Posts tagged ‘primer año’

“¡Aaaaa tita!”

Creo que después de “papá” y “mamá” (y de las unificadoras “mapapa”, “papamamá” y “mapa”) esta expresión -que casi siempre llega acompañada de un “ymm” saboroso y hasta gracioso, que precede una boca abierta y deseosa- es la reina de nuestra hija al hablar. Y no es para menos: a pocos días de cumplir 19 meses, Irene reclama lechita para dormir, para calmar la sed, para sentir el calorcito de mamá, para tranquilizarse, para regodearse de felicidad, para reponerse de una caída, para sentirse en casa y para un sinfín de razones más.


¿Por qué, entonces, hay tantas caras de sorpresa cuando algunos descubren qué es “a tita”? (Y a nosotros no nos pasa tanto, pero sé que las razones se asocian más a nuestro ritmo de vida.) Aún recuerdo las palabras “versadas” de quien fue por mucho tiempo mi ginecóloga cuando me dijo hace algunos días que amamantar más de seis meses al bebé era “un vicio” (no sé para quién). No volveré a enumerar los beneficios infinitos que contradicen ese supuesto porque, aunque me dan unas ganas enormes, ya lo he hecho y sé que el relato de nuestra experiencia es suficiente para hacerlo.

“Ymmm. A tita” es -con creces- la mejor amiga de nuestra (pa)maternidad. En casa nos sentimos cada vez más conmovidos cuando vemos que Irene deja claro cuándo la quiere (con un “aaaaaaaaaa” laguísimo y emocionado). Sabemos que su reclamo no significa dependencia o malcrianza -entre otras cosas, porque (como lo decía hace unos días) casi siempre se habla muy subjetiva y amañadamente de esto último. Al contrario, le atribuyo la serenidad y la seguridad de Irene a esa demanda siempre atendida. Ahora, después de cada “a tita”, sé con certeza qué es lo que necesita nuestra chiquita.

¿Y todavía la alimenta? Creo que sí porque nuestra hija sigue creciendo y desarrollándose como debe. Es más, para mí supone una tranquilidad extra porque sé que no es un gran problema si algún día veo menguado el apetito de la pequeña (y que conste que eso no significa que ella coma menos. En su lugar me parece que el interés por otros alimentos está asociado al rito, es decir, a hacer de las comidas un momento familiar. ¡Si hasta sushi -con mariscos cocinados- ha comido! Repito: los niños hacen lo mismo que hacemos sus papás).

Ahora, en cuanto a qué tanto ha cambiado nuestra lactancia en los últimos meses (ya un par de veces hablé –1 y 2– sobre los cambios que ocurrían después de que el bebé cumplía un año de edad), debo decir que poco. O quizás sí se haya transformado algo, pero creo que sus giros han estado más relacionados con la emotividad. Tanto Irene como yo y su papá nos sentimos más conectados al amamantar. La vida es más simple, no porque ella amamante menos (que sí, disminuye un poco con el tiempo), sino porque ahora sabemos con más certeza cuándo y por qué quiere mamar.

Algunos dirán que llamarla “tita” y no “teta” ayuda a reducir caras de sorpresa. Es posible. Pero aunque así no fuera, amamantar sí hace que todos vivamos más felices y tranquilos: tomar un avión, dormir fuera de casa (juntos), sanar un corazón asustado o un piecito adolorido, relajarse y conciliar el sueño (diurno y nocturno de grandes y pequeños), expresar con caricias y besos nuestro afecto, combatir la falta de apetito, mantener a raya los virus y los bichos y un largo etcétera que pasa incluso por estimular el habla y los gestos, ha sido sencillo. Persistiremos, por ello, en nuestra lactancia. Y juzgo por el entusiasmo que Irene muestra con su “aaaaaa tita”, cantando y sonriendo, que amamantaremos todavía un buen tiempo. (Ya sé de qué no nos perdemos.) 😉

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4 marzo 2011 at 08:36 9 comentarios

