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¿Por qué es importante intentar comer “Real Food” y comida tradicional?

Uno de los proyectos que me planteé y fijé para nuestra familia este año es continuar mejorando la alimentación de mi familia, bajo el precepto de comida orgánica, sana y natural. Lo que no sabía entonces -al menos con tanto detalle- es que la recomendación de no comer comida procesada está basada en datos alarmantes sobre lo que comemos y su relación con la salud. No voy a extenderme en detalles al respecto, pero sí recomiendo un texto titulado “Secretos de los alimentos” que me ha dejado de hielo. Aquí, en su lugar, hablaré de la importancia que creo que tiene la “comida real” y el volver a las recetas tradicionales, sobre la base de lo allí expuesto y algunos datos más. Creo que con ello, a parte de compartir información que considero relevante, podré recopilar un poco más ordenadamente lo que he ido encontrando al respecto. Así que comienzo.

Imagen tomada de Healing Our Children, extraída a su vez del libro Nutrición y degeneración física de W. A. Price.

El primer apunte es de agradecimiento y se lo debo en buena parte a Mónica Salazar, de Familia Libre, y a Elisa Berry, del Hogar sencillo: ambas han hecho recopilaciones invaluables sobre el tema, que han abierto buena parte del debate en español. Gracias a ellas, por ejemplo, conocí el texto de Weston A. Price titulado Nutrición y degeneración física (Nutrition and Physical Degeneration), así como Nourishing Traditions, de Sally Fallon, un libro de recetas maravilloso que parte de las investigaciones realizadas por Price. Lamentablemente los libros sólo se encuentra en inglés (por ahora), pero muchas de las cuestiones que plantean ya están también -y nunca mejor dicho- sobre nuestra mesa.

¿Qué dicen Price y Fallon sobre nutrición?

El entretítulo es más ambicioso que real porque resulta muy difícil simplificar la totalidad de sus planteamientos (sobre todo con el volumen de información adjunta en cada uno de los libros) en pocas palabras. Pero aún así asumo el riesgo:  ambos autores coinciden en afirmar que la modernización de los alimentos (que ha ido de la mano del procesamiento de los mismos en fábricas y de un abandono acelerado de la comida tradicional -esa que se planeaba con anticipación, que se proveía de alimentos extraídos muchas veces de la misma casa -su huerta, su granja- y que incluía una serie de procesamiento de las comidas sin aditivos químicos, totalmente hecha en el hogar) afecta sustancialmente la salud de nuestros cuerpos. Entre otros, la eliminación de grasas saturadas, la supresión de proteínas animales, el reemplazo de compuestos naturales por saborizantes artificiales, la pausterización de la leche, los jugos y un largo etcétera, así como procedimientos usados en la fabricación de alimentos procesados (además de sus ingredientes) han degradado nuestro bienestar, pues suponen un desequilibrio de orden natural que afecta la manera como funciona nuestro organismo. Dice la Fundación Weston A. Price (llena de recursos interesantísimos):

“Cuando el Dr. Price analizó los alimentos usados por estos grupos aislados -viajó alrededor del mundo para estudiar grupos étnicos que no habían estado expuestos a la alimentación moderna- encontró que, en comparación con la dieta americana de su época, estos contenían al menos cuatro veces más vitaminas hidrosolubles, calcio y otros minerales; y, al menos, DIEZ veces más vitaminas liposolubles de origen animal, las que se encuentran en productos como mantequilla, huevos, mariscos, carne de órganos y grasa animal – hoy en día, estos mismos alimentos son considerados por el público norteamericano como alimentos ricos en colesterol y peligrosos para la salud. Estas personas tradicionales que gozaban de buena salud sabían instintivamente lo que los científicos contemporáneos del Dr. Price acababan de descubrir – que estas vitaminas liposolubles, vitaminas A y D, eran vitales para la salud, pues actúan como catalizadoras en la absorción de minerales y la utilización de proteínas por el cuerpo. Sin estas vitaminas nuestro cuerpo no puede absorber minerales, independientemente de que estos se encuentren en cantidades abundantes en los alimentos que ingerimos. También descubrió un nutriente liposoluble al que llamó el Activador X, presente en pescados, mariscos, órganos y mantequilla de vacas que se alimentaron de pastos que crecieron activamente durante la primavera y el otoño. Todos los grupos primitivos incluían en sus dietas algún alimento que contenía este Activador X.”

El resultado -y ésta es quizás la parte más sorprendente del libro de Price- es una transformación física que evidencia el deterioro generado por el cambio de alimentación. Como odontólogo, Price concentró buena parte de sus estudios en la salud dental (de hecho tiene un libro, Cure Tooth Decay, interesantísimo sobre cómo prevenir y ¡curar! la caries a partir de una adecuada alimentación), encontrando que aquellas comunidades expuestas a la industria alimentaria sufrían muchísimo más de caries y de deformaciones en su arco dental. Ejemplos contrastantes como los de estas fotos -extraídas también de su libro- acompañan sus palabras: a la izquierda se ven personas sanas, con alimentación fundamentada en una dieta casera, tradicional; a la derecha, personas que ingieren alimentos de la industria alimentaria (¡y el libro es de 1939! Aghh).

Por oposición, aquellas comunidades que comían alimentos naturales, no pausterizados, libres de pesticidas y aditamentos, procesados de manera tradicional en los propios hogares y sin limitaciones “light”, “fat free” y demás, eran muchísimo más saludables y contaban con dentaduras sanas, sin caries ni apiñamiento de dientes. En resumen: modelos para la ortodoncia actual.

Fallon, por su parte, se puso en la tarea de recopilar, a partir de las investigaciones de Price, más de 700 recetas de comidas tradicionales, resaltando los beneficios de sus ingredientes, además de rescatar muchas de las costumbres culinarias que empezaban a perderse por lo que hoy bien podría equivalerse a menús pre-hechos (de esos que sólo necesitan de 15 minutos en el microondas para estar listos). Hay, por cierto, un blog muy divertido, The Nourishing Cook, (al estilo Julie & Julia -de quien también dejo el blog original) que intenta hacer cada una de las recetas del libro de Fallon (una buena manera de empezar). Lo dejo como recomendado.

