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Después del embarazo, ¿se van los kilos de más?

Quizás por el tiempo en el que vivimos y por la absurda presión (publicitaria, mediática, farandulera) que ronda el cuerpo femenino, una de las entradas con más visitas en la historia de este blog es “Cuestión de peso: ¿durante el embarazo cuánto se debe aumentar?”, un texto sincero que redacté con Irene en mi interior, justo cuando oía miles de versiones sobre ello. Recuerdo que terminé escribiéndolo tras una cita de control (de las de mi seguridad social) en la que la médica -que apenas me conocía- casi me saca los ojos por el aumento de peso que había tenido en el sexto mes de gestación. Hoy –cuando siento realmente que se ha cerrado el ciclo- quiero darle continuidad al tema, mostrando mi otro lado de la moneda.

Naujagimio akimis

Imagen de c r z.

Anticipo que parto de la base de que cada cuerpo es distinto y de que el ritmo de vida que llevamos puede tener mucho que ver con la evolución del peso durante y después del embarazo. Del mismo modo, creo -como lo señalé también en esa entrada precedente- que es fundamental cuidar nuestra nutrición y salud y que la mejor manera de hacerlo es consultando a un especialista que pueda darnos las recomendaciones apropiadas para nuestra rutina y nuestro cuerpo. Obviamente, eso no exime el sentido común: lo diga un nutricionista o no, nadie pensará que hacer una dieta restrictiva durante la lactancia o que sentarse -como lo recomendaban las abuelas- los cuarenta días de la dieta postparto a comerse una gallina por día sea bueno para la salud y el peso de una mamá.

¿Sólo números?

Durante el embarazo de Irene aumenté en total 17 kilos: 3.320 gramos eran del cuerpecito de nuestra hija, el resto eran placenta, líquido amníotico, grasa de reserva, leche y cuerpo -de 1.70 mts- de mamá. Tanto a lo largo del embarazo como durante los meses posteriores (unos 12 más o menos) hice un seguimiento de mi peso con una nutricionista que, sin cambiarme sustancialmente mi rutina -en casita somos bastante ordenados y sanos con nuestras comidas-, me indicó cuáles alimentos eran prioritarios en esos momentos.

Quince días después del parto había reducido buena parte de la coqueta barriguita materna y me lancé a la compra de una faja postparto (que no había podido ni cerrarme una semana antes). ¿Funciona o no? No puedo asegurarlo. Nosotros la compramos tras la recomendación de la médica de nuestros controles postpartos, pues según ella en esas primeras semanas los músculos y la grasa están más flojos y la faja ayuda a devolver todo al orden anterior. Conozco la versión contraria que señala que si la usamos el cuerpo no desarrolla el tono requerido, pues se apoya en el envoltorio (bastante incómodo, por cierto) en lugar de en sí mismo. En mi caso, cuando menos me ayudó a verme un poco menos redonda, pero hoy, con las evidencias posteriores, creo que la dejaría guardada en un cajón. Dejé de usarla tras algunas semanas porque sentí que mi cuerpo seguiría su proceso solito… y la verdad es que así, lentamente, pasó.

Amamantar y criar

Una de las cosas más importantes del peso ganado tras el parto es que constituye -como me lo decía mi nutricionista- una reserva para los meses de crianza y amamantamiento del bebé. Claro, eso se cumple si pensamos en los ciclos normales de la naturaleza, que no piensa en retorno al mundo laboral a los tres meses ni en dietas restrictivas “para recuperar la línea” antes de seis meses postalumbramiento. En nuestro caso, esas montañitas que se instalaron en mi cintura sirvieron sin duda para la lechita que por dos años y ocho meses (recién hemos parado) acompañó la vida de Irene y fueron reduciéndose naturalmente, sin dietas ni ejercicio aeróbico, hasta desaparecer pasados 24 meses.

Mi cuerpo, no obstante, no es el mismo. Y aunque también hay un proceso de reconocimiento que toma su tiempo, debo decir que me siento orgullosa de lo vivido. Me salieron estrias las últimas semanas del embarazo, con lo que mi vientre alrededor de mi ombligo quedó flojito, y mi barriga, antes plana y firme, ahora tiene una pequeña hendidura (con una mini protuberancia en la parte baja) que, dicen, se debe a los cambios internos de mi útero. Mi pecho ha vuelto a su tamaño original, con un sutil cambio en sus formas que lo hace ver ahora un poco más caído (nada sustancial para unos pechos breves). Mis organos reproductivos ahora son (o parecen) más amplios y profundos y creo que mi cadera es un poco más ancha. Finito.

¿Secuelas negativas? Una pequeña molestia en mi espalda baja… que se solucionó casi totalmente tras mis clases de danza. Nunca consideré hacer la clásica rutina asociada al ejercicio (no me veía saltando o alzando peso en un gimnasio), pero sí sentí que necesitaba recuperar movilidad y la sensación de que estaba otra vez de vuelta en mis huesos y mis músculos. Busqué, por tanto, mi danza… ¡y cómo lamento no haberla encontrado antes! Hoy, si tuviera otro hijo, no quisiera abandonarla ni un segundo (He llegado a entender y hasta a envidiar el sentido que tiene la danza en otras culturas, como la árabe, en las que las mujeres se juntan para conectarse con su cuepo y bailar).

