Archive for abril, 2012

“Rápido, rápido”

Realmente a medida que crecen los pequeños los ritmos van cambiando para todos en el hogar. La sorpresa, sin embargo, me la he llevado en estos últimos días de mi propia boca al darme cuenta que esa pequeña independencia de mi chiquita me ha llevado a concentrarme en cosas que antes había dejado un lado (mi escritura, mi lectura, mi trabajo), apresurando y restando tiempo “de mamá”. Creo que es natural que los ritmos cambien, ¿pero vale la pena insertarse e insertar a los pequeños en esa lógica occidental que pide que todo se haga YA?

El reloj parado a las siete

El reloj parado a las siete“. Imagen de nadia_the_witch.

Creo que la respuesta es simple: NO. Sin prerrogativas ni ataques. Creo que no tiene sentido impregnar la vida de los chiquitos (ni la nuestra) con un molesto tic-tac… sobre todo cuando ese “acelere” permanente se traduce en hacer sin disfrutar. Por supuesto, pienso que es natural que los ritmos cambien y que los padres, una vez que los chiquitos son un poco más autónomos en el hogar -comiendo solos, vistiéndose (casi) solos, jugando (algunas veces) solos, yendo (o intentando hacerlo) al baño solos, etc., etc., etc…-, retomemos un poco nuestra individualidad, pero claramente pienso que no es un buen principio de la vida (ni de los niños, ni de los padres ni de la familia) ese cabalgar en montaña rusa para hacer más.

¿Por qué?

En primer lugar, por lo mismo que he valorado y deseado la vida simple, es decir, porque pienso que la vida sólo puede valorarse a partir del goce, del asombro, de la observación detenida (de ella y de nosotros mismos), de las pocas cosas o experiencias (escogidas), del “menos cosas, más felicidad”. Y en segundo lugar porque el “rápido, rápido” que le imprimos a nuestras acciones casi siempre termina por aguar la experiencias, pues nos vuelve intolerantes, preocupados, inseguros, aburridos, bla, bla, bla.

Pongo ejemplos: son las 7:30 a.m. y a las 9 tenemos clase de baile. Debemos salir de casa a las 8:30 para llegar a tiempo. Aún falta desayunar, bañarnos, peinarnos… ¿Cuáles son los efectos? Molestias, presiones (incluso amenazas: “si no desayunas rápido, no vamos a tu clase”), discusiones y, quizás, hasta accidentes (no digamos de coche, por andar corriendo, que no los queremos, pero sí de leche derramada en la ropa, del olvido en casa del móvil,…) ¿Vale la pena? Si se supone que bailábamos para gozar… La mismo historia se podría contar para salir al colegio (un motivo más para no escolarizar antes de los 6 o 7 años), para ir al trabajo, para ir a un cumpleaños…

“Paren el mundo que me quiero bajar”

Quizás la solución no está en parar todo, que a fin de cuentas la vida sigue y no podemos excluirnos de ella porque eso sería también no disfrutar. Pero sí es posible pensar y conectar un poco más con nosotros mismos, escucharnos (como si fuera desde fuera) y sentirnos cuando vivimos a esos ritmos. Para mí ha sido realmente revelador darme cuenta del malestar que crece dentro de mí cuando estoy repiendo mecánicamente el “rápido, rápido” antes dicho: por más que mi chiquita se apresure, sus movimientos no son tan precisos como los de un adulto (pero eso no lo sabe mi cerebro que oye la orden de acelere y ante su decepción dispara adrenalina que da gusto).

Resolver el problema, sin embargo, no debería ser tan difícil, sobre todo si logramos sensibilizarnos. ¿A cuenta de qué tiene que vivir un chiquito acelerado? Propongo acciones precisas:

  1. Respirar tranquilos (parece vano, pero es el único principio posible para bajar el ritmo: si nos concentramos en la manera cómo respiramos, nos daremos cuenta de que con esa atención nosotros mismos podemos aquietarnos).
  2. Permitirnos observarlos y observarnos (ojo: no mirarnos: OBSERVARNOS).
  3. Cancelar citas.
  4. Quitarnos el reloj de la muñeca y de la cabeza.
  5. No escolarizar a nuestros chiquitos antes de los 6 años: bienvenidos abuelos y familia.
  6. Apagar el ordenador, el móvil, las tablets y todo lo que se inmiscuya en nuestro tiempo de ocio (de manera invasiva).
  7. Caminar por un parque verde cada tanto.
  8. Cambiar nuestras rutinas de desplazamiento por medios menos rápidos: pies, bicicletas, trenes lentos… Si vivimos en un mundo que se mueve más despacio, sin duda nosotros también nos desaceleramos.
  9. Cocinar en casa y no olvidar esta maxima: la comida preparada es “previamente” degustada. Los restaurantes no tienen que satanizarse, pero es mejor si no son de centro comercial ni comida rápida.
  10. Lo que usted quiera… a fin de cuentas, ¿no cree que vale la pena?

Podría agregar sembrar una huerta en casa (para prolongar el disfrute de cocinar e inscribirnos en el lento pero sorprendente ritmo natural), pero eso lo dejo para mi lista slow personal. Lo cierto, es que mientras escribo todo esto, recuerdo a aquella pareja maravillosa, soñadora e inspiradora, que encontró la manera de detener su vida por 40 días con el patrocinio de la marca de su colchón.

