Posts filed under ‘Desarrollo emocional’

¡Mira quién habla! (o las conversaciones, larguísimas y cantadas, de Irene con sus juguetes)

Mientras mamá trabaja en casa (y la chiquita repite, cada tanto, que ella también quiere trabajar -y trae su computador que habla, que enseña letras, que toca melodías y etecétera-), los muñecos pasan caminando por las mesas, por mis hombros, por la hamaca. Y hablan y cantan y saludan y cuentan historias y llaman al papá y a la mamá. Conclusión: Irene ha aprendido a jugar solita, de un modo natural y sorpresivo, dándole expresiones a su mundo, imaginando, soñando e inventando otros espacios. Yo, mientras tanto, sonrío recordándome en esos mismos pasos y pensando que la vida tiene un orden natural y que muchas de las cosas que cremos aprendidas aparecen y fluyen simple y libremente por la vida.

Me gustaría escribir más sobre el tema, pero creo que hoy no será. Prefiero coger un muñequito de mi chiquita y sentarme con ella a jugar.

Un abrazo.

😉

24 mayo 2012 at 07:29 1 comentario

¿Cómo estimular el aprendizaje de un niño entre 2 y 4 años de edad?

Quizás también podría incluir los 5 años, o simplemente decir “un niño en edad preescolar”… pero como lo que me inquieta es cómo estimular ese aprendizaje en casita, con una chiquita que no está escolarizada (además), me inclino por esbozarlo de este modo. En cualquier caso, quiero compartir algunos apuntes sobre juegos, rutinas y proyectos para potenciar el aprendizaje de los pequeños. No sé cómo funcionen en la práctica, entre otras cosas porque nuestras ideas sirven más de marco general, pero confío en que dejarlos esbozados sirva de invitación a nuevas ideas (propias o ajenas) y nos ponga en el mood propuesto para mis deseos de este año.

Decía en enero, en nuestra lista de proyectos:

Quiero adentrarme más en la educación en casa, potenciar los aprendizajes de nuestra chiquita (no con tareas o ideas impuestas sino aprovechando las inquietudes que ella misma nos plantea) y darle más ritmo a nuestra rutina. Básicamente porque siento que ella cada vez quiere aprender y entender más y porque los días se nos pasan tan rápido -y a veces con una sensación grande de vacío- que quiero disfrutarlo más (con menos pantalla, menos internet y más parque, más baile y más amigos).”

… por lo que me puse en la tarea ya no sólo de leer información sino de pensar. Todo lo que encontré sobre homeschooling, creatividad y desarrollo de niños en edad preescolar me ayudó, de un modo u otro, a concluir que el aprendizaje en estas edades llega a través del juego y de la experiencia sensorial. En consecuencia, la idea de buscar una rutina que potenciara ese aprendizaje terminó por asentarse en la configuración de unos módulos generales que nos sirvan de marco para acompañar el desarrollo de Irene.

Sé que el tema, así planteado, puede parecer complicado, pero la idea es que con estos puntos de partida en mente y con las mismas inquietudes que plantee nuestra hija, las maneras de ponerlos en práctica fluirán más ordenadamente, de una manera más o menos natural. Intento, en cualquier caso, mantener unas premisas que considero relevantes para nuestra chiquita: la primera, que el juego libre es fundamental; la segunda, que no debo incluir límites de tiempo para ningún proceso (Irene misma da la pauta para cambiar de actividad mostrando su interés en algo nuevo); la tercera, que pensar en rutina implica, sobre todo, fijar un espacio de disponibilidad total de mamá.

Planteadas estas bases (que seguramente se ajustarán en el tiempo), presento esos módulos generales que, creo, nos ayudarán a potenciar el aprendizaje de nuestra pequeña en esta edad. Aclaro, no obstante, que no soy pedagoga infantil ni nada por el estilo y que aunque nuestra chiquita no ha pasado nunca por una guardería, sospecho que no estamos descubriendo nada nuevo y que muchos de nuestros planteamientos se ajustarán de un modo u otro a lo que hacen los centros educativos de los pequeños. ¿Cuál puede ser la diferencia? Que nuestro aprendizaje estará completamente integrado a nuestra vida cotidiana y familiar y que la atención será personalizada, sin excluir actividades fuera de casa, con otros niños, orientada -al igual que las cosas que hagamos dentro- por las inquietudes de nuestra chiquita. La propuesta al publicarlos acá es retroalimentar otras experiencias y usar este espacio como libreta de apuntes para el futuro.

