Posts tagged ‘pataletas’

“Yo no quiero que trabajes, mami”

¿Así o más claro? Con esa oración simple (expresada por Irene otras veces, en medio de llantos y discusiones, pero ante oídos ocupados y medio sordos de mamá) mi chiquita y la vida han resuelto el enigma de las crisis de mis anteriores entradas. El origen del demonio de Tazmania, en resumen, soy yo misma… bueno, yo o la atención perdida de mi hija -ahora que me parecía más independiente y más autónoma, menos demandante y más tranquila…

Ni los terribles dos ni los terribles tres ni la edad ni caprichos ni incomprensiones ni irracionalidad son adjudicables realmente a mi niña. Son inventos, quizás. O mejor: nuestra forma torpe y desconectada de entender una necesidad elemental y básica. Lo único que un niño necesita (yo misma lo he escrito en esta casita) es a sus papás. Y yo, que siempre he defendido esa crianza cercana, sin escuela ni nada que marque distancias, he caído en la falacia de ver en mi chiquita -que ahora camina sola, come sola, juega sola, habla como cotorra- a una personita independiente. Me necesita, apesar de todos esos logros. Porque es una niña y los niños necesitan a sus papás. Pretendo que entienda “mis necesidades” de tener otra vez una vida paralela (que es normal, que es humana, que a veces, no sé si psicológicamente, materialmente, profesionalmente, económicamente parece necesaria -insertar bendiciones a Simple Living como una forma d vida válida y necesaria aquí) a la de ser mamá. Pero no, estar disponible no basta. Al menos no solamente. Libros, trabajos, escrituras, pantallas y todo aquello que disperse la atención de mamá por periodos prolongados desata una crisis ya descrita que simplemente dice: “estoy aquí, te necesito, acompáñame” (es decir, “atiéndeme, juega conmigo, abrázame”).

Escribo esto y el corazón se me hace una uva pasa. No pretendo solidaridad ni látigo, simplemente quiero compartir esa respuesta directa y sencillísima -dicha ahora en nuestra cama, hace como una semana, al despertar y jugar con papá y mamá saludando, sonriendo, en medio de una felicidad y una tranquilidad total- que aclara definitivamente el panorama.

Y doy detalles de nuestra vida: Irene nunca está sola, siempre tiene un adulto disponible para ella. Si mamá trabaja en casa (ayudando a papá, casi siempre, o escribiendo -por ejemplo este blog, ahora a las 2 y 30 de la mañana-) no lo hace porque sea asalariada. Puedo dejarlo y ya está. Pero, claro, ese “trabajar” -que es lo que le he dicho a mi hija que hago, lo mismo que ella ha repetido que va a hacer, trayendo su computador de juguete para sentarse a mi lado, pidiéndome que ponga su mesita y su sillita al lado de la mía con un “mamá, yo también quiero trabajar” o cualquier variable similar- afecta mi disponibilidad: menos parque, menos juegos, menos conversaciones, menos estar juntas con los cinco sentidos puestos. Y la vida da razones que no vemos, así sea expresadas en gritos, reclamos o cambios de opinión repentinos, contradictorios e incomprensibles.

Hemos tenido días mejores, definitivamente. ¡Mejorsísimos! La solución, más allá de la disciplina positiva (que existe y creo que siempre ha primado en esta casa y que puede ayudar, sin duda, a enfrentar momentos de crisis demoníacas), ha sido dedicarle más tiempo y más atención a nuestra chiquita.

Así que no hay terribles dos, ni terribles tres (¡faltan un día para el cumpleaños de nuestra chiquita!), ni terribles nada. No es capricho, no es irracionalidad. Es necesidad de mamá (con todas sus letras, irremplazable por otro adulto disponible). Y eso, sin duda, es vital. No será fácil mantener la disponibilidad al tope, pero al menos ya tengo claridad sobre el enigma. ¿Vale la pena? Seguro. No sólo por estos mejores días, tranquilos, sosegados, felices, sino porque creo que las faltas o no de afecto (que estar disponible también es darlo sin condiciones) marcan el resto de la vida de un pequeño. Ya habrá tiempo para otras cosas, otros libros, otros oficios alternos (así sea en la madrugada, cuando un poquito de insominio nos hace levantar).

