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Alinear y guardar (y un poco más sobre homeschooling… ¡con links de recursos online!)

De manera natural, siguiendo sin duda la línea del continuum, Irene ha empezado desde hace algunos días a alinear sus juguetes… y las cajas de discos, los zapatos, los muñecos, los libros… También ha adoptado la disciplina de guardar las cosas (quizás orientada por una lógica sana de hacer lo mismo que nos ve hacer a nosotros o inspirada por la misma dinámica de juguetes como el que aparece en la foto, donde parte del juego consiste en meter las fichas en su “cajita”). Mi intuición (mi continuum) me indica que el camino para estructurar un poco su aprendizaje empieza a abrirse ante nosotros. Aún no tengo completamente claro cómo hacerlo, pero confío en que ese mismo sentido común me dé indicios. Son bienvenidos todas las ideas y recursos.

(Recursos que voy buscando en internet. Comparto aquí algunos de mis últimso descubrimientos. Con ellos, queda aún más claro que se aprende jugando y que es lindo cuando nosotros como padres hacemos parte del proceso.

Acabamos de superar un bicho gástrico indeseable -que dejo la oración “me duele mucho, mucho, mucho” rondando alrededor nuestro. Poco a poco volveremos)

2 diciembre 2011 at 09:25 4 comentarios

Cambiar paradigmas: ¿matan las escuelas la creatividad?


Sigo fascinada con mis búsquedas (y sobre todo con mis hallazgos) sobre la educación. Hoy quiero compartir dos conferencias de Sir Ken Robinson, un investigador británico (elevado al título de Sir por sus aportes en el campo educativo) famoso por su visión sobre la educación y la creatividad y por la crítica que hace al modelo educativo actual (que heredamos de una época muy distinta, como se ilustra -literalmente- en el maravilloso primer video que anexo.

Hace quizás ya más de un año, cuando indagaba sobre la crianza de los niños en general, había visto una conferencia suya que hablaba sobre las escuelas y la creatividad. En ese entonces mis ideas sobre el homeschooling eran mucho más étereas, pues pensaba que era una tarea para valientes que quizás no podría asumir. Ahora, apesar de que no sé en la práctica qué signifique llevarla a cabo, me parece una alternativa más cercana y, sobre todo, válida.

Adjunto también un video con esa charla porque considero que plantea una crítica válida, ya no sólo al sistema educativo sino a nuestra sociedad, que ha desplazado buena parte del pensamiento creador e innovador por la comodidad: el juego libre (justo ahora que acabo de encontrar este maravilloso sitio para “jugar i jugar“) y espontáneo por programas de videojuegos, la vida simple por una larga lista de necesidades de confort.

Finalmente, recomiendo y mucho otras conferencias de Sir Ken Robinson que hay en la red, así como su sitio web. En casa, entretanto, seguimos disfrutando, aprendiendo, jugando. Gracias por todos sus comentarios. 😉

9 noviembre 2011 at 08:19 8 comentarios

“Si Elmo tuviera dientes”

Aprender a lavarse los dientes no ha sido del todo fácil para Irene… y por lo visto es un paso complejo para más de un bebé, pues la entrada que escribimos al respecto hace algún tiempo es una de las más visitadas del blog. Pues bien, ya estamos en una segunda etapa: Irene protesta menos, coge por sí misma el cepillo (ahora con muñecos y más chiquito), usa pasta de dientes para bebés (sin flour) y tiene un ratón amigo en el que queda guardado su cepillo después de usarlo (un estuchito en el que venía cuando lo compramos). Mamá sigue lavándose los dientes con ella (a su lado), saludando y despidiéndose cada vez que llega al baño del ratón (acto que Irene repite con las palabras  “Señor Ratón”). Cada cierto tiempo, traemos a colación el ejemplo de otros pequeños lavándose los dientes (sus primos, sus amigos)… y últimamente encontramos esta inspiración. Ya lo hemos citado y ha dado resultados. ¿Conclusión? Todo ejercicio es válido y se obtienen mejores resultados con paciencia, claridad y amor. 😉

PD. Ya tengo unos videos semejantes de cuando Elmo aprende a ir al baño. Por casualidad vimos un par de ellos y el impacto en Irene dio para que quisiera sentarse en su tacita un buen rato y para que hablara algo así como día y medio de la cuestión. Luego los comparto y les cuento si los hemos retomado.

