Posts tagged ‘Minimalist Life’

Menos cosas, más felicidad (3): alternativas de ocio

Continúo nuestra serie de Simple Living, hablando sobre nuestras alternativas de ocio. Si bien, estas han variado un poco a partir del nacimiento de nuestra hija, considero que hablar de ellas puede ser relevante, pues con frecuencia buena parte de los gastos de una familia se asocian a este rubro. Cuando no es el caso (que viene siendo lo mismo, pero del otro lado), éste es casi siempre el aspecto “sacrificado” en los hogares a la hora de ahorrar. Nuestras opciones responden -otra vez- a nuestros gustos y a las altenativas que nos circundan. Quizás no se apliquen en todos los casos, pero son importantes porque demuestran que vivir de un modo sencillo no significa privarse de placeres: al contrario, supone un reencuentro con estos, no por la vía del consumo per se, si no por la de una cotidianidad placentera y gratificante que no atente la sostenibilidad del hogar.

Imagen tomada de: Foro Opinion @sacapartido.com

Como escribía en nuestro anterior post, el reto es llenarnos más de experiencias que de objetos y buscar más comodidad que cantidad. No es lo mismo salir de viaje en Colombia que hacerlo desde un país europeo, del mismo modo que no es igual disfrutar del aire libre en el trópico que en un país con estaciones.

En nuestra cultura,  se asocia -en muchísimos casos- ocio con “gasto”. Nuestra propuesta es empezar a enterlo como derecho y necesidad del ser humano, sin caer en modelos -y esteoreotipos- impuestos y disfrutando de lo simple y natural. Cada familia tendrá su propia manera de divertirse y disfrutar del tiempo libre… Ésta es la nuestra. Ojalá les dé ideas para recrearse sin sacrificar la sostenibilidad (económica, física y emocional) de su hogar. Son bienvenidas desde ya otras ideas para nuestro ocio familiar. 😉