Estoy tranquila y feliz. Y, sí, no es un reto fácil, pero me gustan los “premios” (y esta solución final). Seguiré “transmitiendo”. 😉

Un abrazo y un gracias a todas por sus palabras.

PD: Ilustro esta nota con una imagen emblemática, del 22 de septiembre de 2010: la de la eurodiputada conservadora italiana Licia Ronzulli, quien llevó a su bebé a trabajar “para que pensemos en todas las mujeres que no pueden conciliar su vida profesional con su vida familiar”. No estoy en contra del trabajo, lo admiro y lo respeto, pero no puedo dejar de desconocer una cosa natural. Nos falta tribu y nos jode (perdón) el sistema en el que vivimos. Los niños, que no entienden ni de capitalismos ni de facturas por pagar, lo tienen claro: ellos sólo necesitan a sus papás. Cierro, para ¿dar esperanza? ¿acabarla? con una foto actual de esta misma diputada (y su hija) en la Eurocámara (si meten su nombre en Google y seleccionan imágenes, verán un montón de sesiones con chiquita a bordo más… ¿conciliación laboral?).

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8 agosto 2012 at 03:04 6 comentarios

El reto diario

Luego de la katarsis verbal de mi entrada anterior e inspirada en parte por un texto que encontré en mi búsqueda de reseñas sobre la recomendación de Náhuatl (estoy en la tarea de buscar el libro, ¡¡gracias!!), voy a intentar hacer justicia con mi chiquita señalando que aunque el reto es diario y fácilmente lo que funcione hoy mañana sea totalmente obsoleto, la situación se puede sobrellevar (bueno, puede intentarse salir a flote con ella ;)). La idea de hacer un pequeño resumen de esos comportamientos explosivos junto con las posibles soluciones que he encontrado me parece una buena manera de darle la vuelta al panorama y de ofrecer, además de quejidos, esperanza a este corazón a veces desbordado y al de otras mamás con demonios adorables en su hogar.

La idea, como decía antes, no es original: vilmente la copio (bueno, me inspiro para hacer mi propia lista) de un ejercicio semejante encontrado en una web llamada Planning with Kids. Su metodología es sencilla: describo alguno de los comportamientos límites de Irene y a renglón seguido intento esbozar la solución posible que nos ha funcionado (aunque sea sólo algunas veces) para “conciliar”. Espero que a mí misma me ayude este ejercicio (y dejo el drama: nuestra chiquita, aún con estas explosiones esporádicas tan propias de su edad, es un sol acariciador en nuestra vida. Sin duda, necesita pasar por todo esto -como nosotros- para crecer, entender, socializar, conocerse y madurar). Aquí va:

