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Socializar: ¿qué pasa cuando los niños no van a la guardería o al colegio?

Irene crece a pasos agigantados. O eso me parece a mí: cada día amanece siendo más ella, más clara, más autónoma, más niña y menos bebé. Lo que dice, lo que hace, la manera como expresa lo que siente y piensa, sus deducciones (que las hay), sus anhelos, sus juegos… Todo en ella es para nosotros una sorpresa y un descubrimiento. Ene veces he escrito que es imposible dimensionar lo rápido que crece un chiquito, pero cada día compruebo que incluso esa aseveración se queda corta. Estos últimos días las sorpresas han ido de la mano de su capacidad (o limitación, si puede decírsele así) de socializar: si bien a veces muestra reservas, poco a poco se va soltando más en sus relaciones con los otros. Por eso intuyo que abrirnos a nuevos espacios con pequeños va a enriquecer su desarrollo muchísimo más.

Imagen tomada de Skamasle Imágenes.

Desde sus primeros meses de vida tuve la impresión de que Irene era una niña sociable: sonreía, se mostraba tranquila ante extraños, se sentía cómoda fuera de su casita… Por supuesto había épocas en que también contaban las excepciones, pero incluso con ellas sentía -y cada día más- que nuestra hija no era tímida.

Pues bien: de un tiempo para acá frente a ciertas personas (que la saludan en la calle, que se acercan a hablarnos, que le acarician el pelo con palabras melosas, que la invitan a jugar con otros niños en el parque…) Irene intenta aislarse poniendo sus manos en su carita. Los dedos quedan un poco entreabiertos por momentos (para ver a hurtadillas), pero en otros además de la manita ella aprieta sus ojos. El mensaje es claro y mamá, aunque a veces le dice “saluda, mi corazón, a la vecina”, se queda tranquila.

Momentos después, cuando el “peligro” intimidante se aleja, la chiquita hace comentarios del estilo de: “yo no quería saludar a esa señora” o “mamá, esa vecina no me gusta” o (también, con tristeza) “yo sí quería hablar con ella”. También me ha dicho: “me asusté” o “¿dónde está el señor?”, etcétera, etcétera.

Paralelamente, además de la historia del lobo (y ahora del “pollo”, haciendo referencia a un muñeco gigante, con personaje disfrazado adentro, que camina en los centros comerciales promocionando una cadena de comidas rápidas), nuestra pequeña desde hace algunos días anda diciendo “mamá, a mí no me gustan los payasos” (y tuvo unos en casa en su cumpleaños) y otras tantas cosas más que evidentemente la asustan o por su tamaño o por sus gestos. Dice cosas como “el pollo es malito” (luego, tras una explicación de mamá y papá concluye que no es malo, “es amigo, pero a mí no me gusta”). Es decir: los veo, pero de lejitos.

Y entonces, por supuesto, recuerdo todo aquello que he leído y visto sobre la socialización de los niños: que sólo a partir de los tres años pueden interrelacionarse -compartiendo, negociando, interactuando- con otros niños, que los temores y los miedos son etapas de su desarrollo (naturales, por demás), que de manera innata, desde que son bebés, los niños tienen periodos de apego a sus papás y un montón de cosas semejantes. Pero a veces me rondan preguntas…

¿Nuestra pequeña debe socializar más?

En general no me ha preocupado sobremanera el tema, quizás porque realmente el temperamento de Irene es el de una niña simpática y tranquila que es recelosa ante desconocidos (con unos menos, con otros más), como nosotros mismos, pero con todas las ideas de escuela en casa rondando mi cabeza no está de más indagar.

Nuestra experiencia este fin de semana en su primera clase de baile (en la que, por cierto, continuará) fue reveladora en ciertos aspectos: Irene estuvo un tanto reservada al comienzo y, aunque le encanta moverse y bailar, no siguió fácilmente el ritmo de sus compañeras (niñas un poco mayores que ellas, de 3 años en adelante), tal vez porque ha estado menos expuesta a actividades de grupo y porque -juzgo yo- no ha tenido una profesora enfrente antes, indicándole que haga esto o aquello.

