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¿Cuándo ir a la guardería o al jardín?

En una semana Irene cumple un año y medio de vida y una de las preguntas que escuchamos recurrentemente (desde que nació, casi) es cuándo la llevaremos a la guardería o a un jardín infantil. Nuestra decisión, particular y respetuosa con las que sean diferentes, es que muy probablemente lo haremos sólo después de que la pequeña cumpla 3 años de edad. ¿Las razones? Puedo estar en casa con ella (y me encanta), consideramos que nuestras actividades diarias pueden estimularla tan bien (y quizás mejor, es atención “personalizada”) que un jardín, sentimos que a su edad aún no socializa (aunque le encante estar con otros niños… pero hay otros espacios donde pueden estar juntitos), queremos retrasar su contacto concentrado con virus y no queremos dejarla con extraños antes de que hable. En cualquier caso, el tema y la preguntadera han dado espacio a reflexiones que me parece interesante comentar. Así que aquí va nuestra idea de la “guarde”. 😉

Imagen tomada de Bien simple.

Y comienzo por decir que mi objetivo no es criticar a aquellos que deciden (por opción, por necesidad, por comodidad o etcétera) ingresar a un pequeño menor de 3 años a un jardín infantil. Yo no quiero hacerlo (además de que me siento emocional y racionalmente incapaz) y ya está. Van sí mis razones, que de tanto oír la pregunta relativa he terminado por decantar una a una, minuciosamente. No son sólo mías, por cierto, pues ésta es una decisión familiar. Así que, hechas las aclaraciones, comienzo.

Por qué esperar hasta los tres años

Sé que una guardería puede -en teoría- ofrecer muchas ventajas: instrucción, juego, otros niños para compartir, normas, cambio de espacio, interacción con otras personas (también adultas), experimentación con distintos materiales… También están los servicios que le prestan a los padres (que suelen ser muy importantes para algunos): cuidados al pequeño en horas de trabajo y cierta libertad (también hay padres que deciden llevarlos a una guardería para hacer sus propias cosas). Pero ninguna se ajusta a nuestras expectativas y necesidades, a pesar de que en varias ocasiones notemos caras largas y casi enfadadas por decidir no llevar a Irene al jardín (se da por sentado, por cierto, que algún día tendremos que hacerlo… consideración curiosa si se tiene en cuenta que ninguno de nosotros -padres de la pequeña- fuimos al jardín y nos pasamos la vida de lo más contentos, integrados y capacitados. En fin).

He leído en varios textos que la socialización de los niños (ésa en la que pueden empezar a preocuparse por los demás) sólo se da a partir de los 3 y 4 años. Antes de ello, el niño necesita de sus padres para aprender a conocerse a sí mismo, lo que exige un paso por cierto egocentrismo y un enfrentamiento con sus propias limitaciones (que dan lugar a las rabietas, por ejemplo), naturales y necesarios para su desarrollo. Puede estar con otros niños, sí, pero normalmente para jugar junto a (no con) ellos, pues su interacción social fundamental es de demanda y protección y se da con sus papás. Recomiendo al respecto (y mucho), la lectura de este texto (escrito por Armando, de Bebés y más) que da pautas concretas sobre el desarrollo emocional y social del niño, además de brindar algunos videos sobre estudios hechos al respecto. Lo cito a manera de resumen:

“Hacia los 3-4 años el lenguaje se ha ampliado considerablemente con respecto a edades anteriores, los accesos de rabia (rabietas) son cada vez menos frecuentes puesto que empieza a madurar el control de sus propias emociones pudiendo expresar, a su manera, los sentimientos de amor, tristeza, celos, envidia, alegría, curiosidad y orgullo.

Gracias a estas capacidades emocionales su visión egocéntrica se empieza a ampliar a otras realidades al comenzar a preocuparse por los demás (los niños son tremendamente empáticos, llegando incluso a llorar si ven que alguien está llorando y a ofrecer su bien más preciado para consolarle).

Esta maduración emocional es la que el niño necesita para empezar a conocer otros ambientes y aprender que existen otros niños con semejantes inquietudes y deseos y con capacidad para interaccionar con él de una manera diferente a la de papá y mamá.