El no peso de la felicidad

Ése es quizás mi gran aprendizaje después de todo este proceso (y lo que dará respuesta a la pregunta del título). Mi peso ha vuelto al punto de partida antes de alojar a Irene, meses después de que sus formas se asemejaran a mi cuerpo pre-mamá. Había 5 kilos rezagados tras el parto que no sé cuándo desaparecieron totalmente; creo que al menos tres se fueron antes de que dejara entrar la música en mi cuerpo, el resto se esfumó como por arte de magia cuando reconocí otra vez cadencias y movimientos. Pero más que volver a mi peso, recuperar el otro lado de mi ser femenino (coqueto, sexual, desenfrenado) -oculto tras ese otro devoto-sensual-maravilloso también femenino pero materno- ha sido el cierre más satisfactorio de este tiempo. Hacerlo, además, con una chiquita que disfruta  su vez de un baile elemental y hermoso no tiene precio.

Los kilos de más se van, sobretodo si logramos mantenernos conectados con nuestro cuerpo (eso incluye el amantamiento como un método efectivísimo para volver a nuestras formas y perder peso). La naturaleza hace lo propio; nosotros sólo debemos alimentar el espíritu sana y responsablemente, con amor, delicias y sentido, tanto como nuestro organismo. Bailar, saltar, jugar, disfrutar de la vida en movimiento es una buena manera de hacerlo… Al menos en esta casa: la danza nos ha devuelto a un mismo tiempo la conexión con la tierra y el cielo. ¡Seguimos bailando!

[Hemos tardado en volver, pero aquí estamos -y otra vez con aliento largo- de nuevo. Un beso]

10 mayo 2012 at 11:25 10 comentarios

El bebé y los animales: una combinación maravillosa, para rescatar

Contrario a lo que muchos pensarían, los animales son uno de los mejores estímulos para un bebé. No gratuitamente juguetes, libros, dibujos, música y un sinfín de artículos infantiles están inspirados en ellos. Sin embargo, algunas familias ven con malos ojos la convivencia entre mascotas y bebé y llegan, incluso, a prescindir de ellas cuando se aproxima la llegada del pequeño, a pesar de que en la mayoría de los casos son más beneficios que riesgos los que esta combinación genera.  Un poco de información al respecto, un cuidado y aseo responsable de los animales y la vigilancia y compañía consciente de unos y otros pueden garantizar no sólo una cotidianidad satisfactoria sino, también, estímulos y desarrollos beneficiosos para el pequeño.

Nuestra experiencia ha sido grata: tenemos en casa a una chiquita que se acostumbró a ver cuadrúpedos con pelos a su alrededor y que aprendió a simular el ladrido de los caniches mucho antes de decirnos mamá o papá. Una vez tomó conciencia de su entorno y pudo ver con claridad lo que la rodeaba, Irene celebró con miradas, atención y sonrisas la presencia de sus gatitos.

Hoy las sonrisas han pasado a ser carcajadas, las miradas se han convertido en caricias (a veces no tan suaves; hay que estar pendiente y ayudarle a que entienda que son seres vivos que deben protegerse y cuidar) y la atención ha devenido en un sinfín de estímulos para su desarrollo que pasan por sus habilidades psicomotoras (creo que nuestra chiquita aprendió a gatear -y a hacerlo más rápido- básicamente porque quería alcanzar a sus gatos), emocionales (tiene plena conciencia de su compañía, le agrada y la celebra con felicidad en su carita) y cognitivas (nuestra chiquita reconoce los animales, los analiza con cuidado, intenta simular los sonidos que hacen y responde acertadamente, con ruidos o gestos, a preguntas como “¿dónde está el gato?, ¿cómo hace el perro?, ¿dónde están los pájaros?” y un etcétera similar.

¿Por qué se habla entonces de riesgos en la convivencia entre mascotas y pequeños?

Creo que por desinformación y mala prensa. Los riesgos deben ser directamente proporcionales al tipo de animal que tengas en casa (obviamente no serán los mismos si vives con un gato, un perro grande o con una boa constrictor) y a los cuidados médicos (vacunas, por ejemplo) e higiénicos que se le suministren al animal.

Muchos de nuestros familiares y amigos preguntaron antes de nuestro embarazo, por ejemplo, si nuestros gatos no representarían un riesgo para el bebé. La respuesta y la fuente (mi ginecóloga) que la suministraron fueron claros. “No”: Si ellos de antemano eran portadores de enfermedades como la toxoplasmosis, nuestros cuerpos ya habrían creado las defensas para combatirlas, y convivir con ellos, llegado el embarazo, no supondría ningún riesgo. Si no lo tenían (y nosotros no salíamos positivos en las pruebas a la enfermedad), simplemente debíamos evitar entrar en contacto con animales extraños durante el embarazo y mantener en casa a nuestros mininos, garantizando el mismo círculo de inmunidad en el hogar. Aquí encontrarán una entrada completa y precisa (en otro blog) sobre las verdades y los mitos de lo que representa la convivencia con un gato, completa y divertida además (se las recomiendo muchísimo).