  1. Indecisa. Supongo que cambiar de opinión es válido, pero en estos últimos días Irene lo hace sistemáticamente (bueno, no siempre, pero cuando está en sus “minutos” -no diré días-…): quiere que la acompañe y luego me pide que me vaya (para gritarme al segundo siguiente que quiere estar conmigo), le ofrezco algo de comer, me dice que no lo quiere y en cuanto se lo doy a alguien o yo misma me lo como me dice (ejm, grita) que sí lo quiere, que se lo dé, que por qué me lo comí si ella quería, etcétera.
    Alternativa: No consultar todo, dar órdenes amorosas y sencillas. Voy un poco más allá de la recomendación de la mamá que escribía el artículo-musa de esta diatriba: no sólo reduzco las opciones para que escoja, sino que intento reducir las posibilidades de conflicto decidiendo mentalmente (frente a cosas menores) yo misma. Justamente recordaba al leer en los comentarios pasados a Nuria: dar órdenes simples (oraciones sencillas, directas, amorosas, pero precisas. La vi hacerlo con sus pequeños y pensé: ¡mira!). El único problema: muchas veces se me olvida. 😦
  2. Contradictoria. Se amarra un poco a la anterior. Un segundo es blanco y al segundo siguiente es negro. Creo que ella es quien peor lleva esto. Yo intento señalar que hay una contradicción en sus comportamientos (aquello de intentar que nuestra chiquita sea razonable y lógica), pero realmente, una vez ella ha entrado en “crisis”…
    Alternativa: Intento dejar que ella misma se calme, después de señalarle que está siendo confusa y que si no se expresa claramente es muy difícil que logre lo que quiere. Este es un punto en el que todavía necesito trabajar porque nos desborda fácilmente. Por lo pronto, mientras lo resolvemos, aplico un poco la alternitiva del punto uno y ante el olvido o el fracaso la alternativa que acabo de enunciar acá.
  3. Mandona. No sé si sea un asunto de signo zodiacal, pero nuestra chiquita adora mandar. Haz esto, haz, aquello, dame esto, dame lo otro, tráeme, etcétera. A su favor debo decir que realmente ha aprendido a decir “por favor”, con voz amorosa y dulce, pero también que cuando está, digamos, irritable, lo olvida fácilmente.
    Alternativa: recordarle que las cosas deben pedirse con respeto y con amor, o que ella misma puede hacerlas (sobre todo cuando son tareas ya asignadas: guardar sus zapatos en el clóset, recoger juguetes…). Casi siempre funciona (termina diciendo “por favor”). Cuando no, si es algo menor, la ayudo (con aquella idea de evitar un gran conflicto, sobre todo si lo que “ordena” lo hace un poco por reflejo, sin ser consciente ella misma de lo mandona que está siendo), si no, dejo que le pase un poco la cólera: lo pides bien, con amor, o no puedo atenderte. Dar y recibir (si das amor, recibes amor).
  4. Impaciente. Es la reina de esto. Sus cosas las quiere ya. Sin espera: que la acompañe, que la atienda, que le dé algo…
    Alternativa: tratar de indicarle que debe aprender a tener paciencia. No es fácil y casi nunca funciona (sobre todo porque si ya perdió la calma, no oye, no entiende, no nada). Mi arma final siempre termina siendo hacerme a un lado y evitar caer en el marasmo de su furia diciéndole que cuando se calme hablamos (condicionado). Ah, y señalar (gracias, Nuria) que todo tiene una consecuencia: si está tranquila, las cosas fluyen tranquilamente, si está molesta, casi siempre las cosas se alteran y no fluyen en paz.
  5. Irritable. Este quizás no es un comportamientos sino un estado… más común de lo que quisiera. Explota fácilmente con todo, cuando está en sus minutos (hay días que se pasan plácidamente, casi como si fuera con nuestra chiquita amorosa de siempre).
    Alternativa: tener paciencia, abrazar, tratar de ayudarle a expresar sus sentimientos y respirar profundo y esperar. Creo que la solución va también más por el lado de una actitud receptiva, paciente y amorosa, que por una acción concreta. Pero no es fácil, confieso… Pero también es la única alternativa que a largo plazo, para todos, puede funcionar. Tengo claro que si caigo o caemos en el caos de su irritación y desespero las cosas tienden a empeorar (para todos, por cierto).
  6. Hiperactiva. La palabra no es precisa, quizás (no pretendo etiquetar como anormal algo que es propio de su edad), pero la uso porque creo que da una idea rápida de lo que pasa: tiene momentos en que no para, literalmente: brinca de un lado para otro, corre, grita, se cae, se golpea, juega brusco…
    Alternativa: recordar amorosamente las “reglas” de nuestra casa (no gritar porque me asustas y asustas a los vecinos, no correr porque te puedes lastimar -si no hace caso, casi siempre ella misma lo recuerda con una caída-,…) o darle un tiempo límite al juego, bueno, más que un tiempo es una indicación límite (es la última vuelta que le das corriendo a la mesa, vamos a comer luego). No funciona siempre, pero anticipar ayuda algunas veces a calmar (o al menos a que dure menos su molestia por la detención abrupta de su acelere).
