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“Rápido, rápido”

Realmente a medida que crecen los pequeños los ritmos van cambiando para todos en el hogar. La sorpresa, sin embargo, me la he llevado en estos últimos días de mi propia boca al darme cuenta que esa pequeña independencia de mi chiquita me ha llevado a concentrarme en cosas que antes había dejado un lado (mi escritura, mi lectura, mi trabajo), apresurando y restando tiempo “de mamá”. Creo que es natural que los ritmos cambien, ¿pero vale la pena insertarse e insertar a los pequeños en esa lógica occidental que pide que todo se haga YA?

El reloj parado a las siete

El reloj parado a las siete“. Imagen de nadia_the_witch.

Creo que la respuesta es simple: NO. Sin prerrogativas ni ataques. Creo que no tiene sentido impregnar la vida de los chiquitos (ni la nuestra) con un molesto tic-tac… sobre todo cuando ese “acelere” permanente se traduce en hacer sin disfrutar. Por supuesto, pienso que es natural que los ritmos cambien y que los padres, una vez que los chiquitos son un poco más autónomos en el hogar -comiendo solos, vistiéndose (casi) solos, jugando (algunas veces) solos, yendo (o intentando hacerlo) al baño solos, etc., etc., etc…-, retomemos un poco nuestra individualidad, pero claramente pienso que no es un buen principio de la vida (ni de los niños, ni de los padres ni de la familia) ese cabalgar en montaña rusa para hacer más.

¿Por qué?

En primer lugar, por lo mismo que he valorado y deseado la vida simple, es decir, porque pienso que la vida sólo puede valorarse a partir del goce, del asombro, de la observación detenida (de ella y de nosotros mismos), de las pocas cosas o experiencias (escogidas), del “menos cosas, más felicidad”. Y en segundo lugar porque el “rápido, rápido” que le imprimos a nuestras acciones casi siempre termina por aguar la experiencias, pues nos vuelve intolerantes, preocupados, inseguros, aburridos, bla, bla, bla.

Pongo ejemplos: son las 7:30 a.m. y a las 9 tenemos clase de baile. Debemos salir de casa a las 8:30 para llegar a tiempo. Aún falta desayunar, bañarnos, peinarnos… ¿Cuáles son los efectos? Molestias, presiones (incluso amenazas: “si no desayunas rápido, no vamos a tu clase”), discusiones y, quizás, hasta accidentes (no digamos de coche, por andar corriendo, que no los queremos, pero sí de leche derramada en la ropa, del olvido en casa del móvil,…) ¿Vale la pena? Si se supone que bailábamos para gozar… La mismo historia se podría contar para salir al colegio (un motivo más para no escolarizar antes de los 6 o 7 años), para ir al trabajo, para ir a un cumpleaños…

“Paren el mundo que me quiero bajar”

Quizás la solución no está en parar todo, que a fin de cuentas la vida sigue y no podemos excluirnos de ella porque eso sería también no disfrutar. Pero sí es posible pensar y conectar un poco más con nosotros mismos, escucharnos (como si fuera desde fuera) y sentirnos cuando vivimos a esos ritmos. Para mí ha sido realmente revelador darme cuenta del malestar que crece dentro de mí cuando estoy repiendo mecánicamente el “rápido, rápido” antes dicho: por más que mi chiquita se apresure, sus movimientos no son tan precisos como los de un adulto (pero eso no lo sabe mi cerebro que oye la orden de acelere y ante su decepción dispara adrenalina que da gusto).

Resolver el problema, sin embargo, no debería ser tan difícil, sobre todo si logramos sensibilizarnos. ¿A cuenta de qué tiene que vivir un chiquito acelerado? Propongo acciones precisas:

  1. Respirar tranquilos (parece vano, pero es el único principio posible para bajar el ritmo: si nos concentramos en la manera cómo respiramos, nos daremos cuenta de que con esa atención nosotros mismos podemos aquietarnos).
  2. Permitirnos observarlos y observarnos (ojo: no mirarnos: OBSERVARNOS).
  3. Cancelar citas.
  4. Quitarnos el reloj de la muñeca y de la cabeza.
  5. No escolarizar a nuestros chiquitos antes de los 6 años: bienvenidos abuelos y familia.
  6. Apagar el ordenador, el móvil, las tablets y todo lo que se inmiscuya en nuestro tiempo de ocio (de manera invasiva).
  7. Caminar por un parque verde cada tanto.
  8. Cambiar nuestras rutinas de desplazamiento por medios menos rápidos: pies, bicicletas, trenes lentos… Si vivimos en un mundo que se mueve más despacio, sin duda nosotros también nos desaceleramos.
  9. Cocinar en casa y no olvidar esta maxima: la comida preparada es “previamente” degustada. Los restaurantes no tienen que satanizarse, pero es mejor si no son de centro comercial ni comida rápida.
  10. Lo que usted quiera… a fin de cuentas, ¿no cree que vale la pena?

