Eloísa

21 noviembre 2017 at 11:58 1 comentario

Fuente de la imagen: Plano Informativo

Hemos llegado a las 26 semanas de nuestro embarazo, una espera, dulce y feliz como la de Irene, llena de sorpresas que confirman que cada chiquito es un mundo y que nosotros mismos, con el paso del tiempo, nos convertimos en seres distintos. Hoy, después de un gran silencio, reaparezco con noticias que hagan aunque sea un poco de justicia a lo que hemos vivido durante este tiempo. 😉

Para empezar, debo decir que ha sido un embarazo diferente, supongo que tanto por nuestra chiquita (que se llama Eloísa, por cierto) como por mí misma: los cambios de mi cuerpo, la edad, el clima, las secuelas que dejó en mi cuerpo la gestación de Irene… todo hace que me sienta como si fuera a ser madre por primera vez.

Muuuuuchos más síntomas

No sé si fue que olvidé detalles de nuestra experiencia anterior (tendré que leer mi propio blog, jjejjeje) o si realmente todo es distinto, lo cierto es que los primeros meses de este embarazo revolcaron mucho más mis hormonas que el anterior. Nada fue intolerable ni incapacitante, pero sí tuve mucha más sensibilidad a alimentos, a temperaturas e incluso al peso. Con respecto a los primeros, a estas alturas están superados. Con respecto a lo segundo, vamos de mal en peor. Aunque hasta aquí he subido un poco menos de peso que con Irene, mi espalda parece tener una memoria muy clara del desbalance producido al cargar en el vientre un chiquito. En consecuencia, me siento muchísimo más lenta a mis 26 semanas con Eloísa de lo que recuerdo haberme sentido con Irene. Y he recurrido desde hace ya un par de meses a un maravilloso cinturón de soporte que me ayuda a centrar mi columna con respecto a la gravedad. Es un recomendado fijo tanto para madres primerizas como para madres experimentadas. ¡Con decirles que ni me lo quito para dormir!

Con respecto a cuidados, también hay hábitos diferentes en nuestro día a día que, sospecho, han tenido incidencia en este embarazo incluso antes de la concepción. Abro capítulo aparte para profundizar un poco al respecto.

Primer gran cambio: Nuestra alimentación

No recuerdo si en el breve anuncio que hicimos de esta noticia hace unas semanas, mencioné que buscamos durante mucho tiempo la llegada de Eloísa: sin presiones, sin angustias, pero sí con una expectativa que se fue reduciendo con el paso de los años y que finalmente terminó en una aceptación en paz con la naturaleza. Llegamos a estar convencidos de que seríamos una familia de tres. Las estadísticas y la propia experiencia apuntaban a ello. No quisimos someternos a ningún tratamiento excepcional (que celebro que existan como alternativa para muchos padres que han recurrido a ello), quizás en parte porque ya teníamos a Irene y porque no quisimos imponerle nada a la vida. Sin ser deterministas confiamos en la sabiduría de la naturaleza. Si no llegaba otro chiquito podía ser porque ni mi cuerpo ni mi espíritu estaban en sintonía para recibirlo.

Para no hacer más larga la historia, a comienzos de este año, como mujer mayor de cuarenta que empezaba a sentir molestias en la agilidad de sus músculos, decidí tomarme en serio una práctica deportiva diaria y ajustar mi dieta, no para bajar de peso, porque realmente no lo necesitaba, sino para mejorar mi digestión. Ya desde el embarazo de Irene habíamos hecho cambios sustanciales como la eliminación del azúcar adicionado a zumos y jugos y otras bebidas, la incorporación de alternativas a los dulces refinados y procesados (básicamente por panela y miel en algunos casos), la introducción de alimentos fermentados caseros (chucrut, kéfir y kombucha) y la eliminación casi total de alimentos procesados: salsas, mermeladas, caldos de base y un largo etcétera dejaron de estar en la lista de la compra para ingresar a la lista de alimentos preparados en casa. Esto nos permitió una reducción significativa en la ingesta de preservantes y químicos y un renacer del gusto por la cocina, que siempre ha sido una de mis pasiones secretas, ahora en plena ebullición. Asimismo cambiamos los insumos de grandes mercados por alimentos locales y orgánicos, con lo que, según yo, ya habíamos llegado al tope de medidas para mejorar la alimentación.

Pues bien: no. Dos cambios aparentemente simples nos sorprendieron con resultados inesperados (el embarazo entre ellos): la eliminación definitiva del azúcar refinada (que consumíamos de vez en cuando en postres o dulces callejeros) y la eliminación del trigo y las harinas refinadas (que solíamos comer al desayuno). Yo, adicionalmente, eliminé por casi 4 meses la ingesta de granos (fríjoles, lentejas, maíz, garbanzos, arroz) y reduje algunos carbohidratos altos en su índice glucémico (patatas, principalmente). Estos alimentos los reemplazamos por repostería casera ( en la que incursioné por primera vez en mi vida con resultados gratos) endulzada con miel, panela, dátiles y banano y preparada con harinas alternativas de almendras, coco y yuca, y por intentos no del todo exitosos de panes sin gluten. Como resultado, las comidas y cenas se mantuvieron más o menos como antes, excepto por los cambios en guarniciones, ahora con más verduras y montones de aguacate. El desayuno, por su parte, sí sufrío un giro sustancial: el pan lo reemplazamos por crepes de banano y avena (con un poco de leche) y muy de vez en cuando por arepas de maíz caseras o de yuca, acompañadas de mermeladas caseras (hechas con panela), muchos huevos, bacon y algunas verduras.