¿Y qué concluyo?

Creo que, desde el punto de vista de la socialización es importante encontrar espacios de interacción para los pequeños alrededor de los 2 años y medio -ya cada quien decidirá si deben ser de escolarización. Yo pienso que si se puede estar con ellos en casa, mejor no– porque ellos mismos, si no lo han tenido, los irán pidiendo. Siento que si viviéramos más en tribu (como dice Laura Gutman) no sería necesario recurrir a espacios externos, porque la misma familia proporcionaría esa socialización básica, pero como no es nuestro caso ni hay hermanitos ni primitos alrededor… la clase de danza, la visita a la biblioteca y el juego en el parque con los vecinos puede funcionar genial.

Confieso que me preocupé un poco al principio de la clase de este sábado porque pensé que nuestra chiquita se estaba perdiendo de algo, pero la vida se impusó y me desmostró, cinco o diez minutos después, que los niños tienen una maravillosa capacidad de adaptación y que aunque Irene no siguiera  a rajatabla (y sobre todo de inmediato) todas las indicaciones (algo que celebro en cierta forma, además) sí logró integrarse a la dinámica de grupo, manteniendo su atención (sorprendentemente), disfrutando de la música y el baile, e interactuando en la medida que se lo pedía la situación. No se aisló ni un solo segundo del grupo, no lloró, no se molestó. Simplemente tardó un poco más en entender la dinámica de “yo te indico y tú me sigues”.

En resumen, empezamos una socialización “formal” en la vida de nuestra chiquita que nos irá dando la pauta para otras formas de hacerlo. Y no ir al colegio (o a la guardería, para el caso), no limita el aprender a estar con otros. Como colofón, dejo un par de artículos (además de los links de Homeschooling que aparecen en la columna derecha de este blog) al respecto:

7 febrero 2012 at 08:15 4 comentarios

“Con los amigos” (2) -Updated

Esta semana hablaba sobre una de las expresiones más comunes en nuestro hogar.  Hoy quiero comentar cómo “con los amigos” ha simplificado buena parte de nuestra vida, haciendo quizás más claros algunos conceptos para nuestra chiquita: las idas  al supermercado, la despedida de las visitas, aprender a ir al baño, la superación de los miedos y una serie de eventos más suelen entenderse con la consabida frase, evitando disgustos, frustracciones, temores… No resuelve todo con un brochazo, pero sí ayuda a organizar una imagen del mundo (un punto de partida que después, con los años, se podrá perfeccionar).

Sin duda, con el paso del tiempo, la vida se irá haciendo más compleja, no en los hechos (espero) sino en la comprensión que Irene tenga de ellos. Por ahora, con todo y que pienso -y compruebo- que siempre es mejor hablar y explicar, también siento que a los chiquitos debemos hablarles desde su punto de vista, algo así como tomarle fotos agachándonos para estar a su altura (las imágenes resultan más cercanas, ¿verdad?).

No digo con esto que es necesario maquillar la realidad: afirmo que es necesario hablar en términos que resulten familiares para los niños y que les permitan desarrollarse armónicamente, de acuerdo con sus circunstancias y su edad.

Sé, no obstante, que no siempre funciona al 100%, que en casita seguimos siendo unos aprendices de papás, que no nos las sabemos todas y que habrá momentos en los que necesitemos profundizar. Pero el “con los amigos” (y sus variantes) sí ha sido una fórmula de tranquilidad en nuestro hogar.

¿Cómo funciona?

Ejemplo 1. Vamos al supermercado (muy pocas veces, además) y la pequeña ve una pila de muñecos. Como todo niño, quiere acercarse a ellos, tocarlos y, si puede, cogerlos. Mamá le da uno en las manos y le dice que lo cargue un ratito mientras cogemos las cosas que necesitamos. Una vez tenemos preparada nuestra compra, volvemos al sitio de donde tomamos el muñeco (muchas veces porque la misma Irene lo pide) y dejamos al bichito “con sus amigos”. No hay llantos, no hay dolor, no hay apego, no hay frustración. Irene siente que es el lugar natural para el juguete y sabe que ella, a su vez, tiene otros amigos en su hogar.