Agrego, a modo informativo, que la toxoplasmosis -que suele adjudicársele a los gatos- se adquiere en la mayoría de los casos por la ingesta de carne semicruda infectada (de bovino) y que sólo el 2% de los contagios se da por los felinos (y para ello habría que haber entrado en contacto con heces infectadas… ingiriéndolas. O_O). No hablo de otras enfermedades porque los otros casos que se asocian a contagios por animales domésticos suelen ser más vagos. Sí digo que los pelos no ahogarán a nadie, que las alergias se generan, usualmente, más por falta de costumbre y que, incluso, en caso de tenerlas (ellas o el asma), se pueden tratar sin sacar del hogar al animal. De hecho, suelen complicar más este tipo de afecciones el polen primaveral y los ácaros represados en tapetes y moquetas. Un gatito bien aseado y cepillado puede dar más sonrisas que estornudos. 😉

Así que… ganan las ventajas

Una mayor resistencia a enfermedades (incluyendo asma y alergia) y una sensibilidad natural y consciente sobre la importancia de la naturaleza y la vida son algunas de las ventajas que pueden venir aunadas a una mascota en el hogar. Hay muchas otras (como que, por ejemplo, el pequeño crezca sin miedos infundados a animales domésticos que pueden estar en cualquier sitio, facilitando de este modo su espíritu, su vida y la de sus papás… he sido testigo de muy malos ratos de niños aterrados que quieren subirse a mesas, bibliotecas, escaleras y cualquier estructura en altura con tal de no tener animales cerca), pero suelen estar asociadas al tipo de mascota que se tenga y a la interacción que se tenga con ella en la casa. Por supuesto, las ventajas y los riesgos dependen muchísimo de actitudes responsables por parte de los padres: no debe dejarse nunca solo a un niño con una mascota, por mansa que sea, tanto por la seguridad del pequeño como por la del animal; debe propiciarse un acercamiento paulatino entre los dos miembros de la casa para evitar resentimientos o celos; debe enseñársele al niño que una mascota no es un juguete, que puede enfermarse o morir si no se trata como un ser que respira y siente; deben tenerse al día las vacunas de la mascota; deben mantenerse fuera del alcance del pequeño los alimentos y las deposiciones del animalito, entre muchas más.

Finalmente, para justificar el título, recomiendo -tanto para padres con o sin mascotas en casa- la visita a parques, acuarios y zoológicos, las conversaciones constantes con el pequeño (de brazos o andante) -cuando haya oportunidades- sobre la naturaleza y sus habitantes, y la superación de mitos y temores sobre los animales. 😉 Si lo permitimos, pueden ser una compañía didáctica, amorosa y hasta protectora y puede complementar gratamente el desarrollo emocional, físico y cognitivo de los niños.

PD: ¿No les resulta curioso que todos los libros de Irene (unos 10) son de animales? Es más, 9 son de la granja… y sólo uno ha sido comprado por sus papás.

[Y aquí, los links relacionados: Animales de compañía y la llegada del primer hijo: ¿qué hacer?, Recomendacioens y cuidados antes y durante la llegada del bebé, Bebés y mascotas son compatibles, No hay que abandonar una mascota porque llega un bebé, La mascota y el bebé, “un animal de compañía educa el niño”, Gatos y bebés: un binomio posible, Proyecto mascota: la llegada de un bebé y Qué hacer para que tu perro acepte a tu bebé].

14 julio 2010 at 06:34 9 comentarios

¿Qué tantos cuidados debe tener la mamá en su postparto?

Ya terminamos  nuestra dieta y debo decir que exceptuando una urticaria maldita (perdón por el adjetivo) que tuve los primeros días, todo marchó maravillosamente. Irene y yo estuvimos todo el tiempo acompañaditas, cuidadas y protegidas. No obstante, me quedó una gran duda relacionada con los cuidados que debe tener la madre. Mi muacho extremó medidas (y juro que a sus ojos fueron pocas), mientras yo fluctué entre el no exageres (al principio) y el está bien, mímanos todo lo que quieras (después de unos días, cuando se acentúo un poco el desgaste físico). En definitiva, estamos bien, pero ahora cuesta un poco tomar un nuevo ritmo.

Sin duda los tiempos han cambiado. Antes, por lo visto, las pobres madrecitas no podían ni siquiera bañarse en cuarenta días. Ah, y ni hablar de peinarse, de levantarse, de comer algo distinto a la consabida gallina, embutirse en cantidades el agua de hinojo, el agua de panela y no sé qué otras recetas. Lo gracioso, dice nuestra muy querida Elena, mano derecha de este hogar, sin la que estos días habrían sido algo muy distinto, es que muchas mamás después del encierro y los cuidados exigidos salían tan bien que traían otra vez en sus pancitas un hijo (¡¡!!). No es nuestro caso, ni en lo primero ni en lo último, pero lo cierto es que mi postparto fue, creo, bastante íntimo.

