Posts tagged ‘ser papás’

El silencio del amor

Mañana nuestra chiquita cumple 2 años (¡me parece increíble!)… los mismos que cumplimos nosotros de ser papás. Y aunque éramos papás también mientras te teníamos guardadita en mi vientre, Irene, esa paternidad no es igual a la que se experimenta cuando los hijos nacen… ni cuando crecen. Gracias por llegar a nuestra vida, chiquita. Hay amores silenciosos y otros ilustrados. Ojalá puedas sentir, vivir y entender este amor cada día de tu vida.

(Y debo decir que lo deja claro, aunque sea una pauta comercial.)

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8 agosto 2011 at 14:12 2 comentarios

Si yo estoy bien, tú estás bien

Parece título para un libro de superación personal, pero es una verdad sin discusión en casa: si nosotros estamos bien, nuestra pequeña hija también. Y eso vale no sólo para lo básico de los libros contables (comida, alimento, vestuario,…), sino -y sobre todo- para lo emocional. He dicho en otras ocasiones que un niño sólo necesita a sus papás. Ahora añado que sería bueno que tuviera unos papás amorosos, contentos, tranquilos, pacientes, relajados. La suma, sin duda, da un niño amoroso, contento, tranquilo, paciente -puede que no de inmediato, pero seguramente en un término más corto que el de un chiquitín con un papá estresado. No es que sea fácil, pero si lo tenemos en mente es muy probable que empecemos a experimentarlo.

Imagen tomada de El rincón favorito de mi escuela.

Y añado que es un tema comprobado en situaciones extremas, como 12 horas de viaje en coche (grgr), la espera en medio de un calor sofocante (o de un frío espacial y temporal poco amigable, como el de la sala de espera de unas urgencias pedriátricas), bla, bla, bla. Podría pensarse incluso que desde la perspectiva de los padres el binomio sería contrario (así como aquello de que “el orden de los factores no altera el resultado”: si tú estás bien, yo estoy bien), pero esa es una verdad a medias porque creo que el adulto de la fórmula es el que está en capacidad emocional de guiar sus emociones y lograr encontrar un equilibrio en ellas. ¿Si le dejamos esa tarea a los chiquitos, sin un modelo fiable, creen que “naturalmente” lo logrará? Lo dudo.

Así que sin alargar historias concluyo una verdad de perogrullo en casa: si nos permitimos disfrutar feliz y amorosamente de y con Irene (con paciencia, comprensión, felicidad, tranquilidad, amor –inserte aquí todas las emociones que considere que le ayuden a mantener su bienestar-), Irene disfrutará feliz y amorosamente de y con nosotros. “Si yo estoy bien, tú estás bien”.

Sé que suena más simple de lo que es en la realidad, pero los resultados valen el esfuerzo. (A fin de cuentas, no es gratuito eso de que digan que padres e hijos están conectados, ¿verdad?)

😉

[Por cierto, dejo una entrada de Armando, de Bebés y más, a la que llegué por azar buscando una imagen para esta entrada. Habla de la empatía que existe naturalmente entre un hijo y sus papás. ¿Casualidad?]

27 abril 2011 at 09:07 8 comentarios

Cuando nace un hijo también nace un papá: más reflexiones sobre la maternidad

Estos últimos días han sido intensos en cuestionamientos. Y aunque quisiera escribir una entrada de cada uno de ellos, siento que si no escribo pronto al respecto corro el riesgo de que se enfríen nuestras emociones en la cotidianidad. Así que, con el perdón de todos, me atrevo a hacer una mezcla de todo que da cuenta de lo que muchos ya saben: cuando nace un hijo nace un papá. Y nosotros tampoco dejamos de crecer en este arte de la maternidad.