En cualquier caso, para mayores detalles los remito, además de los textos (en los links de arriba pueden ojearlos), a las revisiones de ambos libros hechos por Mónica Salazar aquí y acá. Con respecto a las recomendaciones básicas, también me remito a alguien más, pues Elisa Berry en su blog hace una valiosa recopilación de sus planteamientos básicos. Los links que adjunta van, asimismo, en consonancia con los planteamientos de Price y Fallon.

¿No es real lo que estamos comiendo?

Quizás una de las cosas más aterradoras del texto “Secretos de los alimentos” es que cuando comemos alimentos procesados por la industria alimentaria casi nunca estamos comiendo lo que creemos. Un ejemplo: los cubos de caldos de carne no tienen carne sino un compuesto de químicos que parece carne. Dejamos a un lado los nutritivos caldos caseros hechos con huesos por un combinado de “glutamato monosódico (MSG),  agua, espesantes, emulsionantes y algún colorante de caramelo”. Y podríamos seguir igual con una lista infinita de compuestos (que incluyen la leche en polvo y los preparados infantiles de leches, compotas, potitos y snacks).

Según Fallon y Price la eliminación de grasas saturadas en nuestras dietas (mantequilla, huevos de campo, mariscos, vísceras, entre otros) y su reemplazo por aceites vegetales (hidrogeneizados, aclarados, etc, etc, etc), margarinas y huevos de galpones y cuido para gallinas nos han cambiado hasta las caras, introduciendo modelos de belleza que ya no apuntan a caras redondeadas sino a facciones afiladas.

El tema, como verán, da para mucho más. Lo concluyo con un par de recomendaciones básicas: evitar la comida procesada y volver a lo natural y tradicional. Bienvenidas entonces las mantequillas, el aceite de oliva, la leche entera (los lácteos descremados y desnatados, entre otras cosas, engordan más) y ojalá cruda, los alimentos fermentados, los panes de masa agria (pendiente, pero ya tengo receta para probar), los caldos caseros de hueso para sazonar las comidas, las carnes y los huevos de animales pastoreados (entre otras cosas, tampoco recomiendan la vida vegetariana y vegana), los azúcares naturales (de caña, miel o stevia), los granos germinados (no la soya o soja), entre otros. Y dejo un listado de recursos que les pueden interesar (aparte de los ya incluidos):

A mí, cuando menos, me parece que vale la pena. Por eso es un proyecto que considero permanente y vital. ¡A cocinar!

PD: esta semana ha estado muy prolífica en esta casita. :S

9 febrero 2012 at 07:30 7 comentarios

Pautas para mejorar el apetito de los niños

Desde hace un par de semanas no paro de pensar qué ha cambiado en nuestra vida para que Irene, casi de la noche a la mañana, empiece a comer mejor: en cantidad, en autonomía y en tranquilidad. Las respuestas se resumen en pequeños cambios en nuestras rutinas  que, viéndolo bien, no se alejan mucho de las recomendaciones de Carlos González en su libro Mi niño no me come. Comparto nuestra experiencia aquí, no con pretensión erudita (para la que no tengo competencia ni intención), sino con amor. Espero que estas pautas le sirvan a alguien… y si no, pues que les dé la certeza de que los chiquitos SÍ comen (y que administran mejor que nadie su pancita y su digestión).

Imagen tomada de Nutrición.pro.

Y comienzo diciendo que siempre he pensado -y confiado en- que Irene come bien. No montañas de comida ni las mismas cantidades todos los días, pero sí lo que su cuerpo necesita: es una chiquita saludable que se mueve y crece a un ritmo apropiado (y arrebatador). El problema es que su padre-mi amorcito no siempre piensa lo mismo: a veces dice que no come verduras (sí lo hace, no en ensalada, en sopas), que no come frutas (sí, pero entre comidas), que no toma agua (poca, pero prefiero que los líquidos que tome sean nutritivos), que hay días en que no termina lo que se le sirve (casi siempre por malestar, calor, paseo o aburrición). Y aunque casi siempre es muy comprensivo, veo en su cara gestos de preocupación.

Consecuencias: leí(mos) el libro de Carlos González, visitamos al pediatra para que nos diera su opinión, hablamos con otras madres y nos propusimos bajarle a la sobreprotección: Irene reclamaba su espacio y autonomía, se los dimos…. ¡y esa última fue la primera solución!

En resumen, las pautas:

  1. Darle a nuestra pequeña un asiento particular (tan espacioso como el nuestro) en la mesa. Nada de tronas aisladas ni de rinconcitos al lado de papá y mamá. La primera nunca la tuvimos, porque desde que Irene se sentó con nosotros en la mesa la pusimos en la silla de la trona sin el comedorcito extra que trae para los niños (la altura, por fortuna, coincidió). Su plato se pone en la misma mesa que los nuestros, pero ahora no “entre” nosotros sino “enfrente” nuestro (a una distancia que refuerza la idea de “eres más independiente y autónoma, te haces mayor”).
  2. Ponerle un plato más grande (nuevo y colorido) y dejarla usar solita cuchara y tenedor.
  3. Comer todos al mismo tiempo y al mismo ritmo. Evitamos pasar al segundo plato (usualmente con carne y arroz -entre otros-) antes que ella, de modo que Irene tiene menos distracciones mientras come y se concentra en el primer plato lo suficiente para comerlo -si dice que no lo quiere, pasamos al segundo sin dolor.
  4. Hablar con ella mientras comemos: sobre lo rica que está la comida, sobre lo bien que come, sobre sus avances con los cubiertos… Creo que con ello se siente estimulada y parte del cuento. (Y come feliz y parejo.) 😉
  5. No darle nosotros la comida: sólo si ella lo pide, intervenimos. Y le alcahueteamos comer de nuestros platos, aunque tengan lo mismo que el suyo. Casi siempre termina comiendo de todos (confirmando que comemos lo mismo, pero comiendo con más satisfacción).
  6. Pasar definitivamente de angustias por regueros. Si ella pide babero se lo ponemos, si no, no. Dejamos que se ensucie sin aspavientos. Lo bueno es que con la práctica cada vez riega menos y maneja mejor sus cubiertos.