¿El motivo? Principalmente las ideas protectoras de mi maridín, sumadas sin duda a un brote odioso que me salió por todo el cuerpo (insoportable por el comezón que traía consigo y que se incrementaba a niveles insospechados por el calor), a la debilidad que sentí la primera semana y a la misma Irene, que andaba feliz de la vida pegada al pecho la mayor parte del tiempo. Salimos y nos movimos poco durante cuarenta días, disfrutamos una intimidad exacerbada y vimos pasar el tiempo lentamente, con calma.

Por mí, sin duda, no habría llegado tan lejos (me vetaron la nevera y toda la cocina, me pusieron a comer en reiteradas ocasiones “sopita”, me restringieron las bebidas frías y me dieron tanta agua de panela los primeros días que terminé eliminándola por el resto del puerperio de mi dieta… no es que sea su fan, pero tampoco su enemiga), pero le di gusto a mi niño porque no me costaba hacerlo. Dejé que me consintieran “por si las moscas”, pues según él y otras personas, no hacerlo podía implicar en el futuro dolores constantes en el cuerpo, problemas en mis ojos y un mal acomodo de mis órganos.

Y sea cierto o no, los cuarenta días pasaron apenas con algunas salidas al parque y al médico y una extraordinaria salida a almorzar, más justificada por la falta de quién nos hiciera almuercito que por cualquier otra cosa. Terminado el puerperio, eso sí, reestablecimos nuestro ritmo, paseando con Irene por los alrededores y disfrutando el paisaje, la gente, los ruidos. La chiquita, por fortuna, adora estar fuera, ya sea de visita o de paseo… ¡es una belleza!

Ahora: como madre primeriza, no tengo un punto de referencia que me permita decir si las medidas fueron extremas o si las mismas me dieron flojera. Tampoco tengo a mano a mi mamita (la comunicación con el más allá a veces no es efectiva) para preguntarle cómo debía cuidarme… Los médicos no me dieron ni el más mínimo detalle (de hecho, sólo tuve indicaciones para los puntos de un pequeño desgarro: agua y jabón tres veces al día. Los resultados fueron una cicatrización perfecta) y las enfermeras, ni se diga. Mi molestia mayor (la urticaria generada, probablemente, por alguna de las drogas que me pusieron en el parto) requirió más de paciencia que de medicina, pues aunque me mandaron los mil y un ungüentos y algunas pastillas, sólo el Caladryl y la leche de magnesia me dieron paz a ratitos. Aún me quedan algunos puntitos de las ronchas (perceptibles sólo al tacto) que, se supone, desaparecerán en pocos días; tengo, asimismo, una pequeña sensación de molimiento en mi cadera; hay alguna grasa acumulada en mi abdomen y mi cintura y sigo teniendo más oscura mi pancita…

Por todo lo anterior, pregunto: ¿han tenido postpartos similares? ¿Cuánto tiempo después han sentido que su cuerpo se recupera totalmente? ¿Estaré floja o la recuperación requiere de otro tanto, que vaya más allá de los cuarenta días de la dieta? Por ahora, me quedo con las dudas… gozando, eso sí, a mi pequeña. Ya me dirán cómo pasaron ustedes esos días y cómo reestablecieron un nuevo ritmo en sus vidas.

😉

30 septiembre 2009 at 16:50 7 comentarios

Nuestro parto (3): parto y alumbramiento en la clínica

Tras dar cuenta del preparto y el trabajo de parto en las entradas 1 y 2, creo que culmino hoy la historia de nuestro parto. Tal como decía antes, las cosas no fueron exactamente como me las imaginé, no al menos en sus pequeños detalles; pero el resultado fue plenamente satisfactorio, no sólo porque finalmente tuvimos a nuestra chiquita con nosotros, sino también porque nuestro preparto y trabajo de parto se desataron solitos, porque Irene y su mamita hicieron el trabajo juntas y porque mantuvimos la serenidad que queríamos, obteniendo como resultado -creo- una bebé tranquila y feliz de llegar al mundo. Los otros detalles, las conclusiones los dirán.

Como decía en el post anterior, el obstetra decidió, a pesar de mi dilatación casi completa (de 9.8 según el último tacto), romper membranas y ponerme pitosín. Yo, con toda la calma posible, traté de oponerme a ambas decisiones, pero lamentablemente no logré mis resultados. Según él, era mejor romper las membranas artificialmente (algo así como “para qué esperamos si a fin de cuentas se van a romper”) y debía ponerme la oxitocina química porque “la epidural ralentiza el parto”… y, claro, según sus ojos, supongo, con ello tendría un parto más controlado. Sus palabras fueron: “usted es MI responsabilidad”. Dejé ver mi cara de “no le creo” (sobre todo, la validez en ese instante de sus argumentos) y un puchero de decepción en mis labios. De nada valieron los 9.8 cms. de dilatación, ni la actividad uterina que se detectaba en el monitoreo, ni mi tranquilidad, ni mi solicitud, ni nada. Me pusieron la vaina ésa y en cuestión de minutos ya tenía mi sensación de pujo y pasé a la camilla de la sala de partos.