“Mueve los hombritos…”

El primer módulo lo he denominado plástico. Incluiría actividades motoras como moldear y pintar. Estaría estrechamente relacionado con el siguiente, denominado corporal, porque su ejercicio implica también una estimulación de los sentidos y el cuerpo… que se asocia, inevitablemente, con ejercicios como bailar, tocar, oler, mirar y degustar.

Decía hace algunos días que Irene ha empezado unas clases de danza creativa, básicamente porque nos decía con palabras y con todo su cuerpo que quería bailar. Esta actividad entraría dentro de un marco que he denominado corporal -que sería el segundo módulo (entiéndase, por cierto, este término como punto de partida y referencia, no como bloque de actividades o algo por el estilo que implique cero flexibilidad). En él se incluirían, además del baile, quehaceres cotidianos que comprometan experiencias con el cuerpo y que pueden ir desde ir al parque y jugar, hasta desgranar vainas de guisantes, fríjoles y otras verduras. Cocinar (oler, sentir, oír, mirar, probar) entraría también perfectamente en este grupo.

El tercer módulo sería el musical, que lo considero separadamente del anterior a pesar de que bien podría ser un derivado de éste. Dentro del él cabrían actividades relacionadas con tocar (y experimentar) instrumentos musicales (principalmente de percusión por la edad de nuestra pequeña), además de cantar. El baile se integraría también a esta conjunto de experiencias, aunque el objetivo al señalar el módulo aisladamente responde a la relevancia que considero que tienen la música y los sonidos en esta etapa de desarrollo.

Finalmente, consideraría un módulo que he denominado de abstracción y pensamiento, que se orienta al desarrollo de actividades más racionales, como la comprensión de textos y narraciones (inventadas, leídas, oídas), la comprensión espacial (con juegos como rompecabezas, rayuela y la danza misma) y un primer acercamiento a la lectoescritura (no con pretensión de aprendizaje de las letras, sino más bien -desde la perspectiva del método global– como aproximación a objetos representados, ya sea por íconos o símbolos que luego puedan servir de referencia para expresar ideas. Las caricaturas, las loterías y representaciones similares entrarían como actividades posibles dentro de este último propósito. Ah, y el juego simbólico (ahora el “soy doctor, te reviso, eres doctora, me revisas) es otra manera más de abordar la lógica de pensamiento propuesta en este módulo.

Siendo honestos, éste es apenas un primer acercamiento. No incluye actividades relacionadas con el lenguaje (en desarrollo en esta edad) porque lo considero un módulo transversal (bueno, casi todos terminan siéndolo) y creo que debe potenciarse, especialmente, desde la cotidianidad -todo se habla, todo se explica y el resultado final es una pequeña lorita. 😉 Espero tener buenas noticias en el futuro. Todas las recomendaciones y consejos son bienvenidos.

Por lo pronto, además de este texto, les dejo un par de blogs recomendados (B aprende en casa y Aprendiendo sin escuela), con niños en edades similares, que además de inspirarme, me han llenado de ideas. También dejo dos portales (Aprende con alas y Educarpetas) de comunidades de padres y niños que practican la escuela en casa: buena parte de los temas planteados y de las actividades abiertas a los participantes han sido un buen punto de partida para este propósito. Eso sí, las unidades de estudio, los workboxes y los lapbooking quedan para edades futuras. Si tienen niños de más de 6 años, no duden en buscar información sobre ellos para estimular su aprendizaje en casa o en el colegio.