31 agosto 2011 at 12:24 3 comentarios

¿Los terribles dos?

Contrario a lo que vaticina la mala fama de los dos años, Irene nos sorprende cada día con muestras de comprensión, madurez y autonomía. No sé si sean producto de su cartácter, de nuestros ritmos, de la atención que recibe, de la disciplina (sin golpes) que impartimos, o si sean llanamente un asunto de la edad. Lo cierto es que las rabietas o pataletas y los “yo quiero o no quiero” pronunciados con rebeldía van dando paso a oraciones quizás igualmente autónomas, pero cada vez más dulces y conciliadoras. ¿Será que los terribles dos no son tan temibles o que aún están por llegar?

Nuestra chiquita apenas cumplió sus dos años hace una semana, pero las típicas caracterizaciones de independencia, autonomía, frustracción y “pataletas” (con tirada al piso y todo, momentánea) aparecieron desde los dieciocho meses más o menos… para dar paso a una chiquita más tranquila, más madura, más comprensiva y más conciliadora a estas fechas. Y aclaro que eso no significa que Irene sea una niña dócil y calladita -lejos está: significa que ese temperamento autónomo y determinado que la caracteriza se explaya también en comprensión, dulzura y tranquilidad. Es más, quizás las palabras no sean precisas, pero lo que sí puedo asegurar es que nuestra hija parece adaptarse cada día, más feliz y más tranquila, a los ritmos de este hogar.

Los cambios

Las sentadas a comer, por ejemplo, ahora son menos dramáticas (pasábamos desde hace algunos meses por períodos de “corro alrededor de la mesa porque no me quiero sentar”. Ahora casi siempre Irene nos acompaña en su silla tranquila, después de un “no quiero” juguetón que se transforma en un “con el papá y con la mamá” amoroso que accede a comer con nosotros). Del mismo modo, hay menos protestas y gritos foribundos cuando oye un “no” como respuesta (igual, por supuesto, hay cosas que no le gustan, pero concilia más rápidamente… y, sobre todo, ahora atiende más razones, sin tirarse al piso “desmayada” como ocurría hasta hace apenas un par de semanas). También hay menos drama a la hora de salir del agua (que le encanta) cuando termina el baño y mucho menos al volver a casa después de jugar.

Es cierto que nuestra chiquita nunca ha sido dramática, pero también lo es que en los meses previos a que cumpliera los dos años, empezábamos a ver muestras de “no comprendo” o “entiendo pero prefiero esto”. Del mismo modo, tuvimos algunos baches de inapetencia, acompañados incluso de un amplio menú puesto sobre la mesa para ver qué quería  comer. Pasamos por dudas con respecto a la manera de aplicar la disciplina con amor y sin golpes (con intentos de “tiempos fuera”) y por sospechas -positivas- sobre la ayuda que podía brindarnos simplificar la vida (y especialmente la paternidad  -vuelvo a recomendar el libro de Simplicity Parenting… y si no, el club de lectura de Rachel sobre el libro (¡con resúmenes por capítulo), que pueden encontrar acá).

¿Qué puede ayudarnos a que no sean terribles los dos o los tres años?

No cantamos victoria -en cualquier caso entendemos que esa “rebeldía” de los dos y los tres años hacen parte de un proceso de maduración natural-, pero sí creemos que hay comportamientos y costumbres que pueden ayudar a que ese descubrimiento del yo y sus limitaciones sea menos complejo en los pequeños (y más amable para los papás).