  • Salir al campo. Vivimos en un país tropical, con una gran variedad topográfica. Esto nos permite encontrar, incluso después de sólo 30 minutos de viaje en coche, lindos parajes naturales, económicos y con temperaturas y entornos diferentes a las de nuestra ciudad. Buena parte de nuestros fines de semana salimos “de campo” en las mañanas, para regresar al caer la tarde llenos de verde en el espíritu y de aire puro en los pulmones. ¿El costo? Usualmente el equivalente a 30-50 kilómetros de combustible (que incluyen ida y vuelta), además de unos 20 dólares para la alimentación de todos.
  • Disfrutar el verde de la ciudad. Casi diariamente hacemos escapadas a parques cercanos (tenemos uno al lado de casa), llenos de pájaros y mascotas (que para Irene son la mayor felicidad). También visitamos, cada tanto, nuestro jardín botánico u otros jardines municipales para disfrutar, además de un café o un helado al aire libre, de senderos peatonales, fuentes de agua y actividades culturales gratuitas. La inversión de tiempo suele ser de una tarde los fines de semana o de una hora diaria en tiempo laboral. De este modo, por menos de 8 dólares (incluído, si es necesario, el aparcamiento. En muchos casos gastamos menos) tenemos espacios cómodos y abiertos, además de nuevos aires, sol y un buen cambio de actividad.
  • Comer en restaurantes familiares. Ya hablé en parte de esto al comentar en la entrada anterior de Simple Living que usualmente comemos en casa y que más o menos una vez a la semana lo hacemos fuera. Cuando optamos por ello, solemos visitar restaurantes familiares o pequeños, con una carta no muy abundante pero con una cocina que nos gusta. No sé si sea manía nuestra o una realidad en nuestro entorno, pero no hemos encontrado muchos sitios que ofrezcan una mesa que nos desvele… ¿Consecuencia? Casi siempre comemos en los mismos sitios (pequeños, particulares), no -excepto por necesidad- en restaurantes de cadena o en plazas de comidas de centros comerciales. Eso nos garantiza calidad, productos más escogidos y, por lo general, un precio razonable a la hora de pagar. Ah, por cierto: un amigo alguna vez me dijo (y me parecieron unas palabras sabias) que cuando un restaurante tenía una GRAN carta, generalmente su comida no era tan maravillosa. Él mismo también aseguró que si el vino de la casa era bueno, el restaurante también lo era… pero ésa es otra historia que tiene mucho sentido en países con tradición vinícola, pero no en Colombia. Un tema, por demás, para mencionar en una futura entrada sobre los productos que consumimos (que variarán, sin duda, de acuerdo con el lugar). Con respecto a los restaurantes de las plazas de comidas, suelen ser encerrados, costosos (sobre todo para el tipo de comida que ofrecen), con productos un tanto mediocres y con materia prima de regular calidad.
  • Tomar un buen vino en casa y charlar. Tenemos nuestra tienda de vino de confianza (que escoge las variedades de acuerdo con nuestro presupuesto y nos las envía a casa con sólo llamar) y muchos temas para conversar. No ver televisión (y no estar, por lo tanto, enganchados con la serie o la telenovela de turno (en Colombia casi siempre esas son las opciones del prime time) ayuda muchísimo. Antes solíamos reunirnos con amigos, pero ahora con la pequeña dormida andamos en período de poco ruido y más intimidad. 😉
  • Ver películas en casa. Nos encanta ir a cine, pero Irene es aún muy pequeña para permitirnos hacerlo (con o sin ella). En su lugar, disfrutamos de los beneficios de internet (sí, lo confieso: hay un montón de páginas con clásicos y estrenos online). Luego, cuando esté más grandecita, retornaremos a nuestra sala de cine favorita (donde sabemos que proyectan películas que casi siempre nos gustan, sin riesgos a defraudarnos con un cine más comercial). ¿Frecuencia de visita a una sala externa antes de Irene?: una vez cada quince días. ¿Frecuencia actual?: cero visitas, pero, según la época, una película por semana (no es mucho. Se nota que leemos y paseamos más).