  7. Rebelde. Algunas veces parece que su único objetivo es llevarnos la contraria. Quizás es su manera de probar hasta dónde llega su dominio o de ver qué tanta incidencia tiene en lo que puede pasar.
    Alternativa: No perder los estribos ni caer en la trampa; en su lugar señalar su comportamiento y anticipar lo que puede pasar. Como todo, a veces funciona, a veces no, pero creo que siempre deja claro que su comportamiento no nos es desconocido y creo que a la larga eso sirve para que ella entienda que es algo que no está bien ni es divertido.
  8. Dramática. Odiaba cuando oía decir esto antes, pero ahora verifico en la práctica que a esta edad los niños aprenden a dramatizar: fingen llorar y sobreactúan sus penas. No creo que no las sientan, que sin duda hay un sentimiento de frustracción y desconocimiento del mundo que los afecta, pero sí creo que las exageran con el propósito (debe ser lo que piensan) de impactar. A nosotros eso termina por “sacarnos” un poco de casillas, sobre todo porque no queremos ni desconocer su dolor ni caer en la trampa de “está bien que lo hagas” corriendo a atender caprichos (que muchas veces son el origen del drama en cuestión).
    Alternativa: verbalizar el asunto; hacerle notar a Irene que esa sobreactuación no nos llevara a ningún sitio. Luego, sí, abrazar, escuchar, ayudarle a expresar eso que no la deja sentir paz. Es difícil, tedioso, agotador, a veces desbordante, pero es parte de la naturaleza de ese pequeño ser que también es capaz de hacernos ver la inmensidad del universo con sus sonrisas. ¿Qué hacemos? Intentar que ella recuerde que es más rico estar feliz que triste y que casi siempre ella es la fuente inagotable de su propio bienestar (y si no lo conseguimos, recordar que nosotros somos la del nuestro. Ommmm).
  9. Terca. Y aqui cabe caprichosa. Hay cosas que cuando se le meten en la cabeza, no hay quien se las saque, sobre todo si implican una buena dosis de imposibilidad: “quiero ir a ballet hoy”, “no podemos, hoy no es tu clase”; “yo no quiero que el sol se acueste, quiero que no sea de noche”,…
    Alternativa: intentar voltear la situación positivamente: “hoy no es tu clase, pero podemos hacer una clase en casa, con tu música: la ponemos y tu bailas” o “no puedo hacer que salga el sol, pero como es de noche podemos leer un cuento…” No siempre funciona, no siempre los motivos dan lugar a soluciones, pero casi siempre es bonito encontrar que ella misma puede ver que hay alternativas más allá de esa “única” posibilidad que se le había ocurrido. La mayoría de las veces, por el esfuerzo que implica pensar positivamente en una salida, nos enseña también a nosotros a ver desde una perspectiva más amorosa el mundo. ¡Esa dificultad se convierte en una gran alternativa para cambiar nuestro propio espíritu!
  10. Protagonista. Quiere estar en todo, ser la primera en todo, ser el centro de todo. No puede oir hablar a otro porque necesita llamar la atención de la persona con quien está hablando e interrumpirlo, quiere vestirse sola, comer sola, caminar sola, hacer sola…
    Alternativa: recordar “reglas” de casa (amorosamente) cuando agrede o irrespeta con su comportamiento a otros o, cuando el caso es señalar de independencia, dejarla intentar. No es fácil mantenerse sereno frente a ciertos caprichos (ella misma pierde fácilmente el control de ellos), pero darle espacio para sus propios intentos y, si es el caso, para que experimente sus propias frustraciones, es una manera de que aprenda a valorar la ayuda que le puedes brindar. Obviamente, casos como cruzar la calle sola o cosas por el estilo se ajustan a la primera parte de esta alternativa: nada que signifique risego entra dentro del rango de “lo puedes intentar”.
  11. Insegura y/dominante. Si se lee en conjunto con el anterior punto, se puede ver nuevamente el talante de la contradicción que acompaña a veces a nuestra chiquita. A veces quiere hacer todo sola y otras no quieres que te muevas del espacio que tiene ella a un metro a la redonda. No sé si la causa sea, como lo enuncia, una sensación de inseguridad (que a veces parece) o si es un intento de controlarlo todo (como que no soporta que me quede en silencio algunas veces o que no corra a contestarle todo su listado de por qués -interminables- cuando le da por preguntar).
    Alternativa: Darle un poco de tranquilidad acompañándola y, cuando se vuelve extremo, hablar sobre por qué no es necesario que estemos a su lado o cuáles son las ventajas de que ella pueda estar solita más allá de un metro. Este punto a veces se complica por todos los puntos anteriores, pero es parte de paseo. La mejor manera de resolver es considerar la situación, ser comprensiva con su momento de desarollo y recordar quién es el adulto, capaz de controlar más fácilmente sus emociones y situaciones, y actuar en consecuencia. No es fácil… pero casi siempre ayuda a evitar una tormenta (si no es un tema de capricho cerrado, by the way).

