Archive for abril, 2018

Querida Eloísa

Te escribo mientras casi duermes tomando la tita de mamá. No he logrado detenerme en esta casita como he querido durante meses. Mi dedicación absoluta a tus cuidados no me han dejado hacerlo. Pero no me arrepiento, chiquita. Al contrario. Es lo que más deseo: estar contigo, cuidarte, alimentarte, mimarte, y volver a hacer (¡y disfrutar!) todas las anteriores cuando Irene regresa a casa del colegio y estudia a nuestro lado contándonos historias, leyendo y preguntando. También es lo que más quiero hacer cuando papá regresa del trabajo y nos ayuda a prepararnos para dormir. O cuando nos despertamos en la mañana y él e Irene nos acompañan al desayuno o durante el baño, cuando nos despedimos porque van juntos al colegio, o cuando papá regresa a casa al mediodía para comer a nuestro lado. Estar contigo y contemplarte es lo que más quiero en esos y en otros momentos. Por eso, aunque tus historias para el blog se multiplican en mi cabeza, no logro sacar el rato para pasarme por acá.

Ahora, sin embargo, con el computador sobre mis rodillas recostado casi en tu espalda, me he propuesto explicarte (así sea someramente) que no me faltan temas, ni ganas. Que eres y serás siempre tan importante como lo fue Irene. Que tu embarazo y tus primeros meses (¡hace dos días cumpliste dos!) han sido un sueño del que no quiero nunca despertar. Y que todo ha sido a un mismo tiempo parecido y diferente al embarazo y esos primeros meses de tu adorada hermana: semejante en la emoción y la ilusión que nos acompañan, en las imágenes que en estos días con cierta ansia he vuelto a ver en la pantalla (que me revelan el increíble parecido que hay entre ustedes dos), y diferentes en que marcas tus tiempos, tus ritmos, tus necesidades y hasta tus temores de un modo único que siempre se conjugará en tiempo presente y que ameritaría tantas palabras como las que logré consignar hace ocho años con tu hermanita en las entradas que abren mundos en esta casa. Me perdonarás si no logro consignarlas. ¡Me tienes ensimismada! (Y me encanta.)

Pero resumo, así sea a vuelo de pájaro, hoy: cada día estás más despierta, más grande, más activa y más fuerte. Sonríes intencionadamente, nos miras y duermes en paz. Esos primeros días de largas noches en vela intentando sacarte gases, buscando maneras para evitar que devolvieras leche o que sufrieras de agruras y malestar parecen estar atrás. A veces regresan por ratos, pero tu sueño y mi sueño mejoran (otro motivo, sin duda, para que hoy escriba acá).

Cada día invento nuevas hipótesis y métodos para mejorar nuestros días y, sobre todo, nuestras noches. ¿El más efectivo? Observarte. Estar conectada contigo y conmigo, intentar atender todas tus necesidades, disfrutar (incluso en medio del cansancio) cada uno de estos momentos, y leer en tus emociones y en tu semblante qué necesitas, y qué te ayuda a estar mejor. ¿El resultado? Más paz, más felicidad (si es posible).

Aún me angustio un poco -confieso- cuando siento que salivas en la noche, cuando toses o te quejas entre sueños. Aún me despierto cuando te mueves en la cuna y también, claro, cuando algún gasecito de tu pancita hace que te retuerzas para ayudarlo a salir. Pero te observo y ajusto nuestra vida a lo que nos vayas pidiendo. No pudimos, por ejemplo, mantener el colecho. El reflujo nos obligó en menos de una semana a inclinarte un poco el colchón y, por ende, ponerte en tu propia cama. Ahora estás a menos de 50 centímetros, al lado de una mesilla con una lámpara tenue que enciendo no sé cuántas veces en la noche para asegurarme de que duermes bien. Esta última semana, para el caso, he concluido que pasas mejores noches si te alimento hasta que llevas unos 25-35 minutos pegada al pecho y no hasta que te sueltes espontáneamente (que no lo haces sino pasada una hora o así). A diferencia de Irene, que se dormía al pecho pasado este tiempo y dejaba de succionar aunque tuviera su boquita pegada a mí, tú sigues comiendo, no sé si despierta o entre sueños. Y te llenas y el exceso de leche te molesta, te produce gases y no te deja dormir. Ahora que te suelto, cuando te llevo a la cuna tus ojitos se mantienen cerrados, casi siempre guardando tu sueño, no debo sacar gasecitos (muchos salen mientras tomas el pecho) y duermes (y duermo) mejor. Puede que medio protestes un poco o que te muevas, pero estás dormida y pasados cinco minutos (que era la norma de máximo sueño cuando quedabas muy llena) no te despiertas.