PD. El subtítulo de “con los hombritos” está inspirado en la canción que repite constantemente nuestra chiquita tras sus primeras clases de baile: “con los hombritos, con la cadera, con la cintura…” ¿Alguien sabe cómo se llama la cancioncita? Me encantaría tenerla en nuestro hogar. 😉

Imágenes tomadas de la GuíaInfantil.com y El blog de Mar.

17 febrero 2012 at 16:38 5 comentarios

Socializar: ¿qué pasa cuando los niños no van a la guardería o al colegio?

Irene crece a pasos agigantados. O eso me parece a mí: cada día amanece siendo más ella, más clara, más autónoma, más niña y menos bebé. Lo que dice, lo que hace, la manera como expresa lo que siente y piensa, sus deducciones (que las hay), sus anhelos, sus juegos… Todo en ella es para nosotros una sorpresa y un descubrimiento. Ene veces he escrito que es imposible dimensionar lo rápido que crece un chiquito, pero cada día compruebo que incluso esa aseveración se queda corta. Estos últimos días las sorpresas han ido de la mano de su capacidad (o limitación, si puede decírsele así) de socializar: si bien a veces muestra reservas, poco a poco se va soltando más en sus relaciones con los otros. Por eso intuyo que abrirnos a nuevos espacios con pequeños va a enriquecer su desarrollo muchísimo más.

Imagen tomada de Skamasle Imágenes.

Desde sus primeros meses de vida tuve la impresión de que Irene era una niña sociable: sonreía, se mostraba tranquila ante extraños, se sentía cómoda fuera de su casita… Por supuesto había épocas en que también contaban las excepciones, pero incluso con ellas sentía -y cada día más- que nuestra hija no era tímida.

Pues bien: de un tiempo para acá frente a ciertas personas (que la saludan en la calle, que se acercan a hablarnos, que le acarician el pelo con palabras melosas, que la invitan a jugar con otros niños en el parque…) Irene intenta aislarse poniendo sus manos en su carita. Los dedos quedan un poco entreabiertos por momentos (para ver a hurtadillas), pero en otros además de la manita ella aprieta sus ojos. El mensaje es claro y mamá, aunque a veces le dice “saluda, mi corazón, a la vecina”, se queda tranquila.

Momentos después, cuando el “peligro” intimidante se aleja, la chiquita hace comentarios del estilo de: “yo no quería saludar a esa señora” o “mamá, esa vecina no me gusta” o (también, con tristeza) “yo sí quería hablar con ella”. También me ha dicho: “me asusté” o “¿dónde está el señor?”, etcétera, etcétera.

Paralelamente, además de la historia del lobo (y ahora del “pollo”, haciendo referencia a un muñeco gigante, con personaje disfrazado adentro, que camina en los centros comerciales promocionando una cadena de comidas rápidas), nuestra pequeña desde hace algunos días anda diciendo “mamá, a mí no me gustan los payasos” (y tuvo unos en casa en su cumpleaños) y otras tantas cosas más que evidentemente la asustan o por su tamaño o por sus gestos. Dice cosas como “el pollo es malito” (luego, tras una explicación de mamá y papá concluye que no es malo, “es amigo, pero a mí no me gusta”). Es decir: los veo, pero de lejitos.

Y entonces, por supuesto, recuerdo todo aquello que he leído y visto sobre la socialización de los niños: que sólo a partir de los tres años pueden interrelacionarse -compartiendo, negociando, interactuando- con otros niños, que los temores y los miedos son etapas de su desarrollo (naturales, por demás), que de manera innata, desde que son bebés, los niños tienen periodos de apego a sus papás y un montón de cosas semejantes. Pero a veces me rondan preguntas…

¿Nuestra pequeña debe socializar más?

En general no me ha preocupado sobremanera el tema, quizás porque realmente el temperamento de Irene es el de una niña simpática y tranquila que es recelosa ante desconocidos (con unos menos, con otros más), como nosotros mismos, pero con todas las ideas de escuela en casa rondando mi cabeza no está de más indagar.

