Posts tagged ‘diario de gestación’

Irene… y su bla bla bla *)

Los bebés sí dicen agú… Y un sinfín de balbuceos, comentarios, risas, gestos… Mi Irene ya está llena de ellos y no deja de sorprendernos ni un segundo. Con dos meses y medio de edad, esta chiquita se mira las manitos insistentemente, alza sus puños al cielo como queriendo mostrarnos algo, observa todo, incluso, algunas veces, con ojos desorbitados, atiende a nuestras palabras, reconoce a las personas y se emociona. Es, en definitiva, una chiquita hermosa que tiene enloquecidos a sus papás -y a unos cuantos más 😉 Por eso, y para no olvidarnos nunca de ese sinfín de agugús y gestos, guardo en casa un video (casero: la camarita no da para más). En mi opinión, está como para comérsela a besos. Chiuck

26 octubre 2009 at 20:10 6 comentarios

Irene y nuestros más felices dos meses

Y eso que siempre me he considerado de lo más afortunada porque realmente me siento, de antemano, agradecida con la vida y feliz. Hoy, Irene cumple sus primeros dos meses sobre esta tierra, dos meses de despertar, amar, brillar e iluminar el universo sólo con estar. Quiero celebrarlo con un “recorderis” gráfico rápido: es increíble cómo en tan poco tiempo, la vida y un ser íntegro como ella nos pueden cambiar. Un beso, mi chiquita. Y gracias por darnos tanta felicidad. Chiuck

Irene a sus 11 semanas.

Irene a sus 29 semanas.

Irene a sus 36 semanas.

Irene recién nacida.

Irene, 1 mes.

Irene hace una semana.

Y una cosa más: ¿ven el parecido entre la eco de sus 36 semanas y la última foto? Es increíble la perfección, siempre, de la vida. Feliz mesecito, chiquita.

9 octubre 2009 at 03:32 1 comentario

¿Qué tantos cuidados debe tener la mamá en su postparto?

Ya terminamos  nuestra dieta y debo decir que exceptuando una urticaria maldita (perdón por el adjetivo) que tuve los primeros días, todo marchó maravillosamente. Irene y yo estuvimos todo el tiempo acompañaditas, cuidadas y protegidas. No obstante, me quedó una gran duda relacionada con los cuidados que debe tener la madre. Mi muacho extremó medidas (y juro que a sus ojos fueron pocas), mientras yo fluctué entre el no exageres (al principio) y el está bien, mímanos todo lo que quieras (después de unos días, cuando se acentúo un poco el desgaste físico). En definitiva, estamos bien, pero ahora cuesta un poco tomar un nuevo ritmo.

Sin duda los tiempos han cambiado. Antes, por lo visto, las pobres madrecitas no podían ni siquiera bañarse en cuarenta días. Ah, y ni hablar de peinarse, de levantarse, de comer algo distinto a la consabida gallina, embutirse en cantidades el agua de hinojo, el agua de panela y no sé qué otras recetas. Lo gracioso, dice nuestra muy querida Elena, mano derecha de este hogar, sin la que estos días habrían sido algo muy distinto, es que muchas mamás después del encierro y los cuidados exigidos salían tan bien que traían otra vez en sus pancitas un hijo (¡¡!!). No es nuestro caso, ni en lo primero ni en lo último, pero lo cierto es que mi postparto fue, creo, bastante íntimo.

¿El motivo? Principalmente las ideas protectoras de mi maridín, sumadas sin duda a un brote odioso que me salió por todo el cuerpo (insoportable por el comezón que traía consigo y que se incrementaba a niveles insospechados por el calor), a la debilidad que sentí la primera semana y a la misma Irene, que andaba feliz de la vida pegada al pecho la mayor parte del tiempo. Salimos y nos movimos poco durante cuarenta días, disfrutamos una intimidad exacerbada y vimos pasar el tiempo lentamente, con calma.

Por mí, sin duda, no habría llegado tan lejos (me vetaron la nevera y toda la cocina, me pusieron a comer en reiteradas ocasiones “sopita”, me restringieron las bebidas frías y me dieron tanta agua de panela los primeros días que terminé eliminándola por el resto del puerperio de mi dieta… no es que sea su fan, pero tampoco su enemiga), pero le di gusto a mi niño porque no me costaba hacerlo. Dejé que me consintieran “por si las moscas”, pues según él y otras personas, no hacerlo podía implicar en el futuro dolores constantes en el cuerpo, problemas en mis ojos y un mal acomodo de mis órganos.