Uff, creo que ya.

Finalmente, con respecto al artículo-musa de todo este reguero de opciones debo señalar que no estoy de acuerdo con su planteamiento de ciclos de bienestar y caos en los pequeños: no sé si porque yo misma no los he percibido o porque no creo que sea tan fácil estandarizar. Sí pienso que estos comportamientos hacen parte de una etapa de desarrollo emocional de los pequeños, quie seguramente se sobrellevará mejor con el paso del tiempo y que menguará cuando el niño en cuestión llegue a los 6 o 7 años de edad (y tenga, como dicen, formado su carácter y temperamento). Ah, y sí estoy de acuerdo con su final (que no expongo con más detalle para no alargar): esta edad también está acompañada de un cierto despliegue de humor del chiquito, de mucho más sentido de su ser social, de expresiones de afecto más conscientes y de una cierta racionalidad que permite entablar charlas, verbalizar conjuntamente y razonar (no siempre, pero sí más que antes de manera conjunta). Y también creo que es el momento de establecer límites o “reglas”, amorosa y claramente. No creo (no sé si me equivoque) que pueda haber un niño amoroso sin disciplina, pero sí creo que puede haber una disciplina positiva (así a veces cueste tanto recordarlo).

Dejo pendientes otras reflexiones… pero habrá tiempo para ellas. Abrazos y gracias por sus palabras y paciencia,

A.

27 julio 2012 at 06:55 8 comentarios

Las rabietas: ¿naturales o aprendidas? (y algunas herramientas para saber qué hacer)

Anticipo que en este texto no hay respuestas definitivas para la pregunta de nuestro título, pero sí algo de sentido común y experiencia que pueden ayudar. Desde hace un par de meses, Irene empezó a incrementar llantos y gritos y, aunque cada vez siento que es menos angustiante “lidiar” con ellos, los mismos han ido evolucionando a caídas repentinas en el piso, primero sentada y después acostada, algunas veces -incluso- con pataleo al final. Esas pequeñas rabietas, por supuesto, suelen ser consecuencia del cansancio o la frustración y pasan velozmente con la aplicación de algunas estrategias simples que se fundamentan -sobre todo- en la comprensión. Es posible que en el futuro se haga más difícil hacerles frente, pero mientras eso llega, aquí van nuestras reflexiones y algunas herramientas para sobrevivir a ellas.

Y empiezo por un intento de respuesta al título: creo que las rabietas son la forma que tienen los chiquitos (sobre todo cuando no hablan) de expresar su incomodidad. Esto supone, por supuesto, que son naturales (Irene, por ejemplo, no ha visto a nadie hacerlas, pero ya va desmadejándose en el piso cuando siente alguna contrariedad). Es posible que puedan volverse recurrentes si nos cogen por sorpresa o no logramos lidiar con ellas, pues las molestias del chiquitín persistirán y es posible, incluso, que lleguen a ser aprendidas cuando el chiquito las encuentra como un recurso rápido para obtener atención y cambios. La diferencia, creo, puede estar en la manera como reaccionemos.