  • Leer (libros de la biblioteca pública, casi siempre). Ya lo comentaba en nuestra entrada anterior. Es económico y evita el gasto y la acumulación. Al igual que el punto anterior, se fundamenta en reusar y compartir, principios maravillosos de Simple Living. Y permite estar al tanto de nuevos títulos… o acceder a joyas que muchas veces no se consiguen en el mercado. Si el libro no nos gusta (como con las películas) se cierra sin complejos ni culpas de dinero tirado y se devuelve a su lugar.
  • Viajar. Tratamos -cuando podemos- de hacer un viaje “importante” cada año, usualmente al extranjero. En Colombia hay muy poca infraestructura hotelera (cómoda y confiable) y los costos (cuando la hay) o son absurdos o son equiparables a una escapada por fuera de nuestras fronteras. Eso nos “obliga” (y nos permite) conocer otras culturas, otros espacios, otras mesas (las vacaciones del paladar de las que hablaba antes), además de proporcionarnos descanso y variedad. Cuando lo hacemos, buscamos destinos con una oferta cultural interesante (museos, parques,…) y con hoteles y restaurantes cómodos y confiables, que no exijan 5 estrellas (y una larga cuenta final) para ofrecer calidad (lo que no pulula en Colombia). Viajamos con los gastos básicos pagados casi siempre (hotel, tiquetes aéreos, seguro de viaje y seguro médico) y sin tarjetas de crédito (que además no tenemos) que tienten el bolsillo. Más que pasar el tiempo en el hotel, nos encanta recorrer la ciudad (y sus recovecos). Para periodos más cortos, de puentes festivos, por ejemplo, solemos escaparnos a parajes intermedios en nuestro país (ubicados a 3 o 4 horas de viaje en coche) de familiares o amigos. Tenemos como política no hacer recorridos en coche que impliquen más de 5 horas de viaje, por cansancio y -es terrible decirlo- por la calidad de las carreteras: preferimos, en su lugar, tomar una tarifa de turista en un vuelo aéreo (el costo suele ser equivalente cuando se suman combustible y peajes. Si no es así, el tiempo y la tranquilidad compensan el sobrecosto).
  • Disfrutar de la oferta cultural de nuestro municipio. En esto aún nos falta muchísimo… por tiempo (las noches, definitivamente, aún no son una alternativa) y por falta de información. Nuestra ciudad ha mejorado su oferta cultural de una manera considerable en los últimos años, hasta el punto de que contamos -según me informaba un concejal- con un presupuesto mayor al de la capital del país y al del Ministerio de Cultural nacional, incluso. Todas las semanas hay conciertos, teatro, danza y exposiciones artísticas. También se organizan ferias y festivales barriales, con mercados campesinos o artesanales. Aspiro a conectarme más en el futuro con estas opciones, pero las incluyo como alternativas de ocio porque de vez en cuando las disfrutamos y porque estoy segura de que tendrán sus semejantes en cualquier lugar.
  • Caminar por la ciudad. Al aire libre, no dentro de un centro comercial. Sirve como ejercicio para el cuerpo y para el alma y ofrece una pausa en las rutinas diarias. Sé que para muchos ésta no es una opción de ocio, pero creo que si asumimos que podemos hacerlo con ojos desprevenidos (no con la mirada acelerada de “tengo que llegar a tal sitio en tanto tiempo”) encontraremos que es una manera deliciosa de reconocer nuestro entorno y de descansar.
  • Utilizar los espacios deportivos municipales gratuitos. Ésta es una opción de ocio que en la práctica utiliza más mi marido. Contamos con muy buenas instalaciones deportivas que o son gratis o tienen un costo mínimo de uso para su manutención. Adicionalmente, están ubicadas muy cerca de nuestra casa, por lo que podemos -si queremos- disfrutar de ellas (ejercitando el cuerpo) varias veces a la semana.
  • Otros pequeños placeres. Un café en casa, orgánico y colombiano (que conseguimos, por intermedio de un primo, en una finca cafetera, en grano y con calidad de exportación), un helado en un restaurante precioso, cercano; reuniones con amigos, escapadas a tomar fotos, caminar, caminar y caminar… Y otras tantas que no practicamos de continuo y que por ello no tengo presentes. 😛