Y sea cierto o no, los cuarenta días pasaron apenas con algunas salidas al parque y al médico y una extraordinaria salida a almorzar, más justificada por la falta de quién nos hiciera almuercito que por cualquier otra cosa. Terminado el puerperio, eso sí, reestablecimos nuestro ritmo, paseando con Irene por los alrededores y disfrutando el paisaje, la gente, los ruidos. La chiquita, por fortuna, adora estar fuera, ya sea de visita o de paseo… ¡es una belleza!

Ahora: como madre primeriza, no tengo un punto de referencia que me permita decir si las medidas fueron extremas o si las mismas me dieron flojera. Tampoco tengo a mano a mi mamita (la comunicación con el más allá a veces no es efectiva) para preguntarle cómo debía cuidarme… Los médicos no me dieron ni el más mínimo detalle (de hecho, sólo tuve indicaciones para los puntos de un pequeño desgarro: agua y jabón tres veces al día. Los resultados fueron una cicatrización perfecta) y las enfermeras, ni se diga. Mi molestia mayor (la urticaria generada, probablemente, por alguna de las drogas que me pusieron en el parto) requirió más de paciencia que de medicina, pues aunque me mandaron los mil y un ungüentos y algunas pastillas, sólo el Caladryl y la leche de magnesia me dieron paz a ratitos. Aún me quedan algunos puntitos de las ronchas (perceptibles sólo al tacto) que, se supone, desaparecerán en pocos días; tengo, asimismo, una pequeña sensación de molimiento en mi cadera; hay alguna grasa acumulada en mi abdomen y mi cintura y sigo teniendo más oscura mi pancita…

Por todo lo anterior, pregunto: ¿han tenido postpartos similares? ¿Cuánto tiempo después han sentido que su cuerpo se recupera totalmente? ¿Estaré floja o la recuperación requiere de otro tanto, que vaya más allá de los cuarenta días de la dieta? Por ahora, me quedo con las dudas… gozando, eso sí, a mi pequeña. Ya me dirán cómo pasaron ustedes esos días y cómo reestablecieron un nuevo ritmo en sus vidas.

😉

30 septiembre 2009 at 16:50 7 comentarios

Más confesiones sobre la lactancia: ¿qué es y cómo funciona la libre demanda?

A pesar de que creía estar suficientemente informada sobre cómo debía ser la lactancia, esta semana me di cuenta de que sigo siendo una inexperta y que muchas de la demandas de mi hija no son sólo alimenticias. ¿Cómo lo descubrí? Con  Irene: contrario a su carácter, estuvo molesta, llorona e incómoda recurrentemente. Después de mucho hurgar (¿sueño, hambre, cambio de pañal, calor, incomodidad?) encontré el motivo real de sus quejas: gases en su pancita ocasionados, probablemente, por mi afán de alimentarla en unos términos que ahora creo mal entendidos de libre demanda.

Total, me siento como si fuera otra vez el principio, experimentando desde otra perspectiva la lactancia: estoy aprendiendo a entender las demandas de mi hija y “regulando”, en consecuencia, sus comidas. ¿Ojos abiertos? No tanto, pues esa regularización pasa más por el aprender a entender a mi hija, que ya no es tan chiquita y tiene otras necesidades más aparte de sueño y comida, que por el seguir a rajatabla un horario que haga que ella se acomode a mi ritmo de vida.

No sé si estoy equivocada, pero me da esperanzas la placidez que otra vez percibo en mi hija. Antes, ante cualquier reclamo, dejaba que Irene amamantara, incluso cuando no había leche y acababa de comer. Estaba convencida de que si ella pedía algo debía darle el pecho: con él se dormía y conseguía su alimento. Pero estaba equivocada porque su barriguita se llenaba de aire. ¿Cómo saber entonces qué quiere y qué necesita mi chiquita?

El temido cólico

Antier, cuando descubrí el motivo del llanto de Irene, me sentí culpable, ignorante, ingenua… ¿Cómo es posible que mi niña estuviera llena de gases y yo no me hubiese dado cuenta? ¿Por qué no entendí que su llanto me pedía que se los sacara, la meciera? Un recién nacido necesita, básicamente, dormir y comer. Un bebé de un mes y medio (¡y todavía es bien chiquita!) empieza a interactuar más conscientemente con lo que lo rodea y necesita, en consecuencia, estímulos que van más allá de su “teta”.