Ejemplo 2. El lobo. Pensaba escribir un post al respecto. Quizás lo haga después para ahondar un poco sobre los miedos. Resumo: Irene recibió en su cumpleaños un cuento -bastante resumido, entre otras cosas- de Caperucita Roja. Si bien nosotros leemos algunos cuentos, mamá, por ahora, evita entrar en detalles escabrosos, saltando las páginas y leyendo un poco al ritmo que fija la pequeña. ¿El motivo? No quiero llenarle la cabeza a mi chiquita de información que considero innecesaria para ella en este momento. No obstante, alguna vez alguien le leyó el cuento e hizo posiblemente los típicos comentarios de “¡ay, el lobo!” -seguido quizás por un “¡qué miedo!”. ¿Consecuencias? Irene corre cada cierto tiempo a mis brazos, cuando se siente sola, diciendo “¡¡mamá, el lobo!!”. La solución, sin embargo, ha sido un poco más elaborada: “no tienes que tenerle miedo, el lobo es un amigo, pero está lejos” (no vivimos en un bosque y ella no necesita tener al lobo entre el listado de peligros cotidianos ni mucho menos). Repisamos la frase con una película de la que ya hablé en otro momento, omitiendo el final (por ahora. Sí quiero que sepa que podemos hacerle daño a los animales, pero no pretendo asustarla con culpas y sangre a los dos años de edad). Y aunque el protagonista es un zorro, Irene entiende que así es el lobo y que vive en el bosque y que le tiene miedo a los hombres (porque a veces no sabemos cómo comportarnos con ellos) y que se esconde. Pero que, como todos los animales, es bueno: se cuida, se protege y, si lo tratas con cariño y respeto, no te hará daño. Ahora cada cierto tiempo viene a mis brazos, corriendo y diciendo “¡mamá, el lobo!”, pero ella misma se detiene, sonríe y complementa la oración diciendo “pero el lobo es amigo”. Fin del miedo.

Ejemplo 3. Por no sé qué circunstancias de la vida, hace algunos meses tuvimos un gallinazo (chulo, buitre o zopilote) instalado por un día en uno de los árboles que rodean nuestro hogar. Irene, por supuesto, vio un pájaro enorme, negro… y oyó los comentarios de medio desagrado que suscitó el bicho en su papá. Quiso verlo, la alcé en brazos y le dije -realmente conmovida al ver la cara de inocencia y cero amenaza del animal- que se veía cansado, que era raro que estuviera solito, pero que muy seguramente después se iría “con los amigos”. Pues bien, el animal duró instalado en la rama toda la tarde y la noche siguientes, y muy temprano en la mañana se marchó. Nosotros no nos dimos cuenta de esto último, pero la explicación de mamá sirvió para que Irene aprendiera a contar la primera historia de su vida y entendiera la partida como algo natural: “un día había un gallinazo en el árbol, pero se fue con los amigos, volando”. Aún hay días en que la repite, con variantes que van desde el “se quedó dormido” y otras cositas, pero los amigos siempre son la causa para que el pajarito decida volar.

Ejemplo 4. Aprender a ir al baño. Recuerdo que alguna vez Virginia contó que cuando Oliver, su hijo, aprendió a ir al baño, tuvo la mala idea de sugerirle que se despidiera de su popó cuando se iba por el baño: el chiquito, al parecer, sintió que una parte de él se iba lejos y se asustó. Irene, como todos los niños, supongo, también tuvo esa sensación de no entender por qué ese algo salía de su cuerpo, pero rápidamente la superó pensando que al popó le esperaba algo bueno, iba a estar “con los amigos” y se iba a divertir de lo lindo.