Socializar: cómo y cuándo aprenden los niños a interactuar con los demás

En nuestra entrada anterior hablábamos sobre cuándo llevar a un niño a la guardería y, especialmente, sobre las razones por las que no queríamos hacerlo antes de que Irene cumpla 3 años. Hoy queremos compartir tres videos muy interesantes sobre el desarrollo de la socialización en los pequeños, que plantean -entre otras cosas- que ésta depende de la capacidad de interacción del niño y de la autoconciencia que él debe alcanzar antes para poder reconocer sus propias emociones y, a partir de ello, registrar y aceptar los deseos e impulsos de los demás. Un resumen audiovisual de aproximadamente 20 minutos que expone los inicios de ese proceso y confirma que la interacción con otros niños sólo se alcanza entre los 3 y 4 años de edad.

Si bien últimamente se ha planteado que los niños necesitan aprender a socializar (y este argumento es uno de los que más pesa en el ingreso al jardín infantil antes de los 3 años), algunos estudios han demostrado que la socialización sólo es posible después de que el niño ha tomado conciencia de sí mismo, pues sin ella no comprende su lugar entre los demás. Una vez se reconoce como individuo, el niño es capaz de recrear emociones e interactuar.

La autoconciencia aparece alrededor de los 18 meses y es la que da paso al posterior reconocimiento y recreación de las emociones.

Con ello -entre los 3 y 4 años-, el niño desarrolla progresivamente la capacidad de compartir e interactuar con otros, reconociendo sus propios deseos e impulsos y controlándolos para permitir su convivencia armónica y respetuosa con los demas.

Hasta ahora, puedo dar fe del desarrollo de la autoconciencia, pues me ayuda a entender por qué recientemente -a sus casi 18 meses- Irene ha empezado a responder después de su toc-toc en la puerta y nuestro “¿quién es?” con un “a niña” (la niña) o “ene” (Irene)… 😉 Un paso más en su diario crecer.

PD: El primer y el segundo video están incluidos en uno de los artículos recomendados en nuestra entrada de ayer. Vuelvo a enlazarlo el texto porque creo que vale muchísimo la pena leerlo.

PD2: Antes de que alguien lo comente: cuando hablo de socialización me refiero a la que tienen los niños fuera de casa, en un espacio público, sin desconocer ese primer contacto social que tienen, desde que nacen, con sus papás.

3 febrero 2011 at 06:40 8 comentarios

Aprender a hablar

Irene está comenzando a hablar: Lento, pero seguro, ha pasado de palabras simples y cotidianas como mamá, papá, gata, tita, más y agua (casi dominadas) a algunas un poco más complejas como zapatos (dicho más o menos /apatgm/ -con un sonido gutural sordo al final que no sé cómo se representa :S-), Amaranta (/tanta/), Irene (/ene/), Leche (/ech/), jamón (/ámon/), niña (/niña/), árbol (/ábol/), gracias (/acias/), y otras más. El camino es largo pero fascinante, pues supone una aventura que revela algunos misterios sobre el funcionamiento de nuestro cerebro al tiempo que tiende puentes más firmes en nuestra comprensión de sus deseos. Doy aquí cuenta de nuestra experiencia y de algunos links útiles sobre el camino que nos falta por recorrer.

La adquisición del lenguaje es, quizás, una de las competencias más importantes en el desarrollo de un bebé. Ésta, sin embargo, se da en varias etapas, que van desde el aprendizaje de sílabas (que en Irene pasa por experimentos fonéticos que hacen -por ejemplo- que la s suene como una f o que la t se convierta en un ruidito gutural sordo) hasta la capacidad de conjugar verbos adecuadamente, construir oraciones lógicas y sostener conversaciones con sentido recíproco (que es mi manera ramplona de decir que algún día nuestra pequeña querrá ampliar sus conocimientos y tendrá la preguntadera y la razonadera a mil).