Nuestra experiencia este fin de semana en su primera clase de baile (en la que, por cierto, continuará) fue reveladora en ciertos aspectos: Irene estuvo un tanto reservada al comienzo y, aunque le encanta moverse y bailar, no siguió fácilmente el ritmo de sus compañeras (niñas un poco mayores que ellas, de 3 años en adelante), tal vez porque ha estado menos expuesta a actividades de grupo y porque -juzgo yo- no ha tenido una profesora enfrente antes, indicándole que haga esto o aquello.

¿Y qué concluyo?

Creo que, desde el punto de vista de la socialización es importante encontrar espacios de interacción para los pequeños alrededor de los 2 años y medio -ya cada quien decidirá si deben ser de escolarización. Yo pienso que si se puede estar con ellos en casa, mejor no– porque ellos mismos, si no lo han tenido, los irán pidiendo. Siento que si viviéramos más en tribu (como dice Laura Gutman) no sería necesario recurrir a espacios externos, porque la misma familia proporcionaría esa socialización básica, pero como no es nuestro caso ni hay hermanitos ni primitos alrededor… la clase de danza, la visita a la biblioteca y el juego en el parque con los vecinos puede funcionar genial.

Confieso que me preocupé un poco al principio de la clase de este sábado porque pensé que nuestra chiquita se estaba perdiendo de algo, pero la vida se impusó y me desmostró, cinco o diez minutos después, que los niños tienen una maravillosa capacidad de adaptación y que aunque Irene no siguiera  a rajatabla (y sobre todo de inmediato) todas las indicaciones (algo que celebro en cierta forma, además) sí logró integrarse a la dinámica de grupo, manteniendo su atención (sorprendentemente), disfrutando de la música y el baile, e interactuando en la medida que se lo pedía la situación. No se aisló ni un solo segundo del grupo, no lloró, no se molestó. Simplemente tardó un poco más en entender la dinámica de “yo te indico y tú me sigues”.

En resumen, empezamos una socialización “formal” en la vida de nuestra chiquita que nos irá dando la pauta para otras formas de hacerlo. Y no ir al colegio (o a la guardería, para el caso), no limita el aprender a estar con otros. Como colofón, dejo un par de artículos (además de los links de Homeschooling que aparecen en la columna derecha de este blog) al respecto:

7 febrero 2012 at 08:15 4 comentarios

Rutina = felicidad

Sí, es un título pretencioso… y seguramente impreciso, pero de alguna manera siento que se ajusta a lo que hemos vivido con nuestra pequeña durante estas primeras semanas del año: tras una primera semana atípica, fuera de casa y vacacional, hemos vuelto a la rutina y con ella a la tranquilidad del hogar. Obviamente, los cambios no significan tristeza, pero debo decir que el retornar al “me despierto, desayuno, me baño, me visto y juego” en los horarios y espacios habituales nos ha permitido dejar atrás esos días de rebeldías y llantos constantes. Creo que más que falta de fiesta, nuestra chiquita extrañaba su casita (Y eso que andaba contentísima).

Fotografía de Livinglocurto.

Llegué a pensar, muy honestamente, que los terribles dos habían llegado con fuerza. Ahora opino que sí que existen, pero que quizás lo que más afecta el comportamiento de un chiquito es su entorno, no la edad. Sin duda, Irene cada vez reclama más autonomía, más control (de su parte, claro), más independencia, más… “quiero que sea sí y ya”, pero también da indicios de seguir unos ritmos precisos a pesar incluso de adaptarse a las novedades con gusto (si nosotros nos adaptamos también a ellas, por cierto). En varias ocasiones durante los últimos días de nuestro viaje dijo, al notar que regresábamos después del paseo diurno al lugar donde dormíamos, “quiero ir a la casita de nosotros”… con nombre de ciudad y todo. No protestaba, no lloraba (por eso, al menos), pero sí daba señas de estar cansada y de extrañar.

¿Cambio de rutinas?