Y  ya. Sospecho que todo gira en torno a “dejarla estar”. Pienso que para ella es claro que comer es un hecho cotidiano y familiar, al tiempo que siento que ahora que tiene más libertad de movimientos y de espacio, está más tranquila y come más. No es igual todos los días y sigue habiendo instantes en los que no le apatece comer, sin más, pero usualmente esa “falta” la compensa a lo largo del día, con comida o con lechita de mamá. Ah, y no comemos casi ninguna golosina: sólo algunos helados (que adora), dulces caseros y frutas (entre comidas). En total, unas 5 comidas diarias.

No sé si estas pautas funcionen con todos los niños, pero creo que esto de comer mejor ahora es un comportamiento asociado con la edad (22 meses: sólo le faltan cuatro muelas, para empezar, y su motricidad fina mejora con los días… por no decir que habla como una loquita y le entendemos qué, cómo y cuándo quiere algo). ¿Algún consejo extra?

[Cierro diciendo que nuestra tranquilidad se traduce, sin duda, en su tranquilidad y que ahora papá se preocupa menos y disfruta más. ;)]

16 junio 2011 at 21:29 3 comentarios

Destete: ¿espontáneo o inducido?

Suena a vaca -definitivamente nuestra condición de mamíferos termina estando más asociada a la leche de vaca que a la leche materna, ¡qué horror!-, pero justamente no es esa leche la que está en cuestión. Más bien es mi tita o, mejor, la tita de Irene. Casi sin darme cuenta, terminé dejándome taladrar el cerebro con la idea de que quizás iba siendo tiempo de que Irene tomara menos pecho… y por poco echo al traste ese universo maravilloso de complicidad, tranquilidad, comodidad y felicidad que nos ha dado la lechita de mamá.

Foto tomada de Las confesiones de Sofía.

Fueron un par de días de dudas, y de “control” y reducción medio forzada de lactancia -con niña mimosa, llorosa y descuadrada-, pero pasaron rápidamente cuando en mi cerebro y en mi corazón se encendieron los instintos de mamá. Volvimos al “Irene tomará leche materna hasta cuando ella quiera” y desde entonces otra vez nuestra casa y nuestra vida fluyen felices y en paz.

Así que no recomiendo ni cortes abruptos ni dudas. Cada niño es un mundo, pero Irene me demostró en esos dos días -que ocurrieron hace un par de semanas- que incluso al guerrero más decidido le pueden hacer mella los comentarios entrelíneas y su inseguridad (grrrr). Pero por fortuna a ese soldado le sobraban ojitos amorosos y precisos que lo miraran y lo reconectaran. 😉 Los “quizás no come otras cosas porque está tomando mucha leche materna” o “esta niña está muy grande para andar tomando tanto pecho” o “tú y ella necesitan desligarse un poco” o “es que a la que le da más duro dejarlo es a ti”, etcétera, etcétera, etcétera, pasaron cuentas.

Cómo ocurrió

Resumo al máximo: mamá entró en dudas, intentó hablar con la pequeña (oraciones del tipo “ya estás muy grande, mi corazón. ¿No quieres mejor un banano [o un jugo, o leche -de vaca o de cabra- o whatever]? o “ya tomaste ahorita, mamá va a descansar” o “corazón, ya eres una niña grande, tita es sólo para dormir”) y lo único que consiguió fue desatar comportamientos totalmente extraños en su hija, plagados de llantos (que decían “¿por qué haces esto, mamá?”, con un “no entiendo” clarísimo -y justificadísimo- entre líneas y gestos), tristezas e ires y venires a la teta.

Lo que antes eran unas 4 o 5 tomas diarias (al levantarse, para hacer la siesta, después de comer y para dormir en la noche) se conviertieron en 10 o más discutidas, cortas, sufridas. Una calamidad. Terminamos con un ya no me dés en la noche que me duermo sola (no dicho pero hecho efectivo, con corazón arrugado por parte y parte) que logró ponerme en sintonía con las dos. Pensé, mientras lo oía dormirse, sentada a su lado, que todo ese comportamiento extraño era por la tita. O mejor, por la alteración totalmente absurda de nuestro orden. La tomé en brazos, la abracé, la pegué a mi pecho y la dejé comer en paz (que era lo único que quería). Y le pedí perdón, le expliqué qué había pasado y la besé. Fin de llantos y de comportamientos extraños (por ambos lados).

Mi conclusión

Creo que cada chiquito y cada familia tienen sus ritmos. Irene no come menos porque tome leche de mamá. Es cierto que algunas veces, si mamá no le ofrece algo para comer -a pesar de conocer sus horarios habituales de comida- o si estamos fuera de casita, la pequeña pide tita. Puedo saber por la hora si lo que tiene es hambre o sueño a secas. O si lo que quiere, realmente, es la tita de mamá. Pregunto y ofrezco (primero comida diferente. Si la respuesta es negativa, su querida tita) y según las circunstancias, procedo. No considero que esté apegada a su tita en particular. Le gusta, claro, pero si mamá no está come otra cosa (en caso de hambre) y ya. Sí le hace falta para dormir, definitivamente, pero yo no tengo problema en que se la tome. Llegará el día en que se duerma solita por físico cansancio y ya. Y eso que puede dormirse sola (no es que se quede dormida pegada a mí), pero le hace falta su traguito de buenas noches y la compañía de mamá.

Así que como estoy disponible para ella todo el tiempo y como siento que la tita no entorpece en lo absoluto su desarrollo (por el contrario, siento que lo fortalece: los dos días extraños justamente se caracterizaron por una niña fuera de sí, insegura y dependiente de mamá -lo que NUNCA con tita se da-), dejaré que sea ella quien decida espontáneamente -y sin trastornos- cuándo dejarla. Para quienes estén en otras situaciones (o en la misma y sin respuesta) dejo algunos links de Armando, de Bebés y más, sobre el tema, y otro sobre relactancia -porque siempre se puede volver al pecho… al menos algunos días después de dejar de mamar-.