Ejemplo 5. Las despedidas: papá (o abuelo, o tía, o primo, o amigo) necesita salir a una reunión (social, laboral, etcétera) y la chiquita resiente su ausencia, quiere saber dónde está, por qué no llega. Mamá le explica que está trabajando o estudiando o descansando “con los amigos”. Si está solo en su casita (en caso de que hablemos de primo, tía, amigo o vecino) ella entiende que está en un espacio de cotidianidad. No satanizamos, por cierto, la soledad.

Podría seguir enumerando casos, pero creo que el tema ya queda suficientemente ilustrado. “Con los amigos”, repito, nos da tranquilidad y le permite a nuestra chiquita entender de una manera amorosa y relajada cómo funciona el mundo. Es cierto que el popó, por ejemplo, no se va a las aguas negras a jugar, pero sí a estar con sus pares… así que ¿por qué no pensar que está “con los amigos”? 😉 Ya habrá tiempo para entender de un modo más complejo y detallado el mundo. Por lo pronto, aprehender el mundo desde una perspectiva amistosa nos da seguridad.

UPDATE. Bueno, más que una actualización es un complemento: creo que el poder que tiene “con los amigos” en la vida de Irene se debe en gran parte al descubrimiento de lo que un amigo puede representar en su cotidianidad. No sobra decir entonces que esas pequeños vecinos-amigos de juego -especialmente L y A- que la han acompañado tantas veces al parque, así como a cantar cumpleaños feliz y unas cuantas tonadas más han sido significativas en su espíritu. Creo que, en consecuencia, cuando “el lobo es amigo” o “el muñeco se queda con los amigos” imágenes de sonrisas, sueños y esperanzas de momentos maravillosos inundan su espíritu. Igual pensará de todos sus amigos en las pantallas y de sus amigas mamás. 😉

16 diciembre 2011 at 09:38 3 comentarios

Cambiar paradigmas: ¿matan las escuelas la creatividad?


Sigo fascinada con mis búsquedas (y sobre todo con mis hallazgos) sobre la educación. Hoy quiero compartir dos conferencias de Sir Ken Robinson, un investigador británico (elevado al título de Sir por sus aportes en el campo educativo) famoso por su visión sobre la educación y la creatividad y por la crítica que hace al modelo educativo actual (que heredamos de una época muy distinta, como se ilustra -literalmente- en el maravilloso primer video que anexo.

Hace quizás ya más de un año, cuando indagaba sobre la crianza de los niños en general, había visto una conferencia suya que hablaba sobre las escuelas y la creatividad. En ese entonces mis ideas sobre el homeschooling eran mucho más étereas, pues pensaba que era una tarea para valientes que quizás no podría asumir. Ahora, apesar de que no sé en la práctica qué signifique llevarla a cabo, me parece una alternativa más cercana y, sobre todo, válida.

Adjunto también un video con esa charla porque considero que plantea una crítica válida, ya no sólo al sistema educativo sino a nuestra sociedad, que ha desplazado buena parte del pensamiento creador e innovador por la comodidad: el juego libre (justo ahora que acabo de encontrar este maravilloso sitio para “jugar i jugar“) y espontáneo por programas de videojuegos, la vida simple por una larga lista de necesidades de confort.

Finalmente, recomiendo y mucho otras conferencias de Sir Ken Robinson que hay en la red, así como su sitio web. En casa, entretanto, seguimos disfrutando, aprendiendo, jugando. Gracias por todos sus comentarios. 😉

9 noviembre 2011 at 08:19 8 comentarios

A mordiscos

No sé por qué últimamente me cuesta más pasar por acá. Quizás una chiquita más demandante pegada a mis piernas y diciendo “auda” /ayuda/ para que la levante y la deje ver este patoaparato tengan parte en el asunto. El otro resto se lo dejo a las mil y una cosas que hacemos las mamás. En fin, hoy trato de ponerme al día con un resumen rápido que incluye dientes e historias varias de la protagonista de la casita de Irene. 😉