Nuestro comienzo se dio con las clásicas palabras de papá y mamá (en ese orden, pero con un proceso de perfeccionamiento que aún hoy da mezclas como “mapa” o “mamapa”) y con miradas de la pequeña clavadas en nuestros labios (¿su cabecita intentado aprender los movimientos de la boca?). Pasó luego a la expresión de ruiditos imitadores de sonidos (que se repetían invariable y acertadamente ante preguntas del tipo cómo hace el perro, cómo hace la vaca y otras así) y en los últimos días ha ascendido a un nuevo nivel que convierte sus onomatopeyas en sílabas (ya Irene no ladra sino que dice “a guau” cuando quiere decir “hay un perro”, por ejemplo) y que introduce expresiones incomprensibles, producto de un intento constante por verbalizar lo que su dedito señala  y que da como resultado la aparicipón del irinense, un lenguaje muy propio que hasta ahora sólo ella entiende.

De la mano de estos cambios, ha llegado la ampliación de su vocabulario con palabras como “bu” (bus), “niña”, “nana” (Mariana), “tía”, “tío”, “ena” (Elena), “ámof” (vamos) y otras así. Nosotros, por supuesto, hemos seguido la clásica rutina de repetirle lentamente algunas palabras cotidianas, con la ilusión de verla pronunciarlas haciendo esfuerzos para aprender a decirlas bien. Cuenta a favor, creo, que siempre le hemos hablado correctamente (no como hacían nuestros abuelos que, en cuanto veían un bebé, empezaban a decir “agugú”). Quisimos hablarle en otros lenguas, con el propósito de que se familiarizara con ellas y, quizás, poco a poco las aprendiera, pero tras su llegada salieron a flote nuestras emociones (y con ella nuestra lengua materna), por lo que el proyecto quedó pospuesto para etapa más racional en nuestra familia (supongo que justamente el caso será otro en los hogares donde los padres tienen distintas lenguas de origen. Ya nos dirán cómo les va).

Me ha sorprendido, sí, descubrir que el castellano es una lengua compleja, por lo que he terminado por darle la razón a un compañero que dice que es muchísimo más fácil aprender a hablar en otras lenguas como el inglés o el francés, plagadas de palabras más cortas: los niños aprenden a decir primero sílabas sueltas y, con el tiempo, van soltando construcciones más complejas, de dos y tres sílabas. Conclusión: ha de ser más fácil decir cat que gato y más difícil decir amigo que ami.

En cualquier caso, los resultados y la rapidez con la que se dan los cambios son sorprendentes, por lo que posiblemente este tema dé lugar a más entradas y comentarios. Para no alargarme hoy, dejo un conjunto de links interesantes al respecto que plantean, entre otras cosas, cuáles son las diferentes etapas que se presentan cuando un niño aprende hablar (complementado aquí), cuáles suelen ser las primeras palabras que se aprenden (en la mayoría de los idiomas, además), cuáles pueden ser algunas señales de posibles trastornos del lenguaje, cómo los padres podemos acompañar de una manera eficiente el proceso de adquisición del lenguaje (con pautas como hablar correctamente y usar también el lenguaje del cuerpo), cómo podemos comunicarnos con el bebé incluso cuando éste es muy pequeño para hablar y las ventajas que pueden tener los niños bilingues para aprender (idiomas y otras cosas).

Y cierro aclarando que aunque el video inserto no tiene como protagonista a Irene, es muy ilustrativo de esas primeras palabras (bueno, el peque está un poco más grande y dice algunas más elaboradas que nuestra pequeña)… así que aunque sea un niño, se le llega a parecer. 😉

PD: Acabo de intentar ver el video en esta casita y me salió un letrero que dice que tiene algunas restricciones. No se asusten, denle clic al texto que dice: “Ver en Youtube” para visualizarlo. A pesar de ello lo dejo pegado porque, repito, es lindo y muy representativo de esta etapa del bebé.
PD2: Si les interesa “ver” cómo se producen los sonidos en nuestra lengua (además de conocer las clasificaciones del mismos) les recomiendo este espacio. Quizás así justifico (junto con el “no soy lingüista” -afortunadamente-) mi animalada en la transcripción de la fonética de nuestra hija. Jjaja

26 enero 2011 at 09:18 5 comentarios

¿Cambia la lactancia después del primer año de edad? [2]

Continuamos nuestra entrada de ayer con la segunda parte prometida. Llegamos a los doce meses… y a un total de seis dientes. Cumplido el año los ensayos (ahora picarones) de mordiscos regresaron y, con ellos, los cambios adoptados para mantener la lactancia, sus beneficios y nuestra tranquilidad.