Ah, y confieso que al empezar nuestra vida con la leche materna no sabía que iba más allá de los seis meses (a pesar de las charlas, los documentos, etcétera). En mi cabeza, absurdamente, creía que cuando empezaba la alimentación complementaria los niños dejaban el pecho sin más. Creo que la confusión se debía a que muchas veces se relaciona destete con introducción de otros alimentos. Por fortuna, entendí que comer otras cositas no implicaba -a secas- dejar de tomar lechita de mamá. 😉

[Y termino confesando menos tiempo en estos días para escribir en este hogar. Nuestra chiquita cada día está más activa. Y mamá no quiere perderse tanta vida revoloteando fuera y dentro de ella.]

Links relacionados:
El destete (I): aclarando el concepto
El destete (II): cuando es el hijo quien decide
El destete (III): cuando es la madre quien decide
El destete (IV): cómo hacerlo
Relactancia, volver a amamantar tras el destete

26 mayo 2011 at 09:20 9 comentarios

Leche de almendras y galletitas caseras de banano

Esta semana estaremos un poco desconectados, disfrutando de un pequeño break del trabajo de papá. Aprovecharemos el tiempo, no obstante, para compartir en esta casita un par de actividades maravillosas. La primera son un par de recetas deliciosas, nutritivas y facílísimas de preparar. Llegaron a nuestra lista de “queremos hacerlo” gracias a las recomendaciones de Adri y Nahuátl. No necesitan grandes ingredientes ni más de 8 minutos de preparación cada una. Ah, y ya las probamos con la peque y el resultado fue un rotundo “más”. 😉

Leche de almendras. Es absolutamente deliciosa. Hace ya más de un año -a propósito de un smoothie de frutos rojos que había hecho con un éxito rotundo Fran- me había dado la receta Adri en nuestra  red (que me hace tanta falta) de Mamás Bloggeras. No la probé entonces, pero hace una semana, después de leer la fórmula publicada por Nahuátl, me eché al agua para prepararla. Creo que además de la leche misma, me daban muchísimas ganas de preparar galletas con la harina de almendras que queda después de hacer la leche… (y adelanto que esa idea -que es la segunda de esta entrada- también ya la puse en práctica y que el resultado nos hizo chuparnos los dedos a todos en el hogar.) Aquí van los ingredientes:

  • Una taza de almendras -puede mezclarse con coco o con otros frutos secos. Nosotros lo hicimos sólo con almendras -con cáscara y sin sal-.
  • 4 tazas de agua (Nahuátl hablaba de cinco, pero cuando intenté ponerlo todo junto en mi licuadora me di cuenta de que no me cabía, así que reduje la cantidad de agua con un resultado igualmente delicioso. Si prefieren seguir la receta de Nahuátl pueden disminuir la cantidad de almendras).
  • Un poco de miel (opcional).

Se sugiere, para quienes quieran, agregar vainilla, pero confieso que no sé por qué no he descubierto mi pasión por ella así que yo pasé de agregarla. Ahora, en cuanto a la preparación…

  • Se ponen en remojo las almendras (parece que el tiempo es el que cada uno quiera, puede ser entre quince minutos o un día; yo lo hice por una hora y media más o menos. Si quieren eliminar las cáscaras de la receta, déjenlo por más tiempo. Y si tienen muchas ganas de probarla la leche, háganlo saltándose este paso. 😉 La recomendación de remojarlas, al parecer, se hace para que la leche sea más digestiva -eso dice Rachel, en su blog Clean, la fuente inspiradora en este tema de Nahuátl-). Ah, el agua en la que se remojan, se descarta para la preparación de la receta -puede servir para regar alguna planta. 😉
  • En el vaso de la licuadora, se ponen las almendras con el agua y la miel (nosotros usamos una natural. Creo que también pueden endulzar con panela, azúcar de caña o, si prefieren, edulzantes naturales como la stevia). Se licúa por un par de minutos (les recomiendo que lo hagan en dos tandas de tiempo para evitar recalentar su electrodoméstico), se pasa luego la leche por un cedazo y ya está.

Nosotros la envasamos en un recipiente de vidrio que luego almacenamos en la derecha… y en menos de dos días dimos cuenta de su contenido. Irene al principio hizo cara de ¡qué es esto!, aparentemente no muy convencida de su contenido, pero en cuanto nos vio tomarlo a nosotros pidió su porción y se la tomó con gusto. La usamos, además, como base para algunos batidos y jugos, con un resultado maravilloso. Ah, y no boten por nada del mundo el ripio de las almendras que quede en su cedazo… es uno de los ingredientes de las galletas caseras con banano y sin harina de trigo que paso a reseñar. Para almacenarlo, sólo deben guardarlo en el refrigerador.

Galletas caseras de banano con harina de almendras. Otro gran descubrimiento (de Adri, con una pequeña variación nuestra). No requiere grandes conocimientos ni procesadores de cocina: sólo un recipiente para mezclar los ingredientes y un pequeño horno (nosotros usamos -con mucho éxito- uno pequeño que sirve para calentar alimentos y tostar el pan).

Los ingredientes:

  • Un banano.
  • Dos cucharadas de avena en hojuelas (la receta original de Adri tenía seis, pero como nosotros queríamos usar la harina de las almendras, la redujimos a dos).
  • Cuatro cucharadas de harina de almendras (sí, la que quedó en el cedazo de la leche que acabamos de preparar).
  • Una cucharada de miel derretida
  • Dos cucharadas de mantequilla derretida (nosotros usamos Ghee y creo que por ser más concentrado se puede disminuir un poco más la cantidad).

La preparación:

  • Con un tenedor se estripa el banano.
  • Se le agregan la avena y la harina de almendras.
  • Se derriten por separado la mantequilla y la miel en una cacerola -a fuego lento, sin que se quemen- y se le adicionan también a la mezcla.
  • Se revuelve todo con una cuchara.
  • Se cubre el molde que se vaya a usar para el horno con papel parafinado.
  • Se van poniendo sobre el papel varias cucharadas de la mezcla (no tienen que luchar con “armar” las galletas, con que le pasen la cuchara un poco por encima al poco que viertan sobre el papel basta para que quede con una forma apropiada para la cocción).
  • Se llevan al horno (precalentado) por 10-12 minutos (nosotros lo pusimos a 220 grados centígrados, pero creo que 175 grados centígrados sería mejor) y ya. Se dejan enfriar y se comen (casi seguro de una sentada. Jajjaja).