Hemos estado en otros países y hemos disfrutado de experiencias similares en todos ellos. En México, por ejemplo, los institutos de Bellas Artes ofrecen capacitación gratuita, para adultos y niños, en pintura, escultura, danza, teatro, literatura… una delicia que envidio; en España, Argentina, Chile y Portugal, cualquier taberna o restaurante de barrio ofrece una carta deliciosa con muy buenos precios; en Francia y casi toda Europa, los museos, los parques públicos y los festivales al aire libre (sí, en el verano), también son opciones económicas y agradables, y en los países europeos (y en algunos latinoamericanos, con autovías y autopistas cómodas) es posible viajar por tierra o,incluso, en avión a precios razonables. Además de ello, en muchos de estos países pueden encontrarse hostales o casas rurales con excelentes precios y muy buen servicio. Dar el salto a maravillas africanas y orientales es una alternativa que puede resultar económica dependiendo de lugar desde donde se viaje… sin importar que no sean los destinos típicos de catálogo de viaje. A nosotros todas esas alternativas nos han sorprendido gratamente, por lo que no las dejo de recomendar.

En resumen, salirse de la casilla de película hollywoodense que plantea como alternativa de ocio ir de compras y gastar (desaforadamente, casi siempre, y regresando a casa cargados de bolsas y de cosas innecesarias) puede ser más divertido de lo que parece. Y muchas de esas opciones, incluso, pueden darse sin tener que escapar de la rutina y, por lo general, sin sacrificar ni el ocio ni el presupuesto familiar.