Foto: Bebés y más

El balance de nuestros cambios para mantener viva nuestra lactancia es bueno: ya no hay dientecitos afilados clavándose en mi pecho, el apetito de Irene por los alimentos complementarios crece considerablemente y las noches (que antes tenían unos 3, 4 o 5 despertares, cada tres horas) han mejorado muchísimo: ahora tenemos una chiquita que se despierta menos (una o dos veces en la noche, con lapsos de 6 horas o más) y que sólo toma teta a oscuras antes de caer en los brazos de Morfeo. En el día, sí, tenemos unas seis tomas de leche, antes de las siestas y de las comidas, además de unas cinco comidas cada vez más parecidas a las de papá y mamá. ¿Qué cambiamos y cómo lo hicimos? Empiezo a contar.

Mordiscos

Se presentaron inicialmente después de que asomaron narices los primeros dientes de la peque, creo que de una manera involuntaria y casi refleja, pues ella misma no era del todo consciente de qué función tenían los amigos del Ratón Pérez. Un no serio y explicado (estoy convencida de que los niños sí entienden lo que les dicen, sin importar su edad), seguido de un llantito asustado, fue suficiente para evitar dolores y continuar tranquilos nuestra lactancia. Alrededor del primer año, sin embargo, los dientecitos ya estaban bien identificados en su cabeza y se multiplicaban gradualmente en su boca: nuevos mordiscos picarones y poca atención al no adolorido de mamá volvieron a llegar.

Medidas

Concluimos que más que rechazo al pecho sus mordiscos eran una manera de distraerse y jugar. Decidimos entonces  no darle teta cuando ello ocurriera, manteniendo nuestro deseo de que Irene siga tomando lechita el tiempo que quiera (ojalá hasta los dos años) y protegiendo al mismo tiempo a mamá.

Aclaro, sin embargo, que interrumpir la toma de leche tras el mordisco nunca fue una manera de castigo (nuevamente le hablábamos sobre lo que ocurría y sobre el por qué lo hacíamos); era más bien una interpretación que creímos lógica de lo sucedido: si muerdes no tienes hambre, si juegas (ojitos picarones antes y después del mordisco -lento, medido- mirando a mamá), quieres jugar.

La consecuencia final fue que condensamos las tomas de leche de nuestra pequeña, omitiendo algunos aperitivos (no aquellos que calman caídas, por ejemplo, que más que aperitivos son protección, amor y consuelo) y dejando espacios más amplios para jugar. Irene, por supuesto, puede estar jugando horas eternas sin hacer ningún gesto de hambre (bueno, a veces viene gateando hasta mí y me coge el pecho, con una tosecita particular que significa en irinense “quiero lechita de mamá”). Cuando eso ocurre y veo que han pasado unas tres horas sin leche, le pregunto si quiere lechita. La respuesta suele ser el gesto que acabo de describir entre paréntesis, con o sin gateada, y, siempre, la tosecita característica. Le damos leche sin mordiscos. 😉 [Felicidad.]

¿Se pueden evitar los mordiscos sin dejar la teta?

Foto: Madres en la red

En nuestro caso fue posible, creo que por la dinámica bastante recurrente que tenemos. Nuestra vida tiene cada vez rutinas más establecidas, que se han ido creando a la par de la pequeña, siguiendo más sus necesidades que la nuestra. Obviamente esto no significa que hayamos esperado a que ella las definiera -creo que no hubiera sido posible, sobre todo cuando era pequeña-. Más bien significa que continuamos nuestra vida en casa más o menos como venía (con rutinas comunes, como dormir en la noche y hacer seis comidas en el día: desayuno, merienda, almuerzo, merienda y cena), haciendo cambios y ajustándola cada vez que sentíamos que ella lo necesitaba o pedía.