Y empiezo por lo primero: las últimas muelas de nuestra chiquita en su mandíbula inferior. Hace algunos días dije que había empezado a asomarse la del lado derecho (que aquí se ve justo en el izquierdo). Pues bien, hace unos pocos días descubrí que también lo hacía su vecino de enfrente. Lo cierto es que la persistencia de Irene en meterse el dedo índice a la boca para rascarse (yo no tenía muy claro para qué era, pero en cuanto descubrí los trocitos blancos entendí el por qué) fueron la clave. Lo sorprendente es que después de ya no sé cuántos dientes (hago la cuenta: 8 arriba y 8 abajo + 2 nuevos = 18), aún con la salida de estos últimos me sorprendo.

A diferencia de sus primeras muelas -que asomaron sus montecitos muy sútilmente (la foto anterior fue publicada hace casi un año, el pasado 4 de noviembre)-, las muelas de ahora se me aparecieron casi completas (eso sin mencionar que la foto la tomé con pose… ¡qué diferencia!). La razón para topármelas así no sé si se sea que su salida haya sido más expedita o que yo me demoré más en descubrir lo que se estaba gestando en la boca de nuestra pequeña. Lo cierto es que las encontré abriéndose camino como si salir fuera un asunto de “levantar capitas” (nótese en la foto cómo la piel empieza a verse como una cobija sobre el diente).

En cualquier caso, volver a presenciar la salida de dientes me ha hecho recordar las sorpresas constantes que nos regala un chiquito al crecer. Si bien, durante los primeros meses las novedades casi siempre están relacionadas con avances físicos, después del primer año (pasó casi un año entre las muelas de la segunda foto y estas de ahora) el lenguaje y la capacidad de abstracción y razonamiento de un chiquito, entre otras cosas, acaparan toda la atención.

En estos días, por ejemplo, Irene nos sorprende con la claridad y precisión con la que adquiere el lenguaje. Para el caso, ayer nada menos, mientras tomábamos una merienda juntos decía -en medio de una conversación-: “yo voy contigo”. ¡Contigo! ¡Yo! Tiene veinteseis meses y ya sabe que ella es un ser independiente de otros, utiliza apropiadamente el “tú” y el “yo” y además puede relacionarlos en un “contigo”. ¿Alucinante, no?

Y aclaro que mi alucine no es porque sea ella: es por lo que revela. Esas mentecitas que antes eran subvaloradas (“habla tranquila que ella no entiende” o “no le digas nada porque es un bebé” o “es que a los niños hay que explicarles todo con cuentos -léase mentiras-“) son infinitamente sabias. De aquí que -pienso- el desarrollo de sus capacidades dependa muchísimo de la manera como nosotros, sus padres, nos relacionamos con ellos… y del potencial que les reconozcamos o no.

Historias como ésta tendría miles, pero para no perdérmelas me abstengo un poco de estar más tiempo pegada al computador. Cierro diciendo que a sus veintiseís meses nuestra chiquita interviene en todas las conversaciones, opina, propone, decide y sugiere. Y, sí, también manda, regaña, protesta y se rebela. Me temo que es algo inherente a su edad (ya queda poco de “los terribles dos no han pasado por acá“), pero también sospecho que nuestra paciencia y amor son una buena guía para superar los malos ratos. Hasta ahora, hablar claramente, explicarle todo (y si es antes de que ocurra, mejor) y ser consecuentes nos ha ayudado muchísimo. Es más, si no fuera porque sus muelitas no son mías y porque no quiero volverme canibal, me la comía a besos con su misma boquita. 🙂

(Y para alimentar la nostalgia, un par de imágenes más:

Una foto de las primeras señas de dientes (los primerísimos), publicada el 8 de marzo de 2010, un día antes de que Irene cumpliera siete meses

Y otra del 10 de mayo de ese año, cuando empezaba a abrirse camino su tercer dientecito

Ya sólo faltan dos… de leche.)