Lo mejor de esta receta (a parte de su sabor y de lo fácil que es hacerla) es que no se hacen grandes cantidades de galletas (a nosotros, por ejemplo, nos salieron sólo 9), con lo que la porción es más que suficiente para una familia de 3 o 4 personas. Si quieren prepararlas para una fiesta o una reunión familiar, les sugiero duplicar los ingredientes y ya.

Personalmente, lo que más me sorprendió de todo este ejercicio culinario fue que las galletas no demandaran ninguna preparación especial y, mucho más, que no necesitarán de harina de trigo. Esto, a mis ojos, resultó interesantísimo porque justamente el trigo es uno de los productos que más se cuestiona por sus cultivos (usualmente hechos en grandes extensiones norteamericanas con semillas genéticamente modificadas. Es decir, de orgánico, poco). Además, si se tiene en cuenta que es tóxico para los celíacos (por ello recomiendan no darle trigo al bebé antes de los seis meses), su interés se intensifica.

Así que… ensayen las dos recetas. Les aseguro que tanto la leche como las galletas le encantarán. 😉

PD: Perdón por la calidad de las fotos… las galletas las hicimos casi en la noche, con casi nada de luz natural.

18 abril 2011 at 04:47 11 comentarios

Menos cosas, más felicidad: la huerta orgánica un mes después

Estas fotos son de hace una semana, pero valen como muestra de los progresos de la huerta orgánica un mes después de la siembra.

Aparte de las recomendaciones mencionadas entonces, podemos agregar que los cuidados no son tan complejos como se piensa… al menos con una huerta familiar -es decir, pequeña- como la nuestra: riegos de agua períodicos (que en nuestro caso se dan casi todos naturalmente, por el nivel de lluvias del lugar-), control de plagas (que se dan, en buena parte, de manera natural: retirando las malezas con las manos, aprovechando fenómenos espontáneos como la alelopatía -que recomienda sembrar algunas plantas al lado de otras para que puedan protegerse mutuamente-) y riegos semanales con preparados orgánicos (que se indican en el capítulo 5 de este documento -que ya antes habíamos compartido). Ah, y un repaso con abono orgánico (que puede obtenerse de la composta) unos 15 días después de la siembra, acompañado de un ejercicio simple que ayude a que no se compacte la tierra: desmenuzar los gránulos que se encuentren en la superficie sin dañar los germinados que haya en el lugar. También es bueno aporcar (con la misma tierra) algunas partes de las camas -dependiendo de las hortalizas sembradas: las lechugas, en nuestro caso-: ayuda a que las hojas estén más tiernas.

Preparando el próximo terreno -en familia- ;).

Y ya. El progreso varía de acuerdo con las hortalizas sembradas: las acelgas, el cilantro, la yerbabuena y la menta ya dieron algunas hojas para el consumo, y las lechugas comienzan a tomar forma mientras los tubérculos se toman su tiempo para “cuajar”. ¿Los que me parecen más lentos? Hasta aquí las zanahorias, pero hay que abonarles que no sembramos plántulas sino semillas que apenas comienzan a germinar.

La experiencia ha sido linda… entre otras cosas porque tenemos una aprendiz de agricultura muy inquieta.

😉 Y unos papás orgullosos y entusiastas.

Así que, en resumen, estamos felices con nuestra huerta (a pesar incluso de unos pequeños hoyos de granizo que aparecieron en las hojas de las acelgas). Ya les contaremos cómo sigue… y cuándo volvemos a recolectar.

PD: Gracias a todos por sus consejos “dientológicos” que llegaron como respuesta a nuestro S.O.S. anterior ;). Hemos tenido mejores resultados últimamente, con  el método más simple de todos: dejando que la chiquita experimente con nosotros. Ahora, además de lavar sus dientes, nos los lava -al mismo tiempo- a uno de los dos. Reconozco que hay momentos en que intenta cepillarme hasta las amígdalas, pero ya estamos entrenados en mantener ánimo y sonrisas. Resultado: dientes más limpios, cero protestas y muchas sonrisas. 😉

PD2: No comentaré otros blogs esta semana porque andamos de viaje y con internet reducido. En cuanto volvamos a casa actualizamos noticias (y visitas). Besitos y abrazos para todos desde acá.

4 abril 2011 at 03:26 8 comentarios

¿Cuánto debe comer un bebé?

También podría titular “¿cuánto debe comer un niño?” porque creo que el tema es válido para grandes y chiquitos. Supongo, en cualquier caso, que a más de uno se le ha pasado esta inquietud por la cabeza y me imagino también que -como yo- han tenido sus dudas por la infinitud de opiniones contrarias que hay al respecto. En esta entrada no daré respuestas definitivas, pero sí comentaré apartes del libro (que entra a nuestros recomendados) Mi niño no me come, del pediatra Carlos González: después de leerlo las comidas en casa han sido más tranquilas y -no sé si es idea mía o es verdad- casi pienso que Irene come más.

Bueno, esto de poner “bebé” en el título con una chiquita que ya no camina sino que corre, habla (aunque algunas veces sea en irinense), manda (¡mamá, ven!), coge solita la cuchara (no siempre, pero ni modo), tiene un colmillo -el inferior derecho- que ya asoma narices (y otros tres que ya vemos perfectamente en la sala de espera) y un montón de “adulteces” más parece un chiste, pero como la pregunta es válida a lo largo de toda la primera infancia (supongo) dejo “bebé” (saben que se puede cambiar por niño pequeño, si prefieren). En fin…

Ya entrando en materia, aclaro que en general nunca he pensado que Irene tenga problemas con la comida. Por el contrario, creo que es una niña que come bien, pues en general come de todo un poco (frutas, verduras, cereales, pescado, carne…) y no exige preparaciones distintas a las nuestras. Por supuesto, muchas veces debemos ampliar la oferta (en los desayunos y las cenas especialmente), pero eso no representa ningún problema. Creo que es normal que quiera probar otras cosas. En resumen, asumimos que está bien que un día prefiera arroz y carne en lugar de sopa y si el plato de la última se queda servido, no se nos viene el mundo encima: es natural.