Podría agregar sembrar una huerta en casa (para prolongar el disfrute de cocinar e inscribirnos en el lento pero sorprendente ritmo natural), pero eso lo dejo para mi lista slow personal. Lo cierto, es que mientras escribo todo esto, recuerdo a aquella pareja maravillosa, soñadora e inspiradora, que encontró la manera de detener su vida por 40 días con el patrocinio de la marca de su colchón.

Sé que las razones que han acelerado nuestros ritmos en estos últimas días son importantes, sé que muchos dirán que no pueden darse el lujo de no trabajar, sé también que no es fácil, pero estoy segura de que nosotros somos los únicos que podemos cambiar los ritmos y establecer espacios de ocio tangibles, lentos, disfrutables. La vida me regaló una hija para observarme. Ahora yo debo dejar que ella me observe, me disfrute, me enseñe y me cambie. No es una tarea difícil y tiene infinitas recompensas. La próxima vez que diga “rápido, rápido” recordaré sus preguntas sabias: “¿para qué estás corriendo, mamá?”

26 abril 2012 at 07:04 2 comentarios

¿Cómo estimular el aprendizaje de un niño entre 2 y 4 años de edad?

Quizás también podría incluir los 5 años, o simplemente decir “un niño en edad preescolar”… pero como lo que me inquieta es cómo estimular ese aprendizaje en casita, con una chiquita que no está escolarizada (además), me inclino por esbozarlo de este modo. En cualquier caso, quiero compartir algunos apuntes sobre juegos, rutinas y proyectos para potenciar el aprendizaje de los pequeños. No sé cómo funcionen en la práctica, entre otras cosas porque nuestras ideas sirven más de marco general, pero confío en que dejarlos esbozados sirva de invitación a nuevas ideas (propias o ajenas) y nos ponga en el mood propuesto para mis deseos de este año.

Decía en enero, en nuestra lista de proyectos:

Quiero adentrarme más en la educación en casa, potenciar los aprendizajes de nuestra chiquita (no con tareas o ideas impuestas sino aprovechando las inquietudes que ella misma nos plantea) y darle más ritmo a nuestra rutina. Básicamente porque siento que ella cada vez quiere aprender y entender más y porque los días se nos pasan tan rápido -y a veces con una sensación grande de vacío- que quiero disfrutarlo más (con menos pantalla, menos internet y más parque, más baile y más amigos).”

… por lo que me puse en la tarea ya no sólo de leer información sino de pensar. Todo lo que encontré sobre homeschooling, creatividad y desarrollo de niños en edad preescolar me ayudó, de un modo u otro, a concluir que el aprendizaje en estas edades llega a través del juego y de la experiencia sensorial. En consecuencia, la idea de buscar una rutina que potenciara ese aprendizaje terminó por asentarse en la configuración de unos módulos generales que nos sirvan de marco para acompañar el desarrollo de Irene.

Sé que el tema, así planteado, puede parecer complicado, pero la idea es que con estos puntos de partida en mente y con las mismas inquietudes que plantee nuestra hija, las maneras de ponerlos en práctica fluirán más ordenadamente, de una manera más o menos natural. Intento, en cualquier caso, mantener unas premisas que considero relevantes para nuestra chiquita: la primera, que el juego libre es fundamental; la segunda, que no debo incluir límites de tiempo para ningún proceso (Irene misma da la pauta para cambiar de actividad mostrando su interés en algo nuevo); la tercera, que pensar en rutina implica, sobre todo, fijar un espacio de disponibilidad total de mamá.