Nuestras rabietas

Duran por mucho 30 segundos (la casi indiferencia de los padres suele ser una buena aliada, más cuando va acompañada de palabras -pocas- amorosas que dicen, de un modo u otro, “desahógate tranquila”). Los psicólogos denominan esta técnica como “extinción” (retirar la atención usual que recibe el niño cuando tiene una rabieta) y recomiendan seguirla, una vez se supera el episodio de enfado, con una reafirmación de la atención. Eso, en castellano, significa que no debes reforzar la rabieta con atención (o con una rabieta adulta: gritos, golpes, etcétera) y que una vez ésta pasa, podemos hablar con el niño sobre ella, diciéndole que sabemos que se siente molesto por algo (o que está cansado o lo que corresponda), pero que no entendemos lo que quiere ni podemos ayudarlo cuando está así.

Ahora, continuando con las nuestras, no son constantes pero sí se presentan matemáticamente cuando Irene no ha hecho su siesta, cuando se ha pasado la hora de irse a la cama, cuando ha tenido un día de más actividad y está cansada, cuando le limitamos algo que quiera hacer, cuando no hacemos algo que quiere y otras circunstancias que cada mamá y papá, sin duda, se imaginará. Según la documentación que he revisado, las rabietas son comportamientos normales, propios de un pequeñito inmaduro que no sabe cómo manejar sus enfados (apenas comienza a tenerlos, pues sólo después del año se entiende como un ser independiente de su madre) ni sabe cómo expresar lo que siente (en el caso de los niños pequeños, porque aún no tienen un dominio del lenguaje para hacerlo).

¿Qué hacer?

Según los especialistas, es muy importante aprender a reaccionar adecuadamente, pues si no lo hacemos podemos reforzar (en lugar de erradicar) el comportamiento. Personalmente pienso que aún en los casos en los que la primera rabieta (no me gusta la palabra, pero la uso para facilitar la explicación del tema) nos haya cogido por sorpresa y nos haya hecho perder la paciencia, la capacidad de comprensión, aprendizaje y amor de los niños es tan grande que podrán readaptarse. Lo importante, en cualquier caso, es ser capaces de entender las particularidades de nuestro pequeño y de actuar en consecuencia, con amor, comprensión y paciencia.

En resumen, se debe:

  • Evitar reaccionar del  mismo modo: no golpes, no gritos, no “rabietas” de mayor.
  • Mantenerse calmado y alejarse (no del niño) de la situación: leer una revista, arreglar una planta, sentarse a mirar el paisaje. La idea no es ignorar al niño (en el sentido literal del término) sino permitirle expresar sus emociones y darle a entender que de ese modo no comprendemos qué es lo que quiere en particular. Al no involucrarnos como actores de la rabieta, obligamos -dicen los expertos- al niño a salir de ella.
  • Cambiar el tema o el foco de atención del pequeño, superando de este modo lo que le molesta. Yo suelo preguntar, por ejemplo, con voz de sorpresa, dónde están los gatos, qué pasó con algo que dejamos en otro sitio, proponer un cambio de actividades (de manera sugestiva) o algo por el estilo.
  • Ser sensibles con su molestia, sin intensificarla: cantarles (consejo de Karina ;))  resulta efectivísimo, hacer caras chistosas, imitar sonidos de animales, hacerles cosquillas o reacciones similares y desprevenidas (e inesperadas para el peque) le ayudan al niño a relajarse y ver que no estamos molestos con ellos y que podemos cambiar con sonrisas un mal momento.
  • Ser consistente: reaccionar siempre del mismo modo, sin importar la razón de la rabieta. Una vez se supera, le podemos ayudar al niño en lo que necesita: si está cansado podemos ayudarlo a dormir, si está aburrido podemos cambiar de actividad (incluso de espacio: a nosotros nos encanta salir con ella fuera a caminar y jugar), si está molesto o confundido podemos hablar con él para ayudarlo a entender -de acuerdo con su edad- lo que sucede, si está triste lo podemos consentir…
  • No debemos sentirnos avergonzados por las rabietas de nuestros chiquitos: son comportamientos naturales y necesarios para su crecimiento que todos los niños, en un momento u otro, aprenden a experimentar. Agrego, además, que con esas herramientas las rabietas suelen durar muy poco. Y si no es así, igual en cualquier momento terminarán.