Estoy segura de que existen otras muy buenas alternativas (asociadas a los hobbies de cada uno)… del mismo modo que creo que no está mal invertir de vez en cuando en actividades extraordinarias (un concierto o un espectáculo especialísimo, una cena de lujo, un viaje a un paraje lejano y desconocido,…), siempre y cuando no implique quedarse en saldos rojos o negativos… Cada quién sumará y sabrá. Creo que la clave está en organizarse un poco y en hacer consciente cada gasto. La proporción será seguramente positiva. Ahora, para enriquecer estas opciones, ¿cuáles son sus maneras de relajarse y disfrutar?

[Por cierto, he creado una categoría, denominada Simple Living, para albergar esta serie… y otros artículos relacionados con sus principios. ¡Me encanta que varias de ustedes anden en los mismos pasos! Espero, ansiosa, sus experiencias. Estoy segura de que habrá buenas ideas para poner en práctica. ;)]

28 septiembre 2010 at 10:15 5 comentarios

Menos cosas, más felicidad (2): nuestros inicios

Hace unas semanas escribí un post sobre Simple Living -una forma minimalista de vida- titulado “Menos cosas, más felicidad”. Hoy quiero iniciar una serie de textos sobre nuestra experiencia, fijando como meta consumir menos y, en lo posible, sólo aquello que sea realmente necesario. Mi idea central es simplificar nuestra cotidianidad, llenándonos más de experiencias que de objetos y buscando comodidad más que cantidad. Muchos de nosotros podemos vivir sin darnos cuenta sobre algunos de estos preceptos, pero hacerlos conscientes y difundirlos entre quienes nos rodean puede ayudarnos a mejorar el futuro de nuestros hijos, además de permitirnos vivir de un modo más sencillo (no simplista) y a lo mejor más feliz ya.

[ … anticipo que el texto se hizo largo :s ]

Algunos dirán que para vivir es necesario una casa de 500 metros cuadrados o vestidos de diseñador o un carro último modelo. Pero el tipo de vida al que nos referimos aquí no es ése: propone, en su lugar, una vida feliz y cómoda que pueda distanciarse de la fiebre consumista de “lo compro, lo tengo” para acercarse al placer de lo simple y práctico.

Confieso, sin embargo, que esto no me exime de admirar ciertas cosas (una obra de arte, un libro, un paisaje) e, incluso, pensar que sería agradable tenerlas en mi entorno, pero entre el pensar y el comprar hay un camino largo que se acorta, maravillosamente, en espacios comunes como un parque, un viaje, una biblioteca o un museo. En un intento de resumen, comparto nuestros inicios espontáneos de Simple Living. Espero que detrás de ellos lleguen otras opciones que nos ayuden a reducir, compartir y reusar… saludable, respetuosa, natural y responsablemente. El tiempo y esta serie de textos lo dirán. 😉

¿Qué simplifica hoy nuestra vida?

Muchas de las alternativas por las que optamos han llegado a nuestra vida como resultado de la búsqueda de simpleza y comodidad. Reconozco que buena parte de ello se debe a mi muy afincado sentido práctico; otras, en cambio, aparecieron como consecuencia de nuestros propios gustos. Entrar en contacto con otras culturas y permitirnos descubrir la forma como otros resuelven su cotidianidad nos ha brindado muchísimas enseñanzas. Falta camino, pero -en parte- tenemos un destino. ¿Nuestros hábitos recomendables? Aquí van:

  • Hacer listas de mercado. Tengo una fija con los productos semanales básicos. Así, cada cierto tiempo, reviso la despensa, veo que hace falta y lo consigo… casi siempre por teléfono, además. Se reducen las distracciones, las compras innecesarias y se ahorra tiempo (algo que viene muy bien con un chiquito en casa).
  • Comprar en tiendas de barrio (¡me encantan!). Lo hacemos casi siempre. Suelen ser más rápidas, más económicas y más personalizadas. En la mayoría de los casos nos permiten hacer las compras telefónicamente con un pago contra entrega y un servicio a domicilio amable y eficaz. ¿Otras ventajas? Personales: ahorro de tiempo, de gastos de desplazamiento, de dinero (no hay antojos posibles, pues siempre compro sólo lo que necesito). Sociales: establezco relaciones más cercanas con nuestros proveedores y apoyo con mi compra directamente al sustento de pequeños grupos (no a una cadena que se lleva buena parte de las ganancias al extranjero al tiempo que “subcontrata” (en mi país) su personal). De este modo, nuestras frutas y hortalizas las compramos en la Plaza de Mercado (no en un almacén de cadena), nuestras carnes y pescados los adquirimos directamente en la carnicería; nuestro pan, en la panadería; nuestra ropa (una compra menos frecuente), casi siempre en almacenes de fábrica o directamente; los lácteos, los huevos, las arepas, en una tienda particular de productos lácteos y así con todo lo demás.
  • Recortar la cadena de intermediación entre el productor y el comprador. Este punto se relaciona un poco con el anterior, pero lo enfatizo porque cuando optamos por comprar en tiendas pequeñas nos acercamos, casi siempre, al productor. Los supermercados (que pertenecen cada vez más a cadenas multinacionales) seducen con la idea de que ofrecen rebajas permanentes, además de concentrar todo en un mismo sitio. A la larga pienso que en la práctica no se aplica ninguna de estas “maravillosas” opciones: por un lado porque las rebajas son relativas, pues al ser mayoristas (y muchas veces pertenecer a monopolios) los precios de muchos productos son fijados a su antojo. En otras ocasiones incluso, la rebaja la asume no la cadena de mercados sino el productor, limitando la capacidad de maniobra de pequeñas empresas y favoreciendo la predominancia de las grandes. Por otro lado, el supuesto ahorro de tiempo en desplazamientos y la concentración de productos les garantizan fácilmente a los supermercados que los compradores pasen horas y horas entre sus paredes (¿cuánta energía gastaremos en recorrerlos?), comprando al precio que ellos fijen y adquiriendo más productos de los que comprarían en un almacén con una oferta más concreta y reducida. Como colofón, en Colombia algunos productos básicos tienen un impuesto extra en las grandes cadenas; en las tiendas pequeñas, no. [Me encantaría hablar, además, del comercio justo -propio de las pequeñas tiendas-, pero no quiero alargar este punto mucho más. Si les interesa, sigan el enlace: no tiene pérdida.]
  • Comprar de contado, no a crédito. Nunca hemos tenido una tarjeta o una cuenta de crédito. Si no podemos pagarlo no debemos tenerlo. Es una lógica simple y sana para las finanzas de un hogar. Obviamente en muchos aspectos podemos darnos ese lujo porque tenemos condiciones de privilegio (un trabajo estable, una base económica sólida), pero sé de muchas personas que en las mismas circunstancias tienen una larga cuenta pendiente… y una vida que -más allá de algunas opciones de ocio o marcas- no se diferencia mucho de la nuestra. ¿Ventajas? En épocas de crisis perdemos mucho menos. Y en época de bonanza podemos disfrutar.
  • Usar lo menos posible los bancos (en Colombia es absurdo el costo que pagamos por su intermediación: según las estadísticas, les dejan ganancias superiores a los $2 billones de pesos). Se relaciona (y mucho) con el punto anterior. No es fácil y no lo logramos al 100%, pero hacemos el intento y creo que lo logramos con cierta dignidad. Nuestros ahorros tratamos de convertirlos en inversiones para el futuro que, eventualmente, puedan dar algunos rendimientos, si no económicos emocionales (un viaje, un coche, mejoras en el hogar…). Con respecto al porqué evitamos los bancos, leía hace un par de semanas en un artículo de prensa de mi país (“Debate a cobro de bancos a usuarios”, El Espectador, 16 de septiembre de 2010) que el saldo mínimo mensual que debe tener una cuenta de ahorros en Colombia para no disminuir el capital (ojo: no para dar rendimientos ni mucho menos) es de $19 millones de pesos… algo así como 10.500 dólares o 7.785 euros. Si se tiene en cuenta de que nuestro salario mínimo mensual alcanza apenas los 250 dólares, la cifra es alucinante… ¿verdad?
  • Vivir en un lugar céntrico (cercano a los lugares que frecuentamos, por trabajo, estudio o demás). Nos ahorra dinero, dolores de cabeza y tiempo. Lo hemos hecho en todas las ciudades en las que hemos vivido (tres, al menos) y nos funciona maravillosamente. La mayor parte de nuestros desplazamientos los hacemos andando y los que requieren de coche no suponen más de 15 minutos a bordo. No siempre es fácil encontrar un sitio que reúna todas nuestras condiciones (verde cerca, vías de tránsito amplias y alternativas de transporte público; dentro de casa, además, nos gusta tener amplitud y luminosidad), pero con calma se encuentra. Y, por supuesto, las ganancias y la calidad de vida que se ganan compensan cualquier inversión de dinero y tiempo.
