se dan casi todos naturalmente, por el nivel de lluvias del lugar-), control de plagas (que se dan, en buena parte, de manera natural: retirando las malezas con las manos, aprovechando fenómenos espontáneos como la alelopatía -que recomienda sembrar algunas plantas al lado de otras para que puedan protegerse mutuamente-) y riegos semanales con preparados orgánicos (que se indican en el capítulo 5 de este documento -que ya antes habíamos compartido). Ah, y un repaso con abono orgánico (que puede obtenerse de la composta) unos 15 días después de la siembra, acompañado de un ejercicio simple que ayude a que no se compacte la tierra: desmenuzar los gránulos que se encuentren en la superficie sin dañar los germinados que haya en el lugar. También es bueno aporcar (con la misma tierra) algunas partes de las camas -dependiendo de las hortalizas sembradas: las lechugas, en nuestro caso-: ayuda a que las hojas estén más tiernas.

Preparando el próximo terreno -en familia- ;).

Y ya. El progreso varía de acuerdo con las hortalizas sembradas: las acelgas, el cilantro, la yerbabuena y la menta ya dieron algunas hojas para el consumo, y las lechugas comienzan a tomar forma mientras los tubérculos se toman su tiempo para “cuajar”. ¿Los que me parecen más lentos? Hasta aquí las zanahorias, pero hay que abonarles que no sembramos plántulas sino semillas que apenas comienzan a germinar.

La experiencia ha sido linda… entre otras cosas porque tenemos una aprendiz de agricultura muy inquieta.

😉 Y unos papás orgullosos y entusiastas.

Así que, en resumen, estamos felices con nuestra huerta (a pesar incluso de unos pequeños hoyos de granizo que aparecieron en las hojas de las acelgas). Ya les contaremos cómo sigue… y cuándo volvemos a recolectar.

PD: Gracias a todos por sus consejos “dientológicos” que llegaron como respuesta a nuestro S.O.S. anterior ;). Hemos tenido mejores resultados últimamente, con  el método más simple de todos: dejando que la chiquita experimente con nosotros. Ahora, además de lavar sus dientes, nos los lava -al mismo tiempo- a uno de los dos. Reconozco que hay momentos en que intenta cepillarme hasta las amígdalas, pero ya estamos entrenados en mantener ánimo y sonrisas. Resultado: dientes más limpios, cero protestas y muchas sonrisas. 😉

PD2: No comentaré otros blogs esta semana porque andamos de viaje y con internet reducido. En cuanto volvamos a casa actualizamos noticias (y visitas). Besitos y abrazos para todos desde acá.

4 abril 2011 at 03:26 8 comentarios

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