Y enumero para facilitar lectura y avance:
1. El domingo, en paseo de campo, recordamos de una manera dolorosa lo frágil que es la vida y lo absurdo que es -a veces- su final. Luego de almorzar, caminamos al borde de una carretera hacia una venta de dulces. Nos reíamos con la pequeña y veíamos a lo lejos un perrito pequeño que nos había visitado alegre y saltarín durante el almuerzo. Irene, por supuesto, había celebrado su aparición recurrente con sonrisas, ladridos, señitas del dedo… Ya se imaginarán lo que pasó: un coche, a una velocidad mínima, lo atropelló con una de sus llantas traseras. Papá y mamá lo vieron todo. La pequeña, en brazos, no se dio cuenta de nada. Se nos rompió el alma. Yo le entregué a Irene al padre, angustiada, para correr al lado del caniche y decirle al conductor -igualmene acongojado- dónde había una veterinaria cerca. No hubo tiempo de nada: al llegar, el hombre acariciaba con dolor la frente del perrito mientras éste movía agitadamente una de sus manitas delanteras. Apenas alcancé a decir que lo llevará, por favor, a una veterinaria: el peludito detuvo su movimiento con los ojos abiertos. “Ya no hay tiempo”. Me devolví inmediatamente con el corazón destrozado. Mantuve la calma, pero tomé a Irene en mis brazos recordando con la escena que el tiempo que tenemos es prestado (y no me alargo porque me duele recordar. Espero que haya un cielo también para ellos. Descansa, feliz, perrito hermoso).

2. El lunes en la noche, mi amorcito y yo vimos una película en casa que nos conmovió mucho. Su título: Contracorriente, una cinta (ganadora, por cierto, del premio del público en el Sundance Film Festival del 2010) que cuenta la historia de un amor profundísimo y escandaloso para algunos porque traspasa las fronteras del género. Sentí -a pesar de las limitaciones de la historia- que es absurdo pensar en condicionantes sociales, de esos que dicen, por ejemplo, que un hombre sólo puede amar a una mujer y viceversa. Y cuando digo amar me refiero a AMAR, con el espíritu y con el cuerpo, no con uno de los dos solamente; amar de manera íntegra, siendo capaz, incluso, de despojarse del otro y de uno mismo un poco y de aceptarse y aceptarnos (sobretodo). No sé si puedan encontrarla fácil, pero es una película que recomiendo (y dejo el trailer a manera de abrebocas y la canción final, también conmovedora).

3. Parte de nuestras vacaciones las pasamos en un típico paraje colombiano, más caserío que cualquier cosa: sin autoridades, sin transporte público, sin recursos (de inversión, el paraje, por supuesto, es de una riqueza natural exuberante). Teníamos apenas lo básico, que era mucho más de lo que tenían los lugareños. Y pensé mucho en lo absurdo que resulta -de verdad- hablar de vida sencilla entre nosotros. Y aclaro que con ello no echo al traste todo lo comentado en este espacio; por el contrario sigo considerando que es valioso tratar de minimizar nuestros consumos e intentar hacer sostenible nuestro paso por este cosmos, pero la experiencia sí me sirvió para pensar que eso que para nosotros es optativo y sigue estando plagado de comodidades, es en otros una realidad incuestionable. Una parte de mí quisiera aprender a vivir así, mientras otra piensa que debo agradecer todos los días las condiciones que tenemos de vida (en lo material, en lo espiritual), disfrutándolas y proyectándolas respetuosamente entre quienes nos rodean. Este solo tema da para hablar mucho más, pero no lo hago para no copar el espacio. Lo quedo debiendo. Debo aprender a vivir de un modo más sencillo, realmente, o, mejor, quiero aprender a disfrutar más la vida aunque los recursos que nos rodeen sean pocos. Hacerlo es más coherente con la realidad que nos circunda. Propósito para el 2011 y los siguientes. :S

4. En el mismo contexto del punto anterior estuve leyendo No hay silencio que no termine, el libro en el que Íngrid Betancourt relata su secuestro. Hablar de él es complejo porque es un personaje político de talla internacional muy cuestionado en mi país e incluso en Francia. Yo misma, que viví buena parte de su secuestro en el extranjero, me harté un poco de ella. Hoy me arrepiento, no por leer su libro sino por reconocer con el paso del tiempo que gracias a ella se hicieron visibles muchas otras víctimas -menores para gobiernos anteriores de nuestro país- condenadas al olvido. Sobre Íngrid tendría mucho que decir (como que fue criticada absurdamente en Colombia tras presentar una demanda contra el Estado por su secuestro. Sé que es un tema candente, pero me parece válido que lo haya hecho porque entiendo en ese gesto no un intento de obtener dinero -como se hizo pensar- sino un señalamiento real que no entiende la mayor parte de los colombianos: que el Estado está constitucionalmente obligado a proteger a sus ciudadanos, incluso aunque estos no lo deseen. Pero, por supuesto, cuando la mayor parte de lugares de este país se encuentra -como nuestro paraje vacacional- si acaso al amparo de un Dios supremo, sin ley ni Estado real, es difícil que exista conciencia de esa obligación estatal. Por el contrario, se considera “traidora” a quien lo señala -por efectos de una campaña mediática que hubiera sido muy distinta si Íngrid al salir de su cautiverio no hubiera salido inmediatamente a Francia y se hubiera quedado en cambio en este país dando declaraciones obnubiladas a favor del Gobierno de turno, sirviendo todos los días de trofeo, como si no fuera obligación del Ejército y sus mandatarios trabajar por su seguridad, pues para algo debe servir ese 17% del presupuesto nacional que se les entrega en detrimento de la inversión social). En fin. Pienso que su libro es una radiografía de humanidad que trasciende el relato; siento que sus palabras hacen manifiesta una realidad (no sólo de la guerrilla colombiana y de sus secuestrados) que con frecuencia olvidamos: que lo importante en la vida no son el dinero, el trabajo o los reconocimientos públicos, que lo que le da sentido a la existencia son las personas y nuestro acercamiento a ellas, la familia, los hijos, la humanidad… No he terminado el texto, pero estas reflexiones las agradezco ya.