Es este el momento ideal de iniciar la socialización, que debería ser siempre de manera paulatina y respetando los ritmos de los pequeños. Es decir, ni siquiera estamos diciendo que el colegio debería empezar a los tres o cuatro años, lo ideal sería que a esa edad empezaran a tomar contacto con otros niños en compañía de su madre (aunque sin prohibir contactos más tempranos, evidentemente, pues muchos son inevitables), siendo el niño quien decidiera hasta dónde separarse y hasta dónde llegar.

Es fácil entender por qué diversos países europeos defienden la escolarización a partir de los 6-7 años. Su objetivo es tratar de que el proceso de socialización sea precisamente eso, un proceso en el tiempo y no un “mañana empieza a socializarse, lo dejo en la guardería”.”

Con esto queda claro que antes de los tres años los niños necesitan tener cerca a personas que les den seguridad y cariño y sean un ejemplo válido para crecer con confianza en sí mismos y con una buena dosis de autoestima. La compañía exclusiva de una madre y un padre se anteponen, entonces, a la de una guardería. Quizás pueda parecer que el niño se apega mucho a su madre, que no se relaciona bien con otros niños, que explota en llantos o molestias cada dos por tres, pero todo ello es una manera natural de aprender a conocerse a sí mismo y a tener la confianza y seguridad necesarias para ver a otros y reconocer en ellos sus mismas necesidades. Yo, al menos, digo que Irene tendrá toda una vida por delante para estar con otros niños, ir al colegio, aprender a pintar, sumar, escribir y hablar… ¿por qué adelantarlo si puedo estar con ella durante estos años? (Otro tema es el de las madres trabajadoras y las licencias -cortas casi siempre- de maternidad… pero ésa es una discusión para dar con los gobiernos. O con las mamás, si trabajan para pagar la guardería: creo que también falta información, pero eso es harina de otro costal).

Salud y seguridad

Aparte de esas razones, para nosotros hay otras más relacionadas con la salud y la seguridad de Irene. Las guarderías (llamadas también coloquialmente “el festival del moco”) suelen ser focos de infecciones y virus para el niño (más aún para un bebé). Esto se da por la concentración de pequeños con sistemas inmunodeficientes aún en proceso de adaptación con el mundo exterior: compartir espacios reducidos y una amplia variedad de objetos terminan por ser vías de propagación de gripas, lombrices, infecciones gastrointestinales y un sinfín de virus. Puede pasar en un parque, en la sala de espera de una cita médica, en el bus y etcétera, pero las posibilidades de que ocurra en la guardería -sin duda- son mayores, al menos mientras el niño crea sus propias defensas. Sabemos que el “festival” se presentará seguramente, pero si podemos posponerlo para cuando su cuerpecito sea más fuerte, ¿por qué no?

Además de eso (y esto es muy importante) estamos convencidos de que nadie puede cuidar mejor a un niño que sus propios papás. Habrá excepciones, seguramente, pero se darán por condiciones médicas o mentales especiales que no viene al caso mencionar. De ahí nuestra lógica simple de esperar hasta que Irene hable: si algo malo le pasa nos lo puede contar, al menos para darle nuestro punto de vista sobre ciertas cosas y discutir opiniones distintas con ella. Nos hemos preocupado (y mucho) por brindarle amor sin golpes ni gritos, por proveer todas sus necesidades, por enseñarle a vivir en consonancia con la naturaleza, por amar desde el respeto, por cuidar su cuerpo, por valorar la vida no desde las cosas sino desde las relaciones con los otros y los sentimientos… y creo que es natural que queramos esperar hasta que esas enseñanzas estén claras y firmes en ella antes de enfrentarla a un mundo donde no todos piensan igual.

Eduard Punset, abogado, economista y comunicador científico español, afirma -basado en estudios científicos- que los primeros seis años de vida del niño son fundamentales para su desarrollo emocional, por lo que recomienda que la mayor parte de estos los pase el niño al lado de sus padres. Comparto su opinión. Dejo un video corto con sus comentarios al respecto y el link de un artículo donde pueden encontrar el documental completo (el número 30 del programa Redes, de Punset) sobre ello (no añado el documental aquí mismo porque no sé cómo hacerlo, pero lo recomiendo muchísimo).

No me alargo en más explicaciones porque se me hace que este texto ya está extenso. Veremos qué nos depara el futuro. Por lo pronto, Irene sigue pasando sus días completitos con nosotros (un privilegio que no queremos desaprovechar). 😉

2 febrero 2011 at 10:28 14 comentarios


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