La sensación, como dije en un comentario del post anterior, fue desagradable, pues me era como si la droga me sacara un poco de mí. Debo decir que hasta ese punto (y hasta ahora, en cierta forma) no me arrepentí de haber aceptado la epidural, pues no perdí sensibilidad en mis piernas para pujar o tener conciencia de mis contracciones, pero si haberla aceptado significaba a los ojos del médico la obligatoriedad de meterme el pitosín… habría soportado los dolores (bueno, eso digo yo que al final no los sentí). No tenía ningún control o conciencia natural de lo que ocurría en mi cuerpo, pues me sentía desconectada del flujo de contracciones que tenía. Todo resultaba tan artificial, tan una cosa encima de la otra, que pujar era una obligación insoportable… algo así como “sáquenme eso ya”. Algo muy lejano de lo que había pensado.

No sé si me equivoque al adjudicárselo al químico, pero esos momentos no fueron agradables sino hasta que la chiquita asomó narices y dejó saber con su llanto que se iba a quedar. En ese instante, todas las sensaciones se concentraron en ella, en el calor que sentí al tener sobre mi vientre su cuerpecito (es increíble cómo nacen de calientitos), en la canción que le cantaba (“corazón de melón, corazón, corazón de melón”) para que me reconociera y supiera que era yo quien estaba allá con ella, en la bienvenida que quería que sintiera desde ese instante. Y, claro, en mi paz: esa misma que ella me había dado a lo largo de esas 4o semanas y que ahora yo quería darle a ella hasta la eternidad. Ahí no valieron ni las luces, ni los químicos, ni nada. Otra vez el mundo era sólamente nuestro. Por eso siento, al menos, que valió la apuesta que hice y que mi voto de confianza irrevocable por nosotras nunca nos iba a fallar. Sólo faltaba poder cogerla con mis brazos, recostarla sobre mi pecho y entregársela a su papito. Las dos primeras cosas pude hacerlas pronto. La tercera sólo pude hacerla un par de horas luego, tras el alumbramiento de mi placenta (hermosa, viva, roja-roja-roja), tras la sutura de un pequeño desgarro, tras esperar a que pasaran un poco los efectos de la epidural (intensificada luego del nacimiento de Irene para poner los puntos), tras la puesta en orden de todos los protocolos requeridos por las enfermeras (medida, peso, huellas de los píes, vitamina K para la pequeña, vestidito y demás), tras tener a Irene a mi lado y darle pecho por primera vez, tras vivir en un par de horas una eternidad… Sólo entonces, a eso de las 12:30, salimos al gran encuentro con mi amorcito y la futura madrina de la chiquita. No hay palabras para describir nuestra felicidad.

En resumen: así fue nuestro parto. Me hubiera gustado intentar tener un parto en casa, pero creo que en mi país las condiciones, aún, no están dadas. De todas formas, me siento satisfecha por cómo culminaron las cosas, pues en cualquier caso logramos tener un parto espontáneo y vaginal (no diré natural por aquello de los químicos… pero casi casi). De otro lado, concluyo:

* El parto es una cajita de sorpresas y nosotros, como madres, estamos dentro de ella. Podemos optar por hacer de ese instante una fiesta (al menos dentro de nosotras mismas, llenándonos de confianza, paz y tranquilidad) o un encierro.

* Hay una conexión con nuestros chiquitos que se da desde el vientre mismo y que puede verificarse, confirmarse, fortalecerse, respaldarse en el momento del nacimiento y en los momentos posteriores de reencuentro. Yo, al menos, así lo sentí: desde  mis tres meses de gestación (o incluso antes, quizás) le canté a Irene la misma canción, todos los días, al ducharme. Al nacer, lo primero que hice fue cantarla de nuevo y vi cuáles fueron sus efectos, pues mi pequeña inmediatamente dejó de llorar para concentrarse en ella. Creo que gracias a esa canción supo que ése era su lugar. Sospecho, entonces, que todo lo que le hablé, todo lo que sentí, todo lo que la amé y la pensé durante las 40 semanas se mi embarazo valieron la pena y construyeron esa relación que hoy fortalecemos. Igual, pienso, ocurre con los papás, porque ella busca al suyo cuando lo oye hablar, porque le sonríe y lo mira como si siempre hubiera estado al lado suyo (lo estuvo, de hecho. Y ella, sin duda, lo sabrá).