Algo similar ocurrió con el baño, que también terminamos ajustando: intentamos hacerlo en las noches en tu bañera, pero descubrimos que era más placentero y tranquilo en la mañana en la ducha, juntas, cantando y mirándonos a la cara. ¿Y lo demás? Ajustándose igual: hemos estado muy resguardadas en casa, pero hemos salido al parque, al médico y a comer fuera los fines de semana; te hemos cubierto con mamelucos más gruesos que te protejan del ambiente frío y húmedo de estos meses; te hemos visto cambiar de colores en tu cuerpo y tu cara después de la bilirrubina que se te subió más de la cuenta cuando apenas tenías 4 días de nacida: empezando en el rosado, luego en el amarillo, el naranja, el moreno (hasta el punto que pensé que ibas a ser la morenaza de la casa), haz llegado a un color de piel luminoso parecido al de Irene. Tus ojos, como los suyos y los de buena parte de los recién nacidos que llegan al mundo, son de un azul grisáceo que empieza a pintarse con nubecitas de un gris un poco más oscuro (hazel dirían los anglófonos) alrededor de la pupila. Tus cejas, que eran casi transparentes, empiezan a verse un poco más castaño-rojizas. Tus uñas crecen a una velocidad que enloquece (cada semana debo cortarlas para evitar que me arañes o te arañes la cara). Tu cabecita, con algunos huesitos aún encaramados sobre otros después de tu paso por mi canal de parto, poco a poco va adquiriendo una forma más redondeada. Tu torso, antes delgado y frágil, empieza a verse más gordito y fuerte. En definitiva, tú, toda tú, vas empezando a encontrar tu forma de ser y estar fuera de mamá: esas primeras respiraciones irregulares al oído y hasta medio saltadas que te acompañaron un par de días tras nacer (que me asustaron como a una madre primeriza) ahora son acompasadas; tu cuellito un poco débil que hacía que parecieras una tortuguita en mis brazos empieza a hacerse fuerte y a permitirte mirar atentamente lo que tienes a tu lado; tus ojos cerrados la mayor parte del tiempo después del parto ahora miran intensamente mi rostro, el rostro de papá y el de Irene, y los árboles y cuadros coloridos que tenemos a nuestro lado. Y tu llanto ahora menos recurrente da paso a sonrisas y gorgoritos que responden nuestros comentarios (con un “erre” casi francés que hace que Irene ría a carcajadas)… Tú, toda tú, llenas nuestros días porque, como dijo Irene, “te esperamos toda la vida”.

Este texto quizás resuelte aburrido y hasta incoherente, pero es una recopilación de estos primeros 61 días contigo en nuestra casa. Te siento calientita sobre mi pecho y añoro que cuando llegues al final de estas líneas puedas leer este amor condensado que nos entregas y que recibimos, en silencio la mayor parte de las veces, regocijados. Te amamos, tortuguita, vida entera, milagrito y regalo de la vida. Te amamos y te amaremos infinitamente, querida Eloísa. Este fin de semana haremos ese rito precioso con el que celebramos tu nombre y te damos la bienvenida a la familia con otros miembros de ella a nuestro lado. No sé si podamos escribir algo al respecto en esta casa, pero si no lo hacemos recuerda que no lo hicimos porque estábamos disfrutándote y compartiendo la vida contigo, chiquita adorada.

oxoxoxox

12 abril 2018 at 10:56 1 comentario


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