  • Comer y cocinar en casa. No vivimos en un país que se caracterice por una buena mesa y cuando ésta se encuentra no suele tener un precio regular. En su defecto, tratamos de adquirir productos de la mejor calidad, que garanticen una comida casera saludable. La sazón, por fortuna, va por cuenta de una buena maga en la cocina. ¿Otros pros? Menos procesados, menos exposición a patógenos, economía y comodidad. Salimos a comer fuera una vez a la semana, casi siempre a los mismos lugares. Eso sí, viajamos cada tanto para darle “vacaciones al paladar”. 😉
  • Salir al campo en lugar de a un centro comercial o mall. Vivimos en el trópico y eso permite tener buen tiempo fuera casi siempre, por ello, en buena parte, optar por el campo es una alternativa natural. Particularmente, nos encanta la vida al aire libre:  está cerca, es cómoda y desintoxica el alma y el cuerpo. Adicionalmente (y esto no cuenta menos), sus opciones de ocio suelen ser sencillas y serenas, en parte -quizás- por la poca presión social y comercial que la circunda (tan propia de los malls). Pajaritos, verde y flores son bienvenidos en este hogar.
  • No ver televisión. Ya hablaba de esto hace algún tiempo. Nos libera de estereotipos y modas. Y nos deja un montón de tiempo libre para disfrutar (Otra ventaja: como no veo, no pago cable… ni necesito comprar la última tecnología en aparatos de este tipo).
  • Heredar y reusar. No lo aplicamos con todo, pero iniciamos el camino con la llegada de la pequeña, un poco por conciencia y otro tanto por cariño: la ropa de Irene y todos los accesorios del bebé son heredados. Y una vez ella los usa, siguen rotando a nuevas familias y nuevos chiquitos que puedan necesitarlos.
  • Prestar libros en la biblioteca en lugar de comprarlos. Amamos la biblioteca (tenemos una a tres cuadras) y la visitamos con frecuencia. No compramos libros casi nunca, pero leemos todo el tiempo. ¿Nuestra solución a un mal catálogo? Una afiliación anual a la mejor biblioteca de nuestro país, con servicio de envío de libros a nuestra ciudad.
  • Arreglar las cosas que se dañan. O al menos intentarlo. Sé que esto no es válido en todos los casos, pero sé por experiencia que hay cosas que sí se pueden recuperar (incluso para otros si ya no las necesitamos). En nuestro país, al menos, hay personas que viven de eso. Si se daña la cremallera de un pantalón o de un maletín, puedo llevarla a un sastre para que me haga el trabajo; si se cae un botón yo misma lo pego… y así. Nada se pierde con intentarlo. Con decirles que en mi intentos reparadores puse en funcionamiento una cámara de fotos que se había roto… 😉 Obviamente no fue ningún arreglo electrónico, pero sí un reajustar con pegante la pestaña que cerraba el compartimento de las pilas. Después de hacerlo, la lleve a una clínica de cámaras… y me dijeron que la cámara no estaba mala. Ah, y si no puede arreglarse, casi siempre desecho lo dañado… guardar cosas que no sirven también es una forma de acumular. No lo cumplo al 100%, por lo que es una de mis metas futuras en esta tarea… pero lo intento.
  • No comprar elementos decorativos. Mi casa no es minimalista, pero a ratos me gustaría. Me he enamorado en otras épocas de objetos que he terminado por comprar. Ahora los admiro cuando los veo pero no los compro, pues he concluído que terminan siendo más “atrapa-polvos” en casa, cuando no es que terminan en la fila de los acumulados. Quizás no hay que llevarlo a extremos, pero si cuando nos gusta algo lo pensamos dos veces y nos preguntamos “¿lo necesito realmente?” probablemente no caeremos en la tentación de comprar, comprar y comprar.
  • No llenarnos de juguetes para Irene. Casi todos los que tiene son regalados y cumplen plenamente su cometido. No ocupan más de un canasto de plástico de 20 litros… y aún así no alcanza a usarlos todos. Casi siempre termina jugando con un libro, con el móvil, con los gatos o con objetos cotidianos. Estoy segura de que con el paso del tiempo encontrará también diversión en sus juguetes, pero si soy consciente de lo transitorios que resultan no caigo en la trampa de comprar montones para apilar.
  • Usar pañales de tela. Ya he hablado de sus ventajas (confirmadas reiteradamente con el paso del tiempo). Es una alternativa ecológica, económica y saludable, que nos gusta cada vez más.
  • Usar una copa menstrual (en lugar de compresas o toallas higiénicas desechables). No he escrito al respecto, pero creo que es el mejor invento de la humanidad después de la lavadora (es una exageración, ya sé, pero con seguridad absoluta sí es uno de los inventos más prácticos y útiles ;)). Realmente es cómoda (comodísima porque no se siente), efectiva y ecológica. Mi única pregunta es cómo no se ha difundido más. [Para más detalle sobre sus ventajas, les recomiendo esta entrada reciente de Nebetawy en su blog]
  • Amamantar. Le damos la mejor alimentación a la chiquita (para su cuerpo, para su mente y para su espíritu) y nos ahorramos muchísimo dinero en medicinas, hospitales, leches artificiales y teteros. ¿Ventajas? Innumerables, pero mencionadas con mucha frecuencia en esta casita. Basta sólo con escribir “lactancia” o leche materna en el buscador que tenemos arriba para precisar.