Planteadas estas bases (que seguramente se ajustarán en el tiempo), presento esos módulos generales que, creo, nos ayudarán a potenciar el aprendizaje de nuestra pequeña en esta edad. Aclaro, no obstante, que no soy pedagoga infantil ni nada por el estilo y que aunque nuestra chiquita no ha pasado nunca por una guardería, sospecho que no estamos descubriendo nada nuevo y que muchos de nuestros planteamientos se ajustarán de un modo u otro a lo que hacen los centros educativos de los pequeños. ¿Cuál puede ser la diferencia? Que nuestro aprendizaje estará completamente integrado a nuestra vida cotidiana y familiar y que la atención será personalizada, sin excluir actividades fuera de casa, con otros niños, orientada -al igual que las cosas que hagamos dentro- por las inquietudes de nuestra chiquita. La propuesta al publicarlos acá es retroalimentar otras experiencias y usar este espacio como libreta de apuntes para el futuro.

“Mueve los hombritos…”

El primer módulo lo he denominado plástico. Incluiría actividades motoras como moldear y pintar. Estaría estrechamente relacionado con el siguiente, denominado corporal, porque su ejercicio implica también una estimulación de los sentidos y el cuerpo… que se asocia, inevitablemente, con ejercicios como bailar, tocar, oler, mirar y degustar.

Decía hace algunos días que Irene ha empezado unas clases de danza creativa, básicamente porque nos decía con palabras y con todo su cuerpo que quería bailar. Esta actividad entraría dentro de un marco que he denominado corporal -que sería el segundo módulo (entiéndase, por cierto, este término como punto de partida y referencia, no como bloque de actividades o algo por el estilo que implique cero flexibilidad). En él se incluirían, además del baile, quehaceres cotidianos que comprometan experiencias con el cuerpo y que pueden ir desde ir al parque y jugar, hasta desgranar vainas de guisantes, fríjoles y otras verduras. Cocinar (oler, sentir, oír, mirar, probar) entraría también perfectamente en este grupo.

El tercer módulo sería el musical, que lo considero separadamente del anterior a pesar de que bien podría ser un derivado de éste. Dentro del él cabrían actividades relacionadas con tocar (y experimentar) instrumentos musicales (principalmente de percusión por la edad de nuestra pequeña), además de cantar. El baile se integraría también a esta conjunto de experiencias, aunque el objetivo al señalar el módulo aisladamente responde a la relevancia que considero que tienen la música y los sonidos en esta etapa de desarrollo.

Finalmente, consideraría un módulo que he denominado de abstracción y pensamiento, que se orienta al desarrollo de actividades más racionales, como la comprensión de textos y narraciones (inventadas, leídas, oídas), la comprensión espacial (con juegos como rompecabezas, rayuela y la danza misma) y un primer acercamiento a la lectoescritura (no con pretensión de aprendizaje de las letras, sino más bien -desde la perspectiva del método global– como aproximación a objetos representados, ya sea por íconos o símbolos que luego puedan servir de referencia para expresar ideas. Las caricaturas, las loterías y representaciones similares entrarían como actividades posibles dentro de este último propósito. Ah, y el juego simbólico (ahora el “soy doctor, te reviso, eres doctora, me revisas) es otra manera más de abordar la lógica de pensamiento propuesta en este módulo.

Siendo honestos, éste es apenas un primer acercamiento. No incluye actividades relacionadas con el lenguaje (en desarrollo en esta edad) porque lo considero un módulo transversal (bueno, casi todos terminan siéndolo) y creo que debe potenciarse, especialmente, desde la cotidianidad -todo se habla, todo se explica y el resultado final es una pequeña lorita. 😉 Espero tener buenas noticias en el futuro. Todas las recomendaciones y consejos son bienvenidos.

Por lo pronto, además de este texto, les dejo un par de blogs recomendados (B aprende en casa y Aprendiendo sin escuela), con niños en edades similares, que además de inspirarme, me han llenado de ideas. También dejo dos portales (Aprende con alas y Educarpetas) de comunidades de padres y niños que practican la escuela en casa: buena parte de los temas planteados y de las actividades abiertas a los participantes han sido un buen punto de partida para este propósito. Eso sí, las unidades de estudio, los workboxes y los lapbooking quedan para edades futuras. Si tienen niños de más de 6 años, no duden en buscar información sobre ellos para estimular su aprendizaje en casa o en el colegio.

PD. El subtítulo de “con los hombritos” está inspirado en la canción que repite constantemente nuestra chiquita tras sus primeras clases de baile: “con los hombritos, con la cadera, con la cintura…” ¿Alguien sabe cómo se llama la cancioncita? Me encantaría tenerla en nuestro hogar. 😉

Imágenes tomadas de la GuíaInfantil.com y El blog de Mar.