* La naturaleza es sabia y organiza en un orden perfecto e incomprensible sus cosas. La medicina, por el contrario, parte de la incertidumbre y la incredulidad. Es una pena que no seamos lo suficientemente sensibles para reconocer ese hecho y permitirle a la vida tomar su curso. Por nuestra parte, como pacientes, lo mejor que podemos hacer es ser conscientes de ellos y dar al menos nuestra cuota de tranquilidad. Ah, en el caso de un parto podemos hacer algo extra: esperar prudentemente a que llegue el momento, preparar con ejercicio nuestro cuerpo y darle fundamentos a nuestra mente (informativos, sobre todo) para saber cómo puede ocurrir todo. No sobreinformarnos, pero sí aprender lo que sea necesario. Ojalá, por esa vía, nos acerquemos cada vez más a partos humanizados, respetados y no medicalizados. Sería un triunfo para todos: madres, bebés, papás y sociedad.

* Habrá otros dos post “familiares” de éste: uno de postparto y otro de lactancia. Ya llegarán, creo, la próxima semana. Por ahora, cierro con una sonrisa en la cara y con mi pajarita (que también parece un gato porque no deja de ronronear) en su cunita, esperando a su mamá. Gracias a todos por sus comentarios. Creo que esta historia, cuando menos, le quedará a la pequeña para la posteridad.

😉

Un abrazo.

3 septiembre 2009 at 14:56 4 comentarios

Nuestro parto (2): trabajo de parto en la clínica

Continúo con la historia de nuestro parto. Aunque no todo salió como lo planeamos y en la clínica nos encontramos con algunas recomendaciones médicas que al final no resultaron tan agradables como decían, debo dar las gracias porque todo salió bien, porque no hubo sufrimiento (al menos que yo sepa) para la pequeña y porque la recuperación después del parto (de la que hablaremos en otro post) fue cómoda. Habrá sin duda detalles que olvide o que nunca sepa, pero el día a día con Irene nos da la idea, al menos, de que fuimos afortunados y que incluso este pedacito del camino fue maravilloso aunque no haya sido como lo esperábamos.

Una vez entramos a la clínica e hicimos nuestro ingreso oficial como pacientes, pasamos a las urgencias gineco-obstétricas del centro médico (una de las razones que nos hizo optar por ellos, pues a diferencia de la mayor parte de hospitales de nuestra ciudad, en éste el ingreso se hacía por unas urgencias particulares para maternidad). Allí, nos recibió una enfermera que revisó con un doppler (creo que se llama así) los latidos de Irene. Para mi sorpresa, tuvo que poner muy abajo, más allá de mi vientre, la terminal que detectaba el corazón de la chiquita. Pensé entonces: las cosas han avanzado. ¡Y sí qué lo habían hecho!

Pasé a revisión con el obstetra, con la sentencia de “hay muy buena actividad uterina” de la enfermera. Él, como era de esperarse, tomó los datos de rigor y me pidió que me acostara en una camilla. Me revisó presión, respiración y etcétera y finalizó con un tacto. Su sentencia: “estás como avanzadita. Tienes 8 centímetros de dilatación. Esta noche tienes a tu hija”. En mi rostro debió dibujarse una sonrisa. Llamamos a mi amorcito para darle la buena nueva y entregarle mis cositas. En cuanto llegó, nos miramos con cara de que habíamos conseguido nuestro propósito: llegar con un trabajo de parto avanzado a la clínica. Eran las 8 pasadas… faltaban apenas 2 horitas para la llegada de la pequeña.

La enfermera me dijo que el médico había ordenado la epidural. Él mismo ya me lo había dicho, pero yo, muy valiente, le dije que no la creía necesaria, pues si entendía bien, ya había pasado buena parte de “lo peor”. La verdad es que me sentía muy tranquila y las contracciones me parecían perfectamente soportables. Me llené la boca diciendo que no quería la anestesia. La enfermera, amorosísima, me dijo que era mi decisión.

Me despedí de mi muacho con un beso, una sonrisa y la promesa de que insistiría para que permitieran su ingreso (no lo permiten en la clínica) y pasé a la sala de trabajo de parto. Para mi fortuna, no había casi nadie ya. Creo que sólo estaba ingresada otra materna que no estaba en trabajo de parto sino que estaba siendo atendida por una preclamsia. En fin, todo era paz.

Charlé con las enfermeras, mientras me pescaban una vena (tuvieron que intentarlo tres veces) y me instalaban las “correas” para hacer un monitoreo fetal externo. Mi Irene, decían los aparatos y sentía en mi corazón, andaba perfectamente. Mi útero, igual. Me revisó el gineco-obstetra y me dio sus razones (sobre todo suyas) para que aceptara la anestesia. Me di cuenta que él la necesitaba más que yo: para revisar y limpiar el útero después del parto, para suturarme si había episotomía o desgarro y un etcétera que no conozco pero que percibí en su discurso y su tono. Seguí firme en mi conclusión sin alterarme ni molestar a nadie. Tenía claro que estaba tranquila y feliz y me gustaba mantener las cosas así.