En nuestro caso, creo que ha sido relevante el desarrollo del lenguaje de Irene. Sé que todos los niños lo llevan de manera diferente, pero siento que a estas alturas nuestra hija se expresa con bastante claridad, lo que facilita la expresión de sus emociones, de sus deseos y de sus “no estoy de acuerdo” (a veces se equivoca en las conjuugaciones, sigue hablando con mucha frecuencia en tercera persona cuando se refiere a ella y aún complementa muchas de sus oraciones con gestos -como muñeca, mano, para decir: “dame esa muñeca, papá”-, pero avanza y se expresa e insiste cuando ve que no le entendemos. Ahora, siento, es una niña que habla y quiere se le entienda. Y nosotros unos papás derretidos que queremos “charlar” con ella más y más).

También considero importante el eterno hablar y explicar. En casa le hemos hablado a Irene desde que estaba en la pancita (una razón, quizás, para que ella no pare de hablar y de verbalizar todo lo que hace -“me siento”, “casi me cae”, “la niña no quiere”, “vamos a la calle”, “quiero ir al parque”, “me voy a bañar”, “hace popo”, “se salió el chichí”, “los muñecos ya comieron”, “susto no” (ahora intenta, claramente, superar sus miedos solita, dándose tranquilidad) y un largo etcétera-) y eso se mantiene, con explicaciones que a más de uno le pueden parecer excesivas. Hubo un tiempo, no muy largo, en que parecía que le hablábamos a las paredes porque Irene en medio de sus llantos de protesta no lograba ni quería oír explicaciones. Hoy eso pasa algunas veces, pero cada vez menos. La explicación sumada a una clara (ahora más férrea) figura de autoridad en el papá y la mamá ayuda a que ella esté dispuesta a entender lo que tratamos de explicar.

Y ahí viene el otro punto que considero relevante: la disciplina de papá y mamá. No ha sido fácil encontrar el punto de equilibrio, pero siento que nos estamos acercando. Seguimos claros y firmes en que no se aprende con golpes, pero también nos inclinamos cada vez más a reconocer que tampoco se puede caer en la permisividad. Un tono de voz quizás más serio y definitivo (no gritos) y una reducción de alternativas nos han ayudado a ello. Y también los tiempos fuera: esos que aplicamos muy pocas veces (incluso con dudas), pero que han resultado definitivos para que Irene entienda ciertas limitaciones. Ahora, la claridad, las explicaciones y el amor nos ayudan un poco más en la “negociación” que implica educar y aprender por partida doble.

Recomiendo, en definitiva, la búsqueda de ritmos y de lenguajes conjuntos que extiendan puentes entre papás e hijos.  Las palabras nunca sobran, más si están llenas de amor y buena voluntad. También la búsqueda de lecturas diferentes sobre muchos de los dramas posibles entre chicos y adultos (sigo recordando con admiración y gusto esta historia de Armando y las piedritas atrapadas en las zapatillas de su pequeño). Ah, y los tiempos compartidos (esos en los que nos relajamos grandes y pequeños) son utilísimos. Finalmente, creo que ese cambio mágico que llega de la mano con la ma-paternidad es sólo el comienzo de un sin fin de años maravillosos… con todo y contrariedad. 😉

PD: Dejo como ilustración de este video la recreación de los “terribles dos” que hicieron, en su momento, los productores de una serie infantil de dinosaurios. Sé que puede recordarle más de un dolor de cabeza a algunos padres, pero también termina siendo relajante saber que hasta en los “muñecos” -como les dice Irene- se da esa transición (más terrible que en la realidad, sin duda. Jjajaj). La fuente, otra vez, es Bebés y más.

PD: Queda pendiente nuestro resumen de la celebración de los dos de la pequeña… que aún no se materializa: será este fin de semana en nuestro hogar. Por lo pronto, sí, hubo torta y canción y velita en casita con papá y mamá. 🙂

15 agosto 2011 at 08:38 6 comentarios

¿Entiende pero no comprende?