Y de espacio, sin duda. Seguía estando con papá y mamá, pero la alteración de su entorno y de sus tiempos de reposo fue quizás lo que más incidió en su estado (no siempre bueno) de ánimo. Hoy, con más calma y -sobretodo- después de ver el retorno de su tranquilidad, me doy cuenta de que Irene pedía a gritos -literalmente- menos actividad (a pesar de todo el goce que tuvo durante las vacaciones y de lo muchísimo que aprendió, río, disfrutó, bla, bla, bla). Sus horas de sueño se vieron trastocadas y aunque no fue significativamente, la ausencia de siesta y la hora de más que permanecía levantada sí la hacían muchísimo más irritable.

Las ideas del continuum, la crianza en brazos y un no sé qué otro cúmulo de teorías y prácticas de crianza me resultaban lejanas. Luego, no obstante, concluí que los adultos somos los llamados a reconectar. Recordé incluso algunas palabras escritas por mí misma en este espacio: el niño no tiene que adaptarse a la vida de los adultos, son los adultos quienes deben adaptarse al pequeño. Irene estaba completamente dispuesta a los cambios, pero nosotros no podíamos desconocer que estos la afectaban y que por mucho que ella quisiera estar en todo y hacer de todo, su cuerpecito necesita, al menos, descansar.

Con esta perorata, resumo, reafirmé muchas de las palabras escritas antes en esta casita, al tiempo que divagué sobre algunas ideas que más adelante espero desarrollar.  A manera de abrebocas puedo decir que, tal vez, por mucho que queramos, no podemos pretender que nuestros chiquitos crezcan y respondan totalmente a esa idea de bienestar natural que parecen tener los niños yecuanas (me refiero a lo que dice Liedloof en su libro), pues nosotros mismos no crecimos en ella y actuaremos, las más de las veces, sobre prerrogativas distintas a las de esos papás. Quizás sí podamos intentar descubrir nuestro continuum (y hacerlo puede ayudarnos muchísimo en el establecimiento de una relación tranquila y feliz con nuestros hijos), pero dudo que ése sea un calco del de los indios.

Como verán, discurrí muy especialmente en ese tema… y volví a reencontrarme (después de muchos suspiros desesperanzados) con una idea de bienestar y tranquilidad al retornar a casa. Mi conclusión puede sonar pretenciosa, pero sí se resume en que la rutina proporciona felicidad (y si al decir rutina digo estabilidad, confianza, equilibrio, tranquilidad… ¿no retorno un poco a esa idea de continuum? Falta tela por cortar).

😉

¡Feliz comienzo de año (y de rutinas. Jajaja)!

18 enero 2012 at 23:40 5 comentarios

“Con los amigos” (2) -Updated

Esta semana hablaba sobre una de las expresiones más comunes en nuestro hogar.  Hoy quiero comentar cómo “con los amigos” ha simplificado buena parte de nuestra vida, haciendo quizás más claros algunos conceptos para nuestra chiquita: las idas  al supermercado, la despedida de las visitas, aprender a ir al baño, la superación de los miedos y una serie de eventos más suelen entenderse con la consabida frase, evitando disgustos, frustracciones, temores… No resuelve todo con un brochazo, pero sí ayuda a organizar una imagen del mundo (un punto de partida que después, con los años, se podrá perfeccionar).

Sin duda, con el paso del tiempo, la vida se irá haciendo más compleja, no en los hechos (espero) sino en la comprensión que Irene tenga de ellos. Por ahora, con todo y que pienso -y compruebo- que siempre es mejor hablar y explicar, también siento que a los chiquitos debemos hablarles desde su punto de vista, algo así como tomarle fotos agachándonos para estar a su altura (las imágenes resultan más cercanas, ¿verdad?).

No digo con esto que es necesario maquillar la realidad: afirmo que es necesario hablar en términos que resulten familiares para los niños y que les permitan desarrollarse armónicamente, de acuerdo con sus circunstancias y su edad.

Sé, no obstante, que no siempre funciona al 100%, que en casita seguimos siendo unos aprendices de papás, que no nos las sabemos todas y que habrá momentos en los que necesitemos profundizar. Pero el “con los amigos” (y sus variantes) sí ha sido una fórmula de tranquilidad en nuestro hogar.

¿Cómo funciona?