Por ejemplo, siempre nos hemos sentado juntos a la mesa (c0n ella en su cochecito, acompañándonos, cuando era muy pequeña), lo que creo que ha sido definitivo para que Irene se sienta atraída por los alimentos y para que participe activamente (pidiendo, cogiendo, explorando, probando y comiendo) en las comidas. Es más, cada vez me inclino más por la hipótesis de que si un niño ve a sus padres comer (y más si él mismo hace parte del suceso), querrá hacer lo mismo, al mismo tiempo. No gratuitamente se dice que muchas de las cosas que hacen los niños las aprenden por imitación. Irene, al menos, además de comer y pedir de todo lo que ve en la mesa, quiere peinarse sola, caminar a nuestro lado, salir a la calle y lavarse los dientes.

Distracciones y juegos

No me alargaré mucho en este apartado porque creo que ya quedó un poco resuelto con lo que escribí hace un rato. Sólo quiero agregar que a medida que Irene crece se hace más necesario mantener un espacio especial para la lactancia, alejado de ruidos y juegos. En nuestro caso, además, contamos con “herramientas” especiales para la tarea (un cojín de lactancia, una mecedora), que aunque no usamos siempre -no dejamos de darle lechita cuando estamos fuera de casa 😉 – nos ayudan a “ambientar” más el momento y a contextualizar. Una vez ella está satisfecha, se suelta e intenta bajarse solita de la mecedora. El mensaje, sin duda, es: “cambio de actividad”.

Cambio en las rutinas de sueño

Foto del Concurso de Fotografía del Grupo Nodrissa. 2003. Premi Coselleria de Sanitat: Millor Foto. Mónica Reneses. Albacete.

En nuestro caso, el cambio más significativo, quizás, son las rutinas de sueño de Irene. Hasta hace unas tres semanas, nuestra pequeña se dormía siempre pegada al pecho. Desde hace unos dos meses, sin embargo, durante sus despertares Irene tardaba muy poco en volverse a dormir, con lo que sus tomas nocturnas eran casi nulas. Había leído con frecuencia que intentar dormirla de otro modo (meciéndola, cantándole, etcétera) podía ayudar a que durmiera por lapsos más largos, pero los intentos habían sido efectivos sólo en algunas ocasiones. Decidí volver a intentar, con la premisa de que si veía que ella no estaba cómoda con ello y pedía pecho, volveríamos a tomarlo.

Vino la sorpresa: la primera vez, mi niña estaba descuadrada, intentaba pasar de una posición vertical a una horizontal (habitual en su toma). Protestaba un poco, sin llorar. Pasado un par de minutos, como si fuera lo más lógico, se recostó en mi hombro. Cinco minutos más tarde dormía plácidamente. Cinco minutos más, la acostábamos en su cunita sin riesgo de que abriera los ojos. Los lapsos de sueño, inmediatamente, empezaron a cambiar: de tres horas pasó a dormir en un solo tiro unas 5, 6 y hasta 7 horas. El resultado, por supuesto, fueron menos despertares.

Las circunstancias se mantienen iguales hasta ahora. La única diferencia, paradójicamente, es que yo me siento más cansada cuando se despierta y, aunque tarda lo mismo que con el pecho para dormirse (entre 5 y 10 minutos), mi cuerpo se queja más. Creo que los paseos por el cuarto, cargándola mientras se relaja, sumados a sus 9 kilos de peso, maltratan un poco mis rodillas. Pero no importa. Ella está tranquila. Y yo, ahora, duermo un poco más.