Recomendados

En la red hay varios recursos sobre el tema que pueden ser de gran utilidad. Recomiendo particularmente algunos que adjunto en este mensaje que explican de un modo simple y práctico qué son los rabietas y cómo las podemos enfrentar. Ojalá nos sirvan los consejos… y no tengamos muchas más. 😉

PD: No sé a ustedes pero a mí me angustiaba pensar que el angelito que había tenido durante varios meses se había convertido en un diablito de carácter incontrolable. Ahora creo que no es cierto, que todos los niños pasan por ello y que el carácter de los chiquitos se ve desde muy temprano… apesar de que siga definiéndose más claramente en el camino. 😉

21 enero 2011 at 08:53 10 comentarios

A propósito del llanto del bebé

Después de nuestra última entrada, debo unas palabras de justicia a nuestra pequeña. Y otras de agradecimiento a todos ustedes por sus consejos, su aliento y su experiencia. Dejaremos fluir este momento y esperaremos pacientemente. Estoy segura de que éste no será el primer episodio lacrimoso, pero también sé que no será eterno y que a su lado habrá muchísimas sonrisas y carcajadas para recordar.

Creo que hay atenuantes importantes asociados a nuestra cotidianidad que pueden alterar la vida de Irene y, con ello, hacerla más sensible e irritable. Las enumero en lista-resumen veloz, sólo para completar un poco lo que escrito por ustedes y nosotros en el post anterior.

Lo primero: además de las muelas que están saliendo (que sin duda son molestas: la chiquita con frecuencia se muerde un dedo… o, mejor, la desplaza por sus encías traseras como si de un cepillo se tratara), Irene tiene alterado el sueño. O mejor dicho, no está haciendo con regularidad sus siestas y eso, estoy convencida, la hace llorar. Cuando no duerme en el día a las horas habituales (9 a.m. y 2 de la tarde), protesta, se pone un tanto frenética y no soporta ninguna contrariedad. A veces, ella misma se niega a dormirse (le cuesta relajarse), pero una vez lo consigue es el angelito cantarín que conocemos… con episodios de protesta de vez en cuando, mas no un llanto continuo y alegón.

Lo segundo: el episodio de fiebre terminó en Urgencias por preocupación de los papás (más de la mamá y lo confieso). Nuestra hija esperó pacientemente, encerrada, seis horas, mientras la atendían, la chuzaban, le ponían una sonda para tomar muestras de orina… Nosotros, por nuestra parte, pasamos todo el tiempo a su lado, la cargamos, recorrimos pasillos, le hablamos… Creo que el episodio entero (sumado al malestar posible de la fiebre de los dos días anteriores) vale como ruptura molesta de la rutina por un par de días más. 🙂 (Pobrecita. Finalmente no salió nada malo en los exámenes, lo que nos tranquilizó porque teníamos la duda de si había sangre o no en su orina: por lo visto era sólo un flujito de un cambio hormonal).

Y para cerrar: los días y las tardes se han vuelto lluviosos en esta época del año. Se han reducido, por lo tanto, nuestras salidas habituales al parque (hay días y casi semanas en las que sólo lo vemos desde la ventana), que son una alternativa maravillosa para relajarse, quemar un poco de energía condensada (la chiquita corre, habla, salta) y cambiar de actividad. Quizás, incluso, yo misma estoy un poco más gris (como el cielo) y estresada. Ella tiene entonces motivos para estarlo un poco.

La disculpo en parte y sigo echándome bendiciones para que este episodio de protestas sea sólo temporal. Ah, y añado a todas las posibilidades y consejos enunciados por ustedes las palabras de mi amiga casi hermana médica: los niños definen su carácter alrededor de los 19 y los 26 meses. Eso, sumado a la escasez de palabaras, los torna irritables. Además, por esa misma época, aunque no socialicen sí les gusta estar con otros chiquitos o tener actividades más fuertes. Irene pasa la mayor parte del tiempo con nosotros… no más. Su círculo es muy cerrado (un par de personas más en su rutina, por mucho) y nuestro círculo familiar es, a excepción del abuelo, poco presente. Creo que también nos hace falta la tribu de la que habla Laura Gutman. Y que adicionar actividades con otros pequeños que se muevan, hablen y salten como ella le puede ayudar a controlar sus emociones (o expresarlas de otro modo) un poco más. ¿Consecuencia? Hoy mismo iremos a la hora del cuento a la biblioteca y trataremos de hacerlo cada semana. Así que como se hace un poco tarde, me despido. Ya les contaré cómo nos va.