Ejemplo 1. Vamos al supermercado (muy pocas veces, además) y la pequeña ve una pila de muñecos. Como todo niño, quiere acercarse a ellos, tocarlos y, si puede, cogerlos. Mamá le da uno en las manos y le dice que lo cargue un ratito mientras cogemos las cosas que necesitamos. Una vez tenemos preparada nuestra compra, volvemos al sitio de donde tomamos el muñeco (muchas veces porque la misma Irene lo pide) y dejamos al bichito “con sus amigos”. No hay llantos, no hay dolor, no hay apego, no hay frustración. Irene siente que es el lugar natural para el juguete y sabe que ella, a su vez, tiene otros amigos en su hogar.

Ejemplo 2. El lobo. Pensaba escribir un post al respecto. Quizás lo haga después para ahondar un poco sobre los miedos. Resumo: Irene recibió en su cumpleaños un cuento -bastante resumido, entre otras cosas- de Caperucita Roja. Si bien nosotros leemos algunos cuentos, mamá, por ahora, evita entrar en detalles escabrosos, saltando las páginas y leyendo un poco al ritmo que fija la pequeña. ¿El motivo? No quiero llenarle la cabeza a mi chiquita de información que considero innecesaria para ella en este momento. No obstante, alguna vez alguien le leyó el cuento e hizo posiblemente los típicos comentarios de “¡ay, el lobo!” -seguido quizás por un “¡qué miedo!”. ¿Consecuencias? Irene corre cada cierto tiempo a mis brazos, cuando se siente sola, diciendo “¡¡mamá, el lobo!!”. La solución, sin embargo, ha sido un poco más elaborada: “no tienes que tenerle miedo, el lobo es un amigo, pero está lejos” (no vivimos en un bosque y ella no necesita tener al lobo entre el listado de peligros cotidianos ni mucho menos). Repisamos la frase con una película de la que ya hablé en otro momento, omitiendo el final (por ahora. Sí quiero que sepa que podemos hacerle daño a los animales, pero no pretendo asustarla con culpas y sangre a los dos años de edad). Y aunque el protagonista es un zorro, Irene entiende que así es el lobo y que vive en el bosque y que le tiene miedo a los hombres (porque a veces no sabemos cómo comportarnos con ellos) y que se esconde. Pero que, como todos los animales, es bueno: se cuida, se protege y, si lo tratas con cariño y respeto, no te hará daño. Ahora cada cierto tiempo viene a mis brazos, corriendo y diciendo “¡mamá, el lobo!”, pero ella misma se detiene, sonríe y complementa la oración diciendo “pero el lobo es amigo”. Fin del miedo.

Ejemplo 3. Por no sé qué circunstancias de la vida, hace algunos meses tuvimos un gallinazo (chulo, buitre o zopilote) instalado por un día en uno de los árboles que rodean nuestro hogar. Irene, por supuesto, vio un pájaro enorme, negro… y oyó los comentarios de medio desagrado que suscitó el bicho en su papá. Quiso verlo, la alcé en brazos y le dije -realmente conmovida al ver la cara de inocencia y cero amenaza del animal- que se veía cansado, que era raro que estuviera solito, pero que muy seguramente después se iría “con los amigos”. Pues bien, el animal duró instalado en la rama toda la tarde y la noche siguientes, y muy temprano en la mañana se marchó. Nosotros no nos dimos cuenta de esto último, pero la explicación de mamá sirvió para que Irene aprendiera a contar la primera historia de su vida y entendiera la partida como algo natural: “un día había un gallinazo en el árbol, pero se fue con los amigos, volando”. Aún hay días en que la repite, con variantes que van desde el “se quedó dormido” y otras cositas, pero los amigos siempre son la causa para que el pajarito decida volar.

Ejemplo 4. Aprender a ir al baño. Recuerdo que alguna vez Virginia contó que cuando Oliver, su hijo, aprendió a ir al baño, tuvo la mala idea de sugerirle que se despidiera de su popó cuando se iba por el baño: el chiquito, al parecer, sintió que una parte de él se iba lejos y se asustó. Irene, como todos los niños, supongo, también tuvo esa sensación de no entender por qué ese algo salía de su cuerpo, pero rápidamente la superó pensando que al popó le esperaba algo bueno, iba a estar “con los amigos” y se iba a divertir de lo lindo.