12 octubre 2011 at 08:32 5 comentarios

“Los pájaros volan”

Al parecer, nuestra chiquita ya empezó a hacer sus propias conjugaciones. Y aunque ya decía oraciones completas (de esas que oye con frecuencia) oírle decir ésta, con todo y su error, ha sido un goce infinito. 😉 Bienvenidos lenguaje e imaginación.

Imagen tomada de Educima.com

PD: En dos semanas Irene cumple DOS. 🙂

25 julio 2011 at 18:32 3 comentarios

“La cuna tiene huecos”

Esta entrada, sin duda, es una segunda parte de la anterior sobre los miedos: Desde hace una semana Irene no quiere dormir en su cuna. Dice que tiene huecos. Al comienzo, pensamos que se debía a una pesadilla, así que intentamos disuadirla de su idea, metiéndonos nosotros en la cuna y demostrándole que no había ningún roto por el que ella se cayera. Luego desistimos de la idea, asumimos como defiitivo su sueño en una cama normal y descubrimos que los huecos, quizás, no son más que una muestra de su percepción mucho más consciente del mundo. Sigue despertándose a las 3 de la mañana (como lo estaba haciendo desde hace un par de semanas, cuando los “huecos” empezaron a molestar), pero ahora su carita luce más relajada. ¿Se nos creció nuestro bebé ya?

(Foto tomada a tientas, con flash…  :S)

No sé si la causa de este mal rato con la cuna sea una consecuencia de nuestro intento de que entendiera que no debía subir escaleras (con la aplicación de un tiempo fuera dentro de ella), pues aunque la cuna de aquellos días era una de viaje, verificar que era un espacio que restringía sus movimientos no fue algo que le gustara a nuestra pequeña de casi dos años (aghhh). No le meteré más tiza al asunto porque me estruja un poco el corazón, en realidad. Lo cierto es que Irene ha demostrado ser muchísimo más consciente del mundo que la rodea con el paso de los días y quiere tener autonomía -toda la posible- a como dé lugar. “La cuna tiene huecos” (ahora lo entiendo) alude a los huecos que hay entre los barrotes: los mismos que ella ya no quiere mirar.

Bajo y voy directo adonde mis papás

La idea que tuvimos al principio de que todo fuera el resultado de una pesadilla ha empezado a darle paso a la posibilidad de que nuestra hija simplemente quiera despertarse y bajarse de la cama por sí misma. La cuna, por supuesto, no le da esa libertad. De hecho, habíamos incluído dentro de su mobiliario la cama sencilla porque en las últimas semanas a la hora de acostarla para que hiciera la siesta (después de quedar profundamente dormida en mis brazos con su tita) se habían convertido en una pequeña batalla campal: en cuanto sentía que la acostábamos en la cuna, abría los ojos como platos y lloraba para que la sacáramos. Con la cama, por el contrario, todo es murmullo de ángeles: la acostamos en ella y sigue durmiendo a pierna suelta. En las mañanas, al despertarse, va silenciosa a nuestra alcoba y nos despierta con una hola sonoro y sonriente. ¿Se puede pedir más?

Total, andamos en una semana de muchos cambios, antecedidos de una gripa fortísima que se adueñó por 7 días de las dos. Pasamos, además, de hacer unas tres o cuatro tomas de pecho al día a hacer sólo una -antes de dormir-, un poco por desición de esta madre-cambia-estrategias que está tantiando el terreno con su pequeña. Los resultados podrían dar quizás para otro post, pero creo que no voy a escribirlo porque sigo pensando que cada pequeño y cada mamá tienen sus ritmos.

Lo cierto es que desde que iniciamos esa especie de destete inducido (odio el término, grrr), Irene está más serena y ha mejorado su apetito. Hemos hablado muchísimo sobre el tema y sigo pensando que tomará el pecho para dormir hasta que quiera. Es más, las tomas que ya no hace en el día las hemos desplazado básicamente porque ella aceptó cambiar su tita (casi siempre por leche de vaca, entera, en un vasito de transición que había comprado hace más de un año y que nunca habíamos usado). Veremos qué sigue pasando.