Estoy completamente convencida de que Irene, a sus 22 meses -y desde siempre-, entiende todo: lo que le decimos, lo que oye, lo que siente. Este fin de semana, sin embargo, su obstinación por hacer algunas cosas (subir escaleras sola, en particular) me hizo dudar. Sé que con su edad, su deseo de autonomía crece, sé que es posible que entienda todo lo que le decimos sin lograr dimensionar las motivaciones o las consecuencias probables de ciertas cosas, pero cuando lo digo: confía en mamá y en papá, ¿nos comprende?

Imagen tomada de Limoblog.

Aclaro, antes de empezar, que esa fijación de ideas en su cabeza se hace cada vez más frecuente, pero también que no es difícil “lidiar” con ellas en nuestra cotidianidad. La rutina de nuestra vida (me levanto, desayuno, me baño, me visto, voy al parque, juego, duermo la siesta, bla, bla, bla) nos ayuda a que esos pequeños momentos de protesta se negocien más fácilmente. Y no sé si eso pasa porque ya ella sabe qué puede esperar y acepta de un modo menos dramático nuestras decisiones o porque nosotros cedemos parcialmente a algunos de sus deseos, sobre la base de que ya tenemos medidos sus riesgos.

Con las escaleras, no obstante las cosas son distintas (y son sólo un ejemplo): no las tenemos en casa y no hacen parte de nuestra cotidianidad. Quizás por eso para Irene siempre han significado un juego: las ve y sólo quiere subir y bajar. Y ya se ha caído en ellas (por fortuna sin mayores consecuencias) por lo que pensaba que la lógica de causa-efecto podía entrar a operar. Pero no: ella insiste después de un traspiés en subir y bajar (y me gusta pensar que no le coge miedo a las cosas) y cada vez insiste más en hacerlo sola atentando, de alguna manera, contra su seguridad.

Hemos intentado que comprenda que hay un riesgo, que subir y bajar escaleras no es un juego, que ellas cumplen una función puntual (nos llevan de A a B y las tomamos cuando necesitamos trasladarnos) y que cuando le decimos que no lo haga sola o que cambiemos de actividad, lo hacemos porque no queremos que se haga daño y porque queremos hacer algo más. Pero ella persiste, teniendo como consecuencia o el consabido traspiés o la molestia y el cansancio de sus papás.

¿Qué hacer?

Hasta ahora hemos hecho algo que aunque ha funcionado no termina de gustarme: cuando se pone en riesgo a pesar de nuestras advertencias la llevamos a su cuna y aplicamos una especie de tiempo fuera. Ella, por supuesto, protesta, protesta y protesta y pide que la limitación se acabe ya. Lo hacemos tras algunos minutos, sin mucho éxito en el ejercicio de “explicar”. Recuerdo entonces, y mucho, la explicación y defensa que hacía sobre los tiempos fuera Náhuatl y recuerdo mi simpatía con su argumentación sobre ellos, pero me siento “autoritaria” cuando no logro que Irene entienda por qué lo estamos haciendo (y cuando persisto en hacerlo, y la “amenazo” con un “no subas las escaleras sola, es peligroso. (Y tras unos minutos de “te ignoro” de su parte). Si insistes, te llevo a la cuna (mi lógica final ante ella es: la cuna está arriba, si lo que quieres es subir, te llevo allá)”.

¿Resultado? Después de la repetición del asunto, es el único modo en que conseguimos que entienda que hay una restricción con las escaleras y que se abstenga (ante la amenaza -que odio. Grgr-) de ir allá. Quiero y creo en la disciplina con amor, pero con una chiquita tan pequeña, no sé cómo ponerla en práctica en este caso. ¿Alguien tiene algún consejo o experiencia que pueda ayudar? Tomar distacia del “empeño” (alejarnos de las escaleras) o proponer cambios de actividad funciona sólo algunas veces en este caso (sí que funciona en otros), ceder en subir y bajar algunas veces relaja el asunto pero se acerca -y mucho- a la permisividad (más cuando no hay cantidad de subidas y bajadas que satisfagan a esta pequeña) y terminar en la cuna se acerca al autoritarismo (aunque siento que sí es necesaria una figura de autoridad, más desde la confianza y el deber… no sé si me explico adecuadamente). ¿Qué alternativa queda?