Sin embargo, la pasada gripe trajo consigo una buena dosis de inapetencia que hizo más difíciles las comidas y preocupó muy especialmente al papá. Llantos, discusiones, angustias, lamentos y algunos malos tragos se hicieron presentes en la mesa, con lo que decidí incarle diente al libro que tenía en lista de espera tras los comentarios que había hecho de él Fran: Mi niño no me come, de Carlos González. Una bendición aclaradora para mamás y papás.

Lo que dice el libro
Creo que puede resumirse en tres ideas básicas:

  • La “inapetencia” es un problema de equilibrio entre lo que un niño come y lo que su familia espera que coma.
  • Los niños comen menos que los adultos porque son más pequeños. Su estómago es pequeño, por eso más que grandes cantidades de comida, necesita comidas concentradas, con muchas calorías por volumen (la leche, la carne, el arroz son algunos ejemplos de ello).
  • Ningún niño debe obligarse a comer. NUNCA. Debemos entender que comen a su ritmo, en porciones variables e impredecibles que dependen más de la energía que consuma (está creciendo) y de las necesidades nutricionales de su organismo. Obviamente, esto no significa que debemos olvidarnos como padres del asunto: creo que más bien indica que debemos confiar en nuestros chiquitos, acompañarlos, brindarles alimento SANO (no vale llenarlo de chucherías) y permitir que coman por sí mismos. La leche (rica en calorías y proteínas) es una buena fuente de alimento. Quizás por ello la lactancia (a demanda) es una bendición para los pequeños: les permite acceder a todos los nutrientes que requiere su organismo, como, cuando y en la cantidad que ellos requieran. No debe reemplazarse por agua (menos cuando son pequeños), debe ser exclusiva durante los primeros 6 meses y debe ser complementaria a otros alimentos después de esa edad. Pero, ojo: cada niño tiene su ritmo. Seis meses de vida no significan obligatoriamente boca y apetitos abiertos a todos los demás alimentos. Hay recomendaciones generales para saber cómo se van introduciendo estos que indican, además, que algunos niños pueden pedirlos antes o después de este tiempo. Nuevamente, el niño será quien dé la pauta de cómo se debe alimentar.

Mis conclusiones sobre el texto
Son varias. La primera, que cada niño es un universo y que al igual que todos los adultos somos distintos (y tenemos tallas distintas, además), los niños son diferentes y pensar que los percentiles, el peso y la altura tienen que ser unos y no otros es absurdo. De acuerdo con Carlos González, el peso es un parámetro de evaluación del niño que puede indicar, cuando hay una caída o un incremento abrupto en el mismo, que el niño puede requerir que se le explore -con exámenes, por ejemplo- un poco más. No es la medida de una competencia ni algo que evolucione proporcionalmente todo el tiempo: la edad y la alimentación de los niños (leche materna/leche artificial) incide mucho en su progreso.

Además de esto, concluí también -adobada por la experiencia de esa semana griposa en nuestra pequeña- que la alimentación es muy importante en los chiquitos, pero no por ello deja de hacer parte de su cotidianidad. Con esto quiero decir que nuestras expectativas deben de andar en consonancia con nuestro hijo y no con el del vecino, ni con el médico, ni con el libro. Hay factores externos que se relacionan sin duda con las ganas o no de comer que tenga un chiquito (una enfermedad, un rito familiar que permita ver al niño en las comidas un hecho natural,…) y nuestro papel -quizás- es ser sensibles a ellas y propiciar un ambiente tranquilo a la hora de comer. Esos llantos y quejas de Irene durante esa semana “inapetente” cambiaron de manera rotunda cuando dejamos de angustiarnos por que no quería comer. Dejamos que ella misma marcara su ritmo y, para nuestra sorpresa, cuando lo hicimos fue ella quien pidió sentarse con nosotros en la mesa (y quien cogió la cuchara para comer ella misma o para entregársela a mamá o a papá para ayudarle a comer).

Y el colofón
En cualquier caso, creo que al final del libro encontré un pensamiento que para mí resultó revelador. Según González, la percepción del apetito de los niños cambió radicalmente cuando la leche artificial llegó al mundo. Y no lo digo para satanizarla ni mucho menos, sino para enfatizar lo que me parece apenas natural: que cuando pudimos cuantificar la cantidad de comida que le dábamos a los pequeños, terminamos por pensar que podíamos inscribir su crianza en un cuadro simétrico en el que tendrían que caber todos. Y la naturaleza no funciona así. [No está de más mencionar que la afirmación revela también la dinámica del mundo capitalista -que ayuda todos los días a abrir más y más las brechas de inequidad y desigualdad entre los individuos-: ésa que exige que consumamos -comamos- en cantidades absurdas, para inflar mercados, para mantener activos los balances de multinacionales –como Nestlé (a la que hace un tiempo boicoteamos)– y para hacernos pensar que necesitamos más de lo que es realmente necesario. Los indicaciones detrás de los tarros de leche -que serán iguales a las que vienen detrás de los cereales, las papillas preparadas, etcétera- siempre tasan los promedios por encima de la media… ¡para vender más! Y más de un papá y una mamá pensará que su hijo come menos… o no come de plano porque no responde a esos parámetros. Aghh.]

Por ello, cuando buscamos una respuesta fiable a la pregunta que le da título a este texto, terminamos por encontrar mil verdades certificadas (¿cuántos menús, cuántas indicaciones, cuántas tablas con porciones de alimentos, cuántos cuadros de percentiles y demás cosas similares no se encuentran en las consultas de los pediatras, en los libros o en otros recursos?) que lo único que dejan claro es que ninguna es LA verdad (o mejor dicho, que no hay una respuesta única posible y que cada niño y cada familia encontrarán la suya). Por eso, cierro el texto con las palabras de Carlos González al respecto y con un listado de recursos relacionados (que incluyen una reseña no del todo a favor del libro, de la pediatra Amalia Arce) para que vean si les interesa. En nuestra casa, por lo pronto, decidimos disfrutar la hora de la comida y dejar que nuestra chiquita decida si quiere o no más. 😉

Sería absurdo pensar, sin embargo, que la alimentación de los niños cambiaba, simplemente, por modas. Estamos hablando de auténticos expertos en nutrición, que estaban al día de los avances científicos de su tiempo. Tal vez se equivocaron (y, desde luego, cuesta creer que todos tengan razón, cuando dijeron cosas tan opuestas); pero, sin duda, había un motivo para cambios tan radicales.