Vino luego la anestesista: una médica joven, seria, tranquila. Me preguntó porque había rechazado la epidural. Le conté que sentía que el trabajo de parto iba muy bien y que ya faltando tan poco no veía la necesidad de aplicarla. Me explicó que aún faltaba un período difìcil y que si luego pedía la anestesia ya no habría tiempo para aplicarla. Me dio cinco minutos para pensarlo. Así lo hice. Finalmente, me dije, “les doy un voto de confianza. Acepto la anestesia y con ello pido que dejen entrar a mi muacho”. Una especie de “mano a mano” en el que, pensaba, mi tranquilidad garantizada (ya me sentía tranquila, pero el médico tendría sus dudas, quizás) sería un punto a favor para un ambiente de paz en la sala de partos. Me pusieron la anestesia y, nuevamente, llegó el gineco-obstetra. Le propuse mi plan, pero el resultado no fue el esperado. No permitió la entrada de mi muacho. A cambio, Carlos, el internista (que se portó, realmente, a las mil maravillas), me propuso que entráramos una cámara para tomar fotos y grabar. Me pareció un detalle amoroso y justo… al menos de su parte. El otro médico se mantenía recio. No era lo que esperaba, pero no quería enfurecer mi espíritu. Acepté la propuesta. Hora: más o menos las 9:30 p.m.

La verdad es que hasta ese punto no me arrepentí de lo decidido. El equipo médico, en general, me pareció respetuoso y responsable. No estaba muy a gusto con la seriedad y el casi hermetismo del obstetra, pero ni modo.

El tiempo pasó volando y entre una revisión y otra, entre los sonidos del monitor de la chiquita, entre las contracciones, las preguntas para llenar algún formato y etcétera, dieron las 10 de la noche. Carlos, el internista, me revisó nuevamente, atendiendo la recomendación del obstetra de que me hiciera un tacto para ver cómo avanzaba mi dilatación. La epidural, hasta entonces, me permitía -como me habían dicho- sentir mis piernas. Con el tacto comprobé que no había ningún dolor. La sentencia del médico fue alentadora: “ella es despistadora porque se ve muy tranquila, pero está prácticamente lista. Diría que tiene 9.8 centímetros de dilatación. Podemos pasar a la sala de partos cuando usted diga” (dirigiéndose al obstetra). Yo, felicísima… hasta que vino el otro médico, me hizo a su vez un tacto y sentenció: “póngale oxitocina”. Abrí los ojos y le dije: “¿Oxitocina con casi el 100% de dilatación?”.

Pues sí, un argumento y mil (otra vez más relacionados con sus necesidades que las mías) salieron a flote. Decidí que no iba a perder mi calma así que no discutí nada: sólo argumenté lo que pensaba y me “eché” a las manos del destino. Me pusieron el consabido pitosín y en cuestión de minutos sentí una sensación de pujo incontrolable que, lamentablemente, me sacaba de mí. Me pasaron a la sala de partos y allá, sin dolor pero casi sin consciencia de lo que estaba pasando, por el maremoto que generaba en mi cuerpo la oxitocina sintética, entré en el proceso de parto.

(Y dejo pendiente para un último post cómo fue nuestro parto… Una historia larga por más que intente resumirla. En fin).

1 septiembre 2009 at 09:29 9 comentarios

Nuestro parto (1): preparto y trabajo de parto en casa

Después de leer, pensar, preguntar e, incluso, planear (aunque fuera a solas) nuestro parto, debo decir que tuvimos uno  satisfactorio: no sólo por nuestra Irene, que es un regalo precioso, sino también porque fue un parto tranquilo y rápido, aunque un tanto distinto a lo imaginado. En todo caso, debo darle casi todos los créditos a la peque, pues sin duda, ella hizo casi todo el trabajo.

Esta historia empieza con una “amenaza” (está bien, pronóstico) médica del miércoles 5 de agosto, que rezaba: “si el lunes 10 no ha nacido tu bebé, tendrás que ir a la Clínica…” Por supuesto, el entrelíneas, que me confirmaron luego, es que la poca actividad de mi útero les sugería que podríamos tener un parto inducido. Obvio, nosotros no lo queríamos ni cinco. Estaba segura de que Irene sabía claramente cuándo sería el momento preciso para su nacimiento. Ahora sólo esperaba que ese momento coincidiera con el de los médicos. En fin…

Después de 40 semanas de gestación y un par de días, la madrugada del 9 de agosto me saludó con la expulsión de tapón mucoso: una sustancia parecida a una clara de huevo que salía, por fin, del caminito que la chiquita debía recorrer para salir. Tenía algunas pintitas de sangre, que ya me habían anticipado, así que al verlo sonreí. Podíamos ganarle la batalla al pitosín: mi útero e Irene estaban haciendo la tarea. Se lo celebré a la pequeña y le aseguré, como lo había hecho todos esos días, que no iba a estar solita, que ese trayecto íbamos a recorrerlo juntas, que iba a ayudarla a salir y que cuando estuviera en este otro lado del mundo, podríamos vernos, tocarnos, movernos juntitas… Y que el papá podría tomarla en sus brazos, por fin.