Finalmente, para dar respuesta a mi pregunta de si se nos creció nuestra chiquita, debo decir que sí, que cada vez es más parlanchina, que va entrando con gusto a los dos años (con todos sus “no”, “mío” y todas sus “rebeldías”) y que duerme desde hace casi una semana en su camita. Al principio ponía cojines hasta en el piso, temiendo que se cayera. Ahora no, sólo pongo un par de ellos a su lado: creo que la amplitud que ha ganado en sus noches hace que se quede en un mismo lugar. La cuna sigue en su pieza… pero creo que servirá de adorno (o para que sus muñecos duerman). 😉

21 julio 2011 at 05:21 7 comentarios

Ni palabras necias, ni oídos sordos

Siempre he estado convencida de que los chiquitos entienden todo lo que oyen. Y desde antes de nacer. Puede que no interpreten perfectamente y que confundan un sonido con otro, pero en su corazón tienen claro si el ruido que perciben es motivo de alarma, de tranquilidad o de dolor (la lista de emociones probables es larga, pero cierro aquí a manera de ejemplo). Pues bien, debo añadir ahora que a esa inteligencia emocional que les permite sobrevivir en y al mundo, debe añadírsele una capacidad comprensiva de las palabras y toda su carga emotiva a partir del momento en que ese chiquito empieza a hablar.

Foto tomada de Comunicología.

Es posible que se dé antes (más que posible es seguro, sin duda), pero para nosotros el hecho sólo es tangible ahora que obtenemos respuestas moduladas y sonoras en español. Puede parecer un chiste, pero cuando descubres que puedes quedarte una hora más en cama en las mañanas después de “conversar” con tu pequeñita en la noche y pedirle que no te despierte tan temprano lo confirmas. 😉 Puede que ni siquiera durmamos esa hora de más (mamá, al menos, se despierta a la hora habitual con orejitas alerta), pero sentimos una especie de saltito en el corazón al experimentar -a lo largo de una semana y cada uno de sus días- que Irene no sólo oye nuestras palabras: escucha.

Y así, después de despertarse unos días y hablar con los muñequitos que hay pintados y bordados en su cama, ahora opta por echarse un sueñito más largo, silenciosa y tranquila. Los días de “me despierto a las 6 a.m., me paro en la cama y llamo inmediatamente a mi madre” parecen hacer parte del pasado. Ahora “da oídos, atiende a un aviso, consejo o sugerencia” -así define el verbo el DRAE– y, sin sobresaltos ni inquietudes, duerme.

La otra cara de hablar

Y aunque a algunos el hecho les pase de largo, a mí me ha puesto a pensar seriamente que esas conversaciones sin réplicas -pero atentas- que siempre he tenido con Irene (explicándole que íbamos donde el médico o de paseo o que debía darle una medicina, ponerle el saco, esperar a papá que salía al trabajo para volver más tarde, salir de viaje, preparar la cena, bla, bla, bla), nunca fueron palabras necias.

Jamás lo creí así, por cierto, pero ahora que hay réplicas en mi lengua (el irinense disminuye) y que veo claras consecuencias, esos diálogos se resaltan con marcadores iridiscentes en mi cabeza. Todo lo que le digamos a nuestros pequeños -o lo que hablemos cerca de ellos- no cae en oídos sordos. Los bebés entienden… (lo que no tengo claro es si los entendemos nosotros).

En casa, siempre nos ha emocionado hablar con nuestra hija todo el tiempo, explicarle -o intentarlo al menos- cómo es y qué pasa en el mundo que nos movemos. También enunciar lo que sentimos… Libera, acerca, encuentra.

[Y cierro añadiendo que ese “todo lo repito” -antecedido de un “todo lo oigo, todo lo entiendo” que nace con ellos- es el que también ayuda a darnos cuenta de ese chiquito que es personita que ama, que siente y que vibra desde su primer segundo de vida. Ya decía: si yo estoy, tú estás bien. Ahora añado, “si me lo dices, también te entiendo”.]

20 mayo 2011 at 07:24 3 comentarios

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