17 febrero 2012 at 16:38 5 comentarios

“Truth About Mom”: verdades de mamá

Esta semana, encontré un artículo precioso y revelador sobre (¿crianza?, ¿educación?) las verdades de las madres, que me ha puesto a pensar en qué cosas me gustan o me interesan a MÍ realmente, como un camino para encontrar nuestra manera de ser papás. Sé que he hablado de muchas de ellas en esta casita, pero al leer otro texto -sobre Homeschooling, maravilloso, que me llevó al que mencionaba originalmente- me di cuenta de que, en general, muchas de las cosas que pensamos ideales para la crianza de nuestros hijos pueden no ser realistas con nuestra vida, nuestros gustos, nuestras circunstancias o nuestras metas. Decidí entonces “decirme” la verdad y tratar de encontrar esas particularidades que hacen que yo sea el tipo de mamá que puedo ser y no otra distinta, con la certeza de que -como lo dice Sarah, la autora de los dos textos reseñados- esta reflexión me ayudará a ser una mamá tranquila y feliz (y por lo tanto, nuestra chiquita será una niña tranquila y feliz, sin importar las cosas que hagamos o el lugar en donde estemos). ¿Cambiará la lista con el tiempo? Es apenas natural… así que será un tema en el que tenga que volver cada tanto. ¿Se animan?

La propuesta es relativamente simple: debo pensar primero en mis puntos fuertes, en segundo lugar en las necesidades de mi familia como un todo y en tercer lugar en las necesidades individuales de cada niño (en este caso, de Irene), teniendo en cuenta sus fortalezas. El reto original (es decir, el que dio lugar al que yo encontré) surge de un texto de una mamá que se puso en la tarea de pensar sobre los principios de mamás felices que educaban en el hogar. Parecería que me estoy volviendo monotemática con el asunto, pero lo cierto es que pienso que aunque el origen de todo esta historia es la reflexión sobre la educación en casa, el resultado bien puede funcionar para la crianza de los chiquitos y, por qué no, para lograr una vida más tranquila y feliz en cualquier hogar.

A veces pienso que cuando somos padres tendemos a desconectarnos de nuestro instinto para seguir consejos o modelos que quizás no se adapten a nuestras vidas. Caemos fácilmente, en consecuencia, en una trama de inseguridades, insatisfacciones, temores e infelicidad que podríamos evitarnos si nos permitiéramos escucharnos más a nosotros mismos y a nuestra realidad.

Así que sin afán de consejo, pero sí como ejercicio personal que quiero dejar por escrito (siempre pienso que Irene podrá encontrar en algún sitio esta historia de nuestra experiencia y que estas palabras le ayudarán, aunque yo no esté presente, si algún día ella misma llega a ser mamá) y que quizás pueda inspirar a alguien más, empiezo mi lista de verdades. Espero que nos sean de muchísima utilidad.

  • Adoro escribir y leer. Creo que no sería feliz si no tengo un libro para hojear en las noches: me encanta quedarme dormida con una historia entre los dedos y adoro hacer un cuento de todo, con palabras más que con imágenes (lo segundo no se me da, pero no me quita las ganas de narrar).
  • Soy metódica, aunque a veces me cuesta terminar todo lo que empiezo. Me gusta encontrar una manera de simplificar procesos y odio perder tiempo tratando de hacer cosas que se pueden sistematizar (y no hablo sólo de procesos tecnológicos…).
  • Me gusta hablar. Mucho. En mi intimidad. Con Irene me he dado cuenta que tiendo a verbalizar todo (bueno, no tanto: soy medio cohibida para expresar ante extraños lo que pienso). Y pregunto razones o detalles de todo. Soy inquieta y me gusta dialogar.
  • Soy muy racional. Este punto a veces juega en mi contra, pues tiendo a explicar todo, a veces desconociendo que hay cosas que no caben en las palabras (o a sabiendas de que es así, pero olvidando que puede ser bueno simplemente sentir y callar).
  • Con lo único que soy minuciosa y perfeccionista es con lo abstracto (lo que escribo, lo que leo, lo que pienso). Tiendo a hacer muchas cosas prácticas al cálculo (recetas, proyectos de costura), ignorando a veces instrucciones. La buena noticia: no me frustro fácilmente con los resultados; si no sale lo que planeé soy buena para buscar alternativas o para dar por cerrado el intento sin que me quedé un sinsabor fatal.
  • No soy buena para trasnochar, no al menos haciendo cosas que impliquen pensamiento: si debo pensar, la mañana es una mejor hora.
  • Soy paciente.
  • Soy prudente.
  • Soy tranquila. El problema: no me gusta que se me altere mi espacio de paz. Y soy mala para oir ruidos todo el tiempo (odio, por ejemplo, las emisoras con conversaciones todo el día. O estoy oyéndolas atenta o debo apagarlas. No me gusta el ruido de voces al fondo… y eso a veces hace que no me dé cuenta de que estoy rodeada de mucho silencio… yolvide que a mi amorcito y a Irene les gusta un poco de “música” y actividad).
  • Suelo hacer varios proyectos al mismo tiempo… pero si algo no “me atrapa”, lo dejo con facilidad.
  • Intento ser más manitas, pero se me da mejor lo de pensar.
  • Me gusta muchísimo estar al aire libre.
  • Me gusta viajar.
  • Me distraigo fácilmente con las pantallas (es una ventaja no tener televisión en nuestra casa).
  • Tiendo a poner los deseos de otros por encima de los míos. Puede ser generoso, pero a veces restringue claridad.
  • Me gusta que tengamos tiempo libre en familia, sin actividades fijas. En esos ratos, por ejemplo, me encanta salir a caminar.