Dejo aquí aunque todavía no acabo con nuestras mil y una emociones intensas (he dicho que ser madre dispara la sensibilidad). Ya se ha hecho largo. En resumen, cada día confirmo más que al lado de un hijo nacemos y crecemos nosotros, más atentos, más humanos, más frágiles y más conscientes del peso que tiene nuestra existencia. Todos lo vivimos de un modo distinto (algunos, a lo mejor, casi ni se dan cuenta), pero cada caso es válido. Hoy le doy gracias a nuestra hija por permitirme recordar que soy un ser inacabado, sensible e imperfecto, y por darme razones para no quedarme ni un segundo estático. Y le doy gracias a mi sol compañero, luz en las vidas de Irene y mía. Que sigan llegando los cuestionamientos. Me gusta sentirme humano.

19 enero 2011 at 09:20 8 comentarios

Vulnerabilidad

Sé que se acerca la navidad y que quizás debería hablar de ilusión y esperanza, pero hoy no tengo el espíritu para hacerlo. En su lugar siento y debo confesar un sentimiento de impotencia y de vulnerabilidad… del que creo, por cierto, que ya he hablado antes. Y es que a pesar de la época, el nudo en la boca del estómago se mantiene y a veces, incluso, se acrecienta. Ser padre nos llena de miedos, de sensaciones de amenazas y de una conciencia exacerbada de nuestra vulnerabilidad.

Foto tomada de x_mangel.

Hace cuatro días hubo una tragedia terrible en un municipio aledaño a nuestra ciudad. La causa fue el invierno y el número de víctimas (porque, sí, la vida es finita) parece que asciende al centenar. Hasta ahora sólo han podido recuperar cincuenta y tantos muertos, pero las condiciones del invierno y la gran cantidad de tierra y escombros que los sepultaron no ayudan con la búsqueda. La mayoría, por lo visto, son niños.

Siento miedo. No pretendo vivir inmersa en una burbuja, pero es inevitable darme cuenta de que estoy metida en ella  cuando sensaciones como ésta me sorprenden y me golpean. Ahora sé que no nos bastamos solos… y que hay alguien más que no se basta sin nosotros.

Y sí, el tiempo calma todo, después de las tormentas siempre llega la calma y la marea sube y baja, pero quisiera ser infalible, indestructible… para hacer infalible e indestructible a mi chiquita. Quisiera poder protegerla -en todo el sentido del término- de cualquier mal, pero ya sé que no es posible y que si lo fuera seguramente el mundo sería plano y aburrido. Pero soy ilusa y me da miedo que me dé miedo. Me da angustia pensar que el mundo es ancho y ajeno y que hay peligros, incertidumbres y dolor más allá. Racionalmente entiendo las circunstancias de la vida y acepto, porque me toca, sus condiciones… sin posibilidad de réplica. Todo porque al mismo tiempo que me siento tan frágil, me doy cuenta de que si no fuera por esta lógica no sentiría, con toda su intensidad, la felicidad que me regala ese personajito que ahora nos acompaña.

La lógica de la vida es compleja. Por ello, me/nos declaro vulnerable/s, temerosa/os y frágil/es. Y me alzo en pie de lucha para vivir al lado de Irene en las buenas, en las malas y en todas las que lleguen (que espero que sean gratas en su-casi totalidad).

[Elevo mis silencios y mis temores a los chiquitos y a sus padres. Y a mi mamá.]

9 diciembre 2010 at 09:30 4 comentarios


De sol a sol

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