Sé que las razones que han acelerado nuestros ritmos en estos últimas días son importantes, sé que muchos dirán que no pueden darse el lujo de no trabajar, sé también que no es fácil, pero estoy segura de que nosotros somos los únicos que podemos cambiar los ritmos y establecer espacios de ocio tangibles, lentos, disfrutables. La vida me regaló una hija para observarme. Ahora yo debo dejar que ella me observe, me disfrute, me enseñe y me cambie. No es una tarea difícil y tiene infinitas recompensas. La próxima vez que diga “rápido, rápido” recordaré sus preguntas sabias: “¿para qué estás corriendo, mamá?”

26 abril 2012 at 07:04 2 comentarios

¿Y si dejáramos de contar?

Contar días, contar, meses, contar palabras, contar historias, contar proyectos, contar avances, contar hazañas… Pasan los días y esta casita sigue en silencio. No así nuestras vidas ni nuestros sueños. Palpitamos vigorosamente, sin narrarnos en este espacio, como debemos o, al menos, como queremos. Retomo un poco nuestra escritura, sin saber qué salga en el intento.

Curiosamente, siento que ésta es una etapa en la que he visto caer a otras voces de este mundo cibernético: los peques llegan a una edad más verbal, más activa, más independiente (si cabe decirlo), más… no sé, sensible y sentida, y nosotros, sus voces en la blogosfera, nos sumimos en una intermitencia casi muda. ¿Voluntaria? ¿Natural? ¿Sincera? No tengo respuesta.

En nuestro caso, tengo una aproximación apenas: nos materializamos -la palabra es de lo más inoportuna, la verdad- en la vida misma, sin pausas, sin voces, sin razonamientos, sin preguntas. Fluimos, sentimos, vivimos… y eso apenas nos da espacio para levantarnos, jugarnos, trabajarnos -sí, un poco-, reunirnos, bailarnos, hablarnos, caminarnos y dormirnos. Crecemos al lado de esos pequeños motores de nuestra vida y, como ellos, toda nuestra energía se concentra en hacernos grandes (por fuera y por dentro: como padres, como esposos, como amantes, como familia, como hijos, como amigos…). ¿Resultado? Los proyectos mentales terminan estando suspendidos, y las palabras escritas en esta casita pasan de la boca al tacto, el olfato, la vista, el gusto, el oído. Verbalizar (como intento hacerlo ahora) es TODO un ejercicio.

La buena noticia (bueno, no es que ésa sea mala, es sólo que extrañamos también nuestras tertulias en esta casa) es que de una manera indescriptible siento -¡sentimos!- equilibrio. Y no quiero decir con ello que el caos se condense en pasar momentos en esta suma de unos y ceros que conforman el espacio cibernético. En lo absoluto. Quiero señalar simplemente que paralelo a estos silencios ha crecido una armonía que, sin saber, echaba muchísimo de menos. A lo mejor todo se deba a que he pasado un poco de ser mamá con todas las letras básicas (de quien depende totalmente esta chiquita que me acompaña) a ser mamá con letras más complejas, que juega con, conversa con, camina con, piensa con… Dos años y ocho meses dan como resultado a una chiquita que cuenta por sí misma y que necesita oídos y manos y corazón que la acompañen en sus historias –someone to count on, dirían algunos. También he retornado un poco más a una vida que (a pesar del verbo) no es la de antes: escribo, leo, bailo (y adoro hacerlo)… Vuelvo a navegar en mí misma, en cuerpo y alma, y es bonito.

En resumen: me explico menos. Pero vivo, no sé si más (y no debería a lo mejor usar la primera persona del singular para relatar este asunto), pero sí intensamente. Corrijo: vivimos. Y no dejaremos de contar porque a fin de cuentas es un placer y un oficio riquísimo. Pero sí dejaremos, cuando menos por un tiempo, de pensar en proyectos (y no olvido los inspirados por Victoria), en fijarlos en el tiempo. De hecho, creo que justamente lo que menos quiero es fijar… por oposición, anhelo movimiento -quizás es una secuela de mis clasecitas de baile, cuatro veces por semana y una vez por interpuesta persona, con la chiquita, mariposa.

Así que ahora, y esto sí toca en primera persona, veo, huelo, toco, pruebo, oigo, observo, me embriago, palpo, degusto, escucho. Y paso revista cada tanto en esta casita… pero si no hablo, si no escribo, si no cuento… saben que volveré en algún momento a hacerlo. Porque sí, no dejaremos. Contaremos. Un abrazo, mamás lindas. Creo que el silencio no será ni mucho menos eterno. Sólo estamos creciendo. Besos.

PD: El video se lo debo a Caterina Pérez, una mamá-diseñadora-soñadora maravillosa que sí que es capaz de plasmar el equilibrio sin explicar tantas cosas. No dejen de verlo… de algún modo ilustra un estado del alma, creo, ahora nuestro. Otro beso.

PD2: Encontré un blog precioso (que ahora no disfruto, pero que dejo aquí para ver luego) con actividades para hacer con chiquitos preescolares. De una mamá, soñadora e inquieta, por supuesto: Crea momentos. Pronto volvemos. 😉

12 abril 2012 at 10:19 6 comentarios


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