Creo que tendré que hacer una lista con las fortalezas de Irene y otra con nuestras necesidades de familia… Viéndolo bien, no era tan sencillo. Queda en “continuará”. 😉

Imagen tomada de Short-Story-time.com

8 febrero 2012 at 09:42 5 comentarios

Socializar: ¿qué pasa cuando los niños no van a la guardería o al colegio?

Irene crece a pasos agigantados. O eso me parece a mí: cada día amanece siendo más ella, más clara, más autónoma, más niña y menos bebé. Lo que dice, lo que hace, la manera como expresa lo que siente y piensa, sus deducciones (que las hay), sus anhelos, sus juegos… Todo en ella es para nosotros una sorpresa y un descubrimiento. Ene veces he escrito que es imposible dimensionar lo rápido que crece un chiquito, pero cada día compruebo que incluso esa aseveración se queda corta. Estos últimos días las sorpresas han ido de la mano de su capacidad (o limitación, si puede decírsele así) de socializar: si bien a veces muestra reservas, poco a poco se va soltando más en sus relaciones con los otros. Por eso intuyo que abrirnos a nuevos espacios con pequeños va a enriquecer su desarrollo muchísimo más.

Imagen tomada de Skamasle Imágenes.

Desde sus primeros meses de vida tuve la impresión de que Irene era una niña sociable: sonreía, se mostraba tranquila ante extraños, se sentía cómoda fuera de su casita… Por supuesto había épocas en que también contaban las excepciones, pero incluso con ellas sentía -y cada día más- que nuestra hija no era tímida.

Pues bien: de un tiempo para acá frente a ciertas personas (que la saludan en la calle, que se acercan a hablarnos, que le acarician el pelo con palabras melosas, que la invitan a jugar con otros niños en el parque…) Irene intenta aislarse poniendo sus manos en su carita. Los dedos quedan un poco entreabiertos por momentos (para ver a hurtadillas), pero en otros además de la manita ella aprieta sus ojos. El mensaje es claro y mamá, aunque a veces le dice “saluda, mi corazón, a la vecina”, se queda tranquila.

Momentos después, cuando el “peligro” intimidante se aleja, la chiquita hace comentarios del estilo de: “yo no quería saludar a esa señora” o “mamá, esa vecina no me gusta” o (también, con tristeza) “yo sí quería hablar con ella”. También me ha dicho: “me asusté” o “¿dónde está el señor?”, etcétera, etcétera.

Paralelamente, además de la historia del lobo (y ahora del “pollo”, haciendo referencia a un muñeco gigante, con personaje disfrazado adentro, que camina en los centros comerciales promocionando una cadena de comidas rápidas), nuestra pequeña desde hace algunos días anda diciendo “mamá, a mí no me gustan los payasos” (y tuvo unos en casa en su cumpleaños) y otras tantas cosas más que evidentemente la asustan o por su tamaño o por sus gestos. Dice cosas como “el pollo es malito” (luego, tras una explicación de mamá y papá concluye que no es malo, “es amigo, pero a mí no me gusta”). Es decir: los veo, pero de lejitos.