Creo que dicho motivo fue la lactancia artificial. En 1906, prácticamente todos los niños tomaban el pecho, de su madre o de una nodriza (el doctor Ulecia ofrecía reconocimientos de nodrizas por 15 pesetas). Algunos niños tomaban ya lactancia artificial, a base de leche de vaca con azúcar, con los desastrosos resultados que pueden imaginar. La capacidad de los lactantes pequeños para digerir y metabolizar el exceso de proteínas y de sales minerales en la leche de vaca es limitada, y era fundamental limitar estrictamente la dosis. De aquí la gran preocupación por la sobrealimentación, y los rígidos horarios de las tomas.

Por desgracia, los expertos creyeron que los horarios, que tal vez eran necesarios para los niños que tomaban leche de vaca, convenían también a los que tomaban el pecho. Incluso cuando el porcentaje de niños que tomaban biberón era muy bajo, los pediatras tenían más experiencia con niños de biberón que con niños de pecho, sencillamente porque estaban mucho más enfermos y acudían más a sus consultas. En aquellos tiempos, los pobres no iban al pediatra, y mucho menos si estaban sanos (llevar a un niño al pediatra para «revisión» era algo impensable). Es difícil hacerse cargo hoy en día (a no ser que se conozca bien el Tercer Mundo, donde la situación sigue siendo la misma) de la tremenda mortalidad que acarreaba la lactancia artificial en aquellos tiempos. El doctor Ulecia cita al respecto a otro experto, el doctor Variot, de Francia: “Las madres que niegan el pecho a sus hijos, sobre todo en los dos primeros meses de la vida, y los someten desde el nacimiento a la lactancia artificial exclusiva, los exponen a mayores riesgos de morir que los que corre un soldado en los campos de batalla”.

Los bebés que tomaban pecho hasta el año se criaban sin problemas, pues la leche materna lleva todas las vitaminas y nutrientes necesarios; y entre los pocos que tomaban leche de vaca entera, la consigna era no sobrecargar aún más el sistema digestivo. Pero la situación se deterioró rápidamente. Veinte años después, el doctor Roig se queja de que cada vez es más difícil encontrar una buena nodriza, y sus libros están llenos de anuncios de leches artificiales.

En los años treinta, los bebés tomaban leche preparada industrialmente, en la que se habían reducido las proteínas, pero también se habían destruido las vitaminas en el proceso de esterilización. Ahora necesitaban otros alimentos, sobre todo frutas, verduras e hígado, para evitar el escorbuto y otras deficiencias vitamínicas; y cereales y otros alimentos caseros para reducir rápidamente la dosis de la costosa leche artificial (o las madres más pobres volverían a pasarse a la leche de vaca entera, probablemente sin esterilizar, indigesta y a veces transmisora de la tuberculosis).

Un exceso de entusiasmo llevó a recomendar unas cantidades que los niños difícilmente conseguían tomar, y mucho menos los de pecho, que no necesitaban papilla para nada.

Por desgracia, todos los expertos parecen haber cometido el mismo error: dar a los niños de pecho las mismas papillas que a los que toman el biberón.

En los años setenta, la fabricación de leches artificiales había mejorado lo suficiente como para que los niños que tomaban el biberón no sufrieran escorbuto, raquitismo o anemia. Ya no era necesario el zumo de naranja para evitar el escorbuto, y se empezaron a apreciar, en cambio, los posibles peligros, más sutiles, de las papillas demasiado precoces: las alergias e intolerancias, la celiaquía. Progresivamente, las papillas se volvieron a retrasar: a los tres meses, a los cuatro, ahora a los seis. Personalmente, no creo que el proceso haya terminado; y será interesante ver qué nos depara el futuro…

Links relacionados:
“Mi niño no me come” (reseña de Amalia Arce en su blog “Diario de una mamá pediatra”)
“Mi niño no come” (otra vez Amalia Arce, con una experiencia)
¡Con plastilina, mamá? (la historia de Fran)
Y un video (en varias partes) con una conferencia de Carlos González, sobre las gráficas de peso (los famosos percentiles de los que hablan los pediatras):

Y pido disculpas: otra vez esto se fue largo. :S

28 marzo 2011 at 12:07 7 comentarios

Menos cosas, más felicidad: lo que comemos (y los cambios que hemos hecho al respecto)

Pensé en titular esta entrada “Somos lo que comemos”, pero me di cuenta de que si lo hacía, debía centrarme un poco en las razones de por qué comemos de un modo y no de otro, más que en los cambios que hemos hecho en los últimos meses en nuestra lista de mercado (algunos de los primeros están aquí). Y aunque haré un poco las dos cosas, quiero darle continuidad a las primeras entradas de Simple Living que escribimos en esta casita y que fueron el inicio del giro consciente y voluntario de muchos hábitos de nuestra familia que buscan más salud y bienestar individual y colectivo, opciones respetuosas con el medio ambiente, con nuestro cuerpo y con la vida que debemos proteger dentro y fuera de ellos. Así que el listado de lo que comemos y sus razones están aquí.


Imagen tomada del maravilloso blog Unearthing this Life, de Jennifer Pack.

Sé que mucha de la información que voy a compartir puede parecer extrema, pero creo que cuando te permites pensar un poco más lo que vas a meter en tu boca lo que parece exagerado se convierte en racional y práctico. Ya hablé en otra ocasión del documental francés Nuestros hijos nos acusarán y algunas de las razones por las que queríamos optar por una alimentación orgánica. Hoy voy contarles cómo lo estamos logrando. Nuestra huerta -que será proveedora en el futuro de nuestra mesa- aún no nos permite consumir nuestros productos (está creciendo), pero una tienda vecina orgánica (a la que voy andando, feliz) y nuestro vecino de huerta (también orgánico) sí que nos ayudan en el proceso.