Nuestras recomendaciones

  • Dejar que el bebé marque los ritmos, aprendiendo a leer sus señales y a seguir, también, el instinto de mamá.
  • No dar nada por hecho ni definitivo: el ser humano es cambiante.
  • Permitir que el bebé, aunque adaptable, encuentre su manera de hacer las cosas (que seguramente no será la única y, como todo, variará, variará y variará ;)).
  • Mantener espacios que propicien silencio y tranquilidad a la hora de amamantar.
  • Establecer rutinas para las comidas (y si se puede, para dormir, pasear, jugar) que se ajusten al bebé y al hogar.
  • Compartir tiempo en familia: creo que los chiquitos quieren hacer las mismas cosas que queires los rodean. Por eso, sin duda, siempre querrán jugar con ustedes… y dormir y comer y explorar.

[Quedo debiendo (y lo enuncio para que no se me olvide) un par de textos sobre nuestras metas futuras y logros actuales de “Menos cosas, más felicidad”, además de otro sobre la introducción de derivados de la leche -exitosa y paulatina- y de otros alimentos como el pescado, los cítricos y el huevo, que recomiendan darle al bebé después del primer año. Ah, y un feliz trecemeses el jueves próximo. Crecen rápido, ¿ahh! Gracias a todos por sus comentarios. Y por seguir visitando esta casita. Un abrazo y un beso fuertes.]

4 septiembre 2010 at 11:40 3 comentarios

¿Cambia la lactancia después del primer año de edad? [1]

Recientemente Irene cumplió doce meses y, como queríamos, sigue tomando lechita de mamá. Nuestra historia de lactancia, no obstante, ha sufrido cambios -gratos- que nos han permitido adaptarnos a las transformaciones de la peque, cada vez más despierta, activa e inquieta. La introducción de otros alimentos a partir de los seis meses se ha incrementado, ampliando su apetito sin medrar sus tomas de leche. Estas, sin embargo, han cambiado: ahora Irene hace unas 6 o 7 tomas largas (pero rápidas) durante el día, dejando a un lado las tomas nocturnas y los aperitivos y logrando concentración a la hora de amamantar. Seguramente nuestros cambios no son comunes a todos los niños, pero nos han ayudado a mejorar sus noches y a superar mordiscos y distracciones. Y, aunque no se corresponde totalmente con el título, iniciamos una primera parte de esta historia hablando sobre los cambios en la lactancia después de los seis meses, para dejar para la próxima entrega los detalles de lo ocurrido después de los doce meses de edad.

Y comienzo repitiendo lo que he dicho otras veces: cada niño es un universo al igual que lo son cada mamá y papá. Quizás, lo que nos sucede a nosotros no le ocurra a todos. Nuestra historia no pretende, por tanto, ser un modelo único para ninguna familia. Si a alguien puede servirle nuestra experiencia, maravilloso; y si alguien puede enriquecerla contándonos la suya propia, nos gusta mucho más. 😉

¿Cuáles han sido nuestros principales (y más recientes) cambios?

Básicamente han cambiado las frecuencias en las tomas de leche y los espacios en los que desarrollamos la misma, pues el ansia de explorar y conocer de nuestra chiquita -sumada al incremento de otra variedad de alimentos en sus comidas- exigen concentración y tranquilidad.

Estos cambios, sin embargo, no han sido los únicos, pues a pesar de que un mes después de introducir alimentos complementarios a la dieta de Irene escribimos un post diciendo lo  poco que cambiaba esto nuestra lactancia; unos meses después, al acercarnos al año, sí empezamos a concentrar las tomas de leche de la pequeña, todos los días más deseosa de comer todo lo que estaba servido en la mesa de sus papás.

Las edades de la lactancia

No sé si el término es propicio, pero en la última revisión de la peque, el pediatra nos dijo que Irene se ha convertido en una lactante mayor al cumplir doce meses. Antes de esta fecha, los peques son primeros lactantes (hasta los 28 días) y lactantes menores (de los 28 días a los 12 meses de edad). La diferencia con las edades anteriores, según entiendo, radica en el desarrollo físico y emocional del pequeño: de tomar otros alimentos como complemento de la leche materna, el lactante mayor pasa (supongo que no al cumplir un año exactamente, sino alrededor de esta edad, según su propio ritmo y desarrollo físico) a comer cada vez más como el resto de la familia.