Y entonces, por supuesto, recuerdo todo aquello que he leído y visto sobre la socialización de los niños: que sólo a partir de los tres años pueden interrelacionarse -compartiendo, negociando, interactuando- con otros niños, que los temores y los miedos son etapas de su desarrollo (naturales, por demás), que de manera innata, desde que son bebés, los niños tienen periodos de apego a sus papás y un montón de cosas semejantes. Pero a veces me rondan preguntas…

¿Nuestra pequeña debe socializar más?

En general no me ha preocupado sobremanera el tema, quizás porque realmente el temperamento de Irene es el de una niña simpática y tranquila que es recelosa ante desconocidos (con unos menos, con otros más), como nosotros mismos, pero con todas las ideas de escuela en casa rondando mi cabeza no está de más indagar.

Nuestra experiencia este fin de semana en su primera clase de baile (en la que, por cierto, continuará) fue reveladora en ciertos aspectos: Irene estuvo un tanto reservada al comienzo y, aunque le encanta moverse y bailar, no siguió fácilmente el ritmo de sus compañeras (niñas un poco mayores que ellas, de 3 años en adelante), tal vez porque ha estado menos expuesta a actividades de grupo y porque -juzgo yo- no ha tenido una profesora enfrente antes, indicándole que haga esto o aquello.

¿Y qué concluyo?

Creo que, desde el punto de vista de la socialización es importante encontrar espacios de interacción para los pequeños alrededor de los 2 años y medio -ya cada quien decidirá si deben ser de escolarización. Yo pienso que si se puede estar con ellos en casa, mejor no– porque ellos mismos, si no lo han tenido, los irán pidiendo. Siento que si viviéramos más en tribu (como dice Laura Gutman) no sería necesario recurrir a espacios externos, porque la misma familia proporcionaría esa socialización básica, pero como no es nuestro caso ni hay hermanitos ni primitos alrededor… la clase de danza, la visita a la biblioteca y el juego en el parque con los vecinos puede funcionar genial.

Confieso que me preocupé un poco al principio de la clase de este sábado porque pensé que nuestra chiquita se estaba perdiendo de algo, pero la vida se impusó y me desmostró, cinco o diez minutos después, que los niños tienen una maravillosa capacidad de adaptación y que aunque Irene no siguiera  a rajatabla (y sobre todo de inmediato) todas las indicaciones (algo que celebro en cierta forma, además) sí logró integrarse a la dinámica de grupo, manteniendo su atención (sorprendentemente), disfrutando de la música y el baile, e interactuando en la medida que se lo pedía la situación. No se aisló ni un solo segundo del grupo, no lloró, no se molestó. Simplemente tardó un poco más en entender la dinámica de “yo te indico y tú me sigues”.

En resumen, empezamos una socialización “formal” en la vida de nuestra chiquita que nos irá dando la pauta para otras formas de hacerlo. Y no ir al colegio (o a la guardería, para el caso), no limita el aprender a estar con otros. Como colofón, dejo un par de artículos (además de los links de Homeschooling que aparecen en la columna derecha de este blog) al respecto:

7 febrero 2012 at 08:15 4 comentarios

¡A bailar!

Después de muchos “ponme las zapatillas, mamá, que quiero bailar” y un sinfín de variantes -que incluían moverse cada vez que oía una tonada y rogar con su más dulce tono que la llevara a mis clases de baile-, Irene tendrá este sábado su primera clase de danza.

En realidad no sabemos si podrá quedarse en el curso, pues es para niñas de 3 años en adelante, pero con las ganas que tiene esta chiquita de bailar, bailar, bailar, creo que no es difícil que siga juiciosa todas las indicaciones y tenga el visto bueno para continuar.

La clase se llama “Danza creativa” y es, según entiendo, una especie de pre-ballet. Desde hace tiempo queríamos encontrar una alternativa semejante para Irene, pero no lograba dar con ninguna academia que tuviera clases para niñas menores de 4 años. Al parecer (y no me extraña) es difícil que se concentren en una clase cuando están tan pequeñas, pero supongo que el curso se tendrá que adaptar un poco a ellas. Lo cierto, es que iniciar un proceso formativo, artístico, con algo que le guste y que pueda disfrutar -y que además le permita interactuar más- con otros niños es algo que queríamos hacer. Entre otras cosas, creo que hay ventajas interesantes al iniciar con la danza y la música. Veremos cómo nos va “a la hora del té”.