Es lo que he entendido y es lo que empiezo a ver: Irene detiene ahora sus ojitos en todas las cosas; ya no tiene una mirada perdida sino fija; sonríe a plena consciencia; responde a los sonidos que tiene a su alrededor, se carcajea. Reclama atención y mimos, pero no requiere sólo del pecho para recibirlos. Su cuerpo se transforma y con él su acercamiento a las cosas. Su aparato digestivo se hace más sensible y recibe de un modo distinto todo lo que llega. Encontré, así, que en algunos niños aparece el cólico del lactante y con él largas tardes de dolor, tensión abdominal y llanto.

No sé si lo que tiene mi chiquita sea el temido cólico ése, pero esta semana -que ha sido dura- ha estado acompañada de llantos inconsolables, de caritas enrojecidas, de malestares. Yo, convencida de la libre demanda,  le daba pecho. Ahora me doy cuenta que su estado no mejora (aunque se tranquiliza un poco mientras succiona): le hablo, le canto, la paseo, tratando de no empeorar la cosas. Debo decir, por cierto, que estas cosas la tranquilizan y funcionan. Sigo además una pauta para darle sus comidas (recomendada por mi hermana del alma, médico), basada en comportamientos y tiempos. Estoy atenta a sus tomas (cuándo fue la última, tomó leche por cuánto tiempo) y trato de mantener un ritmo lógico. De este modo, alcanzo a tener leche y ella no se llena de aire. Le doy pecho cuando veo que realmente tiene hambre. Sorprendentemente esto ocurre con regularidad, más o menos cada dos horas y media o cada tres horas.

Llevamos un día de ensayo y aunque también tuvimos un episodio largo de llanto, siento que vamos acoplándonos. No la he dejado sola ni un minuto; paseamos, cantamos. Veo que esto último la relaja mucho… eso y unos masajitos abdominales, en el sentido de las manecillas del reloj, seguidos de juegos con sus piernas y suaves movimientos de bicicleta, acostada.

La buena noticia es que ayer, tras “regular” un poco las comidas de mi hija, los gases se redujeron en un 90% y mis pechos se llenaron adecuadamente de leche para alimentarla (esto último estaba en crisis, pues como antes permitía que amamantara todo el tiempo, pensando que con ello se calmaba, no alcanzaba a tener todo lo que ella, creía, “necesitaba”). Retiraré la leche de mi dieta (de vaca) por unos días y veremos qué sigue pasando. La pregunta del millón es la misma: ¿sí será cólico o me estaré equivocando? Está noche, cuando menos, ella ha dormido incluso más de lo acostumbrado. Seguiré en la práctica con mi regularización y les estaré contando cómo vamos.

27 septiembre 2009 at 05:44 12 comentarios

Ya son cuarenta y siete días

…. que no tienen palabras que los alcancen a expresar. Gracias vida por regalarnos a nuestra chiquita y por traernos con ella tanto amor, paz y felicidad. (¡Estás tan grande, bichita! Chiuck)

25 septiembre 2009 at 07:27 3 comentarios

Confesiones sobre la lactancia

Después de informarnos, experimentar, defender, dudar y preguntar, me arriesgo a hacer públicas mis confesiones sobre la lactancia exclusiva que, felizmente, hemos experimentado hasta este punto en nuestro hogar. Hago la salvedad, sin embargo, de que ésta no ha sido una tarea fácil, no tanto por lo que es la lactancia en sí misma, sino por la terrible desinformación que existe alrededor nuestro: pareciera que se hubieran montado grupos de apoyo para no amamantar. ¿Por qué nos cuesta tanto experimentar y vivir algo que es natural?

Y confieso, en primera instancia, que éste no será el único post que escriba al respecto. Y que espero recibir comentarios que nos ayuden a ir más allá de nuestra experiencia misma. Ahora sí, los mea culpa y demás.

1. Amamantar no es una tarea fácil: exige decisión, información y serenidad. Y un grupo de apoyo que nos permita todos los días confirmar que vamos por buen camino, brindándonos herramientas asociadas a la experiencia, además de unas cuantas claridades que se enfrenten al mar de mitos y mentiras que rodean la lactancia materna. A lo largo de estos días, una de las mayores sorpresas que he tenido es lo poco natural que parece en mi medio, al menos (y lamentablemente) el amamantamiento. He visto caras de extrañeza en más de una visita y comentarios que sugieren que “no estoy obligada” a lactar. Las primeras creo que se deben a lo poco común que resulta ahora el hecho (sobre todo cuando se trata de una lactancia exclusiva, sin teteros, sin horarios y asumida por voluntad); los segundos, sospecho que responden a informaciones tergiversadas que ven en el amamantamiento una especie de sometimiento. Yo misma, confieso, sabía muy poco sobre la lactancia antes de mi embarazo, tan poquito que -como la mayoría de los mortales que me rodean- llegué a regalar incluso, como lo más natural, teteros. Resultado: dudas, temores y malos consejos. Penitencias (salvadoras):  información, grupos de apoyo y lecturas responsables sobre la lactancia  (las charlas de la Liga de la Leche y los artículos de su revista Nuevo Comienzo han sido una ayuda fundamental).