O-O

Ah, por cierto, lo de ponerle barreras a las escaleras funciona, sí, pero ¿y si los peldaños -como en este caso- no son nuestros todos los días -ergo, no podemos ponerle barreras por un día o dos, quizás-? Como verán, sigo sin resolver del todo el asunto. Thanks for any help (in advance).

13 junio 2011 at 08:24 14 comentarios

Ni palabras necias, ni oídos sordos

Siempre he estado convencida de que los chiquitos entienden todo lo que oyen. Y desde antes de nacer. Puede que no interpreten perfectamente y que confundan un sonido con otro, pero en su corazón tienen claro si el ruido que perciben es motivo de alarma, de tranquilidad o de dolor (la lista de emociones probables es larga, pero cierro aquí a manera de ejemplo). Pues bien, debo añadir ahora que a esa inteligencia emocional que les permite sobrevivir en y al mundo, debe añadírsele una capacidad comprensiva de las palabras y toda su carga emotiva a partir del momento en que ese chiquito empieza a hablar.

Foto tomada de Comunicología.

Es posible que se dé antes (más que posible es seguro, sin duda), pero para nosotros el hecho sólo es tangible ahora que obtenemos respuestas moduladas y sonoras en español. Puede parecer un chiste, pero cuando descubres que puedes quedarte una hora más en cama en las mañanas después de “conversar” con tu pequeñita en la noche y pedirle que no te despierte tan temprano lo confirmas. 😉 Puede que ni siquiera durmamos esa hora de más (mamá, al menos, se despierta a la hora habitual con orejitas alerta), pero sentimos una especie de saltito en el corazón al experimentar -a lo largo de una semana y cada uno de sus días- que Irene no sólo oye nuestras palabras: escucha.

Y así, después de despertarse unos días y hablar con los muñequitos que hay pintados y bordados en su cama, ahora opta por echarse un sueñito más largo, silenciosa y tranquila. Los días de “me despierto a las 6 a.m., me paro en la cama y llamo inmediatamente a mi madre” parecen hacer parte del pasado. Ahora “da oídos, atiende a un aviso, consejo o sugerencia” -así define el verbo el DRAE– y, sin sobresaltos ni inquietudes, duerme.

La otra cara de hablar

Y aunque a algunos el hecho les pase de largo, a mí me ha puesto a pensar seriamente que esas conversaciones sin réplicas -pero atentas- que siempre he tenido con Irene (explicándole que íbamos donde el médico o de paseo o que debía darle una medicina, ponerle el saco, esperar a papá que salía al trabajo para volver más tarde, salir de viaje, preparar la cena, bla, bla, bla), nunca fueron palabras necias.

Jamás lo creí así, por cierto, pero ahora que hay réplicas en mi lengua (el irinense disminuye) y que veo claras consecuencias, esos diálogos se resaltan con marcadores iridiscentes en mi cabeza. Todo lo que le digamos a nuestros pequeños -o lo que hablemos cerca de ellos- no cae en oídos sordos. Los bebés entienden… (lo que no tengo claro es si los entendemos nosotros).

En casa, siempre nos ha emocionado hablar con nuestra hija todo el tiempo, explicarle -o intentarlo al menos- cómo es y qué pasa en el mundo que nos movemos. También enunciar lo que sentimos… Libera, acerca, encuentra.

[Y cierro añadiendo que ese “todo lo repito” -antecedido de un “todo lo oigo, todo lo entiendo” que nace con ellos- es el que también ayuda a darnos cuenta de ese chiquito que es personita que ama, que siente y que vibra desde su primer segundo de vida. Ya decía: si yo estoy, tú estás bien. Ahora añado, “si me lo dices, también te entiendo”.]