En cualquier caso, mamá se puso en la tarea de tejer unas calentadoras pequeñas. No usé un patrón particular, aunque encontré algunos aquí y acá, pero sí busqué una aguja circular. Al final, no logré hacer un tejido cerrado, sin costuras, básicamente porque el diámetro de la aguja resultó ser muy grande para nuestro proyecto -¡sólo monté 48 puntos! Jjeje-, pero terminé descubriendo que tejer con esas agujas es un placer: no pesa el tejido y las manos tienen muchísima más libertad de movimiento (a fin de cuentas, son unas agujas menos tiesas), no hay riesgo de que se pierda la aguja “desocupada” tras una vuelta y el tejido queda bien resguardado en la misma aguja cuando se deja de tejer.

En fin, que para Irene fijamos el día de la clase cuando mamá termine de tejer las calentadoras. 😉 Me di cuenta con ello de que es bonito empezar a darle a nuestra pequeña referencias de tiempo. “Ahora”, “ahorita” y “antes” son sus mayores referentes de pasado y “ahora”, “ahorita”,”más tarde” y “después” los de futuro. ¿Será tiempo de hacernos un calendario con dibujitos que le ayude a entender -entre otras cosas- el mañana y el ayer? (Cómo me gustaría ser capaz de hacer uno como ése que incluyo ahí… aunque también podré encargarlo. Jijiji). Seguimos con nuestro proyecto de estructurar un poco más nuestra rutina (de cara a un eventual homeschooling) y con unas ganas enormes de seguir cumpliendo proyectos. Crucemos dedos.

1 febrero 2012 at 12:12 4 comentarios

“Con los amigos”

Esa es una de las frases típicas de Irene y de sus papás. Y desde hace no sé cuánto tiempo inunda nuestra casita, con sonrisas, sueños, cuentos e historias que llenan de ilusiones sus y nuestros días. Miramos un pajarito, eleva vuelo, “se fue con los amigos, mamá”; vamos al baño, dejamos sus regalitos en la taza “va a jugar con los amigos”; pregunta por sus primos, le explico que no están en casa sino en el colegio, “están con los amigos”; leemos el cuento de caperucita roja, recuerda al lobo, se asusta un poco, se detiene, piensa, se relaja: “el lobo es amigo, mamá”… y así con un sinfín de variantes.

“Con los amigos” nació casi espontáneamente, pero se ha quedado para explicar de mil maneras que el mundo está habitado por seres que comparten, se encuentran, juegan. Puede que no siempre las relaciones sean tan amistosas, pero en una chiquita de 2 años y 4 meses, ¿el mundo no funciona a partir del goce y la amistad?

PD: Creo que la frase, nació, por cierto, casi al mismo tiempo que nuestra vecindad con nuestras amigas pequeñas, compañeras de parque, risas y juegos. Me gusta que “los amigos” hagan parte de este hogar. 😉

13 diciembre 2011 at 07:00 5 comentarios

Alinear y guardar (y un poco más sobre homeschooling… ¡con links de recursos online!)

De manera natural, siguiendo sin duda la línea del continuum, Irene ha empezado desde hace algunos días a alinear sus juguetes… y las cajas de discos, los zapatos, los muñecos, los libros… También ha adoptado la disciplina de guardar las cosas (quizás orientada por una lógica sana de hacer lo mismo que nos ve hacer a nosotros o inspirada por la misma dinámica de juguetes como el que aparece en la foto, donde parte del juego consiste en meter las fichas en su “cajita”). Mi intuición (mi continuum) me indica que el camino para estructurar un poco su aprendizaje empieza a abrirse ante nosotros. Aún no tengo completamente claro cómo hacerlo, pero confío en que ese mismo sentido común me dé indicios. Son bienvenidos todas las ideas y recursos.

(Recursos que voy buscando en internet. Comparto aquí algunos de mis últimso descubrimientos. Con ellos, queda aún más claro que se aprende jugando y que es lindo cuando nosotros como padres hacemos parte del proceso.

Acabamos de superar un bicho gástrico indeseable -que dejo la oración “me duele mucho, mucho, mucho” rondando alrededor nuestro. Poco a poco volveremos)

2 diciembre 2011 at 09:25 4 comentarios

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