¿El resultado? Incremento de energía y agilidad física, reducción casi total de los antojos entre comidas (por una mayor sensación de saciedad), baja de peso, mejores digestiones y, supongo, una desinflamación significativa de órganos internos, incluidos, sin duda, mi útero y sus trompas, que en algún examen diagnóstico aparecieron bloqueada totalmente una y la otra casi en su misma situación, pues apenas mostraba alguna permeabilidad. Esto último no puedo comprobarlo más que con mi embarazo, pero, visto los otros efectos y consultada la opinión de varios ginecólogos, creo que no es una idea traída de los cabellos.

Estos cambios, aclaro, pueden no tener los mismos efectos en todos los organismos. En mi caso, supusieron ajustes mínimos con respecto a los hábitos que habían llegado con Irene y estuvieron acompañados de buenas horas de sueño, una vida tranquila y un definitivo placer por la cocina. También, debo decirlo, de lecturas progresivas sobre la dieta paleo y primal (que son más o menos lo mencionado, diferenciándose en que la segunda incluye lácteos -que como sin problemas-) y de autores clásicos defensores de la comida tradicional como Chris Kresser, Edurne Ubani, Weston A. Price y Sally Fallon. Hay montones de recetas inspiradoras en la web sobre esta dieta y cantidades increíbles de bloggers y personas de a pie en Instagram y Facebook compartiéndolas. Si les interesa, les recomiendo, entre otros, a @thecastawaykitchen, @evamuerdelamanzana, @againstallgrain, @noncrumbsleft, @primal_gourmet, @whole30recipes, @keto.connetc, @iheartumami, @nomnompaleo, @physicalkitchenss, @therealfoodrds, @thewholesmiths y @paleorunningmomma. Y ya.

Lo segundo: deporte, reconexión conmigo misma, liberación de prejuicios (¿he dicho que los 40 te quitan un montón de peso con respecto al qué dirán?) y tranquilidad

Adicional a ello, como dije antes, introduje el hábito del deporte, con treinta a cuarenta y cinco minutos diarios de “cardio” (realizados en una elíptica), así como el contacto conmigo misma y una serie de pasiones postergadas por un “deber ser” profesional: llegados los 40 me he dado el gusto de hacer montones de cosas que me fascinan, las mismas que antes siempre quedaban pospuestas por una inquietud más intelectual. De ahí mi reencuentro con la cocina, con el dibujo, con la acuarela, con el grabado, con el deporte, con la costura y con la cerámica. Sigo leyendo (y editando a mi muy amado), pero no como mi actividad principal. Y escribo, pero menos, como se evidencia en esta casita. Y soy una administradora sin título, porque, por supuesto, en medio de todo esto, sigo en frente de toda la infraestructura práctica de este hogar.

Así, en definitiva, llega Eloísa a una familia más sosegada y en paz, y no porque antes no lo fuéramos, sino porque siento que todos estos cambios y estas reconexiones nos han liberado de un montón de cargas emocionales que cargamos a veces sin darnos cuenta. Siempre creí que era una mujer tranquila. Ahora pienso que estos últimos dos años me han dado muchísima más paz conmigo misma y con la vida que tengo (de la que estoy agradecidísima) y que todo eso, sumado a unos buenos hábitos alimenticios y de sueño, han marcado la pauta para la armonía que Eloísa necesitaba para arribar.

Irene, como hermanita mayor, no cabe en la ropa. Y creo que el recibir a esta chiquita a sus ocho años y medio supondrá también un nuevo universo en su vida cotidiana y emocional.

Seguiré dando reporte, aunque no sea con la misma frecuencia de Irene. Y prontamente, creo, rebautizaré esta casita en toda regla porque ya no es solo de nuestra luz y vida, Irene, sino también de este nuevo sol, esta nueva vida que es Eloísa.

Saludos y mucha felicidad. 😉

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Entry filed under: Alimentación, Embarazo, En la cocina, En nuestra casita, Maternidad, Uncategorized.

13 semanas + 5 días 35 semanas y 3 días

1 comentario Add your own

  • 1.  |  24 noviembre 2017 en 15:10

    Pues después de leerte me da vergüenza confesar que me acabo de cenar un pedazo de bocadillo de jamón serrano… eso sí, aderezado con un delicioso aceite de oliva virgen extra de mi pueblo, jejeje.
    Bromas aparte, me alegro de que Eloisa esté creciendo en un “recipiente” tan sano y tranquilo, seguro que eso le aporta salud y paz a lo largo de su vida. Dentro de nada la tienes entre tus brazos, ¡qué emocionante!
    ¡Besos para todos!

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