Viviendo con menos nos damos cuenta de que muchas de las cosas que antes creíamos indispensables son en realidad necesidades creadas por la sociedad. Quizás tenemos otros hábitos cercanos a Simple Living… del mismo modo que tendremos otros que se alejan de sus principios básicos. No vivimos como los Amish ni pretendemos hacerlo, pero sí queremos acercarnos a un modelo de vida más consciente de su entorno y menos dependiente de los dictados de turno de la sociedad de consumo. ¿Nuestro paso siguiente? Encontrar vías para reducir las cosas que ya tenemos, aprender a vivir con menos y disfrutar más de nuestro espacio y nuestro tiempo. 😉 Ya les diré cómo nos va.

[Algunas páginas recomendadas sobre Simple Living: simpleliving.net, Manifiesto de Simple Living: 72 ideas para simplificar su vida (en inglés), Zenhabits (el blog en el que se incluía el manifiesto anterior: interesante para mirar), Rowdy Kittens (blog de Tammy Strobel) y vidasencilla.es.]

25 septiembre 2010 at 22:19 9 comentarios

Menos cosas, más felicidad

Desde hace muchísimos meses he querido escribir un post sobre el tener y el comprar y sobre cómo el ritmo capitalista de nuestra sociedad crea, a la par de nuevas comodidades, un sinfín de necesidades falsas para bebés y papás. Hoy, después de leer un interesante post sobre el dinero y la decisión de tener hijos (escrito por Stella), quiero dejar algunos apuntes sobre el tema que considero valiosos e interesantes. Como verán, más que un texto nuestro es una recopilación de fuentes inspiradoras sobre el tema, que muestran con claridad que sí es posible vivir con menos cosas y que, incluso, buena parte de la felicidad de nuestro presente y futuro puede estar relacionada con la capacidad que desarrollemos de disfrutar de las cosas simples. Para nosotros es un reto, espero que para Irene sea su realidad.

La primera fuente es un video muy interesante llamado “La historia de las cosas” (“The story of Stuff”, de Annie Leonard), compartido creo que hace más de un año, en su blog, por Francoise [la autora, por cierto, tiene una página web muy interesante en donde ahora, además, tiene la historia de los cosméticos, la historia del agua envasada, entre otras … para pensar).

En él se hace un cuestionamiento, asentado en datos sorprendentes, de la costumbre que tenemos de comprar, comprar y comprar y de la consecuencia, inevitable y también habitual, de acumular y tirar. Esta tendencia, creada conscientemente después de la recesión de los 30´s en Estados Unidos y, especialmente, después de la Segunda Guerra Mundial, tiene unos efectos nocivos (¡nocivísimos!) para el planeta, que van desde la contaminación del mismo con basura hasta las pésimas condiciones de empleo que el afán consumista y productivo genera en países tercermundistas -como el mío. 😦

La segunda fuente es un artículo publicado hace poco por el New York Times, titulado en español del mismo modo que este post (“Menos cosas, más felicidad. Nuevos hábitos de gasto tras la crisis promueven mayor satisfacción”) y, en inglés, But Will It Make You Happy?. No logré encontrarlo disponible en español (si alguien lo hace, el link es bienvenido en los comentarios. Salió publicado en varios periódicos latinoamericanos la semana del 16 de agosto), pero vale la pena leerlo (quienes no puedan hacerlo en su versión original pueden aprovechar el traductor de Google para hacerlo o una herramienta similar). En resumen, plantea cómo la crisis económica de hace un par de años replanteó en muchas familias norteamericanas esos hábitos de consumo cuestionados justamente en el video anterior. Los resultados han sido para ellos una reducción intencionada de cosas (y compras) y la recuperación de espacios gratificantes ya no basados en el tener sino en el compartir y disfrutar.

Y de ahí viene la tercera fuente: una serie de blogs y libros que comparten experiencias en esta línea y que dan pautas de cómo iniciar, a partir de hábitos sencillos, una transformación personal y mundial. Mi puerto de entrada a este mundo es el blog de Tammy Strobel, una de las protagonistas del artículo del NY Times, llamado Rowdy Kittens. En él pueden encontrarse interesantes artículos sobre el tema, además de referencias de libros y sitios en internet relacionados con experiencias exitosas de este tipo. Me encantaría ahondar en el tema, pero lo dejaré para una entrada futura. Por lo pronto, les recomiendo que lo visiten y que lean algunas de sus propuestas. Un buen resumen de las mismas lo pueden encontrar en el blog de Victoria Vargas, otra promotora y practicante de Simple Living. La consigna: reducir, donar, compartir, darse un lapso de 30 días antes de las compras (evitar las compras impulsivas), organizar los objetos que nos rodean, asumir el reto de 100 Thing Challenge (del que hablaremos después) y tener paciencia. Suena difícil, pero creo que pensar en el tema y empezar a ser conscientes de nuestros hábitos de consumo y vida pueden ser una buena manera de empezar. Nosotros lo hemos hecho pero no de un modo organizado y sistemático… con estas propuestas nos organizaremos mejor y más.

😉

28 agosto 2010 at 10:55 12 comentarios

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