Y doy ejemplos: cuando estaba en el hospital, antes de cumplir 18 horas de mi alumbramiento, una enfermera muy simpática me dijo (en tono amenazante) que si Irene no comía le iba a dar hipoglicemia y que la iban a tener que chuzar. Este comentario, seguido de un “le traigo un teterito” desconocía el hecho de que el estomaguito de mi recién nacida era tan pequeño que se llena con unas cuantas gotas de calostro (en un artículo incluso decía que su estómago era del tamaño de una canica) y que, si bien necesitaba comer con cierta frecuencia, mis pechos producirían exactamente la cantidad que ella requería. Mi labor, por tanto, consistía en aprender a prenderla del pecho y a no estresarme porque no sentía la leche “bajar”.

¿Cuántas madres no han renunciado a la lactancia (exclusiva o no) y han cedido ante la sugerencia del tetero porque creen que no tienen suficiente leche (eso sin mencionar que el calostro, para nada, es blanquito: es un líquido trasparentoso y amarillo al que bien llaman oro líquido)? Y las consecuencias de esa información son nefastas, pues van desde el temor de la madrecita y su pérdida de confianza hasta la afectación que generan en el organismo del chiquito la leche de fórmula (que es leche de vaca, diseñada por la naturaleza para terneros) y el tetero (que tiene un mecanismo de succión totalmente distinto al que necesita el bebé para obtener la leche del pechito de su mamá).

En resumen: al no haber succión en el pecho, la producción de leche se ralentiza y escasea; la flora intestinal del niño recibe mensajes contradictorios, pues el alimento que se le suministra no está diseñado para humanos; después de un tetero el niño que recibe el pecho tiene dificultad al succionar, lastimando con frecuencia a su madre y rechazando el alimento que debería serle natural, y un largo etcétera deprimente y contrario a la lactancia materna. Una madre recién parida NO tiene ríos de leche como la gente se imagina y un bebé recién nacido no requiere onzas y onzas de líquido (leche, ni mencionar lo contraproducente que resultan consejos como “jeringuita con agua azucarada” y demás).

El cuerpo de la madre y de su hijo están diseñados para dar comienzo a la lactancia de una manera gradual y natural, sin pezoneras que limiten la intensidad de succión y con ello la producción de leche, sin agüitas que llenen el poco espacio del estómago del bebé haciendo que en lugar de alimentarse se llene, y sin consejos despistadores y desanimantes que generen rupturas en el vínculo que naturalmente puede establecerse entre un bebé y su mamá.

2. Hay más voces unidas para el desaliento que para la promoción de la lactancia: ¿Por qué será? Amamantar a libre demanda, las veces que el bebé lo pida, sin horarios, ni restricciones ni nada por el estilo parece ser un pecado mortal. Sufrir lesiones (grietas en los pezones) por el arduo trabajo que tienen de un momento a otro el pecho se entiende, así mismo, como un mensaje de “renuncia” y no como un: “estás en período de acople. De ésta y ésta forma lo puedes mejorar”.

Lo primero (la libre demanda) garantiza el bienestar del bebé y la no mastitis de la mamá (si el chiquito está succionando con frecuencia, la producción de leche se consume y difícilmente se congestinarían los pechos de la mamá); lo segundo sólo requiere de la misma leche de la madre, distribuída por todo el pezón y secada al aire, y una buena colocación del pequeño que arranque desde el momento mismo del prendimiento. Otras alternativa: la lanolina ultrapurificada (hidratante que puede dejarse en el pecho cuando el bebé va a lactar). Con respecto al prendimiento, hago un comentario que considero fundamental: antes de iniciar la lactancia me sentía bien informada sobre cómo debía colocarse al bebé para evitar las consabidas grietas: barriga con barriga y con la boca muy abierta, de modo que sus labios quedaran pegados al pecho hacia afuera y que su boquita abarcara toda o casi toda la aureola de la mamá (pego un video que lo indica mejor. Sólo con las imágenes debe bastar). Las indicaciones, sin embargo, se saltaron un dato importantísimo: el chiquito necesita que se forme el pezón (el teterito) en la mamá y si al pegarse no lo encuentra formado, concentrará sus primeros esfuerzos en morderlo y acondicionarlo a su boquita, con las consecuentes grietas y heridas de la madre. ¿Cómo evitarlo? Estimulando antes el pecho (con masajes e hidratación con la misma leche por parte de la mamá. Esto no siempre es fàcil porque generalmente tenemos un bebé hambriento, lo segundo lo puede obviar) y estimulando al bebé para que abra MUY bien la boca antes de prenderse y, una vez lo haga, metiéndole, en un solo movimiento sostenido, todo la aureola de su madre en la boca. Esto lo obligará a succionar donde está la leche, sin lastimar el pezón de su mamá. Sé que toda esta historia es medio confusa, pero trato de aclararla con el video. Si hubiera sabido claramente lo segundo me habría evitado unas grietas dolorosas que, en cualquier caso, se pueden superar.