20 mayo 2011 at 07:24 3 comentarios

“…vale más que mil palabras”

Hace unos días compartía el trailer de un documental (que aún no he visto completo, pero que espero encontrar pronto) titulado Bag it. Anexaba unas imágenes que mostraban la gran contaminación que generamos con el plástico, además de explicar por qué estaba de acuerdo con la idea de eliminar el plástico de nuestra vida. No hablé del cáncer, ni de las posibles incidencias que genere en la salud, sino de lo mucho que tarda en degradarse. Y aunque esto último no hace menos importante lo primero (ya hay bastantes estudios que lo demuestran), hoy vuelvo a insistir en el tema porque después de ver la secuencia de imágenes de donde proviene la que dejo hoy no me cabe la menor duda de que debemos hacerlo.

Fotografía de Chris Jordan.

Quiero eliminar por todos los medios el plástico de nuestra vida: de las bolsas de los supermercados -ya usamos de tela, homemade, para las compras y para almacenar alimentos en nuestra nevera, de los empaques de alimentos, de productos de aseo, de juguetes, envases,… Sé que no es fácil, pero también creo que si al menos lo tengo en mente puedo empezar a hacerlo. Ello,  aunque sea mínimamente, en algo ayudará a disminuir su producción mundial. Eso y la posibilidad de tener una vida más saludable en casa valen -y mucho- el esfuerzo.

Con respecto a la imagen, hace parte de una serie titulada Midway: Message from de Gyre, disponible acá. La encontré en la web Life Without Plastic (con artículos muy interesantes al respecto), acompañada de una nota aclaratoria -que no está de más- que señala que no hubo ninguna intervención en las fotos, ni antes ni después de tomarlas. El plástico que se ve dentro de los animales (albatroces bebés) llegó allí porque ellos se lo comieron (cuando sus mamás confundidas por sus colores y aspectos llamativos se los trajeron desde el mar). Los pájaros, por supuesto, murieron por intoxicación, por pérdida de espacio en sus estómagos para la comida de verdad o por ahogamiento. No sé si también puede darles cáncer. Igual, seguramente no será necesario hacer una prueba forense para saber que los mató el plástico (inserte cara de rabia y dolor profundo acá).

La secuencia fue tomada en septiembre de 2009 en una pequeña isla del Pacífico. Tiene un video que pueden ver, si se animan, al final de esta entrada. Casi me saltan las lágrimas. Dejo, además, un apartado del texto publicado junto con la foto:

“These photographs of albatross chicks were made just a few weeks ago on Midway Atoll, a tiny stretch of sand and coral near the middle of the North Pacific. The nesting babies are fed bellies-full of plastic by their parents, who soar out over the vast polluted ocean collecting what looks to them like food to bring back to their young. On this diet of human trash, every year tens of thousands of albatross chicks die on Midway from starvation, toxicity, and choking.

To document this phenomenon as faithfully as possible, not a single piece of plastic in any of these photographs was moved, placed, manipulated, arranged, or altered in any way. These images depict the actual stomach contents of baby birds in one of the world’s most remote marine sanctuaries, more than 2000 miles from the nearest continent.”

Y un diario en video (hay más de uno, todos los pueden encontrar aquí) del momento en el que encontraron el primer albatros y otro en el que muestran cuánta basura plástica puede encontrarse, rápidamente, en una playa (que no es Santa Mónica, California, por cierto. Una mucho menos poblada). 😦

Y para rematar, dejo un video de dos minutos que muestra cuántas veces puede llevarse un bebé de 9 meses las cosas a la boca… ¿y si son plásticas? La música es simpática y la imagen también. El contenido, sin embargo, sopesado racionalmente, pone a pensar. Mi fuente, otra vez Life Without Plastic. ¡Aghhhh!

13 abril 2011 at 03:14 9 comentarios

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