Ejemplo 5. Las despedidas: papá (o abuelo, o tía, o primo, o amigo) necesita salir a una reunión (social, laboral, etcétera) y la chiquita resiente su ausencia, quiere saber dónde está, por qué no llega. Mamá le explica que está trabajando o estudiando o descansando “con los amigos”. Si está solo en su casita (en caso de que hablemos de primo, tía, amigo o vecino) ella entiende que está en un espacio de cotidianidad. No satanizamos, por cierto, la soledad.

Podría seguir enumerando casos, pero creo que el tema ya queda suficientemente ilustrado. “Con los amigos”, repito, nos da tranquilidad y le permite a nuestra chiquita entender de una manera amorosa y relajada cómo funciona el mundo. Es cierto que el popó, por ejemplo, no se va a las aguas negras a jugar, pero sí a estar con sus pares… así que ¿por qué no pensar que está “con los amigos”? 😉 Ya habrá tiempo para entender de un modo más complejo y detallado el mundo. Por lo pronto, aprehender el mundo desde una perspectiva amistosa nos da seguridad.

UPDATE. Bueno, más que una actualización es un complemento: creo que el poder que tiene “con los amigos” en la vida de Irene se debe en gran parte al descubrimiento de lo que un amigo puede representar en su cotidianidad. No sobra decir entonces que esas pequeños vecinos-amigos de juego -especialmente L y A- que la han acompañado tantas veces al parque, así como a cantar cumpleaños feliz y unas cuantas tonadas más han sido significativas en su espíritu. Creo que, en consecuencia, cuando “el lobo es amigo” o “el muñeco se queda con los amigos” imágenes de sonrisas, sueños y esperanzas de momentos maravillosos inundan su espíritu. Igual pensará de todos sus amigos en las pantallas y de sus amigas mamás. 😉

16 diciembre 2011 at 09:38 3 comentarios

Cambiar paradigmas: ¿matan las escuelas la creatividad?


Sigo fascinada con mis búsquedas (y sobre todo con mis hallazgos) sobre la educación. Hoy quiero compartir dos conferencias de Sir Ken Robinson, un investigador británico (elevado al título de Sir por sus aportes en el campo educativo) famoso por su visión sobre la educación y la creatividad y por la crítica que hace al modelo educativo actual (que heredamos de una época muy distinta, como se ilustra -literalmente- en el maravilloso primer video que anexo.

Hace quizás ya más de un año, cuando indagaba sobre la crianza de los niños en general, había visto una conferencia suya que hablaba sobre las escuelas y la creatividad. En ese entonces mis ideas sobre el homeschooling eran mucho más étereas, pues pensaba que era una tarea para valientes que quizás no podría asumir. Ahora, apesar de que no sé en la práctica qué signifique llevarla a cabo, me parece una alternativa más cercana y, sobre todo, válida.

Adjunto también un video con esa charla porque considero que plantea una crítica válida, ya no sólo al sistema educativo sino a nuestra sociedad, que ha desplazado buena parte del pensamiento creador e innovador por la comodidad: el juego libre (justo ahora que acabo de encontrar este maravilloso sitio para “jugar i jugar“) y espontáneo por programas de videojuegos, la vida simple por una larga lista de necesidades de confort.

Finalmente, recomiendo y mucho otras conferencias de Sir Ken Robinson que hay en la red, así como su sitio web. En casa, entretanto, seguimos disfrutando, aprendiendo, jugando. Gracias por todos sus comentarios. 😉

9 noviembre 2011 at 08:19 8 comentarios

A mordiscos

No sé por qué últimamente me cuesta más pasar por acá. Quizás una chiquita más demandante pegada a mis piernas y diciendo “auda” /ayuda/ para que la levante y la deje ver este patoaparato tengan parte en el asunto. El otro resto se lo dejo a las mil y una cosas que hacemos las mamás. En fin, hoy trato de ponerme al día con un resumen rápido que incluye dientes e historias varias de la protagonista de la casita de Irene. 😉