Y entonces, por una cosa u otra, pululan los comentarios del tipo: “no es normal que ese bebé se la pase chupando, lo tienes que regular” (¿regulan a sus crías los mamiferos? ¿Usan reloj y miden la cantidad de leche que le dan a sus retoñitos?) o “es que tu leche no está alimentando a ese niño, creo que le debes complementar. Si estuviera bien alimentado no pediría tanto” y bla bla bla.

No quiero posar de sabionda, ni mucho menos, si no señalar que una pobre madre segura o insegura que se enfrenta a un cambio en su vida tan grande como la llegada de un hijo empieza a ver menguadas sus certezas ante las dificultades propias del amamatamiento, potenciadas, lastimosamente, por comentarios como esos que -quizás con la mejor intención- terminan por desestimular. La salvación, en mi caso al menos, ha sido la información constante y la búsqueda de apoyos y (tengo que decirlo) la dedicación y el apoyo minuto a minuto de mi muacho hermoso: en las charlas, en foros de internet (dormirsinllorar.com es fabuloso; la misma Liga de la Leche tiene uno en su portal) y en artículos serios con experiencias de mamás (ya mencionaba, por ejemplo, la revista Nuevo Comienzo. Hay, además, libros con experiencias de madres que también pueden ayudar. Recomiendo Las Hijas de Hirkani, publicado por la Liga y disponible online ).

Podría seguir confesando pecados, dudas, molestias y temores, pero tengo una chiquita próxima a despertarse para comer lechita y amor de su mamá. Espero dejar abierta una discusión (en el sentido real del término: un intercambio de experiencias y opiniones) que podamos ampliar en el futuro. Agradezco, sí, a todos aquellos que me han visto con sorpresa o con amor, pues en cualquier caso estoy convencida que la lactancia requiere de eso: de preguntas, comentarios y confrontaciones que le devuelvan su actualidad. Ah, y que conste que me he dado cuenta que además de las madres, muchos médicos necesitan reinformarse. Amamantar es posible: requiere, sobretodo, amor, información y volundad.

😉

18 septiembre 2009 at 03:47 8 comentarios

Nuestro primer mes

Hace un mes exactamente Irene se abría paso para asomar a este mundo su naricita. Desde entonces, nuestra vida ha sido toda nueva, casi como si desde ese día nosotros mismos hubiéramos vuelto a nacer. Sabemos que aún queda trecho por delante y que esta pequeña será nuestra guía. Ya no como turistas pero sí como viajeros, ansiamos continuar la ruta, sabiendo que sin importar el destino cada paso será una vida. Gracias por venir a transformarnos. Eres el aire que respiramos. 🙂

Quisiera escribir una carta larga que resumiera, si fuera posible, este primeros treinta y un días de vida. Renuncio, sin embargo, a hacerlo porque ahora tú eres todo nuestro espacio y tiempo y en este punto es otro el lenguaje que tenemos. Los días pasarán y seguramente sólo serán legibles estas palabras, Irene, escritas con un solo dedo mientras amamantas. Ojalá en tu corazón queden escritas esas tantas otras que ahora nos acompañan. Te vemos crecer, te vemos sonreír, te oímos balbucear, te sentimos respirar, te cuidamos al dormir… Sueñas y con tus sueños volamos nosotros a espacios desconocidos pero iluminados por el brillo de tu espíritu.  Acompáñanos siempre y llévanos de tu mano por este nuevo camino. Que sean treinta, cuarenta, cincuenta y un número infinito el de los días que tengamos para continuar confirmando este amor sublime que nos une y se suma en ti. Sabemos que contigo vienen muchos angelitos. Tu abuela I., por ejemplo, que hace diez años exactamente partió al cielo para quedarse y regresar ahora y siempre contigo.

Feliz un mes, mamá; feliz un mes, papá; feliz un mes, Irene, bichito lindo.

9 septiembre 2009 at 17:27 2 comentarios

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