Saluditos. 😉

PD: Nos disfrazamos de chinita y disfrutamos con los animales zanahorias y teteros dulces. ¡Una delicia! Irene, como buena amante de los bichos, gozó una cantidad.

6 noviembre 2010 at 09:16 7 comentarios

Muelas, fiebre y llantos: ¿se puede pedir más?

Las últimas dos semanas han sido difíciles. No por problemas de salud sino por cansancio. Irene ha estado irritable, llorosa e impaciente. Espero que sea temporal. Pasamos del susto de una fiebre constante y repetida durante dos días, al descubrimiento de un par de muelas nuevas que, por lo visto, molestan un montón. No sé si haya relación entre una y otra o si la fiebre fue la consecuencia de un cuadro viral. En cualquier caso, el tema no pasó a mayores y nuestra chiquita sigue tan saludable como siempre… pero no tan tranquila. ¿Será propio de su edad? Espero que sí porque si no voy a empezar a echarme bendiciones. :S

Y resumo rápidamente algunas medidas tomadas. Para la fiebre (que no deja de ser una defensa natural del organismo que indica que el cuerpo se protege de cualquier bicho que quiera entrar): ropa ligera (de algodón), bañitos frescos (mas no fríos) y ventilación. Ah, y mucho líquido para evitar una deshidratación. Y amor, amor, amor. Usamos antipiréticos cada 8 horas (no siempre son necesarios) y nos mantuvimos en casa con temperaturas que oscilaban entre los 37.5 y los 38.5 grados centígrados. Las recomendaciones sobre cuándo ir a urgencias (si es un recién nacido, de inmediato) y cuándo suministrar antipiréticos y antitérmicos pueden encontrarse acá. Y otras sobre cómo tratar la fiebre en casa y cómo tomar la temperatura, se encuentran aquí.

Con respecto a las muelas, la salida de los dientes nunca ha significado malestares para Irene. No puedo confirmar entonces que sea verdad que den diarrea o fiebre o irritabilidad. Sin embargo, como toda norma tiene su excepción, la coincidencia del cuadro febril y la irritabilidad de la chiquita con la señora muela (buenos, las doñas porque vienen dos) me hace dudar. Por si las moscas, dejo un link, también de la pediatra Amalia Arce (los dos primeros eran suyos), sobre la salida de los dientes (que aunque sean definitivos, dicen, se portan igual). Según ella, es un proceso fisiológico y no viral (así que cero fiebre y demás molestias médicas). Cada quien opina según su experiencia.

Y cierro con los llantos. Irene está impaciente y molesta. Y nosotros ya no sabemos qué pensar. Primero creímos que era por la fiebre, luego pensamos que se debían a los dientes y ahora no sabemos si es un asunto temperamental. Lo cierto es que nuestra hija está impaciente, llorosa, resabiada y difícil. Sus gritos de independencia son cada vez más fuertes y sus malas caras y protestas se repiten cada vez más. Seguimos siendo amorosos y precisos en nuestras explicaciones, pero aclaro que no es fácil hablarle a una chiquita que grita. Hemos optado algunas veces por la indiferencia, precedida de un “cuando te calmes, hablamos”. Ha funcionado algunas veces, otras, sus protestas son pasajeras y pasan una vez ella encuentra algo más en qué pensar. Repito: no es fácil. Creo en la disciplina amorosa, sin gritos ni golpes… pero no tengo aún claro cómo debo reaccionar ante estos episodios. ¿Algún consejo desde la experiencia?

😦

4 noviembre 2010 at 07:25 22 comentarios


De sol a sol

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