No noto cambios en el sabor de los alimentos (al menos sustanciales), pero sí un gusto especial (que no sé si deba a sus sabores o a la tranquilidad de comer menos químicos). Sé que no puedo estar segura al cien por ciento de lo que como, pero hacer estos pequeños cambios y escogencias debe dar un porcentaje mayor de salud y bienestar. Aquí van nuestros nuevos cambios (y algunas de las razones para hacerlos). ¡Ah! Y contrario a lo que se piensa, el presupuesto no sufre una cantidad.

Cambios en nuestros alimentos

  • Panela y miel, en lugar de azúcar o dulce. Estoy comprando azúcar orgánico (aunque no endulzamos la mayor parte de lo que comemos), pero cada vez me inclino más a decantarme definitivamente por panela (dulce de caña de azúcar) y miel orgánicas (de hecho ya las consumimos, pero estoy pensando en eliminar el azúcar de plano). Si quieren conocer algunas razones para hacerlo, les recomiendo leer esto.
  • Mantequilla. Me había inclinado por margarina (de canola o soya) por recomendación de mi nutricionista, pero después de leer (y pensar) sobre la forma como se producen las margarinas (y, sobre todo, con qué granos -no orgánicos, modificados genéticamente, de desecho- se hacen), decidí definitivamente volver a la grasa de la leche de vaca. Es más, recuerdo la receta casera para preparar la mantequilla que alguna vez compartió Nahúatl en su blog y me dan ganas de intentarlo. Por lo pronto, prefiero las grasas animales y no los químicos de la soya y la canola. Quizás haya un mayor riesgo a infartos (dicen), pero prefiero morir de golpe que de cáncer, envenenado.
  • Verduras, hortalizas y frutas orgánicas. Ya no hay medias tintas (bueno, casi): estoy haciendo toda nuestra compra verde en una tienda de productos orgánicos. Sé que en Colombia no existe una regulación seria con respecto a qué es y qué no es orgánico, pero estoy segura de que son productos más confiables y cuidados que otros que ni siquiera tienen el título. Mi tienda se surte de las zonas rurales de la ciudad, con lo que además apoyamos con nuestra compra a pequeños campesinos. Le devolvemos un poco de verde a la tierra y de la damos más salud a nuestro organismo. Me han encantado, por cierto, los textos de Jennifer Pack, de Unearthing this Life sobre por qué escojo orgánico (1, 2 y 3. Están en inglés, pero ahora es muy fácil leerlo aunque no lo sepas: Google Translate hace magia en internet 😉
  • No más alimentos procesados. Me falta reemplazar la granola y los calditos de sustancia de pollo o carne (que usamos en lugar de sal para las sopas y carnes), pero creo que voy a eliminarlos definitivamente y a condimentar naturalmente todo lo que preparamos (también puede hacer cubitos congelados de caldo en casa… con pollo orgánico). En cualquier caso, la lógica es simple: si cambiamos nuestros ingredientes básicos (verduras, frutas,…) por productos orgánicos, pero continuamos consumiendo alimentos procesados que no lo hacen (salsas, mermeladas, chucherías, pastas,…), dejamos pendiente un área que bien podríamos cubrir. Lo hicimos ya con la pasta de tomate, con la mermelada (ahora es orgánica), con los chuches (que casi no consumimos, sólo comprábamos soplados de maíz y arroz artesanales que terminaba comiendo más mamá), con algunos condimentos (que antes comprábamos deshidratados, ahora son orgánicos),… No recuerdo más.
  • Carne de granja. Hemos incrementado el consumo de conejo y pollo (ambos de nuestra tienda de orgánicos) con unos resultados maravilloso. También incrementamos el consumo de pescados (aunque debo investigar mejor su procedencia para no incrementar los niveles de mercurio que comemos) y disminuimos el de carnes rojas. No pienso hacerlo definitivamente porque sé que en nuestro país la producción de ganado vacuno no es estabulizado (de establo), sino extensivo (en grandes potreros de pastos en los que se mueven a su antojo). No es muy positivo en términos de conservación de bosques y en relación con las semillas que se utilizan para los pastos (probablemente modificadas genéticamente), pero es menos dañino que lo otro. Aspiro a inclinar la balanza en el futuro más hacia las primeras opciones (por cierto, el mito de que el conejo -que me daba una tristeza infinita comer- era una carne dura es falso. ¡Hemos encontrado unas recetas estupendas! -al chilindrón, a la valdiviana,…-, que sólo nos piden marinar un poco la carne en yerbas con agua y vinagre. Y desde entonces me pregunto: ¿cómo no lo habíamos hecho antes?).
  • Huevos y quesos orgánicos. De nuestra tienda vecina. Quizás sean más pequeños, pero son más amarillosos, sabrosos, cremosos y saludables.
  • Arepas en lugar del pan. He hecho mi intento de pan casero con casi ningún éxito. Quizás buena parte del fracaso se le deba al horno que tengo… o mi no capacidad con las harinas. Haré un intento luego. Por lo pronto, nuestra opción será mayoritariamente la típica de nuestra región: arepas caseras de maíz apilado -blanco, amarillo, de mote, de chócolo. Son económicas y naturales. No sé si termine por pensar en prepararlas en casa -tendría que encontrar un maíz confiable-, pero por ahora ésa es nuestra opción.

Ahora, supongo que muchos se preguntan si estos cambios no alteran de manera considerable nuestro presupuesto. La verdad es que no: como casi todos los productos no son procesados, se eliminan costos; además de que sé que el pequeño incremento que tengamos irá a los bolsillos de los campesinos (más que al dueño de la tienda). Además, si se siguen pautas para ahorrar dinero, seguramente notarán que no es un sobrecosto invertir acá (mejor salud, menos médico, para empezar). Y es comercio justo… y saludable, además. ¿Quieren ensayar? Estoy segura de que no se arrepentirán.

[Quedo debiendo noticias otros cambios en nuestros hábitos de consumo.]

😉

19 marzo 2011 at 09:27 4 comentarios

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