La leche materna, sin embargo, sigue siendo una fuente importante de nutrientes y energía (además de defensas, amor y caricias) después del primer año, pero no se basta por sí misma. Se recomienda continuar dándola hasta los dos años (al menos), pues ayuda a tener una mejor salud en el presente y el futuro de los pequeños. Además, amamantar también es bueno para las madres, pues protege contra la obesidad, reduce el riesgo de padecer enfermedades como el cáncer de mamá y de útero, además de prevenir la aparición de otras patologías como la osteoporosis y la artritis reumatoide en las mamás.

Lactante mayor y lactancia prolongada

Foto del Concurso de Fotografía del Grupo Nodrissa. 2005. Autor: Raquel Ochoa Sánchez. (Premio del Ayuntamiento de Ondara)

Hace algunos meses publicamos un artículo muy interesante sobre los beneficios de la lactancia prolongada. En él se planteaba que el término se usaba para bebés que continuaban tomando leche materna después de los doce meses de edad. Traigo nuevamente a colación el texto (entre otras cosas, para que puedan leerlo quienes estén interesados en conocer estas maravillosas ventajas) porque si bien puede hablarse de una lactancia prolongada a partir del año, creo que quizás sería más preciso hacerlo después de que el bebé ha cumplido los dos años de edad.

Esta posición, aclaro, es un poco personal y arbitraria: la palabra “prolongada” me da la idea de algo que se va más allá del tiempo habitual… y me digo: ¿Si la misma Organización Mundial de la Salud recomienda lactar hasta los dos años (al menos) por qué se habla de “prolongar” la lactancia después de los doce meses si lo deseable es que se mantenga también -normalmente- los doce meses siguientes? Supongo que será porque no muchas madres lo saben o lo hacen… Y es una lástima, porque lactar es un regalo y un placer tanto para ellos como para las mamás.

Ahora sí, nuestros cambios: de los seis a los doce meses

Al iniciar la alimentación complementaria de Irene, nuestra chiquita pareció interesarse un poco menos en su lechita, especialmente después de introducir en su dieta algunas  papillas. Confieso que me estresé un poco, pues notaba que su acercamiento a otros alimentos era más exploratorio que nutritivo (era imposible que su cuerpecito se mantuviera en buena forma con los bocados que apenas alcanzaba a probar). Estuve atenta a sus caquitas y descubrí que más que poco interés en la leche materna, Irene estaba acostumbrándose al cambio que esos nuevos alimentos suponían para su aparato digestivo: deposiciones más densas, menos frecuentes y, a veces, duras. Insistimos entonces con la lactancia, reduciendo la ingesta de sopitas y coladas (nuestra opción primera era el Baby-Led Weaning, pero su habilidad cogiendo los alimentos nos hizo dudar). Logramos así que el cambio fuera paulatino y que el efecto laxante de la leche evitará atascos digestivos. Pasados un par de meses, cuando su cuerpo se había acostumbrado un poco más a la nueva dieta y a los pujos requeridos para eliminar sus heces, incrementamos las porciones, retomamos las sopitas y mantuvimos el suministro de trozos de alimentos (verduras y frutas, principalmente) para saciar su apetito y su curiosidad. Paralelamente, su interés por la leche volvió a ser el mismo de otros días para felicidad de todos.

Superado este impasse, aparecieron -con los nuevos dientes- los mordiscos: un no serio y rotundo sirvió de aclaración de que teta y dientecitos no eran amigos… La claridad, no obstante duró hasta hace poco cuando, al cumplir su primer año, Irene empezó a morder mi pecho de nuevo, con cara picarona al principio y al final.

[Esta entrada ya se hizo larga. Suspendo temporalmente. En la segunda parte les contaremos cómo logramos superar el ataque dental y cómo los cambios nos han ayudado a evitarlos, además de mejorar, incluso, el sueño de Irene y el sueño de sus papás.]

😉


2 septiembre 2010 at 08:45 3 comentarios


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