Si bien en las últimas semanas había estado sintiendo unas contracciones flojitas, que endurecían buena parte de mi panza, en la madrugada de ese día comencé a sentir además de ello dolores similares a cólicos en la parte inferior de mi vientre. Volví a la cama (me había levantado al baño) con una sonrisa. En la mañana, tras darle la noticia a mi amorcito, tomé una ducha y le pedí que camináramos. Estuvimos fuera cerca de una hora y las contracciones seguían. Regresamos a casa, yo revisé que nada nos faltara mientras él preparaba el almuerzo, hablé con mi gran hermana del alma (médica por demás) para reportarme y recibir instrucciones y en lugar de comer sentada almorcé con el plato en mis manos caminando por toda la casa… no fue propiamente la instrucción de mi médica, pero la verdad es que así sentía que las contracciones se pasaban mejor y no paraban. Tomamos papelito, lápiz y reloj y empezamos a consignar cada cuánto tiempo llegaban. La verdad es que esa fue una gran herramienta, pues aunque antes estábamos mirando el reloj, siempre terminábamos por olvidar la frecuencia de los intervalos. La indicación era: después de 3 horas de tener 3 contracciones cada diez minutos, vas a la clínica. Pasaron dos horas en esas circunstancias, pero en la tercera, un poco cansada, el tiempo entre una y otra se amplió justo cuando decidí sentarme o acostarme. Le achaqué el asunto al cambio de posición.

Seguí caminando entonces y tomando nota de cuándo llegaban. Estaba muy tranquila, mientras que la vida seguía más o menos normal en mi casa. A eso de las seis revisé con más detalle cómo seguían los intervalos… encontrando con sorpresa que los últimos eran cada vez más largos. Teníamos la duda de si eso significaba que el trabajo de parto aún no era tan bueno, así que llamé otra vez a mi amiga: me dijo que podían ser contracciones de dilatación, sobre todo si eran más dolorosas, que al final las contracciones pueden estar más espaciadas unas de otras, pero que hay más intensidad en el dolor. La verdad es que sí me había dolido más, pero otra vez le achacaba el asunto al cambio de posición. Esperé un rato y finalmente llamé a mi muacho (que estaba con mi cuñada, la madrina de Irene, que estuvo con nosotros todo el tiempo, desde nuestras 38 semanas) y le dije que las últimas contracciones eran más dolorosas, que creía que era mejor que nos fuéramos al hospital. Él me miró con cara de “¿estás segura?”, pero me dijo que los espacios entre una y otra eran más largos, que recordara que le había pedido que esperáramos en casa al máximo. En esas llegó una contracción muy fuerte, así que le dije (con lágrimas en los ojos, producto del desespero y el dolor): “esque ya duelen mucho, vamos para que nos revisen”. No lo dudó un segundo: tomó la maleta y salimos.

En el carro, otra vez pasaban más minutos entre contracción y contracción. Llegamos en unos 15 minutos a la clínica, parqueamos, nos bajamos y yo sentía que volvía una y otra contracción. El tiempo: ahora parecía que entre una y otra pasaban dos minutos. Yo mientras tanto me balanceaba a los lados, sintiendo por no sé qué motivo que ya no era tan fuerte el dolor. ¿Me habría apresurado mucho?

(Y como esta historia se fue larga y tengo una pequeña en casa -al menos ya saben cómo termina la historia-, dejo aquí este primer capítulo. En el próximo les contaré cómo nos fue en la clínica, cómo fue el trabajo final de parto, cómo nos fue en el expulsivo y cómo arribó la pequeña a nuestro mundo. Todo, hoy, parece una ilusión. Continuará…)

28 agosto 2009 at 08:18 2 comentarios

¡¡¡Llegó Irene!!!

Este domingo 9 de agosto a las 10:24 de la noche (colombiana) asomó sus narices al mundo nuestra pequeña Irene.

Pesó 3320 gramos y midió 51 centímetros. Tal como lo presentíamos, es un derroche de serenidad, amor y paz. Ha llenado nuestros segundos de la felicidad más infinita, demostrándonos el milagro de la vida y la posibilidad de que el infinito y la eternidad tienen lugar también en este lado del cosmos.

Como supondrán, estamos dedicados (feliz y plenamente) a cuidarnos, a contamplarnos, a reconocernos (porque te conocemos de hace tiempo) y a amar. Desde este espacio caserito los tendremos presentes a todos, sintiendo su compañía constante y su cariño. Una vez pasemos la “dieta” de rigor -una cucharadita de paciencia y mucho amor ;), claro que siendo honestos, la paciencia aquí ni hace falta porque está en nuestra Irene encarnada- volveremos a estas tierras para contarles cómo ha salido todo. En un resumen rápido diremos que, a pesar de que algunas circunstancias difirieron de nuestro plan de “parto no medicalizado”, tuvimos un parto maravilloso, natural, rápido y feliz: llegamos a la clínica con 8 centímetros de dilatación (para nuestra propia sorpresa) y con una chiquita vital y deseosa de abrir sus ojitos al mundo. 😉

Aquí quedan unas imágenes de nuestra pequeñita, la concreción perfecta de nuestra felicidad actual. Quedan en su casa… con su anfitriona a bordo.
Un abrazo,
A.

13 agosto 2009 at 05:07 18 comentarios

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