Y empiezo por lo primero: las últimas muelas de nuestra chiquita en su mandíbula inferior. Hace algunos días dije que había empezado a asomarse la del lado derecho (que aquí se ve justo en el izquierdo). Pues bien, hace unos pocos días descubrí que también lo hacía su vecino de enfrente. Lo cierto es que la persistencia de Irene en meterse el dedo índice a la boca para rascarse (yo no tenía muy claro para qué era, pero en cuanto descubrí los trocitos blancos entendí el por qué) fueron la clave. Lo sorprendente es que después de ya no sé cuántos dientes (hago la cuenta: 8 arriba y 8 abajo + 2 nuevos = 18), aún con la salida de estos últimos me sorprendo.

A diferencia de sus primeras muelas -que asomaron sus montecitos muy sútilmente (la foto anterior fue publicada hace casi un año, el pasado 4 de noviembre)-, las muelas de ahora se me aparecieron casi completas (eso sin mencionar que la foto la tomé con pose… ¡qué diferencia!). La razón para topármelas así no sé si se sea que su salida haya sido más expedita o que yo me demoré más en descubrir lo que se estaba gestando en la boca de nuestra pequeña. Lo cierto es que las encontré abriéndose camino como si salir fuera un asunto de “levantar capitas” (nótese en la foto cómo la piel empieza a verse como una cobija sobre el diente).

En cualquier caso, volver a presenciar la salida de dientes me ha hecho recordar las sorpresas constantes que nos regala un chiquito al crecer. Si bien, durante los primeros meses las novedades casi siempre están relacionadas con avances físicos, después del primer año (pasó casi un año entre las muelas de la segunda foto y estas de ahora) el lenguaje y la capacidad de abstracción y razonamiento de un chiquito, entre otras cosas, acaparan toda la atención.

En estos días, por ejemplo, Irene nos sorprende con la claridad y precisión con la que adquiere el lenguaje. Para el caso, ayer nada menos, mientras tomábamos una merienda juntos decía -en medio de una conversación-: “yo voy contigo”. ¡Contigo! ¡Yo! Tiene veinteseis meses y ya sabe que ella es un ser independiente de otros, utiliza apropiadamente el “tú” y el “yo” y además puede relacionarlos en un “contigo”. ¿Alucinante, no?

Y aclaro que mi alucine no es porque sea ella: es por lo que revela. Esas mentecitas que antes eran subvaloradas (“habla tranquila que ella no entiende” o “no le digas nada porque es un bebé” o “es que a los niños hay que explicarles todo con cuentos -léase mentiras-“) son infinitamente sabias. De aquí que -pienso- el desarrollo de sus capacidades dependa muchísimo de la manera como nosotros, sus padres, nos relacionamos con ellos… y del potencial que les reconozcamos o no.

Historias como ésta tendría miles, pero para no perdérmelas me abstengo un poco de estar más tiempo pegada al computador. Cierro diciendo que a sus veintiseís meses nuestra chiquita interviene en todas las conversaciones, opina, propone, decide y sugiere. Y, sí, también manda, regaña, protesta y se rebela. Me temo que es algo inherente a su edad (ya queda poco de “los terribles dos no han pasado por acá“), pero también sospecho que nuestra paciencia y amor son una buena guía para superar los malos ratos. Hasta ahora, hablar claramente, explicarle todo (y si es antes de que ocurra, mejor) y ser consecuentes nos ha ayudado muchísimo. Es más, si no fuera porque sus muelitas no son mías y porque no quiero volverme canibal, me la comía a besos con su misma boquita. 🙂

(Y para alimentar la nostalgia, un par de imágenes más:

Una foto de las primeras señas de dientes (los primerísimos), publicada el 8 de marzo de 2010, un día antes de que Irene cumpliera siete meses

Y otra del 10 de mayo de ese año, cuando empezaba a abrirse camino su tercer dientecito

Ya sólo faltan dos… de leche.)

12 octubre 2011 at 08:32 5 comentarios

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